México
La muerte de «El Mencho», los narcobloqueos y la militarización pre Mundial: las formas de la guerra
Escena de la represión contra el movimiento estudiantil en la Ciudad de México el 2 de octubre de 2025 en el Zócalo.. Foto de Axel Hernandez.

¿Cómo se relaciona el evento deportivo con el efecto de shock de la muerte de El Mencho? ¿Por qué los “narcobloqueos” coincidieron con las zonas donde hay más desaparecidos? ¿Cómo actúa el Estado históricamente ante los reclamos históricos de las familias y las demandas actuales de los negocios? En esta nota desde Ciudad de México, la periodista uruguaya Eliana Gilet relaciona las imágenes distorsionadas de un México terrible con otra cara del infierno: más de 137.000 personas desaparecidas en veinte años (solo en Jalisco, 16.000) y un proceso de militarización que recrudece en ancas de un nuevo Mundial de fútbol de junio, en el que los familiares de desaparecidos buscarán realizar una acción para difundir la situación que viven. La “alianza” de México y Estados Unidos en materia de inteligencia, y un golpe no al narco sino a las comunidades desamparadas entre la desinformación, la violencia y los medios, para que el show siga.
Por Eliana Gilet, desde Ciudad de México
Para el mediodía del domingo 22 de febrero, los medios cantaron a coro la muerte del “capo” y, citando a “oficiales norteamericanos”, ventilaron que existe un grupo de tareas entre México y Estados unidos a nivel de inteligencia militar, que está “mapeando” los cárteles en ambos países. El titular de la nota fue confirmado una hora después por la Secretaría de la Defensa Nacional, cuando ya había suficiente expectativa creada en torno al tema, la crisis, el fuego y la falta de respuestas, anunciando que el Mencho había muerto camino al hospital producto de las heridas que le causó su detención. Según la Defensa, la operación fue planeada por el Centro Nacional de Inteligencia del Ejército mexicano y la participación noteamericana se limitó al “intercambio de información”.
“Este es el golpe mas relevante desde la caída del Chapo”, opinó al respecto uno de los intelectuales orgánicos del gobierno. A contrapelo de esa versión, la altísima letalidad del operativo contra el Mencho refleja otra característica que las fuerzas armadas mexicanas ganaron desde 2006, con el lanzamiento formal de la militarización del país a caballo de una “guerra contra el narco”. Esto significa que el promedio de gente que sobrevive a un “enfrentamiento” con el Ejército es mínimo, aunque éste siempre declara actuar “repeliendo la agresión”. Fue igual en este caso.
Con el anuncio de su muerte, el ágora pública se llenó de expertos que repitieron la versión oficial de su peligrosidad, delineando el contorno de terrorismo internacional esgrimido por Estados Unidos y demostrando que “el narco” entendido como un poder que ataca al Estado es la fábula perfecta de la actualidad, que es compartida sin miramientos ni críticas porque alimenta la necesidad de ficción en un mundo dónde se decretó el fin de los mitos.
El líder narco oculta siempre más de lo que revela porque, si nunca se ha cuantificado el tamaño de ningún cartel en México, ¿cómo saben cuál es el más grande? Es público, en cambio, que Jalisco lidera las entidades mexicanas con mayor cantidad de personas desaparecidas: son 16 mil.
También podemos pensar que lo sucedido se vincula al próximo Mundial de fúbol en tanto que todo evento deportivo global profundiza la militarización donde va y que la intervención de un territorio para el consumo global, el turismo y la inversión “en experiencias” necesita de experimentos de crisis y control social para consolidarse. La respuesta de Gianni Infantino, presidente de la FIFA, poniendo paños fríos a las alertas parecen una confesión de parte: “Todo tranquilo, va a ser todo espectacular”, dijo.
En los pueblos donde hubo bloqueos, la vida buscó formas de volver al cauce y mientras las pequeñas tienditas de barrio agotaron su stock atendiendo doble jornada el domingo, las grandes superficies cerraron.
Esta pulsión hacia la paz no debe leerse como una “normalización” de la violencia, sino una muestra de cuán impuestos y poco orgánicos resultan estos eventos para las comunidades afectadas.
Así, los “narcobloqueos” son padecidos por las poblaciones locales, pero consumidos por el público extranjero. Una mujer de Puerto Vallarta contó cómo los turistas esperaban para tomarse fotos frente a los automóviles quemados en la Plaza Caracol, dentro de la zona hotelera, como parte del atractivo que dejó el domingo gris. El ejemplo más claro de esta pos verdad violenta es que, aunque nunca hubo hombres armados en el aeropuerto de Guadalajara, la difusión de esta idea provocó avalanchas y corridas en la gente que estaba ahí y el registro de esta crisis fue usado luego como evidencia de algo que no sucedió.
La voluntad de explotar un territorio plenamente habitado obliga a alimentar la idea que una intervención militar es necesaria, está justificada y debe ser aplaudida por todos: “México tiene unas fuerzas armadas extraordinarias, son hombres y mujeres preparados, profesionales, con mucha visión y patriotismo. Nuestro mayor reconocimiento a ellos, México debe sentirse orgulloso de nuestras fuerzas armadas”, dijo la presidenta, Claudia Sheinbaum, al otro día de los sucesos.
Apenas una semana antes, las familias en búsqueda lanzaron un llamado a ocupar el evento inaugural del Mundial (el 11 de junio) para poner el foco en la crisis que mantiene a 137 mil personas desaparecidas en México; llaman a rodear el Estadio Ciudad de México con las fotos de sus desaparecidos. Buscan así generar presión internacional sobre las omisas autoridades nacionales, que ignoran las necesidades de las familias, pero han dispuesto todos sus recursos, económicos y simbólicos para lavar su rostro en la fiesta mundialista.
Con apenas cien días restantes para el inicio de la Copa, el impacto del “abatimiento” del Mencho es calculado en ganancias por las empresas intermediarias del evento, que venden la “experiencia segura” a quien busca aislarse en una burbuja de consumo y desigualdad, en medio del caos que México les representa.
Para estas empresas, el “cartel” funciona como una amenaza a la que responden con protocolos que ellas mismas venden. Para el gobierno, es la pancarta que tapa el verdadero alcance de sus alianzas con el decrépito poder del norte; y para las viejas y esquivas estructuras de inteligencia militar es una bebida energizante y un pase libre para practicar, en su traspatio latinoamericano, las nuevas formas de la guerra.

Los “narco”bloqueos virales
Podría haber sido un domingo gris y frío de febrero tras una tórrida semana, pero las aplicaciones de nuestros teléfonos tenían otros planes. A eso de las diez, cuando la primera taza de café de la mañana humeaba haragana en la mesa, comenzaron a circular los reportes de cortes de ruta en Reynosa, Tamaulipas, en la frontera norte del país. Enseguida los cortes llegaron a Jalisco y a la zona metropolitana de Guadalajara, donde la gente que no había mirado sus teléfonos corrió media maratón sin inmutarse: más de veinte mil personas, a quienes las llamas virtuales no habían alcanzado todavía. No es puro capricho mencionar al clima: es una llave para marcar distancia entre estos mundos -el virtual y el cotidiano- y con ella, las grietas de una operación mediática masiva.
Entonces: si las redes lo trajeron, los medios del mainstream lo replicaron. El primero en salir al quite fue el gobernador de Jalisco, Pablo Lemus, a quien sí lo estaban agarrando las llamas. Según datos del colega tapatío Ruben Martín, el 26% de este Estado fue afectado con cortes carreteros idénticos. Treinta y tres municipios donde anónimos grupos de hombres armados, robaron automóviles y camiones para atravesarlos en las rutas y prenderlos fuego. Uno fue ubicado en la entrada del estadio Akron, donde se va a jugar el Mundial en Guadalajara, causando la suspensión del partido de fútbol femenino previsto para esa mañana gris.
Entonces: mientras se le prendía fuego el Estado, el gobernador de Jalisco se sacó de encima el problema al brindar -hábilmente- un sentido a las manifestaciones y articular la idea del “narcobloqueo”: “Fuerzas federales realizaron un operativo en Tapalpa que ha derivado en enfrentamientos de la zona. A raíz de dicho operativo, en distintos puntos de esa región y en otros de Jalisco, individuos han quemado y atravesado vehículos para inhibir la acción de las autoridades”, publicó en la plataforma X con poca rigurosidad institucional pero eficiente impacto mediático. Luego convocó a su gabinete de seguridad para actuar “a la altura de las circunstancias y activar el código rojo con el fin de inhibir actos contra la población”.
Esto tuvo distintos efectos. Por un lado, gobernar desde la virtualidad abarata el poder de la palabra porque de repente, las plataformas estaban emulando a Lemus y marcando códigos rojos en el resto del país.
Con el pandémico mensaje de “quédate en casa”, la app de GPS Waze -popular para conducir- emitió sus propias alertas en Ciudad de México, donde no hubo ningún evento del estilo descrito.
Por otro, porque los polis se tomaron demasiado a pecho el código rojo y ni ellos salieron. Retomando el trabajo de la periodista Carolina Gómez Aguiñaga, ningún cuerpo de seguridad se hizo presente en los barrios de Puerto Vallarta (Jalisco) el epicentro de los “narcobloqueos”, como se les llamó en todos lados, hasta el lunes. “El golpe a esta ciudad que vive del turismo se va a sentir en las próximas semanas y la gente está a la expectativa de si ya pasó lo peor; están muy desilusionadas por la actuación de las autoridades, porque el domingo no tuvimos policía municipal, tránsito, no hubo policía estatal, ni militares, ni la Marina. Ellos salieron hasta después de las cinco de la tarde, y solo patrullaron la zona turística de la ciudad. La gente les reclamó, ¿por qué no llegaron el domingo?”
Notoria diferencia con el gigantesco despliegue policial visto en la Ciudad de México para contener y “encapsular” entre uniformados -durante todo su recorrido- a diversas manifestaciones sociales en rechazo al Mundial, que se han sucedido desde mitad del año pasado.
Tal vez esa política de brazos caídos evitó que más gente muriera en los bloqueos: se reportó oficialmente la de una mujer en Zapopan, tras recibir un disparo durante la intervención de la Guardia Nacional en un corte. El periodista Ernesto Martínez Elorriaga, desde Michoacán -el estado vecino a Jalisco dónde también hubo fuertes “narcobloqueos”- informó otras tres muertes de personas que “estaban tratando de poner un bloqueo cuando llegó la policía”.
Aparte de eso, explicó, “no ha habido ataques contra la gente, nomás la incertidumbre y el miedo que generan estos bloqueos, que los hacen en minutos y no son más de diez personas”. El veterano corresponsal del diario La Jornada desafió, con su mirada experimentada, la comprensión de lo que entendemos por “el narco” con este dato: “Es lamentable y complicado porque ni siquiera son integrantes del crimen organizado, no sé si los controlan con dinero o con amenazas, pero ya la gente sabe qué comunidades son las que participan de este tipo de bloqueos”.

El narco-Estado
Esta frontera entre Michoacán y Jalisco es un corredor cultural ancestral, territorio de las comunidades purépechas, originarias de la zona que padecen especialmente la instalación de esta guerra contra la gente que se expresa en desaparecidos, fosas clandestinas y un pánico absoluto ante la idea de denunciar públicamente. El colectivo de familias en búsqueda de personas desaparecidas, Guerreros buscadores de Jalisco, denuncian haber hallado casi 500 bolsas con restos humanos durante los últimos cuatro años. En particular en un sitio llamado Las Agujas, donde más de la mitad emergió durante la excavación para construir los pilares de un conjunto de departamentos vecino.
El domingo esa frontera, no casualmente, padeció de múltiples “narcobloqueos”.
Conocí esto de cerca gracias a una familia de otro lado, que tenía aquí a un hijo desaparecido. Marwuan Uriel Andrade Martínez, 27 años, padre de dos niñes, llegó a La Barca, Jalisco, a trabajar repartiendo pizzas para una familia amiga. En febrero de 2021 fue desaparecido junto a otros dos de sus compañeros tras avisar que los había parado la policía de Sahuayo, Michoacán, de este lado de esa frontera imaginaria.
El de Marwuan fue uno de los primeros funerales de un desaparecido que cubrí, porque sus restos fueron hallados a mitad del 2022, junto a los de sus compañeros en una fosa clandestina ubicada dentro del parque ecológico Los Negritos. Gracias a que las mujeres de Michoacán protestaron para que se hiciera la búsqueda en este parque y luego difundieron los datos que tenían sobre las 25 personas que fueron exhumadas de allí, Adriana Martínez pudo reconocer los calcetines de su hijo en una foto.
La madre del desaparecido fue hostigada al ir a reclamar su cuerpo y cuando logró regresar a Marwuan para “sembrarlo” cerca de su casa, notó que la autoridad había puesto la fecha de su desaparición como la de su muerte en el certificado de defunción. Así, borraron administrativamente el tiempo que estuvo desaparecido y le causaron a la familia otro problema: en el panteón del pueblo nadie entendía cómo habían tardado un año y medio en darle sepultura.
Hace dos años, al cumplirse nueve de la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa, sus familias y compañeros escracharon la sede del CNI en Ciudad de México señalando a la inteligencia militar como “perpetradores de la impunidad y la injusticia” y denunciando su responsabilidad en ocultar el paradero de los jóvenes como Marwuan, que llevan once años y medio desaparecidos, y cuya lucha cambió el país y la percepción internacional que se tiene sobre él.
Las familias de Ayotzinapa son un faro permanente que recuerda que más allá de cualquier lectura que se realice sobre lo narco, el gobierno y el Estado son los responsables de la desaparición de la gente.


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