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Moscú era una fiesta

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El festejo en Moscú del segundo triunfo consecutivo de Rusia desde Mu Mu, una famosa cadena de comidas.

Por Ariel Scher desde Moscú

DIEGO ARTEM DZYUBADONA tiene al estadio quieto, a los televisores quietos, al país quieto. Tiene quietos a todos pero el que no persiste quieto es él. Y, como no está quieto, define fenómeno, sacude al estadio, sacude a los televisores y sacude al país porque con su gol, un bello gol, Rusia lleva a tres su cuenta frente a Egipto y se asegura la victoria en un Mundial que futboliza lo que no estaba futbolizado y provoca que millones de banderitas y de banderas azules, blancas y rojas flameen como ni sus flameadores imaginaban que iban a flamear.

Moscú era una fiesta

Foto: Sebastian Smok


Sin confusiones. Hay que creer o reventar y, en esa opción, siempre lo peor es reventar. Artem Czyuba, delantero potente, grandote y carismático de la selección local, es Diego Armando Dzyubadona en la voz de Vladimir Stognienko, que en el Canal 1 trabaja como uno de los relatores de fútbol más famosos de la tierra que cobija al Mundial 2018. Lo llama así un poco porque esa fue la sugerencia con ecos maradoneanos que bien le hicieron y bien recibió de dos periodistas argentinos, Matías Varela y Galo Fernández y otro poco porque Dzyuba, una de las figuras del 3 a 1 con el que los rusos se impusieron a Egipto para golpear casi con seguridad las puertas de los octavos de final del torneo, subordinó los últimos tiempos de su carrera, inclusive soslayando ofertas seductoras, a construir su oportunidad de jugar el Mundial. Desde los suburbios laboriosos de la Moscú que no enfocan las cámaras internacionales hasta la muy mirada Plaza Roja, Dzyuba todavía no proyecta asociaciones colectivas con los cracks de la historia de la pelota pero integra un conjunto que promueve que los rusos canten por el fútbol, bailen por el fútbol, se diviertan por el fútbol y pronuncien un millón de veces el nombre de su patria tambien por el fútbol.
Eso ocurre, por ejemplo, en uno de los Mu Mu, una famosa cadena local de comidas, en el que Sergey y Nicolay, dos con gorros rusos, dos con gargantas rusas y dos con abrazos rusos, celebran cada acción valiente de sus jugadores rodeados de otros que, como ellos, devoran piroshki (algo así como empanadas de carne), tragan grieshka (trigo sarraceno) y acompañan la expectativa y la digestión con cerveza y con cerveza. En el barrio Frunzeskaya, a diez minutos del Centro, a dos estaciones de subte del estadio Luzhniki donde el Mundial fue inaugurado, gente choca las palmas con las palmas de gente que no conoce, chicas y chicos que hasta hace una semana abandonaban cualquier escena de fútbol por una brevedad de hockey sobre hielo o por una brevedad de casi cualquier otra cuestión describen el estilo de su selección y, sobre todo, expanden alegría.
Moscú era una fiesta

Foto: Sebastian Smok


¿Será que la alegría es más grande cuando nadie espera la existencia de la alegría? O, menos genéricamente, ¿será que tan mal venía Rusia que ganar dos partidos y meter ocho goles se volvió, por ahora, el gran acontecimiento deportivo del Mundial? ¿Será que, aunque esté concebido como megasuceso económico y social, el Mundial de fútbol requiere de la fuerza del fútbol para adquirir tono, vitalidad, cierto ardor? ¿Será que el Mundial es más Mundial si, además de Mundial, consigue ser nacional para los que sienten o se convencen de que los muchachos que corren con los colores de una nación representan, en una medida difusa pero intensa, a la nación?
¿Será por eso que en otro bar, a cuadra y media de la Ópera de Moscú, una mujer desparrama uno, dos, tres, cuatro suspiros cuando las cámaras que toman el partido en San Petersburgo trasladan hasta Moscú y hasta los sitios codiciados y olvidados del planeta al rostro de Stanislav Cherchésov, el entrenador de Rusia? «Es muy bonito», detalla cuando se le solicita que fuerce su inglés y justifique los suspiros. Sobre gustos hay mucho escrito, acaso es sobre lo que más hay escrito, pero nada de lo escrito ubica a Cherchésov, arquero durante muchas temporadas y director técnico con incursiones en Austria y en Polonia, como paradigma estético de la época. Lo que puede el éxito: el compañero de la dama suspirante, sintético pero sublime, añade: «Hace una semana cenábamos en casa y ella decía que este hombre no servía para nada».
Moscú era una fiesta

Foto: Sebastian Smok


Rusia es suelo sobre el que Himno Nacional se entona con fuerza reconocible. Aun asumiendo esa fuerza, ¿siempre tendrá tanta como la que resuena en bares, en esquinas, en comercios y en otros espacios en los que la vida se transforma en Himno porque Rusia comienza a jugar? «Patria es la selección de fútbol», entendía el crack de Albert Camus en otros tiempos menos globalizados y «golbalizados (el término es del sociólogo Sergio Villena Fiengo). En Rusia, por mil razones la patria es muchísimo más que eso y se define por profundidades a las que el fútbol ni se arrima. Sin embargo, el fútbol y la patria tiran paredes acompasadas en estas jornadas que no parecían posibles en el palabrerío conjetural que abunda en torno del show de las canchas.
En su libro La pirámide invertida, que es una historia de la táctica en el fútbol, el periodista Jonathan WIlson asevera: «Si hay un único hombre que pudiera proclamarse el padre del fútbol moderno, es hombre es Viktor Maslov». De Moscú, entrenador que para cada dirigido funcionaba con el apelativo de «Abuelo», Maslov fue un innovador de unas cuantas cuestiones del juego, aunque muchos eruditos del mismo juego desconozcan su apellido porque murió hace 41 años o porque era ruso y, en su tiempo, soviético. Los jugadores de Maslov resaltaban su manera en que los arengaba. «Hoy tienen que ser fuertes como leones, rápidos como ciervos, ágiles como panteras», los impulsaba. Ninguno lograba todo eso pero el tipo los conmovía hasta dejar el alma en el césped. Los once rusos que salen al campo y los millones y millones de rusos que los miran correr y patear transcurren horas en las que parecen oír a cada instante la propuesta del Abuelo Maslov. No se puede vaticinar hasta cuándo y hasta dónde funcionará el eco del eco de ese mensaje. Pero mientras dure, mucha Rusia festeja y festeja.

Machismo a la rusa

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¿Por qué miramos fútbol?

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¿En el fútbol se apoya a equipos moralmente íntegros? ¿La pasión se decide políticamente? La escritora y dramaturga sueca América Vera-Zavala envió a lavaca desde Malmö estas reflexiones a partir de sus días y noches (poniendo el despertador a las 3 de la madrugada) para seguir con sus hijos a la Selección argentina, de la cual la familia es hincha. Una idea sobre el Mundial, pese a la derrota final y los desvelos: “Igual fue lindo”.

Por América Vera-Zavala

¿Por qué miramos fútbol?
Imagen de 2018, en Malmö. La escritora y dramaturga sueca América Vera-Zavala con camiseta de Atlanta (y el Nunca Más) y sus hijos Ernesto, Bartolina y Camilo.

Apenas termina la final del Mundial, mi hija se ha dormido y mis hijos están furiosos. Estoy en la cama cuando recibo un mensaje de Claudia, mi mejor amiga en Buenos Aires. Escribe: «Igual fue lindo». Las mismas palabras había pensado segundos antes.

Igual fue lindo.

Antes de seguir adelante e intentar reinventar la vida después del Mundial, hay algunas cosas sobre las que quiero reflexionar, preferiblemente en compañía de otros.

Una pregunta que quiero hacerme a mí misma y a ustedes es: ¿Apoyan a equipos que consideran moralmente íntegros? ¿El equipo que apoyan es una decisión política, o su elección de equipo complica sus posturas políticas?

Todo el fútbol es político, al igual que todo el teatro. Todo es político. Al mismo tiempo, todo está sujeto a cambios, y el fútbol sin duda ha cambiado en los últimos 20 o 30 años. Este Mundial se derramó de política, y tal vez me puso a la defensiva, lo que me llevó a reflexionar más de lo habitual sobre el papel del fútbol en nuestras vidas.

En una escena de El secreto de sus ojos, la película que le valió a Argentina el Óscar a la Mejor Película de Habla No Inglesa en 2010, se busca a un asesino. El detective, interpretado por Ricardo Darín, está convencido de que el sospechoso aparecerá en un partido de fútbol. Como dice su colega: Puedes cambiarlo todo: cara, casa, familia, novia, religión, Dios; pero nunca podrás cambiar tu pasión.

Durante la Copa del Mundo, vi publicaciones en redes sociales de personas que decían apoyar al equipo de Pedro Sánchez frente al de Milei. Otros escribían que apoyaban a España porque representaba una victoria moral. Había argumentos expresados ​​con elocuencia para cambiar de equipo basándose en motivos políticos.

¿Pero es realmente esa la razón por la que vemos fútbol?

¿No es la elección del equipo al que apoyar algo fundamentalmente irracional? ¿No nace de factores totalmente ajenos a las posturas políticas?

He alentado a la Selección argentina desde que tengo memoria. No sé cuándo empezó, pero estoy convencida de que nunca terminará. Es, además, el único equipo de fútbol capaz de ponerme nerviosa, hacerme llorar, llevarme a realizar pequeños rituales y hacerme gritar de alegría. No tiene nada que ver con la política. Muchas veces he intentado situar ese sentimiento en un contexto político –dar una explicación racional a algo irracionalmente emocional– pero el fútbol siempre es algo más.

En la película Buenos Aires 1977 (o “Crónica de una fuga”), hay una escena en la que dos hombres están en la cocina de una casa que sirve como centro clandestino de tortura. Escuchan un partido de fútbol por la radio. Cuando Argentina marca un gol, se abrazan. Uno es torturador; el otro está siendo torturado. Uno es el verdugo del otro. Y, sin embargo, ahí está ese abrazo apasionado.

Es una escena desgarradora, cargada de múltiples perspectivas. Pienso en ella hoy porque refleja cómo el fútbol me hace perder la cabeza. Hace apenas unas semanas, me encontré en un bar, fundida en un abrazo apasionado con un completo desconocido cuando Argentina empató 2-2 contra Egipto. Cada cuatro años pierdo la cabeza, y cada vez la sensación es igual de extraña. ¿Cómo es posible que me conmueva tanto un grupo de hombres corriendo con el objetivo de meter un balón en el arco? Es inexplicable.

Al mismo tiempo, veo a gente a mi alrededor haciendo lo mismo cada semana por un equipo inglés con el que no tienen una conexión, salvo que estarían dispuestos a dar la vida por él. O por un equipo de “Allsvenskan” que les genera frustración y euforia a partes iguales, en las buenas y en las malas, y en Suecia, generalmente en el frío.

Quizás el fútbol, ​​más que una elección política o moral, sea una forma de escapar de la realidad. Una forma de olvidar, por un momento por qué se debería luchar políticamente.

Pero también es algo más. El fútbol une a la gente para crear una nueva bandera para el próximo partido. Hace que la gente viaje largas distancias, cante al unísono y comparta la alegría con completos desconocidos. Al mismo tiempo, impulsa a la gente a cometer actos atroces. Abarca tanto lo feo como lo bello.

Una breve nota al pie: Claudio Tamburrini –cuya historia personal sirvió de base para Buenos Aires 1977, obra sobre un centro de torturas clandestino durante la dictadura argentina– se exilió posteriormente en Suecia. Actualmente es filósofo e investigador en la Universidad de Estocolmo. Y mira fútbol.

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Para quienes la ven de lejos

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por Claudia Acuña

Para la gente amiga que mira esto desde lejos, ya sea porque habita otros puntos del planeta o porque se aísla en el laboratorio virtual: ustedes motivan estas líneas escritas con el corazón en la boca en tiempos que nos obligan a escupir latidos.

Si hablamos estrictamente de la Copa del Mundo, tras el partido semifinal entre Francia–España quedó claro –hasta para mí que no sé nada de fútbol– que estábamos ante un desafío insuperable: cómo jugar contra un rival entrenado para que no puedas jugar. Había entonces que enfrentarse a un equipo sin delanteros brillantes porque está integralmente dedicado a construir un muro para que nunca puedas patear al arco. No encuentro mejor manera de definir la situación política argentina: es tan literal que impacta.

Hay que reconocer que a lo largo de nuestra historia en muchas oportunidades el fútbol –con sus gambetas y anti héroes– nos señaló líneas de fuga, horizontes o como prefieran llamarlo. A mí me gusta pensarlo como ventanas: esas que cuando abrís te renuevan el aire.

En esta ocasión el primer soplo emergió del funeral del Indio Solari, músico, poeta y símbolo de una tradición cultural autogestiva que mostró en ese adiós su poder real, más popular y más profundo que cualquier otro lustrado con el aparato corporativo. El antecedente no es caprichoso: la música del Indio estuvo presente desde el primer minuto de este Mundial, acompañando imágenes y mensajes relacionados con la selección nacional, como parte de la construcción de su identidad. Algunos hicieron notar la paradoja, ya que se extraían del under a la cima las herramientas capaces de crear un vínculo emocional masivo y eficaz. Para fundamentarlo prejuicios sobran: los jugadores son millonarios, se dan la mano con Trump, viven en otros mundos, pero le musicalizan sus mensajes con cumbias o el Indio para que los algortimos lo hagan circular en loop. Lo siguiente, sin dudas, es que la construcción de esas idolatrías sirva para vender más zapatillas y más comida chatarra. O algo peor.

Fue entonces cuando quiso el gobierno aprovechar la distracción Mundial para lograr la sanción de una Ley de Defensa de la Propiedad Privada –si: en esta tierra en la que se recuperaron centenas de puestos de trabajo al grito de Ocupar, Resisitir Producir– especialmente dedicada a favorecer y regalar el territorio argentino a capitales extranjeros. Quiso también invitar por decreto a las corporaciones globales al festival de explotación marítima de petróleo en el Atlántico de Mar del Plata. Y quiso, de paso, regular para peor la ya escandalosa Ley de Reforma Laboral, logrando algo que parecía imposible: perjudicar aún más la negociación por la actualización salarial.

Pero estamos en Argentina y lo que siguió lo determinó la pelota partido tras partido, hasta llegar al enfrentamiento con Inglaterra, simbólicamente convertida en la madre de todas las batallas de la actualidad.

Fue entonces cuando ganamos nuestro propio Mundial, con media sábana y unos brochazos de pintura negra que alertaron “Las Malvinas son argentinas”, frase bordada con declaraciones a la prensa por parte de varios integrantes del equipo y afirmadas con moño por el Capitán Messi, al dedicar el triunfo a las muchas personas que en Argentina “la están pasando mal porque no tienen trabajo ni llegan a fin de mes”. El director técnico, Lionel Scaloni, fue quien entregó en público el presente durante su conferencia de prensa:

“Estos jugadores son como indios”, definió

“Se han criado en condiciones extremas y no le temen a nada”.

Ajá.

Indios, como Solari y también como aquellos ancestros que resistieron ayer y como estos contemporáneos que sobreviven hoy enfrentando día tras día, partido tras partido, dificultades extremas.

Fue entonces cuando, en pocas horas, la tela pintada a mano por un grupo de amigos se fue convirtiendo en varias cosas.

Primero se convirtió en trapo escondido en los testículos para eludir el control policial.

Luego, el trapo se convirtió en bandera para agitarla en la tribuna.

Después, la bandera se convirtió en saeta para arrojarla a la cancha y la saeta se convirtió en mensaje que descifra de un vistazo un jugador de fútbol.

Finalmente, el mensaje se convirtió en trofeo que se levanta frente a la tribuna, las cámaras de televisión, los teléfonos celulares, el corazón social de Argentina.

Ajá.

Eso que llamamos política es exactamente esto: millones reflejados en medio metro de tela, el punto de encuentro entre un pueblo y su exacta representación.

Luego de aquel partido inolvidable –el único en el que el fútbol de la selección brilló– el tercer tiempo se jugó en las calles. La sociedad, en las de asfalto; las del poder, en las virtuales, tal como ordenan las ágoras vigentes. En unas, a puro baile y atrayendo multitudes; en otras a puro insulto –la calificación presidencial de “mono–neuronales” a los responsables de esos mensajes resonó menos vulgar que su tono habitual– y con escasa repercusión. Quizá para forzarla, el vocero presidencial –obligado sucesor de quien ahora está en riesgo de ir preso por corrupción– remarcó:

“El gobierno no coincide con esto de que la gente no llegue a fin de mes”.

“Esto” es Messi.

La consecuencia directa fue que El Senado de la Nación postergó el tratamiento de la Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada decodificando exactamente la dirección de los vientos que sacuden la actualidad política al agitar la palabra mágica “Malvinas”.

La otra la comprobaremos mañana miércoles cuando a la habitual ronda de jubilados y jubiladas se sume la CGT y el corte de uno de los puntos de conexión entre el conurbano con la Capital: el emblemático Puente Pueyrredón.

La noticia es que aquí la pelota está haciendo su juego, que ningún gobierno hoy representa a su sociedad, que cualquier símbolo puede transformarse en un emblema si se escucha el corazón social y que, tal como nos demostró este Mundial, no alcanza con esperar hasta el minuto final para saber si el resultado nos favorece: el partido es la eternidad. En tanto, en este campeonato, estamos aprendiendo cómo ganarle a un rival entrenado para no dejarte jugar.

El resto que circula es aire viciado por la intoxicación virtual: no olviden –y menos cuando el gobierno está en pleno diseño de su estrategia reelectoral– que se ha instalado en estas tierras el laboratorio del Dr. Thiel, especializado en extraer emociones para diseñar manipulaciones que faciliten los intereses corporativos sin consecuencias ni legales ni fiscales ni morales. A eso hoy lo llamamos inteligencia artificial.

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El corazón en la Copa

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Por Lucas Pedulla

Fotos en Buenos Aires Juan Valeiro/lavaca.org

Hay que hacerle caso a las entrañas, dice un amigo pasado el mediodía, y se puso a pintar una pared en su casa de Ensenada para colorear la ansiedad. Faltaban unas pocas horas para El Partido –nunca mejor llamado así, tanto por las referencias del general Lionel Scaloni en la previa para bajar los humos como por la película del mismo nombre de Juan Cabral y Santiago Franco sobre el Argentina-Inglaterra de 1986 que hay que ver y estudiar en escuelas–. Pero de partido, en realidad, sólo tendrá el pitazo inicial, más de noventa minutos, demasiadas emociones, un gol sufrido, dos goles celebrados hasta la afonía callejera, porque todo lo que rodeaba este Argentina-Inglaterra  –llamesé ansiedad, geopolítica, colonialismo o dolor– queda sintetizado en la bandera que Giovani Lo Celso despliega al final ante sus compañeros en la que se lee, pese a las prohibiciones de la FIFA y de la ministra del gobierno de Milei Alejandra Monteoliva: «Las Malvinas son argentinas».

Porque sí.

Porque de repente entiendo la taquicardia de mi mamá ante el zapatazo de Enzo Fernández. Porque de repente entiendo el llanto de mi papá, arrodillado frente a un mueble que sostiene un televisor, luego del cabezazo de Lautaro Martínez. Se cierra un círculo de cuarenta años, dice un amigo que cruzo en calles matanceras, ya de festejo, alguien que tenía 12 años cuando vio por televisión la Mano de Dios y el Mejor Gol de Todos los Tiempos en 1986, en México, y que hoy trae a la celebración a su hijo de 12 años, y me explica así esa taquicardia y esas lágrimas que tantas veces nos narraron como una película, desde las entrañas mismas, como una herida aún lacerante, por la memoria de un pueblo que sufrió tanto y hubo que reconstruir en muchas rondas, a los ponchazos, sufriendo, como este equipo mismo que llegó a la final.

El corazón en la Copa

Foto: Juan Valeiro para lavaca.org

Ojalá podamos concientizar soberanía, dice otro amigo desde las calles. Cerca, alguien escribió y abandonó un cartón que dice: «Saltemos mañana también. Se juega por la soberanía de nuestro país en el Congreso». La referencia es a la ley de inviolabilidad de propiedad privada que le allana el camino a la concentración y colonización de nuestras tierras.

El corazón en la Copa

Foto: Juan Valeiro para lavaca.org

Otro cartel es más borgeano: «Inglaterra la concha de tu madre».

Los excombatientes dijeron: «Los argentinos no somos una multitud reunida únicamente por una camiseta. Somos el resultado de una historia, de una educación, de una cultura y del sacrificio de generaciones que levantaron esta Nación con trabajo, sangre y esperanza. La identidad nacional no se suspende durante noventa minutos».

El corazón en la Copa

Afuera llueve y los bombos siguen.

¿Qué significan estas entrañas?

No tengo idea.

Pero hoy esa bandera en esa cancha sostenida por esos jugadores y en medio de esas prohibiciones resignifica el mito con el que nos criaron.

Ahora nos toca una responsabilidad hermosa.

Está en nuestras manos.

El corazón en la Copa

Foto: Juan Valeiro para lavaca.org

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