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La nueva generación

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Colectiva Tierra Viva de Bolívar. Alarmados por las enfermedades y la mala alimentación, empezaron a probar otro tipo de producción en sus campos. Se inspiraron en la agroecología. Formaron un grupo. E impulsan una ordenanza para regular los agrotóxicos, entre otras yerbas. POR SERGIO CIANCAGLINI

La historia suele estar escrita con grandes nombres como los del educador Calfucurá, el showman Sarmiento o el cacique Tinelli. Sin embargo podría hablarse también de personas como Gabriela, Juan, Guadalupe, Verónica, Sergio, Mónica, Georgina, Facundo, Andrea y varios más, que hacen una historia a partir de haber recorrido un camino de ida y vuelta.
Desde su lugar en el mundo, San Carlos de Bolívar, provincia de Buenos Aires, cada uno de ellos partió en su momento hacia las grandes ciudades persiguiendo promesas de desarrollo personal y consolidación económica. Vivieron y trabajaron en esas ciudades. Y también se hartaron. Les funcionó un artefacto llamado memoria, recordándoles que la vida podía ser una aventura menos enloquecedora.
La memoria los guió hacia el futuro, en sentido inverso al habitual: desde las urbes marrones y grises hacia San Carlos de Bolívar.
Se trata de la tierra que el presidente Domingo Sarmiento ordenó defender atacando a las huestes aborígenes de Calfucurá en 1872, victoria del ejército considerada crucial para la llamada Conquista del Desierto que Julio Roca llevaría a niveles lisérgicos. Era un desierto un poco raro, lleno de gente y de pueblos a los que había que fumigar con el ejército y los Remington, proeza injustamente olvidada cuando se habla de genocidios. En términos más recientes, la referencia bolivarense es una celebridad: el conductor televisivo, ex dirigente afista y futuro político Marcelo Tinelli, nació aquí.
Pero, ¿cuál es la historia de Gabriela, Juan, Guadalupe y el resto? No conquistan desiertos. Tampoco quieren ser conquistados. Y no bailan por un sueño, sino que lo construyen.
Cómo se arma una red
En poco más, un poco menos, todos se acercan a los 40 años, aunque es difícil calcular la edad del entusiasmo, que fue lo que hizo que se conocieran entre ellos. Gabriela Apestegui se había ido joven a La Plata y Buenos Aires, estudió traductorado, composición musical, hizo un profesorado de filosofía. Durante unas vacaciones en Bolívar su mamá falleció.
Gabi lloró, pensó que no quería volver a irse, desarmó el bolso definitivamente y se quedó junto a su padre. El campo familiar de 196 hectáreas se alquilaba principalmente para producción de soja transgénica. Entre lo rural y lo filosófico, dice: “Yo sabía que tenía que haber rotación de cultivos, no siempre soja, y notaba además las fumigaciones, el deterioro del campo y del suelo. No me gustaba. Y todo lo que te decían al indagar el tema era que el glifosato no hace nada, que se degrada en la tierra, y otras mentiras”. Este campo tiene un nombre bello: La Templanza.
A Gabriela le interesaba el tema de la alimentación. “Tampoco hay información sobre eso. Sabés que no hay productos saludables en el supermercado, en la industria, pero la verdad es que no sabemos lo que comemos. Peor todavía con los chicos. Entonces pensé: si no quiero que lo que como tenga veneno, ¿por qué voy a sembrar con veneno?”.
Georgina Scardino recorría laberintos similares: “Viví varios años en Trenque Lauquen y en un taller de cerámica precolombina conocí a Patricia Domínguez. Sus papás son ingenieros agrónomos y cultivaban todo el alimento para la familia. Un día me regalan unas batatas y yo dije: ¿qué es esto? Era un sueño. Batatas exquisitas, con gusto a batatas. Zapallo con gusto a zapallo. Tenían frutales. El papá de Paula nos hacía recorrer los campos y nos mostraba las plantas y los árboles con las hojas achicharradas y manchadas por las fumigaciones. Decía que las plantas están así por los mismos tóxicos que nosotros estamos respirando. Y nos enterábamos todo el tiempo de enfermedades y abortos espontáneos”.
Ya en Bolívar, Georgina y Gabriela se hicieron cómplices e idearon un emprendimiento de alimentación consciente llamado La Algarroba, para vender productos orgánicos, sanos, y organizar talleres. A una de sus presentaciones, con ánimo de escuchar de qué iba la cosa, llegó Juan Urrutia, biólogo y productor. Fue hace dos años. También él estaba volviendo. “Me dedicaba a parquizaciones. Estuve 20 años fuera. Volví para hacerme cargo del campo de mi papá, de 80 hectáreas. Sabía que existía la agroecología, había conocido al ingeniero agrónomo Eduardo Cerdá (MU 112: El contagio), conocí trabajos del agrónomo chileno Miguel Altieri y del argentino Santiago Sarandón”. La agroecología implica, entre muchas otras cosas, el diseño, la gestión y la producción agropecuaria de acuerdo a pautas ecológicas, de policultivo, y sin uso de productos tóxicos ni químicos.
Además de charlar sobre alimentación consciente, Juan buscaba salir del modelo de arrendamiento de su campo: “Quería hacer agricultura, tener animales. Pero me encontraba con una gran soledad. No se podía hablar con nadie, y menos con los ingenieros agrónomos: te dicen que hay una sola posibilidad, un solo modelo de producción. El campo está cerca de una escuela rural. Por eso no quiero usar agroquímicos, y tampoco quiero aplicármelos sobre mí. Con Gabriela y Gerogina por lo menos hablaba de otra cosa, de alimentación sana: fue un oasis encontrarlas”.
Oasis práctico: “Surgió la idea de armar un proyecto de ordenanza para regular los agroquímicos para evitar que nos fumiguen y que los mosquitos (las fumigadoras terrestres) anden por la ciudad. Y entonces apareció Guadalupe”.
Caldito de verdura
Guadalupe Gerea es profesora de música. Otra hija pródiga. “Vivía en Mar del Plata, y volví hace seis años a Bolívar en busca de la tranquilidad que no hay en las grandes ciudades. Mi familia tiene campo, pero mis hermanos se harán cargo. Me puse a trabajar en lo mío, y noté que muchas personas me hablaban de familiares con cáncer, de tiroides, de diabetes repentinas. Falleció de cáncer una de mis compañeras, otra se está tratando, y chiquitos también. Por nombrarte los más recientes: Brian era un nene de 10 años que murió por un tumor, y Mimí (Ailen Bazar) tuvo leucemia y murió el mes pasado. Tenía 4 años”.
Guadalupe vivía alarmada: “Eran muchas enfermedades heavy. Y en ese momento me enteré por Facebook de una nota de MU sobre Juan Kiehr, que tenía un campo agroecológico en Benito Juárez”. Guadalupe conocía a una de las hijas de Kiehr, productor que conduce el campo La Aurora, de 600 hectáreas: “Pero no tenía idea de qué era la agroecología. Recién ahí me enteré de que era todo un modo distinto de producción”.
Guadalupe dice que lo suyo no es quejarse, sino hacer cosas. Conoció a Georgina y Gabriela, supo que pensaban con Juan armar un proyecto de ordenanza para regular el uso de agrotóxicos. Compartió la nota por Facebook y les propuso ir a conocer La Aurora, el campo de Kiehr, tejiendo así otro nexo de una red que no ha parado de crecer.
Gabriela quedó filosóficamente desestructurada cuando conoció La Aurora: “Lo de la alimentación consciente y sana yo lo tomaba desde lo orgánico. Era lo que quería hacer. Pero Juan me decía: ‘ojo, que lo orgánico es parte del modelo del agronegocio. Existe otra cosa: la agroecología’. Me picaron la cabeza. Y cuando fui a La Aurora entendí: lo agroecológico implica un estilo de producción sano que no tiene por qué ser para una élite”.
Georgina cree que aquel viaje fue un estallido: “Ves que es algo posible, que el que lo hace además puede vivir bien y tranquilo económicamente”.
El grupo iba diversificándose. Mónica Perino es chef, aunque ella prefiere decir cocinera: “Volví hace nueve años desde Buenos Aires y Calafate. Acá vivo de cocinar por encargo, y ayudo en todo lo que es huertas familiares agroecológicas. Hay más de 100 familias aquí con sus huertas, apoyadas por el INTA”. El ingeniero Walter Pengue ha calculado que cada familia con una pequeña huerta puede cultivar todas las hortalizas que consume, generando un ahorro de 1.000 dólares anuales. Mónica: “Mi esperanza es que hay cada vez más interés. La gente quiere salir del caldito de verdura, de cuestiones con aditivos y químicos, volver a las plantas reales”.
Lo ha hecho Facundo Perruelo, que cultiva una chacra de su padre y trabaja además como mozo. “Estudié agronomía en La Plata, pero había solo dos profesores que decían algo diferente: Guillermo Hang y Santiago Sarandón. Dejé la carrera. Pero supe de este grupo por Internet y me sumé”. Ya habían decidido darse un nombre:
Colectivo Tierra Viva Bolívar.
Descontar cuentos
El viaje a La Aurora los puso en contacto con el asesor de ese campo, el ingeniero agrónomo Eduardo Cerdá. Conocieron a través suyo la experiencia de Guaminí (MU 10: El campo recuperado) donde nueve productores trabajan agroecológicamente 1.300 hectáreas en sus establecimientos. En Guaminí acuñaron el concepto de que el modelo productivo actual es “agro oncológico”, y además elaboraron una ordenanza de regulación de los agroquímicos, que Tierra Viva tomó, corrigió y mejoró para proponer en Bolívar.
Juan: “Nos pusimos a investigar, a escribir, a fundamentar para que los propios concejales sepan sobre la cuestión. Creemos que no se tendrían que aplicar agroquímicos, pero el primer paso es poner zonas de exclusión de 1.000 metros para las fumigaciones terrestres y 2.000 para las aéreas con respecto a zonas pobladas, escuelas rurales y cursos de agua. Que haya restricciones a cómo usarlos y quita de tasas e impuestos para fomentar la agroecología. La creación de una guardia ambiental para controlar el cumplimiento de la ordenanza. Y la elaboración de estadísticas públicas para que se empiece a conocer la vinculación entre enfermedad y ambiente”. Hay otra ordenanza presentada por un concejal de Cambiemos. “Si se aprueba la nuestra, será la primera vez en la historia de Bolívar que se sancione una ordenanza presentada por particulares. Fomenta toda producción limpia, agroecológica, orgánica, biodinámica, permacultura”.
La movida ha incluido en el último año la realización de viajes a Guaminí y a Benito Juárez, jornadas en Bolívar, conferencias de Eduardo Cerdá, Giovanna Bonisoli (Facultad de Medicina de Rosario) y Miryam Gorban (Cátedra Libre de Soberanía Alimentaria-UBA). Se consiguió además la adhesión de Bolívar a la Red Nacional de Comunidades y Municipios que Fomentan la Agroecología (Lincoln, Coronel Suárez, Gualeguaychú y Miramar, entre otros).
Andrea Mazzuca, otra propietaria de campo, explica: “El intendente Eduardo Bucca es médico. El padre también. Se interesaron por una cuestión de salud, y por los costos que está teniendo la atención de la gente. El municipio entonces financia estos viajes y visitas para seguir promoviendo la agroecología”.
Gabriela: “Sentimos que ya tenemos vida propia, y que traccionamos para que las instituciones actúen. Es necesario el compromiso del Estado pero no esperamos: nosotros lo vamos a hacer igual de alguna manera. Ya somos unos 20 integrantes de Tierra Viva, empezamos a juntar firmas para apoyar la ordenanza y rapidito conseguimos 300. Descubrimos que no estamos solos, que hay mucha gente como nosotros que no está ni en el gobierno ni en las grandes corporaciones y que quiere una transformación real. Es como descontar el cuento que nos estaban contando”.
web y vacas
Georgina cuenta que habló con una médica que le reconoció que en consultorios y hospitales están registrando cantidad de intoxicaciones hepáticas que relacionan con los agrotóxicos. “Me contó que no pueden salir a decirlo porque no está probado, pero están seguros de que es eso. Por eso en la ordenanza proponemos que haya estadísticas confiables”.
Verónica Acosta es otra de las regresadas. “Queríamos aire puro, pero no era tan puro”, reconoce. Es abogada, mediadora, hace danza y fue golpeada por embarazos perdidos y además hipotiroidismo. “Estuve tres meses sin moverme. Por suerte me recuperé, tuve a mi segunda hija, y creo que todo este proyecto es el que nos va a mejorar la vida”.
Su marido, Sergio Carretero: “Yo me había ido por mandato familiar, esa idea de que el campo es horrible, que tenés que ser gerente de algo en la ciudad. Soy especialista en sistemas en una multinacional. Podría trabajar en cualquier país, pero le esquivé a ese camino. Decidí volver. Puse Internet en el campo y por ahora hago mi trabajo de programación mirando las vacas. Pero estoy haciendo agroecología en 50 hectáreas y espero que sean cada vez más. Me parece fabuloso poder producir lo que comés, cambiar la manera de vivir. No quiero ser gerente de nada. Quiero ser autosuficiente, autónomo, producir y vivir tranquilo”.
Cuentan que están desapareciendo las escuelas rurales, mencionan que una de las que quedan, a la que iban cien chicos, hoy van tres. Frente al vaciamiento, Gabriela imagina: “Siento que eso está cambiando. Hay una generación que de a poco está volviendo a vivir al campo”.
Andrea cree en el factor comunicación: “Para nosotros es importante que se sepa lo que estamos planteando. Pero no a través del miedo. ¿Sabés por qué? Porque la gente ya sabe lo de las enfermedades, los peligros y demás. Ir en contra de algo es contraproducente. Mi postura es ir a favor: mostrar que hay una opción para salir de esto. No nos metemos contra Monsanto. Vamos por la agroecología. Así que tenemos que seguir haciendo y diciendo lo nuestro. Porque si no lo hacemos nosotros, ¿quién lo va a hacer?”.

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