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Qué es la seguridad

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Waldemar Cubilla: ex preso, sociólogo. Fue pibe chorro. Pasó 10 años preso. Armó una biblioteca en la cárcel para encontrar libertad en los libros. Estudió Sociología entre rejas, y terminó como mejor promedio de la UNSAM. Ya libre, fundó una biblioteca popular en la villa La Carcova, José León Suárez. Sus ideas sobre seguridad, educación, meritocracia, política, y cómo ecualizar la libertad. 

Nació junto a los basurales de José León Suárez, en un barrio que dicen que se llama La Cárcova, pero al que el vecindario llamó siempre La Carcova. Waldemar Cubilla pronto empezó a pasar más vida dentro que fuera de la cárcel, por delitos que se cometen a mano armada y a vida desarmada. Estuvo 10 años preso, en dos etapas. En el Penal de San Martín, organizó una biblioteca, para encontrar libertad en la lectura. Participó en el grupo musical Rimas de alto calibre, y dirigió una obra de teatro de Carlos Gorostiza, actuada por sus compañeros presos.

Cursó Sociología (Universidad de San Martín) en prisión. Sus compañeros de estudio eran tanto presos, como guardiacárceles. Hizo su tesis sobre los cirujas, los cartoneros, y las cooperativas de reciclado de basura. Se recibió con el mejor promedio de la Universidad.

Cumplida su condena, fundó la Biblioteca Popular La Carcóva. Hoy es profesor en la universidad, y en la villa. Lo respetan porque saben que fue sincero con su vida de antes, como ahora, cuando empuña un libro, obligado siempre a saber cómo leer todos los juegos que se juegan alrededor.

Qué sentís, con lo que viviste, cuando se habla tanto de inseguridad?

La verdad, siento ánimo de poder discutir el sentido de la seguridad, quién lo construye, o también pensar cómo se vive la seguridad. Porque la distinción entre seguridad e inseguridad depende de quién narre y de dónde se diga. En los discursos más generales se apunta a un pibe joven, pobre, negro, robando. Y se construye el discurso de emergencia que justifica políticas públicas represivas para solucionarlo. Yo no digo que sea totalmente equivocado, sino que le faltan otras dimensiones 

¿Cuáles serian esas otras dimensiones?

La social. Fíjense que hablar de seguridad social ya parece anacrónico. La seguridad siempre es punitiva o policíaca pero en términos de seguridad social yo creo que es una disputa gramatical y conceptual que tenemos que recuperar. Esto de derechos laborales, al trabajo, a jubilarse de modo digno, a la educación, son conceptos -como seguridad- en términos de derecho cívicos, que nos corresponden a todos, a todas. En mi caso, un pibe villero, un pibe chorro si se quiere, un pibe preso también, hoy pibe licenciado, me esfuerzo por no construir un discurso de seguridad en base al mérito. Yo no me levanté un día y dije “a partir de ahora no hago más la vida que hice y construyo una nueva”. Todo este proceso mío de estar preso a ser docente o investigador de una Universidad fue gracias a una decisión política. Yo digo que fue responsabilidad política de una Universidad Nacional que, cuando le llega una demanda de un grupo de presos para garantizar el derecho a la educación, responde no negándolo.

Decís que no es un click, pero me imagino que debe haber habido algún momento en que dijiste “no es por acá”. 

A mí me gusta mucho la letra de un tango que se llama Naranjo en flor, que dice: “Primero hay que saber sufrir, después amar, después partir y al fin andar sin pensamientos”. Yo estuve casi diez años preso; la intensidad del sufrimiento podría considerarse un click si se quiere, ese momento en que vos decís “por qué estoy durmiendo en el piso, no como hace una banda, estoy encerrado en dos metros por uno de una celda”. Pero creo que no solamente es el sufrimiento sino cómo interpretar ese sufrimiento, o la necesidad también. La seguridad se construye en pos de responder una necesidad de la comunidad. En los barrios populares se ve mucho cuando la Gendarmería está muy presente. Si es por mi experiencia, digo “esta seguridad no la quiero”. Pero si te ponés un poco más tolerante, y le preguntás a más gente, te encontrás con discursos en nuestros barrios que dicen “esta seguridad sí la quiero porque quiero salir a trabajar temprano y no tener miedo de que me roben en la esquina”. Es totalmente contradictorio. Y se vuelve político, porque ¿cómo administrás una demanda de justicia o de seguridad en estos discursos enfrentados?

¿Quién llama al 911? 

El sentido de seguridad se construye desde el poder, como garantía a  los sectores de privilegio. ¿Cómo pensarlo desde los barrios?

Siempre doy este ejemplo: nosotros cuando tenemos algún problema entre vecinos, no llamamos al 911. A nadie se le ocurre llamar a la policía. Quizás el principio de seguridad se vuelve más democrático o ciudadano. En la Universidad, en el equipo del que formo parte, estamos en la idea de seguridad democrática o de una democracia segura. Yendo un poco para atrás, la velta a la democracia fue eso: un principio de seguridad para dejar atrás un proceso militar que nos tenía aterrorizados, con miedo a desaparecer. Pero hoy la seguridad o la inseguridad es una amenaza hacia el principio democrático. Digo esto porque en términos ciudadanos, los villeros también tienen derechos. 

Estuviste diez años preso y te reinventaste en la cárcel. Se supone que la cárcel es para eso. Pero en los hechos no funciona así, para nada. ¿Cómo es para vos, siendo una excepción, pensar en este tema?

Lamentablemente es un hecho extraordinario. La cárcel de por sí es torturante, y por más que la legislación diga que la cárcel está construida para la reinserción del reo, no para su castigo, por lo que tiene que ser sana y limpia… La cárcel como institución está lejos de poder alcanzar esos principios. Ahí, entonces, la Universidad Nacional apareció como mediadora  y yo creo que el desafío es construir contralores o veedores de la política penitenciaria. Pueden ser organizaciones sociales, educativas, de salud, porque la cárcel es como una microciudad: hay escuelas, hay universidades, hay sanidad. Pero después en la convivencia se van contaminando y siempre gana el servicio penitenciario. Justamente ahora hay una gran discusión sobre el entredicho entre la emergencia de seguridad y la emergencia penitenciaria. Digo la emergencia de seguridad por el incremento de gatillo fácil que hubo, como en San Miguel del Monte, como un antecedente que pone en crisis un discurso de seguridad represiva; o el caso Chocobar hace un tiempo atrás. Están legitimados sobre un principio de seguridad que dice que los pibes pobres no tienen derecho a reír y si ríen hay que matarlos o encarcerlarlos. O te matan o te meten a la cárcel. La cárcel se encuentra sobrepoblada y declaran una emergencia penitenciaria: “No sabemos qué hacer con los presos, no los vamos a largar”. Entonces lo que queda es construir más cárceles, no va por la vía de “liberemos”. El 80% de la población carcelaria de la provincia de Buenos Aires está en proceso de inocencia, no tiene una sentencia de culpabilidad. La mayoría de la gente que vive en la cárcel espera ver que el Poder Judicial decida si es culpable o no.

¿Alguna vez te llamaron de algún gobierno para asesorar sobre seguridad?

Una vez me llamó una empresa de seguridad que me quería contratar para poder mejorar la calidad de su servicio, era gracioso. 

Si te propusieran trabajar en algún tipo de plan o proyecto para la reinserción social segura, ya que estamos hablando de seguridad, de las personas que están presas. ¿Qué propondrías?

Yo llevo siete años de libertad. En términos matematicos todavía no ecualicé mis diez años preso: estoy a la negativa. Y hace un tiempo atrás no quería hacerme cargo del saber acumulado en mi experiencia carcelaria, era la negación de todo eso. Soy padre de familia, quería construir mi historia familiar sin cárcel. Primero me pregunté cómo se la cuento a mis hijos: tenía una preocupación moral ahí. Hoy estoy dándome cuenta de que también es una responsabilidad política poner en valor positivo mi experiencia delictiva y de preso. Yo creo que una de las primeras medidas es esa: cómo hacer más permeable la cárcel, pero no en términos de puerta giratoria, como dicen, sino de que la sociedad civil también sepa de la vida carcelaria. Las cárceles tienen una característica: uno si pasa cerca por afuera del muro, difícilmente se pregunte qué estará pasando ahí adentro. La sociedad no se pregunta sobre el tratamiento y seguimiento de presos y presas. Solamente tiene la idea de que los presos son una amenaza para la sociedad. Creo que en mi caso fue la educación; construir herramientas que garanticen la educación para los presos y las presas y también instancias de formación que a nosotros nos permitan reconstruir la historicidad. Hablo de Buenos Aires, vivo en San Martín. La población carcelaria, hoy, es hija de obreros, obreros que vivieron su vida laboral dentro de una fábrica. Hoy ni los obreros tienen fábrica. Los hijos de los obreros están presos, pero muchas veces desconocemos esa historia del movimiento obrero. Es reconstruir eso, saber qué rol jugamos nosotros, en este momento histórico. Hoy parte de la juventud está presa. A una parte de la juventud hace un tiempo la hicieron desaparecer, y hoy la cárcel esta funcionando como un instrumento de desaparición. En la cárcel se sigue usando la identificación de NN: ese es un dato histórico. Ni muerto ni desaparecido, y los presos y las presas muchas veces se apropian de esa identificación. Vos sos NN porque quizás no tenés madre, no tenés padre.

La lectura “abremuros”

Decías que asumiste que la cárcel había sido parte de tu formación, de tu historia.  ¿Qué significa haber fundado una biblioteca en la cárcel y esta cosa entre el saber de la calle y el saber de los libros, cómo conviven ambas?

A mí me interesa mucho el lugar físico que ocupa el libro, como objeto, o una revista. Las celdas son muy chicas. Entonces, como yo acumulaba libros y revistas, en un momento me di cuenta que de modo accidental estaba construyendo una biblioteca que nunca había tenido. Era una imagen económica del saber, porque era una acumulación de libros y revistas pero ya me los había leído todos Queriendo compartir esa experiencia mía con la lectura pensamos esta idea de biblioteca dentro de la cárcel. Después fue en el marco de la biblioteca desde donde nosotros solicitamos a la Universidad Nacional de San Martín que nos garantice el derecho a la educación universitaria. El vivir entre libros fue la posibilidad de construir un horizonte distinto. Yo no tuve biblioteca en mi casa, nunca tuve un vínculo con un libro salvo en términos más cirujas, como papel o cartón.  En la cárcel el libro cumple muchas funciones porque puede ser un canuto o puede ser un escudo. Y en ese sentido la lectura es como un “abremuros”. Tuve la posibilidad de construir la biblioteca. Fue de modo egoísta porque era una preocupación mía de no volver a caer en cana, y estaba con Mosquito, un amigo, en noviembre de 2011 y Mosquito decía: “¿qué vamos a hacer en enero?”. “Y, no sé Mosquito, pero no podemos caer en cana”. Mosquito me dice: “Dos cosas sabemos  hacer: sabemos robar o sabemos armar bibliotecas”. “Bueno, armemos una biblioteca”, le dije yo. Y surgió lo de armar la biblioteca popular La Carcova en la villa. La primera biblioteca que armé fue una biblioteca presa, en la misma condición que estábamos nosotros. Ahí hay una demanda casi permanente: todo preso que podía salir a la biblioteca salía, por una cuestión de salir de la celda. Pero una biblioteca en libertad tiene otro desafío porque uno está libre y, de última, no necesariamente puede ir a una biblioteca: se puede tomar un colectivo o un tren e irse a los lagos de Palermo.

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