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Esto no es una noticia

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Periodismo y poder financiero. Los benditos Panamá Papers revelan mucho más que la intrincada trama de la fuga de dinero. Muestran también qué representa hoy el periodismo de investigación, qué rol tienen las lectoras y lectores en esta época y qué sigifica el poder. ▶ CLAUDIA ACUÑA

La edición argentina de los Panamá Papers nos permite plantearnos una pregunta básica: ¿qué es el periodismo de investigación? Hay una película que acaba de ganar la última edición de los premios Oscar que intenta responderla: Spotlight. Que se haya filmado una película sobre el tema y que haya ganado un Oscar demuestra, entre otras cosas, que estamos ante un momento trascendental para el periodismo de investigación: sus últimos días.

“Es un tributo al periodismo que nos ayuda a mirar”, resumió su director, Tom McCarthy.

No es este sentimiento algo que se expresa en el tema que cuenta la película –el abuso infantil sostenido y ocultado por la Iglesia Católica- sino el ámbito donde se lo descubre: un diario de provincia.

Tampoco  es casual que los Panamá Papers hayan sido entregados a un periódico de provincia, el alemán Süddeutsche Zeitung (SZ).

En ambos casos se trata de medios que, en el momento de protagonizar esas investigaciones, no se habían convertido todavía en sucursales de corporaciones mediáticas.

El Global Tribune que parió Spotlight hoy lo es. El SZ aún resiste.

Y Panamá Papers es hijo de esa actitud.

El peor enemigo

¿Qué tiene que ver la investigación periodística con el proceso de concentración de los medios? Mucho. Por eso Spotlight ganó un Oscar: no fueron sus méritos cinematográficos, sino el dedo en la llaga de la actualidad lo que le valió ese premio.

John Dae, el nombre de fantasía del informante que filtró los Panamá Papers al diario SZ lo explica así:

“Los medios de comunicación han fallado. Muchas cadenas de noticias son parodias caricaturescas de sus propios perfiles anteriores, multimillonarios parecen haber tomado las riendas de los periódicos como pasatiempo, poniendo límites a la cobertura de temas serios sobre la riqueza. El impacto es real: además de Süddeutsche Zeitung y el ICIJ, y a pesar de que se diga lo contrario, varios medios de comunicación líderes tuvieron a editores revisando documentos de los Panamá Papers. Eligieron no darles cobertura. La triste verdad es que entre las organizaciones capaces y prominentes de medios en el mundo, no hubo una sola interesada en cubrir la historia”.

En síntesis: lo primero que nos revelan los Panamá Papers es que hacer periodismo de investigación no es parte de la rutina periodística de las corporaciones comerciales.

¿Por qué?

Porque es caro: requiere recursos humanos especializados, tiempo, calidad, formación de equipos, etc.

Porque tiene un propósito peligroso: no busca tan solo descubrir la verdad, sino  difundirla entre la mayor cantidad de personas posibles.

La cuchara

Hay varios manuales del oficio que definen al periodismo de investigación, pero el resumen más bello es el publicado en un cuadernillo de la UNESCO:

“Es la responsabilidad de descubrir la verdad para que el mundo pueda cambiar”.

Así entendido, el periodismo de investigación representa hoy una herramienta necesaria, y en peligro.

Una de las formas de destruirla es degradarla.

Otra, confundir.

Como bien dice un personaje de la emblemática serie House of Cards:

“En la mano tengo una cuchara. La puedo usar para revolver el café, tomar sopa o calentar heroína. Lo importante es que la gente solo vea la cuchara y no qué hago con ella”.

¿Qué es lo que no es?

La primera confusión que tenemos que comenzar a despejar es la diferencia que existe entre una investigación periodística y una filtración periodística. Es decir, qué se hace con la cuchara.

Comencemos, entonces, por recordar qué la define:

1. La esencia primera del periodismo de investigación es el descubrimiento de la verdad oculta. Todo aquello que las personas privadas o instituciones públicas desean mantener oculto y que los ciudadanos tienen derecho a saber.

2. Es un periodismo que no se apoya en las fuentes de información oficiales. Más bien al contrario: desconfía de ellas. Al periodista investigador no le interesa la información que las fuentes oficiales ponen en circulación a través de sus ruedas de prensa, etc. Le interesa lo que no dicen, lo que ocultan. Por eso necesita de sus propias fuentes. Una amplia y extensa red de fuentes, al margen de los cauces normales de la información es el punto de partida para cualquier periodista investigador. 1

Esta definición deja en claro la intrínseca relación que existe entre el periodismo de investigación y sus fuentes. Y el plural no es un detalle, sino parte de su esencia: las fuentes del periodismo de investigación son siempre varias y no solo complementarias. Implica un trabajo de chequeo y confrontación, una trama delicada, destinada a garantizar la calidad de la información que se revela.

Filtraciones

La filtración periodística se ha convertido en una práctica que inunda con espectacularidad los medios de todo el mundo. Es también una herramienta: puede usarse para romper el cerco informativo que construyen las corporaciones mediáticas o para hacer hervir operaciones de prensa. ¿Cómo distinguir la diferencia? Otra vez, la respuesta son las fuentes.

En el caso de los Panamá Papers la fuente es anónima. Estamos, entonces, ante un caso delicado: un informante que no puede revelar su identidad –por el peligro al que semejante filtración lo expone – entrega una cantidad impresionante de información a un diario local. Sabemos que los editores de ese diario dan fe de la existencia real de esa fuente. Sabemos, también, que decidieron protegerla. Sabemos, por último, que decidieron publicar esa información. Y que para hacerlo necesitaban chequearla. ¿Cómo hacerlo? Sin posibilidad de destinar todos los recursos necesarios para procesarla, recurrieron al consorcio de investigación ICIJ, creado con una finalidad específica: sostener al periodismo de investigación vivo, frente al destino de muerte al que lo condenaron  las corporaciones comerciales.

El primero que tuvo esta idea de crear, por fuera de los medios, un espacio para impulsar y financiar al periodismo de investigación fue Lowell Bergman, el legendario productor del noticiero 60 Minutos. Su salida de ese gigante de la prensa mundial quedó registrada en la película El Informante, con Al Pacino interpretando su rol en la investigación que condenó a la industria tabacalera.

Hoy, hay que verla. 

Así se comprenderá cómo ese enorme periodista que es Bergman terminó convirtiéndose en un anónimo informante cuando filtró toda la información que la cadena de tevé no quiso difundir. Luego, renunció y se refugió en la Universidad de Berkeley, donde fundó el Centro de Periodismo de Investigación, cuyos primicias publicó, en su gran mayoría, The New York Times. Ahora, además, sostiene el programa de investigación periodística Frontline, ganador de 75 premios Emmy, entre otros lauros.2 Los títulos de las últimas emisiones lo dicen todo: La historia secreta de ISIS, El negocio del Desastre: quién se beneficia cuando ocurre una catástrofe  o El problema de los antibióticos: 30% de la prescripción no es necesaria, todos temas intratables en la agenda televisiva sostenida por las corporaciones mediáticas.

La regla de tres

El periodismo de investigación tiene una regla: las tres fuentes. No se publica nada que no tenga tres bases informativas. La mejor manera de comprender cómo en la práctica funciona esta regla es ver la película Todos los hombres del Presidente, el clásico filme que registró cómo se hizo el Watergate, el emblemático ejemplo del periodismo de investigación. Su editor fue Ben Bradlee, director del diario  Washington Post.

En su libro La vida de un periodista Bradlee dedica 590 páginas a recorrer su historia, que constituye un símbolo del oficio periodístico. Uno de sus consejos:

“Los errores más graves se producen cuando transmitimos información procedente de presidentes y otros manipuladores, pero el meollo de la cuestión es que nosotros no publicamos la verdad: publicamos lo que sabemos. Por tanto, si publicamos solo lo que la gente nos dice corremos el riesgo de publicar mentiras”.

Luego, dedica un capítulo a lo que considera el mayor error de su carrera: publicar un artículo que ganó el Pulitzer, que decidió devolver cuando comprobó que las fuentes citadas no existían. Bradlee reconoce, entonces, la importancia de aferrarse a la Regla de las Tres Fuentes: una puede ser un dato; otra, una persona que lo confirme o lo desmienta, la tercera es la que nos asegura que estamos más cerca de no cometer un error.

Tres fuentes.

En la edición argentina de los Panamá Papers sólo hay una: los Panamá Papers, que entregó la anónima fuente y clasificó el ICIJ. Si se analiza toda la información publicada por los diarios La Nación y Clarín, consagrados por el ICIJ como los encargados locales de chequear la información relacionada con Argentina, no hay otra fuente. Lo que sí hay en cada nota es el ejercicio de derecho a réplica: cada involucrado tuvo la oportunidad de hacer su descargo. Esto es: desmentir la información –como en el caso del Presidente- relativizarla –como en el caso del intendente de Lanús- o contextualizarla –como en el caso del secretario Legal y Técnico de la Presidencia-.

No es lo mismo “fuente” que “derecho a réplica”.

¿Se entiende la diferencia?

Una cosa es una cuchara y otra un tenedor.

Independientemente de lo que se haga con cada una son, por definición, cosas distintas.

¿Hace falta aclararlo?

Hace falta.

macri menem

Autogestión

¿Cuáles podrían haber sido las otras fuentes de los Panamá Papers argentinos?

La respuesta es la nota que publicó el diario Tiempo Argentino el domingo 7 de mayo de 20163, con la investigación que realizaron los periodistas Adrián Murano y Gerardo Aranguren. Que haya sido un diario recuperado por sus trabajadorxs y por personas que desde hace meses no cobran su salario, es mucho más que un dato: es una noticia aleccionadora.

En primer lugar, porque demuestra que el periodismo de investigación funciona con tracción a sangre: necesita mucha gente, mucho tiempo, mucho oficio y mucha pasión.

¿Necesita también mucho dinero?

Seguramente, entre otras cosas porque quienes lo hacen se lo merecen, pero también porque podría destinarse a obtener más y mejor información.

Tiempo no tiene salarios, pero tiene lectoras, lectores: si son cada vez más, mejor será el periodismo que lean.

Así es la regla de la autogestión: es la época y la gente que la habita la que sostiene y alimenta a todos los medios que creamos para hacer lo que sabemos lo mejor que podemos.

Sin lectoras, sin lectores, no hay periodismo de investigación.

Aquello que llamamos “periodismo de investigación” es –digámoslo otra vez-  aquel que pretende cambiar el mundo, como define bellamente el manual de la UNESCO.

Bueno:

La noticia es que hay periodistas que lo están haciendo.

Eso es.

Está siendo.

Esta es la buena noticia que  celebramos cien veces con esta edición de MU.

Una más, nada menos.

Monodemocracia

No podemos detenernos mucho tiempo a festejar porque estamos en los primeros 5 minutos de un partido decisivo, transpirando la camiseta y corriendo detrás de una pelota esquiva. Encima, el adversario es tramposo y el árbitro se vendió.

No es una metáfora feliz, pero sí literal de lo que representa para el periodismo autogestivo esta época y, como parte de ella, esto que llamamos Panamá Papers.

Lo que nos muestran los Panamá Papers es algo complicado de ver: la trama del dinero fugado por los grupos de poder. Es decir: cómo eso que llamamos Poder Financiero queda protegido e impune, refugiado en las sombras de los paraísos fiscales.

Panamá Papers es, nada menos, eso que hoy gobierna al mundo.

Y a nosotros también.

¿Qué significa?

El gobierno es papel.

Es el poder asumido por una Sociedad Anónima dedicada a convertir todo en dinero: recursos naturales, políticas, países, democracias y vidas.

Depreda así todo el mundo tal cual lo conocemos y comprendemos.

Nos deja aturdidos y enredados en la maraña de reclamos por derechos que ya nadie nos puede garantizar, salvo nosotros mismos.

Así como vimos transformar nuestras tierras fértiles en sembradíos de un monocultivo que enferma y transforma todo -desde semillas a  decretos- en billetes, así se está transformando el sistema que regula nuestra vida en común en una monótona máquina de fabricar pobreza y aspirar riqueza, que luego se esconde off shore.

Panamá Papers es el nombre de una época y de un sistema que nos desafía a encontrar formas creativas y potentes de enfrentar los tiempos que nos tocan.

No es un buen nombre, es cierto, porque quizá nos confunde al mencionar un país real, pero es lo que hay para nombrar eso que es innombrable porque no tiene rostro.

Panamá Papers es el fantasma que recorre estos tiempos.

Y para conjurarlo el grito es el de siempre: en esta batalla no tenemos para perder más que las cadenas y por ganar, un mundo, que es nuestro.

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