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Medios y feminismo: Doctrina clítoris

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La relación entre medios y feminismo fue sólida y exitosa desde los años sesenta. Revistas y tevé aumentaron ventas y crearon un fuerte vínculo con sus lectoras. Qué pasó, cuándo y cómo. Y qué está cambiando hoy. Por Claudia Acuña.

«Ser mujer en los 60 fue muy distinto a ser mujer unos años antes”. La afirmación es aplicable a estos días, pero no puede extenderse a qué la generó: un ensayo sobre las revistas femeninas de esa época. Por entonces la relación entre la prensa y el feminismo era muy diferente y eso obliga a pensar varias cosas: por qué, desde cuándo y cómo cambió.

El tema es complejo y apasionante, especialmente para alguien como yo que le debe su nombre a una revista femenina que logró impactar en el imaginario de mi madre, ama de casa del conurbano profundo, sin estudios, golpeada y pobre. Debajo del placard guardaba los ejemplares de Claudia, donde podía leer notas como esta:

“La mujer argentina se ha vuelto fanática de los cine clubes y admira más las virtudes del director que a las estrellas del filme. Averigua todo lo que puede sobre música dodecafónica, sobre lo último que salió en jazz, sobre el libro recién salido de la imprenta. En las fiestas, baila menos para hablar de política y, en lugar de whisky, bebe jugo de frutas. Ya no usa pañuelo anudado a la cabeza (lo cambió por el alegre sombre rito tirolés), abandonó las balerinas para usar el gracioso zapato de taco carretel, vive en pulóveres multicolores adornados con imprevisibles collares de fantasía; su maquillaje, delicado en los labios, subraya con audacia extrema la importancia de los ojos. ¡Vivan las mamas que parecen hermanas de sus hijas!”.

No puedo encontrar en este párrafo nada que describa a mi madre, pero toda ella está ahí. Sus sueños, sus deseos, sus necesidades y sus ambiciones. Esas categorías están ahora intoxicadas con órdenes que provienen desde los más diversos canales de comunicación –desde la tevé hasta las redes sociales-, sepultando definitivamente el tesoro que ocultan esas palabras: la alegría.

La vida de mi madre era muy triste.

Ella no.

Clase maestra

Para reconstruir aquellos días de subterránea desobediencia conviene ver la serie Master of sex que recrea la historia de los míticos Master y Johnson, una pareja que revolucionó la vida sexual de la época a partir de romper la frontera de aquello que podía decirse o no, especialmente en los medios. En la primera temporada hay una escena que lo explica todo. Ellos están haciendo un estudio sobre el orgasmo y en la entrevista previa con las “voluntarias” realizan un extenso cuestionario. Una pregunta es la más difícil de responder: ¿cuántos orgasmos tuvo? Imposible determinarlo. No saben qué es un orgasmo. Sobre ese vacío conceptual comenzaron a trabajar una serie de publicaciones dedicadas a la mujer que, en forma didáctica, ayudada por estos “especialistas”, comenzaron a describir el método más sencillo para averiguarlo: masturbarse. Había nacido así la pedagogía del clítoris. Y con ella una relación de las lectoras con las publicaciones femeninas tan íntima, cercana y confesional como la que se entabla con las amigas.

Gabriela Courreges, que trabajó en Claudia entre 1968 y 1981, señala que “en 1965 una encuesta de la editorial Abril muestra que la sexualidad es el tema que más interesa a mujeres de 20 a 35 años”.

Un año antes había llegado a la tevé Anamaría Muchnick para conducir Buenas Tardes, Mucho Gusto, el programa producido por su papá. Tenía 17 años, estudiaba actuación y Letras, tenía el pelo sin spray, botas, minifalda y modales de princesa. La imagen de esa curiosa joven, culta y modernísima, al lado de la maciza Doña Petrona representó, per se, una pequeña gran revolución. Algo había ahí, en esa mezcla, que detectaba el ruido que producía la época en los estereotipos femeninos y eso significó abrir en el imaginario popular posibles hasta el momento impensados. Detrás de cámara estaba, como productora, otra gran leyenda del periodismo femenino: Blanca Cotta. Fue también la jefa de redacción de la revista que se editaba con el nombre del programa.

Erótica feminista

Podríamos decir ahora que ser feminista hoy es algo muy diferente a lo que representó ser feminista unos años antes. Desde mediados de los 90 y hasta muy hace poco la burocracia de género dominó el lenguaje y también los estereotipos, consagrando a la víctima como único camino posible para tener acceso a los medios de comunicación. Sin embargo, es difícil imaginar a una feminista de aquellos años 60 sin asociarla a revolear el corpiño, el orgasmo o el derecho a la autonomía de su cuerpo. El feminismo era erótico y esa erótica era política. La consecuencia de agitar esta bandera era lo que soportaba toda mujer que se atreviera a desafiar los roles moralistas. Ahí sí se convertía en víctima. Pero para que exista una víctima tiene que haber primero una heroína. Y una mujer que se atreve a decir no en voz alta y en púbico siempre lo es.

Al cercenar esa parte de la historia, que es nada más ni nada menos que el comienzo, lo que quedó como trágico saldo es un desfile de pobrecitas. Son mi madre, literalmente.

Esa literalidad sin utopía es la condena del feminismo. Es como cortarle el clítoris. Su capacidad de producir placer, en una realidad que se la niega.

Recordé todo esto cuando vi el flyer con el cual Madonna invitó a las mujeres a participar de la marcha contra Trump, un día después de su asunción como presidente del Estado más poderoso del planeta. La imagen era clara: el dedo en la diminuta bombacha apuntaba a la autonomía del placer femenino. Era un llamado al deseo posible en un mundo imposible. Eso y un símbolo: el de Nike. Resignificó así ese emblema de la cultura masculina para robarle su poderoso y sexy click: Just do it.

Escuela para Evas

El ensayo sobre la revista Claudia resalta: “El sexo apareció asociado, desde comienzos de los ‘60, a una idea de mayor libertad individual y autoconocimiento, siendo el vehículo de una verdadera revolución moral. Disociar, definitivamente, el sexo de la procreación fue una de las grandes proezas de la década, y en ello tuvo mucho que ver la píldora anticonceptiva descubierta por el ginecólogo John Rock. Desde la minifalda hasta la moda unisex, desde las ideas de Herbert Marcuse a favor del ´fortalecimiento de los instintos vitales´ (Eros y civilización) hasta la posterior consigna del amor libre de los hippies, el sexo ya no fue entendido con la mojigatería de antaño”.

En este contexto hay que ubicar al fenómeno de Master y Johnson, que sacudió de tal forma a los medios que llegó a la tevé argentina. El programa más mirado era por entonces Sábados Circulares y allí, todas las tardes, se sentaba la pareja integrada por Eva Giberti y Florencio Escardó para compartir sus modernas lecciones de Escuela para Padres. En realidad, el título nació de las columnas que escribía Eva en el diario La Razón, pero cuando formó pareja con el pediatra quedó a punto de caramelo para la explosión mediática, que encontró en ellos una pareja que parecía calcada de la exitosa fórmula norteamericana. Como en la serie, la revolucionaria era ella. La diferencia es que Eva no solo era bella, creativa y audaz. Era una feminista formada y una psicóloga brillante. Un cuadro. No imagino a quién recurrir para trazar una comparación, pero no creo exagerar si hago la siguiente mezcla: tomen la cabeza de Simone de Beauvoir, súmenle la elegancia de Jackie Kennedy y el dominio de la cultura popular de Madonna. Sienten a esa super mujer al lado de un afable, prestigioso  y aristocrático pediatra. Son las tres de la tarde y los maridos, las suegras, la cría y el barrio duermen la siesta. “Hablemos sin prejuicios”, propone ella. Mi madre se sentaba con un cuaderno y anotaba.

En el libro Paren las rotativas, Carlos Ulanovsky recrea así lo que representó la escuela de Eva: “En una sociedad educada en el prejuicio y en la que primaba el criterio de que a los chicos no había que decirles toda la verdad en ciertos temas, Eva Giberti se las tomó primero con los mitos (la cigüeña trae a los niños de París, los chicos nacen de un repollo) y luego trató de interpretar y registrar los cambios en el hombre, en la mujer, en las parejas y no dejó un solo tópico de la educación sexual sin abarcar”.

Honor y gloria a la gran Eva.

El fin del placer

Todo terminó cuando todo terminó. “Fue el avance del autoritarismo el que puso fin a la retroalimentación de ida y vuelta entre la revista y el público mediada por el mercado cuando el golpe de Estado de 1976 barrió con el campo cultural que había surgido de la intersección de los intereses del mercado, los intelectuales y los empresarios renovadores”, concluye el ensayo sobre la revista Claudia. Las tapas de las revistas se poblaron de cola less y las publicaciones femeninas con campañas sobre “los argentinos derechos y humanos”. Esa moral de los culos que tan bien sintetiza cualquier publicación de editorial Atlántida de aquellos años nefastos.

El regreso de la democracia trajo dos experiencias que resaltan en este inventario personal y por lo tanto, arbitrario e incompleto. En tevé, La cigarra, con María Elena Walsh, Susana Rinaldi y María Herminia Avellaneda, un ciclo que no llegó a cumplir seis meses en el aire, pero que alcanzó para plantar un formato inesperado: mujeres maduras, de mirada afilada, analizando la realidad con perspectiva feminista y crítica.

En una sintonía igualmente provocadora, la enorme María Moreno había creado la revista Alfonsina y luego, el suplemento femenino del diario Tiempo Argentino, que al poco tiempo fue cerrado.

No te olvides del saquito

Recordar la revista Alfonsina me permite citar un completo dossier sobre la prensa feminista publicado en la revista Mora, del Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género. En el capítulo dedicado a esta publicación resume así algunos hitos que le dieron raíces: “Alfonsina se presenta como ´el primer periódico para mujeres´. Este gesto iniciático podría enceguecer la mirada genealógica. A pesar de ello, el mejor homenaje que puede hacérsele a la publicación es revisar la tradición que se actualiza en ella. La escritura periodística escrita por y para mujeres se remonta, en Argentina, a La aljaba en 1830, La camelia en 1852, Álbum de señoritas en 1854 y La voz de la mujer en 1896. A pesar de las diferencias que poseen, coinciden en una crítica aguda hacia el lugar subordinado de las mujeres en la sociedad, incluso antes de que se masifiquen los discursos de la domesticidad a través de folletines, revistas y columnas femeninas. Este fenómeno se produce en el contexto de la modernización, aproximadamente en 1920, y es cuestionado por voces feministas, aunque marginales. De hecho, en Alfonsina encontramos tópicos que nos reenvían a la tradición del periodismo feminista: denuncias del sexismo en los medios de comunicación, crítica y distancia frente a las revistas femeninas. Con el gobierno de Alfonsín, los reclamos se actualizan y el periódico recoge esa bandera: el divorcio, que se sanciona recién en 1987. Otro tema presente en Alfonsina es el debate acerca de si la mujer ama de casa es una trabajadora que debe ser asalariada o es una mujer sometida a la que hay que sacar de esa situación. A estas se suman demandas antiguas, pero que se trasladan a nuestro presente, ya que aún no han encontrado un eco positivo en nuestro país: la legalización/despenalización del aborto, la violencia doméstica, la prostitución”.

Lo más interesante de Alfonsina era su propuesta de transvestir los nombres de los autores varones de las notas. Martín Caparrós firmaba como Rosa Montana, Rodolfo Fogwill como María de la Cruz Estévez y Néstor Perlonger como  Rosa L. de Grossman. A María Moreno le interesó el experimento por una inquietud: “A ver estos tipos, que son una suerte de coalición masculina… ¿qué pasa cuando se ponen en el nombre de la madre o el de la hermana? Y eran feministas pesadísimas, directamente cadeneras. Cambiando de posición les aparecía algo reivindicativo muy interesante”.

Un ejemplo del Perlongher escribiendo como Rosa, en la sección Edictos Policiales:

“Nena, si querés salvarte, nunca te olvides el saquito, el largo Chanel, el rodete. No te quedes dando vuelta en la puerta de un bar. Y, lo peor de lo peor, no se te ocurra hablar por la calle con alguien de quien no sepas su nombre, apellido, dirección, color de pelo de la madre y talle de la enagua de su abuela: la policía los separa y si no saben todo uno del otro, zas, adentro. Tampoco salgas con una amiga, no te hagas la desentendida. Y, si sos casada, no salgas sin los chicos: porque ¿qué hace una madre que no está cuidando a sus hijos? Y nunca te olvides de lo que decía el General: ‘de la casa al trabajo y del trabajo a la casa’. Pero, ¿usted de qué trabaja, señorita? Me va a tener que acompañar”.

Lo que trataba así de crear María Moreno era un espacio de papel para pensar el feminismo en el contexto de la brutal represión que representó la dictadura.

Tal como señala Tania Diz en su análisis de esa publicación “va más allá al denunciar la representación sexista de la mujer que predomina en los medios de comunicación. Así se refiere al destape como la secuenciación de mujeres-objetos para consumidores varones y ciegos ante la situación económica y política. Incluso, se relaciona la pornografía y la tortura con la hipótesis de que junto con el destape de mujeres desnudas también está el uso del relato de las torturas de la reciente dictadura, como un modo de goce y rechazo ante el horror. Es necesario recordar que el artículo de María Moreno fue publicado en enero de 1984, cuando recién comenzaba a tener difusión masiva el tema, y Alfonsina denuncia que estos eran publicados y promocionados con el fin de aumentar las ventas de los diarios, estimulando el morbo y alimentando las hipótesis acerca de las patologías de los torturadores que lleva al olvido de la dimensión ideológica y política de este procedimiento”.

Honor y gloria a la gran María Moreno.

La hora del placer

La herencia de Alfonsina es analizada también en un ensayo sobre el suplemento Las 12, especialmente desde que tomó su dirección la periodista Marta Dillon. No es casual que su voz sea hoy una referencia para analizar la poética de Ni Una Menos. Su historia personal resume las heridas que recién parecen haberse sanado con ese abrazo masivo que significa ocupar el espacio público juntas y en rebeldía. Un acto político que nos permite sentir que nuestras vidas como mujeres serán tristes, pero nosotras no.

Quizá haya llegado la hora de recuperar también el goce.

Just do it.

Nueva Historia Argentina, tomo 9, capítulo 7, Rebeldes y modernas, Sergio Pujol.

Revis Mora, dossier Giros de la prensa feminista en el siglo 20, Paula Toricella, Tania Diz, Isabella Cosse.

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