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Por una cabeza

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Cristiano Ronaldo volvió a vestirse de héroe, esta vez ante Marruecos, con el eco de un tango de Gardel y Lepera interpretado en el subte de Moscú.

Por Ariel Scher desde Moscú

ARINA SABÍA todo. Lo sabía con su violín y con su sonrisa. Lo sabía en la estación Leninsky del subte de Moscú, casi cerca del estadio Luzhniki, sede del partido entre Portugal-Marruecos, mientras turistas y no turistas la oían apurados para ir al fútbol y maravillados porque lo que sonaba era más que una maravilla. Lo sabía Arina, música y maga, prestidigitadora de futuros y de goles, crack de las cuerdas y de la intuición. Tocaba Arina, en Moscú, un tango. Hermoso tango: «Por una cabeza».
 
Por una cabeza y no por cualquier cabeza, como sabía la violinista subterránea Arina, se impuso Portugual a Marruecos nada más que 1 a 0, encaminó su tránsito en un Mundial que había comenzado con una igualdad con España, y celebró que esa cabeza, la del gol, es la de Cristiano Ronaldo. ¿Estaría Cristiano Ronaldo, siempre tan atento a lo esencial para vencer en la cancha, a los ecos de las cuerdas de Arina? ¿Se habría propuesto Cristiano Ronaldo desempolvar otro recurso de su repertorio goleador -había hecho tres goles con los pies en el debut- y por eso cabeceó la primera pelota que pudo cabecear, cuando el juego apenas asomaba? ¿Necesitaría Cristiano Ronaldo, tan señalado como exaltador de sus propios dones, mostrar que no había en este miércoles de Moscú nadie capaz de producir mejor música que él y, en consecuencia, invitó con su cabezazo a que parte del estadio gritara la música de un gol?
 
Quizás no inspirado por el famoso tango de Carlos Gardel y de Alfredo Lepera pero sí por la justeza para aprovechar desatenciones leves de la defensa adversaria, el delantero portugués demostró, una vez más, que le alcanza con un flash para desarticular planteos, resultados, cálculos. No es posible contar la historia que no se produjo. Sin embargo, buena parte de las más de 78.000 personas que poblaron las butacas del Luzhniki migraron rumbo a cualquier otro destino de la cautivante Moscú con la sensación de que la diferencia para que los portugueses se sepan acariciando los bordes de los octavos de final del torneo y los marroquíes (que habían caído con Irán en el estreno) ya tengan la certeza de que no llegarán a esa instancia fue que el goleador usaba una camiseta y no la otra.
 
Dominó Marruecos todos el segundo tiempo, dominó unos cuantos tramos de la mitad inicial. Dominó la pelota, las aproximaciones hacia los postes adversarios, la imaginación para hacer rodar la bola sobre el césped. Pero, de acuerdo con las síntesis de eruditos en fútbol que residen en más de un barrio, al fútbol se lo genera en el medio del campo pero se lo gana en las dos áreas. Marruecos fue mejor para los ojos y para el aplauso, pero fue peor en las áreas. En la que quiso vulnerar, el arquero portugués Rui Patricio respondió a lo grande; en la otra, la obra la escribió Cristiano Ronaldo.
 
Los marroquíes conmovieron por su búsqueda, por sus intentos para fabricar espacios moviendo la pelota con precisión y con velocidad y por las lágrimas con las que se despidieron de la multitud que les entregó cantos y apoyos de una punta a la otra de la tarde rusa. Amrabat y Ziyach desplegaron más fútbol que Bernardo Silva, el habilidoso socio que encontró poco a Cristiano Ronaldo. Nada bastó para nivelar el marcador. Cierto que tampoco bastó para que, en las adyacencias del estadio y luego en la Plaza Roja, los hinchas en derrota persistieran en regalarle a su equipo el reconocimiento por tanta búsqueda.
 
«Ya convirtió cuatro», resumió, sin necesidad de ir a pelear por un premio matemático, un periodista español que suele seguir las andanzas de Cristiano Ronaldo con el Real Madrid. La cifra impresiona. En el Mundial de Brasil, el goleador máximo fue el colombiano James Rodríguez, que metió seis, y en Sudáfrica 2010 hubo cuatro goleadores cumbres, con cinco conquistas cada uno. Al portugués que, desde luego, lidera la tabla de anotaciones en Rusia esos números le quedan muy cerca de sus contundentes botines y de su eficaz frente. En francés, en inglés, en la lengua que se lo requirieran, un marroquí que aún no lograba explicar la derrota, hablaba del señor que lo frustró con sólo un vocablo: «Bestia».
 
¿Arina, la violinista capaz de ver desde la música lo que va a venir en la historia, sabría que el público marroquí, tratando de defenderse de la potencia goleadora de Cristiano Ronaldo, le iba a cantar al portugués «Messi, Messi», una vez, dos veces o diez?
¿Sabría Arina, goleadora de las cuerdas, que el hombre del partido tendría una respuesta entre la simpatía y el desafío, sacando la lengua ante ese grito? ¿Sabría Cristiano Ronaldo, acaso sabio como Arina, que la cuestión no era tanto con él sino con el partido en juego, porque al cabo cuando Cristiano jugó la contra San Lorenzo la final del Mundial de Clubes ni un sólo marroquí le dijo nada?¿Sabría Arina, artista de la calle y de la vida, que Messi y Cristiano son el partido que en algún sentido está en todos los partidos de este Mundial?
 
Nadie dirá que Portugal le regaló a la historia un juego tan bonito como el sol o como las nubes de la Moscú de verano o una imagen de encantos como la de unos cuantos hinchas suyos que, a la consulta sobre Lionel Messi, plantearon que no comprenden por qué hay argentinos que lo critican tanto. Lo que se dirá de Portugal es que ya sueña con despegar lejos en el campeonato. ¿Hasta dónde? Todo lo lejos que Cristiano Ronaldo, rodeado sin lluvia de brillos, lo pueda impulsar.
 
Acaso lo sepa Arina, violinista y adivina, la tanguera rusa de «Por una cabeza, que seguro sigue haciendo música de maravillas en una estación de subte rusa mientras la humanidad, de nuevo, habla de Cristiano Ronaldo.
 

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