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De lo nuevo, lo mejor

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Lisandro Rodríguez. En una pequeña sala monta obras enormes, que rompen esquemas de puesta en escena y hacen brillar actuaciones. Dirige, escribe, actúa y, si es necesario, barre la vereda. Una forma de resistencia cultural que expresa a una generación y su época. ▶ LUCÍA AITA

lisandro rodriguezEl Elefante Club de Teatro es un local del tamaño de un living con una vidriera que da al 4257 de la calle Guardia Vieja. También es una cocina, una grada y una mesa que funciona como barra y venta de entradas a la vez.

En el Elefante te dan objetos para empujarte a sus entrañas. Puede ser un  texto conmovedor, un barbijo o una linterna. También puede pasar que el escenario sea un agujero en el piso y estar parado en un barandal. O que haya pantallas que proyectan múltiples enfoques de lo que estás viendo.

“Un elefante es un animal noble y bravo a la vez”, dice Lisandro Rodríguez, uno de los socios fundadores del espacio, y se ríe sin notar que dio en la tecla. Esa combinación entre lo áspero y lo tierno es la esencia de sus obras. Otra marca es que son un trabajo colectivo intenso, de una generación que busca hablar, investigar  y remover sin descanso lo que no entiende del mundo.

Lisandro describe al Elefante como un territorio de encuentro e intercambio que acompaña a las obras en todo su proceso de producción. Y lo simboliza con el mar. “Viene, choca y se lleva un montón de cosas. Y cuando vuelve, la ola te vuelve a ofrecer. En ese movimiento está lo que yo pienso del trabajo. La identidad de este espacio es esa acumulación de capas de trabajo”.

La época

No se define ni actor ni director ni dramaturgo ni músico ni pintor, aunque lo sea todo. Él se nombra teatrista y cuenta que es, ni más ni menos, una forma de vida apoyada y basada en la actividad escénica. “Es ocupar distintos roles según mis necesidades o a las del equipo que se arma  para vivir el trabajo escénico. Puedo actuar, dirigir o barrer la vereda”, dice Lisandro. Y agrega: “Para mí  es la particularidad de la época que nos toca. Tener que ocupar distintos roles del trabajo. A su vez, es un vínculo íntimo que a mí me gusta establecer”.

Lisandro siempre tuvo salas. Al principio para ensayar música con sus amigos en Quilmes. Años más tarde, cuando profundizó en la actuación, fue a un par de teatros con la carpeta para presentar sus obras. Le resultaba raro. Antinatural. “Entonces me pareció que no era mala idea en vez de alquilar un dos ambientes hacer el esfuerzo para uno de tres y poder ensayar, producir y probar el laburo ahí mismo”.

Lisandro cuenta por qué sostiene espacios propios y pequeños: “En los espacios con estructuras más grandes los vínculos humanos son mucho más laxos porque son otros tiempos y uno no puede generar intimidad. No es un juicio de valor. Por ahora, mi naturaleza tiende más a generar proyectos propios y me siento emprendedor en espacios más accesibles, pequeños y que siento que puedo abarcar. Un espacio  que pueda contener y me pueda contener a mí”.

Menciona a muchas personas cuando tiene que describir cómo se construyó el Elefante y subraya que es un animal colectivo. “Toda la gente que pasó por el espacio también le dio su marca. El Elefante se constituyó a partir de sus improntas”. Uno de ellos es Mariano Villamarin -actor, socio actual y asistente de obra, entre otras tareas- a quien Lisandro describe  como un compañero fundamental que hace tareas más invisibles, pero esenciales.

Las dos caras

En el Elefante se gestan, entre otras, dos obras con una misma sensibilidad. Las dos son una patada donde más duele, sobre todo a los hombres. En ambas hay una mirada que desnuda el machismo actual. Una es  Duros, dirigida por Lisandro y actuada por Enrique Biondini,  Edgardo Cardoso, Mariano González y Martín Tchira. La otra es Un trabajo, dirigida y escrita por Lisandro y Elisa Carricajo y actuada por Elisa y Claudio Mattos.

En Duros cuatro cuerpos masculinos se mueven, juegan, se golpean, hacen sonidos y se retuercen hasta llegar a una imagen final muy potente: un hombre tirado y llorando que resume todo lo oscuro de esta época. “Es el choque con la necesidad de fuerza, valor y dureza frente al mundo. Hablo del mundo urbano de esta ciudad de Buenos Aires. Te pasa por adelante y si no te parás duro, te desarma. Estar duros es hacer cualquier cosa para soportar. Da lo mismo tomar cocaína, trabajar todo el día o armar familia”, dice Lisandro. Y suma la otra cara noble del elefante: “Por otro lado, está el juego sin sentido y tierno, de niños. Ese juego es nuestro pulso frente a un mundo que te lleva por delante.”

Un trabajo resume el gran debate. Un varón y una mujer. Una pareja y la tensión filosa que produce no entender qué se piden y qué esperan uno del otro.  “Para mí hacerlo fue un cachetazo constante. Fue tocar zonas muy profundas que, como generación de varones, tenemos incorporadas y ni nos damos cuenta. Fue enfrentarme con esa estupidez. En el proceso de investigación me pasó de decirle a Elisa que paráramos porque no daba más”, dice Lisandro. Y suma: “No tiene que ver con la exteriorización de comportamientos machistas, como un piropo. Eso es lo más superficial. Tiene que ver con mecanismos mentales que uno tiene aprendidos y repite. El reto más difícil es entender que el hombre y la mujer estamos enfrentados y en ese enfrentamiento la mujer sale muy damnificada.”

Señalo mi fascinación por el nivel actoral de las dos obras y pregunto: ¿cómo se consiguen semejantes elencos en el teatro independiente? Lisandro da dos claves: amorosidad y tiempo. “Me interesa trabajar con personas que yo admire, que me sean amorosas y amables, más que con buenos o malos actores. Cada vez que inicio un proyecto, más allá de lo que cuente la obra, me parece que uno establece un contrato de tiempo con el otro. Las obras tienen un tiempo. Tiempo de ensayo, exposición, diálogo, encuentro y desencuentro. Tiempo de interpelarse y conocerse. Más allá de sus dotes artísticas, que las tienen sin dudas, todos tienen una gran calidad humana. Me interesa dialogar con gente que tenga una mirada sobre las cosas y pueda hacerme pensar. Las obras  se constituyen desde la capacidad de ellos para pensarse en el mundo. Eso es muy deseante”.

La escena como trabajo

Cuál es el lugar del teatro en un mundo duro. Responde: “La escena nos permite hacer un paréntesis para hacernos preguntas por nuestra existencia, nuestros vínculos y cómo vivimos. Permite curarse. El teatro se me vuelve cada vez más un espacio de cura espiritual y corporal. Con Elisa nos pasa mucho de venir cansados a hacer la función y sentir una conexión muy profunda cuando termina. Y luego comer, charlar y que se quede alguno de los espectadores. Permite compartir con el otro”.

Lisandro cuenta cómo se llega a vivir de lo escénico: “Con trabajo y tomando decisiones. Uno elige estar cinco horas en un lugar o cinco horas en otro.  Yo hacía castings de publicidad y había algo de la ecuación que no me llenaba. La cantidad de horas en colas de castings no era negocio. Hay tiempo y  trabajo ahí también, en sentarse horas y horas en castings. Es una elección”.

También cuestiona la idea de “pegarla” como objetivo y remarca otra llave: la insistencia. “Uno cree que el trabajo está ligado a un don especial. La memoria del cuerpo tiene incorporado que trabajar del arte es que en algún momento la tenés que pegar. No está asociado que el éxito puede ser insistir con el trabajo que uno tiene. La insistencia en lo que uno está haciendo. Vivimos con el pulso de la inmediatez y querer todo ya. Para mí el cómo se hace tiene que ver con la fuerza puesta en la insistencia, porque eso produce lo más noble y profundo.”.

Menciona a un maestro como ejemplo: “Para mí (Mauricio) Kartun es el emblema de la insistencia. Él lo explica con una imagen hermosa. Hacer fuego no son dos palos frotándose de cualquier manera. Hacer fuego es la insistencia de un palo sobre un punto. Eso a mí me sirve para producir trabajo y hasta una vida. Insistir en un punto hasta que haga fuego”. ¿Cómo insiste Leandro? “Es un momento para duplicar el laburo. La mejor forma de militar es conquistar los espacios y poner en el trabajo la mirada crítica. Lo que hacen desde el gobierno es anular el pensamiento. No hay lugar a la reflexión ni a la discusión. Hay que ser muy inteligente para no engancharse en la queja. Para mí el trabajo es lo único que ordena y permite rearmarse. El trabajo genuino es una zona de conquista que se vuelve un arma política muy fuerte”.

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