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Modelo de salud

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Pueblos fumigados. Después de sufrir trabas por parte del decano de la Facultad, la Práctica Final de la carrera de Medicina de Rosario volvió a realizar un campamento sanitario. Fue el más grande de todos, en San Antonio de Areco. La crónica y los resultados preliminares. POR DARÍO ARANDA

El mapa está dividido en 186 manzanas, todas numeradas. Se reparten entre 211 estudiantes de medicina (a una materia de recibirse), que recorrerán las casas con una encuesta detallada. De allí saldrá el perfil socio-sanitario del pueblo (San Antonio de Areco, norte bonaerense). Es una experiencia inédita, de la materia Práctica Final de la Universidad de Rosario, que ya realizó 30 campamentos sanitarios y las pruebas recolectadas inquietan al poder: reunió evidencias claras del incremento de enfermedades vinculadas al modelo agropecuario.

El Abecé

ilvia tiene dos nietos y sus fotos pueblan el living donde nos recibe amable, ofrece agua y sonríe. Avisa que escuchó en la radio que cientos de estudiantes universitarios iban a encuestar al pueblo para saber qué enfermedades los aquejan, cómo es la situación hospitalaria y luego informarán los resultados. Silvia también sincera que algunos dicen que es un maniobra del Intendente, pero ella no cree eso. Por eso abrió la puerta, sonríe y quiere responder.

Silvia vive en San Antonio de Areco y es una de las 100 mil encuestadas por camadas de estudiantes que desde hace ocho años vienen realizando la práctica final de la facultad rosarina, una acción inédita para una universidad nacional donde estudiantes deben rendir su última prueba: una semana de relevamiento epidemiológico en un pueblo, jornadas de control de salud de alumnos de escuela primaria, talleres de medicina preventiva en plazas y teatros, universidad y medicina al servicio del pueblo.

¿Qué problema hay?

artes por la mañana. El sol disfraza el frío de junio. Dos estudiantes-encuestadoras permiten que las acompañe. Tienen el mapa de San Antonio de Areco y las manzanas asignadas. Las instrucciones indican encuestas casa por medio. Si no hay nadie, se vuelve por la tarde. Si tampoco hay suerte, se regresa al otro día. Tres intentos y, plan b, la casa vecina que estaba fuera del plan inicial. El objetivo, que la mitad de las familias estén dentro del censo.

Caminata de algunos minutos y la cuadra señalada. La mayor parte son casas en construcción, un loteo reciente. Solo albañiles trabajando. En otras, ya habitadas, no responde nadie.

Miran el mapa. Manzana siguiente. Muchas casas fueron censadas el primer día. El resto, una decena, todas parecen habitadas. Tocar timbres, resonar de manos. En ninguna atienden. No hay suerte.

Llamado en busca de otras alumnas. Caminar diez cuadras y aparecen otras dos alumnas, Brenda Cabrera y Camila Burgos. Tocan timbre en la esquina de Alvear al 600. Atiende Silvia. Vive con su esposo. Ambos jubilados y abuelos. Comienza un cuestionario de seis carillas. Unos 20 minutos.

Algunos datos: 67 años, primaria completa, jubilada, se atiende por PAMI, anduvo con tos, está tomando un jarabe y extraña mucho el cigarrillo, que no toca desde hace treinta días por recomendación médica. Meses atrás tuvo que realizarse una tomografía, y viajó a Ciudad de Buenos Aires. Le costó 5.000 pesos. Cuenta con agua de red, cloacas, gas natural y el techo es de chapa y losa. Consume agua embotellada y ante una emergencia concurre al hospital público, al que evalúa con ocho puntos (las críticas son a la infraestructura e insumos, no a los médicos y enfermeros); tiene presión alta (enumera los medicamentos) y su esposo es hipertenso. Ante alguna complejidad de salud, viaja a Luján o a San Andrés de Giles.

Una de las últimas preguntas es abierta. ¿Existe algún problema de salud en la ciudad? Silvia responde al instante: “Mucho cáncer”. Como posibles causas, ha escuchado hablar de las fumigaciones con agrotóxicos, sobre todo en las escuelas rurales, pero ella cree que deben ser los transformadores eléctricos (décadas atrás contenían PCB, un químico cancerígeno).

Fin de la encuesta. Continúa la caminata.

Calles anchas, casas bajas, prolijas, es cerca del centro de Areco. Brenda y Camila miran el mapa. Ven qué vivienda falta censar. De esa manzana, solo resta una. Llaman: abre Estefanía, 37 años, tres hijos, estudios universitarios completos. Trabaja seis horas por día, su esposo más de 14 horas, nadie fuma en la casa, cuenta con medicina prepaga. Utiliza purificador de agua, detecta que muchas veces hay mal olor en la ciudad (identifica a un basural de las afueras como posible foco). Ante una emergencia concurre al hospital público, al que evalúa con cinco puntos, sobre todo “por la falta de recursos”.

Afirma que en los barrios más alejados hubo muchos problemas de alergias y en la piel. No sabe a qué se deben, aunque sospecha de la contaminación en el río, donde explica que se arrojan residuos cloacales y de algunas fábricas.

Solo dos encuestas, de las 1.500 que se realizaron en Areco. De las 100 mil de los 30 campamentos sanitarios. En la planilla, números fríos. En los estudiantes, historias de carne y hueso.

Matices en grupo

escanso en la sede del campamento. Cintia, Andrea, Rafael, Romina y Alejandra comparten mate y galletitas. Tienen entre 24 y 28 años y son de Bovril (Entre Ríos), Marcos Juárez, Rosario, Brasil y Colombia. Cuentan que el segundo día tuvieron mejor suerte con las encuestas, con más respuestas y mejor recepción.

Una de ellas plantea que no está de acuerdo con que el campamento sea una instancia obligatoria y explica que algunos no tienen buena predisposición, por ejemplo, para dormir en el piso. Pero también hay matices entre el mismo grupo. “Yo prefiero esta evaluación a otra forma más tradicional. Y está bueno que como futuros médicos nos vinculemos con la comunidad, más desde una facultad pública, ver si podemos aportar algo a la comunidad. No está bueno que venga gente mal predispuesta, pero todos deberíamos tener ganas de esta experiencia”, contrapone una de ellas.

Algunas aún no saben qué especialización seguirán. Otros apuestan por cardiología, cirugía y medicina general.

Celebran el perfil que les brindó la Facultad. “Se intenta una orientación más social, fuera del modelo hegemónico. Tengo amigos que estudian en Córdoba y tiene una formación más cerrada en lo científico-médico. Está muy bueno que la Facultad te ofrezca otra opción, luego cada uno elige”, destaca Andrea Salinas. Rafael Milo, de Brasil, lo resume: “Los médicos curamos pocas enfermedades, pero tratamos mucho con personas, entonces en necesaria una mirada que contemple lo social, lo humano”.

Suelo tóxico

an Antonio de Areco está ubicado en el norte de Buenos Aires, parte de la pampa húmeda, corazón agrícola y, desde hace dos décadas, tierras de transgénicos y agroquímicos. La ciudad, de 26.000 habitantes, quedó atrapada entre fumigaciones.

En lucha contra el modelo nació la asamblea Grupo Ambiente Areco y critica por igual al poder político como al empresariado que impulsa el agronegocio. Otra exponente de la resistencia es Ana Zabaloy, docente rural de la escuela número 11. Cuenta: la primera fumigación la sufrieron en horario de clase, a las 9 de la mañana. Los propios chicos advirtieron que era el veneno que usan en los campos. Se trataba del peligroso 2-4D. En dieciséis meses radicaron cuatro denuncias por fumigaciones.

El Espacio Multidisciplinario de Interacción Socio-Ambiental (Emisa), de la Universidad Nacional de La Plata, analizó el suelo de la escuela y encontró siete químicos, todos relacionados a la actividad agropecuaria. Zabaloy siempre lo remarca: “El padecer de las escuelas fumigadas no es solo para la número 11 de San Antonio de Areco, se repite en toda la provincia de Buenos Aires y en tantas escuelas rurales de nuestro país que son fumigadas sin piedad. Los intereses económicos están por encima de los derechos a la salud de los chicos”.

trabas y persecución

os campamentos sanitarios comenzaron a gestarlos en 2008 un grupo de docentes y estudiantes, y tuvo el visto bueno del decano Carlos Crisci. “Están locos, pero es necesario”, les dijo. Y en 2010 se hizo el primero, en Santa Isabel (Santa Fe). Nació también el Instituto de Salud Socioambiental.

Pasaron 29 campamentos. Y el 30 casi naufraga.

El decano Ricardo Nidd, que llegó con el apoyo de los docentes de las materias Práctica Final (a cargo del campamento) y de Salud Socioambiental, comenzó un giro adverso, que tuvo su pico en noviembre de 2016, cuando intentó secuestrar las miles de encuestas de los campamentos. “Persecución ideológica en la Universidad de Rosario por denunciar los agroquímicos y transgénicos”, fue el título del comunicado que lanzaron los docentes, graduados y alumnos que sostienen las materias. El Decano ordenó cerrar con cadenas y candado el ingreso a la oficina que contenía el trabajo de años de campamentos.

El comunicado alertó que detrás de la maniobra estaban, además del Decano, funcionarios provinciales y empresas del agronegocio, molestos por lo que evidencian los campamentos: el impacto del modelo transgénico en la salud de la población.

Damián Verzeñassi, uno de los referentes de la materia, resaltó que el decano Nidd “mantuvo reuniones con sectores vinculados al gobierno provincial y les habría ofrecido la coordinación de la materia Práctica Final, es decir, de los campamentos sanitarios. Tememos que el próximo paso del Decano sea echar a más docentes, no renovando sus designaciones a fin de año, y pretender desmantelar el Instituto de Salud Socioambiental y los campamentos sanitarios”.

Verzeñassi explica que las autoridades de la Facultad intentaron suspender los campamentos e incluso “pusieron trabas” con intendentes que ya habían dado luz verde.

Llegar a San Antonio de Areco fue en sí mismo un logro. Nunca habían relevado una ciudad tan grande (26.000 habitantes).

Chicos al doctor

de la mañana de miércoles. Gabriel Keppl es el docente-tutor. Camina junto a una docena de jóvenes hasta la escuela municipal Manuel Belgrano. Todos con sus ambos celestes, estetoscopios y anotadores. Tan central como las encuestas son las visitas a las escuelas.

Los estudiantes-médicos se dividen en grupos de cinco. Ingresan los niños de primer grado, también en grupos de cinco. Cada estudiante recibe a un niño y hace todo el recorrido: altura, peso, vista, dientes, frecuencia cardíaca, posibles lesiones en la piel, ortopedia.

El tutor sigue de cerca. Observa y evalúa. El clima es distendido, pero serio. Es parte de la evaluación final de la carrera. Uno de los alumnos-médicos es alto, casi 1,90, y de hablar seco. Keppl se acerca y le sugiere que sea más descontracturado, sobre todo con el paciente de primer grado.

Algún niño intenta hacer trampa en la prueba visual, otro tiene la boca llena de golosinas y no se le pueden contar las caries. Todo transcurre con normalidad. Los alumnos de último año de medicina ya hicieron prácticas, aunque no siempre con chicos tan pequeños. La secretaria de la escuela celebra la posibilidad: “No todos los chicos tienen la posibilidad de una revisación y, a los que la tienen, tampoco les viene mal”.

Resultados

l último día, viernes 9 de junio, Damián Verzeñassi y Gabriel Keppl presentaron los resultados preliminares en el Cine Vieytes de Areco. De 3064 hogares, respondieron en el 47 por ciento de los casos. Entre los problemas de salud (del último año) detectaron hipertensión arterial (9,6 por ciento), hipotiroidismo (3,1), diabetes (2,7) y dislipidemias -alto nivel de colesterol o grasas- (1,9). “Cuatro de cada diez habitantes tiene algún problema de salud crónico, asociado al estilo y condiciones de vida”, explicaron.

También es común que los encuestados señalen que no tienen problemas de salud, pero reconocen que toman fármacos. Por lo cual sí tienen alguna patología.

Las causas de muerte (últimos quince años): 32 por ciento por neoplasias-tumores (cáncer), 23 por ciento por problemas cardiovasculares (hipertensión, enfermedad coronaria) y otro diez por ciento por problemas respiratorios (neumonía, EPOC, insuficiencia respiratoria). Las fuentes de contaminación mencionadas por la comunidad fueron el río, las cerealeras y los frigoríficos.

En los problemas de salud identificados por la población sobresalen el cáncer (40 por ciento), enfermedades respiratorias (7 por ciento) y drogas (5 por ciento).

Verzeñassi afirmó que el principal objetivo no puede ser solo un título universitario ni la salvación individual, sino que buscan un “profesional comprometido con su gente y su momento histórico”.

Remarcan que los datos serán procesados y analizados con mayor detalle, en un período que puede llevar entre seis meses y un año. Y volverán a Areco con el informe final.

Verzeñassi explicó que los resultados van en línea con los 29 campamentos anteriores (realizados en pueblos de Santa Fe, Entre Ríos, Córdoba y Buenos Aires). Afirmó que confirmaron que, en promedio, en el 50 por ciento de las enfermedades y muertes se da “algo diferente que hace 30 años atrás, y permite asociar los cambios de morbi-mortalidad con el modelo productivo”. Puntualizó en casos de cáncer, diabetes, malformaciones, problemas endocrinos, hipotiroidismo. “La línea de tiempo entre el aumento de estas enfermedades coincide con el avance del agronegocio. Y otro dato fundamental es que todos estos pueblos y ciudades tienen fumigaciones con agrotóxicos a menos de mil metros de sus casas”, precisó. También destacó que la mayoría de las localidades antes se alimentaban de lo que producían en sus alrededores. Ahora consumen alimentos procesados que llegan desde grandes ciudades.

Ante los cuestionamientos o dudas de funcionarios y algunos sectores de la ciencia, Verzeñassi contrapone: “Tenemos evidencia clara de que cambiaron los datos epidemiológicos. No lo decimos desde un escritorio, lo sabemos porque lo comprobamos en territorio con 100 mil encuestas a las familias. Esa es nuestra fortaleza. Y muchos se ponen nerviosos porque esto afecta sus negocios o porque tienen responsabilidades en lo que está pasando en la salud de la población”.

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