Comunicación
De Maradona a los algoritmos y las sorpresas que no aparecen en ningún tour: una vuelta al mundo de Periodistán
Fernando Duclos se hizo conocido por un mote que mezcla su viajes con su profesión y pasión: contar historias. Los tropezones en el periodismo, el golpe que lo rompió y la sonrisa perdida. La viralización de un tuit y el arte de surfear la ola de las redes. Tres libros, cientos de países, charlas, tours, ataques libertarios, teléfonos que te comen, y una mirada original para salir de la burbuja. Por Sergio Ciancaglini

En el principio fue el tuit:
“Maradona erra el penal, todo parece derrumbarse, pero entonces Goyco ataja dos seguidos y logramos el pase a la semifinal. Todos en Argentina recuerdan aquel partido de Italia 90. Lo que pocos saben es lo que significó para Yugoslavia”.
Fernando Duclos andaba a los tropezones con el periodismo y se había lanzado a un viaje más bien insólito (y no era el primero) gracias a una indemnización. En plena travesía por las tierras de la ex Yugoslavia escribió esas líneas en la ex Twitter (la palabra “ex” goza de una salud vertiginosa en esta época). Corría 2019 y se refería a dos acontecimientos de casi tres décadas atrás: el partido de la Selección (Maradona con la magia mojada y Sergio Goycochea en modo héroe) como excusa para hablar de aquel país que terminó subdividido en siete, guerra civil incluida, tras la caída del bloque soviético y el Muro de Berlín.
Así empezó Fernando un hilo de once tuits en el que hablaba sobre la guerra que sobrevino, la enemistad/odio entre bosnios, croatas, serbios y demás. Sobre un bosnio que aquel día fue expulsado por escupir a Maradona y una frase del escritor Goran Vojnovic: “Así somos nosotros: escupimos al mismo Dios y luego nos extrañamos si Dios se venga”.
El joven Duclos, 33 años en ese momento, lanzó los mensajes cual botella al mar y siguió su viaje balcánico sin señal como para volver a ver su celular. Mientras tanto el hilo de tuits hacía su propio viaje enlazando a la gente que lo leía. Cuando Fernando pudo ver su celular un par de días después, la cantidad de seguidores que se habían enganchado con su cuenta había pasado de 200 a 3.000, y era apenas el comienzo. Pensó: “Increíble. Por acá está lo que tengo que hacer”.
Su objetivo secreto era “reingresar triunfante al escenario periodístico argentino”, relatando sus andanzas por Turkmenistán, Kazajistán, Kirguistán, Pakistán, Afganistán, Uzbekistán. Así nació Periodistán, marca o símbolo que en realidad llegó a muchas más geografías para contar historias, paisajes, amores, muertes y vidas en tierras que resultan tan misteriosas para los ombliguistas que habitamos este país, que a su vez puede resultarle tan misterioso a quienes no lo conocen (y a muchos de quienes sí creemos conocerlo).
Cuenta Fernando sobre aquel principio: “El rebote del hilo de tuits me cambió todo. Yo casi no tenía más plata, hacía tres meses que estaba viajando y ya iba a volverme, pero empecé a estirar lo poco que tenía”. Se confirmaba así que Duclos es argentino, con expertís genético en estirar lo poco que hay. “Y apareció algo muy fuerte: la increíble actitud de la habitantes de países tan extraños para nosotros, que me ayudaban, me alojaban, me acompañaban, me daban comida”.
Por eso Fernando abandonó la idea de abandonar.
Hoy tiene tres libros publicados: Crónicas Africanas, Un argentino en la Ruta de la Seda y Un viaje a la India de carne y hueso. Se presenta con un espectáculo en teatros (El mundo sin filtro). Ha disertado sobre “Ampliación de las audiencias en redes sociales”. Organizó cursos en MU sobre China e India (con Francisco Taiana y Manuel Gonzalo). Encabeza también viajes como el que acaba de hacer a Rusia, Siberia, Mongolia y Beijing, tren transmongoliano incluido, guiando a 20 personas anotadas para acompañarlo en el periplo. Mientras la argentinidad del carry trade llena aviones a Miami, Periodistán tiene agendada la gira por India, Bhután y Sri Lanka en septiembre con quienes se sumen a la aventura.
Tiene 290.000 seguidores en X, 65.000 en Instagram y entre sus títulos nobiliarios podría exhibir el haber sido tildado por alguno de los subalternos de la derecha oficialista adicta como “espía iraní”, “mogólico” e “hijo de puta”.


Biopicstán
Nació en 1986 en el barrio de Palermo cuando la democracia recuperada daba sus primeros pasos. Padres médicos, la familia se mudó a Ciudad Evita y luego a la zona de San Cristóbal y Parque Patricios. Fernando era hincha de River, aunque rompió un lugar común: “Me gusta mucho el fútbol pero soy de las personas que cambiaron de equipo. Claro, el barrio te va llevando, todos tus amigos van a ver a Huracán, la chica que te gusta también y de repente sin darte cuenta y estás a los saltos aguantando los trapos, más en un barrio con tanta identidad”.
Hizo la primaria en el Bernasconi y la secundaria en el ILSE (colegio universitario como el Nacional Buenos Aires pero con menos megalomanía). Además del fútbol le gustaban los mapas: “A los 4 o 5 años ya me sabía todas las capitales del mundo y tenía un cuaderno donde dibujaba las camisetas de las selecciones de todos los países. Pero me acuerdo también a los 8 o 9 años ver algo sobre el genocidio de Ruanda, buscarlo en el mapa, tratar de entender, aunque no entendía nada”, como le pasa con frecuencia también a los mayores de 8 o 9 años.
Fernando jugaba en San Telmo, su segundo amor futbolero. Era 10, armador y zurdo (lo cual confirmaría que es un agente del caos y/o espía extranjero). “Tenía 18 años y ya entrenaba con la Primera. Estaba por debutar. Pero un día bajaba por Garay a toda velocidad en la bicicleta, me caí y me rompí todo, en el brazo todavía tengo prótesis y me dieron 47 puntos” dice mostrándome esa cicatriz que aún hoy duele de verla. “Fue en abril, se infectó la lesión, y recién me dieron el alta en noviembre. Se acabó el fútbol, al menos el profesional. Mis amigos se iban de viaje al norte, a Tilcara y Bolivia, y les pedí a mis papás si me podían pagar ese viaje. Pude ir, terminamos llegando hasta Perú, muy cerquita de Ecuador, que para mí era inalcanzable, y me quedó la espina de no seguir. Volví pensando: esto de viajar me encanta, es espectacular, boludo”.
Estudiaba periodismo deportivo. “Me salió una pasantía en Clarín y apenas terminó, con esa plata, dije: me las tomo. Me recorrí de mochilero Latinoamérica, llegué hasta Nicaragua. Era 2008, época del conflicto del gobierno con el campo. Yo viajaba y cada tanto me conectaba a un ciber para avisarle a mi mamá que estaba todo bien, y aprovechaba para mandar un mail a unos cien amigos contando cosas sobre Perú, Machu Picchu, el Cusco. Era el germen de todo lo que pasó después. Fueron nueve meses, yo era feliz”.
Regresó y resurgió para Fernando eso que llamamos la normalidad. “Seguía estudiando y me llamaron de nuevo de Clarín, como contratado en deportes. Buscaba y publicaba notas sobre fútbol en Afganistán, o algo que había pasado en Tonga, siempre historias del mundo. Después me pasaron como editor a Muy, un diario amarillista. Supuestamente era un avance pero me pasaba el día sentado en la computadora y los demás salían a hacer las notas. No me gustaba nada. Encima ya era 2013, era cada vez más claro lo que representaba Clarín, y yo estaba incómodo. En marzo se murió Hugo Chávez. A mí se me caían las lágrimas y en el diario había mucha gente festejando, como brindando, mientras yo me iba a la embajada venezolana como una forma de despedirlo”.
¿De donde venía ese tipo de sentimiento? “Vengo de una familia progresista. Nos íbamos en auto a Las Toninas en vacaciones escuchando a León Gieco, Silvio Rodríguez y el Dúo Salteño. Qué sé yo, siempre tuve más o menos claro quiénes son los buenos y quiénes los malos. Quiero que en el mundo la gente viva mejor, que los ricos no tengan tanto mientras los pobres no tienen ni lo básico. Nada elaborado, pero eso te va llevando por un camino y bueno, siempre me interesó la política. Viví toda esa etapa de Chávez, Lula, Evo, el kirchnerismo. No militaba en organizaciones políticas pero sí estuve en bachilleratos populares, con todas las ideas de justicia social y cambio”.
Como Clarín ofrecía un retiro voluntario, Fernando lo aceptó y entonces hizo lo que no dicta la normalidad: sacó un pasaje a Etiopía.
“Siempre tuve fascinación por África y por esos lugares de los que nadie habla. Fueron nueve meses recorriendo 14 países: Etiopía, Somalía, Ruanda, Kenia, Burundi, terminé en Sudáfrica. Hice un blog y cuando volví con ese material terminé publicando Crónicas Africanas”.
Después de ese viaje reapareció la normalidad: consiguió trabajo en Fox Sports. Detectó que podía hacerse online. Era fines de 2015, y mientras Mauricio Macri ganaba las elecciones, Fernando zarpó rumbo a mejores climas. Se instaló en una piecita de Río de Janeiro, a la que cataloga como la ciudad más linda del mundo. Una vez allí se terminó el trabajo en Fox pero apareció la posibilidad en DPA, agencia alemana. Fueron tres años.
Como en un rulo del tiempo de la precarización, perdió también el trabajo en la agencia y se separó de su novia (“sinsabores laborales y sentimentales”, resume). Decidió volver a Buenos Aires y usar esa indemnización alemana para –literalmente– buscar nuevos horizontes. Objetivo: la Ruta de la Seda, aquel entretejido que durante siglos conectó a Europa con Asia a través del comercio y la cultura, que también transitó el veneciano Marco Polo a fines de 1200 relatando sus hallazgos al escriba Rustichello de Pisa, lo que derivó en un trabajo conocido como El libro de las maravillas.
Fernando compró el pasaje más barato que más lo acercaba a las maravillas: Barcelona. Recorrió velozmente Europa –que no conocía– pero su norte estaba en el este –que conocía menos aún–. Ya en 2019, en los Balcanes, apareció esa ocurrencia de armar tuits futbolero-geopolíticos que le devolvieron la confianza para ir rumbo a las ex repúblicas soviéticas de Asia Central y al universo musulmán de Irán, Afganistán y la Península Arábiga.
Aquellos viajes fueron siempre con mochila, carpa, una bandera argentina y una remera con banderas de todo el mundo, aptas para iniciar cualquier conversación. Nunca olvida, además, lo que considera uno de los inventos más maravillosos de la historia: la loperamida, antidiarreico que podría ser recetado a más de un funcionario actual.
Pero los principales recursos para los viajes son curiosidad, estudio previo, documentación, sensibilidad, sentido común y capacidad de conectarse con la gente en el idioma universal: el inglés hablado como se pueda. Periodistán es un viajero más que un turista, y por eso logra el mayor acercamiento a la vida cotidiana, dilemas, ideas, costumbres, sueños, creencias, trabajos y asombros de los lugares que recorre como se debe: con una dosis de pasión y varias de loperamida.


El espía
Reconoce que lo sorprendió Afganistán. “La hospitalidad de la gente, la alegría que tienen de recibirte en una realidad tremenda por décadas de guerras. Pero te invitan a dormir en las casas, te dan de comer. Creo que no gasté nada allí”.
Otra ruptura para la imagen mediática: “Puede ser medio temerario decirlo, pero mi país favorito del mundo es Irán. La gente es increíble, la calidez, la cordialidad, la cultura. Una vez estaba viajando con una amiga china, andábamos medio desorientados, y sacamos una cuenta. En un día más de 30 personas se habían acercado y nos habían ayudado con algo. Orientándonos, dándonos de comer, no cobrándonos algo, llevándonos a algún lugar al que íbamos, invitándonos a dormir a la casa”. Lo temerario que menciona Fernando se debe a que Irán es acusado como principal responsable de muchas cosas, incluyendo los atentados sufridos en Argentina en la Embajada de Israel y la AMIA.
En esa contradicción, él cuenta lo que ha visto en sus recorridas: “Estamos hablando de Persia, un país con 5.000 años de historia que siempre enamoró a los europeos. Una cultura refinada, una civilización avanzadísima. Después de 1979 al derrocar al Sha Reza Pahlevi asume un gobierno de los ayatollahs, una teocracia muy conservadora en un país que no lo es para nada. No es una caricatura como la pintan. He entrado a casas que tienen grandes retratos del Sha, y en Teherán hay una plaza que llaman ‘el parque de los gays’ porque todos saben que ahí van los hombres que quieren estar con otros, pese a que la homosexualidad está prohibida, penada y castigada. Y adentro de las casas vi cosas que no vi ni en Río de Janeiro. La realidad te muestra miles de grises que no son la caricaturización que se hace en Occidente. Es una combinación de una sociedad recontra abierta, hasta progresista te diría, con una cultura de las más importantes de la historia. Entonces es una realidad muy compleja en una especie de permanente negociación entre esa teocracia y conservadurismo con una sociedad tan distinta, que hace que el gobierno se tenga que abrir en la práctica a montones de cuestiones, como por ejemplo que casi no se ven velos”.
Segmento de chimentos: tuvo un romance con una iraní. “En otros países musulmanes hubiera sido absolutamente imposible. Era una estudiante soltera que alojaba a un extranjero. Una vez la acompañé porque iba a cantar a la calle a capella, con unos instrumentos iraníes muy lindos, cosa que está totalmente prohibida. Llegó la policía, se quedó escuchándola, le dejaron algo de dinero y hasta la aplaudieron. Entonces no me pongo una venda en los ojos. Sé lo que pasa allí. Pero la idea de que la iban poco menos que a colgar no funcionó, y esa tensión que hay es lo que lo hace un país tan interesante”. Ha discutido también públicamente algo que le llamó la atención: la capacidad de la inteligencia israelí para detectar con precisión blancos enemigos para matarlos a larga distancia en sus casas, contra la incapacidad de precisión en los ataques a Gaza que buena parte del mundo considera “consistente con las características de un genocidio” por usar palabras de la ONU.
La perspectiva de Fernando (con foco en lo social, lo cotidiano y lo histórico para comprender, mucho más que en lo político) le valió que el señor Agustín Romo, diputado bonaerense, lo tildara recientemente de espía iraní, mogólico e hijo de puta. El adjetivo “mogólico” solo revela la entraña de quien lo esgrime. El referido a la mamá de Fernando también. Difícil saber qué cosa espía Duclos: por su libro anterior tal vez resulte ser también un espía africano; por el más reciente podría ser señalado como agente secreto del derechista gobierno indio. O quizás todo sea un tributo a Maxwell Smart.
¿Dónde está la sonrisa?
Aquel viaje culminó para Fernando en marzo de 2020. Tomó uno de los últimos aviones a la Argentina antes de la cuarentena por la pandemia.
“Si me veías en enero de aquel año yo estaba viajando con pinta de hippie, barbudo, viendo dónde poner la carpa o comprar calzoncillos nuevos. Pero unos meses después estaba en un canal de televisión argentino, con dos chicas que me maquillaban y peinaban para salir a conducir mi propio programa sobre política internacional, y a fines de año salió el libro Un argentino por la Ruta de la Seda”.
Reconoce que había logrado lo que quería: trabajo, buenas críticas, elogios, redes sociales encendidas, miles de seguidores, sponsors, cataratas de corazones. “Pero me sentía raro. Hacía montones de cosas, tenía reconocimiento, pero estaba vacío, insatisfecho”. Se le coló en la memoria una foto que le habían tomado junto a un lago de Kirguistán: “Estoy saliendo de una carpa, sucio, mi remera es vieja y las mangas están comidas por las polillas, tenía cara de dormido después de una noche al lado del lago escuchando los insectos y mirando las estrellas. Pero estaba contento, radiante. Y pensé: ¿Hace cuánto que no sonrío así?”.
Empezaba una nueva rebelión interna hasta que Futurock, que había editado La Ruta de la Seda, le propuso hacer otro viaje, otro libro y otro sueño: India. El entusiasmo le volvió al cuerpo. Dejó la televisión, el maquillaje, los peinados, los saludos de quienes lo reconocían por la calle, los emojis, hizo los trámites ante la embajada y partió con un cómplice de lujo: su papá (ha hecho varios viajes acompañado por padre o madre, que están separados). El resultado de ese año asombroso hizo crecer a Periodistán en las redes, y se plasmó en 334 páginas: Un viaje a la India de carne y hueso.
Fue como abrir la puerta a otro planeta del que principalmente recibimos ecos levemente diet sobre yoga, ayurveda o meditación: el país más poblado del mundo con casi 1.500 millones de habitantes (cifra equivalente a todos los que viven en lo que llamamos Occidente) y 30 veces la población argentina, en un territorio apenas más grande que el nuestro.
El libro es un viaje en sí mismo a esa tierra que define como “espectacular y deslumbrante”. Cuenta sobre cientos de grupos etnolingüísticos diferentes que a veces ni se entienden entre sí, sobre el milenario sistema de cuatro castas, sobre la historia terrenal y espiritual que parece inabarcable, sobre las formas de gobierno, las del amor y del Kama Sutra en una sociedad en la que casi nadie se atreve a hablar de sexo, o sobre el hombre que ofrece limpiar los oídos con un hisopo mugriento.
Cuenta de los viajes en tren caóticos y la amenaza de la comida callejera, la maravilla del Taj Mahal, los cazaclientes y vendedores ambulantes, los dioses y diosas, los monos ladrones de desayunos, los matrimonios concertados, las cremaciones públicas en Varanasi junto al río Ganges, el sistema de tránsito guiado por el delirio, las leyendas inconcebibles (Shah Jahan mandó cortar las manos de todos los obreros del Taj Mahal para que nadie pudiera volver a levantar un lugar tan bello).
El libro está plagado de diálogos con indios y extranjeros que explican las claves de cientos de misterios, y habla de calles alucinadas, ferias infinitas y templos como uno en Rajastán (ciudad de los reyes) poblado por 25.000 ratas entre las que hay que caminar sin calzado, como corresponde en esos sitios sagrados, superando el coraje de cualquier superhéroe.
Pasea por Bollywood, que produce más cine que Hollywood, a la que se agregan Kollywood, Tollywood y otras industrias, así llamadas según el idioma en que se filma, o por un picado que Periodistán jugó con chicos que llevaban la camiseta de Messi en el Barsa, o por el lugar donde vio los ojos más lindos del mundo, o por sus propios sentimientos de sorpresa, de dudas, de fascinación y de euforia.
El teléfono te come
Hoy Fernando ha dejado de hacer programas por Youtube: “Es más esclavizante que tener un jefe porque te hace subir videos a cada rato para que el algoritmo no te haga desaparecer”. Tampoco hace mega viajes como los de sus libros (“estoy más viejo”, dice a los 39), sino los que organiza en grupos, como hizo a Corea del Sur, dos veces a Bangladesh, China, Rusia, a los campamentos de refugiados del Sahara occidental, la propia India y tantos más.
¿Y cómo describiría Periodistán a un extranjero a un país misterioso llamado Argentina?
Diría que es un país tremendamente intenso, como una final del mundo. Eso lo hace muy hermoso y cansador a la vez. Tenemos el orgullo y privilegio de ser el único país del mundo que juzgó a sus dictadores, porque hubo una sociedad que salió a la calle, así como hoy hay marchas todos los miércoles de los jubilados. Un país que rompe las bolas hasta que finalmente las cosas se logran, en eso es espectacular.
¿Qué le sugerirías que haga a este viajero que llega al país?
Tratá de buscar a alguien local que te invite a un asado, a tomar mate, aprendé a jugar al truco, y disfrutá de algo que no he visto en ninguna parte: que a la gente le guste tanto juntarse. Es fascinante. Terminé el secundario hace como 25 años y nos seguimos encontrando todas las semanas con mis amigos. Y fútbol los miércoles. O nos vamos en grupo de vacaciones. O nos juntamos para hablar, estar juntos, tomar unos mates, sin que haya pasado nada en especial. En Medio Oriente vi mucho la cosa de la comunidad. En Occidente manda el individualismo. Nosotros tenemos esa cosa de juntarnos que me parece valiosísima.
Cree que nadie entiende muy bien el mundo actual: “Andamos todos un poco a ciegas, las ideas con las que crecimos cambiaron y da la sensación de que es difícil que las cosas cambien. También pasa que el teléfono te come, y el algoritmo moldea tu vida. Vas a un lugar no a disfrutarlo, sino a sacarte la foto. Creo que tenemos que alejarnos un rato de las redes, ¡me lo digo a mi mismo! Hacer deportes, tener sexo, encontrarte con amigos. La vida está afuera” dice como recordando aquella foto sonriente y medio andrajoso, dando la vuelta al mundo.
La clave de su trabajo como Periodistán: “Lo que traté siempre es de contar historias tangibles, que tengan algún puntito de contacto con tu vida. Si te hablo de política turca no te interesa, pero si te la relaciono con las novelas turcas que ves en la tele es otra cosa. Y trato de contar historias que vayan de lo micro, lo que te toca, a lo macro. La política tendría que hacer lo mismo”.
En términos políticos esto es lo que lo identifica: “El gran abanico que incluye a todos los que nos encontramos los 24 de marzo. Pero tenemos que lograr algo más que lo performativo, tipo salir con un cartelito y sacarnos la foto. No sé muy bien qué es eso que habría que hacer. También veo toda una dirigencia que se supone que nos representa, que no dice nada por ejemplo sobre lo que pasa en Gaza. Entonces no sé si son corajosos, o si en realidad no quieren molestar a los poderosos. Yo perdí un montón de seguidores por decir lo que pienso, no podés estar siempre queriéndole caer bien a todo el mundo. Odio todo lo que dice Milei, pero le reconozco que dice lo que piensa. Del otro lado hay muchos dirigentes que no se animan a lo mismo”.
¿Y cómo define Periodistán al actual gobierno? “Diría que Milei es un payaso que supo sacar tajada de forma inesperada de una crisis de representación política. Pasa en muchos lugares del mundo, pero es cierto que hace mucho que este país no crece y que las expectativas de futuro son cada vez peores. Entonces, viniendo de muchos años malos, aparece un tipo que celebra la crueldad y convence a mucha gente de que lo mejor es dejar a todos librados a nuestra suerte, sacándoles los remedios a pacientes con cáncer, pegándole a jubilados, destrozando a la educación”.
La anomalía y lo normal: “Milei es una anomalía muy triste que ojalá pase rápido, pero tampoco me gustan las definiciones que no se hacen cargo de ninguna de nuestras equivocaciones, o que lo ponen como un outsider que nadie sabe bien de dónde salió. Estoy medio peleado con esa interpretación. Entonces, como Periodistán, remarcaría todo lo malo y lo terrible de él pero no me quedaría en eso porque si no es como no entrarle al eje de la cuestión. Si no ofrecés mejoras en el nivel de vida y expectativa a futuro, y no te animás a mirar de frente y con sinceridad los problemas, entonces va a venir otro que los va a enfrentar. Mejor o peor, como en este caso, pero va a aprovechar el lugar que vos no supiste ocupar” dice Fernando, que a la vez sabe lo que significa recuperarse de golpes que a uno lo rompen, sonreír ante geografías inciertas de lagos y estrellas y hacer lo que hay que hacer cuando el proyecto se sintetiza en dos palabras: seguir viaje.
Comunicación
19 y 20 de diciembre: La crónica que nos parió

Esta nota cuenta la historia de Gustavo Benedetto, Carlos «Petete» Almirón, Gastón Rivas, Diego Lamagna y Luis Alberto Márquez, asesinados el 20 de diciembre de 2001 en Plaza de Mayo. No fue publicada en nuestra página web porque no existía. Fue distribuida por mail a una decena de direcciones con la esperanza de aportar algunos datos que transformaran la información sobre los muertos y heridos aquel 20 de diciembre en algo más que el mero número del que daban cuenta los medios comerciales. No sabíamos qué estábamos haciendo, pero sí porqué. Así, hace 24 años, nació lavaca. El texto de Claudia Acuña fue seleccionado en el libro Grandes Crónicas Periodísticas de la editorial ComunicArte junto a trabajos de José Martí, John Reed, Edmundo de Amicis, Edgar Snow, Seymour Hersh, John Hersey, Vasili Grossman, William Russell y Elena Poniatowska, entre otros.
En septiembre de 2024, la Corte Suprema dejó firmes las condenas a quien era secretario de Seguridad, Enrique Mathov, y al ex jefe de la Policía Federal Rubén Santos, fallo judicial que confirma al menos en parte lo que es una certeza cotidiana para pensar en tiempo presente: la posible responsabilidad penal de los funcionarios que ordenan reprimir y de quienes ejecutan esa orden.
Sin retocar las desprolijidades que la urgencia periodística nos dictó entonces, compartimos -ahora sí- con nuestros miles de lectores ésta, la primera crónica de lavaca, que acompañamos aquella vez con una palabra inventada: anticopyright.

El pasado 20 de diciembre, la jueza María Romilda Servini de Cubría en persona cruzó la Plaza de Mayo, esquivando gases lacrimógenos y pedradas, intentado encontrar allí al responsable de la represión que, apenas diez minutos antes, había observado en el televisor de su despacho. Eran las 11.30 de la mañana cuando la jueza habló con el uniformado de mayor rango que encontró en el tumulto. Sus palabras fueron claras:
-Soy la jueza federal de turno. Le ordeno el cese inmediato del operativo de desalojo de la plaza. Informe a quien corresponda que yo estoy a cargo de la seguridad de estas personas.
El uniformado le respondió que el mensaje sería transmitido al comisario mayor Norberto Edgardo Gauderio, el responsable de la Mesa de Situación de la Policía Federal en ese momento.
Luego, la jueza se dirigió a tres comisarías para liberar a quienes habían sido detenidos en las refriegas.
A las dos de la tarde regresó a su despacho. En la pantalla del televisor las imágenes eran claras. Nadie le había hecho caso.
Hoy, la jueza Servini de Cubría investiga cinco homicidios. Los dos primeros ocurrieron a las 16.20 en el cruce de Lima y Avenida de Mayo. El último fue antes de las 18. Ese fue el lapso más salvaje de la batalla de Plaza de Mayo. Fue, también, el que marcó el final de Fernando De la Rúa, tras 740 días de mandato. La quinta víctima cayó delante de las cámaras de televisión, en donde quedó impreso el grito: «Están disparando desde adentro». Los testigos señalan el edificio La Buenos Aires, en Avenida de Mayo 677, donde el Banco HSBC tiene cuatro cajeros automáticos en la planta baja y sus oficinas centrales en lo alto de una torre fuertemente custodiada: en la décima planta funciona la Embajada de Israel, luego de que, en 1992, un atentado terrorista destruyera su anterior sede. La justicia secuestró la cinta de la cámara de seguridad del banco, donde se puede ver difusamente a un grupo de cuatro custodios disparando desde el área de los cajeros automáticos. Las pericias preliminares realizadas sobre los vidrios del edificio indican que los cristales se astillaron por disparos efectuados desde adentro hacia afuera. Uno de ellos fue el que mató al muchacho que todos vieron caer ante las cámaras y que, según los registros de la causa, llegó muerto al Hospital Ramos Mejía a las 17.30.
Gustavo Ariel Benedetto, 23 años, hijo de su barrio -La Tablada-, egresado de la escuela secundaria y pública Número 155, trabajaba como repositor de la sección verduras del supermercado Dia durante doce horas al día y por cuatrocientos pesos al mes.
Su amiga y abogada, Cristina Laborde, lo describe como «un pibe de cutis blanco, flaco y muy alto: casi un metro noventa. Esa altura lo convirtió en un blanco fácil». Gustavo vivía con su madre y su hermana en una casa de una planta, con dos habitaciones, comedor, cocina, patio y perro. Su padre había muerto de cáncer nueve meses atrás y, desde entonces, él era el único sostén familiar. Su universo privado era su cuarto, con dos camas, un mueble para guardar ropa, un estante con CDs y equipo de música, un banderín de River Plate, un poster del retirado delantero Enzo Francescoli y la bandera de su banda musical preferida: Baroja, nacida y criada en La Tablada, como él. Rock duro y potente, con una guitarra furiosa, batería, bajo, saxo y canciones que hoy también suenan proféticas:
No esperes más que no hay a dónde ir/
Rompe la mentira que lo que falta es la verdad/
Solo lucha una vez/
La muerte está esperándote.
Sebastián Piacentini, el mejor amigo de Gustavo, es el autor de la letra y el que explica lo que ahora resulta obvio: «La muerte, la verdad y la mentira son temas que siempre están presentes en nuestra banda. No pensé en nadie en especial cuando la compuse. Se llama Sólo faltás vos y cuando la cantamos en un concierto, seis días después de la muerte de Gustavo, recordé todo lo que pasamos juntos. Y me di cuenta lo solo que se habrá sentido ese último día».
Ese último día, Gustavo se presentó a trabajar a las siete de la mañana, pero la amenaza de los saqueos obligó al supermercado a cerrar. Preocupado por la suerte del local, regresó al mediodía y comprobó el desastre: las persianas y los vidrios estaban rotos, las góndolas vacías, los destrozos desparramados por todos lados. Impotente, Gustavo decidió ir a Plaza de Mayo a protestar. Intentó convencer a varios amigos para que lo acompañaran, pero ninguno estaba disponible. Su determinación o indignación tiene esa dimensión: un muchacho que siempre estaba acompañado, escoltado por su barra de amigos, sube solo al colectivo número 126, viaja durante una hora y media y desciende cien metros antes de toparse con una bala.
Gustavo cayó en Avenida de Mayo al 600, delante de las cámaras, frente a los ojos de su mamá y su hermana. Las dos lo vieron morir por televisión, once días antes de poder festejarle el cumpleaños número 24, mientras escuchaban que alguien gritaba: «están tirando desde adentro».
Otro alguien, días después, dejó un mensaje en el contestador telefónico de la abogada Laborde con anónimas amenazas. Anónimas, también, fueron las manos que hackearon el correo electrónico que difundieron los amigos de Gustavo para obtener datos del asesinato. «También es un misterio -sigue la abogada- por qué tenía la cara lastimada con balines de goma. Las imágenes de la televisión lo muestran sangrando, pero con la cara intacta. Un testigo declaró que tampoco recuerda haberle visto esas marcas. Pero cuando nos entregaron el cadáver tenía las mejillas heridas, como si hubiese recibido una ráfaga».
Es jueves, son las cinco y media de la tarde, pero ha pasado ya una semana desde la batalla de Plaza de Mayo y la guardia del Hospital Ramos Mejía está tranquila. El jefe aclara que no está autorizado a dar información oficial. Recuerda perfectamente que hasta allí no llegó Gustavo Benedetto, sino su cuerpo. Por eso, en los registros de la guardia está inscripto como «N.N., varón». Los médicos se limitaron a constatar su muerte. «Esa tarde estábamos desbordados. Nos hicieron trabajar de lo lindo. Y salvamos a varios. Ya desde la madrugada atendimos heridos, pero los más graves empezaron a llegar poco después de las cuatro de la tarde. Estuvimos en el quirófano hasta las dos de la mañana, sacando balas de todo calibre».
Cuando se le pide que recuerde qué fue lo que más le llamó la atención de todos esos cuerpos heridos que desfilaron por sus manos, responde sin dudar:
– Los tatuajes y los cortes.
– ¿Qué cortes?
– Cortes, heridas viejas. La mayoría eran chicos jóvenes, aunque parecían mucho más jóvenes de lo que en realidad eran, con tatuajes y cicatrices por todos lados. Le puedo asegurar que no era gente como usted o como yo.
– ¿En qué sentido?
– No eran de clase media. Seguro.
En la sala de cirugía del tercer piso todavía está internado Marcelo Dorado, uno de los obligados pacientes del jefe de guardia. El chico tiene el pelo desordenado, una remera gastada y un pantalón corto, deportivo, con varios campeonatos y lavados. Está muy pálido, ojeroso, flaco. A simple vista parece un adolescente de 18 años. Tiene 28.
Marcelo trabaja desde hace cuatro años en una empresa de cerramientos de aluminio, de 9 a 18. Su obligación es ir todos los días de la semana en ese horario, pero solo cobra por cada trabajo efectivamente realizado. En las buenas semanas, se lleva entre 200 y 300 pesos. En las otras, nada.
Ese día de furia, la empresa lo había destinado a unas oficinas de la calle Salta para trabajar en una mudanza. Llegó temprano, con otros dos compañeros que lo ayudaron a desarmar todo, mientras escuchaban la radio. Al mediodía, le plantearon al responsable del lugar que sería mejor dejar para otro día el traslado, ya que estaban en plena zona de combate, a unas pocas cuadras de Plaza de Mayo. El hombre les dio la razón.
Marcelo se despidió de sus compañeros y apuró el paso: quería llegar a Retiro para tomar el tren que lo regresaba a su empleo, en las afueras de Buenos Aires. Apenas se acercó a la zona del Obelisco vio la nube gris de gases lacrimógenos. Pero como ni el tránsito ni los semáforos estaban cortados, pensó que no sería para tanto. Esperó, hasta que creyó que la refriega entre manifestantes y policías se había calmado y retomó la marcha.
Marcelo traza en un cuaderno su recorrido. Dibuja en el centro el Obelisco. Una línea que lo atraviesa y que corresponde a la Avenida de Mayo. Y a la derecha, una trinchera, que calcula a una cuadra de distancia, hacia el lado de la Plaza. «Desde allí salían y hacia ahí se replegaban». Está hablando de la Policía Federal.
Tras cinco intentos fallidos de cruzar el Obelisco, Marcelo comprendió la táctica del combate: la policía avanzaba tirando gases y repartiendo palos y, tras unos minutos de refriega, se replegaba. Luego, volvía a la carga. Esos intervalos fueron los que él confundió con la calma. Y en cada uno de ellos intentó avanzar, hasta que no pudo evitar lo inevitable.
Marcelo llamó a su jefe desde la cabina de un teléfono público, en el cruce de Alsina y Nueve de Julio, para avisarle que estaba demorado. Allí recibió los tres balazos. Uno le pegó en la pierna y fue el que lo tumbó en plena avenida, mientras los autos intentaban esquivarlo. Un taxista lo cargó en su auto para llevarlo a un hospital y cuando le sacó la mochila, que todavía colgaba de su hombro derecho, se dio cuenta que tenía un segundo impacto. Fue el que le perforó la pleura y le dejó el pulmón en pronóstico reservado.
El tercer disparo se lo señaló el jefe de la guardia. Le dijo:
– Lo del pulmón es delicado: hay que sacar sangre y aire y mantenerlo controlado. Recién después podemos extraer el proyectil. La bala en la pierna es la que te da esa sensación de hormigueo porque quizá está rozando algún nervio, aunque no creo que sea nada grave. Por ahora tampoco vamos a tocarla. Lo importante es que zafaste de la más jodida. Esa fue apenas un beso, pero podría haber sido el último.
Marcelo aparta sus rulos desordenados y muestra la huella que le dejó el roce del plomo, en la base del cráneo. «Nunca, jamás, se me había cruzado por la cabeza que las balas eran de verdad. Yo veía que la policía tiraba, pero creí que eran balas de goma. No es que yo sea un imprudente ni un colgado y por eso me empeciné en cruzar. Simplemente creí que eso no se podía hacer. Y que no lo hacían».
Es difícil saber qué habrán imaginado los médicos de guardia al encontrarse con Marcelo, tendido en la camilla, temblando de miedo. Pero es posible que no hayan encontrado allí ninguna huella que les permita descifrar su historia.
Marcelo nació y se crió en San Martín, una localidad del oeste bonaerense marcada por el surgimiento y caída de grandes fábricas, pequeños talleres y centros comerciales que la convirtieron en los años 60 y 70 en un punto clave del cordón industrial bonaerense, hoy poblado de fantasmas. Edificios vacíos, persianas cerradas, grandes parques industriales convertidos en hipermercados. San Martín se quedó sin trabajo, pero con su numerosa población intacta. La postal de la crisis la traza hoy un estudio realizado por la consultora Equis en la zona: en el año 2000, el 54,2 por ciento de los asalariados del Gran Buenos Aires tenían ingresos por menos de 500 pesos en un país cuya canasta familiar, según la misma consultora, se calcula en 1.025 pesos.
Marcelo tiene título secundario, un teléfono celular, una computadora y una casilla de email. Tiene un padre que es empleado en una farmacia, una mamá ama de casa y una novia, Verónica, con la que quiere casarse desde hace diez años. No es pobre, pero se ha empobrecido. No es un adolescente, pero sus ingresos oscilantes le impiden hacerse adulto. No sabe cómo construir su futuro, pero hasta tanto ancla sus sueños a un objeto: su batería. A ella le dedica sus horas libres. Toca en tres conjuntos, con los que ensaya en diferentes días, siempre después de cumplir con el horario del único trabajo que consiguió en todos estos años y con el que cual prometió cumplir, pase lo que pase, hasta que las cosas con la música vayan mejorando. «Pero ahora renuncié. Una de las cosas que aprendí con todo esto es que si me voy a morir de hambre, que por lo menos sea con algo que me gusta. No pienso hacer nada que no me guste. No tengo porqué aguantarlo. Eso es lo que aprendí en el Obelisco el otro día. Y creo que ahí me encontré con otra gente que, como yo, ya no se la banca».
Cuando se le pregunta si tiene miedo, su respuesta también es didáctica: «Tengo miedo porque sé que en la música todo es a pulmón. Y mirá como estoy». Marcelo levanta la sonda que sale de su pulmón y una bolsa de sangre y aire queda a la vista.
Es un líquido oscuro, vicoso, impresionante.
Cintia Castro, miembro del cuerpo legal de la Liga Argentina por los Derechos Humanos, informa que ya presentaron veintidós demandas ante el juzgado de la doctora Servini de Cubria por los delitos de tentativa de homicido, lesiones, tratos crueles, degradantes e inhumanos, daños y robo. Pronto serán veintitrés, ya que el padre de Marcelo escogió esa organización para presentar su caso.
Del resumen de esas demandas, Castro llega a las siguientes conclusiones: «Hubo tres focos de represión claramente diferenciados y que geográficamente podríamos delimitar en la zona de Plaza de Mayo, en Congreso y en las proximidades del Obelisco».
En la zona del Obelisco y Avenida de Mayo se concentraron los casos con balas de plomo. Además de los muertos, la Liga denunció tres heridos con bala de plomo en la cabeza. Dos son motoqueros (mensajeros que se desplazan en motocicletas y que participaron de la protesta de manera tal que un cronista los bautizó «la caballería de los manifestantes»). El tercero es un estudiante del magisterio J. V. González. Las lesiones lo dejaron sin movilidad de la cintura hacia abajo.
En Plaza de Mayo se concentran las denuncias por golpizas y malos tratos, que incluso continuaron una vez producidas las detenciones, en las comisarías. La Liga las menciona por sus números: seccional primera, segunda, tercera y sexta. Castro sintetiza así lo que vio: «La gente que vino acá a firmar la demanda estaba violeta por los golpes recibidos»
En Congreso, la mayoría de las denuncias son por heridas de balas de goma. «Hay una chica integrante de la agrupación Hijos ( agrupación que reúne a los hijos de los desaparecidos durante la dictadura militar) que está con riesgo de perder el ojo y otra a la que le sacaron doce balazos de goma de las piernas» , asegura Castro.
Otra de sus conclusiones es que del relato de los heridos se establece un pico: entre las 16 y las 19.30. «En ese horario se concentran los casos más graves».
-¿Notó que tuviesen algo más en común?
-Sí: son todos jóvenes. Y no hay rubios.
Fernando Almirón comienza por señalar las diferencias con su hermano Carlos. «El era narigón y yo no. El era re estudioso y yo no terminé la secundaria. El tenía 23 y yo 19. A él le gustaba Hermética (un grupo de heavy metal) y a mi la cumbia. El era hincha de Independiente y yo de Los Andes. El era blanco y yo soy morocho». Aunque para él la principal diferencia era otra: a él no le interesa la política y su hermano era militante. Carlos se acercó a una organización social en una protesta contra la violencia policial y siguió participando en la Universidad, en donde cursaba la carrera de Sociología.
Los dos vivían con su bisabuela, Martiniana, de 82 años, en Lanús, una localidad del sur bonaerense de casitas bajas y calles arboladas. La de los Almirón es grande, con tres habitaciones, un jardín en el frente y una parrilla al fondo, custodiada por dos perros. De allí partió Carlos el jueves 20 por la mañana hacia Plaza de Mayo y desde allí salió Fernando desesperado, cuando le anunciaron que su hermano había muerto por un impacto de bala en el tórax. Allí también lo velaron el domingo 23 y desde allí partió el cortejo fúnebre con más de mil personas gritando una consigna política más vieja que el cadáver: «la sangre derramada no será negociada».
La misma consigna escuchó María Mercedes Arena en el sepelio de su marido, Gastón Riva, el padre de sus tres hijos, el motociclista que trabajaba desde las seis y media de la mañana hasta las doce de la noche, el primer muerto registrado a las 16.20 en Lima y Avenida de Mayo, el que recibió el impacto en pleno corazón, el hombre al que su mujer no quiere que se lo identifique por ninguna otra cosa que no sean todas estas. «El no era dirigente motoquero. Ni siquiera estaba afiliado. Estaba caliente, como todos, y seguramente por eso participó de la protesta. Por toda la situación económica, por lo que estamos pasando y porque tenemos tres chicos. ¿Le parece poco?».
Muy cerca de él y a la misma hora cayó Diego Lamagna. Poco se sabe hasta ahora de Diego: sólo que tenía 26 años, era estudiante y vivía con su madre , quien hace poco tiempo había perdido otra hija. Una tercera se la llevó ahora con ella a Puerto Madryn, en la Patagonia.
El quinto muerto parece ser la única excepción. Luis Alberto Márquez no tenía veintipico, sino 58 años. En el expediente consta que le dispararon dos veces: una en el cuello y otra en el pecho, en la esquina de la avenida Nueve de Julio y Sarmiento. Allí está ahora su hijo, Daniel Márquez, participando de una ceremonia organizada por el Grupo de Arte Callejero (GAC) y que a siete días de la batalla recorre los cinco puntos de la ciudad en donde ha caído cada muerto. En cada uno, colocan un pequeño altar, desparraman flores y velas y despliegan un cartel con la consigna: «Asesinado por la represión policial en la rebelión popular del 20 de diciembre de 2001».
Daniel tiene 24 años, ojos azules y algunas pecas. Lleva un pantalón de color claro y una chomba roja. Cuando los manifestantes -que apenas suman doscientos- dejan de vivar el nombre completo de su padre, se le acercan unos hombres que ni siquiera conoce, le dan un beso, le piden fuerza y lo dejan solo. Daniel mira sin llorar esa tumba improvisada con cartones, tela negra, velas y flores. Su papá trabajaba muy cerca, comenta. Era vendedor de seguros. Era militante peronista.
Daniel está, literalmente, aterrizando en ese pedazo de suelo argentino. Acaba de llegar de España. Pero su relato no arranca allí, sino en el punto exacto de lo que recuerda como una pesadilla. «La caída comenzó hace diez años. En el 93 nos fuimos por última vez de vacaciones. Al poco tiempo, mis padres se separaron. Empezamos a estar muy mal económicamente. Decidí terminar el secundario a la noche, para poder trabajar. Intenté de todo. Mi último empleo fue como repositor en el supermercado Wal-Mart. De lunes a sábados, nueve horas, por 600 pesos mensuales. No estaba mal. El problema no era el sueldo ni el tipo de trabajo, sino el futuro: en este país por más que te mates trabajando, lo mejor que te puede pasar es mantenerte en el mismo lugar, muerto de miedo, esperando que te bajen el sueldo o te despidan. Entonces, empecé a pensar en irme. Compré el pasaje a fines de noviembre y viajé el 4 de diciembre. El día que mataron a papá había conseguido mi primer empleo en Madrid. Estaba feliz».
-¿Qué hacías?
-Era pintor de paredes.
Foto> Cooperativa SUB
Comunicación
Nace UMA: la fuerza de la unión de medios autogestivos

Con la convicción de que “nadie se salva solo” no es para nuestras cooperativas una frase sino una práctica cotidiana, siete medios nos reunimos para conformar la Unión de Medios Autogestivos (UMA). En Villa María, Córdoba, el sábado pasado firmamos el estatuto que formaliza la constitución de este espacio del que forman parte El Diario del Centro del País (Villa María), Tiempo Argentino (Buenos Aires), El Ciudadano (Rosario), Lavaca (Buenos Aires), Revista Cítrica (Buenos Aires), Agencia Tierra Viva (Buenos Aires) y Lawen Documental (Buenos Aires).
(En la foto de portada, de izquierda a derecha y de abajo hacia arriba: Carina Ortiz, de El Ciudadano de Rosario; Nahuel Lag, de Tierra Viva; Lucas Pedulla, de lavaca; Carla Bonavista, de Tiempo Argentino; Lorena Piovano, de Lawen Documental; Patricia Gatti, de El Diario del Centro del País; Mariano Pagnuco, de revista Cítrica; Juan Manuel Orbea, de El Diario del Centro del País; Claudia Acuña de lavaca y Sergio Vaudagnotto, de El Diario del Centro del País.)
UMA reúne a más de 180 periodistas distribuidos a lo largo y ancho del país, con más de 20 años de experiencia en la cobertura desde el territorio de temas usualmente relegados por la prensa comercial: la violencia institucional, el narcotráfico, el respeto por los derechos humanos y la diversidad de género, la soberanía alimentaria, los derechos de los pueblos originarios y el cuidado del ambiente.
La asociación tendrá como objeto principal la protección, promoción y fortalecimiento de la producción periodística y el desarrollo integral de los medios de comunicación autogestivos y cooperativos, entendiendo su labor como un pilar fundamental para la diversidad informativa y la participación ciudadana. De la articulación entre los medios participantes nacerán investigaciones periodísticas, actividades de capacitación y propuestas de leyes y normas que protejan y estimulen al sector, entre otros horizontes compartidos.
En el último año, las publicaciones acumuladas en los sitios web de nuestros medios alcanzaron a más de 19 millones de personas, en su mayoría menores de 45 años. Esa audiencia, además, está compuesta en un 54% por mujeres. Estas características demográficas convierten a la UMA en una usina de información esencial para segmentos de la sociedad que ya no consumen los medios tradicionales, ya sea por desinterés o desconfianza.
El camino de la UMA recién comienza. Que sea federal y cooperativo es un incentivo para inventar el futuro del periodismo en el que creemos.

Sergio Vaudagnotto, del Diario del Centro del País de Villa María, Córdoba, y Claudia Acuña, de la Lavaca, en el momento de la firma junto a la escribana Alicia Spila.
La comisión fundadora de la Unión de Medios Autogestivos está integrada por:
Presidenta: Claudia Acuña, de lavaca
Secretario: Sergio Vaudagnotto, del Diario del Centro del País de Villa María, Córdoba
Tesorero: Mariano Pagnucco, de revista Cítrica
Vocal Titular: Carina Ortiz, del diario El Ciudadano de Rosario, Santa Fe
Vocal Titular: Nahuel Lag, de la Agencia Tierra Viva
Síndica: Carla Bonavita, del diario Tiempo Argentino
Comunicación
‘Adolescencia’: el fracaso de la mirada adulta

Una serie movilizadora en la que capítulo a capítulo se asiste al naufragio de las instituciones adultas para escuchar, para comprender, para cuidar. “Sólo pretenden controlar lo que se ha vuelto incomprensible para ellas”.
La pregunta, a partir de esa miniserie británica creada por Jack Thorne y Stephen Graham y dirigida por Philip Barantini: ¿Por qué los adultos son incapaces de entender? Y otro enigma crucial de la época: ¿De qué debemos desertar?
Sobre esa historia escribe nuestro amigo Amador Fernández-Savater, escritor, investigador, activista y editor español. Ha colaborado e intervenido en lavaca y en la revista MU en numerosas ocasiones y nos autoriza la reproducción de este artículo publicado originalmente en el sitio ctxt.es (Contexto y Acción), como una posibilidad de repensar, encarar y debatir lo que la sociedad adulta hace y deshace en estos tiempos.
Por Amador Fernández-Savater
¿Por qué se llama ‘Adolescencia’ cuando retrata fundamentalmente a los adultos? Son ellos los que actúan, los que preguntan, los que hablan. La serie es un espejo del espejo. Los adultos miran a los jóvenes y nosotros les miramos a ellos. ¿Qué podemos ver? Fundamentalmente, la incapacidad para entender. El fracaso de la mirada adulta.
¿Por qué los adultos son incapaces de entender? Porque son incapaces de escuchar. ¿Por qué son incapaces de escuchar? Porque son incapaces de amar. ¿Por qué son incapaces de amar? Porque no tienen tiempo. ¿Y por qué no tienen tiempo? Porque se pasan el día trabajando.
Sin escuchar y entender no es posible cuidar. La serie nos deja desazón y desasosiego al acabar porque nos pone frente a nuestra radical impotencia ante el mal.
Las instituciones adultas
En el primer capítulo vemos desplegarse la maquinaria penal. ¿Qué se nos muestra? La brutalidad policial en la detención de Jamie, el adolescente acusado de homicidio, la humillación a que es sometido en comisaría (la escena del cacheo), la frialdad y la distancia en el trato, la protocolización burocrática obligatoria de todos los comportamientos.
La maquinaria penal no busca entender, sino apresar, acusar, hacer confesar. La verdad que importa aquí no es la verdad humana o subjetiva (“todo lo que diga podrá ser usado en su contra”), sino la verdad penal, la verdad de los hechos, la verdad objetiva. Esa verdad fría exige la frialdad en los procedimientos, el lenguaje del desprecio y la deshumanización.
La maquinaria penal no está diseñada para comprender, se nos dirá, sino para averiguar y juzgar la verdad de los hechos. Asumamos que sea así, aunque eso vacíe la palabra “reinserción”, pero ¿dónde se comprende entonces? ¿Qué institución trata de entender algo para transformar y conjurar el mal? ¿Será tal vez la Escuela?
En el segundo capítulo la policía se acerca al instituto de Jamie buscando pruebas. La serie nos muestra la Escuela como un espacio completamente desbordado: los profesores corren de un sitio para otro apagando fuegos, apercibiendo a los chicos, tratando de articular algo. Demasiadas urgencias que resolver, demasiadas demandas que atender, demasiada velocidad, demasiada complejidad.
“Sin capacidad para ralentizar el tiempo y pensar, la Escuela se limita a gestionar y contener el caos”
Saturación, piloto automático, huida hacia adelante. Sin capacidad para ralentizar el tiempo y pensar, sin espacios comunes donde conversar y elaborar, la Escuela se limita a gestionar y contener el caos. Pero tampoco entiende nada. La adolescencia se ha vuelto completamente ilegible para ella. La directora jamás escuchó la palabra ‘incel’.
¿Y la familia? El último capítulo de la serie se adentra en el ámbito familiar de Jamie. El chico se volvió un extraño para sus padres y su hermana, encerrado en los círculos concéntricos del cuarto y la pantalla. Antes, los padres podían tal vez sentarse a ver la tele con sus hijos y conversar sobre lo que veían. Ahora es imposible. No sólo porque los chicos reciban a solas las imágenes, sino porque desconocen sus códigos de significado. Ni saben lo que ven, ni son capaces de entenderlo.
El desencuentro es radical. Capítulo a capítulo, asistimos al fracaso de las instituciones adultas para escuchar, para comprender, para cuidar. Ni saben, ni pueden, ni quieren. Sólo pretenden controlar lo que se ha vuelto incomprensible para ellas. Como no lo entienden, lo temen. Como lo temen, lo reprimen. Pero al hacerlo sólo agravan el caos.
El comentado plano-secuencia en el que se desenvuelve la serie, ¿no es el procedimiento idóneo para hacernos sentir el bucle ensimismado de la vida adulta? Sin cortes o interrupciones, sin aperturas o pasarelas hacia afuera, las estructuras adultas se han convertido en verdaderos callejones sin salida.

Explicar sin escuchar
¿Qué es lo que las instituciones adultas rechazan escuchar? A las personas singulares y concretas, a cada uno y a cada cual. Son espacios sin sujeto. Los sujetos, en ellas, se vuelven objetos: de vigilancia y castigo, de cálculo y control, de extracción de datos y saber.
El tercer capítulo nos muestra un largo interrogatorio psicológico a Jamie. La psicóloga parece humana, en contraste con el frío burocrático y distante que reina en el centro carcelario de menores. Tal vez tiene buenas intenciones, ganas de empatizar y escuchar, pero identificada con su función y su trabajo, elaborar un informe psicológico exprés para la maquinaria penal, su conversación se convierte en interrogatorio inquisitorial.
Freud inventó la relación analítica como un espacio donde el sujeto podía escucharse a sí mismo, entender algo por sí mismo y cambiarse a sí mismo. La relación analítica, mediada por un afecto de confianza, es una forma de encuentro y conversación. La psicóloga traiciona todo eso. La psicología en general traiciona todo eso cuando se pone el servicio del poder (sanitario, social, educativo) y no del sujeto.
La psicóloga necesita construir un relato. Pregunta desde ahí, escucha desde ahí, conversa desde ahí. No acompaña a Jamie a entenderse a sí mismo, desde sus propias palabras, con el tiempo que necesite, sino que pretende encajarle en un molde. Jamie se resiste con evasivas y gestos airados a las preguntas trucadas, al paripé de la empatía, a la traducción forzada de todo lo que dice. Se resiste a ser explicado.
Los adultos se quedan perplejos en la serie cuando las adolescencias no colaboran con ellos, cuando se encolerizan, cuando se rebelan. Están tan seguros de sí mismos, tan seguros de lo que hacen, tan seguros de que representan el bien… Se dirigen a los chicos como si fuesen inferiores, como si fuesen ganado, como si fuesen monstruos, y se sorprenden cuando los monstruos les muerden.
Explicar sin escuchar es el modo adulto de pensar, repleto de estereotipos. Los estereotipos pre-suponen y pre-juzgan: no hay nada singular que percibir o atender, lo podemos saber todo de antemano, a priori. Así se cancela lo más humano: lo contradictorio, lo complejo, lo impuro, lo imprevisto”.
“Explicar sin escuchar es el modo adulto de pensar, repleto de estereotipos”
La serie intenta desafiar algunos de nuestros clichés. Jamie, el supuesto incel, no lleva gafotas ni tiene la cara llena de granos, sino que es un chico muy guapo. El padre no es el abusador de menores ni el maltratador de mujeres que estamos esperando. La familia no fracasa por exceso de crueldad, sino por razones bien distintas. La causalidad es siempre múltiple y, en el límite, un misterio singular a sondear cada vez.
No sólo somos el reflejo pasivo de varios condicionamientos (de raza, género o clase), sino también un sujeto singular, un modo particular de habitar las determinaciones, nuestras marcas de origen. Las categorías sociológicas o identitarias se convierten en pesados estereotipos cuando dejan de ser puntos de partida, términos de referencia, para convertirse en puntos de llegada, explicaciones masivas. Entender no es presuponer, estandarizar, sino escuchar el detalle, algo específico.
Escucha, amor y deserción
Escuchar es una palabra hermosa, pero un camino largo y difícil. Escuchamos, para empezar, sólo si no creemos saberlo ya todo. Si confiamos en que el otro tiene algo para decirnos, algo que no sabemos, algo que queremos o necesitamos saber. Pero los adultos saben, creen que lo saben todo, eso precisamente les constituye como adultos en esta sociedad.
Adam, el hijo del policía que lleva el caso de Jamie, se acerca a su padre. Quiere explicarle algunos códigos del lenguaje de internet que a todas luces el padre desconoce. “No soporto verte patinar así”. El padre se come el orgullo y le escucha.
Es tal vez la escena más importante de la serie, quizá la única donde se rompe el bucle ensimismado en que viven los adultos. Es el chico quien sabe, es el hijo quien tiene algo que enseñarle al padre, son los adolescentes quienes conocen el presente y pueden explicárselo a los adultos.
El policía tiene súbitamente una revelación: no tiene ni idea de quién es su hijo. Le podría pasar exactamente lo mismo que a Jamie, ¿por qué no? También a él le humillan en el colegio, lo ha visto con sus propios ojos. El policía se larga del trabajo y se va con el chico a tomar algo, a conversar, a estar. El amor entre padres e hijos no consiste más que en eso: estar, sin más, regalarse tiempo, acompañarse. Así se escucha, con afecto, en lo informal, sin protocolo.
¿De qué se da cuenta repentinamente el policía? Ni más ni menos que de esto: la inutilidad de la policía para frenar el mal. La maquinaria penal ha sido capaz a lo largo de su historia de castigar algunos malos comportamientos, pero nunca podrá detener el mal. El miedo, el único recurso que tiene a mano, no cambia nada de fondo, no previene, no transforma.
Si queremos escuchar, debemos desertar. Eso nos dice la serie. Desertar de todo lo que nos roba el tiempo del afecto, el tiempo de los vínculos, del compartir sin más objetivos. Desde luego la loca exigencia de productividad 24/7 que se nos ha metido dentro, pero también la posición de superioridad que define la condición adulta. Desertar significa sustraer y preservar toda la humanidad posible.
“Incluso a un paralítico hay que preguntarle: ¿cuál es tu tormento?”, dice Simone Weil. Esa pregunta define para ella un verdadero vínculo de atención. Cuidar, atender al otro, es preguntar, no presuponer. Abrirse a un diálogo y a una respuesta inesperada, no prejuzgar. Arriesgarse al encuentro, no ponerse todo el rato por encima del otro. Salir del bucle.
La transmisión inter-generacional no es una carrera de relevos entre padres e hijos, sino un encuentro. En toda la serie nadie habla realmente con Jamie. Nadie se dirige a él como sujeto. Nadie le pregunta cuál es tu tormento. Nadie le presta verdadera atención.
El gobierno de Reino Unido ha anunciado que difundirá la serie gratuitamente en los institutos de todo el país. Me parece una gran iniciativa. Hay que mostrar urgentemente la serie, pero no a los adolescentes, sino a los profesores, los padres, los directores. Ponerla en todos los claustros, en todos los consejos escolares. Conversar sobre el fracaso de la mirada adulta, empezar la deserción.
La verdadera catástrofe es que todo siga igual.
——————–
* Este texto fue escrito tras largas conversaciones sobre la serie con Lula Amir. Lo leyeron, comentaron y discutieron también Álvaro García-Ormaechea, Raquel Mezquita, Lucía Currás, Vanesa Jiménez y Patricia Ruiz. Estar, conversar, pensar.


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