MU214
El modelo Redondo: El Indio Solari y la autogestión
Este domingo se cumple un mes del fallecimiento de Carlos Alberto Solari. El Indio. Para recordar algo de tanta vida y obra, presentamos la nota publicada en la nueva MU. ¿Qué explica que una banda que rechazó las reglas de la industria se haya convertido uno de los fenómenos culturales más masivos de la Argentina? Desde la producción de sus discos hasta la organización de sus recitales, desde el vínculo con su público hasta la construcción de una comunidad capaz de sobrevivir a su propio fundador, la historia del Indio Solari y sus grupos también es la historia de una forma de crear, pensar, sentir y organizarse, con la autogestión como herramienta y filosofía de vida.
Por Francisco Pandolfi, Mariano Randazzo y Franco Ciancaglini

Lo artesanal sobre lo industrial, lo original frente a la copia estandarizada, el tiempo propio en vez del éxito efímero; soberanía artística y no moda impuesta por el mercado…
El Indio Carlos Alberto Solari es, entre muchas cosas, un ejemplo de la autogestión y de la independencia en el arte argentino, que no cedió al manto ni al mando de las discográficas, ni de otras instituciones.
Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Indio Solari y Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado: si el marketing pedía nombres cortos, la rebelión se imponía desde la identidad.
Oasis en un desierto cada vez más desierto, que nunca dejó de crecer en popularidad, en un amor inentendible que combinó músicos, viajes, multitudes y misas ricoteras.
La autogestión fue la llave para ser lo que querían ser.
Lo que queríamos ser.
AUTOGESTIÓN VS. MARKETING
Si Nike es la cultura,
Nike es tu cultura hoy.
Antes de sacar su primer disco (Gulp-1985) Los Redondos se acercaron a Rubens “Donvi” Vitale (el papá de Lito) buscando eludir a la industria. Donvi había coordinado en la década del 70 a Músicos Independientes Asociados (MIA), cooperativa artística y experiencia embrionaria en la música popular argentina.
Resultado: los integrantes de la banda produjeron sus discos. Decidieron todo. Cada diseño de tapa se lo encargaron a Rocambole, artista plástico y amigo. No hay fotos de la banda en las tapas, sino pinturas, dibujos, graffitis: el concepto sobre el ego.
Tocaban donde se sentían cómodos y respetados, ellos y su gente. Nunca se sometieron a giras agotadoras ni al maltrato de festivales sponsoreados. No firmaron contratos con sellos discográficos multinacionales. Solo acercaban su material como producción independiente a DBN, la principal distribuidora de discos del país: una clave que les ayudó para saber cuántos realmente vendieron.
Dato más reciente: Indio acompañó el proyecto de Ley Nacional de la Música que dio origen en 2012 al INAMU, el Instituto Nacional de la Música y sus políticas de fomento.

LOS MEDIOS
Noticias de ayer,
extra, extra.
El boca a boca, el misa a misa, se impuso como lógica frente a la difusión convencional.
En vez de aceptar entrevistas amañadas, la estrategia fue hablar poco. Los Redondos casi no dieron notas en sus comienzos, salvo excepciones con gente respetada y conocida.
Si todos van para un lado, vayamos para otro.
Década del 90, pleno menemismo y desembarco de la cadena MTV latina. La cultura del videoclip se impone como estética y marca el formato de la música juvenil. Los Redondos no producen videos, no buscan pantallas. Cuanto más efímero y superficial se vuelve el rock, más intenso y corporal es el encuentro ricotero.
Marcelo es ricota de siempre, de Padua. Describe:
“La autogestión desplazó a la propaganda en los medios y los anuncios de los shows. Esto sí que fue el teléfono compuesto”.

Si no hay amor, que no haya nada. Fotos: Juan Valeiro/lavaca.org
EL PENSAMIENTO
Y cuánto vale, ser la banda nueva
y andar trepando radares militares?
¡Vamos las bandas, rajen del cielo!
Las letras del Indio no tienen una explicación tajante, un único sentido. Dijo alguna vez:
–Hago música no para que entiendan las boludeces que digo, sino para que imaginen. Lo que tengo son visiones que intentan ser corregidas, no imponerse. En un recital en Gesell, un chico en vez de pedir la canción Vamos las bandas, gritó “Unamos las bandas”. Uno debe estar atento a esa nueva reinterpretación del tema, porque ahí es donde aparece la riqueza.
Nicolás, 43 años, de Liniers, tenía 15 años cuando se escapó de su casa para ver a Los Redondos en Racing, 1998.
“El Indio nos hizo leer a todos. Logró algo único: no tenías por qué entender las letras, pero sí sentirlas. Y cuando si algo no entendías, esa incomodidad hacía que quisieras saber más. Nos avivó a quienes teníamos ganas de escuchar”.
Las canciones crípticas avivaron el fuego, que creció y creció.
Este junio al pueblo ricotero le detonó una bomba que no esperaba (o sí) y para la que todavía no estaba preparado (o sí).
Franco es de los que autogestionan el abrazo colectivo en Plaza de Mayo. Tiene los ojos rojos recordando su San Juan natal, la pobreza familiar en los 90.
“Yo no pude estudiar, no leí libros, a mí la conciencia política me la dio la música, me la dio el Indio”.

EL SENTIMIENTO
Cuando el fuego crezca,
quiero estar allí
Los testimonios tras la muerte fueron y son profundos, inteligentes, sensibles, audaces, muy por encima de la media de dirigentes, comunicadores y streamings.
“Indio nos dio contenido a la rebeldía para no llevarla a tomar falopa y a robar, que era lo predestinado. De algún modo, nos salvó la vida”, dijo una voz rota en el velorio popular.
A Martín (50) le duelen el corazón y la espalda por una mudanza, pero allí está, caminando otra vez rumbo al Indio, como desde Obras 1989.
Lleva anteojos empañados y una historia:
“Por la hiperinflación de Alfonsín mi viejo tuvo que cerrar el almacén y perdimos la casa que teníamos en Castelar. “Tuvimos alquilar en Libertad. Tenía 12 años. Fue complicado ese cambio de vida pero un amigo me prestó un cassette de Los Redondos. Ponerme los walkman y escucharlos fue mi refugio para siempre”.
LA IMAGINACIÓN
Preso de tu ilusión,
vas a bailar,
a bailar, bailar.
El Indio logró algo mágico, explica Nico:
“Nos hizo ver que podíamos concretar una ilusión. Que podíamos tener nuestra propia banda, autogestionarnos, vivir de la música o de lo que quisiéramos”.
Creó junto a sus amigos Frasco Chico, banda que duró 5 años.
“Nos cambió la perspectiva, nos hizo creer en nosotros pero no desde la meritocracia, sino enfocados en los sueños y no ser iguales a las instituciones que nos constituyeron, como podrían ser nuestros padres y familias”.
Bel, Agus y Luce llegaron de Córdoba a agradecerle. Tardaron ocho horas hasta Buenos Aires, y después caminaron otras nueve para hacer dos kilómetros desde Sarandí hasta el polideportivo bonaerense Gatica de Villa Domínico.
Viajaron –dicen– porque el Indio les enseñó de rituales no solitarios:
“Tenía que ser compartiendo, con el corazón abierto. Sentimos la invitación del Indio y su familia y no lo dudamos”.
Dicen que Los Redondos ampliaron el imaginario de lo posible, que les permitió soñar en hacer eso que se cree, que estimuló a una banda de amigxs en un garaje a imaginar destinos posibles.
“Queremos sentir esto; hablar como reparación, escucharnos, abrazarnos. Hacemos cosas por obligación, sabemos que el mundo funciona así, pero la vida que queremos es esta”.
¿Cómo es eso que quieren? “La autogestión como construcción de un universo poético, estético, diverso, sabiendo a quiénes se le dice no, y con quiénes se construye comunidad. Indio promovió una pedagogía de los afectos y enseñó a hacer cosas entre la gente de manera amable. Cuidarnos, pensar, emocionarnos con la belleza de una obra. Lo logró porque siempre hizo lo que quiso. Por él conocimos gente preciosa y de eso se trata la vida”.

Cuando el fuego crezca, quiero estar allí. Fotos: Juan Valeiro/lavaca.org
LA POLÍTICA
Fijate de qué lado
de la mecha te encontrás
El Indio también abonó una autogestión de la política, en términos de cómo sembrar conciencia, y ver de qué lado de la mecha estás ante las injusticias. Tal vez sentirse ricotero sea más profundo y genuino que los discursos y poses que reinan hoy en los medios, las redes, en mucho de la política partidaria.
El motor fue la poesía. El Indio fue y sigue siendo un gran poeta que caló hondo al hacernos imaginar que había otro mundo posible, sensible, un código que te cambia la vida una vez que te entra: eso también es política.
Bel, Agus y Luce dicen que lo autogestivo se sostuvo tanto tiempo por ser una postura clara.
“El Indio se plantó”, resumen, y ese verbo les lleva a una analogía también poética: “Como una vegetación que crece y no para de crecer”.
LA ECONOMÍA
El lujo es vulgaridad, dijo,
y me conquistó
La misa era y es mucho más que un recital. Algo difícil de asimilar si se mira desde el desconocimiento y el prejuicio.
Natascha, alias Pochi, empezó a escuchar Los Redondos en La Tablada. Su papá tenía una parrilla frente al cementerio israelita y allí pasaba ella su adolescencia, entre el tango paterno y el rock que le pedían los clientes.
Ahí empezó a sentir a Patricio Rey. Hoy tiene 36 años y desde los 20 solo faltó a dos recitales, cuando quedó embarazada y al siguiente, porque su hijo era bebé.
Aquel bebé se llama Patricio, hoy tiene 12 años y lleva un buzo negro con cinco letras blancas en el pecho y el corazón: INDIO.
Acompaña en la fila a su mamá –o su mamá lo acompaña a él– para despedir al quien inspiró su nombre.
Dice Pochi:
“Lo que siempre primó en los recitales es ese espíritu de cooperación entre todos, entre los que tenían un mango para ir y quienes no. Algunos podían bancar la entrada, pero no la comida, otro ponía para el asado, para el pan, otro hacía un budín. Todo colaborativo, en equipo, dividiendo gastos. La esencia era compartir la ceremonia más allá del recital, que era la excusa”.
¿La excusa para qué?
“Para reunirnos con gente que no conocías, pero con el mismo espíritu”.
Otro dato económico/humano/etcétera: en los recitales nadie se quedaba sin entrar. El que podía sacaba la entrada; el que no, sabía que entraba igual porque no se cortaban los tickets. Había un acuerdo implícito: comprar la entrada era bancar a la banda, un sostén directo al artista, sin intermediarios.
La autogestión en su máxima expresión: colectivización de recursos y nadie afuera.
EL CUIDADO
Cuidemos el culito,
nadie lo va a cuidar por nosotros
La cosa era simple: si estaba la policía había conflicto. Si no, era una fiesta: nadie provoca, reprime ni mata.
La previa y el show fluían bajo un autocontrol. La policía presionaba con sus métodos perversos para que Los Redondos transaran en pagar sus servicios. El Indio se arriesgó a revolucionarlo todo dejando de tocar en la capital del país tras el asesinato de Walter Bulacio, que tenía 17 años cuando fue al recital de Obras Sanitarias el 19 de abril de 1991. A cuadras del estadio fue detenido por la Policía Federal. Cinco días después falleció como consecuencia de un traumatismo de cráneo.
En la despedida/celebración del Indio fue obvio dónde estaba el problema: ni en la banda, ni en la gente. No hubo fuerzas de inseguridad, ni conflicto: el viernes en Plaza de Mayo, el domingo en el funeral donde alrededor de un millón de personas caminamos durante 20 horas con paciencia, sin empujarnos, sin colarnos, sabiendo que todas, todos, todes, íbamos a poder llegar, como había asegurado la familia.
Donde hubo incidentes fue en el Obelisco el sábado, porque así lo quiso la Policía de la Ciudad que reprimió el duelo.
El Indio ya lo había imaginado:
Ensayo general,
para la farsa actual;
teatro antidisturbios…

El lujo es vulgaridad, dijo, y me conquistó. Fotos: Juan Valeiro/lavaca.org.
LA MÚSICA
Donde hay dolor,
habrá canciones.
El velatorio del Indio fue un reflejo. Como en cada previa de un recital, había grupitos que cantaban por ahí, otros agitaban por allá, en una cuadra sonaba Todo un palo, en otra Un poco de amor francés, más allá Jijiji alentaba al pogo, o volvía la nostalgia con Había una vez.
Martín (50) es ricotero desde los 12 años y celebra haber visto al Indio con sus dos hijos.
“Cada recital es un encuentro gauchesco, incluso esta despedida: unos cantando, otras saltando, otros sentados, otras charlando. Con una enseñanza ricotera: vivamos. A vivir, que son dos días”.
Agrega:
“Las misas son convivir con lo que somos. Esta es nuestra historia, de clase baja o media, la mayoría somos esto. Este movimiento de masas fue porque el Indio siempre estuvo atento a lo que pasaba”.
Podría decirse: un oído en la música y otro en lo que le pasaba y le pesaba a su tribu.
EL AMOR Y LA PALABRA
Si no hay amor
que no haya nada, entonces
Lo que vimos, escuchamos y sentimos en toda esta historia es que el pueblo tiene un corazón enorme y que ama mucho. Lo que le mostró –mostramos– al Indio es puro amor. Lo que parecía aplacado, desbordó convertido en emociones, en abrazos, en convivencia. Eso genera esperanza en una época digitalizada y virtualizada. Abre un camino y anuncia una grieta. No la grieta del lugar común, sino una por donde se ve la luz en este país hecho pedazos. Un intersticio que ilumina algo: no todo está perdido, ni todos estamos perdidos.
Hubo una marea lúcida. Mucha gente no hipnotizada ni atontada, capaz de describir situaciones que enfrentamos diariamente y de las que la música nos salva o nos ayuda a vivir menos peor.
Hubo capacidad de explicar con sencillez ideas complejas sobre cultura, política, poesía, rituales.
Un cruce entre lo sublime y lo crudo.
Una posibilidad de desahogar un dato: acá estábamos, acá estamos.

EL DESAHOGO
Con los puños en alto deseando
al final hacer la revolución
con una canción de amor
Alguien como el Indio es un catalizador de emociones que no se explican ni se interpretan, sino que se sienten.
Un pibe del conurbano decía que el Indio lo salvó de estar preso o muerto, porque le dio a su rebeldía un sentido. Y gracias a eso, una vida mejor para su familia.
Chicos y chicas así son o tendrían que ser protagonistas principales protagonistas de un cambio real y posible.
Repasar entrevistas al Indio permite intuir que nos la pasamos escuchamos demasiados streamings y mucho menos a este ricotero exquisito que deja en off side tanto embrutecimiento, tanta estupidez, tanto patetismo. En esa fila eterna para despedir a un artista, en esa multitud hilvanada paso a paso que canta, llora y se abraza desde la sensibilidad y la inteligencia, tal vez está la genética de lo por venir, de otros modos de ser y estar en este mundo.
La muerte del Indio quizás abre un camino.
Tal vez sea el último bondi.

EL FUTURO
Este asunto está ahora
y para siempre
en tus manos
Lo autogestivo representa pensamiento propio, independencia, gestión, autonomía como símbolo de salud, capacidad de crear y organizar con otras personas, cooperativismo y no competencia, soberanía de las neuronas y del corazón, romper cadenas, liberar la alegría, desobedecer absurdos, desrobotizar la existencia. Seguir cantando.
Sostener lo autogestivo en el tiempo, incluso o sobre todo en proyectos liderados por una voz, una referencia, un dios de una religión difícil de encasillar, necesita de una mirada larga, aun presagiando la ausencia de ese líder.
Eso edificó el Indio con Los Fundamentalistas.
El último recital donde él estuvo presente fue el 11 de marzo de 2017 en Olavarría, con más de 300 mil fieles, dos personas que murieron por asfixia y el parkinson en avanzada.
La autogestión nunca cesó porque partía de un método, una forma de producción ya conocida año a año, recital a recital.
El proceso que ahora perdura con Los Fundamentalistas pasa por ahí. No en el sentido de repetir las mismas canciones, sino incluso producir otras, pero siempre desde el ejercicio del encuentro y por fuera de la lógica del mercado: el desafío será seguir sintonizando con la gente.
Nada menor. Nada imposible si seguimos regando la calidad en los vínculos.
El velorio colectivo sin ni un conflicto, fue un primer paso en la era D.I. (después del Indio).
Su obra alcanza y sobra para continuar el legado.
Así lo quiso, con Los Fundamentalistas tocando con él en holograma, en video, en imágenes, sin cuerpo, con el poder siempre renacido de la imaginación y del entusiasmo.
El futuro llegó hace rato.
Y parece que está en nuestras manos.
Habrá que ver qué hacemos con la autogestión de nuestros sueños.

MU214
Nina Suárez: Ser de luz
Una expresión de la nueva generación que se gana un lugar en la música a fuerza de ideas y talento. Publicó el disco El lado oscuro, donde enfrenta algunos fantasmas y ausencias familiares y amorosas, acaso dos versiones de lo mismo. Lo hizo con un power trío que se suena todo. Ella compone, canta y toca la guitarra de una manera conmovedora que remite a su madre, Rosario Bléfari. Breve semblanza de una artista capaz de brillar con la oscuridad.
Por Franco Ciancaglini

Ganó Milei, y es de noche. La casa está vacía; la pareja se fue, mamá ya no está. Nina duerme sobre una alfombra gigante que ocupa casi todo el living, obsequio de un amigo. A su alrededor, una botella de whisky y restos de una noche agitada, de rap hasta la madrugada y preguntas que todavía no encuentran respuesta…
Tal vez ahí y así haya empezado el segundo disco de Nina Suárez, El lado oscuro. Una pieza exquisita que habla de la separación, la soledad, la muerte, la familia, los deseos que no terminan de encajar con la realidad y la sensación de que ciertas emociones, postergadas durante años, finalmente llegaron todas juntas. Y salen a borbotones de la garganta y la guitarra de Nina.
Dirá ella, generación 2001:
“Ahí me di cuenta de que estaba sola. En realidad no estoy sola, pero estaba sola familiarmente o con respecto a mi vieja, y no me había caído esa ficha. Cuando me quedé sola, sola, sola, en mi casa sola… Me había quemado la mano haciendo salchichas a las tres de la mañana porque estaba viviendo así, sin orden. Y en esa época empezaron a salir todas las canciones más oscuras”.
Nina acaba de cumplir frescos 25 años y siente que está entrando en otra etapa. No habla -solo- de la música: habla de la ropa limpia, de tener comida en la heladera, de barrer la casa. De aprender a ocuparse de sí misma. Lo cuenta riéndose pero también con una convicción que parece recién descubierta: “Tener 25 es otra cosa, es como ajustarse los botines” define magistralmente. “Ya no quiero estar más en el ‘uy, no hay nada para comer’ o ‘uy, no limpié’. Quiero estar al tiro con todo. Tener la ropa limpia. Ser una buena ama de casa de mí misma”, bromea.
Esa mezcla de humor, observación cotidiana y reflexión inesperada atraviesa toda la charla. Y así, una anécdota sobre lavar los platos deriva en una teoría sobre el tiempo; una película infantil termina convertida en una discusión sobre la industria musical; un perro dormido en el subte dispara una reflexión sobre la soledad…
Porque para Nina todo parece estar conectado con todo, tal vez porque esa frontera entre el arte y la vida está borroneada naturalmente; desde su madre, sí, pero también como su madre, su vida es una obra de arte en sí misma; una obra de arte que acapara la totalidad de una vida de alguien que vive para dar.
Al igual que su madre, además de tocar, Nina actúa. Además de escribir canciones, se graba a ella misma, y está aprendiendo a filmar. Tiene varias películas en su haber, y obras de teatro, dos discos, decenas de escenarios en decenas de ciudades. Y ya empezó a cruzar la frontera hacia Chile y Uruguay. Pero vamos por partes.
Motorizada
Cuando cumplió 18 años hizo el CBC de Diseño de Imagen y Sonido en la UBA. Duró poco. En simultáneo comenzó a tocar sola, a actuar en una obra del Teatro Sarmiento y a descubrir que había una vida posible fuera de los recorridos tradicionales:
“Cuando empezó a pasar eso dije: chau, no quiero hacer más nada. Esto está buenísimo”.
Se refiere al recorrido artístico.
La obra era Recital Olímpico. Ella interpretaba a Nadia Comaneci, la mejor gimnasta de la historia; justo ella, que se define como “una de las personas menos deportivas de la historia”.
Ese trabajo terminó siendo decisivo por una razón inesperada: una noche fue a verla Santiago Motorizado, líder de Él Mató, que luego le escribió para invitarla a protagonizar un videoclip de su banda.
Allí fue.
El rodaje era en La Plata. Y aunque en ese momento nadie podía saberlo, ese viaje iba a ser algo más que un cambio en la agenda o un un laburo para agregar en el cevé.
“Filmamos en un día pero me quedé todo el fin de semana. Me dijeron: quedate, vamos a hacer un asado. Después había una feria de comics. Después otra cosa. Y de repente entré en un nuevo grupo de amigos. Mi primer grupo de amigos de la vida real post secundaria”.
Desde entonces Nina empezó a ser parte no de una escena musical, sino de una especie de nueva familia de la que son parte los motorizados y otras bandas como 107 Faunos, Bestia Bebé y en general las del sello Laptra, con el que años más tarde sacaría su primer disco Algo para decirte.
Sin embargo Nina no los define ni como amigos ni como un sello, sino como una pandilla. Es decir: un grupo de personas que comparten música, fechas, comidas, viajes, salas de ensayo y una determinada manera de entender la vida y la música. “Me sentí instantáneamente parte de esa pandilla. Me adoptaron”.
La palabra tampoco es casual. Mientras esa familia elegida crecía, la familia biológica atravesaba algunas transformaciones profundas.
Su madre y su padre ya estaban viviendo en La Pampa. Después llegó la pandemia. Después, la muerte de Rosario. Su padre se quedó allí. Y desde entonces Buenos Aires empezó a parecerse a un territorio cada vez más solitario.
La música ya venía de sangre y maduró a partir de los platenses.
Porque Nina no estudió conservatorio ni tuvo una formación tradicional; aprendió como aprenden muchas bandas de esa escena independiente: tocando.
“Me enseñaron a tocar, era full escuela de rock. Me llamaban para una fecha y tenía que aprender mil temas. Se puede decir que aprendí tocando con amigos”.
La consecuencia de esa educación sentimental y musical es una ética muy particular que incluye concebir la música como un trabajo en el que subirse a un escenario es fundamental:
“Hay algo del oficio del músico” que es tocar, tocar, tocar, tocar. Es la única forma de mantenerse”.
La autogestión aparece así no como una consigna sino como una práctica diaria. Nina lo ilustra así:
“Mi principal herramienta de trabajo es el auto. Gracias al auto podemos llegar a otros lugares. Todo sale de ahí. Las cuerdas, los cables, el merch, las púas. Todo se sostiene porque la rueda sigue girando”.
Nina va donde nadie recomienda ir. Toca donde no parece conveniente tocar. Vuelve una y otra vez a los mismos lugares hasta construir algo.
“Nosotros hacemos Rafaela. Hacemos Venado Tuerto. Hacemos Necochea. Capaz otra banda te dice que hagas una sola fecha grande en la ciudad principal y que la gente viaje. Nosotros vamos. Vas una vez y hay tres personas. Después cinco. Después ocho. Y así”.
Nina se entusiasma no como quien cuenta una fórmula ni un secreto, sino una experiencia que la atraviesa a flor de piel. Con lo bueno, y con lo oscuro de ello.

Dark side
El disco El lado oscuro nació de un proceso largo que pone a Nina en contexto de líder de una banda.
Si bien “las primeras canciones ya estaban desde antes de grabar el primer disco (temas como El lado oscuro, Querido chico, Adónde), todo el resto vino después. Refleja los años de tocar con la banda”. Y así suena.
Cuando habla de esos años no se refiere solamente a la música. Habla de una transformación más amplia que implica pasar de la soledad al círculo platense, a empezar a ser responsable de otras personas. De entender que una banda también es una organización afectiva, y un proyecto que debe sostenerse. Que además de canciones hay viajes, fechas, dinero, compromisos, expectativas y problemas que resolver. Un auto que arreglar.
“Empezar a ser líder de un proyecto tiene una responsabilidad laboral y emocional. En un punto se despersonaliza tu figura porque estás todo el tiempo pensando qué les pasa a los demás. A los otros integrantes, tratando de mantener todo unido, equilibrado”.
Algo de esa experiencia también se terminó colando en las canciones. No como una crónica literal, sino como una forma nueva de mirar: la adolescencia había quedado atrás y las preguntas empezaban a ser otras.
“Hay veces que no te podés enredar en sentimentalismos. Hay que decidir. Hay que avanzar. Estás cerrando cosas con gente, comprometiéndote a viajes, a shows”.
La cosa se puso seria porque va en serio, no como una pérdida de alegría, sino como la conciencia de que crecer implica hacerse cargo de algunas cosas. Tal vez ya no alcanza con improvisar siempre. Era hora entonces de mirar de frente el lado oscuro, emociones que habían quedado suspendidas durante años.
La muerte de la madre aparece de manera fragmentaria a lo largo de toda la conversación, más bien como una presencia que atraviesa distintos recuerdos y que parece explicar algunas cosas mucho tiempo después de haber ocurrido.
El lado oscuro parece construirse exactamente ahí: en el intento de entender qué hacemos con las ausencias. Qué inventamos para llenarlas. Qué historias nos contamos. Qué deseos proyectamos sobre otras personas.“Todo tiene una consecuencia. Empecé a ahondar en eso. Ahondar, ahondar, ahondar. Y ahí empezaron a salir todos esos temas”.
Cuenta que durante ese período se enamoró fugazmente de una chica que tocaba en una banda. Era de Mar del Plata. Su madre también era de Mar del Plata. Hoy la anécdota le resulta casi evidente, pero en aquel momento no.
Nacía la canción Esos barcos, una de las perlitas del disco.
Nacía Tiburón, otra canción increíble de desamor, seducción y trucos.
El proceso del disco cruza esta forma de vida de vivir la música y las preguntas sobre el amor, el desamor y las ausencias.
¿Por qué queremos algunas cosas? ¿Por qué insistimos con ciertos proyectos? ¿Por qué nos hacemos la peli?
Algunas respuestas llegaron a través de fotos familiares guardadas en cajones. Fotos de Mar del Plata. Fotos de los abuelos. Fotos de una historia que parecía pertenecer al pasado pero que de repente empezó a dialogar con las canciones, porque Nina empezó a asociarlas como en una especie de constelación.
Si una canción hablaba de amor, la imagen podía ser una fotografía de su abuela en la playa. Si una canción hablaba de una pérdida, la respuesta estaba en otro recuerdo familiar. Como si la experiencia individual fuera apenas una puerta de entrada hacia algo más amplio.
“Ya ni siquiera se trataba sobre mí. Se trataba sobre todo”.
El lado oscuro no funciona como un diario íntimo, sino tal vez como una especie de investigación sobre los vínculos familiares, sobre las herencias invisibles, sobre los deseos que vienen de antes de que uno exista y siguen insistiendo muchos años después.
Por eso la tapa del disco no es un simple recurso visual, sino el Hotel Llao Llao donde trabajaban sus abuelos…
Por eso el manifiesto que acompañó la edición terminó siendo tan intenso como las canciones. Unas palabras escritas por Nina que pueden leerse en la página de LAPTRA y que ella reparte como fanzine en sus shows.
Y que tiene pasajes como éste:
“Es común asociar al miedo con lo desconocido, pero El Lado Oscuro es sobre lo cercano, sobre lo familiar. Lo que uno lleva consigo inevitablemente. No es oscuro por ser maligno, es porque no se ve. Como la genética, la crianza, el trauma que se entrelaza tierna y devastadoramente con el mundo exterior. Es en la incertidumbre de no saber si el peligro real está afuera o dentro nuestro donde se anida El Lado Oscuro. En esa franja. No tiene forma y no se nombra. No es un monstruo. Es una sombra adherida a lo que somos. Lo que se transmite entre generaciones y está en todos nosotros”.
Ahí aparece otra vez la misma idea.
En la oscuridad, una verdad.

Meteora
Al momento de la entrevista Nina está obsesionada con dos personajes entrañables: Rocky y Meteoro.
Acaba de ver la versión de las hermanas Wachoski de Speed Racer, donde se refleja la historia del joven Meteoro que se enfrenta a la corrupción de las carreras y a los rivales más despiadados. Todo a bordo de su poderoso Mach 5, construido por su padre.
“Lo veía y pensaba: me respira esto. Hay algo ahí que me hace acordar mucho a la industria musical”.
A Nina, que maneja un auto, la conmueve no la velocidad ni la historia de superación. Lo que la conmueve es la pelea entre dos maneras de entender el mundo: esta idea de que por un lado están las corporaciones, los patrocinadores, las estructuras que organizan el negocio. Y del otro, alguien que insiste en hacer las cosas a su manera.
“Hay un momento donde el malo le dice: no existen los buenos pilotos, está todo arreglado. ¿Qué vas a cambiar? ¿Te pensás que vas a salvar algo manejando un auto?”.
Lo dice entre risas pero no es una broma.
Porque la respuesta puede ser sí.
Una parte importante de la entrevista está atravesada por la conciencia de que la industria cultural existe y está ahí. Que detrás de los festivales, de las giras, de los escenarios grandes y de las carreras exitosas hay una enorme cantidad de trabajo invisible. Personas negociando, armando contactos, consiguiendo oportunidades, moviendo piezas.
“En algo el malo de Meteoro tiene razón”.
Nina lo dice como alguien que empezó haciendo música desde un circuito completamente autogestionado y de a poco fue descubriendo de reojo que existe otro mundo paralelo, donde aparece una distancia con ciertas ideas sobre el éxito que circulan hoy en la música. “Si hablás con alguien que no tiene idea de nada, la imagen que tiene de un músico oscila entre pensar que no existís o pensar que sos rico”.
La frase, de nuevo, la hace reír pero también resume una incomodidad. Entre esos dos extremos desaparece algo que para ella es central: el oficio.
“No necesitamos una productora para hacer muchas cosas. Tenemos amigos. Es escribir y decir: che, armamos algo”.
Asegura ella, que parece estar a punto de cruzar a esa franja.
No hay ansiedad en su progresión; Nina maneja con paciencia y con la confianza de quien entiende que las cosas importantes suelen construirse lentamente y con el corazón.
“Hay que tratar de estar preparado”.
¿Y qué significa estar preparado?
“No sé. Supongo que tratar de ser honesto”.
Nina no habla de estrategia ni de marketing.
“Quiero tratar de ser lo más honesta posible. No tener miedo de decir la verdad”.
La frase parece simple.
Y aplica a todo: a las canciones, a los vínculos, a las decisiones, a los límites, al trabajo, al amor.
“Quiero esto. Quiero ir para acá”.
Maneja Nina, que va escuchando a Iorio cuando lo cita:
“Como dijo Ricardo: con la verdad para adelante”.
Epílogo
Nina vio estas pelis gracias a que acababa de descubrir un cine escondido en la calle Florida. La historia de esa sala ocupa apenas unos minutos de la conversación, pero funciona como una especie de epílogo involuntario.
Un espacio cinematográfico en un edificio medio vacío.
Películas proyectadas por amor al cine. Gratis.
Una comunidad improvisada. Rocky. Meteoro.
“Apenas entré sentí que era joven”. Dirá ella, que empezó y terminó hablando de la edad y de la madurez pero en realidad habla de sensación, de esa energía que aparece cuando algo vuelve a sorprenderte. Porque sí: todavía existen lugares y películas y artistas por descubrir. “Y cuando salimos del cine estábamos tan felices que nos pusimos a correr por Avenida de Mayo”.
La imagen es hermosa.
Como si fuese parte de otra película.
Corren los créditos mientras Nina completa que, si bien durante años creyó que sólo quería tocar, que no necesitaba nada más, que la música podía ocupar todos los espacios, ahora también piensa:
“También quiero ser feliz”.
Eso a veces no implica abandonar la música, ni la búsqueda, ni el tocar, tocar, tocar.
De hecho, está grabando en su casa y planea ¡un disco triple! Uno de rap, uno con su banda, y uno de ella solista…
Significa que tampoco se olvida del resto: invitar a un amigo a comer. Preguntarle cómo está. Visitar a la abuela. Ir al cine. Correr por la ciudad.
Intentando entender este mundo raro mientras avanzamos.
Con dudas, con contradicciones y con canciones.
Y sobre todo, con la verdad para adelante.
MU214
Mundo Chueco: Jorge Romero, sacerdote de Ciudad Oculta
Es cura en Ciudad Oculta. Lo llaman «Chueco». Todos los miércoles acompaña el reclamo de jubilados en el Congreso, donde aguanta los palazos y el gas pimienta. No cobra la asignación de la Curia, sino que vive de su trabajo como obrero y albañil. Una “camicharla” entre los murales del barrio: qué hacer con la vida, Bergoglio, el Indio, el peronismo, y una lista de cosas importantes.
Por Sergio Ciancaglini

Aparece como desde la nada con su bicicleta, levanta una mano para hacerse ver y luego nos acompaña por el laberinto de un barrio de nombre inquietante para quien no lo conoce: Ciudad Oculta.
Vamos saludando a la gente, lo que en mi barrio casi nadie hace, y yo tampoco.
El hombre cuenta algo curioso: se ha propuesto no hacer cosas importantes ni vistosas en su vida.
Reconoce que busca a Dios.
“Medio que se esconde. No se deja encontrar mucho. A veces viendo las injusticias, uno dice, ¿qué le pasa a Dios, que está mirando para otro lado y no a los pobres? Es como un reclamo, ¿no? Como decirle: dale amigo, en algún momento tirá un centro para este lado”.
Su nombre secreto es Jorge Romero.
Todos lo conocen como el cura Chueco, sacerdote que hace 25 años decidió renunciar a la asignación económica mensual de la Curia. Desde entonces sus tareas religiosas son ad honorem, y vive de su trabajo como obrero y albañil. Aunque en estos tiempos, se sabe, el trabajo se ha puesto metafísico: no se deja encontrar mucho.
Le sonríen unas vecinas que salieron con sus sillas al pasillo a buscar algo del sol que medio que se esconde.
El hombre lleva gorra y anda de civil.
Embroma diciendo que el barrio, de tan urbanizado, hoy parece del primer mundo.
Nombre oficial: Villa 15.
“Para mí es parte de Mataderos” aclara desafiando a los mapas de la Ciudad Autómata que ubican a Ciudad Oculta en Villa Lugano.
Hasta los años 70 el barrio de Mataderos se llamaba Nueva Chicago, como el club verdinegro que concentra las mayores dosis de fe y devoción de la zona.
La historia del nombre es misteriosa.
El barrio nació con las familias que trabajaban en los mataderos y hacían sus ranchos cerca del Arroyo de la Sangre, como llamaban al Cildáñez por el que fluían las consecuencias del matadero.
Hace cien años había una curtiembre que tapaba las primeras casas de la villa.
Hace medio siglo el intendente militar porteño de la dictadura Osvaldo Cacciatore ordenó levantar unos muros para que quienes fueran a la cancha de Vélez durante el Mundial 78 no vieran la villa, que quedó etiquetada para siempre como Ciudad Oculta.
Su edificio emblemático era el Elefante Blanco, proyectado para ser el hospital más grande del país, fue abandonado tras el golpe militar de 1955 y pasó a albergar a cientos de familias sin techo y a grupos no muy apegados a la ley, tema de una película de 2012 de Pablo Trapero en la que Ricardo Darín hace de cura.
El Elefante fue demolido en 2018, reemplazado por un levemente fantasmal “Ministerio de Desarrollo Urbano y Hábitat” porteño.
En uno de los pasillos del laberinto está la casa de Chueco, que él llama “el rancho”.
Abre la puerta, entra la bicicleta.
Allí armó “el santuario rejunte” que reúne al Gauchito Gil, una Virgen de Luján sin pintar y otra pintada, una foto del Che Guevara, imágenes de San Juan Diego (primer santo indígena del continente), una Virgen de Guadalupe, San Cayetano, una foto del fallecido sacerdote Rodolfo Ricciardelli (miembro histórico de los Sacerdotes para el Tercer Mundo y nombre actual de la Villa 1-11-14), un mate que le regalaron en Jujuy, una foto de Carlos Mugica, un cáliz, una patena –el recipiente para las hostias–, una foto de sus padres “que están en el cielo”, una pequeña lámpara de aceite porque no consigue velas, la imagen de Silvia De Rafaelli, desaparecida en 1977 que le regalaron en una marcha.

En la pared se ve también a la Madre Teresa y al obispo Enrique Angelelli, asesinado por la dictadura.
Contra sus deseos de no participar en cosas importantes ni vistosas, Chueco tuvo notoriedad en estos tiempos por una imagen ganadora de un premio internacional tomada por el fotógrafo Tadeo Bourbon que muestra cómo el cura, un hombre engañosamente frágil, enfrentó y resistió al menos a unos seis prefectos nacionales (no confundir con perfectos nacionales) que intentaban meterlo preso durante la represión a una marcha de jubilados, mientras él les informaba:
—Me van a tener que matar.
Spoiler: no lo mataron, no lo atraparon, y la foto se convirtió en un símbolo de resistencia, titulada La Argentina de Milei. En lugar de intentar zafar Chueco fue dejándose llevar empujando a su vez a los prefectos y girando hasta que cayó con cuatro de ellos. Razona: “Es usar la fuerza del enemigo en favor propio”.

LOS SUPERHÉROES
«¿Vamos a caminar por el barrio?», propone este hombre clase 1965, cuatro hermanas mayores. Mamá María Margarita era ama de casa y le leía cosas del Evangelio, y papá Jorge Andrés era agrimensor de Vialidad Nacional. Vivían en Constitución, Buenos Aires, y se movilizaban en un escarabajo.
“Mi viejo no era peronista pero era muy de San Martín y Rosas. Yo era amigo de los más chicos de los Abal Medina (familia católica y peronista). En verano me mandaban a lo de mi abuela a General Pintos, cerca de Junín. Ahí conocí a grandes y chicos que trabajaban en el campo y fueron mis superhéroes. Martín, Jorgito, el Negro, Don Pedro, Huguito, el Lito. Yo quería ser como ellos, que domaban, hacían alambrados, afilaban los cuchillos con piedras, criaban animales, vacunaban vacas, jineteaban ovejas. A los 6 años ya ensillaba caballos y montaba. No me importaba Batman, ni ser empresario, ni tener plata. Ellos eran mi modelo, y eran peronistas. Aprendí a valorar esa sabiduría que no viene de la universidad ni del estudio sino de la vida”.
El niño Jorge se enganchó a los 15 en Acción Católica. “Coordinaba para llevar chicos a jugar al fútbol, iba a hospitales, a conventillos, preparábamos juegos pero también la idea era hablar de algo más: los sacramentos, esas cosas. Empecé a rezar un poco y un día le dije al curita que estaba allí, Guillermo Rodríguez Melgarejo que después fue obispo de San Martín, que estaba pensando entrar al seminario. Me contestó: esperaba que lo dijeras”.
En el seminario Jorge jugaba al fútbol de 4. “En un partido uno me dijo ‘Chueco’, y me quedó el apodo para siempre”. Su función era como tantas cosas que intenta actualmente: detener ofensivas rivales, raspar si hace falta, aguantar el pressing, ir al ataque asociándose con sus compañeros, patear al arco si se puede, tirar centros (como los que le reclama a Dios) buscando un cabezazo eficiente y/o milagroso.


Foto: Juan Valeiro / lavaca.org
LA CARA DEL PAPA
Ya había descubierto algo: “Para mí era obvio que Dios estaba en los pobres. Así que quería ir a vivir a una villa, hacer cosas por los demás. Cuando empecé como cura, mi confesor o director espiritual o llamalo como quieras, era Jorge Bergoglio, que era arzobispo. Pero resulta que me mandaron a la parroquia San Pantaleón en Mataderos, y yo quería venir a Ciudad Oculta. Lo llamé a Bergoglio para que hiciera algo, pero me dice ‘no sé, llamalo a Guillermo’. Yo me guío por la lealtad, y dije: bueno, listo. Nunca más lo llamé ni fui a verlo a Bergoglio. Una boludez, pero preferí correrme. Y de San Pantaleón me vine directamente para aquí, a Nuestra Señora del Carmen, la capilla de Ciudad Oculta. La única instalada sobre un pasillo en una villa”.
Más allá de la desobediencia, siguió viendo a Bergoglio en las fiestas patronales del barrio.
“Estaba siempre con gesto adusto. Le pedíamos que cambiara la cara y él decía que estaba rezando. También le pedíamos que se jugara un poco más por los pobres, los inmigrantes, los desalojados. Contestaba: ‘Con los medios no hablo’. Por uno de esos desalojos, en Villa La Dulce, en 2001, con un grupito de cuatro curas renunciamos a cobrar la asignación de la Curia porque veíamos que la Iglesia no se definía frente a eso y la gente decía: nos transaron. Habían puesto a un cura que terminaba negociando con el gobierno de (Aníbal) Ibarra. Nosotros quedamos en el medio y ahí dijimos: no queremos más esa plata de la Curia, como si fuese plata de sangre. También ahora uno pide que se jueguen. Sería lindo verlo a García Cuerva (arzobispo porteño) acompañando una marcha de jubilados”.
Bergoglio fue elegido Papa en 2013. “Se transformó totalmente” se asombra Chueco. “Antes andaba con cara de orto, perdón, yo hablo mal, y ahora desparramaba sonrisas por el mundo. Dije: O le cayó el Espíritu Santo y lo convirtió, o se dio cuenta de que tenía que cambiar. Eso sí, como Papa fue Maradona, el mejor, una bisagra en la historia. Venía del fin del mundo, como él decía, pero también venía de las villas”.
Chueco ya había hecho otra elección, incorporándose a los Curas en Opción por los Pobres, garantía de que jamás le va a faltar algo que hacer.
NUEVA CHICAGO
La camicharla (como decía el economista Pablo Levin) va serpenteando entre murales de homenaje a Chicago y a chicos muertos de Ciudad Oculta.
Cuenta Chueco sobre Danilo Barreto: “No se le desarrollaron las piernas, andaba en silla de ruedas, creó una radio, le enseñó ajedrez a los chicos de la villa, estaba en el Instituto de Formación Villero y en el Centro Recreativo, en sus cumpleaños se juntaban 500 personas en la canchita de fútbol al lado de su casa. No podía caminar pero volaba. Tuvo infecciones urinarias y se murió en el hospital”.
El velorio fue presidido por la barra de Chicago llevando en andas el ataúd por Ciudad Oculta.
Frase de Danilo pintada en la pared de su casa: “Que mi forma de vivir te recuerde que los límites solo provienen de la cabeza, en esta vida la actitud hace la diferencia”.

También hay murales de Seba, Thiago, Tito, otro Tito y Lucas: “A él lo mató un vecino, a él lo encontraron muerto, a él lo mató otro pibe de un tiro, a él no me acuerdo”. Al lado de la cancha de césped sintético, en una caja de cristal, está la Virgencita de Chicago con la camiseta del club.
Chueco aprendió todos los trabajos de construcción: “Parrilla, tronco, base de columna, encofrado, losa, revoque, pintura, levantar paredes, poner desagües, caños de agua, de gas, hacerte la cloaca. El trabajo físico me gusta, y más en grupo. Es una manera de estar con otros, y también una forma de espiritualidad”.
Nos cruzamos con Omar, más conocido como Púa, panadero de Ciudad Oculta, que pinta su aldea: “En 2011 la cosa estaba mejor que ahora. Yo llegué a hacer 10 bolsas diarias de 50 kilos, 500 kilos. ¿Sabés cuánto amasé hoy? 30 kilos de harina. En un momento éramos 10 trabajando. Hoy estoy solo porque no me da. Es lo único que tengo para mi familia”.
No lo dice quejándose, sino descriptivo. Mensaje a Chueco: «A ver cuándo venís, chabón».
En el camino el cura dice: “Así estamos todos. Hace un rato, a las 3 de la tarde, comí unos fideítos: almuerzo merienda y cena”.
Se ríe: nunca se sabe cuánto poder tiene la gente capaz de reírse pese a todo.
Agrega: “Me pasó un par de veces de ver familias que comen a las 6 de la tarde. ¿Cenan temprano? les digo. No, es el almuerzo y la cena. A los comedores están viniendo a pedir comida personas que antes eran las que te donaban”.
QUÉ QUERÉS HACER CON TU VIDA
Nos cruzamos con Ayrton y con Simón, del centro cultural Casa Villera. “Chicos como ellos son los que van a transformar el mundo” anuncia Chueco. Ayrton narra que armaron una cooperativa de trabajo que hace obras de albañilería por toda la ciudad.
“Trabajamos con pibas y pibes que tienen problemas de consumo. Tenemos la cuadrilla Perón para obras y la cuadrilla Evita para hacer indumentarias a pedido. Mostramos que los pibes pueden no ser delincuentes ni adictos. Tienen acompañante terapéutico y todo parte de una pregunta: ¿qué querés hacer con tu vida?”.
Ayrton plantea dos cosas mientras ordena tarros de miel Abejita Nacional para vender: “Soy peronista, y tenemos un pensamiento muy crítico hacia la política”.
Sobre política partidista dice Chueco: “¿Cristina presa y Macri suelto? Vamos: me parece que hay varios que tendrían que estar más presos que ella”.
Sobre el gobierno: “Viven en otro mundo, el enemigo es la persona jubilada, discapacitada, enferma, el que tiene cáncer, los nenitos enfermos. Quieren que la gente se muera. Que no exista ni moleste más. Todo lo que no produce plata hay que matarlo, que desaparezca. Es muy evidente, cualquiera se da cuenta. Por eso rompen el trabajo. Los varones somos limitados, si no tenemos trabajo no les podemos dar nada a los que queremos y nos destruyen: no podemos amar ni dar. Las mujeres tienen más capacidad de armar otras formas de amar”.
Mira hacia adelante: “Igual el problema no es Milei, el verdadero problema son los que están atrás sosteniéndolo”.
¿Y qué pasó para que termine existiendo un gobierno así? “No se escuchó a la gente, a los que todos los días están. A estos pibes como Ayrton les sigue pasando, por eso descreen de la política que es chiquitaje. Cuando ganaron Alberto y Cristina fue porque Macri hizo todo mal. No fuimos tan buenos como dijimos, ni volvimos mejores. Y ahora es parecido: si Milei pierde es porque nos está haciendo mierda a todos. ¿Pero nosotros qué hacemos? No veo qué se hace. Lo que sí veo es la enorme capacidad de la gente para juntarse, cocinar algo en la esquina, cagarse de risa pese a todo, estar con los demás si hay que sufrirla. ¿Sabés qué? No ser anónimos. Aquí todos nos conocemos. Todos somos alguien. Y ese es un gran poder”.
Seguimos caminando y Chueco cuenta: “El tema de la droga le pasa a gente que antes hacía tortas fritas, y ahora tiene que subsistir vendiendo lo que sea. Pero en grande es algo que viene desde arriba, para que la gente esté anestesiada y no transforme la realidad. Si a la gente le das la oportunidad, te cambian el país. Es lo que no quieren, por eso bajan fierros, balas y droga. Así que olvídate, está todo planificado y regenteado por el poder y las fuerzas de seguridad. Acá habrás visto varios policías en motos, poniendo cara de tigre, pero desde siempre todo lo manejó la brigada 48 y todos lo sabíamos. Dale amigo: ¿vos estás todo el día en la calle y no sabés nada? El antídoto de todo esto lo van a ir encontrando los pibes que tienen una capacidad enorme para transitar entre la muerte y la vida. Para estar en el infierno, y después ser luminosos”.
Le pregunto al constructor: «¿Y cómo se construye en lo social?»
“Te decía que no hago cosas importantes y vistosas –un hogar, un evento– porque entonces vienen y te quieren llevar a que las hagas en otro lado. Y yo quiero estar en el barrio viviendo con la gente. Mi lista de cosas importantes es hacer repulgues de empanadas para las ferias, inflar globos en los cumpleaños, acompañar en las malas al que está roto, construir hermandad, amistad, compañerismo, construir familia, ser leal, cumplir la palabra. No sé si se entiende. Es tomar partido todo el tiempo. Yo sufrí el desprecio en carne propia por vivir aquí. Entonces tomo partido por la gente con la que no solo elijo vivir sino con la que aprendo y comprendo”.
EL NO-INFIERNO
El cura albañil logró permanecer en el barrio, con la expectativa de que Dios levante la cabeza y tire un centro para este lado.
Haciendo –sin esperar– esa construcción de cosas no importantes-no vistosas, que son las mismas que se hicieron visibles últimamente tras la muerte de un indio, poeta y cantor de las ciudades ocultas que decía “si no hay amor, que no haya nada”, o “cuando la noche es más oscura se viene el día en tu corazón”.
Dice Chueco: “Lo conocí al Indio por los pibes de acá, porque lo sentían cercano no solo por las canciones sino por su cabeza y corazón. Son esas cosas de lo popular que se viven como un tesoro. Lo que hizo la gente al despedirlo fue un agradecimiento por mirar para este lado”.
Se emociona, y calla.
Caen el sol y las preguntas: ¿habrá ciudades que no sean ocultas? Y esta multitud que no forma parte de las farándulas y apareció con el alma partida ante la muerte de un poeta, ¿es gente invisible?
¿Habrá quienes no se resignen a los sucesivos ocultamientos de las vidas que laten en los laberintos?
Otro poeta llamado Ítalo Calvino imaginó hace mucho Las Ciudades Invisibles. No había estado cerca del Arroyo de la Sangre. Pero describió algo de lo que construyen en una conmovedora batalla cotidiana vecinas y vecinos como Chueco y tantas personas de tantos lugares que no son invisibles ni son ocultos.
“El infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio”.
MU214
Femicidio de Lucía Pérez: la década perdida, y el tejido social que sigue vivo
“Estamos como el día 1”. La frase de Marta Montero, la madre de Lucía Pérez, la joven asesinada en 2016, abarca desde que denunciaron que dos narcofemicidas habían abusado y asesinado a su hija hasta hoy, dos juicios después, con la impunidad que sigue consagrada. El caso motivó el Primer Paro Nacional de Mujeres y ahora Marta, enfermera desde siempre, tomó la decisión de estudiar abogacía. La injusticia como una tortura para las familias y la lucha como un tejido social vivo en Mar del Plata, con un centro cultural, un bachillerato y un movimiento que sigue adelante.
Por Evangelina Buccari

El 8 de octubre de 2026 se cumplirán diez años del femicidio de Lucía Pérez. Una década de marchas, expedientes, juicios anulados, cambios de carátula, condenas que bajan, recursos, apelaciones y una familia obligada a aprender el idioma de la justicia para intentar sobrevivir al horror.
“Estamos en el punto del comienzo”, sintetiza Marta Montero sobre el estado de la causa por el femicidio de su hija, que tenía solo 16 años cuando fue asesinada en Mar del Plata. Un crimen tan cruel que despertó el primer paro de mujeres en Argentina.
Marta habla suave. No levanta la voz, pero cada frase tiene firmeza, también mucho cansancio. Pide “un poco de paz” para su familia. Y remarca ese “un poco”, porque, aclara: “La paz completa no la vamos a tener nunca, porque Lucía no va a estar más con nosotros”.
En todos estos años dejó de ser solamente enfermera y mamá. Empezó a estudiar derecho para entender expedientes y resoluciones. Aprendió a lidiar con fiscales, jueces y abogados. También, a reconocer cómo funciona el sistema judicial que, según denuncia, revictimizó a su familia una y otra vez.
Junto a su marido, Guillermo Pérez, mecánico; y su hijo, Matías, tuvieron de algún modo que dejar de ser quienes eran para poder dedicarse a seguir, paso a paso, el caso de Lucía.
La reciente audiencia de cesura, que redujo la pena del principal condenado, Matías Farías, por el cambio de carátula de femicidio a violación agravada, y la libertad condicional de Juan Pablo Offidani volvieron a colocar el caso en el centro de la discusión pública.
Pero para Marta detrás de todo esto hay algo más profundo: insiste en nombrar el crimen de su hija como un “narcofemicidio”. Y en esa palabra hay una definición política, judicial y, también, social. Algo que con el abogado querellante Juan Pablo Gallego vienen intentado dejar en claro en cada intervención.
—Marta, después de estos años de lucha, ¿en qué punto está hoy la causa de Lucía?
—La verdad, estamos en el punto del comienzo. Esto ha sido una tortura, una tortura hacia una familia, una tortura del Estado. Y cuando digo Estado, digo Ejecutivo, Judicial y Legislativo. Hablo de todo lo que como familia hemos tenido que padecer. ¿Por qué digo que estamos como en el comienzo? Porque llevamos diez años luchando por la muerte de una hija en el peor contexto. Y cuando digo Estado, hablo desde el comienzo. Cuando a Lucía la captan, ¿dónde estaba el Estado cuidándonos si había narcos vendiendo en la puerta de la escuela como si nada? Si eso no es abandono, díganme qué es. Y así llegamos a hoy.

—Hace unos meses, un fallo de Casación cambió la figura de femicidio por la de violación agravada. ¿Cómo impacta en el expediente?
—En una audiencia de cesura se le bajó la condena a Farías a 23 años. El Tribunal le dio 17 años y lo unificó con los 8 que tenía por tenencia de estupefacientes. El paso que sigue es que la fiscal de Casación, Daniela Bersi, apele esta sentencia y vaya, como nosotros, por la figura de femicidio.
La fiscal de Casación no defiende ni a Marta ni a Guillermo, ella defiende esa figura como pueblo. Cree que lo que le pasó a esa joven, que hoy es Lucía pero podría ser cualquier otra, fue un femicidio, y va a luchar por eso. Por el mismo pedido nosotros ya tenemos un recurso aceptado en la Corte Suprema. Por ahora, tenemos que terminar con esos pasos, esperar, y si es necesario, después seguiremos en otra instancia. Vamos a seguir hasta lo que corresponda por la lucha por Lucía.
—Varias veces te preguntaste irónicamente: ¿si esto no es femicidio, cómo lo llamamos?
—El fiscal Carlos Altuve fue el que llevó la causa como femicidio y fue un gran fiscal, que logró que se anule el primer fallo y se haga otro juicio. En ese primer momento era como que Lucía se había muerto no sé cómo, porque los tipos solo habían sido condenados por vender droga. Es más: en todos los recursos, las apelaciones y las sentencias nunca se dice que no hubo violencia de género. En todos los casos afirman la violencia de género.

—¿Confiás en que este nuevo Tribunal de Casación pueda revertir esa decisión?
—La palabra confianza ya es muy grande. Si vos me decís si creo, después de diez años, te lo dejo en suspenso, porque la verdad es que ya ni respuesta tengo.
—¿Qué impacto tiene para ustedes que Farías tenga hoy una condena menor?
—Es perverso. Cualquiera te puede matar, hacer lo que quiera con vos, y no pasa nada. Pensá todo lo que se le ha hecho a esta familia. Pero, además, va más allá de nuestra familia. Porque si a vos te pasa algo, contá con que no tenés ni justicia. Eso es lo más cruel del sistema: tener que dejar toda tu vida de lado para dedicarte a esto. Y siempre es poco. Es tan siniestro este camino, tan siniestro, y nosotros, en medio de todo este caos, hacemos lo que podemos, porque hasta las defensas que hemos tenido han sido de lo peor. Pero si no podés confiar en la justicia, ¿en quién confiás? ¿Cómo hago? ¿Cómo me defiendo si no entiendo nada?

—¿Por esto empezaste a estudiar derecho?
—Sí, para poder entender. Porque para mí son inentendibles muchas cosas. Y eso es un gran sacrificio, otro reto en la vida. Pero no es justo. Yo no busqué esto. Busqué estudiar para ser enfermera, trabajar en la salud, llevar una vida tranquila con mis hijos, con mi marido, con mi familia. Y tuve que terminar luchando para defender a una hija.
—¿Qué es lo más difícil de atravesar en todas estas instancias judiciales?
—Lo más difícil es cuando dicen “vamos a mirar para adelante”. Claro, porque la niña de 16 años no es la tuya. Y el perverso negocio que ya está plantado en Mar del Plata es lo que hace que se lleven a una mujer para trata, que la maten, que le hagan lo que quieran. Es tan perverso que te lo van a dar vuelta, te van a hacer posible que la culpable fue Lucía, que la familia no sé, no estaba; o que como Lucía tenía una vida en familia, tenía una vida buena, pues la culpa la tiene ella, porque el otro no tuvo todas esas oportunidades.
Quieren hacer pasar a los reos como dos personas “desclasadas” de la vida. Estamos mandando un mensaje muy equivocado. Si vamos a decir que un niño que no tuvo oportunidades puede ser un asesino, un violador, un torturador, un narcofemicida o puede vender droga, estamos mandando un mensaje erróneo a la juventud.
—¿Por qué es importante hablar de narcofemicidio?
—Porque un narcofemicidio es muy diferente de un crimen de género común. Si vos mirás las estadísticas de las chicas asesinadas por narcos, las condenas son estas: les bajan las penas o terminan saliendo. Habrá mucho poder, mucho dinero, para descifrar esto. Porque de otra manera no lo podés entender.
—Hoy Juan Pablo Offidani sigue en libertad condicional. ¿Qué pasa con esa situación?
—Nosotros apelamos, el Ministerio Público Fiscal también, y la Cámara resolvió que este tipo tiene que volver a la cárcel. Pero eso lo tiene que decidir el Tribunal Oral N° 2, de Mar del Plata, que fue el que lo condenó. Mientras, vive a 30 cuadras de mi casa, no cumplió la condena y está libre. No está con una pulsera ni nada. Puede salir y entrar cuantas veces quiera. El tipo es un peligro. Hay peligro de fuga y también peligro de que nos haga algo a nosotros. Esto más allá de que hay repudio social, los vecinos no quieren un narco, un asesino al lado de su casa. Pero mientras se resuelva, tenemos que esperar.
—¿Se sienten acompañados por la gente?
—La gente ha estado siempre, y eso es lo más sano y lo más agradecido. La gente sabe la verdad. Y los medios también estuvieron siempre. Siempre nos acompañaron en los peores momentos. Imaginate si acá no hubiese habido nadie más que nosotros. Olvidate.
—¿Qué sería para ustedes sentir que finalmente hubo justicia para Lucía?
—Poder seguir con nuestras vidas. No estar todo el tiempo al sobresalto, pensando en la causa, desvelándote a la noche. Que haya justicia es tener un poco de paz. Un poco, porque paz completa no vamos a tener nunca, porque Lucía no va a estar más con nosotros.
Y en términos concretos de la causa, justicia sería que se confirme el femicidio, que se confirme la condena a perpetua para Farías y que Offidani vuelva a la cárcel y termine de cumplir los 15 años.
No pedimos más que justicia y piedad para una familia devastada con la muerte de una hija.

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