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De Maradona a los algoritmos y las sorpresas que no aparecen en ningún tour: una vuelta al mundo de Periodistán

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Fernando Duclos se hizo conocido por un mote que mezcla su viajes con su profesión y pasión: contar historias. Los tropezones en el periodismo, el golpe que lo rompió y la sonrisa perdida. La viralización de un tuit y el arte de surfear la ola de las redes. Tres libros, cientos de países, charlas, tours, ataques libertarios, teléfonos que te comen, y una mirada original para salir de la burbuja. Por Sergio Ciancaglini

De Maradona a los algoritmos y las sorpresas que no aparecen en ningún tour: una vuelta al mundo de Periodistán
Foto: Juan Valeiro

En el principio fue el tuit: 

“Maradona erra el penal, todo parece derrumbarse, pero entonces Goyco ataja dos seguidos y logramos el pase a la semifinal. Todos en Argentina recuerdan aquel partido de Italia 90. Lo que pocos saben es lo que significó para Yugoslavia”. 

Fernando Duclos andaba a los tropezones con el periodismo y se había lanzado a un viaje más bien insólito (y no era el primero) gracias a una indemnización. En plena travesía por las tierras de la ex Yugoslavia escribió esas líneas en la ex Twitter (la palabra “ex” goza de una salud vertiginosa en esta época). Corría 2019 y se refería a dos acontecimientos de casi tres décadas atrás: el partido de la Selección (Maradona con la magia mojada y Sergio Goycochea en modo héroe) como excusa para hablar de aquel país que terminó subdividido en siete, guerra civil incluida, tras la caída del bloque soviético y el Muro de Berlín. 

Así empezó Fernando un hilo de once tuits en el que hablaba sobre la guerra que sobrevino, la enemistad/odio entre bosnios, croatas, serbios y demás. Sobre un bosnio que aquel día fue expulsado por escupir a Maradona y una frase del escritor Goran Vojnovic: “Así somos nosotros: escupimos al mismo Dios y luego nos extrañamos si Dios se venga”. 

El joven Duclos, 33 años en ese momento, lanzó los mensajes cual botella al mar y siguió su viaje balcánico sin señal como para volver a ver su celular. Mientras tanto el hilo de tuits hacía su propio viaje enlazando a la gente que lo leía. Cuando Fernando pudo ver su celular un par de días después, la cantidad de seguidores que se habían enganchado con su cuenta había pasado de 200 a 3.000, y era apenas el comienzo. Pensó: “Increíble. Por acá está lo que tengo que hacer”. 

Su objetivo secreto era “reingresar triunfante al escenario periodístico argentino”, relatando sus andanzas por Turkmenistán, Kazajistán, Kirguistán, Pakistán, Afganistán, Uzbekistán. Así nació Periodistán, marca o símbolo que en realidad llegó a muchas más geografías para contar historias, paisajes, amores, muertes y vidas en tierras que resultan tan misteriosas para los ombliguistas que habitamos este país, que a su vez puede resultarle tan misterioso a quienes no lo conocen (y a muchos de quienes sí creemos conocerlo). 

Cuenta Fernando sobre aquel principio: “El rebote del hilo de tuits me cambió todo. Yo casi no tenía más plata, hacía tres meses que estaba viajando y ya iba a volverme, pero empecé a estirar lo poco que tenía”. Se confirmaba así que Duclos es argentino, con expertís genético en estirar lo poco que hay. “Y apareció algo muy fuerte: la increíble actitud de la habitantes de países tan extraños para nosotros, que me ayudaban, me alojaban, me acompañaban, me daban comida”. 

Por eso Fernando abandonó la idea de abandonar. 

Hoy tiene tres libros publicados: Crónicas Africanas, Un argentino en la Ruta de la Seda y Un viaje a la India de carne y hueso. Se presenta con un espectáculo en teatros (El mundo sin filtro). Ha disertado sobre “Ampliación de las audiencias en redes sociales”. Organizó cursos en MU sobre China e India (con Francisco Taiana y Manuel Gonzalo). Encabeza también viajes como el que acaba de hacer a Rusia, Siberia, Mongolia y Beijing, tren transmongoliano incluido, guiando a 20 personas anotadas para acompañarlo en el periplo. Mientras la argentinidad del carry trade llena aviones a Miami, Periodistán tiene agendada la gira por India, Bhután y Sri Lanka en septiembre con quienes se sumen a la aventura. 

Tiene 290.000 seguidores en X, 65.000 en Instagram y entre sus títulos nobiliarios podría exhibir el haber sido tildado por alguno de los subalternos de la derecha oficialista adicta como “espía iraní”, “mogólico” e “hijo de puta”.  

Biopicstán

Nació en 1986 en el barrio de Palermo cuando la democracia recuperada daba sus primeros pasos. Padres médicos, la familia se mudó a Ciudad Evita y luego a la zona de San Cristóbal y Parque Patricios. Fernando era hincha de River, aunque rompió un lugar común: “Me gusta mucho el fútbol pero soy de las personas que cambiaron de equipo. Claro, el barrio te va llevando, todos tus amigos van a ver a Huracán, la chica que te gusta también y de repente sin darte cuenta y estás a los saltos aguantando los trapos, más en un barrio con tanta identidad”.  

Hizo la primaria en el Bernasconi y la secundaria en el ILSE (colegio universitario como el Nacional Buenos Aires pero con menos megalomanía). Además del fútbol le gustaban los mapas: “A los 4 o 5 años ya me sabía todas las capitales del mundo y tenía un cuaderno donde dibujaba las camisetas de las selecciones de todos los países. Pero me acuerdo también a los 8 o 9 años ver algo sobre el genocidio de Ruanda, buscarlo en el mapa, tratar de entender, aunque no entendía nada”, como le pasa con frecuencia también a los mayores de 8 o 9 años. 

Fernando jugaba en San Telmo, su segundo amor futbolero. Era 10, armador y zurdo (lo cual confirmaría que es un agente del caos y/o espía extranjero). “Tenía 18 años y ya entrenaba con la Primera. Estaba por debutar. Pero un día bajaba por Garay a toda velocidad en la bicicleta, me caí y me rompí todo, en el brazo todavía tengo prótesis y me dieron 47 puntos” dice mostrándome esa cicatriz que aún hoy duele de verla. “Fue en abril, se infectó la lesión, y recién me dieron el alta en noviembre. Se acabó el fútbol, al menos el profesional. Mis amigos se iban de viaje al norte, a Tilcara y Bolivia, y les pedí a mis papás si me podían pagar ese viaje. Pude ir, terminamos llegando hasta Perú, muy cerquita de Ecuador, que para mí era inalcanzable, y me quedó la espina de no seguir. Volví pensando: esto de viajar me encanta, es espectacular, boludo”. 

Estudiaba periodismo deportivo. “Me salió una pasantía en Clarín y apenas terminó, con esa plata, dije: me las tomo. Me recorrí de mochilero Latinoamérica, llegué hasta Nicaragua. Era 2008, época del conflicto del gobierno con el campo. Yo viajaba y cada tanto me conectaba a un ciber para avisarle a mi mamá que estaba todo bien, y aprovechaba para mandar un mail a unos cien amigos contando cosas sobre Perú, Machu Picchu, el Cusco. Era el germen de todo lo que pasó después. Fueron nueve meses, yo era feliz”.

Regresó y resurgió para Fernando eso que llamamos la normalidad. “Seguía estudiando y me llamaron de nuevo de Clarín, como contratado en deportes. Buscaba y publicaba notas sobre fútbol en Afganistán, o algo que había pasado en Tonga, siempre historias del mundo. Después me pasaron como editor a Muy, un diario amarillista. Supuestamente era un avance pero me pasaba el día sentado en la computadora y los demás salían a hacer las notas. No me gustaba nada. Encima ya era 2013, era cada vez más claro lo que representaba Clarín, y yo estaba incómodo. En marzo se murió Hugo Chávez. A mí se me caían las lágrimas y en el diario había mucha gente festejando, como brindando, mientras yo me iba a la embajada venezolana como una forma de despedirlo”. 

¿De donde venía ese tipo de sentimiento? “Vengo de una familia progresista. Nos íbamos en auto a Las Toninas en vacaciones escuchando a León Gieco, Silvio Rodríguez y el Dúo Salteño. Qué sé yo, siempre tuve más o menos claro quiénes son los buenos y quiénes los malos. Quiero que en el mundo la gente viva mejor, que los ricos no tengan tanto mientras los pobres no tienen ni lo básico. Nada elaborado, pero eso te va llevando por un camino y bueno, siempre me interesó la política. Viví toda esa etapa de Chávez, Lula, Evo, el kirchnerismo. No militaba en organizaciones políticas pero sí estuve en bachilleratos populares, con todas las ideas de justicia social y cambio”. 

Como Clarín ofrecía un retiro voluntario, Fernando lo aceptó y entonces hizo lo que no dicta la normalidad: sacó un pasaje a Etiopía. 

“Siempre tuve fascinación por África y por esos lugares de los que nadie habla. Fueron nueve meses recorriendo 14 países: Etiopía, Somalía, Ruanda, Kenia, Burundi, terminé en Sudáfrica. Hice un blog y cuando volví con ese material terminé publicando Crónicas Africanas”.      

Después de ese viaje reapareció la normalidad: consiguió trabajo en Fox Sports. Detectó que podía hacerse online. Era fines de 2015, y mientras Mauricio Macri ganaba las elecciones, Fernando zarpó rumbo a mejores climas. Se instaló en una piecita de Río de Janeiro, a la que cataloga como la ciudad más linda del mundo. Una vez allí se terminó el trabajo en Fox pero apareció la posibilidad en DPA, agencia alemana. Fueron tres años.  

Como en un rulo del tiempo de la precarización, perdió también el trabajo en la agencia y se separó de su novia (“sinsabores laborales y sentimentales”, resume). Decidió volver a Buenos Aires y usar esa indemnización alemana para –literalmente– buscar nuevos horizontes. Objetivo: la Ruta de la Seda, aquel entretejido que durante siglos conectó a Europa con Asia a través del comercio y la cultura, que también transitó el veneciano Marco Polo a fines de 1200 relatando sus hallazgos al escriba Rustichello de Pisa, lo que derivó en un trabajo conocido como El libro de las maravillas.

Fernando compró el pasaje más barato que más lo acercaba a las maravillas: Barcelona. Recorrió velozmente Europa –que no conocía– pero su norte estaba en el este –que conocía menos aún–. Ya en 2019, en los Balcanes, apareció esa ocurrencia de armar tuits futbolero-geopolíticos que le devolvieron la confianza para ir rumbo a las ex repúblicas soviéticas de Asia Central y al universo musulmán de Irán, Afganistán y la Península Arábiga. 

Aquellos viajes fueron siempre con mochila, carpa, una bandera argentina y una remera con banderas de todo el mundo, aptas para iniciar cualquier conversación. Nunca olvida, además, lo que considera uno de los inventos más maravillosos de la historia: la loperamida, antidiarreico que podría ser recetado a más de un funcionario actual. 

Pero los principales recursos para los viajes son curiosidad, estudio previo, documentación, sensibilidad, sentido común y capacidad de conectarse con la gente en el idioma universal: el inglés hablado como se pueda. Periodistán es un viajero más que un turista, y por eso logra el mayor acercamiento a la vida cotidiana, dilemas, ideas, costumbres, sueños, creencias, trabajos y asombros de los lugares que recorre como se debe: con una dosis de pasión y varias de loperamida.  

El espía 

Reconoce que lo sorprendió Afganistán. “La hospitalidad de la gente, la alegría que tienen de recibirte en una realidad tremenda por décadas de guerras. Pero te invitan a dormir en las casas, te dan de comer. Creo que no gasté nada allí”. 

Otra ruptura para la imagen mediática: “Puede ser medio temerario decirlo, pero mi país favorito del mundo es Irán. La gente es increíble, la calidez, la cordialidad, la cultura. Una vez estaba viajando con una amiga china, andábamos medio desorientados, y sacamos una cuenta. En un día más de 30 personas se habían acercado y nos habían ayudado con algo. Orientándonos, dándonos de comer, no cobrándonos algo, llevándonos a algún lugar al que íbamos, invitándonos a dormir a la casa”. Lo temerario que menciona Fernando se debe a que Irán es acusado como principal responsable de muchas cosas, incluyendo los atentados sufridos en Argentina en la Embajada de Israel y la AMIA. 

En esa contradicción, él cuenta lo que ha visto en sus recorridas: “Estamos hablando de Persia, un país con 5.000 años de historia que siempre enamoró a los europeos. Una cultura refinada, una civilización avanzadísima. Después de 1979 al derrocar al Sha Reza Pahlevi asume un gobierno de los ayatollahs, una teocracia muy conservadora en un país que no lo es para nada. No es una caricatura como la pintan. He entrado a casas que tienen grandes retratos del Sha, y en Teherán hay una plaza que llaman ‘el parque de los gays’ porque todos saben que ahí van los hombres que quieren estar con otros, pese a que la homosexualidad está prohibida, penada y castigada. Y adentro de las casas vi cosas que no vi ni en Río de Janeiro. La realidad te muestra miles de grises que no son la caricaturización que se hace en Occidente. Es una combinación de una sociedad recontra abierta, hasta progresista te diría, con una cultura de las más importantes de la historia. Entonces es una realidad muy compleja en una especie de permanente negociación entre esa teocracia y conservadurismo con una sociedad tan distinta, que hace que el gobierno se tenga que abrir en la práctica a montones de cuestiones, como por ejemplo que casi no se ven velos”. 

Segmento de chimentos: tuvo un romance con una iraní. “En otros países musulmanes hubiera sido absolutamente imposible. Era una estudiante soltera que alojaba a un extranjero. Una vez la acompañé porque iba a cantar a la calle a capella, con unos instrumentos iraníes muy lindos, cosa que está totalmente prohibida. Llegó la policía, se quedó escuchándola, le dejaron algo de dinero y hasta la aplaudieron. Entonces no me pongo una venda en los ojos. Sé lo que pasa allí. Pero la idea de que la iban poco menos que a colgar no funcionó, y esa tensión que hay es lo que lo hace un país tan interesante”. Ha discutido también públicamente algo que le llamó la atención: la capacidad de la inteligencia israelí para detectar con precisión blancos enemigos para matarlos a larga distancia en sus casas, contra la incapacidad de precisión en los ataques a Gaza que buena parte del mundo considera “consistente con las características de un genocidio” por usar palabras de la ONU.  

La perspectiva de Fernando (con foco en lo social, lo cotidiano y lo histórico para comprender, mucho más que en lo político) le valió que el señor Agustín Romo, diputado bonaerense, lo tildara recientemente de espía iraní, mogólico e hijo de puta. El adjetivo “mogólico” solo revela la entraña de quien lo esgrime. El referido a la mamá de Fernando también. Difícil saber qué cosa espía Duclos: por su libro anterior tal vez resulte ser también un espía africano; por el más reciente podría ser señalado como agente secreto del derechista gobierno indio. O quizás todo sea un tributo a Maxwell Smart. 

¿Dónde está la sonrisa?

Aquel viaje culminó para Fernando en marzo de 2020. Tomó uno de los últimos aviones a la Argentina antes de la cuarentena por la pandemia. 

“Si me veías en enero de aquel año yo estaba viajando con pinta de hippie, barbudo, viendo dónde poner la carpa o comprar calzoncillos nuevos. Pero unos meses después estaba en un canal de televisión argentino, con dos chicas que me maquillaban y peinaban para salir a conducir mi propio programa sobre política internacional, y a fines de año salió el libro Un argentino por la Ruta de la Seda”. 

Reconoce que había logrado lo que quería: trabajo, buenas críticas, elogios, redes sociales encendidas, miles de seguidores, sponsors, cataratas de corazones. “Pero me sentía raro. Hacía montones de cosas, tenía reconocimiento, pero estaba vacío, insatisfecho”. Se le coló en la memoria una foto que le habían tomado junto a un lago de Kirguistán: “Estoy saliendo de una carpa, sucio, mi remera es vieja y las mangas están comidas por las polillas, tenía cara de dormido después de una noche al lado del lago escuchando los insectos y mirando las estrellas. Pero estaba contento, radiante. Y pensé: ¿Hace cuánto que no sonrío así?”. 

Empezaba una nueva rebelión interna hasta que Futurock, que había editado La Ruta de la Seda, le propuso hacer otro viaje, otro libro y otro sueño: India. El entusiasmo le volvió al cuerpo. Dejó la televisión, el maquillaje, los peinados, los saludos de quienes lo reconocían por la calle, los emojis, hizo los trámites ante la embajada y partió con un cómplice de lujo: su papá (ha hecho varios viajes acompañado por padre o madre, que están separados). El resultado de ese año asombroso hizo crecer a Periodistán en las redes, y se plasmó en 334 páginas: Un viaje a la India de carne y hueso. 

Fue como abrir la puerta a otro planeta del que principalmente recibimos ecos levemente diet sobre yoga, ayurveda o meditación: el país más poblado del mundo con casi 1.500 millones de habitantes (cifra equivalente a todos los que viven en lo que llamamos Occidente) y 30 veces la población argentina, en un territorio apenas más grande que el nuestro. 

El libro es un viaje en sí mismo a esa tierra que define como “espectacular y deslumbrante”. Cuenta sobre cientos de grupos etnolingüísticos diferentes que a veces ni se entienden entre sí, sobre el milenario sistema de cuatro castas, sobre la historia terrenal y espiritual que parece inabarcable, sobre las formas de gobierno, las del amor y del Kama Sutra en una sociedad en la que casi nadie se atreve a hablar de sexo, o sobre el hombre que ofrece limpiar los oídos con un hisopo mugriento.

Cuenta de los viajes en tren caóticos y la amenaza de la comida callejera, la maravilla del Taj Mahal, los cazaclientes y vendedores ambulantes, los dioses y diosas, los monos ladrones de desayunos, los matrimonios concertados, las cremaciones públicas en Varanasi junto al río Ganges, el sistema de tránsito guiado por el delirio, las leyendas inconcebibles (Shah Jahan mandó cortar las manos de todos los obreros del Taj Mahal para que nadie pudiera volver a levantar un lugar tan bello). 

El libro está plagado de diálogos con indios y extranjeros que explican las claves de cientos de misterios, y habla de calles alucinadas, ferias infinitas y templos como uno en Rajastán (ciudad de los reyes) poblado por 25.000 ratas entre las que hay que caminar sin calzado, como corresponde en esos sitios sagrados, superando el coraje de cualquier superhéroe. 

Pasea por Bollywood, que produce más cine que Hollywood, a la que se agregan Kollywood, Tollywood y otras industrias, así llamadas según el idioma en que se filma, o por un picado que Periodistán jugó con chicos que llevaban la camiseta de Messi en el Barsa, o por el lugar donde vio los ojos más lindos del mundo, o por sus propios sentimientos de sorpresa, de dudas, de fascinación y de euforia.

El teléfono te come

Hoy Fernando ha dejado de hacer programas por Youtube: “Es más esclavizante que tener un jefe porque te hace subir videos a cada rato para que el algoritmo no te haga desaparecer”. Tampoco hace mega viajes como los de sus libros (“estoy más viejo”, dice a los 39), sino los que organiza en grupos, como hizo a Corea del Sur, dos veces a Bangladesh, China, Rusia, a los campamentos de refugiados del Sahara occidental, la propia India y tantos más.

¿Y cómo describiría Periodistán a un extranjero a un país misterioso llamado Argentina?

Diría que es un país tremendamente intenso, como una final del mundo. Eso lo hace muy hermoso y cansador a la vez. Tenemos el orgullo y privilegio de ser el único país del mundo que juzgó a sus dictadores, porque hubo una sociedad que salió a la calle, así como hoy hay marchas todos los miércoles de los jubilados. Un país que rompe las bolas hasta que finalmente las cosas se logran, en eso es espectacular.

¿Qué le sugerirías que haga a este viajero que llega al país?

Tratá de buscar a alguien local que te invite a un asado, a tomar mate, aprendé a jugar al truco, y disfrutá de algo que no he visto en ninguna parte: que a la gente le guste tanto juntarse. Es fascinante. Terminé el secundario hace como 25 años y nos seguimos encontrando todas las semanas con mis amigos. Y fútbol los miércoles. O nos vamos en grupo de vacaciones. O nos juntamos para hablar, estar juntos, tomar unos mates, sin que haya pasado nada en especial. En Medio Oriente vi mucho la cosa de la comunidad. En Occidente manda el individualismo. Nosotros tenemos esa cosa de juntarnos que me parece valiosísima. 

Cree que nadie entiende muy bien el mundo actual: “Andamos todos un poco a ciegas, las ideas con las que crecimos cambiaron y da la sensación de que es difícil que las cosas cambien. También pasa que el teléfono te come, y el algoritmo moldea tu vida. Vas a un lugar no a disfrutarlo, sino a sacarte la foto. Creo que tenemos que alejarnos un rato de las redes, ¡me lo digo a mi mismo! Hacer deportes, tener sexo, encontrarte con amigos. La vida está afuera” dice como recordando aquella foto sonriente y medio andrajoso, dando la vuelta al mundo. 

La clave de su trabajo como Periodistán: “Lo que traté siempre es de contar historias tangibles, que tengan algún puntito de contacto con tu vida. Si te hablo de política turca no te interesa, pero si te la relaciono con las novelas turcas que ves en la tele es otra cosa. Y trato de contar historias que vayan de lo micro, lo que te toca, a lo macro. La política tendría que hacer lo mismo”. 

En términos políticos esto es lo que lo identifica: “El gran abanico que incluye a todos los que nos encontramos los 24 de marzo. Pero tenemos que lograr algo más que lo performativo, tipo salir con un cartelito y sacarnos la foto. No sé muy bien qué es eso que habría que hacer. También veo toda una dirigencia que se supone que nos representa, que no dice nada por ejemplo sobre lo que pasa en Gaza. Entonces no sé si son corajosos, o si en realidad no quieren molestar a los poderosos. Yo perdí un montón de seguidores por decir lo que pienso, no podés estar siempre queriéndole caer bien a todo el mundo. Odio todo lo que dice Milei, pero le reconozco que dice lo que piensa. Del otro lado hay muchos dirigentes que no se animan a lo mismo”. 

¿Y cómo define Periodistán al actual gobierno? “Diría que Milei es un payaso que supo sacar tajada de forma inesperada de una crisis de representación política. Pasa en muchos lugares del mundo, pero es cierto que hace mucho que este país no crece y que las expectativas de futuro son cada vez peores. Entonces, viniendo de muchos años malos, aparece un tipo que celebra la crueldad y convence a mucha gente de que lo mejor es dejar a todos librados a nuestra suerte, sacándoles los remedios a pacientes con cáncer, pegándole a jubilados, destrozando a la educación”.

La anomalía y lo normal: “Milei es una anomalía muy triste que ojalá pase rápido, pero tampoco me gustan las definiciones que no se hacen cargo de ninguna de nuestras equivocaciones, o que lo ponen como un outsider que nadie sabe bien de dónde salió. Estoy medio peleado con esa interpretación. Entonces, como Periodistán, remarcaría todo lo malo y lo terrible de él pero no me quedaría en eso porque si no es como no entrarle al eje de la cuestión. Si no ofrecés mejoras en el nivel de vida y expectativa a futuro, y no te animás a mirar de frente y con sinceridad los problemas, entonces va a venir otro que los va a enfrentar. Mejor o peor, como en este caso, pero va a aprovechar el lugar que vos no supiste ocupar” dice Fernando, que a la vez sabe lo que significa recuperarse de golpes que a uno lo rompen, sonreír ante geografías inciertas de lagos y estrellas y hacer lo que hay que hacer cuando el proyecto se sintetiza en dos palabras: seguir viaje. 

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Nace UMA: la fuerza de la unión de medios autogestivos

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Con la convicción de que “nadie se salva solo” no es para nuestras cooperativas una frase sino una práctica cotidiana, siete medios nos reunimos para conformar la Unión de Medios Autogestivos (UMA). En Villa María, Córdoba, el sábado pasado firmamos el estatuto que formaliza la constitución de este espacio del que forman parte El Diario del Centro del País (Villa María), Tiempo Argentino (Buenos Aires), El Ciudadano (Rosario), Lavaca (Buenos Aires), Revista Cítrica (Buenos Aires), Agencia Tierra Viva (Buenos Aires) y Lawen Documental (Buenos Aires).

(En la foto de portada, de izquierda a derecha y de abajo hacia arriba: Carina Ortiz, de El Ciudadano de Rosario; Nahuel Lag, de Tierra Viva; Lucas Pedulla, de lavaca; Carla Bonavista, de Tiempo Argentino; Lorena Piovano, de Lawen Documental; Patricia Gatti, de El Diario del Centro del País; Mariano Pagnuco, de revista Cítrica; Juan Manuel Orbea, de El Diario del Centro del País; Claudia Acuña de lavaca y Sergio Vaudagnotto, de El Diario del Centro del País.)

UMA reúne a más de 180 periodistas distribuidos a lo largo y ancho del país, con más de 20 años de experiencia en la cobertura desde el territorio de temas usualmente relegados por la prensa comercial: la violencia institucional, el narcotráfico, el respeto por los derechos humanos y la diversidad de género, la soberanía alimentaria, los derechos de los pueblos originarios y el cuidado del ambiente.

La asociación tendrá como objeto principal la protección, promoción y fortalecimiento de la producción periodística y el desarrollo integral de los medios de comunicación autogestivos y cooperativos, entendiendo su labor como un pilar fundamental para la diversidad informativa y la participación ciudadana. De la articulación entre los medios participantes nacerán investigaciones periodísticas, actividades de capacitación y propuestas de leyes y normas que protejan y estimulen al sector, entre otros horizontes compartidos.

En el último año, las publicaciones acumuladas en los sitios web de nuestros medios alcanzaron a más de 19 millones de personas, en su mayoría menores de 45 años. Esa audiencia, además, está compuesta en un 54% por mujeres. Estas características demográficas convierten a la UMA en una usina de información esencial para segmentos de la sociedad que ya no consumen los medios tradicionales, ya sea por desinterés o desconfianza.

El camino de la UMA recién comienza. Que sea federal y cooperativo es un incentivo para inventar el futuro del periodismo en el que creemos.

Nace UMA: la fuerza de la unión de medios autogestivos

Sergio Vaudagnotto, del Diario del Centro del País de Villa María, Córdoba, y Claudia Acuña, de la Lavaca, en el momento de la firma junto a la escribana Alicia Spila.

La comisión fundadora de la Unión de Medios Autogestivos está integrada por:
Presidenta: Claudia Acuña, de lavaca
Secretario: Sergio Vaudagnotto, del Diario del Centro del País de Villa María, Córdoba
Tesorero: Mariano Pagnucco, de revista Cítrica
Vocal Titular: Carina Ortiz, del diario El Ciudadano de Rosario, Santa Fe
Vocal Titular: Nahuel Lag, de la Agencia Tierra Viva
Síndica: Carla Bonavita, del diario Tiempo Argentino

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‘Adolescencia’: el fracaso de la mirada adulta

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Una serie movilizadora en la que capítulo a capítulo se asiste al naufragio de las instituciones adultas para escuchar, para comprender, para cuidar. “Sólo pretenden controlar lo que se ha vuelto incomprensible para ellas”.

La pregunta, a partir de esa miniserie británica creada por Jack Thorne y Stephen Graham y dirigida por Philip Barantini: ¿Por qué los adultos son incapaces de entender? Y otro enigma crucial de la época: ¿De qué debemos desertar?

Sobre esa historia escribe nuestro amigo Amador Fernández-Savater, escritor, investigador, activista y editor español. Ha colaborado e intervenido en lavaca y en la revista MU en numerosas ocasiones y nos autoriza la reproducción de este artículo publicado originalmente en el sitio ctxt.es (Contexto y Acción), como una posibilidad de repensar, encarar y debatir lo que la sociedad adulta hace y deshace en estos tiempos.  

Por Amador Fernández-Savater

¿Por qué se llama ‘Adolescencia’ cuando retrata fundamentalmente a los adultos? Son ellos los que actúan, los que preguntan, los que hablan. La serie es un espejo del espejo. Los adultos miran a los jóvenes y nosotros les miramos a ellos. ¿Qué podemos ver? Fundamentalmente, la incapacidad para entender. El fracaso de la mirada adulta.

¿Por qué los adultos son incapaces de entender? Porque son incapaces de escuchar. ¿Por qué son incapaces de escuchar? Porque son incapaces de amar. ¿Por qué son incapaces de amar? Porque no tienen tiempo. ¿Y por qué no tienen tiempo? Porque se pasan el día trabajando.

Sin escuchar y entender no es posible cuidar. La serie nos deja desazón y desasosiego al acabar porque nos pone frente a nuestra radical impotencia ante el mal.

Las instituciones adultas

En el primer capítulo vemos desplegarse la maquinaria penal. ¿Qué se nos muestra? La brutalidad policial en la detención de Jamie, el adolescente acusado de homicidio, la humillación a que es sometido en comisaría (la escena del cacheo), la frialdad y la distancia en el trato, la protocolización burocrática obligatoria de todos los comportamientos.

La maquinaria penal no busca entender, sino apresar, acusar, hacer confesar. La verdad que importa aquí no es la verdad humana o subjetiva (“todo lo que diga podrá ser usado en su contra”), sino la verdad penal, la verdad de los hechos, la verdad objetiva. Esa verdad fría exige la frialdad en los procedimientos, el lenguaje del desprecio y la deshumanización.

La maquinaria penal no está diseñada para comprender, se nos dirá, sino para averiguar y juzgar la verdad de los hechos. Asumamos que sea así, aunque eso vacíe la palabra “reinserción”, pero ¿dónde se comprende entonces? ¿Qué institución trata de entender algo para transformar y conjurar el mal? ¿Será tal vez la Escuela?

En el segundo capítulo la policía se acerca al instituto de Jamie buscando pruebas. La serie nos muestra la Escuela como un espacio completamente desbordado: los profesores corren de un sitio para otro apagando fuegos, apercibiendo a los chicos, tratando de articular algo.  Demasiadas urgencias que resolver, demasiadas demandas que atender, demasiada velocidad, demasiada complejidad.

“Sin capacidad para ralentizar el tiempo y pensar, la Escuela se limita a gestionar y contener el caos”

Saturación, piloto automático, huida hacia adelante. Sin capacidad para ralentizar el tiempo y pensar, sin espacios comunes donde conversar y elaborar, la Escuela se limita a gestionar y contener el caos. Pero tampoco entiende nada. La adolescencia se ha vuelto completamente ilegible para ella. La directora jamás escuchó la palabra ‘incel’.

¿Y la familia? El último capítulo de la serie se adentra en el ámbito familiar de Jamie. El chico se volvió un extraño para sus padres y su hermana, encerrado en los círculos concéntricos del cuarto y la pantalla. Antes, los padres podían tal vez sentarse a ver la tele con sus hijos y conversar sobre lo que veían. Ahora es imposible. No sólo porque los chicos reciban a solas las imágenes, sino porque desconocen sus códigos de significado. Ni saben lo que ven, ni son capaces de entenderlo.

El desencuentro es radical. Capítulo a capítulo, asistimos al fracaso de las instituciones adultas para escuchar, para comprender, para cuidar. Ni saben, ni pueden, ni quieren. Sólo pretenden controlar lo que se ha vuelto incomprensible para ellas. Como no lo entienden, lo temen. Como lo temen, lo reprimen. Pero al hacerlo sólo agravan el caos.

El comentado plano-secuencia en el que se desenvuelve la serie, ¿no es el procedimiento idóneo para hacernos sentir el bucle ensimismado de la vida adulta? Sin cortes o interrupciones, sin aperturas o pasarelas hacia afuera, las estructuras adultas se han convertido en verdaderos callejones sin salida

‘Adolescencia’: el fracaso de la mirada adulta

Explicar sin escuchar

¿Qué es lo que las instituciones adultas rechazan escuchar? A las personas singulares y concretas, a cada uno y a cada cual. Son espacios sin sujeto. Los sujetos, en ellas, se vuelven objetos: de vigilancia y castigo, de cálculo y control, de extracción de datos y saber.

El tercer capítulo nos muestra un largo interrogatorio psicológico a Jamie. La psicóloga parece humana, en contraste con el frío burocrático y distante que reina en el centro carcelario de menores. Tal vez tiene buenas intenciones, ganas de empatizar y escuchar, pero identificada con su función y su trabajo, elaborar un informe psicológico exprés para la maquinaria penal, su conversación se convierte en interrogatorio inquisitorial.

Freud inventó la relación analítica como un espacio donde el sujeto podía escucharse a sí mismo, entender algo por sí mismo y cambiarse a sí mismo. La relación analítica, mediada por un afecto de confianza, es una forma de encuentro y conversación. La psicóloga traiciona todo eso. La psicología en general traiciona todo eso cuando se pone el servicio del poder (sanitario, social, educativo) y no del sujeto.

La psicóloga necesita construir un relato. Pregunta desde ahí, escucha desde ahí, conversa desde ahí. No acompaña a Jamie a entenderse a sí mismo, desde sus propias palabras, con el tiempo que necesite, sino que pretende encajarle en un molde. Jamie se resiste con evasivas y gestos airados a las preguntas trucadas, al paripé de la empatía, a la traducción forzada de todo lo que dice. Se resiste a ser explicado.

Los adultos se quedan perplejos en la serie cuando las adolescencias no colaboran con ellos, cuando se encolerizan, cuando se rebelan. Están tan seguros de sí mismos, tan seguros de lo que hacen, tan seguros de que representan el bien… Se dirigen a los chicos como si fuesen inferiores, como si fuesen ganado, como si fuesen monstruos, y se sorprenden cuando los monstruos les muerden.

Explicar sin escuchar es el modo adulto de pensar, repleto de estereotipos. Los estereotipos pre-suponen y pre-juzgan: no hay nada singular que percibir o atender, lo podemos saber todo de antemano, a priori. Así se cancela lo más humano: lo contradictorio, lo complejo, lo impuro, lo imprevisto”.

“Explicar sin escuchar es el modo adulto de pensar, repleto de estereotipos”

La serie intenta desafiar algunos de nuestros clichés. Jamie, el supuesto incel, no lleva gafotas ni tiene la cara llena de granos, sino que es un chico muy guapo. El padre no es el abusador de menores ni el maltratador de mujeres que estamos esperando. La familia no fracasa por exceso de crueldad, sino por razones bien distintas. La causalidad es siempre múltiple y, en el límite, un misterio singular a sondear cada vez.

No sólo somos el reflejo pasivo de varios condicionamientos (de raza, género o clase), sino también un sujeto singular, un modo particular de habitar las determinaciones, nuestras marcas de origen. Las categorías sociológicas o identitarias se convierten en pesados estereotipos cuando dejan de ser puntos de partida, términos de referencia, para convertirse en puntos de llegada, explicaciones masivas. Entender no es presuponer, estandarizar, sino escuchar el detalle, algo específico.

Escucha, amor y deserción

Escuchar es una palabra hermosa, pero un camino largo y difícil. Escuchamos, para empezar, sólo si no creemos saberlo ya todo. Si confiamos en que el otro tiene algo para decirnos, algo que no sabemos, algo que queremos o necesitamos saber. Pero los adultos saben, creen que lo saben todo, eso precisamente les constituye como adultos en esta sociedad.

Adam, el hijo del policía que lleva el caso de Jamie, se acerca a su padre. Quiere explicarle algunos códigos del lenguaje de internet que a todas luces el padre desconoce. “No soporto verte patinar así”. El padre se come el orgullo y le escucha.

Es tal vez la escena más importante de la serie, quizá la única donde se rompe el bucle ensimismado en que viven los adultos. Es el chico quien sabe, es el hijo quien tiene algo que enseñarle al padre, son los adolescentes quienes conocen el presente y pueden explicárselo a los adultos.

El policía tiene súbitamente una revelación: no tiene ni idea de quién es su hijo. Le podría pasar exactamente lo mismo que a Jamie, ¿por qué no? También a él le humillan en el colegio, lo ha visto con sus propios ojos. El policía se larga del trabajo y se va con el chico a tomar algo, a conversar, a estar. El amor entre padres e hijos no consiste más que en eso: estar, sin más, regalarse tiempo, acompañarse. Así se escucha, con afecto, en lo informal, sin protocolo.

¿De qué se da cuenta repentinamente el policía? Ni más ni menos que de esto: la inutilidad de la policía para frenar el mal. La maquinaria penal ha sido capaz a lo largo de su historia de castigar algunos malos comportamientos, pero nunca podrá detener el mal. El miedo, el único recurso que tiene a mano, no cambia nada de fondo, no previene, no transforma.

Si queremos escuchar, debemos desertar. Eso nos dice la serie. Desertar de todo lo que nos roba el tiempo del afecto, el tiempo de los vínculos, del compartir sin más objetivos. Desde luego la loca exigencia de productividad 24/7 que se nos ha metido dentro, pero también la posición de superioridad que define la condición adulta. Desertar significa sustraer y preservar toda la humanidad posible.

“Incluso a un paralítico hay que preguntarle: ¿cuál es tu tormento?”, dice Simone Weil. Esa pregunta define para ella un verdadero vínculo de atención. Cuidar, atender al otro, es preguntar, no presuponer. Abrirse a un diálogo y a una respuesta inesperada, no prejuzgar. Arriesgarse al encuentro, no ponerse todo el rato por encima del otro. Salir del bucle. 

La transmisión inter-generacional no es una carrera de relevos entre padres e hijos, sino un encuentro. En toda la serie nadie habla realmente con Jamie. Nadie se dirige a él como sujeto. Nadie le pregunta cuál es tu tormento. Nadie le presta verdadera atención. 

El gobierno de Reino Unido ha anunciado que difundirá la serie gratuitamente en los institutos de todo el país. Me parece una gran iniciativa. Hay que mostrar urgentemente la serie, pero no a los adolescentes, sino a los profesores, los padres, los directores. Ponerla en todos los claustros, en todos los consejos escolares. Conversar sobre el fracaso de la mirada adulta, empezar la deserción.

La verdadera catástrofe es que todo siga igual.  

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* Este texto fue escrito tras largas conversaciones sobre la serie con Lula Amir. Lo leyeron, comentaron y discutieron también Álvaro García-Ormaechea, Raquel Mezquita, Lucía Currás, Vanesa Jiménez y Patricia Ruiz. Estar, conversar, pensar. 

‘Adolescencia’: el fracaso de la mirada adulta
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Izquierda, derecha y comunicación: la mirada en el oído

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¿Cómo enfocar la “batalla cultural”? ¿Por qué la energía y la iniciativa han cambiado de bando? ¿Es un tema de dinero, poder y talento comunicativo de la derecha? ¿Cómo explicar la influencia de los discursos de odio, sobre todo entre los más jóvenes, la propagación de las fake news, el debilitamiento de los mensajes progresistas y los horizontes de esperanza? ¿Y si no se están pensando bien cuáles son las fuerzas en juego, asumiendo que todo es una cuestión de poder, de técnicas e ingeniería social? ¿Todo se juega en ver quién coloca mejor el mensaje? ¿Podría pensarse de otra manera la comunicación? 

El español Amador Fernández-Savater, autodefinido como “filósofo pirata”, se hace estas preguntas y explora otros modos y claves de pensar, actuar y vivir el presente. El idealismo frente a lo material. El mercado y los influencers frente a prácticas progresistas y populistas: “La debilidad de la batalla cultural hoy en día, tanto de la izquierda clásica (que quiere convencer) como de la izquierda populista (que quiere seducir), es hacer de la comunicación una práctica de mercado, que presupone un conjunto de consumidores aislados, sin percepción activa, sin conversación o lazos entre sí. Estaciones repetidoras de estereotipos, de memes, de contenidos virales” escribe Amador, y brinda sus ideas sobre cómo salir de lo que llama “pulsión suicida” y “pulsión idiota” del presente. La conversación, no encerrarnos en nosotros mismos, la diversidad de tejidos sociales, la batalla cultural en clave materialista y de experiencias capaces de crear otras formas de estar en el mundo y de crear relaciones. “La conversación como ida y vuelta de la palabra en igualdad, como ejercicio de atención y de escucha, no mediado por ningún algoritmo, guion o protocolo rígidos, sino sostenida por los propios participantes”.   

Amador es escritor, investigador, activista y editor. Ha colaborado e intervenido en lavaca y revista MU en numerosas ocasiones. Sus diferentes actividades y publicaciones pueden seguirse en www.filosofiapirata.net. Sus últimos libros son Habitar y gobernar; inspiraciones para una nueva concepción política (Ned ediciones), La fuerza de los débiles; ensayo sobre la eficacia política y Capitalismo libidinal; antropología neoliberal, políticas del deseo, derechización del malestar.

En este caso reproducimos su artículo “¿Hacia una batalla cultural en clave materialista?”publicado en el sitio ctxt.es (Contexto y Acción), una posibilidad de repensar, encarar y debatir la construcción del presente.

Por Amador Fernández-Savater

El mensaje de la derecha prende porque resuena y sintoniza con los miedos y las esperanzas de una vida inmersa en el líquido amniótico del mercado

“Somos una derrota que gobierna”. Leo esta dura caracterización del presente en el último libro del filósofo Juan Manuel Aragües, Gramática de los dioses. A pesar de que hoy gobierna una coalición de izquierdas, donde se pueden encontrar las posiciones antagonistas en que se reconoce el autor, hoy es la derecha (más o menos extrema) quien lleva la iniciativa en el plano social, callejero y anímico, poniendo a la izquierda a la defensiva. El impulso de cambio radical en la sociedad que expresó el 15M (nota: el movimiento de protestas y asambleas en España surgido a partir del 15 de Mayo de 2011) se ha congelado y las políticas de izquierdas se limitan (en el mejor de los casos) a medidas de contención, incapaces de revertir las desigualdades estructurales

¿Por qué la energía y la iniciativa han cambiado de bando? Una respuesta que aparece entre los actores de izquierda implicados en lo que se conoce como batalla cultural es la siguiente: “La derecha tiene más dinero, más medios y más talento comunicativo”. Ese “más” explicaría la influencia de los discursos de odio, sobre todo entre los más jóvenes, la propagación de las fake news, el debilitamiento de los mensajes progresistas y los horizontes de esperanza.

Pero, ¿acaso hubo más dinero, más medios y mejores estrategias mediáticas durante la década anterior, cuando el deseo de cambio tuvo claramente la hegemonía social y cultural? ¿Y si no se están pensando bien cuáles son las fuerzas en juego, asumiendo que todo es una cuestión cuantitativa, de poder, de técnicas e ingeniería social? 

El desafío político, dice Juan Manuel Aragües, es también filosófico, tiene que ver con maneras de pensar. Hay modos de pensar que llevan en sí mismos la derrota. ¿Es la batalla cultural una disputa de mensajes contra mensajes, con los medios y las redes sociales como terreno único o privilegiado? ¿Todo se juega en ver quién coloca mejor el mensaje? ¿Podría pensarse de otra manera la comunicación? 

Idealismo y materialismo 

El libro de Juan Manuel Aragües reivindica la tradición materialista de pensamiento para las prácticas de emancipación. Una constelación de la que forman parte desde Epicuro hasta Gilles Deleuze, pasando por Spinoza y Marx, opuesta resueltamente al idealismo. ¿Qué dice el idealismo? Aragües lo resume así: es la creencia de que un “etéreo mundo de nombres” define la realidad, tiene la verdad de lo real. El fundador de la corriente idealista sería Platón, con su famosa teoría de un mundo de ideas que rige por encima de la imperfecta materia. 

¿Cuál es el problema del idealismo? Ese “etéreo mundo de nombres” simplifica (hasta el borrado) la complejidad y riqueza de lo real, que consiste en la emergencia continua de diferencias imposibles de captar (sin mutilación) en las ideas, los conceptos o esquemas a priori. El idealismo es una “lógica representativa” que pretende dar cuenta de la realidad, como si de un espejo se tratara, pero no consigue captar su dinamismo de cambio y movimiento. 

De la filosofía a la política. La batalla cultural, tal y como hoy se plantea, ¿no sería profundamente idealista? La verdad se sitúa en la teoría o los relatos, se trata de transmitir esa verdad a las masas/ audiencias a través de la persuasión (en el caso de la izquierda clásica) o de la seducción (en el caso del populismo). En los dos casos, se concede a lo ideal –la teoría o los relatos– el privilegio de definir el sentido de lo material. Los constructores de explicaciones y narrativas, los intelectuales o storytellers, tienen el poder y la agencia en esta concepción de la política. 

¿Cómo pensar en clave materialista? La verdad no se sitúa por encima de la materia, en un cielo abstracto de ideas o relatos, sino en la materia misma, en su perpetuo movimiento, en su producción continua de singularidades, en la trama de relaciones entre ellas en que consiste la vida. La materia se define de este modo como un “tejido de diferencias”. También la materia de la sociedad, la materia social. 

 Hay singularidad y hay diferencia, cada uno de nosotros es una perspectiva del mundo, un lector único e irrepetible de la realidad. La percepción es activa, los sentidos no sólo reproducen o reflejan lo que hay, sino que lo recrean. Pero, al mismo tiempo, esa diferencia y esa singularidad, la de cada uno de nosotros, es relacional, es decir, entra en contacto y diálogo con los otros, dejándose afectar y afectando, cambiando a través de los encuentros. 

Pero, ¿qué importa todo esto? ¿De qué sirven estas filosofadas? ¿No se trata finalmente de tener más dinero, más medios y más eficacia en términos de mensaje? La diferencia es decisiva. Si pensamos en clave idealista, el emisor (que tiene la verdad de la teoría o el relato) se dirige a un receptor aislado y pasivo. La comunicación se convierte en un bombardeo de informaciones hacia un conjunto de individuos atomizados, cada cual encerrado en sí mismo y sin relación con los otros. 

Es exactamente así cómo el mercado practica la comunicación. La debilidad de la batalla cultural hoy en día, tanto de la izquierda clásica (que quiere convencer) como de la izquierda populista (que quiere seducir), es hacer de la comunicación una práctica de mercado, que presupone un conjunto de consumidores aislados, sin percepción activa, sin conversación o lazos entre sí. Estaciones repetidoras de estereotipos, de memes, de contenidos virales. 

Cuando se plantea la batalla cultural, la disputa en el terreno de las ideas, sobre la base del mercado, pensando exactamente igual que el mercado, es el mercado quien gana. La principal debilidad no es que el adversario tenga más dinero, más medios y más expertos influencers, sino que se está copiando su modelo, imitando su eficacia, pensando en espejoen simetría con él. 

La cuestión de la práctica 

El idealismo, tal y como lo explica Juan Manuel Aragües, es la creencia de que primero va la conciencia, las ideas, el lenguaje y sólo después la vida. El “etéreo mundo de nombres” da sentido, orientación y dirección a la vida. El materialismo afirma algo muy distinto: la práctica, la experiencia, tiene un efecto determinante sobre la conciencia. Las prácticas y las experiencias de vida pueden generar nuevas miradas, nuevas ideas, nuevas maneras de pensar. 

¿Por qué la derecha lleva la iniciativa en la disputa de las ideas? Podríamos pensar: no sólo porque tenga más dinero, más medios y más talento comunicativo, sino porque las prácticas y las experiencias de vida están de su lado. ¿A cuáles me refiero? A las más diarias y cotidianas: desde el supermercado a la tarjeta de crédito, pasando por el entretenimiento y el turismo, la vida hoy está enteramente organizada por el mercado

Es decir, el mensaje de la derecha prende porque resuena y sintoniza con los miedos y las esperanzas de una vida inmersa en el líquido amniótico del mercado. La izquierda se ríe altanera de los disparates de Trump o de Ayuso, pero ellos conectan con deseos, formas de vida y lenguajes comunes. La derecha hoy es materialista, tiene las prácticas de vida mayoritarias de su lado. Es un materialismo cínico, un materialismo de lo dado, de lo que hay, de lo establecido, pero arraigado en lo real.

La batalla cultural no es sólo cuestión de ideas, de teorías, de relatos seductores, de significantes, de mensajes a colocar, sino que tiene que ver con prácticas, con experiencias, con sacudidas de la vida capaces, según explica la tradición materialista, de generar nuevas visiones del mundo. ¿No fue esa por ejemplo la fuerza del 15M? Sin dinero, sin medios, sin argumentario ninguno, pero apoyado en una práctica de vida diferente, que contagiaba afectos y valores diferentes, fue capaz de cambiar la mirada de un país. 

Razones y pasiones 

Por último, el idealismo, según lo caracteriza Juan Manuel Aragües, desconoce el carácter pasional y deseante de la materia humana. Un miedo al cuerpo, un desconocimiento de los saberes del cuerpo, lo acompañan desde siempre, al menos desde el momento en que Platón decidió expulsar a los poetas de su ciudad ideal. 

La batalla cultural idealista piensa la eficacia de una verdad discursiva depurada de pasiones. En el caso de la izquierda clásica, es la confianza en la pedagogía, la ideología, los argumentarios. La izquierda clásica piensa la batalla cultural como una gran pizarra donde los expertos (que saben) enseñan a las audiencias (que no saben) aquello que debieran saber. En el caso de la izquierda populista, las emociones se tienen en cuenta, es un cierto avance con respecto a la izquierda clásica, pero se piensan como meras identificaciones. La emoción es aquello que hay que captar o suscitar para “colocar” mejor el mensaje. 

En ambos casos se desconoce la capacidad motora de los afectos, su gran fuerza de desplazamiento, la potencia que tienen para movernos y conmovernos. Los afectos no son ni una interferencia en el pensamiento correcto, ni tampoco la emoción pasiva que se adhiere o no a los significantes propuestos, sino una intensidad vital que puede producir nuevas miradas, nuevas visiones y nuevos sentidos para la vida. 

La acción política pensada en clave materialista no sólo es asunto de ideas puras, ni de ideas envueltas en ropajes sexys y atractivos, sino de ideas afectantes. Ideas capaces de afectar los cuerpos –tocarlos, moverlos, conmoverlos– porque ellas mismas nacen desde los cuerpos, en ciertas temperaturas vitales muy distintas al frío glacial del cálculo (político, estadístico, de marketing). La tradición materialista ha llamado a estas ideas “nociones comunes”, imágenes compartidas de mundo que brotan del encuentro de los cuerpos, de las prácticas de vida comunes. 

La batalla del pensamiento

Singularidad y relacionalidad, percepción activa y creadora, tejido de diferencias, prácticas de vida, carácter pasional y deseante de lo humano… Desde estas claves, ¿podría pensarse una batalla cultural diferente? ¿Cómo sería?     

La imagino en primer lugar como la apertura de espacios de conversación. Sin división tajante entre emisores y receptores, creadores de contenidos y consumidores pasivos o repetitivos. La conversación como ida y vuelta de la palabra en igualdad, como ejercicio de atención y de escucha, no mediado por ningún algoritmo, guion o protocolo rígidos, sino sostenida por los propios participantes. 

Espacios de conversación, de palabra recíproca, ni monólogo ni guerra entre posiciones cerradas, sino una trama a la vez común y diversa, singular y colectiva. Una conversación que se alimente de las prácticas de vida (o sea incluso capaz de suscitarlas), que resuene con nuestras experiencias más cotidianas y pueda afectar por ello a nuestra mirada sobre el mundo. Espacios de encuentro, de pensamiento, de deliberación, de participación auténtica.

Allí donde somos convocados a pensar desde lo que nos importa y nos toca, desde lo que vivimos y nos implica vitalmente, se despliega siempre una inteligencia. Somos materia que piensa. La confianza en la igualdad de las inteligencias, en la inteligencia de cualquiera, es un presupuesto materialista. ¿Es posible dirigirse al otro, hablar con el otro, no para convencerle o seducirle, sino para pensar juntos? 

La batalla cultural en clave materialista es una batalla del pensamiento. Juan Manuel Aragües la piensa como construcción de un conatus. El conatus es un concepto del filósofo Spinoza que designa el esfuerzo que hace cada cosa y cada criatura por perseverar en su ser. Pero ese conatus, que Spinoza considera como una fuerza primordial, un punto de partida, Aragües lo piensa más bien como un desafío, una construcción, un punto de llegada. 

Lo dado no es el conatus, como muestra el mundo actual, sino la pulsión suicida. La pulsión suicida del capitalismo en forma de guerra, de agresión a la naturaleza, de ceguera voluntaria con respecto a todas las señales de alarma. La pulsión suicida de cada uno de nosotros como individuos aislados, sin relación, atomizados. Idiotas, en el sentido griego de la palabra, autorreferentes, encerrados en nosotros mismos, incapaces de encuentro con los otros. La pulsión de muerte freudiana viene redefinida en clave materialista como pulsión idiota. 

Construir un conatus para sobrevivir, para plantearnos un horizonte de supervivencia humana en un planeta vivo. Hay que escapar para ello de la idiotez, de la superioridad moral, del identitarismo, de todo lo que nos haga incapaces de encuentro y composición con los otros. Construir el conatus es construir lo común, una salida y un éxodo de la pulsión suicida del capitalismo neoliberal, hoy ya brutalismo

Contra la pulsión suicida, contra la pulsión idiota, contra la vida-mercado y su falsa comunidad de individuos atomizados, la batalla cultural en clave materialista, la construcción de un cuerpo colectivo, un espacio de conversación, un tejido de diferencias. 

Izquierda, derecha y comunicación: la mirada en el oído

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