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México: Las mujeres que no paran

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Un grupo de mujeres encabeza la búsqueda de desaparecidos, con sus esposos y el Estado en contra. Por primera vez un medio argentino las acompañó en una de sus misiones peligrosas: desenterrar la verdad en el narco-estado de Sinaloa. Por Eliana Gilet.

Si hubiese que presentarlas por los kilómetros recorridos, Sandra lleva casi mil quinientos hechos desde que salió de su casa en Guerrero. A Evangelina le toma como veinte horas llegar a la suya en Michoacán. Marcela viene de Coahuila, que es el estado vecino, pero para llegar a Culiacán, dónde se reúnen, debe bajar primero a la Ciudad de México y luego volver a subir a la costa del Pacífico. Luz cruzó a lo ancho el país desde Veracruz en la costa del Golfo, para reunirse con las demás; también Carolina, desde San Luis Potosí, a más de 15 horas de distancia.

Ninguna de ellas se conocía previamente.

Todas buscan a un hijo desaparecido.

La Brigada Nacional de búsqueda de personas desaparecidas fue un invento de la familia Herrera – Trujillo, que busca a 4 de sus hijos. A comienzos del año pasado convocaron a colectivos de familiares de todo México a reunirse y trabajar en conjunto. La primera vez que salieron a buscar fosas clandestinas encontraron quince con más de diez mil fragmentos óseos dentro, en una localidad semi-tropical llamada Amatlán, en el estado de Veracruz. Para esta vez, que es la tercera Brigada Nacional, su presencia en Culiacán ya significó más cosas que antes:

Lograron que el gobernador del Estado de Sinaloa, Quirino Ordaz Coppel, se reuniera por primera vez con el colectivo local, Voces Unidas por la Vida; y que le sacaran el compromiso de priorizar la búsqueda rápida ante una denuncia de desaparición, conformando un grupo de búsqueda inmediata, con personal exclusivamente dedicado a eso.

Consiguieron que sesenta familias se acercaran a tomarse análisis de sangre para ser incluidas dentro de la Base Nacional de Perfiles Genéticos manejada por la Procuraduría General de la República (PGR), con la que se contrastan los hallazgos en las fosas.

Forzaron a que el sub-procurador de Justicia del Estado, Martín Robles, reconociera públicamente que la Fiscalía local envió cientos de cuerpos sin identificar a fosas comunes desde el año 2005.

Mujeres al frente

Para la prensa, la Brigada es la posibilidad de acercarse de un plumazo a una buena parte de las familias organizadas y movilizadas de México que pelean activamente contra la desaparición forzada y constatar, en ese acto, que son mujeres las protagonistas. Esta, la de Culiacán, permite además llegar a una ciudad que desde principios del siglo veinte es el epicentro de la producción y venta de drogas de México, una de las patas del llamado triángulo dorado, sobre la Sierra Madre Occidental. Sólo en Sinaloa, el Registro Nacional de Personas Extraviadas tiene 2.407 carpetas abiertas. Hoy hay sólo 4 investigadores judiciales en la Procuraduría local llevando la rienda de todos esos casos. Las familias de las víctimas insisten que desde hace tiempo la cifra superó ya las 3 mil personas desaparecidas en ese Estado durante los últimos ocho años.

Martha sintió una responsabilidad enorme cuando la Red de Enlaces -que es la forma en la que se contactan, vía Whatsapp, todos los colectivos de búsqueda del país– decidió que la Brigada Nacional llegaría a su ciudad a fines de enero. Al principio se hablaba de noviembre, dice, pero era demasiado pronto para encontrar alojamiento para sesenta personas con las comodidades mínimas: dónde dormir, asearse y compartir los alimentos. Sentada en las mesas del campo deportivo que consiguió finalmente para alojar a la Brigada, rodeada de tomates a medio cortar y café siempre caliente, Martha es un enlace entre generaciones: lleva 40 años buscando a su esposo Jesús Cutberto Martínez Meza. “Mi marido era parte del cuerpo de seguridad del gobernador –relata-. El 1 de mayo de 1977 se llevaron a seis de sus custodios como parte de una venganza personal del general Ricardo Cervantes García Rojas, quien comandaba la 9ª Zona Militar, aquí, en Culiacán, Sinaloa. Desde entonces están desaparecidos”.

Martha es la alianza entre los desaparecidos políticos y los actuales: se encarga de cocinar a diario para la Brigada, junto a su aquelarre de mujeres fieles.

Detectives sociales

La Brigada Nacional ocupa el grueso de su tiempo en búsquedas de campo. El primer punto sobre el que recibieron una pista anónima está a tres horas de Culiacán, y es en la zona rural de un pueblito llamado El Quelite. Tuvieron la suerte de que el día que lo reventaron (decidieron dónde y abrieron la tierra) fue positivo, es decir, encontraron restos humanos. El esqueleto estaba completo. Era un hombre. Fue enterrado boca abajo, con las manos y los pies maniatados porque aún estaban visibles los mecates con que lo sometieron. Había restos de sus tejidos adheridos a la tierra cuando el equipo pericial que completó la tarea retiró sus costillas, por lo que, dijeron, no lleva mucho más de un año desaparecido. Dos integrantes de las familias supervisan cada exhumación que hace la justicia: se forman como peritos en la práctica.

Hay familias expertas, como muchas de las que vienen de Iguala, Guerrero. Los Otros Desaparecidos es el nombre que se dio uno de los primeros grupos en levantar la voz y salir ellos mismos, sin custodia, sin peritos y sin garantías, a buscar los cuerpos que todos decían que eran abandonados entre los cerros. Rogelio encontró así a su hijo Aldo, que tenía 28 años cuando un comando armado se lo llevó de la puerta del negocio familiar, mientras aún tenía a su hijo de un año en brazos, que quedó llorando, sentado en el cordón de la vereda mientras secuestraban a su padre. Rogelio encontró el cuerpo de su hijo después de un año y dos meses de buscarlo.

Cuenta: “En los últimos cuatro meses del año (2016) hallamos 118 cuerpos en Iguala y los pueblitos de alrededor, Mexcaltepec y Tinajillas, además de 1.500 fragmentos óseos. La primera vez que nos reunimos en Iguala, acudieron 500 personas a denunciar que les faltaba un miembro de su familia. Ante esa evidencia, organizarse fue la clave. No hay forma que a ti sólo te hagan caso”.

Sandra también viene de Iguala, pero hace cierto tiempo que no vive allá. Está desplazada en su propio país. El traslado hasta El Quelite es extenso y da tiempo para conversar sobre el largo proceso que desencadenó en la desaparición de su hija, Melissa Ivette y que empezó cuando se juntó, a los 17 años, con el hijo de un comandante de la policía ministerial. Un año más tarde habían tenido una hija juntos, pero Ivette ya no podía estar en un lugar sin que hubiera alguien vigilándola, enviado por su marido.

“Mi hija me hablaba al salir a hacer un mandado y me decía que le pagara un taxi hasta la casa, así venía a verme y se regresaba rápido. Yo fui por ella a la casa donde vivían y me la traje conmigo, pero empezaron a perseguirla su marido y su suegro. A ella ni le gustaba, pero él insistió e insistió hasta que ella quedó embarazada. Creo que la deslumbró con sus camionetas y como mi hija tenía carácter fuerte, debe haber creído que dominaba la situación. Recuerdo que cuando peleaban, en pocas palabras le decía lo que tenía que decirle, y siempre reclamó la manutención de la niña durante los dos años que vivieron conmigo”, explica.

Una tarde, a los pocos minutos que Sandra había salido de la casa, un comando armado balaceó el frente y se llevó a Ivette y a su nieta. “A la niña sí la han visto, pero a mi hija no. Yo sé que ella no tiene necesidad de prostituirse, tiene como solventar sus gastos personales. Sé que donde está, vive forzada, pero le pediría que regrese o que me dé una señal de que está bien, así puedo retirarme de todo esto, pero no sin antes estar segura”.

Mientras tanto, la busca.

La dificultad mayor es que todos en la familia están sospechados de estar vinculados a policía de la justicia, lo cual tranca todo avance. La vez que la citaron a la fiscalía local, el suegro ya estaba sentado en el despacho cuando ella llegó. “¿Por qué anda de chismosa?”, le dijo. “Todo lo podemos arreglar, la niña está ahí, sólo retire la denuncia”. En el vaivén de la camioneta en medio de Sinaloa ella me pide: “Si algo me pasa, es contra él que tienen que ir”.

Guerra narco-machista

Evangelina también sabe que fue su ex marido quien entregó a su hija mayor, Tania, al crimen organizado tras años de abusar sexualmente de ella. También está desplazada de Caleta de Campos, su pueblo natal en Michoacán, y también su ex marido intentó extorsionarla para que retire las denuncias en su contra.

“Su padrastro abusó de ella desde los diez años, pero yo no me enteré hasta que mi hija cumplió los 15, en que todo fue peor. Maltratos físicos, amenazas. Ya no era yo para tener relaciones con él, me sentía violentada, violada, utilizada. Todo lo que se pareciera a un hombre me daba asco y repugnancia. Vivía en terror, cualquier voz me alteraba, hasta que se llevaron a mi hija”.

Evangelina habla pausado, pero con la certeza de quien ha decidido cambiar su historia y empieza por contarla: “Mi hija menor me decía: ´¿vas a dejar que papá nos mate a todos por tu miedo? ¡Saca ya ese miedo!´ El día que pude enfrentarlo fue cuando él quiso pegarle a la chica y lo eché. Él se fue de la casa, pero me denunció a mí y a mis hijos de haber querido secuestrarlo, y como tiene influencias, nos abrieron un proceso por tentativa de extorsión y robo. Se llevaron detenidos a mis dos hijos mayores acusados de haberse quedado con 600 pesos de este hombre. Hace dos años y medio que están presos en Morelia, sin condena”.

La charla con Evangelina dura hora y media para comprender los detalles de lo que ha vivido y entender cómo, para el momento en que las autodefensas (fuerzas ciudadanas que se armaron y enfrentaron al crimen organizado en Michoacán) llegaron a Caleta, ella ya había cambiado lo suficiente por dentro como para ser la única persona del pueblo que salió a recibirlos. ¿Alguna vez habías contado esto antes? “No, nunca”, responde Eva y sonríe.

La cotidiana de la búsqueda permite que cada una de ellas deshile su historia a partir de preguntas básicas: cómo es tu nombre, a quien estás buscando, cuando lo viste por última vez. Y así se va avanzando, una tras otra. El relato jamás es el mismo, aunque parte del desafío para el que escucha es empezar a trazar regularidades y modus operandi entre sus casos y más allá de ellos.

Hablando con las mujeres de la Brigada Nacional se ve cómo van tomando conciencia de lo que les tocó en suerte y cómo ya no pueden echarse atrás. Y explican cómo antes no pensaban en que la gente desaparecía, como si eso, en realidad, fuese posible.

Susana, madre de Ricardo Alexander Méndez Ayala, lleva 9 meses y 25 días tras el rastro de su hijo: “Hemos salido a búsquedas entre las madres de Culiacán y queremos seguir aprendiendo. Hace 4 meses que me uní a Voces Unidas. El gobierno del Estado ha brindado carros y vigilancia para las búsquedas, pero creemos que no ha trabajado en la manera que debe porque cuando tenemos un hallazgo, no siguen revisando el área para encontrar más enterramientos clandestinos”.

En diciembre del año pasado, las “puras mujeres” que buscan en Sinaloa, se apersonaron en una criba no muy lejos del río Culiacán, porque los trabajadores de esa cantera habían hallado dos cráneos mientras removían tierra con una máquina. Las madres localizaron al día siguiente otros dos cráneos y un hueso, además de ropa.

Fuego cruzado

«En mi casa no puedo estar porque me vuelvo loca y estando junto a las otras me animo porque veo cómo somos las mujeres las que buscamos.  Mi esposo casi desapareció al mismo momento que mi hijo porque a pesar de que está conmigo, no me ha dado apoyo económico ni moral en la búsqueda. Él me dice que Ricardo va a llegar y se va a molestar porque lo ando buscando. Yo, como mujer, he tenido mucha más fuerza”, relata Susana.

A Marcela le pasa casi lo mismo: es la única en su familia, salvo sus hijos menores, que sigue aferrada a buscar a Cosme Humberto, su hijo mayor. Tenía 16 años el día que salió de trabajar y ya no regresó a casa. Sin pistas, sin nada, Marcela se angustia. Sentada a su lado, Claudia fuma. Ambas vienen de Torreón, Coahuila. La que pita tiene la cara redondeada como un gato y unos ojos verdes que prueban esa referencia. A su compañero se lo llevó el Ejército hace ocho años cuando ella estaba embarazada de su hijo menor, que falleció poco después de nacer, a consecuencia de un parto prematuro. Su historia fue recogida en el libro Fuego Cruzado por Marcela Turati quien junto a Daniela Rea son dos de las periodistas mexicanas que han puesto mayor acento en reportear los efectos de la guerra contra el narcotráfico en el cuerpo de las mujeres.

Julio, que también viene de Torreón, es uno de los pocos padres que busca y desde que se reunió con las madres de la Brigada Nacional, se puso a trabajar en un proyecto que les permita salir a buscar a sus hijas por la frontera norte. Él no se explica porque los hombres son tan reticentes, tan fríos, tan poco tenaces. Él cree firmemente en que podrán encontrar a algunas de las chicas trabajando en las zonas de tolerancia. “Mientras tanto, publico las fotos de mi hija Janeth a diario en mis redes sociales, con la esperanza que alguien me hable un día y me diga que sabe algo de ella”.

Las que llegaron a la Brigada cuentan cómo la desaparición les comió días y semanas completas sin sueño; les regaló enfermedades, ataques de ansiedad y llanto. Las inundó de sueños extravagantes e ideas descabelladas que se les presentaban para dar con el paradero del que les falta.

Piensan también que la búsqueda les devolvió algo de autonomía y les enseñó un nuevo tipo de abrazos, distintos a los que reciben a veces, esos que se sienten forzados, duros, acartonados.

Abrazos nuevos que no desean que se callen, sino que les exigen que sigan reclamando fuerte y diciendo en voz alta que no van a parar hasta encontrarlos a todos.

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