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Los vecinos de Cristina

En el barrio donde vive CFK hay gente que llega a apoyarla, cruzándose con los vecinos de siempre. Un kiosquero que votó a Milei, cuyas ventas caídas crecieron desde el martes. Un desocupado que banca a Macri pero salió a vender tortafritas. Dos jóvenes antipolítica que trabajan de mensajería y Rappi para pagar una pensión de 300 mil pesos mensuales. Dos peluqueros dominicanos que celebran el bullicio. Una vecina que se aterra de vivir así por seis años. Otras que gritan de alegría cada vez que Cristina sale al balcón. Una dominicana que extraña a la gente con dinero. La jefa de un bar que necesita bancar los arreglos. El playero de GNC al que le importa lo suyo, pero además habla de sus abuelos. Recorrimos el barrio donde está el edificio de San José 1111, esquina Humberto Primo. Hubo desalojo de la policía de la Ciudad el domingo a la madrugada, pero en el va y viene de estos tiempos, la gente volvió. Voces, historias, pintadas y carteles, entre aromas de chorizos y bombos de murga, en la zona donde Cristina pidió cumplir su condena.
Por Lucas Pedulla
Fotos Juan Valeiro y Tadeo Bourbon
Cuando Jorge Luis Borges escribió El aleph en 1949, acerca del lugar donde era posible ver todos los mundos y desde todos los ángulos, ambientado en un húmedo sótano del barrio porteño de Constitución, no era posible que imaginara un punto donde se viera todo lo que el Chino y Matías están viendo mientras se comparten unos bizcochitos Don Satur.
Un cartel que dice “Magnetto mafioso”. Puestos de choris, bondiolas, patis y vacíos. Un pasacalle del sindicato de municipales de Lanús. Puestos de remeras de Lula, Evita, Fidel, el Che, el Diego y una que dice “Yegua, Puta y Montonera”. Una gigantografía del presidente de la Corte Suprema, Horacio Rosatti, con una presentación: “Soy mulo del poder”. Otra de su colega Carlos Rosenkrantz, ex abogado del mayor multimedios argentino, con un galardón que hace referencia: “Premio a nuestro mejor empleado. Clarín”. Una bandera del SMATA. Otro puesto que no sólo vende cerveza y fernet, sino también gancia y vodka.
El Chino y Matías observan a esas personas que desde el martes están cortando las calles de San José y Humberto Primo, en la Constitución de Borges. Ambos conversan de cosas que no tienen nada que ver con aquel grupo que canta contra los gorilas o con aquel otro que vigila sin pestañear ese balcón que tienen a sólo veinte metros de donde viven –una puerta verde sobre San José que da a una pensión– y por donde, cada tanto, se asoma Cristina Fernández de Kirchner a saludar, momento en el que esa gente grita, llora, enloquece.
“Yo no opino, a mí no me jode, cada uno con lo suyo”, dice Matías, 25 años, con desdén, porque de todos modos él tiene que trabajar para pagar la pieza con baño de la pensión que le cobra 300 mil pesos por mes. Para eso hace Rappi con la bici, todos los días, de seis de la mañana a tres de la tarde, nueve horas, para sacar 300 mil pesos por semana.
El Chino, cuatro años mayor que él, hace trabajos de mensajería por el conurbano para pagar el mismo precio en la misma pensión. Tampoco le molesta el olor a chori, los cantos a cualquier hora del día, las cámaras de la televisión en todo momento. “Capaz sí, un poco, cuando se llena mucho de gente y suena la alarma de la moto”, dice, aunque recalca que cada uno tiene el derecho a reclamar por lo que quiera.
“Igual, de política, cero”, aclara Matías, que nunca va a votar.
“Mis últimas tres elecciones fueron en blanco”, dice el Chino, que comparte la misma sensación anti con su grupo de amigos futboleros. “De diez, siete votaron en blanco”.
No hay mucho más argumento. Simplemente, no le dan importancia. En la Comuna 1, donde La Libertad Avanza sacó el 31,60 % de los votos (32.839) sobre el 26,12 % (27.147) de Es Ahora Buenos Aires, fue una elección marcada por lo que estos dos muchachos están diciendo: la participación más baja en 20 años de la Ciudad. Pero si uno focaliza en Constitución en particular, el mismo barrio del Chino, Matías y Cristina, el opositor Leandro Santoro le ganó al vocero oficialista Manuel Adorni por más de cinco puntos.
Una simultaneidad de mundos muy enmarañada hasta para el propio Borges.

Fotos: Juan Valeiro para lavaca.
Los desalojados que volvieron
La casa de Cristina queda en San José 1111. La búsqueda de la dirección en Google Maps se convirtió en otro de los escenarios de disputa virtual. Hace unos días la referencia que salía era “La casa de la chorra condenada”, luego mutó a “Puerta de Hierro CFK. Proscripta”, y al menos hasta este domingo la leyenda que se había asentado era otra: “Casa de la mejor presidenta de la historia”. Debajo del piso –que pertenece a su hija, Florencia– hay un cartel en venta de la compañía inmobiliaria ZipCode, un departamento de ocho ambientes, con patio y balcón, valuado en 275.000 dólares y con expensas de 175.000 pesos.
En la puerta hay custodia y una constelación de carteles, dibujos y escritos con fibrón, que el domingo a la madrugada un operativo de la policía de la Ciudad hizo volar, junto con el desalojo de toda la gente que había allí en vigilia. Los carteles.
- “X vos pude estudiar”.
- “Gracias por devolvernos la dignidad”.
- “El pueblo no olvida a quien no lo traiciona”.
- “Yegua te amamos”.
- “No es Rapunzel en la torre. Es la mejor presidenta que tuvo la Argentina”.
- “Gracias a Cristina mis papás se jubilaron”.
- “Aguante Cristina, manga de caretas”.
Otra de las pintadas que hay por todo el barrio es la de las siglas CFK sobre la V, emulando la vieja mitología peronista de la P y de la V, que significó: Perón Vuelve. Será difícil para los policías borrarlas, de las paredes y de las intenciones de mucha gente. De hecho, después del desalojo policial de la madrugada, la gente fue volviendo hasta ocupar nuevamente la esquina, pegando de paso otra vez sus carteles, reclamos y deseos.
Enfrente está el kiosco de Bernardo, 31 años, a quien las cosas le importan un poco más que al Chino y a Matías. No le molesta la gente. “Se está vendiendo”, sonríe, y hasta cuenta que el jefe extendió el horario de atención para aprovechar un poco más la suerte de tanto inesperado público. Sobre el motivo de esta calle repleta, sin embargo, titubea: “Cómo explicarlo. Porque la acusan de que ella es esto, que hizo aquello, que la van a meter presa, que no, y entonces llega un momento en que la gente ya no cree. Capaz que sí robó, pero como estuvieron jugando tanto tiempo, ya no tienen credibilidad. Aparte, vamos a ser sinceros, los que la están juzgando no tienen el historial limpio, porque si hace tanto tenían las pruebas, ¿por qué no hicieron nada?”.
Bernardo se frena y atiende a una señora con su hija. Le compran un Baggio de naranja. Luego dice que el gobierno de Cristina “tuvo su época” y que no fue “todo malo”, pero por algo después no salió elegido. Entonces llegó Macri, después Alberto, y ahora Milei. “Este gobierno todavía está por verse –dice–. Por ahora quiero ver qué pasa, porque todavía no puedo tomar una decisión. Macri, después de cuatro años, sabés que fue un desastre”.
Entonces Bernardo reconoce, entre dientes, que votó a Milei: “Y… quería un cambio, pero estamos viendo qué cosas hace bien y qué no”.
Las cosas que sí: “La estabilidad económica, hay precios planchados, pero este país cuesta”.
Las cosas que no: “Todo el tema de las criptos”.
Otra madre entra a preguntar por un paquete de tutucas.
Afuera, todavía, se escuchan bombos.

Fotos: Tadeo Bourbon para lavaca.
El macrista desocupado
Todo el tiempo a toda hora hay circulación de gente y entrada de organizaciones, como lo está haciendo ahora el PJ de Lomas de Zamora. El corte permanente desde el martes había motivado que los colectivos de las líneas 60 y 126, que pasaban por Humberto Primo, y los de la 102, por San José, circularan por las calles aledañas. Algunos vecinos sacan sus autos en contramano por San José, pero otros pasan lento entre la multitud, como olas que se abren aun en mares tempestuosos.
Enfrente de la pensión del Chino y Matías hay un hombre al que varios saludan de lejos, como un vecino de siempre. Se llama Omar, tiene 50 años, y las vidrieras que dicen “despensa” son, en realidad, su casa. Le baja el precio a la calle, encogiéndose de hombros: “No es que los vecinos estamos revolucionados, eh. Pasa que ellos no son muy sociables. Capaz, el único, es Máximo, que se cruza hasta la verdulería y saluda”.
Sin embargo, no es común tener a una expresidenta condenada en diagonal a tu casa. Omar entonces pone de ejemplo a la señora de la esquina. “¿Ves esa casa?”, señala. Es imposible no verla: es una casa blanca, con una escalera en espiral que da a un balcón y a una terraza, y que fue usada por militantes, fotógrafos y camarógrafos todos estos días, como un palco VIP con vista privilegiada a la calle y al balcón de CFK”.
Omar cuenta que se le subieron “ochenta monos” a los balcones sin permiso.
La dueña de casa les dijo: “Flacos, bajen”.
Y le contestaron: “No bajamos nada, tenés que entender que la jefa está pasando un mal momento”.
Omar cuenta la historia y se indigna: “¡Es su casa!”. Aclara que él no es de ningún partido político. “Sobre la condena, le tocó a ella. Después, que vengan los demás, pero tenemos que empezar por uno. Acá la gente hace lo que quiere. Hay jueces incluso que tienen yates, propiedades que no pueden justificar. Roba el de arriba, el del medio, el de abajo, y el que no roba es un gil”.
Como sus vecinos de enfrente, no vota a nadie, aunque hay una excepción a su regla: “Acá el único que hizo, te guste o no te guste, fue Mauricio. Macri. Hizo el metrobús cuando la gente decía que no y que no, y ahora todos lo usan. Arregló Puerto Madero, todos contentos. Arregló Barracas-La Boca, que se inundaba todo”.
¿Y Milei? Hace una mueca extraña: “No, quiero hechos. ¿De qué Fondo y qué dólares me hablás si no tengo ni diez centavos en los bolsillos?”. Está desocupado: “Ahora salí con esto, a ver si podemos hacer algo con esta gente”.
Omar, el desocupado macrista se refiere a que vende café con torta frita a 2.000 pesos y agua caliente a 1.000.

Fotos: Tadeo Bourbon para lavaca.
Sobre ventas y fisuras
En diagonal a Omar hay un bar que entendió todo: desde el martes la televisión está con C5N de fondo. La calle, además de comprar cervezas (una por 4.000 pesos, tres por 10.000), sándwiches de milanesas con bebida (10.000) o súper pancho más gaseosa (3.500), se puede informar mirando esa tele, y mientras la mira tentarse con algo.
Un varón con gorro de Boca atiende desde la puerta de vidrio cerrada. Al contarle que es para una nota, dice que no quiere hablar. “Andá a hablar con ella”, señala. Ella está atrás del mostrador.
Se llama María, tiene 28 años y se ríe: “Otro canal no podía poner”. Harvard tendría que estudiar economía y mercado desde este aleph, aunque no todo es teoría del derrame. “Hoy estamos atendiendo así porque el martes fue un desastre”, dice y mueve la cabeza. Cuando dice “así”, quiere decir desde la ventana, y cuando dice “martes”, habla del día de la condena: luego de la concentración frente al PJ en la calle Matheu al 100, una caravana acompañó a Cristina hasta esta esquina, justo enfrente. Miles de personas que peregrinaron con ese enojo por cuadras, a quienes se sumaban personas que no habían ido al momento del fallo porque era horario laboral, llegaron hambrientas, sedientas y con ganas de ir al baño.
El salón explotó. “No podíamos ni caminar nosotros por adentro”, dice María, que susurra que después del caos faltaron bebidas, vasos y hasta cucharas de café. “Por la tele vi que decían que cobrábamos el baño (500 pesos) pero tuvimos que arreglar la cañería”, suspira. “Además reponemos papel higiénico, jabón. Pero no hay caso”.
María no lo dice renegando, porque hasta bajaron precios pensando en los bolsillos de la gente: “Las ventas nos ayudaron un montón. Abrimos hace un año y medio, y justo teníamos que hacer un arreglo de gas, por eso no tenemos comida-comida”, dice, refiriéndose a algo más casero. Los caños están a la vista: “Tenían que venir esta semana, pero no aparecieron. ¿Será por esto?”.
No es de ningún partido político, dice María. Sobre Cristina: “No la quiero ni la desquiero. Indiferente. Ni amor ni odio, aunque entiendo el cariño que le tienen. Pero mucho de política no sé. No tiro para ningún lado: laburo desde los 14”. Entonces, quizá, tenga alguna comparación: “En cuanto al laburo antes nos iba mejor, sí. Ahora no hay mucho aumento de precio como antes, pero pasa que a mucha gente no le alcanza. Y esto es un restorán. Lo concreto: ya no vendemos tanto como antes”.
Lo que sí nota es un cambio en el barrio: “Vivo acá hace 10 años y desde que vino Cristina la cuadra está bastante tranquila. Antes estaba lleno de paqueros, de fisuras, te robaban en la puerta, y desde que vinieron siempre están los custodios mirando”. Hay, sin embargo, gente durmiendo en la calle, que se refugia debajo del techo de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, hoy tomada en rechazo de la condena.
Pero María está más tranquila.
Dice que no se acuerda a quién votó en las elecciones legislativas.
En el balotaje de 2023, sí: “A Massa”.
Noticias en el kiosco y la barbería
Enfrente de María hay dos vecinos dominicanos, Lucas (31) y José (33), trabajadores de la barbería Eddy (cualquier corte, barba o cabello, sale 5000 pesos), que tienen una cachorrita llamada Luna. José parece disfrutar del bullicio: “Es normal, están metiendo presa a una ex presidenta, ¿cómo no van a hacer quilombo?” dice mezclando el caribeño con el porteño. Lucas sonríe: “La Argentina es así, hermano”. Mientras habla, José le corta el pelo a un joven, que dice mientras las tijeras surcan su cabeza: “Yo banco y apoyo, obvio”. Otra vecina, Yanina, 46 años, espera su turno sentada mientras acaricia a Luna, y sólo afirma: “Estoy muy enojada por todo lo que pasó”.
Al cruzar Humberto Primo y los todavía cuerpos amuchados –sobre todo al calor del fuego de las parrillas–, en diagonal a la entrada del edificio de Cristina, está el kiosco de Inés, otra dominicana de 48 años. Como María, la del bar, observa el cambio en su cuadra: “Era un desastre, como sabrás la fama que tiene Constitución, arrebatos, consumo de porquerías. Pero ahora cambió todo a nivel seguridad. Lo único que puedo tener es agradecimiento”.
No le preocupa el tumulto cotidiano: “Es una señal de apoyo que ella se tiene ganado, como también hay personas que la odian por sus razones. Pero sé que todos los que están acá tienen un punto de apoyo”. Sus ventas, estos días, permanecen estables, aunque revolea los ojos: “Soy de las personas que no se aprovecha de la situación y mantengo los precios. Lo que sale, sale”, dice, mientras vende un paquete de cigarrillos a un militante.
Por lo demás, la cosa viene dura. Desde los 18 años trabaja por su cuenta, sea en casas de familia o comedores comunitarios, pero la plata hoy escasea, ni hablar de los impuestos: la luz le pasó de 20.000 a 200.000 pesos, y el gas está en 30.000. “¡Tengo un kiosco! Si tú me dices que es una casa de familia, es una cosa, pero encima soy sola”.
Señala al balcón. “La diferencia que veo es que cuando ella estaba en el gobierno era como que la popularidad (se refiere al pueblo) manejaba más el dinero, que es el dinero que me llegaba a mí –grafica, en una tesis que ninguna carrera de Ciencias Económicas explicará tan claro como esta dominicana–. Porque la casta grande, acá no va a venir, ni por cortesía”.
Se corta la charla. Atrás hay una fila de cuatro compradores esperando.
Con las bolsas de compras
Del edificio de al lado de la barbería cierra la puerta Alicia, saluda a los vecinos de la pensión de enfrente, y cruza la calle con bolsas de compras. Tiene la edad que este lunes cumplen los bombardeos en Plaza de Mayo de 1955: 70 años bien redondos. Hace 34 que vive en el barrio. “No me pidas que opine políticamente –pide y suspira, ladeando la cabeza–. Opino diferente, pero soy cristiana, creo en Jesucristo, no puedo tener odio porque él amaba a todas las personas. Tengo amor por ella, pero creo que la justicia existe”.
¿Usted cree en esta justicia?
-La verdad que masomenos.
Mira la calle –su calle– con resignación, en un gesto como si dijera que recién vamos por el cuarto día. “Siento que estamos como invadidos –explica su rostro–. ¿Sabés lo que es estar en el balcón y que entre olor a asado todo el día? Soy libre porque Jesús me hizo libre, pero te digo con el corazón, no es un lugar para que quede detenida acá, porque si todos los días vamos a tener esta gente, ¿vamos a estar seis años así?”. De pronto, los años de condena encienden una alarma impensada, de la que tomó plena dimensión el martes a la noche, día del fallo y de la caravana desde la sede del PJ Nacional a su cuadra: “Ay, eran miles, de una cuadra a la otra, con la bandera de Patria Grande”, dice y se tapa la mitad de la cara.
Sin embargo, entre los bombos, las canciones, los gritos a cualquier hora, el alcohol y las cenizas que –según dice– las parrillas depositan en los rincones de las veredas, reconoce algo: “A la noche hemos podido dormir. Hay respeto, sí”.
¿Y a usted cómo le va, Alicia?
–Yo estoy bien.
¿Le gusta el gobierno actual?
–Hay cosas que sí y cosas que no.
¿Qué cosas sí y qué cosas no?
–Me gusta que haya bajado la inflación. Pero no hay trabajo, los jubilados viven muy mal, traen muchas importaciones, nuestros productos se desvalorizan y cada vez el trabajo en negro es mucho mayor. Yo no sé de dónde van a sacar plata para las próxima jubilaciones.
¿Cree que esa estabilidad es más importante que todo eso que usted dice?
–No lo veo. Tampoco podemos esperar toda la vida.
Alicia se despide. De pronto la calle, todavía repleta, aunque apacible, estalla en un rugido. Por el balcón que da a la calle San José aparece Cristina. Todo se activa: los gritos, las canciones (“a donde vayan los iremos a buscar”), los celulares, muchos lloran, los niños ríen, y en el quinto piso del edificio de Alicia salen vecinas de dos departamentos distintos: sus brazos se agitan como si estuvieran en la final del Mundial.
Los saludos de Cristina desde el balcón duran unos minutos pero dejan a la calle en un estado de excitación que se prolongará por horas, sin importar el frío. La sensación, agitada por los bombos de las murgas que saltan y bailan, parece activar estómagos. Preparada para la ocasión espera Tamara, 24 años, que vende choris y patis a 6000 pesos cada uno. Es de Isla Maciel, en Avellaneda, y trabaja “de esto” en marchas, canchas, recitales. “Donde vea que pueda me meto –dice, y cuenta que tiene un hijo de dos años–. Acá vengo por las dos cosas: para hacerme unos mangos y por Cristina, obvio”. Su hijo, dice sin dudar, va a ser “choripanero”.
El trabajo es familiar: en el puesto de allá están sus primos, en el otro su mamá y su hermana. ¿Por qué quiere tanto a la ex presidenta? “Porque siempre piensa en los más humildes. A mí me dio la Asignación Universal por Hijo, que me ayuda un montón para comprarle cosas. Hoy está difícil. La leche me pasó de 400 pesos a 2.000, pensá que tengo que comprar tres o cuatro por día. Sólo espero un milagro y que la liberen”.
Sabe, sin embargo, qué implica la condena.
Y dice: “Entonces vendremos todos los días con el puesto, hasta que salga”.
El playero y sus abuelos
Así pasan los primeros días en San José y Humberto 1º desde la llegada de Cristina al barrio. Entre bombos de murga, canciones desaforadas, ofertas de fernet y vodka, choripanes, caravanas, personas que miran el balcón en una espera a lo Shakespeare, y la permanente amenaza de desalojo policial para mostrar una “Buenos Aires limpia”. Todo eso convive con el amor de algunos, o con el horror de otros en base a una proyección de sus vidas de aquí a seis años. Todo lo que se pueda contar, escuchar, sentir o mirar en varias horas de trabajo a lo largo de estos días es poco en relación con las veinticuatros horas de este aleph que sincronizó tantos mundos como pueden existir en una Argentina cada día más laberíntica.
A quien todo esto parece no importarle demasiado, salvo por las horas que tiene que venir a trabajar desde su conurbana Quilmes, es a Facundo, 25 años, playero de la estación GNC en la otra esquina, en San José y San Juan. “No me interesa Cristina”, dice con algo de bronca, y describe algunas escenas de los baños de la estación que los lectores no quisieran tener en su imaginación. También comenta que, adentro en el kiosco, faltaron algunos chocolates. Insiste en que no le gusta Cristina ni la política, pero sí Milei.
Su argumento: “Me aumentaron el sueldo seis veces en lo que va del año”. El dato asombra, en comparación a cómo les está yendo a otros oficios y tareas. “Pienso por mí. Sé que hay gente que está mal, sin trabajo”. Le pregunto, con respeto, si no cree que hay algo individualista en ese pensamiento, pero no duda: “Pasa que el resto no me da de comer”.
La pregunta siguiente, entonces.
¿Tenés abuelos?
-Sí. Están en la lona. No tienen para comer, literal. Capaz que un día les doy 15 lucas, para que tengan, y mi abuela se pone a llorar. A mi abuelo se le explotan las venas en la pierna, no sé cómo se llama eso, y ninguna obra social se lo quiere cubrir. Cobra nada más que 300 lucas.
Hay un silencio. Se quiere despedir y volver a trabajar.
Una última pregunta. Sus abuelos, ¿a quién bancan?
Facundo parpadea: “A Cristina”.

Fotos: Juan Valeiro para lavaca.
Actualidad
La explotación laboral es ley

por Claudia Acuña
Fue un día larguísimo, en el cual pasó de todo.
Comenzó con un paro general que detuvo el aliento de más del 60 por ciento del país y terminó cuando expiró aquello que lo hacía producir con alguna esperanza de equidad.
Lo último que se pierde ¿está perdido?

El centro porteño durante el paro. Foto: Sebastián Smok /lavaca.org
“Habrá que esperar que el próximo gobierno la derogue, como ya pasó”, responderá Roxana a las diez y media de la noche, que llega desde Quilmes con sus dos nietos para plantarse frente al Congreso a cacerolear, aunque para llegar a ese momento todavía falta que suceda mucho.
Al mediodía esa misma cabecera de la plaza recibe las columnas de la izquierda, mientras la Intersindical Federal arma su escenario en su otro extremo. Para el inicio de la sesión de la Cámara de Diputados ya hay cinco cuadras de columnas gremiales sacudiendo banderas. El reloj marca las dos y media de la tarde cuando comienza a sonar el himno nacional y las gargantas se hacen nudos con la estrofa “oh juremos con gloria morir”. En el escenario se amontonan los dirigentes de diferentes sectores sindicales y a lo largo de la Avenida de Mayo se agolpan personas con overoles, guardapolvos y remeras que identifican oficios diversos: docentes, empleados estatales, metalúrgicos, aceiteros, trabajadores del cine, de la televisión, del subte, gráficos, papeleros y más. La suma impresiona si se tiene en cuenta que están paralizados trenes, subtes y la mayor parte de los colectivos, pero lo que sorprende es la breve duración del acto. Poco después de las tres todo había terminado.
Cortito y al pie. ¿Así estamos?

Foto: Sebastián Smok /lavaca.org
“La realidad es que hasta que la gente que votó esto no despierte, es muy difícil. Y eso que lo que está pasando es alevoso. Pornográfico, digo yo”, responderá Nadia, docente de Capital, que sostiene en su mano un cartón donde escribió con marcador: “Milei es comer de la basura”. La explicación: “Hoy murió una chica de 19 años por comer de un basural. Y los tres hermanitos están internados por lo mismo: por comer del basural. ¡Literal! ¿Necesitás algo más tremendo que eso para comprender lo que nos está pasando? Es demasiado cruel”.
¿Entonces? ¿Qué hacemos?
“Los docentes tenemos una estrategia muy básica para la enseñanza que llamamos pensamiento concreto. Se usa mucho con los más chiquitos: darles un material concreto para que experimenten con sus manos, con su cuerpo y que así comprendan y saquen un aprendizaje. Creo que mucha gente cuando finalmente se quede sin trabajo, cuando le llegue la factura de luz con aumento, cuando el alquiler se vuelva impagable, va a comprender lo que pasa y aprenderá a votar”.
Dos horas más y son las columnas de la izquierda las que deciden abandonar la plaza. Lo que queda es la orfandad. Jóvenes, en su gran mayoría, que arden al calor de una tarde que agoniza mientras en el Congreso desfilan los discursos, unos tras otros, todos también cortitos y al pie.
La bronca estalla. Los hidrantes atacan, pero nadie retrocede. Los gases arrecian, pero nada ahoga el estallido. Un cartucho cae del otro lado de la valla de hierro que se convierte en red y con un passing shot cruza del lado de los uniformados, afectados con su propio veneno. A las siete y media de la tarde la Comisión Provincial por la Memoria resume así lo que sucedió después: 70 personas heridas y ocho detenidas. “Entre las víctimas de la represión se cuentan trabadores y trabajadores de prensa, jubilados e integrantes del equipo de monitoreo de la CPM que estaba registrando el despliegue de las fuerzas de seguridad”.

La política del gas pimienta. Foto: Eduardo Sarapura, Tiempo Argentino
Uno de los detenidos y luego liberado es Carlos, el emblemático jubilado hincha de Chacarita, 77 años, treinta de trabajo en el Correo, cuatro hijos, dos nietos, símbolo de la resistencia que todos los miércoles se planta frente al Congreso Nacional para reclamar que no hagan lo que hoy se convertirá en ley.
¿Qué?
“¿Cómo los jubilados van a financiar los despidos que hagan las corporaciones? Eso es una locura. Pensá un poquito: despiden a 900 trabajadores de Fate. Toda esa gente deja de aportar al Anses y, al mismo tiempo, pretenden que el Anses pague esas indemnizaciones. ¿Cómo vamos a permitir algo así? Cuando yo me jubile, ¿qué plata va a haber? Hoy lo que están haciendo es dejarme sin derecho al futuro”, responderá Luis, 25 años, empleado en un comercio que hoy cerró porque su dueño decidió que todos sus empleados –suman seis– debían estar plantados frente al Congreso. “Y vino él también. ¿Sabés por qué? Porque lo están fundiendo los productos chinos”.


Foto: lavaca.org
La plaza esta vaciada, luego de un despliegue policial desmedido.
Ya no hay sol.
Adentro del recinto es hora de las chicanas reglamentarias. El diputado Marcelo Mango (UP Río Negro) aprovecha que sus pares libertarios abandonaron la sala para plantear una moción de orden: el proyecto debe volver a comisiones para que se expida la que corresponde a Asuntos Constitucionales, ya que no está redactado respetando esa máxima norma legal. La tensión por la propuesta la generan dos condiciones formales: la primera, es que toda moción de orden interrumpe el debate y debe votarse; la segunda es que en ese momento no hay quorum, por lo tanto no puede votarse. Ergo, debe levantarse la sesión. Los teléfonos arden hasta lograr que el tropel oficialista recupere su posición en las bancas –en ese recinto se vota con el culo: para que funcione el tablero cada legislador/a debe estar sentado– y la moción es rechazada. Picada por ese aguijón, la diputada –ahora libertaria, antes del PRO– Silvana Giudici contraataca: moción de orden para que se vote en media hora. Gana, pero alguien advierte luego que en ese caso la votación coincidirá con el horario convocado para cacerolear. Nueva moción de orden: retira la propuesta. Se vota seguir como venían, hablando y hablando.

Llegamos, finalmente, al frente del Congreso, con Roxana y sus nietos, con Adela y su bebé, con Martín y su hermana, Adriana con Ornella –secretaria general de la Federación Argentina LGTB- y otras cien, quizá doscientas personas que hacen sonar cacerolas mientras cantan el clásico “Que se vayan todos”. Los autos suman sus bocinas, los camiones de basura su saludo y los transeúntes, sus miradas de aprobación. No hay, durante una larga hora, nada que altere esa protesta pacífica, certera, escasa, sostenida ruidosa e ininterrumpidamente por gente que lleva la bandera argentina colgada del cuello, sacudida por el viento en la espalda o camisetas de la selección con el número diez y el nombre de Maradona o Messi.
La escena se repetirá en Acoyte y Rivadavia. Allí el clima fue activo, estruendoso, con cientos de personas, mayoría de mujeres y jóvenes, que cortaron ambas avenidas e hicieron retroceder a la Policía de la Ciudad. Dos nenas sostienen una cartulina que advierte “Usted está mal. ¡Todo este maldito sistema está mal!”. Las manifestaciones se reprodujeron en barrios como Núñez, Boedo, Paternal, Belgrano, Villa Urquiza, Villa Crespo y Mataderos, entre otros.


Foto: lavaca.org
En Congreso, a las once y media de la noche Gendarmería recibe la orden de desalojar Congreso. La cacería suma otros dos detenidos.
Una hora después, con 135 votos afirmativos y 115 negativos, la explotación laboral es ley.
La plaza está desolada.

Foto: lavaca.org
Actualidad
Despidos en Fate: 920 personas a la calle

Los trabajadores de la fábrica de neumáticos Fate, de San Fernando, se encontraron este miércoles con los telegramas de despido que son un anticipo de la reforma laboral que el gobierno buscará hacer votar en Diputados mañana. Venían de 14 meses sin ajuste alguno en sus salarios por parte del grupo Madanes Quintanilla, propietario también de Aluar y al que se supone queriéndose vincular con el negocio energético frente al colapso industrial que vive el país. La permanencia pacífica en la planta, los comentarios, las sospechas, las sensaciones, la orden de desalojo y el significado del trabajo.
por Sergio Ciancaglini/lavaca.org
(foto de portada, Maximiliano Luna, Tiempo Argentino)
En los dos principales párrafos del cartel imprevistamente colocado en la puerta de la fábrica Fate, de San Fernando, se lee:
“Los cambios en las condiciones de mercado nos obligan a encarar los desafíos futuros desde un enfoque diferente, sin dejar de valorar la vocación industrial que nos ha definido siempre durante todo este tiempo”.
“En consecuencia, informamos que, en este contexto, y tras haber realizado los mayores esfuerzos posibles por evitarlo, nos vemos obligados a extinguir todos los contratos de trabajo. Las indemnizaciones de ley y haberes pendientes se depositarán dentro del plazo legal”. La empresa de 80 años es liderada actualmente por Javier Madanes Quintanilla.
Sebastián, Marcelo, Cristian, César y tantos más se toparon este miércoles con esas palabras amablemente hostiles al arribar al trabajo, mientras desde sus casas les avisaban que los telegramas de despido les estaban llegando a cada uno de ellos. Pronto empezó a acercarse más gente a la calle Blanco Encalada al 3000 en Victoria, San Fernando. Se concretó lo que los trabajadores llaman una permanencia pacífica tras ingresar a la planta a la espera de que se solucione el conflicto. Tanto el ministerio de Trabajo de la provincia de Buenos Aires como la secretaría de Trabajo nacional dictaron la conciliación obligatoria.

Foto: lavaca.org
Explica Ariel Godoy a lavaca: “Trabajo aquí hace 21 años, y de un día para el otro nos enteramos de que nos dejaron en la calle. Había amenazas, porque es una patronal que no dejó de golpear desde que asumió Milei. Ya habíamos perdido casi la mitad de los puestos de trabajo. ¨Éramos 1.500 y quedamos unos 800 trabajadores. Llegamos a 920 despidos calculando a los tercerizados. Hacía 14 meses que no teníamos aumentos, y trabajábamos en condiciones de presión muy fuertes, con personal de seguridad recorriendo permanentemente la plana. La producción estaba en un 30% de lo que esta planta puede fabricar”.
Sobre la conciliación obligatoria: “No podemos confiar en esas conciliaciones, porque es una empresa que se ha mantenido en la ilegalidad muchísimas veces. Queremos que garanticen que los puestos de la fábrica no se toquen”.
Sobre este punto, las dudas surgen ante el hecho de que la empresa pague todas sus indemnizaciones y deudas para cerrarla definitivamente. Alejandro Crespo, secretario general del Sindicato Único de Trabajadores del Neumático Argentino (SUTNA) cercano al Partido Obrero, recorría la planta y cerca del mediodía tomó un megáfono para hablarle a la gente y al periodismo: “Vamos a permanecer para que se cumpla la conciliación. Vamos a estar adentro de la fábrica usando las máquinas trabajando como siempre hemos hecho, o adentro de la planta garantizando que eso vuelva a suceder. Les decimos que nos preparemos para tener un tiempo aquí. Porque el país entero está hablando de esto. Es algo muy injusto y lo muy injusto cuando se mete todo un país, se puede cambiar. Las condiciones económicas de este holding (Madanes) permiten tranquilamente cambiarlo. Esto no es algo que nos merecemos y nos vamos a defender porque es justo hacerlo”.

Leo Albertoli: «Esto ya lo vivimos. No hay nada nuevo. Todo está inventado». Foto: lavaca.org
¿De qué sirve estudiar?
Sobre la calle, se instalaron gazebos y hablaron representantes de múltiples partidos, comisiones internas, organizaciones sociales y centros de estudiantes. Dentro de Fate uno de los obreros, Cristian, planteaba a lavaca: “Esta es una maniobra de Madanes para sacar algún vuelto. No sé cuál puede ser: si alguna ventaja con el aluminio, algo con energía, alguna ventaja con alguna inversión. Mientras tanto mi sensación es que la CGT no hace nada, nos vende a todos, y lo que termina pasando es que nadie piensa en las familias reales”.
Cuenta Cristian que tiene un hijo de 19 años. “Terminó la escuela técnica, y no consigue laburo por ningún lado. Me dice: ‘Papá, estuve siete años en el colegio y ahora las industrias caen a lo loco. ¿De qué sirve estudiar’? Eso es lo que hoy te pregunta un chico”.
Sobre el gremio: “Dicen que tenemos un gremio zurdo, sí, pero siempre fue flexible para el dueño, para llegar a acuerdos. Mirá, además de que no nos aumentaron en 14 meses ni un peso, nos sacaron unos vouchers para comprar neumáticos Fate a mitad de precio”. Informa que su sueldo, con 17 años de antigüedad, es de 1.400.000 pesos.
¿Hubo trabajadores de Fate que votaron a Milei? “Muchos. Dicen que estaban cansados de tantas promesas que no se cumplían antes. Me parece que todo eso está cambiando. Pero no quiero confrontar con la gente que votó a Milei, hay que apostar a unirnos”. Cristian se emociona: “Yo digo que hay que unirse, basta de zurdos, peronistas, de derecha, somos uno. La Argentina es linda, es un pueblo re trabajador. Desde chiquitito que me levantaba a la mañana y siempre veía lo mismo: colectivos llenos de trabajadores. Es un país de trabajo siempre. Y eso es lo que quieren matar. Me niego a eso”.

Sonríe en la goma del sindicato de neumáticos. Foto: lavaca.org
De parripollos a repartidores
Leonardo Albertoli está hace 11 años en Fate, en el sector de neumáticos radial camión: “Soy el único ingreso de mi familia. Tengo una nena de 11 y un nene de 8. Lo único que queremos es trabajar, defender los puestos de trabajo. Los problemas que tenga el dueño con el gobierno no nos competen. Pero no podemos perder el trabajo por lo que cualquiera se da cuenta: lo que cuesta tener un laburo”.
Agrega: “Reina el trabajo informal, la changa, el rebusque del monotributo mínimo para ver cómo llegar a fin de mes. Ni siquiera podemos decir que esa persona quiere progresar. Lo que quiere es sobrevivir a este atropello de cada día. Y en nuestro caso, la empresa puso ese cartel sobre las ‘condiciones de mercado’. Pero si las cubiertas suben no es por los salarios de los trabajadores, que además no subieron en más de un año, sino por esas condiciones económicas. Entonces que lo arreglen, pero no a costa de las familias”.
Leo compara otra cuestión. “En los 90 eran los parripollo y los remises, hoy son los choferes de plataforma y repartidores. No es nada nuevo esto que está pasando, ya está todo inventado”.

Raúl Godoy, de Zanon a acompañar a Fate, y su idea sobre la era Milei. Foto: lavaca.org
La bala
Todos los que pueden buscan la sombra de algunos árboles para cubrirse del solazo de 31º. Guillermo le dice a Ignacio. “Sabemos que el dueño es de los más millonarios de Argentina (1.500 millones de dólares, según la revista Forbes, que lo ubican como el rico nº 12 del país). Dicen que quiere dedicarse a la energía. Y tiene Aluar. Es espalda para superar esto. Su vida no le va a cambiar. La nuestra sí”.
Ignacio: “El tipo puede hacer cubiertas que digan Fate en China, despide a 1.000 personas, se queda con 100 operarios para manejar la logística y el día de mañana, si cambian las cosas, las máquinas están y vuelve a producir”.
Guillermo: “Esto es una bala que nos pega a todos. Porque todos tenemos amigos, parientes y conocidos que se quedaron sin su laburo. Y lo que te dicen es obvio: no encuentran trabajo por ningún lado”.
Nacho: “¿Cuánto va a seguir así? Me parece que todo esto va a explotar en algún momento, como en 2001. El gobierno funciona porque lo bancan los fondos buitres y Trump le da los préstamos”. Guillermo: “Solamente favorece a la minería, el petróleo, el campo. El resto no se entiende qué va a pasar”.
¿La era terminada?
Las palabras de los trabajadores tienen un contexto: los 80 años de Fate la hicieron cruzarse con crisis de todo tipo: el menemismo puro y duro, la crisis de 2001, la aparición desde Oriente de neumáticos (entre otras gomas) a precios irrisorios, las recesiones, inflaciones, y etcéteras conocidos. Mezclando capacidad productiva y de lobby con gobiernos de todos los signos, empezando por los militares, logró pasar mucho tiempo sin pinchaduras. Pero esta vez el grado de apertura y destrucción fue demasiado. Velozmente la empresa, concentrada ahora en Aluar, empieza a reconfigurarse como holding energético. El resultado para el país es que ese sector, junto con la minería y el petróleo (los únicos «exitosos» en estos tiempos en una economía cada vez más concentrada y primarizada) generan muy poco trabajo en comparación con las más de 20.000 industrias que han cerrado desde que asumió Milei: grupo al que ahora se suma Fate.
En la calle está también Raúl Godoy, trabajador de la fábrica recuperada Zanon de Neuquén hoy en uso de licencia (sin goce de sueldo) y colaborando con Myriam Bregman y Nicolás del Caño. “Esto huele muy mal, están haciendo negocios tremendos, pero a la vez hay internas entre ellos, entre el gobierno, entre empresarios. Los rehenes son las familias de los trabajadores. Y ves cosas raras como la senadora bonaerense de LLA Florencia Arietto, brutal enemiga de los trabajadores, que salió a decir que los despidos eran ilegales. O el Gordo Dan, que también le pega a Madanes diciendo que es kirchnerista. Cuando pasan esas cosas, es que hay algo sucio detrás, algo muy turbio”.
Sobre la política actual: “Cada vez menos gente cree en el gobierno. Hubo un apoyo por lo que pasaba antes: abandono, promesas que terminaban en ajustes, jubilados sin reconocimiento, fiascos permanentes. La gente cayó en el mal menor todo el tiempo. Milei, como en su momento fue Alberto. Pero ahora vos ves que están quedando solo los del núcleo duro, los troles, pero cambió el clima político. Por eso el gobierno está acelerando ahora. Pero para mí la era Milei terminó. El verdadero tema es no volver a caer en males menores, sino crear alternativas. Lo ves en todas las formas de resistencia que hay, pero el tema es mantener también la independencia política de esos movimientos. Que no sea solo luchar sino también organizarse y así generar una alternativa propia”.
Frente a la fábrica hay un comercio que vende cocinas, cafeteras, licuadoras y muchos etcéteras chinos. Alejandro: “Lo que pasa en Fate nos afecta a todos. Yo no sé si la gente se dará cuenta de lo que votó. El país está dividido en dos. Somos todos trabajadores, pero no tiramos para el mismo lado, y no hay nadie que organice algo distinto. El gobierno le tira flores a Trump, pero no hace que hace él, que es defender su propia industria”.
Local de uñas, Shell y futuro
A última hora el fiscal Marcelo Fuenzalida ordenó el desalojo de Fate, lo cual pone al conflicto en conflicto: los trabajadores declaran que no abandonarán el lugar.
A la espera a la resolución de esa situación, Leo Fernández, del sector Depósito contaba: “Veíamos que caían las ventas. De cuatro turnos pasaron a tres. El año pasado echaron a 130 compañeros. Aparte de Fate están Bridgestone y Pirelli, pero que importan cubiertas de marca propia de otros lados, principalmente China. Pero con estos despidos te dejan casi seguro sin trabajo. Mi hija Camila tiene 23 años. Trabajó en una casa de comidas como cajera, en un local de uñas como recepcionista y en una Shell. De todos lados van echando a la gente. En la Shell le pagaban en negro. El de más antigüedad tenía un año. Los demás 5 meses a lo sumo. Los echan, meten a otros, van renovando, y todo en negro. Por eso también todo esto nos pega mal a nosotros. ¿Qué vamos a hacer? Por lo pronto resistir y después veremos, porque obviamente hay que seguir”.
-¿Y qué les dirías a los jóvenes de la edad de Camila, que creen e Milei?
Mira el enorme edificio blanco y gris de Fate, ahora silencioso y vacío, mientras los obreros se preparan para lo que se venga, y responde:
-Les diría que con este gobierno no tienen futuro.

Foto: lavaca.org
Actualidad
Pablo Grillo con lavaca: “Quiero ver a Bullrich presa”

En su primera entrevista periodística tras el ataque que sufrió durante la represión del 12 de marzo, el fotógrafo Pablo Grillo (36 años) compartió en su casa con lavaca las sensaciones sobre lo que ha vivido desde aquel momento en el que un proyectil –apuntado por Gendarmería a su cabeza– casi lo mata. El video de su mensaje a Patricia Bullrich. La recuperación, el fútbol, la música, la política, la solidaridad. El significado de la violencia contra el periodismo y un proyecto para cuando pueda volver a las marchas: “La próxima voy con tres cámaras”.
Por Lucas Pedulla y Francisco Pandolfi
Fotos Lina Etchesuri
A once meses y tres días de haber recibido el disparo que lo dejó al borde de la muerte, el fotógrafo Pablo Grillo sonríe con la sonrisa más hermosa del mundo, vivo, vivísimo, lúcido, lucidísimo y esto ya alcanzaría para terminar la nota acá, sino fuera porque este pibe que el 30 de noviembre pasado cumplió 36 años está listo para hablar.
“Creo que para fines de febrero ya me dan el alta”, dice, mirando a los ojos. “Falta, un poquito más”.
Un poquito más, susurra Pablo, transmitiendo una fuerza indescriptible. Es la primera entrevista que da a un medio de comunicación luego de que el gendarme Héctor Guerrero –hoy procesado por la Justicia– le disparara, en línea recta y por fuera de todo protocolo, una granada de gas lacrimógeno que le partió literalmente la cabeza. Fue el 12 de marzo de 2025 y Pablo estaba trabajando: era el día que las hinchadas de todos los clubes se habían autoconvocado para ir a bancar la marcha de jubilados y jubiladas, que siguen protestando por el recorte en sus haberes. El gobierno, con la actual senadora Patricia Bullrich al frente entonces del Ministerio de Seguridad, quiso evitar esa imagen de solidaridad masiva que Pablo había ido a registrar y reprimió con brutalidad.
La imagen de Pablo recorrió el mundo. Se convirtió en un ícono de la violencia de la gestión de Javier Milei contra la protesta social en general y la libertad de expresión en particular. Ese día Pablo fue llevado de urgencia al hospital porteño Ramos Mejía gracias a la rápida intervención de dos personas que, en la calle, le salvaron la vida. Los profesionales de ese símbolo de la salud pública hicieron lo imposible con un pronóstico muy delicado: según los médicos, si no moría en la operación que le hicieron a minutos de ingresar a quirófano, quedaría en estado vegetativo.
Una semana después, todavía nadie entiende cómo, Pablo dijo sus primeras palabras a su padre:
–Hola, viejo.
A partir de allí dio los primeros pasos, hubo nuevas intervenciones, y en junio empezó su rehabilitación en el Hospital Manuel Rocca. Este febrero de 2026, Pablo empezó con salidas los sábados y domingos y hace una semana firmó como querellante en la causa que lo tiene como sobreviviente.
Dice mirando a los ojos: “Quiero ver a Bullrich presa”.

La sonrisa, la cámara y la vida. Foto: Lina Etchesuri / lavaca.org
Estar en casa
Pablo y su padre Fabián invitan a pasar al departamento en el que vive el joven, debajo de la casa de sus padres, un lugar que estaba construyendo con sus propias manos. Hay cuadros y fotos: un póster de Evita en la heladera junto a un dibujo de Luca Prodan, una bandera de Cristina Fernández que hizo con amigos en un taller de CABA, banderines del Napoli (donde jugó Maradona, otro amor, traído por sus abuelos de Italia en los noventa) y del Club Villegas, donde hizo las inferiores.
Pablo lleva puesta la chomba de su amado Independiente y un gorro Piluso de Remedios de Escalada, del que prende el pin con su foto icónica y la frase de su ídolo Ricardo Mollo sobre esa cámara de fotos que Bullrich y compañía buscaron que deje de disparar: “Un arma de creación masiva”.
–¿Cómo estás?
–Bien. Con ganas de que me den el alta. Esto cansa un poco. No puedo ir a ver a mis amigos, pero si les mando mensajes, obvio que vienen.
El consejo de los médicos es que el proceso de rehabilitación siga siendo muy de a poco. Que se canse en las terapias y afuera descanse. Las salidas del hospital son parte de la recuperación, de reencontrarse en su casa, en su barrio, en lo cotidiano: un paso previo al alta definitiva.
Pero con cuidados: la semana pasada dieron una vuelta manzana para pasear a Tupac, su perro, y motivó un tirón de orejas por parte de los profesionales. “Les conté que casi me caigo en la esquina”, se ríe.
Siempre ríe Pablo.
Diego, Cristina y los Ricardos
Apasionado de la lectura, cuenta que tiene muchísimos libros nuevos que le fueron regalando los últimos meses. “Una banda, llenan toda esa estantería”, señala, feliz, y dice que no está leyendo ninguno porque le cuesta concentrarse. Por ahora mira redes sociales y algo de televisión, como el triunfo de Independiente a Lanús por 2 a 0 el último viernes.
Pablo: Venimos con tres empates seguidos y dos victorias. No jugó mal. Ese pibe Abaldo es bueno (Matías Abaldo, uruguayo que marcó el primer gol).
Fabián: La jugada del segundo gol también fue hermosa. ¿Cuántos toques contamos?
Pablo: Conté diez. Un buen desarrollo en la jugada, desde abajo hasta arriba.
La charla futbolística llega hasta San Telmo, club del ascenso donde Emiliano, el hermano de Pablo, trabajó como videoanalista, y al que Fabián recuerda por una frase: “La famosa Isla Maciel, como dijo Maradona”.
Pablo: Hay que aferrarse a lo que decía el Diego. Lo re extraño. Y pienso qué hubiera dicho sobre mi caso, porque lo primero que uno hacía era buscar a ver qué decía el Diego.
-¿Qué creés que hubiera dicho?
Pablo: Hubiera mandado a la concha de su madre el operativo, a Bullrich, a los gendarmes, y por último hubiese dicho mi nombre. Bien a lo último.
-Mollo habló varias veces en los recitales de Divididos.
Pablo: Lo de Mollo fue terrible.
Se le vuelven a iluminar los ojos cuando habla de este y de otro Ricardo que idolatra. Bochini, gloria de Independiente, pasó a saludarlo y le regaló su camiseta número 10. “Firmada y todo”, se jacta Pablo, que se la pasó hablando de fútbol con el Bocha en la terapia del Ramos Mejía.
¿Cristina Fernández se comunicó? Fabián responde: “Habló conmigo los primeros días, cuando él estaba muy grave”. Pablo levanta la cabeza sorprendido.
“¿Cristina Kirchner?”, pregunta.
“Sí, ¿no sabías?, ¿no te conté?”, dice Fabián.
Pablo se ríe, sin poder creerlo: “¿Cómo no me contaste?”.
Fabián: “Fue al segundo o tercer día. Un amigo del barrio, militante, te había venido a ver. Me pasa el teléfono y me dice: ‘Tomá, es Cristina’. Uf… Ella estaba a las puteadas y llorando. Dijo que le pegó mucho lo que le pasó a Pablo porque se le vino la imagen del disparo fallido contra ella”. El 1° de septiembre de 2022, la ex presidenta sufrió un intento de homicidio en la puerta de su casa en Recoleta. Cuenta Fabián que en ese llamado se puso a disposición de lo que necesitaran. La familia, agradecida, nunca quiso que el reclamo tomara un signo partidario, aunque su filiación es conocida.
Pablo sigue asombrado. “Mollo, Bochini, Cristina… Y Diego desde algún lado”.

Pablo y su padre, Fabián Grillo. Foto: Lina Etchesuri / lavaca.org
“La próxima voy con tres cámaras”
-¿Qué ves en redes?
Pablo: Veo una banda. Me sorprende que el caso haya tenido tanta repercusión.
-¿Qué te genera lo que ves?
Pablo: Justicia no, porque es relativa. Es para discutir qué es para vos la justicia y qué es para mí.
-¿Y qué es para vos en este caso?
Pablo: En este caso es decirle al chabón (el cabo Guerrero) que no puede apuntar a la cabeza con un arma. Y el tipo disparó a la cabeza. Ya de movida arrancamos para atrás. Después, lo que para el chabón es justicia es que estaba recibiendo órdenes, que “es verdad”, entre comillas (hace el gesto). Por eso, hay que caerle a la Bullrich y es lo que estamos planteando en el proceso judicial.
Fabián: Se vio que Guerrero disparó, por eso se va contra él.
Pablo: Él podría haber apuntado para arriba. La onda es que tienen que ir presos los dos. A Bullrich yo la quiero ver presa. A él, meterlo preso y que no pueda agarrar más un arma.
Fabián: En el caso de Bullrich es reiterado. Si la hubieran condenado con Rafael Nahuel (el joven mapuche asesinado por Prefectura en 2017) o con Santiago Maldonado (desaparecido tras la irrupción violenta de gendarmes a una comunidad mapuche ese mismo año), no hubiera pasado lo de Pablo. Vos podés meter en cana a toda la cadena de mando, pero no solucionan el problema porque el daño a Pablo está hecho, todos los daños ya fueron hechos. El tema es en función del después: que no vuelva a pasar. Parémoslo.
-Pablo, ¿qué sentís que buscaban ese 12 de marzo al atacar a quien tenía una cámara?
-Que no registremos. Que nos dé miedo y la próxima no vayamos. Pero vamos a ir con más ganas. La próxima voy a ir con tres cámaras: voy a estar con una así (señala su cámara), otra acá disparando automático, y una GoPro que filme todo, olvidate.

Imágenes en la heladera de la casa de Pablo. Foto Lina Etchesuri/lavaca.org.
Una clase de política
Desde el 12 de marzo de 2025 sus familiares y amigos sostienen todos los viernes un semaforazo en la plaza de Remedios de Escalada, además de los festivales que realizaron cada mes para visibilizar el caso y exigir justicia. Pablo piensa esa solidaridad, tan potente: “Algo generamos, me parece. Solidaridad con solidaridad se paga”.
Surgen todas las historias que contamos en este perfil que elaboramos con familiares, amigos, amigas y compañeros de trabajo (https://lavaca.org/mu203/ojos-bien-abiertos-perfil-del-fotografo-herido-de-muerte-por-la-gendarmeria/), sobre todo aquellos del Hospital Evita, en Lanús, donde hacía fotos y trabajaba los espacios comunes, seguido de los perros Pichi y Chen: desde la recuperación del helipuerto hasta los plantines que Pablo hacía para los usuarios del servicio de salud mental de la institución.
Fabián dice que lo querían hasta los policías: “Porque hay una imagen del militante vago, pero a él lo veían trabajar como una hormiga”.
Pablo lo recuerda: “Y me reconocían eso, veían todo lo que hacía. Yo me quedaba cruzado, como diciendo: ‘No me podés decir esto, amigo. Como yo, hay un montón’. Ellos también se quedaban cruzados. Y nos quedábamos así cruzados los dos”, se ríe (porque Pablo siempre se ríe).
Fabián: “A mí me gustaba lo que querías hacer en el cine, un Espacio INCAA, porque el hospital tiene una sala con un proyector de la época de la Fundación Evita”.
El Hospital Evita es una mole de cinco pisos que simboliza que alguna vez la salud pública fue una planificación maciza. Pablo: “El cine es mortal y yo quería que estuviera accesible para el barrio. Calculo que en la época que lo hicieron fue pensando en eso”. Hoy el INCAA está desfinanciado y casi entra en el recorte de la ley de reforma laboral, aunque el Gobierno postergó las derogaciones de las asignaciones específicas hasta enero de 2028.
Cuando Pablo escucha el dato dice: “Lo mejor que viví fue con Néstor y Cristina. Eso fue peronismo arriba de la mesa”.
-¿Qué significa el peronismo para vos?
Pablo: Es muchas palabras en una sola. Es gestionar para el pueblo, sin más.
-¿Y peronismo arriba de la mesa?
Pablo: Es una torta gigante cortada en 50 mil pedazos. Nos ganaron esos cuadrados la campaña, yo no lo puedo creer.
-¿Por qué pensás que ocurrió?
Pablo: Porque nos faltó peronismo, militancia peronista. Ser más pragmáticos en algunos discursos.
-Lo que decías del policía que te vio trabajar.
Pablo: Claro, me vio hacer algo que no era pintar paredes o una bandera. Algo real. Bah, que para ellos es real. Y para mí también, esa es la realidad del militante.

Foto: Lina Etchesuri / lavaca.org
La cabeza intacta
El domingo había arrancado tormentoso, con mucha lluvia, pero cuando le proponemos a Pablo hacer unas fotos, él sugiere hacerlas afuera, en las calles de su barrio. En Escalada ya había salido el sol, se había iluminado el cielo.
Pablo agarra su cámara, feliz, y también nos retrata, bajo su mirada. Le proponemos grabar un video.
“Pará que pienso qué decir”.
Y después de un ratito, avisa: “Cuando quieran”.
Apretamos rec.
Y Pablo, fuera de todo guion, ilumina: “Qué decirte, Bullrich. Sos una re compañera, te hago los dedos en V, te saludo. Acá estamos en el barrio…”.
Y se levanta el gorro Piluso mostrando el lugar al que le dispararon, sonríe y dice: “Con la cabeza intacta”.
Video @mu.lavaca

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