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Tomás Eloy Martínez: «Las utopías son lo único que nos permite desafiar a la muerte»

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(Reportaje publicado en la revista Mu de diciembre 2008 que reproducimos como homenaje a Tomás Eloy Martínez, periodista).

Tomás Eloy Martínez: «Las utopías son lo único que nos permite desafiar a la muerte»La foto está en la pared del estudio tapizado en libros y ni siquiera ocupa un lugar central. Es apenas un pequeño cuadrado enmarcado por el que asoman tres jóvenes cancheros. No miran a cámara, sino al futuro, que está al costado, desafiándolos. De izquierda a derecha: Tomás Eloy Martínez, Mario Vargas Llosa y Carlos Fuentes. El cuarto integrante de la banda está a cargo de la toma y se llama Guillermo Cabrera Infante.

“El día que fuimos al cine con Los Beatles”, me dirá Tomás.

Ajá. ¿Y qué fueron a ver?

“El estreno de 2001, Odisea del Espacio”.

Ajá.

Significa, entonces, que la toma es de 1968, cuando los Beatles acababan de parir su Album Blanco y Tomás tecleaba sus notas en la revista Primera Plana. Significa, también, que este hombre de jean y remera que tengo enfrente tiene ahora 74 años y el paladar negro de los periodistas de raza.

Tomás es, ante todo, un caballero y con esa hidalguía cabalga su condición de sobreviviente –hincó el diente al pastel de la Historia, conoce su sinsabor y no se queja- que lo enfrenta ahora a una nueva batalla. Su salud no es buena, pero su actitud se parece a la de aquel muchacho de la foto, que mira hacia el costado dispuesto a lo que venga.

Tomás acaba de publicar su última novela, Purgatorio, que comienza con un párrafo perfecto:

“Hacía treinta años que Simón Cardoso había muerto cuando Emilia Dupuy, su esposa, lo encontró a la hora del almuerzo en el salón reservado de Trudy Tuesday.”

A partir de este desaparecido que aparece en la fantástica locura de su esposa, la historia corre hacia atrás, hacia la genealogía de ese delirio que comenzó cuando la dictadura rompió todas las barreras de la razón y de la vida. Dos cosas se imponen en este Purgatorio: cómo está escrito y desde dónde. La escritura le da un perfume a clásico, entendiendo por esta palabra ese estilo que nunca envejece porque no responde a las modas, sino a los modos más nobles del lenguaje. Dónde se coloca el narrador es ya una marca de este autor que en todas sus obras elige estar al lado del lector, susurrándole la historia. En este caso, esa historia está en función de demostrar la omnipresencia del desaparecido, esa ausencia tan presente, tan palpable, tan vívida, ante la cual se desvanecen las artimañas más crueles de construcción del olvido.

La novela permite, sin duda, muchas lecturas, pero la mía se detiene en los detalles que Tomás zurció con el material que encontró en las revistas de la época y que dan cuenta de hasta dónde se hundió en la cloaca la profesión periodística. Se lo pregunto a él, que es casi un príncipe del oficio:

-Me niego a generalizar, porque generalizar es siempre una actitud fascista y cada tema tiene sus grises, sus contradicciones. Pero muchos, muchos textos de los que leí me produjeron un profundo asco. Me hicieron preguntar cómo es posible que la conciencia de un ser humano pueda caer tan bajo, pueda negar cualquier tipo de compasión, de comprensión por el otro, por lo otro, por aquello que es y piensa diferente. Creo que el peor de los daños, el más permanente de la dictadura fue la intención violenta de convertir a este país a una ideología de cuartel.

-.¿Crees que por eso la literatura y el periodismo perdieron su capacidad de creación, que es finalmente hija de la desobediencia?

-Es que la literatura si no es desobediencia, no es. La literatura, como el periodismo, son centralmente actos de transgresión, maneras de mirar un poco más allá de tus límites, de tus narices. Todo lo que he escrito en la vida han sido actos de búsqueda de libertad. Nada me daba más placer –cuando publicaba mis primeros artículos en La Gaceta de Tucumán- que mi madre le dijera a mis hermanas: “tenemos que ir a misa a rezar por el alma de Tomás que está totalmente perdida”.

En nombre propio

La primera vez que Tomás perdió el alma fue a los 9 años, cuando decidió ir detrás de un circo. La aventura le valió un mes de encierro, sin lecturas ni juegos. Dedicó su tiempo libre a escribir su primer cuento: la historia de un chico que burla el castigo de sus padres metiéndose dentro de una estampilla para así viajar por el mundo.

A los 16 ganó un premio provincial de poesía y al año siguiente, uno de narrativa que le otorgó el dinero necesario para perderse por segunda vez: viajó a Buenos Aires con la intención de conocer escritores. Cuando regresó a Tucumán, comenzó a estudiar Derecho, tal cual deseaba su familia, pero al poco tiempo se perdió por tercera y definitiva vez: cambió su carrera universitaria por Letras y comenzó a trabajar en el diario La Gaceta. No hubo rezo que pudiera cambiar ese destino.

Comenzó como corrector y al poco tiempo, pasó a la redacción como crítico de cine. Así llamó la atención del porteño diario La Nación, donde trabajo desde 1957 hasta 1961. Su salida forma parte de la mitología periodística, pero la versión remixada que cuenta hoy, con pasión y sin rencor, le otorga un nuevo significado. Dirá Tomás, antes de que lleguemos al episodio de La Nación:

– De chico era un católico cerrado, creyente de todo lo que se tiene que creer para ser miembro de la Acción Católica.

-¿Y cuál es tu fe ahora?

-Me da una gran paz y una enorme felicidad saber de que del otro lado no hay nada. Todo lo que queda de vos es lo que dejaste.

-“Tu identidad son tus recuerdos”. Es una frase que escribiste en Purgatorio y en La Novela de Perón. ¿Cuál es la identidad que forman tus recuerdos, si pudieses elegir entre dos o tres?

-La primera vez que escribí, que fue esa primera señal de rebelión, en ese caso contra mis padres. El segundo, quizá, sea esa sensación de extrañeza a la que me enfrentó el exilio. Es algo que intenté reflejar en esta novela, en la escena de la visita al Jardín del Exilio del Museo del Holocausto

-¿Tus libros también forman parte de esos recuerdos que te definen?

-Reflejan momentos distintos y distintas actitudes mías para enfrentarlos.

-Tomemos el caso de La novela de Perón: apareció por entregas, en la revista El Periodista, año 1985: fin de la dictadura.

-Fue una sublevación contra el cartón pintado con el que quería construirse esa historia. Lo que pretendía, al publicarla por entregas, era una mímesis con el Facundo de Sarmiento. Transmitir lo que yo creía que era el verdadero Perón: un Perón intervenido por López Rega.

-Que es el Perón que vos, generacionalmente, viviste…

-Que fue el que viví y padecí. A mí siempre me sorprendió como gente como Enrique Raab pudo notar inmediatamente y desde la plaza cosas sobre lo que se había convertido el peronismo que en esa época nadie veía. Enrique era militante del PRT y desapareció en el 77. Poco antes, me escribió una carta –yo ya me había exiliado en Venezuela- para contarme que querían editar una revista crítica al gobierno y para pedirme que colaborara. Le contesté que era un honor inmenso, pero que me parecía muy peligroso para él, no sólo que yo escribiera sino que editara ese tipo de publicación. Me di cuenta, entonces, hasta qué punto no se veía en este país que el gobierno de Videla era represor, opresor y asesino. No se veía.

-Muchas cosas no se veían ¿a qué atribuís esa ceguera?

-A todo ese aparataje de publicidad puesto al servicio de la propaganda.

-¿Tanto poder tiene para vos la palabra escrita?

-La palabra escrita siempre crea opinión y es poderosa. Pero ese poder no depende solo de la dimensión de un medio. Ese poder también está presente en la fuerza y en la pasión con que se escribe. Si hay algo que me inquieta del periodismo actual es esa falta de pasión, esa comodidad con que se expresan las cosas. Para nosotros cada palabra siempre fue un juego de todo o nada, de vida o muerte. Y no quiero hablar como los viejos de un pasado ideal, sino que digo esto en honor a un futuro deseable. El otro día hablaba con unos chicos sobre la crítica literaria, que es un género prácticamente extinguido. ¿Por qué? Porque si hoy critican un libro de Piglia o de Aira tienen miedo de sufrir represalias…

-Y se sufren… Vos las sufriste: del diario La Nación te fuiste cuando censuraron tus críticas cinematográficas…

-El otro día Luis Saguier (actual director periodístico de La Nación) reunió a toda la redacción y me pidió que les narre el episodio, casi como una ceremonia pública vindicatoria. Comencé por recordar que Ernesto (Schoó, el otro protagonista de esta historia) y yo éramos muy irreverentes. Ernesto con un estilo más educado, podría decirse, y yo con uno más irónico, pero los dos escribíamos realmente lo que se nos cantaba. Ernesto se burlaba de Mujica Laínez, por ejemplo o yo de Mallea, que eran intocables. Eran los Piglia o Aira de hoy. Por esa época, además, La Prensa comenzó a firmar las críticas que publicaba y La Nación no tardó en imitarla. Se firmaba con iniciales, pero todos los lectores nos identificaban. Un día publiqué una crítica sobre Los diez mandamientos que decía, burlonamente, “al fin puede escuchar a Dios hablar en letra gótica”. Y las grandes distribuidoras cinematográficas –United Artist, Paramount, entre otras- se enojaron y retiraron la publicidad. Representaba algo así como un millón de pesos por mes, mucho dinero. Lo que pedían, en concreto, era que nos despidieran a Ernesto y a mí. O que nos domesticaran. En honor a la verdad, debo decir que La Nación aguantó una semana, luego otra, hasta que finalmente me llamó el administrador, Enrique Drago Mitre, y me dijo: “¿Usted tiene conciencia de cuál es su trabajo en este diario?” Le contesté: “Por supuesto”. ¿”Usted sabe que tiene que escribir lo que se le pide?”. Le contesté: “Por supuesto, si me pagan mi salario”. El hombre consideró que estaba todo claro y pasó a darme las instrucciones: a partir de ese día debía remitirme a las órdenes que me daría un secretario de redacción, que me diría lo que tenía que escribir y cómo. “Perfecto –la contesté- Entiendo lo que me dice: ustedes me dan las órdenes y publican lo que yo escribo, pero sin mi firma. Porque mi trabajo está en venta, mi firma, no.” A partir de ahí me mandaron a la sección Movimiento Marítimo. Aguanté tres días y renuncié.

-¿Cuál era tu situación personal?

-Tenía dos hijos, así que tuve que salir a buscar trabajo inmediatamente. Y no conseguía porque estaba en la lista negra. En esa época pelearse con una empresa periodística era pelearse con todas.

-Ahora también. Pero, a pesar de todo ¿no fue esa renuncia la que te convirtió en Tomás Eloy Martínez?

-Sin duda. Tuve la enorme alegría de que gente como Godard, Truffaut y todos los grandes directores y críticos cinematográficos del momento firmaran un manifiesto en defensa de Ernesto y mía, contra la censura que el diario y las distribuidoras. Quizá ahora esto no sea tan extraño, pero por esa época era completamente novedoso. Y se publicó en todos los diarios europeos. Sin embargo, en mi vida concreta, tuve que trabajar un año llevando bandejas con sándwiches para alimentar a las modelos en una agencia de publicidad, ganando mendrugos. Recién después de ese largo año, me llamó Jacobo Timerman para trabajar en Primera Plana.

-¿Y qué pasó cuando contaste todo esto en La Nación?

-Los chicos me aplaudieron. ¿Qué otra cosa iban a hacer si estaba el dueño adelante?

Cómo viajar a Japón

Tomás fue jefe de redacción de Primera Plana desde 1962 hasta abril de 1969, cuando la dictadura de Onganía la cerró. Fueron épocas tan épicas como aquella foto que lo muestra como un Beatle, aunque el beat criollo tenía sus límites que aprendió a sortear con imaginación. “Una vez fui a platearle al administrador que quería ir tres meses a Japón para hacer una nota sobre los sobrevivientes de Hiroshima. La respuesta fue la de siempre: hizo cuentas. Luego de sumar prolijamente los costos de pasajes, estadía y comida, me dijo que esa nota representaba unos 5.000 dólares. No le importó el argumento que le di sobre cuánto ganaría una publicación capaz de hacer una nota como esa, así que le ofrecí un trato: “mándeme a Japón y le traigo la nota y su dinero”. Y así fue. Estuve en Japón tres meses, hice la nota y como el vuelo de regreso hacia escala en París, aproveché para ir a L´Express y ofrecerle la nota a Françoise Giroud, la directora periodística de esa revista. Cuando se mostró interesada, le planteé los inconvenientes: primero tenía que publicarla Primera Plana y , además, costaba 5.000 dólares”. Aceptó y fue tapa de L´Express. Cuando volví a Buenos Aires le entregué al administrador de Primera Plana los 5.000 dólares.

-¿Y te los aceptó?

-¡Por supuesto!

Best seller

Cerrado el capítulo Primera Plana, Tomás se convirtió en corresponsal de Editorial Abril en París, desde donde regresó para hacerse cargo de la dirección de la revista Panorama. Fue Massera, por entonces capitán de navío, quien pidió su cabeza por la nota que publicó sobre la masacre de Trelew. La tuvo: renunció. Luego, La Triple A lo persiguió con amenazas que lo llevaron al exilio en Venezuela, donde vivió desde 1975 hasta 1982. De allí partió a Washington, como becario, a terminar La novela de Perón. Nacía el escritor.

Ya en 1985, Santa Evita lo convirtió en el autor nacional contemporáneo más traducido a otras lenguas. Dirá Tomás sobre esa novela: «El cadáver de Evita es el primer desaparecido de la historia argentina. Durante 15 años nadie supo en dónde estaba. El drama fue tan grande que su madre (Juana Ibarguren) clamaba de despacho en despacho pidiendo que se lo devolvieran. Y murió en 1970 sin poder averiguar nada. A diferencia de los cadáveres desaparecidos durante la dictadura, que ruegan por ser enterrados, el cadáver de Evita clamó por ser ofrecido a la veneración. De algún modo, Santa Evita es el relato de esa conversión de un cuerpo muerto en un cuerpo político”.

Elogio de la utopía

Apenas un año después y cuando saboreaba ser best seller, Tomás escribió un artículo con un título provocador: “Defensa de la utopía”. Regresaba en ese texto el periodista, legitimado por el éxito del escritor, para decirnos:

  • Un hombre no puede dividirse entre el poeta que busca la expresión justa de nueve a doce de la noche y el gacetillero indolente que deja caer las palabras sobre las mesas de redacción como si fueran granos de maíz. El compromiso con la palabra es a tiempo completo, a vida completa. Puede que un periodista convencional no lo piense así. Pero un periodista de veras no tiene otra salida que pensar así. El periodismo no es algo que uno se pone encima a la hora de ir al trabajo. Es algo que duerme con nosotros, que respira y ama con nosotros”.
  • “El periodista no es un agente pasivo que observa la realidad y la comunica; no es una mera polea de transmisión entre las fuentes y el lector sino, ante todo, una voz a través de la cual se puede pensar la realidad, reconocer las emociones y las tensiones secretas de la realidad, entender el por qué y el para qué”.
  • “Es verdad que, en algunos casos, la brutalidad del Poder impone la retórica excluyente del silencio. Para poder hablar después hay que sobrevivir ahora. Ésa fue la desgarradora alternativa que afrontaron los internados de los campos de concentración, donde quiera existieron esos campos: en Auschwitz, en la isla Dawson, en las «peceras» de Buenos Aires. ¿Enfrentarse al Poder con la certeza de la derrota o fingir resignación ante el Poder para dar luego testimonio de la ignominia? Pero cuando el silencio dura demasiado tiempo, la palabra corre el riesgo de contaminarse, de volverse cómplice. Para hablar hace falta valor, y para tener valor hace falta tener valores. Sin valores, más vale callar.”
  • “Hay que cuidar las formas, me repetía un jefe de redacción en el diario donde me inicié cuando era adolescente. Hay que conciliar, me decía, hay que entender el juego del Poder. Esa fue la primera enseñanza contra la cual me sublevé. Siempre he pensado (y éste es un tema para discutir largamente) que el periodismo no tiene sino dos formas que cuidar: la de su herramienta -el lenguaje-; y la de su ética, que no responde a otro interés que el de la verdad. No tiene por qué conciliar, con nada ni con nadie. Su misión es en eso idéntica a la del artista: revelar los abismos y las luces más secretos del hombre, agitar las aguas, estimular la imaginación, provocar el cambio, luchar sin sosiego para que las perezas y los conformismos que adormecen la inteligencia sean derribados con el mismo estrépito liberador que hace tres milenios hizo caer las murallas de Jericó.”
  • “El periodismo no es un circo para exhibirse, sino un instrumento para pensar, para crear, para ayudar al hombre en su eterno combate por una vida más digna y menos injusta. Afirmemos, entonces, nuestro derecho a reclamar un mundo que no se parezca a ningún otro, y pongamos nuestra palabra de pie para ayudar a crearlo.

Tomás me dirá ahora una sola cosa al respecto: “las utopías son lo único que nos permiten desafiar a la muerte”.

Y así y de pie, me despide con un abrazo intenso que me regala como recuerdo.

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La Ley de la calle: masiva movilización para que se aplique el financiamiento universitario

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Pese a que el Congreso Nacional votó la Ley de Financiamiento Universitario 27.795, y rechazó con más de dos tercios de ambas cámaras la intentona de veto presidencial, y a que fallos judiciales ordenan su cumplimiento inmediato, el Gobierno de los Milei & los Caputo no la aplica. Para los organizadores de la movilización calculada en más de 1.500.000 personas en todo el país, esto no solo rompe lo relativo al presupuesto universitario “sino el contrato social que nos mantiene libres y en un Estado de derecho”. Todo lo contrario a lo que sucede hoy en la calle, donde la democracia queda expresada en la gente moviéndose en esta 4° marcha durante el período libertario, y de sectores que se plegaron y convocan a seguir resistiendo este tipo de políticas de daño social. Voces desde la calle que explican sin casettes por dónde moverse.

Por Franco Ciancaglini. Fotos: Juan Valeiro/lavaca.org

La Ley de la calle: masiva movilización para que se aplique el financiamiento universitario

Hay muchos jóvenes.

Muchos docentes, directivos, no docentes.

Egresados, profesionales.

Muchas personas en todo el país.

En Mar del Plata, Córdoba, en Ushuaia, en Rosario, en Bahía Blanca y así.

Hay una Plaza de Mayo repleta.

Hay gente que llega y gente que se va.

Gente que estuvo todo el tiempo.

Hay jubilados y jubiladas que marchan todos los miércoles.

Está el movimiento disca, también siempre presente.

Hay sindicatos, como la UOM o los Aceiteros, y parte de la CGT que brindó su apoyo y movilizó algunas columnas dispersas.

Hay carteles conmovedores.

Hay muchos jóvenes, de todos lados, sobre todo llegados de fuera de la Capital Federal.

Muchas personas que viajaron desde lejos para sumar su cuerpo, su cartel, su grito, su aplauso.

Que, a pesar del frío y la cascada de malas noticias, no se resignan y demuestran, hasta con alegría, que la única que queda hoy es la calle.

Y no callarse.

“Milei cumplí la ley”

Es la cuarta.

Las tres primeras Marchas Federales Universitarias fueron las más masivas contra el gobierno de Milei. Esta no fue la excepción.

Desde el escenario calcularon alrededor de un millón y medio de personas movilizadas en todo el país.

Lo incontable es todo lo que sucede alrededor de esta bandera argentina que significa la universidad pública.

Una bandera que cobija a miles de generaciones que se reunieron hoy en la Plaza de una manera conmovedora: relatando, en esta crónica, cómo el acceso a la educación libre, gratuita y de calidad “cambia vidas, motoriza el ascenso social y brinda soberanía a un país”. Así lo sintetizaron en un documento leído por la FUA (Federación Universitaria Argentina” que se tituló: “Cuarta marcha federal universitaria: 203 días sin aplicar la Ley. Por la universidad pública y en defensa de la democracia”.

El planteo central: “El Poder Ejecutivo, en un acto de desprecio institucional sin precedentes, ha decidido alzarse contra los otros dos poderes de la República: ignora la Ley de Financiamiento Universitario N° 27.795, sancionada y ratificada por amplias mayorías en el Congreso, y desoye los fallos de la Justicia que ordenan su cumplimiento inmediato. Cuando el Gobierno decide qué leyes cumple y qué sentencias acata, lo que se rompe no es solo lo relativo al presupuesto universitario: es el contrato social que nos mantiene libres y en un Estado de derecho”.

Algunos datos de contexto:

  • Los salarios de quienes trabajan en las universidades argentinas bajaron el 34,5% en el mejor de los casos, o más del 40% según otros cálculos. Es como si en los últimos dos años no hubieran cobrado entre 8 y 10 salarios. Los números simbolizan lo presupuestario, pero tal vez no logren mostrar el daño institucional, social, familiar y personal que provoca la política del gobierno.
  • El actual es uno de los menores porcentajes históricos que el Presupuesto Nacional asigna a las universidades, en las que el 57,6% de los graduados son primera generación de sus familias en llegar a los estudios superiores. Esa posibilidad es una de las cosas que se está quebrando, como lo señalaban los cartones manuscritos en los que se leía: “Sin educación no hay futuro”.
  • La importancia que el gobierno de Milei le da a la educación se expresa en la aplicación de un nuevo recorte del Presupuesto Nacional de 3 billones de pesos en temas de energía, obras públicas, urbanización y hasta tratamientos contra el cáncer (63.021 millones de pesos que explican que la palabra crueldad tal vez ya no alcance para definir lo que está ocurriendo). Para el tema educativo, el recorte es de 78.768 millones de pesos.
  • Ese incalificable decreto de ajuste fue firmado por el jefe de Gabinete, Manuel Adorni, y el ministro de Economía, Luis Caputo. El lado B de la situación aparece en casos como el $LIBRA o el ANDIS, donde se detectaron sobreprecios en sillas de ruedas, andadores, medicamentos y tecnologías para diversos tipos de tratamiento del orden del 200% en los casos más leves, hasta productos sobrefacturados en un 4.239%. A lo que habría que agregar 3%, Spagnuolo, Esper, Nucleoeléctrica, Adorni, posibles sobresueldos oficiales, entre otras cosas. 
  • Volviendo a lo estrictamente universitario, esta licuación económica va generando, además, un éxodo permanente de docentes que está vaciando una educación de calidad históricamente reconocida a nivel continental y global.
La Ley de la calle: masiva movilización para que se aplique el financiamiento universitario

Docentes Uber

Los testimonios desde la calle permiten entender de manera simple la complejidad de lo que está en juego.

Primero, pequeñas escenas concretas. Lucía Darandal, estudiante de la Universidad Nacional de La Plata, resume “lo más visible”: el salario de los docentes. “Cada vez les está costando más llegar a fin de mes. Muchos están teniendo más de un trabajo para poder sostenerse, muchos tienen familias que mantener. Ahí está el primer deterioro que se va acentuando. Lo mismo pasa con los trabajadores no docentes”. 

Las becas: “La beca Progresar quedó congelada en 35.000 pesos y eso prácticamente no alcanza. Hay estudiantes a los que cada vez se les complica más pagar el alquiler, porque recordemos que también hay estudiantes que viajan desde otros lugares de la Argentina”. Y los horarios: “Faltan horarios en el turno noche. Entonces hay menos posibilidades para que el estudiante trabajador pueda cursar”.

Desde Rosario, el médico y director del Instituto de Salud Socioambiental de la Facultad de Ciencias Médicas, Damián Verzeñassi, lo traduce en una imagen todavía más brutal: “Más de la mitad de los trabajadores universitarios cobran por debajo de la línea de pobreza” y agrega que hay docentes “que con lo que cobran no pueden pagar siquiera el costo del transporte para llegar a dar clases”. 

Rosario Kairuz, estudiante de Sociales UBA, cuenta cómo eso impacta directamente en las cursadas: “Las materias de la orientación en investigación prácticamente no cuentan con ningún tipo de horario. Se ofertan un cuatrimestre sí y otro cuatrimestre no”. Y agrega otro ejemplo síntoma del deterioro: “Quienes siguen la orientación de producción no cuentan con materiales ni con equipos para realizar los distintos talleres audiovisuales”. 

Nicolás Núñez, docente de Sociales e integrante de AGD, completa la escena desde el otro lado del aula: “El incumplimiento de la ley y los dos años de profunda pérdida del poder adquisitivo de la docencia universitaria nos empujaron a todos a buscar otras formas de sobrevivir: desde las clases particulares hasta manejar Uber o hacer trabajo freelance”. Le pone una cifra al éxodo: “Hay 10.000 docentes que ya decidieron abandonar las clases”.

Plata para la deuda

Más acá de los números, lo que aparece en la calle es que el conflicto universitario dejó de leerse hace rato solamente en términos presupuestarios. Ya no se trata únicamente de números, partidas o balances, sino de una marcha que Gonza Giles, escritor, periodista y divulgador sobre Comunicación Aumentativa y Alternativa (CAA) y neurodivergencias, planteó,como “una defensa colectiva contra el descarte humano”. 

Gonzalo habló en nombre del movimiento de personas discapacitadas: “Nos quieren convencer de que ajustar es gobernar, que destruir derechos es modernizar, que dejar gente afuera es eficiencia. Necesitan que la sociedad mire al otro con sospecha, porque cuando logran que el pobre sospeche del que tiene una discapacidad, que el trabajador sospeche del estudiante y que todos sospechen de todos, el ajuste entra más fácil”. Por eso insiste en que “no es un problema económico, es ideológico. Porque plata hay. Lo que no hay es humanidad. Hay plata para deuda, hay plata para represión, hay plata para departamentos que no pueden utilizar, pero no hay plata para que una persona con discapacidad viva dignamente, no hay plata para universidades, no hay plata para ciencia, no hay plata para salud”. 

La Ley de la calle: masiva movilización para que se aplique el financiamiento universitario
Foto: Juan Valeiro

En la marcha volvió a quedar en evidencia que no solo la universidad es una consigna de unidad, sino que las luchas comienzan a entrelazarse unas y otras: los hospitales, la discapacidad, los jubilados, el trabajo. Por eso tuvo tanto peso simbólico la presencia de sindicatos como la UOM. “No es frecuente que los estudiantes y los laburantes estén juntados”, reconoce Darío Dani Román, metalúrgico, “pero en estos tiempos hace falta estar juntos”. Y agrega: “Estamos presentes en todas las luchas populares en las que haga falta estar para dar vuelta esta situación”. Desde la medicina, Damián Verzeñassi amplía: “Esto que está pasando con la universidad —que es lo mismo que pasa con los hospitales, con las personas con discapacidad y con los jubilados— debería ser un elemento más que suficiente para que todo el arco político no fascista se decida a organizarse, a unirse y a encontrarse”. 

En Sociales UBA, Rosario Kairuz cuenta que ya empezaron a discutir cómo sostener esa articulación: “Hay que unir esa lucha con docentes y no docentes. Los reclamos estudiantiles no pueden darse solos”. Nicolás Núñez, de AGD Sociales, insiste en que “esta marcha no puede ser un punto de llegada sino un punto de partida” y plantea recuperar algo de lo que ocurrió en 2024 con las asambleas interclaustros y las tomas de facultades. Para él, que habla desde la academia, “nuestra suerte está atada también a los reclamos de discapacidad y a los reclamos de tantos sectores postergados por este gobierno, con los que tenemos que unirnos, como los jubilados”.

El contagio

Pero… ¿cómo? La respuesta más repetida en la calle vuelve a ser la movilización. “Hay que seguir viniendo a las marchas, hay que seguir visibilizando y exigiendo”, plantea Gonza, y agrega que tanto el Poder Judicial como el Legislativo “tienen que ponerle un límite a este gobierno”. Darío Dani Román de la UOM, coincide: “La única arma que tenemos nosotros es salir a la calle, manifestarnos y sostener la pelea hasta el final”. Milagros y Facundo, estudiantes, lo resumen todavía más simple: “Seguir marchando, seguir protestando, para que se den cuenta de lo que quiere la gente”. Damián Verzeñassi suma otra dimensión: “La marcha de hoy tiene que decirles claramente que no les vamos a dejar pasar ninguna más”. Pero además propone “avanzar en una estrategia jurídica muy fuerte por incumplimiento de las funciones de los funcionarios públicos, desde el presidente para abajo, contra todos los responsables de no cumplir con una ley aprobada por el Congreso de la Nación”.

La última imagen que brota en la calle no es solo la de la crueldad, sino la de una brutalidad planificada. Gonza Giles lo explica claramente: “Necesitan universidades vacías porque el pensamiento crítico molesta. Necesitan personas aisladas porque los derechos organizan. Necesitan trabajadores cansados y estudiantes endeudados porque así envían un mensaje”.

Lo mismo dicen Vladimir y Adriana, de 19 años, pero ya orgullosos técnicos químicos. Mientras hablan levantan dos carteles que llaman la atención de todos: 

  • “Cuando la educación sea privada, seremos privados de todo” y 
  • “No se puede adoctrinar un cerebro lleno de conocimiento”. 

Las letras están prolijamente dibujadas, en colores, y recortadas con paciencia y dedicación. “Estuvimos haciéndolos desde ayer, buscando frases, viendo todo lo que dice la gente, juntando opiniones. Y quedaron estas”, cuentan ellos, que hablan sosteniéndose la mano uno al otro.

La Ley de la calle: masiva movilización para que se aplique el financiamiento universitario

Ella es de Moreno, él de José C. Paz. Egresaron de una secundaria técnica pública. Ella ahora estudia Ingeniería Aeronáutica en la UTN de Haedo. Él piensa anotarse en Agronomía. A ellos, además de todo, la universidad pública les dio el amor. Y desde ahí hablan:

“Vamos a ayudar a un comedor cerca de Cuartel V, en un barrio muy pobre. Hay familias a las que se les complica hasta estudiar. Regalamos hojas, útiles, lo que se pueda. Yo era de un barrio también muy humilde y mi primo no pudo estudiar, tuvo que dejar para ir a trabajar. Hacemos lo que podemos. Muchas veces no alcanza. Pero aunque sea una persona más que pueda estudiar, ya es una victoria”.

Él da vuelta el cartel y muestra la frase del otro lado: “Estamos acá también por vos, que pensás distinto”. Adriana dice: “Mucho se habla de que el odio se contagia, que vivimos una época de odio, que las redes muestran eso. Pero también el amor y la solidaridad contagian”.

Y sonríe.

Con esa sonrisa que contagia, y ese cartel colorido, revela que ella fue la responsable de que viniese su novio: “Esta es la primera vez que viene a una marcha. Yo ya había venido a la marcha antifascista. Así que bueno, ya traje a alguien más”.

Y la próxima, uno más.
Sí, sí. Ya hay dos amigos que querían venir y no pudieron por otros temas, pero tenían ganas.

Vladimir: ¿y qué te pareció tu primera marcha?
Nervioso al principio, la verdad. Pero estuvo muy bueno.

¿Por qué nervioso?
No sé, siempre las veía desde afuera y parecía otra cosa. Pero estuvo re bien la experiencia.

Ahora sonríen ambos.
Y saludan antes de desconcentrar por Diagonal Norte rumbo a tomarse dos micros y un tren para volver a su casa.

Sobre esa avenida céntrica, donde se recorta el Obelisco, pasarán 

  • junto a un joven con una remera de 2 Minutos y un cartel que dice: “Estéticamente superiores”, con la cara deforme del Presidente. Una ironía sellada con la firma de la Escuela Superior de Bellas Artes Antonio Berni.
  • Cerca de Luna, de siete años, de la mano de Gloria, su mamá, chocha porque está caminando por la calle y no por la vereda.
  • De una joven que tiene un cartel que da ganas de llorar: “Mi sabiduría viene de esta tierra”.
  • De un ruidoso grupo de la Escuela Secundaria de la Universidad de San Martín que trajo varios hits. El mejor:

“Con las lágrimas de Adorni
vamos a hacer una cascada
para que se metan todos
los pibes de la barriada”.

La gente desconcentra y va cantando “eaea” y también:

“Si el presupuesto no está
qué quilombo que se va a armar”.

La sensación es, como decía Gonza, que este es un punto de largada y no de llegada.

Que la cosa sigue.

En la calle, pero también en los barrios, en los comedores, y en las aulas.

Sigue cada miércoles en el Congreso.

Y todas las veces que hagan falta.

Porque hay muchos jóvenes.

Docentes, directivos, no docentes.

Egresados, profesionales.

Muchas personas en todo el país.

En Mar del Plata, en Córdoba, Ushuaia, en Rosario, en Bahía Blanca.

Hubo otra Plaza de Mayo repleta.

Hay gente que, aun cuando todo terminó, sigue llegando.

Hay más carteles conmovedores.

Hay muchos jóvenes que, a pesar del frío y la cascada de malas noticias, no se resignan y demuestran, hasta con alegría, que la única que queda hoy es la calle.

Y no callarse.

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Nota

Crece el reclamo docente en Chubut: “El sueldo no alcanza ni para comer”

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Desde hace dos semanas la comunidad educativa autoconvocada está en las calles de toda la provincia exigiendo una suba salarial (el sueldo básico está apenas por encima de los 300 mil) y no “migajas”. Las mesas paritarias, las subas insignificantes y las palabras del ministro de Educación que colmaron la paciencia. El pan y el té que simula una cena, la falta de escucha de los sindicatos a las bases y un aviso: “Seguiremos en las calles hasta que el salario digno sea una realidad”.

Por Francisco Pandolfi. Fotos de Aníbal Aguaisol

–El sueldo no alcanza ni para comer.

Dora Palacios es profesora de Historia, preceptora y referente escolar en Trelew.

También es una de las –y los– miles de docentes chubutenses autoconvocados desde hace dos semanas en las calles de toda la provincia por un reclamo salarial que aún no tiene la respuesta esperada.

Un maestro de jornada simple, un preceptor, un profesor con 20 horas cátedras semanales tiene un sueldo básico de 304 mil pesos, que con los adicionales llega a 700 mil (con los aumentos prometidos en las últimas horas rondarán los 800). “Los alquileres en la Patagonia son altísimos, arriba de los 600 mil, y a eso hay que sumarle unos impuestos carísimos”, le cuenta a lavaca.

Enumera con la cadencia de quien tiene una carga enorme en la voz: luz, gas, agua, comida, vestimenta. De lo general va a lo particular: “Muchos docentes cuentan en las asambleas que no tienen un plato de comida en la mesa, que la cena es un pedazo de pan y un té, que les han cortado los servicios, que no tienen teléfono, que ya no pueden pagar el alquiler”. Y de lo particular a lo propio: “Otros estamos bicicleteando con la tarjeta, cobramos, pagamos, cobramos, pagamos, nos estamos endeudando permanentemente porque el sueldo no alcanza para comer”.

Fotos de Aníbal Aguaisol /lavaca.org

Salir a la calle

El salario docente de Chubut es el peor de la Patagonia y uno de los más bajos del país, junto a Buenos Aires, Mendoza, Entre Ríos, Misiones, La Rioja y Catamarca.

La primera manifestación surgió como surgen las cosas en Chubut, de forma exprés y cuando no se aguanta más. “Desde diciembre pasado la conducción de ATECh –la Asociación de Trabajadores de la Educación de Chubut, el sindicato más grande– se arrogó el triunfo de la paritaria permanente, que para las y los trabajadores no significó ningún logro. Se reunieron varias veces con el gobierno pero no nos ofrecieron nada”.

La gota que rebalsó el vaso –o una cristalería completa– fue la reunión del 29 de abril en la que el gobierno provincial –al mando de Ignacio Torres y cuyo ministro de Educación es José Luis Punta– ofreció un incremento del 1,3%. Dora estaba en la vereda, esperando junto a cientos de docentes: “Quienes estábamos afuera solicitamos la renuncia de las conducciones sindicales por aceptar un aumento insignificante, tuvieron que huir del lugar. A partir de ahí salimos a la calle todos los días con diferentes acciones”.

Marcha de antorchas, festivales, ruidazos, ollas populares, feria de emprendedores, asambleas y movilizaciones masivas que tienen en vilo a la provincia y al gobierno. “El 23 de abril realizamos un hito histórico: un faltazo masivo sin que los gremios llamaran al paro”. El 29, en la reunión de conciliación obligatoria dictada por la secretaría de Trabajo, la concentración masiva fue reprimida con gases lacrimógenos por la Policía. ¿La respuesta popular? Otra movilización. Y carteles, muchos carteles:

  • Docentes con sueldos indecentes.
  • Al que miente le crece la nariz (con la imagen –retocada– del gobernador Torres)
  • Basta de mentiras, amenazas y presión.
  • Se busca por precarizar al docente (con la cara del ministro Punta).
  • Salud mental es llegar a fin de mes.
  • Ratas.

Fotos de Aníbal Aguaisol /lavaca.org

Migajas

Las protestas no sólo suceden en la capital, sino en toda la provincia: Trelew, Puerto Madryn, en la meseta, en Chacay Oeste, Gan Gan, Las Plumas, Paso de Indios. Otro mojón que colmó la paciencia fueron las palabras del ministro Punta: “Buscamos que ningún docente cobre menos de 800 mil, de una manera solidaria, casi”, dijo balbuceando una frase que la comunidad educativa lo tomó como una burla.

–No vamos a aceptar migajas. Mientras a los docentes nos ofrecieron un 1,3%, le aumentaron a su planta política un 200%. No hay dudas: plata hay, pero no quieren ponerla donde corresponde” –dice Dora, que hace 48 años nació en La Pampa y desde hace 45 fue adoptada por Chubut.

Crece el reclamo docente en Chubut: “El sueldo no alcanza ni para comer”

Fotos de Aníbal Aguaisol /lavaca.org

Ante la masividad del reclamo, este miércoles 6 de mayo hubo una nueva reunión paritaria donde el gobierno ofreció un 3,4% –valor del Índice de Precio al Consumidor (IPC) del mes pasado, más un 4%: o sea, una suba del 7,4%. En junio, un punto más y en julio otro punto más.

–No satisface nuestra demanda para nada, es un aumento en el bolsillo de entre 60 y 70 mil pesos que terminaríamos de cobrar en agosto. Es una tomada de pelo. Siento mucha bronca contra los sindicatos que nos dejaron sin respaldo y sin escucha; mucha bronca contra un gobierno que nos dice violentos, cuando violencia es tener un sueldo básico de 300 mil pesos.

Los sindicatos cuestionados que se sientan en la mesa paritaria son ATECh, SITRAED –sindicato paralelo alineado al gobierno–, UDA –Unión Docentes Argentinos–, SADOP –docentes privados– y AMET –magisterio de enseñanza técnica–. 

Crece el reclamo docente en Chubut: “El sueldo no alcanza ni para comer”

Fotos de Aníbal Aguaisol /lavaca.org

Tres escuelas, tres turnos, muchas deudas

-Queremos estar en las aulas con nuestros estudiantes, pero no con sueldos de hambre.

Reafirma Dora, que estudió en la Universidad Nacional de la Patagonia y desde hace 17 años es profesora de Historia del nivel secundario, además de preceptora. Trabaja en tres escuelas y en los tres turnos, mañana, tarde y noche. Dice que volvería a elegir esta profesión, pese al salario que no alcanza y otros condicionantes: falta de insumos, condiciones dignas para trabajar, escuelas sin calefacción donde llueve adentro. Otro ejemplo que lo dice todo: “Usamos manuales de la provincia de Buenos Aires, no tenemos un diseño de currícula propia”. 

 ¿Cómo sigue el curso de esta historia?

Organizados de manera autoconvocada, decidiendo en asamblea. No vamos a bajar los brazos hasta lograr un aumento del 100% del básico como mínimo y un sueldo de bolsillo de un millón y medio. Desde hace quince días exigimos paro por tiempo indeterminado y acá seguiremos: hasta que el salario digno sea una realidad.

Fotos de Aníbal Aguaisol /lavaca.org

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