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Buscados: una red mundial de madres de desaparecidos

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La otra cara del éxodo centroamericano: migrantes desaparecidos durante el exilio. Y mujeres que los buscan. Crearon una red mundial, de África a México. Por Eliana Gilet desde Ciudad de México.
Tal vez sea mejor comenzar a contar desde una frontera conocida: el puente Rodolfo Robles sobre el río Suchiate, que une a México y Guatemala, un río tramposo que es testigo mudo de décadas de paso de gente de todas partes y que fue escena de la foto que dio vuelta al mundo cuando, el 19 de octubre de 2018, el primer grupo del éxodo hondureño fue detenido sobre él durante horas.
Un puente convertido en muro.
Una caravana de 25 mujeres centroamericanas que buscan migrantes desaparecidos en México -organizada por el Movimiento Migrante Mesoamericano desde hace 14 años- decidió, seis días después de ese suceso, que iría a manifestarse de este lado del puente, cerrado por policías y sus escudos. Ese día, 25 de octubre, los balseros seguían su vida de traspaso en medio de centenas de uniformados, que se les colaron de repente. Entonces no hacían nada, sólo miraban, pero cuando el segundo grupo de hondureños en éxodo llegó a la ribera guatemalteca de Tecún Umán, los de la Marina impidieron que la gente subiera a las balsas y obligaron a que cruzaran el río a pie.
Esa fue la segunda escena que protagonizó esta frontera en estos días, ambientada por el ensordecedor ruido de las aspas de un helicóptero que suena y suena encima de la cabeza de la gente.
Cuando las mujeres de la caravana llegaron al Suchiate, había un día brillante y cálido. Treparon entre las rocas que las dejaran lo más cerca posible del puente. Levantaron las banderas de sus países y dijeron en voz alta que ellas son las madres centroamericanas y que los migrantes son trabajadores internacionales, no criminales como les quieren hacer creer. Los que estaban detenidos en el puente, sin poder pasar a México, respondieron a los gritos.
“Migrar es un derecho y bajo ese lema demandamos que se abran esas fronteras. Siempre criticamos el muro de Trump, sin embargo, nuestros países Guatemala y México cierran sus fronteras”, dijo Catalina López, integrante del Equipo de Estudios Comunitarios y Acción Psicosocial (ECAP) de Huehuetenango, Guatemala, con su voz amplificada por un megáfono, para que pudieran escucharla todos: los migrantes y los agentes que no los dejan pasar. “En lugar de criminalizar la acción del migrante centroamericano, debemos exigir ya no más corrupción, ya no más violencia estructural en nuestros países, porque esos son los elementos por los que migran nuestros hermanos centroamericanos. Ya no podemos hablar del sueño americano: esta es la pesadilla americana”.

Mujeres organizadas

En Honduras hay cinco comités de familiares de migrantes desaparecidos: uno en El Progreso, departamento de Yoro; dos en Tegucigalpa, la capital; otro en la zona norte de Francisco Morazán, y otro en la Choluteca. Cofamipro, el de El Progreso, tiene registro de 600 personas desaparecidas en su camino hacia Estados Unidos. El resto ronda la centena cada uno. Los casos más antiguos son de personas que llevan 30 años desaparecidas. Cofamide es el único de El Salvador que tiene presencia nacional (en los 14 departamentos) y registra 305 migrantes desaparecidos de ese país desde el 2006.
En Guatemala, la situación es más compleja porque, dice Catalina López, está “tan naturalizado” que la gente se vaya del país en grupos de a 30 ó 50 personas que los propios gobiernos lo aceptan. “En su gestión no priorizan un nivel de desarrollo para la comunidad porque saben que los migrantes envían remesas para sus familias, que las utilizan para educación, salud, vivienda, todo lo básico”. La autoridad no frena la salida masiva de gente porque son los migrantes , y no el Estado local, los que sostienen a las comunidades olvidadas.
Así aparecen las mujeres que buscan. Durante una de las actividades en Chiapas, ellas desplegaron las fotos de los que buscan: fueron centenaress de imágenes en el piso de la plaza central del pueblo. Su método es pedirle a la gente que vive sobre la ruta de paso hacia el norte que las mire y les diga si las reconocen, si las recuerdan, si las han visto. Y luego, seguir esas pistas para confirmarlas o descartarlas.
Filomena, una mujer de 45 años nacida en la costa de El Salvador, consiguió en este pueblo una pista de su hija, Kenia Cruz Gómez, desaparecida desde 2016, cuando tenía 18 años. En su último contacto con su madre le dijo que ya habían pasado la frontera de Estados Unidos y que ahora los sacarían a caminar por el desierto para evitar una garita de control. Filomena crió a sus dos hijas y a las dos hijas de su hermana, que también migró hacia Estados Unidos. “Mis hijas no me salieron locas del cuerpo, sino de la mente”, dice y sonríe un poquito.
Cuando el líder de uno de los grupos paramilitares que campean en su departamento empezó a pretender a su hija mayor y luego vinieron las amenazas porque la niña “no quería”, decidieron que lo mejor era que Kenia se fuera con su tía. Aunque su madre se negaba, reunieron el dinero para el “pollero” y salió. Él les dijo que la niña no había aguantado el tránsito y había quedado en el desierto. “Busqué ayuda en varias instituciones pero no han dado ningún resultado. Mi hija salió como están saliendo muchos compatriotas: expulsados. Cuando los veo, me duele y siento nostalgia. Esto me trajo recuerdos de cuando mi hija salió con esa misma fe, pero yo tengo confianza en que la voy a encontrar. Pasé incertidumbre noche y día, afectó mi salud y mi concentración, mi memoria, mi relación con mi otra hija, pero estar aquí es la única forma como la puedo encontrar”.

De México a Senegal

Además de la labor de búsqueda que realizan en cada ocasión, a esta Caravana le tocó representar a Centroamérica en la Cumbre mundial de madres de migrantes desaparecidos, que se celebró junto al foro mundial de las migraciones en la Ciudad de México.
El centro de las reuniones del foro pasó por discutir el mandato de la ONU que puja por una migración “legal, segura y regular”, algo muy lejano de lo que realmente ocurre. En el foro se propuso la no detención, no deportación y no criminalización de la gente en tránsito. La cumbre mundial de madres trabajó durante tres días para agregar a ese lema el derecho a no ser desaparecido por estar migrando.Las centroamericanas, junto a las madres mexicanas de personas desaparecidas y las africanas de Túnez, Argelia, Mauritania y Senegal, crearon a su vez un manifiesto común que dio nacimiento a una red mundial que refleja la dimensión global de la desaparición de la gente en tránsito. Comparten la dificultad de que gobiernos extranjeros les hagan caso.
Las centroamericanas lograron que la Secretaría de Relaciones Exteriores de México habilitara un mecanismo de apoyo exterior que les permite, desde hace un año, denunciar las desapariciones en la embajada mexicana de sus países, cuando antes sólo se aceptaban en la Ciudad de México. La búsqueda depende de un fiscal especial que visita el triángulo norte de Centroamérica (excluye a Nicaragua) cada tres meses. Esta división sólo tiene registro de 150 casos de migrantes centroamericanos desaparecidos en México.
Las mujeres señalan que el trabajo es lento y que la búsqueda es aún “de escritorio”: son ellas las que brindan las pistas para que la autoridad se mueva.
Pero las delegaciones de África les retribuyeron con otra mirada: son su guía para pensar acciones en sus propios territorios.

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