Sigamos en contacto

MUndial

Machismo a la rusa

Publicada

el

Así viven el Mundial las mujeres por las calles de Moscú.

Por Florencia Paz Landeira desde Moscú

LAS CALLES DEL CENTRO de Moscú se transformaron en la trastienda de los estadios oficiales. Como si se tratara de tribunas, sobre las paredes cuelgan banderas de países y de ídolos futbolísticos. Cada bandera, en una suerte de colonización callejera, demarca el territorio que le corresponde a las hinchadas. Luchadores mexicanos, vikingos islandeses, faraones egipcios, Messis argentinos se disputan su propio mundial bajo la infinidad de lucecitas que cuelgan en las peatonales. Los rusos parecen más asombrados con lo revolucionada que está su ciudad que con el torneo en sí y aprovechan el estado de excepción para empinar botellas de vodka en cualquier esquina.

Por una de esas peatonales, caminan dos mujeres rusas – es raro verlas en grupos más numerosos – maquilladas y vestidas como para una fiesta; así van todas, en cualquier lugar a cualquier hora. Tres varones de alguna parte de Rusia o del mundo pasan por al lado y les tocan el culo. Las rusas giran levemente la cabeza y siguen. Acá, en Moscú, no pasó nada.

Machismo a la rusa

Foto: Sebastian Smok

Los mundiales son probablemente los eventos que generan mayor exaltación de «lo nacional». Dos brasileños aleatorios que se cruzan por la calle se funden en un abrazo fraterno como si estuvieran compartiendo un frente de batalla. Mucho se ha escrito sobre el androcentrismo de la conformación de los Estados y sus ciudadanías, pero en estas calles se reinscribe de forma carnal el carácter masculino de la nacionalidad.

En el mismo movimiento las mujeres somos reubicadas como acompañantes – esposas, novias, hijas, madres -; los protagonistas son ellos. Sin embargo, a la salida del estadio del Spartak donde Argentina se enfrentó a Islandia corre un aire fresco. Se ven dos grupos de mujeres argentinas apropiándose del espacio y del evento. En la muñeca de una y en la mochila de otra se agita nuestra bandera: el pañuelo verde.

Machismo a la rusa

Foto: Sebastian Smok

En Moscú nos hospeda una mujer joven que se llama Olga. Es de origen ucraniano y se dedica al diseño de vestuario. Un día, salimos juntas del departamento para un trámite migratorio – «por seguridad», dice mientras revolea los ojos – y me pidió que la esperara un minuto. Olga se deshizo de los jeans y las ojotas para ponerse un vestido, zapatos, maquillaje y hacerse los rulos. No es la excepción. Un domingo por la tarde en el Parque Gorki es un desfile de tacos altos y vestidos de fiesta.
De vuelta en la principal peatonal moscovita, a las mujeres rusas las acosan hombres de todas partes del mundo, exaltados por la promesa de que acá «están las más lindas del mundo».

Machismo a la rusa

Foto: Sebastian Smok

En Argentina, el movimiento feminista está jugando su partido en el Congreso pero sabe bien que la calle es todo. Entre los principales triunfos se cuenta el haber logrado desnaturalizar lo que acá es cosa de todos los días. Que las mujeres problematicemos los roles, modos de lucir y de actuar impuestos para poder construir nuestra propia posición y punto de vista. Ha logrado también que a algunos varones argentinos que vinieron a Rusia les sorprenda tanto como a mí cuando vemos a un ruso arrastrar a su novia de la muñeca cuando en un boliche le quieren hablar.

El gol peor gritado de la historia de los mundiales

MUndial

¿Por qué miramos fútbol?

Publicada

el

¿En el fútbol se apoya a equipos moralmente íntegros? ¿La pasión se decide políticamente? La escritora y dramaturga sueca América Vera-Zavala envió a lavaca desde Malmö estas reflexiones a partir de sus días y noches (poniendo el despertador a las 3 de la madrugada) para seguir con sus hijos a la Selección argentina, de la cual la familia es hincha. Una idea sobre el Mundial, pese a la derrota final y los desvelos: “Igual fue lindo”.

Por América Vera-Zavala

¿Por qué miramos fútbol?
Imagen de 2018, en Malmö. La escritora y dramaturga sueca América Vera-Zavala con camiseta de Atlanta (y el Nunca Más) y sus hijos Ernesto, Bartolina y Camilo.

Apenas termina la final del Mundial, mi hija se ha dormido y mis hijos están furiosos. Estoy en la cama cuando recibo un mensaje de Claudia, mi mejor amiga en Buenos Aires. Escribe: «Igual fue lindo». Las mismas palabras había pensado segundos antes.

Igual fue lindo.

Antes de seguir adelante e intentar reinventar la vida después del Mundial, hay algunas cosas sobre las que quiero reflexionar, preferiblemente en compañía de otros.

Una pregunta que quiero hacerme a mí misma y a ustedes es: ¿Apoyan a equipos que consideran moralmente íntegros? ¿El equipo que apoyan es una decisión política, o su elección de equipo complica sus posturas políticas?

Todo el fútbol es político, al igual que todo el teatro. Todo es político. Al mismo tiempo, todo está sujeto a cambios, y el fútbol sin duda ha cambiado en los últimos 20 o 30 años. Este Mundial se derramó de política, y tal vez me puso a la defensiva, lo que me llevó a reflexionar más de lo habitual sobre el papel del fútbol en nuestras vidas.

En una escena de El secreto de sus ojos, la película que le valió a Argentina el Óscar a la Mejor Película de Habla No Inglesa en 2010, se busca a un asesino. El detective, interpretado por Ricardo Darín, está convencido de que el sospechoso aparecerá en un partido de fútbol. Como dice su colega: Puedes cambiarlo todo: cara, casa, familia, novia, religión, Dios; pero nunca podrás cambiar tu pasión.

Durante la Copa del Mundo, vi publicaciones en redes sociales de personas que decían apoyar al equipo de Pedro Sánchez frente al de Milei. Otros escribían que apoyaban a España porque representaba una victoria moral. Había argumentos expresados ​​con elocuencia para cambiar de equipo basándose en motivos políticos.

¿Pero es realmente esa la razón por la que vemos fútbol?

¿No es la elección del equipo al que apoyar algo fundamentalmente irracional? ¿No nace de factores totalmente ajenos a las posturas políticas?

He alentado a la Selección argentina desde que tengo memoria. No sé cuándo empezó, pero estoy convencida de que nunca terminará. Es, además, el único equipo de fútbol capaz de ponerme nerviosa, hacerme llorar, llevarme a realizar pequeños rituales y hacerme gritar de alegría. No tiene nada que ver con la política. Muchas veces he intentado situar ese sentimiento en un contexto político –dar una explicación racional a algo irracionalmente emocional– pero el fútbol siempre es algo más.

En la película Buenos Aires 1977 (o “Crónica de una fuga”), hay una escena en la que dos hombres están en la cocina de una casa que sirve como centro clandestino de tortura. Escuchan un partido de fútbol por la radio. Cuando Argentina marca un gol, se abrazan. Uno es torturador; el otro está siendo torturado. Uno es el verdugo del otro. Y, sin embargo, ahí está ese abrazo apasionado.

Es una escena desgarradora, cargada de múltiples perspectivas. Pienso en ella hoy porque refleja cómo el fútbol me hace perder la cabeza. Hace apenas unas semanas, me encontré en un bar, fundida en un abrazo apasionado con un completo desconocido cuando Argentina empató 2-2 contra Egipto. Cada cuatro años pierdo la cabeza, y cada vez la sensación es igual de extraña. ¿Cómo es posible que me conmueva tanto un grupo de hombres corriendo con el objetivo de meter un balón en el arco? Es inexplicable.

Al mismo tiempo, veo a gente a mi alrededor haciendo lo mismo cada semana por un equipo inglés con el que no tienen una conexión, salvo que estarían dispuestos a dar la vida por él. O por un equipo de “Allsvenskan” que les genera frustración y euforia a partes iguales, en las buenas y en las malas, y en Suecia, generalmente en el frío.

Quizás el fútbol, ​​más que una elección política o moral, sea una forma de escapar de la realidad. Una forma de olvidar, por un momento por qué se debería luchar políticamente.

Pero también es algo más. El fútbol une a la gente para crear una nueva bandera para el próximo partido. Hace que la gente viaje largas distancias, cante al unísono y comparta la alegría con completos desconocidos. Al mismo tiempo, impulsa a la gente a cometer actos atroces. Abarca tanto lo feo como lo bello.

Una breve nota al pie: Claudio Tamburrini –cuya historia personal sirvió de base para Buenos Aires 1977, obra sobre un centro de torturas clandestino durante la dictadura argentina– se exilió posteriormente en Suecia. Actualmente es filósofo e investigador en la Universidad de Estocolmo. Y mira fútbol.

Seguir leyendo

MUndial

Para quienes la ven de lejos

Publicada

el

por Claudia Acuña

Para la gente amiga que mira esto desde lejos, ya sea porque habita otros puntos del planeta o porque se aísla en el laboratorio virtual: ustedes motivan estas líneas escritas con el corazón en la boca en tiempos que nos obligan a escupir latidos.

Si hablamos estrictamente de la Copa del Mundo, tras el partido semifinal entre Francia–España quedó claro –hasta para mí que no sé nada de fútbol– que estábamos ante un desafío insuperable: cómo jugar contra un rival entrenado para que no puedas jugar. Había entonces que enfrentarse a un equipo sin delanteros brillantes porque está integralmente dedicado a construir un muro para que nunca puedas patear al arco. No encuentro mejor manera de definir la situación política argentina: es tan literal que impacta.

Hay que reconocer que a lo largo de nuestra historia en muchas oportunidades el fútbol –con sus gambetas y anti héroes– nos señaló líneas de fuga, horizontes o como prefieran llamarlo. A mí me gusta pensarlo como ventanas: esas que cuando abrís te renuevan el aire.

En esta ocasión el primer soplo emergió del funeral del Indio Solari, músico, poeta y símbolo de una tradición cultural autogestiva que mostró en ese adiós su poder real, más popular y más profundo que cualquier otro lustrado con el aparato corporativo. El antecedente no es caprichoso: la música del Indio estuvo presente desde el primer minuto de este Mundial, acompañando imágenes y mensajes relacionados con la selección nacional, como parte de la construcción de su identidad. Algunos hicieron notar la paradoja, ya que se extraían del under a la cima las herramientas capaces de crear un vínculo emocional masivo y eficaz. Para fundamentarlo prejuicios sobran: los jugadores son millonarios, se dan la mano con Trump, viven en otros mundos, pero le musicalizan sus mensajes con cumbias o el Indio para que los algortimos lo hagan circular en loop. Lo siguiente, sin dudas, es que la construcción de esas idolatrías sirva para vender más zapatillas y más comida chatarra. O algo peor.

Fue entonces cuando quiso el gobierno aprovechar la distracción Mundial para lograr la sanción de una Ley de Defensa de la Propiedad Privada –si: en esta tierra en la que se recuperaron centenas de puestos de trabajo al grito de Ocupar, Resisitir Producir– especialmente dedicada a favorecer y regalar el territorio argentino a capitales extranjeros. Quiso también invitar por decreto a las corporaciones globales al festival de explotación marítima de petróleo en el Atlántico de Mar del Plata. Y quiso, de paso, regular para peor la ya escandalosa Ley de Reforma Laboral, logrando algo que parecía imposible: perjudicar aún más la negociación por la actualización salarial.

Pero estamos en Argentina y lo que siguió lo determinó la pelota partido tras partido, hasta llegar al enfrentamiento con Inglaterra, simbólicamente convertida en la madre de todas las batallas de la actualidad.

Fue entonces cuando ganamos nuestro propio Mundial, con media sábana y unos brochazos de pintura negra que alertaron “Las Malvinas son argentinas”, frase bordada con declaraciones a la prensa por parte de varios integrantes del equipo y afirmadas con moño por el Capitán Messi, al dedicar el triunfo a las muchas personas que en Argentina “la están pasando mal porque no tienen trabajo ni llegan a fin de mes”. El director técnico, Lionel Scaloni, fue quien entregó en público el presente durante su conferencia de prensa:

“Estos jugadores son como indios”, definió

“Se han criado en condiciones extremas y no le temen a nada”.

Ajá.

Indios, como Solari y también como aquellos ancestros que resistieron ayer y como estos contemporáneos que sobreviven hoy enfrentando día tras día, partido tras partido, dificultades extremas.

Fue entonces cuando, en pocas horas, la tela pintada a mano por un grupo de amigos se fue convirtiendo en varias cosas.

Primero se convirtió en trapo escondido en los testículos para eludir el control policial.

Luego, el trapo se convirtió en bandera para agitarla en la tribuna.

Después, la bandera se convirtió en saeta para arrojarla a la cancha y la saeta se convirtió en mensaje que descifra de un vistazo un jugador de fútbol.

Finalmente, el mensaje se convirtió en trofeo que se levanta frente a la tribuna, las cámaras de televisión, los teléfonos celulares, el corazón social de Argentina.

Ajá.

Eso que llamamos política es exactamente esto: millones reflejados en medio metro de tela, el punto de encuentro entre un pueblo y su exacta representación.

Luego de aquel partido inolvidable –el único en el que el fútbol de la selección brilló– el tercer tiempo se jugó en las calles. La sociedad, en las de asfalto; las del poder, en las virtuales, tal como ordenan las ágoras vigentes. En unas, a puro baile y atrayendo multitudes; en otras a puro insulto –la calificación presidencial de “mono–neuronales” a los responsables de esos mensajes resonó menos vulgar que su tono habitual– y con escasa repercusión. Quizá para forzarla, el vocero presidencial –obligado sucesor de quien ahora está en riesgo de ir preso por corrupción– remarcó:

“El gobierno no coincide con esto de que la gente no llegue a fin de mes”.

“Esto” es Messi.

La consecuencia directa fue que El Senado de la Nación postergó el tratamiento de la Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada decodificando exactamente la dirección de los vientos que sacuden la actualidad política al agitar la palabra mágica “Malvinas”.

La otra la comprobaremos mañana miércoles cuando a la habitual ronda de jubilados y jubiladas se sume la CGT y el corte de uno de los puntos de conexión entre el conurbano con la Capital: el emblemático Puente Pueyrredón.

La noticia es que aquí la pelota está haciendo su juego, que ningún gobierno hoy representa a su sociedad, que cualquier símbolo puede transformarse en un emblema si se escucha el corazón social y que, tal como nos demostró este Mundial, no alcanza con esperar hasta el minuto final para saber si el resultado nos favorece: el partido es la eternidad. En tanto, en este campeonato, estamos aprendiendo cómo ganarle a un rival entrenado para no dejarte jugar.

El resto que circula es aire viciado por la intoxicación virtual: no olviden –y menos cuando el gobierno está en pleno diseño de su estrategia reelectoral– que se ha instalado en estas tierras el laboratorio del Dr. Thiel, especializado en extraer emociones para diseñar manipulaciones que faciliten los intereses corporativos sin consecuencias ni legales ni fiscales ni morales. A eso hoy lo llamamos inteligencia artificial.

Seguir leyendo

MUndial

El corazón en la Copa

Publicada

el

Por Lucas Pedulla

Fotos en Buenos Aires Juan Valeiro/lavaca.org

Hay que hacerle caso a las entrañas, dice un amigo pasado el mediodía, y se puso a pintar una pared en su casa de Ensenada para colorear la ansiedad. Faltaban unas pocas horas para El Partido –nunca mejor llamado así, tanto por las referencias del general Lionel Scaloni en la previa para bajar los humos como por la película del mismo nombre de Juan Cabral y Santiago Franco sobre el Argentina-Inglaterra de 1986 que hay que ver y estudiar en escuelas–. Pero de partido, en realidad, sólo tendrá el pitazo inicial, más de noventa minutos, demasiadas emociones, un gol sufrido, dos goles celebrados hasta la afonía callejera, porque todo lo que rodeaba este Argentina-Inglaterra  –llamesé ansiedad, geopolítica, colonialismo o dolor– queda sintetizado en la bandera que Giovani Lo Celso despliega al final ante sus compañeros en la que se lee, pese a las prohibiciones de la FIFA y de la ministra del gobierno de Milei Alejandra Monteoliva: «Las Malvinas son argentinas».

Porque sí.

Porque de repente entiendo la taquicardia de mi mamá ante el zapatazo de Enzo Fernández. Porque de repente entiendo el llanto de mi papá, arrodillado frente a un mueble que sostiene un televisor, luego del cabezazo de Lautaro Martínez. Se cierra un círculo de cuarenta años, dice un amigo que cruzo en calles matanceras, ya de festejo, alguien que tenía 12 años cuando vio por televisión la Mano de Dios y el Mejor Gol de Todos los Tiempos en 1986, en México, y que hoy trae a la celebración a su hijo de 12 años, y me explica así esa taquicardia y esas lágrimas que tantas veces nos narraron como una película, desde las entrañas mismas, como una herida aún lacerante, por la memoria de un pueblo que sufrió tanto y hubo que reconstruir en muchas rondas, a los ponchazos, sufriendo, como este equipo mismo que llegó a la final.

El corazón en la Copa

Foto: Juan Valeiro para lavaca.org

Ojalá podamos concientizar soberanía, dice otro amigo desde las calles. Cerca, alguien escribió y abandonó un cartón que dice: «Saltemos mañana también. Se juega por la soberanía de nuestro país en el Congreso». La referencia es a la ley de inviolabilidad de propiedad privada que le allana el camino a la concentración y colonización de nuestras tierras.

El corazón en la Copa

Foto: Juan Valeiro para lavaca.org

Otro cartel es más borgeano: «Inglaterra la concha de tu madre».

Los excombatientes dijeron: «Los argentinos no somos una multitud reunida únicamente por una camiseta. Somos el resultado de una historia, de una educación, de una cultura y del sacrificio de generaciones que levantaron esta Nación con trabajo, sangre y esperanza. La identidad nacional no se suspende durante noventa minutos».

El corazón en la Copa

Afuera llueve y los bombos siguen.

¿Qué significan estas entrañas?

No tengo idea.

Pero hoy esa bandera en esa cancha sostenida por esos jugadores y en medio de esas prohibiciones resignifica el mito con el que nos criaron.

Ahora nos toca una responsabilidad hermosa.

Está en nuestras manos.

El corazón en la Copa

Foto: Juan Valeiro para lavaca.org

Seguir leyendo

Lo más leido

Anticopyright lavaca. Todas nuestras notas pueden ser reproducidas libremente. Agradecemos la mención de la fuente. ©2025 Agencia lavaca.org. Riobamba 143, Ciudad Autónoma de Buenos Aires - Argentina - Editor responsable: Cooperativa de Trabajo Lavaca ltda. Número de propiedad intelectual: 50682265 - cooperativalavaca@gmail.com | Tel.: +54 9 11 2632-0383

Vistas el día de hoy: 37.098

Suscribite a lavaca