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El barrio dice: Bombón vecinal

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Ocho mujeres vecinas del Abasto leyeron en el espacio público un cartel. Era una convocatoria a una obra de danza que tenía una historia pero buscaba reinventarse para un festival. El resultado es transformador y habla de la potencia del arte, de cómo cambiar vidas, llenar salas, emocionar gerentes y más: todo en una misma historia. MARÍA DEL CARMEN VARELA
Bajo el tentador título de Teatro Bombón, los actores, dramaturgos, directores y gestores culturales, Monina Bonelli y Cristian Scotton bautizaron un formato de obras originales de treinta minutos de duración, piezas cortas para degustar. A mediados de 2014 inauguraron la propuesta en un atractivo edificio de tres pisos, del llamado estilo art noveau, ubicado en Avenida Corrientes al 1900, al que convirtieron en centro cultural y bautizaron la “Casona Iluminada”. Invitaron allí y así a directoras y directores a presentar sus obras de teatro, música y danza en pequeño formato, los domingos a la tarde. En las habitaciones de la Casona, incluso en el baño, sucedían obras de manera simultánea. “Hicimos diez ediciones y convocamos a 64 obras. El concepto de Teatro Bombón es invitar a artistas a crear obra y trabajar en el espacio real”, cuenta Monina. Luego de la novena edición, la actividad de la Casona culminó porque el propietario eligió a otro inquilino que ofreció más dinero por el alquiler. En abril de 2018, Teatro Bombón se volvió a presentar en el restaurante Milion, en su décima edición.
En enero de este año y en el marco del Festival Internacional de Buenos Aires (FIBA), Teatro Bombón volvió a escena con una versión especial y reveladora: Bombón Vecinal. “El director del FIBA, Federico Irazábal, nos propuso estar con un Bombón diferente, más vinculado al barrio. Decidimos que sea el Abasto y propusimos la cuadra de mi casa. Yo conocía a algunos vecinos, pero no a todos. En este caso la invitación fue a artistas para trabajar con vecinos. Cruzamos el formato de Teatro Bombón con el trabajo con comunidades”.
Profesionales del teatro y la danza y vecinas y vecinos del barrio del Abasto trabajaron juntos para darles forma a distintas obras, respetando el formato de 30 minutos. Tomando como referencia la cuadra de Sánchez de Bustamante entre Sarmiento y Perón, ofrecieron intervenciones callejeras, como la muestra de fotos de vecinas y vecinos en sus casas, con sus familiares y mascotas, proyectadas en la pared del edificio de la esquina de Sarmiento y Bustamante. Fueron tomadas para esta ocasión por Marcelo Zappoli, quien fuera fotógrafo de la banda de rock Virus. Hubo recorridos a pie por las calles del barrio, obras que sucedían dentro de casas de vecinos y hasta un karaoke en un taller mecánico ambientando con fotos del fotógrafo Marcos López. Cumbia y rock, luces psicodélicas, cubos que reproducen los diseños del artista pop Andy Warhol, birra y fernet. Vecinas y vecinos del barrio eligen canciones y toman el micrófono, el dueño del taller mecánico luce su guitarra eléctrica, se arma el baile dentro y fuera del taller. Esta escena suele repetirse los viernes a la noche, solo que esta vez sucedió en el marco de un festival internacional de cultura independiente.

Una de las obras que forman parte de Bombón Vecinal es Lo único que quiero es bailar, dirigida por la bailarina y coreógrafa Josefina Gorostiza, quien fue invitada por Monina y Cristian para presentar una obra inédita que tuviera como condimento la interacción con los vecinos. ¿Qué hacer? Con la colaboración del asistente de dirección Francisco Benvenuti, que ya tenía experiencia en trabajar con vecinos de Villa Urquiza, salieron a pegar cartelitos por el barrio con la inusual convocatoria a formar parte de una obra de danza a “estrenarse en esta cuadra en el marco del FIBA 2019”. Aclaraba que estaba abierta a vecinas de todas las edades y que no se requería experiencia. Figuraba el celular de Cristian Scotton para que las interesadas pudieran mandar whatsapp. Fue así que ocho mujeres se comunicaron y se juntaron para conocerse y delinear un plan de acción.
Josefina y Francisco entregaron un cuestionario de tres páginas a cada una. Qué música te gusta escuchar, si estudiaste danza alguna vez, cuál es tu comida favorita, a qué le tenés miedo, cuál es tu frase de cabecera, eran algunas de las más de veinte preguntas. “Con esas respuestas, armé un texto breve en relación a cada una. El nombre de la obra ya lo tenía, les conté que era un trabajo de improvisación, de búsqueda de material de lo que cada una tenía para lograr potenciarlo, con la mirada puesta en el movimiento”.

El 3 de enero arrancaron los ensayos: tres horas, todos los días. El gran estreno: el jueves 24. Josefina: “Yo estaba maravillada de tener un grupo de ocho mujeres, y a la vez aterrada: era todo nuevo. Pensaba en ellas, tenía miedo de que se sintieran invadidas, incómodas con el texto que había preparado. Lo probamos y fue muy emocionante el día en que lo trabajamos”. Carla escucha a Josefina y suma: “Eso nos ayudó a todas a sentirnos parte de la obra. ¡Ah, están hablando de nosotras, somos las protagonistas!”.
En solo tres semanas de ensayo ocho mujeres que van desde los 28 hasta los 60 años, sin experiencia en danza y mucho menos en escenarios, se permitieron zambullirse en una experiencia de movimiento, goce del cuerpo y sensibilidad. ¿Cómo se logra? Garra y corazón. También práctica, compromiso y disciplina. El juego como condimento imprescindible y el abrazo contenedor de Josefina y Fran, atentos a cada momento del proceso de creación colectiva que devino en obra de danza. En treinta minutos los espectadores vamos recolectando información de las bailarinas. Sabemos que Bárbara fue vedette de una comparsa en Uruguay, que Mary se había olvidado de que le gustaba tanto bailar, que Vicenta le tiene miedo a la oscuridad, su tema preferido es La Maza de Silvio Rodríguez y que la frase favorita de Antonella es “La poesía es la única verdad”.
Cada una de ellas lleva una remera negra estampada con su frase predilecta. La idea fue de Josefina, cuya remera dice, claro, “lo único que quiero es bailar”.

El encuentro con los espectadores es en Sanata Bar; desde esa esquina cruzamos Sarmiento y una guía nos acompaña hasta el lugar donde será la función: el estudio privado de Marcelo Zappoli. Josefina: “Era importante para mí hacerlo ahí porque el lugar es despojado. Marcelo accedió a darnos su estudio y estuvo en todas las funciones”. Hicieron 14.
Cada vez que sale a escena, a Gloria le late fuerte el corazón, se pone nerviosa y colorada. Trabaja cuidando a personas mayores. Nunca imaginó estar bailando para un público, sin embargo, asegura, lo disfruta.
Mary es vecina de Monina, mismo edificio y mismo piso. Durante el FIBA los departamentos de ambas fueron escenario de la obra La mujer que soy, de Nelson Valente. Es jubilada, pero sigue trabajando en la administración de un garaje. “En noviembre Monina me cuenta del FIBA y yo no tenía idea de qué hablaba, me dijo que la tenía que ayudar. Desde esos días hasta ahora, mi vida cambió mucho, hasta tuve una obra acá en mi casa. Yo soy de Córdoba, lo único que sé bailar es cuarteto. He visto gente con algunas lagrimitas y me pregunto: ¿cómo pudimos nosotras mover todo eso?”.
En el cuestionario, Josefina y Fran también preguntaron por el tema musical de preferencia. Hicieron una selección y les propusieron que los cantaran entre todas. Para esto fue fundamental el aporte de Verónica Gerez, música, intérprete, compositora y actriz. Es la única de quienes componen el elenco que fue convocada especialmente por Josefina. Cuenta Verónica: “En el primer ensayo caí con la guitarra, ya me habían pasado una lista de temas, nos pareció que estaba bueno no meter muchos elementos sino trabajar desde el cuerpo. Ese primer ensayo fue para observarlas y jugar para ver cómo podía acompañar su trabajo. Necesité ejercitar mucho la escucha, poder estar permeable a sentir y a intervenir de la manera más orgánica posible”. Una original versión cumbiera del clásico As time goes by, de la película Casablanca y la versión del tema inmortalizado por Aretha Franklin I say a little prayer, son dos momentos para guardar en la memoria.

No voy a participar, no sé bailar, le dijo Vicenta a Cristian Scotton. Ninguna sabe bailar, respondió Cristian. “En mi adolescencia habré ido a bailar dos o tres veces a los boliches. Le tengo miedo a la oscuridad, al encierro, a la muchedumbre. Para mí fue un giro de 180 grados la obra. En mi trabajo me ven por los pasillos bailando, saltando. Trabajo frente a la computadora escuchando música; moviéndome, estoy alegre. El año pasado fue muy difícil para mí. Esta obra es un regalo que me dio la vida, le estoy muy agradecida”, se emociona Vicenta. El día del estreno la fueron a ver amigos, compañeros de trabajo y un gerente de la empresa de medicina privada en la que trabaja desde hace 23 años como administrativa. “En dos oportunidades tuve ganas de bajarme del proyecto. Pero el entusiasmo, el apoyo y la contención que tuve de parte de ella, de Fran y de mis compañeras me llevó a seguir y no me arrepiento”.
Marisa es peluquera y le había llamado la atención el cartelito que decía que era para mujeres de cualquier edad. ¡Es mi sueño!, pensó. “El grupo es muy lindo. Somos de diferentes edades y pensamientos. Yo sentía que no tenía nada más para dar, se me despertaron las ganas de seguir soñando, ese espíritu que tenía apagado”.

Para Carla fue mágico el momento en que vio el papel de la convocatoria por debajo de su puerta y sintió el impulso de querer estar ahí.
Brenda y Antonella bailaban juntas de chicas y años más tarde, repiten la escena.
“No se muestren, déjense ver”, les repetía Josefina durante los ensayos. Lo profundo y genuino florecía con el correr de los días. Terminada la tanda de funciones, los martes se siguen juntando a charlar y tomar café. Todas aprendieron que las diferencias se toleran, que los cuerpos perciben, registran y responden, que el acuerdo es posible si apoyan sus pies en una misma superficie desde donde potenciar el movimiento. Ahora, cada vez que Vicenta, Mary, Carla, Antonella, Gloria, Marisa, Bárbara y Brenda se plantan en el escenario, miran hacia el público, sonríen y se dejan ver.

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