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Genocidas en el barrio

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Juan Miguel Wolk, procesado por torturas y robo de bebés, ya vive en Peralta Ramos. A pocas cuadras puede instalarse Miguel Etchecolatz. Madres, Hijos y vecinos explican por qué la calle sigue siendo clave para defender los derechos humanos. ▶ LUCAS PEDULLA

Genocidas en el barrioLa referente de la filial Mar del Plata de Abuelas de Plaza de Mayo, Ledda Barreiro, se enteró por teléfono de que el juez federal Ernesto Kreplak había concedido la prisión domiciliaria a Juan Miguel Wolk, responsable del centro clandestino Pozo de Banfield, procesado por más de 300 torturas y por el robo de bebés durante la dictadura. Y dice:
“Este hombre sabe dónde está mi nieto: él nació en Pozo de Banfield”.
El dato estremece.
“Es demasiada impunidad como para que no te vuelvas loca”.
Fue en febrero.
En marzo Abuelas, Madres, Hijos y vecinos organizaron un escrache. “Él está tranquilo, porque es un asesino frío y despiadado, pero lo hicimos para que por lo menos piense: ‘Otra vez estas viejas acá’. Fastidiarlo”.
¿Qué hacemos cuando el vecino del barrio es un genocida?
La respuesta, dice Ledda, es social.
Esta nota parte de una pregunta: cómo se construye.
 

Recuerdos de la muerte

 
Leda es mamá de Silvia Muñoz, militante de la Juventud Universitaria Peronista desaparecida el 22 de diciembre de 1976, pero su persecución se había desatado en democracia. “Comenzó con la CNU (Concentración Nacional Universitaria, organización parapolicial vinculada a la Triple A). Es más: la primera vez que fueron a mi casa el Presidente todavía era Perón. Había familias marcadas. Nosotros éramos una”. Esa primera vez que entraron a su casa fue en 1975. “Ahí supimos lo que era el terror. Y todavía no había llegado lo peor: la dictadura”.
Silvia y Alberto, su otro hijo militante, entraron en la clandestinidad antes del golpe. Ledda y su marido, junto a su hijo menor, Fabián, tuvieron que irse. “De día estábamos en casa y a las 6 de la tarde en punto, Fabián agarraba la bicicleta, salía y nos avisaba si habían llegado. Eran tres coches. Cuando avisaba, yo tenía la comida preparada, mi marido se sentaba al volante, poníamos todo en la olla y salíamos volando. Los tres coches nos seguían atrás a ver dónde dormíamos”. Al otro día, cuando regresaban, se encontraban con la casa desordenada. “Entraban todas las noches. Nosotros, todos los días a las 6, salíamos. ¿Sabés cuánto tiempo hicimos esa vida? Ocho meses”.
En el 75 lo llevaron preso a Alberto. Silvia, clandestina, le dice a Ledda que está en Mendoza. Viajan a verlo y cuando llegan Fabián grita: “¡Beto! ¡Beto!”. Señalaba un puesto de diarios: en la tapa de Los Andes la noticia era la captura de un “subversivo”. En primera plana, estaba la foto de uno de los detenidos, torturado. Era Alberto. Lo encuentran tras varias recorridas y amenazas. Lo pasan a disposición del Ejecutivo: estuvo preso durante siete años en distintas cárceles del país. Quedólibre en 1981.
Volvamos a la Navidad de 1976: Ledda se preparó para pasarla junto a su hija y su compañero Gastón. “Nos dijo que tenía que darnos un regalo. La última vez que la habíamos visto tenía un dedo fuera del mocasín. Pensamos: ‘¿qué regalo nos puede hacer?’. Pero en navidad llegó Gastón solo. A Silvia la habían secuestrado. Él nos contó que el regalo era el nieto. Estaba embarazada”.
“Mar del Plata tiene casi 600 desaparecidos, 10 centros clandestinos, aunque yo les digo lisa y llanamente campos de exterminio: yo estuve en uno. Para una ciudad de poco más de 200 mil habitantes, es mucho”.
 

Infierno

 
A Ledda la secuestran en el 78. “Hacía tres años que mi hijo estaba en la cárcel y dos años que mi hija estaba desaparecida. Decidimos volver, si ya nos habían destruido. A los diez días nos secuestran. La pregunta del millón es por qué, si ya tenían a nuestros hijos. Y también por qué nos sueltan. En eso consiste el terrorismo de Estado. Crea miedo. Eso circula. Después no se te arrima nadie. Y te largan, deshecho, roto”.
Estuvieron en La Cueva, el centro clandestino que funcionó en la Base Aérea de Mar del Plata. “Cinco metros bajo tierra. Ahí estábamos. No voy a hablar de eso”.
 
¿Cuánto tiempo estuvieron?
Casi cuatro meses. Pero Einstein dijo que el tiempo es relativo: no es lo mismo esta charla de dos horas que dos horas ahí adentro. Lo peor de todo fue saber dónde estuvo mi hija, cómo era el lugar. Es el infierno.
 

Piedra

 
A menos de 24 horas de la marcha número 2.000 de las Madres de Plaza de Mayo, con la expectativa sobre si el Tribunal Oral Federal de La Plata otorgaba la domiciliaria al genocida Miguel Etchecolatz en el Bosque Peralta Ramos y a días de las declaraciones a BuzzFeed en las que dijo “no tengo idea” si los desaparecidos “son 30 mil ó 9 mil”, el presidente Mauricio Macri arribó a Mar del Plata y los medios titularon que había sido apedreado, responsabilizando a la organización HIJOS.
La desmentida fue inmediata.
Tres hijas cuentan ese día.
Ana: “Hicimos una acción de fuerte contenido simbólico, pero se quiso instalar la victimización”. ¿Cuál fue la acción? En medio del breve discurso de Macri, se desplegó una enorme bandera de 60 metros con los rostros y nombres de los desaparecidos. Yamila: “Era muy impactante el silencio. Mucho silencio. No dijimos nada. No había nada más que decir tampoco. Solo la bandera. Después, sí: terminamos gritando 30 mil compañeros detenidos desaparecidos, presentes, ahora y siempre”.
La noticia fue otra.
Rosana: “La idea fue instalar un enemigo externo para la gente”.
Paula Píriz, hija del periodista desaparecido Luis Píriz, subraya la verdadera acción: “La única piedra que recibió fue la bandera con los 30 mil. No tenían dónde esconderse”.
 

La mesa vacía

 
Una es hija de Enrique Pecoraro, desaparecido en 1979, militante de Montoneros. Su mamá, socióloga, también fue secuestrada: “La vinieron a buscar. Se robaron joyas, plata. La llevan a la ESMA. Estuvo cuatro meses. Después la liberan. De mi papá sabemos que lo matan, porque encontramos un expediente que dice que lo tenían fichado”.
Rosana Cassataro, hija de Daniel Cassataro y Alicia Ramírez Abella, vivía en La Plata con su familia. En febrero de 1977 secuestran al hermano de su papá y a su mujer. No militaban. “A partir de ahí mi viejo piensa que lo están buscando y pasamos a la clandestinidad”. Rosana tenía casi 2 años, su hermana tenía 3. En abril secuestran a la hermana de su mamá y al marido: a él lo agarran en la calle, lo llevan a la casa y lo matan delante de sus hijos. “Cuando vienen a secuestrar a mis viejos, el 6 de diciembre del 77, hacen un operativo con 15 autos, camión del ejército, bloquean toda la manzana. Los sacan encapuchados. A mi hermana y a mí nos sedan y nos sacan envueltas en sábanas. Los vecinos pensaban que nos habían matado”. Se roban todo. A la semana secuestran a la prima de su mamá, al marido y a su bebé de 5 meses. A Rosana y a su hermana las llevan a un hogar de niños por orden el Juzgado de San Martín. “Son 8 desaparecidos en la familia. No encontraron ningún cuerpo. Al bebé lo pudieron encontrar: lo tenía un comisario. Todos nosotros terminamos criados por nuestros abuelos. Era una mesa grandota, vacía: todos primos, sin ningún padre”.
Daniel y Alicia militaban en Montoneros.
Yamila Zavala Rodríguez es hija de Olga Irma Cañueto -militante de la Juventud Peronista y profesora de Ciencias de la Educación- y del diputado peronista Miguel Zavala Rodríguez. “Sucedió en la calle, el 22 de diciembre de 1976. Justo era Navidad: llegábamos con mi mamá y mi hermana con unas bolsas y vimos que enfrente venía mi papá. Cuando estábamos por encontrarnos, llega un auto y lo matan delante de nosotros. Lo matan ahí. A mi vieja se la llevan. Nosotras nos quedamos en la calle. Nos llevan a la Comisaría 10 y de ahí al Instituto Riglos, en Moreno. Estuvimos desaparecidas tres meses, hasta el 15 o el 20 de marzo del 77”.
Olga sigue desaparecida.
 

¿Y ahora?

 
Después de la marcha número 2003 frente a la Catedral, con los pañuelos blancos tatuados en el cemento marplatense, las tres Madres de Plaza de Mayo ayudan a pensar a MU.
Ellas:
Ángela Barili de Tasca, o Angelita, mamá de Adriana Leonor Tasca, militante de Montoneros junto a su compañero Gaspar Onofre Casado. Vivían en La Plata. Fueron secuestrados entre el 10 y el 15 de diciembre de 1977. Adriana fue llevada a la Comisaría 8° y a La Cacha. Gaspar fue visto en la ESMA. Adriana estaba embarazada de 5 meses. El 9 de febrero de 2006 Angelita se reencontró con Sebastián José Casado Tasca: es el nieto recuperado N° 82.
Herminia Soledad de Bernini, la Chiqui, mamá de Guillermo, militante del Partido Socialista de los Trabajadores (PST) desaparecido el 8 de noviembre de 1976.
Irene Molinari de Chueque es una de las Madres más jóvenes de la Asociación y una de las pocas que no tiene hijos desaparecidos: desde el 27 de junio de 1978 busca a su compañero, Marcos Daniel Chueque, con quien militaba en Vanguardia Comunista. Los secuestraron y los llevaron a la Base Naval. Los torturan. A Irene la liberan. Marcos sigue desaparecido.
 
Irene: “Lo más tremendo de Wolk es que al lado de su casa, cuando hicimos la marcha silenciosa, vivía una vecina que estaba embarazada. Cuando se entera, se desespera por tener a esa bestia ahí. Pero todo esto forma parte de una política: Macri ya había dicho, había dado señales, de que los derechos humanos para él son un curro. Hay una política de liberar a los genocidas. No es una casualidad”.
¿Cómo debe leerse esta época?
Irene: “Habilita a que se piense que un hombre de 70 años pueda estar en su domicilio aunque haya asesinado y violado a miles de personas. Habilita a seguir profundizando el odio como hicieron desde los medios y para crear miedos. Porque después de saber que un genocida anda suelto por la calle, caminando con impunidad total, ¿qué queda para nosotros?”.
¿Cómo se actúa frente a esto?
Irene: “Nosotras pasamos por una dictadura donde el silencio era salud. No teníamos medios de comunicación, nos manejábamos muy precariamente, las conexiones eran mucho más difíciles. Entonces, lo que hacíamos era hablar. Por eso las Madres decidimos estar en la calle para comunicarnos con el otro, con el ciudadano común, que no sabía o no quería saber lo que estaba pasando. Hoy tenemos otros medios que son las redes, pero lo importante es estar en la calle. No puede ser que esto ocurra tan livianamente: hay que reaccionar, discutir. Las Madres entendimos que juntándonos era la única forma de revertir una dictadura. Veníamos de experiencias e ideas diferentes, pero nos unía algo muy importante que era el amor a nuestros hijos. Fue el motor de nuestra lucha. Volcarnos a la solidaridad y al compromiso es la única manera de no tener que volver a empezar de cero, porque este gobierno está destruyendo todo”.
Ledda: “Tenemos el precedente que marcamos nosotras. Mujeres que no sabíamos de política, donde el hombre era culturalmente el amo y el señor. No es una metáfora cuando lo decimos: literalmente nos sacamos el delantal de la cocina y nos fuimos a la calle. Y cuando estaba prohibido, nosotras gritamos. Teníamos una consigna que empezaba diciendo: ‘Milicos, hijos de puta’, y en casa no puteábamos. Creo que hemos demostrado que se puede resistir, que nos podemos organizar, que es natural tener diferencias ideológicas, pero hay que ponerlas en pausa y decir: juntémonos”.

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Chau Monsanto: se levantó el acampe de Malvinas Argentinas

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