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Distancia de rescate

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Exaltación de la Cruz: pueblo fumigado. Corina es una beba con alopecia universal que comenzó a perder el cabello antes de cumplir un año. En los estudios médicos su madre y su padre descubrieron que ambos tienen niveles elevados de glifosato en sangre. Viven en la zona rural de Exaltación de la Cruz, rodeados de fumigaciones en plantaciones de cultivos transgénicos. En el municipio, un censo vecinal ya había alertado 45 casos de cáncer en sólo 30 manzanas de dos barrios. Cómo se cura un modelo que enferma. Por Lucas Pedulla.

Corina corre por el patio.

Se trepa a una hamaca.

Escala un tobogán como si fuera una montaña.

Corina corre, trepa y escala como cualquier niña de un año y seis meses con un patio infinito en la casa que su mamá y su papá construyeron en la zona rural del barrio La Lata, en Exaltación de la Cruz, al norte de la provincia de Buenos Aires. 

Alrededor, todo es campo. En este municipio de más de 45 mil habitantes, a solo 82 km de la Ciudad de Buenos Aires, el 60% de todo el territorio está ocupado por actividad agrícola. De esos cultivos, el 80% es soja transgénica, según datos del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), por lo que más de la mitad superficie del distrito tiene cultivos transgénicos, con sus consecuentes fumigaciones. Es lo que rodea a la hamaca, a la casa, al tobogán y al patio infinito.

Y a Corina, que no para de correr.

A Corina le diagnosticaron alopecia universal: dos meses antes de cumplir un año comenzó a perder pelo del cuero cabelludo, cejas y pestañas. 

Un mes antes de cumplir un año, Corina quedó completamente pelada. 

“Es porque nosotros tenemos glifosato en sangre”, es la explicación que encontraron Verónica Garri y Walter D’Angelo, su mamá y su papá, en el mar de estudios en que tuvieron que sumergirse y continúan hasta al cierre de esta edición. Y cuentan: “Lo nuestro comenzó en julio de 2019”.

Veneno en sangre

Él –43 años– es operario de producción en una fábrica de chocolates. Ella –37 años– trabajaba en la misma empresa, hasta que empezó a ejercer como docente de plástica: ahora enseña en la Escuela Rural N°5 Manuel Belgrano, justo enfrente de su casa, construida en un terreno que su papá les regaló dentro de su campo. Se enamoraron en un viaje a Córdoba. Se casaron y tuvieron tres bellas hijas: Matilda (7), Renata (3) y Corina. 

De a poco comenzaron a escuchar a vecinas y vecinos quejarse de las fumigaciones. En la Escuela N° 8, del barrio Esperanza, donde trabaja hace dos años, Verónica vio que muchos niños y niñas –y también sus padres y madres– estaban enfermos: “Pensábamos que a nosotros no nos iba a pasar”. 

Todo comenzó en julio de 2019. “Corina nació el 5 de agosto del 2018. Lo decimos porque, antes de que cumpla un añito, se le empezó a caer el pelo. Muy de golpe. Al principio pensamos que lo podía estar cambiando, no le dimos importancia. Pero cada vez era más cantidad. Ella tenía más pelo que sus dos hermanas, y en 15 días se le cayó todo. Cuando la llevamos a pelar, lloramos como nunca, no sabíamos qué estaba pasando. La llevamos al pediatra. Enseguida la mandaron a hacer un análisis. El propio pediatra del hospital de acá nos recomendó que saliéramos a consultar fuera de Exaltación. Nos mandaron a una dermatóloga en Pilar. Le hicieron otros estudios para ver cómo estaba de tiroides, anemia. Salieron todos bien. De allí nos derivaron a dos profesionales de Toxicología del Hospital de Niños Gutiérrez y del Austral. Fuimos a los dos. Lo que ella tiene es alopecia universal: su cuerpo rechaza el pelo como si fuera una enfermedad. Lo ataca como a una gripe. Los médicos no encuentran explicación a una alopecia universal en una niña tan chiquita. Enseguida nos preguntaron dónde vivíamos. Le contamos que en una zona rural. Que fumigaban. En el Austral, no solo le empezaron a hacer estudios a ella, sino a la familia completa. Ahí fue que nos mandaron a un laboratorio de Mar del Plata, porque es uno de los pocos lugares donde hacen estudios para medir el nivel de glifosato en sangre. Todavía estaba con la esperanza de que fuera solo un problema hormonal de ella. El resultado a ellas tres les dio negativo. Pero a nosotros no. Nos dio positivo en un nivel muy alto. A mí me dio un 1,5 microgramo de glifosato en sangre. A él, un 2,5, y también le salió que tiene AMPA (el residuo del glifosato). El límite es 0,3”.

En el mismo momento en que se estaban haciendo los estudios, la hermana de Verónica los llamó para contarles que un mosquito estaba fumigando al lado de su casa.  

No aguantaron más. Y lo denunciaron. 

Familia fumigada: Verónica con Corina en brazos, Walter, y las dos hijitas mayores.

Del otro lado del mostrador

Fue una vecina quien le dijo a Patricia Benítez que esa planta verde que se repetía a lo largo de Exaltación era soja transgénica. Corría 2012. Comenzaron a trabajar en una ordenanza porque no había legislación que regulara las fumigaciones, pero la Municipalidad terminó presentando un proyecto acordado con la Sociedad Rural local, con fuerte peso de lobby en decisiones ejecutivas. Un ejemplo: la SR fue la anfitriona y organizadora del debate a intendente en las elecciones del 2019, que ganaría Diego Nanni, de Defensa Comunal, el partido que gobierna –en alianza con el PJ local– hace más de 30 años. “Desde entonces esa ordenanza es la que está vigente”, dice Patricia. “No ponía metros de distancia: un artículo vago decía que el Ejecutivo iba a delimitarlos. Lo hizo recién el año pasado: solo 150 metros, después de que viniera Canal 9 a denunciar las enfermedades”. 

Patricia trabaja en una farmacia con su marido. Desde ese lugar, detrás del mostrador, aún hoy sigue viendo vecinos con pañuelos en la cabeza, o que llegan para consultar por alguna droga para el cáncer. “Es algo tristísimo. Ahora un cliente nos vino a decir que su padre tiene leucemia. Otro nos contó que su hijo de 19 años tiene linfoma Hodgkin. Así, prácticamente, todos los días: muchas alergias, muchos problema respiratorios, muchos problemas de piel. Diabetes, tiroides. Los medicamentos para hipotiroidismo eran para alguna mujer: ahora es toda la familia. Y para chiquitos. Lo que tienen en común muchos de ellos es que viven cerca del campo y de las fumigaciones”.

Patricia –como otros vecinos y vecinas que crearon la asamblea de Exaltación Salud– se cansó, saltó el mostrador y acudió a la justicia. “No conseguíamos quien pudiera meter una denuncia. La gente tiene miedo. En la Municipalidad nunca te contestan. Hasta que presencié yo misma cómo un mosquito entraba por las calles de Capilla del Señor. Era ilegal: la ordenanza decía que los depósitos debían estar fuera de la zona poblada. Saqué fotos y lo denuncié. Así salió el amparo”.

La denuncia de Patricia junto a otros vecinos siguió un camino interesante para la jurisprudencia ambiental. El juez de primera instancia decretó una medida cautelar que prohibió fumigar con agroquímicos a menos de mil metros de la casa de Patricia, en el barrio San José del Tala, en Los Cardales, ya que –decía el fallo– “la ordenanza no establecía una zona de seguridad suficiente”. Sin embargo, no hizo lugar a la prohibición de fumigar en otros lugares del Municipio, porque consideró que Patricia no revestía “la calidad de afectada” como si fuera una organización ambientalista: era una persona humana que no podía denunciar por toda la comunidad, sino solo por ella. 

Patricia apeló y como argumento sostuvo que el derecho colectivo de gozar de un ambiente sano no necesita demostrar “su particular y concreta afectación”, porque solamente es suficiente con acreditar que es vecina o habitante “del lugar en conflicto”. El ambiente, puntualizó, es un “bien indivisible”. Además, denunció que se estaban violando los derechos del niño, porque la protección debe incluir a las escuelas: constató que en marzo del año pasado la primaria N° 4 y la secundaria N° 1 tuvieron que ser evacuadas porque los “residuos agrotóxicos” ingresaron a los establecimientos luego de fumigaciones aéreas. El fiscal le dio la razón: indicó que la limitación a fumigar en los predios citados era contraria al principio precautorio, el concepto por el cual es necesario adoptar medidas protectoras ante la posibilidad de un perjuicio ambiental –y para la salud– irremediable.

Finalmente, en septiembre la Cámara Nacional de Apelaciones en lo Civil y Comercial de Campana resolvió prohibir el uso de agrotóxicos en su aplicación terrestre a distancias inferiores a mil metros del límite de zonas pobladas y, en el caso de las escuelas, que las aplicaciones deberán efectuarse fuera del horario de funcionamiento y con una diferencia de al menos 12 horas. 

Y fue contundente: “Con lo hasta aquí expuesto, puede concluirse que en el Partido de Exaltación de la Cruz hay fumigaciones –tanto terrestres como aéreas– cercanas a las zonas pobladas; que existe un depósito de agroquímicos en el casco urbano, y que el mismo no se encuentra debidamente registrado. Desde otra perspectiva, también se debe dar por acreditada la peligrosidad que los agroquímicos representan para la salud humana”.

Patricia afirma: “El fallo está siendo violado permanentemente”.

Junto a los campos de soja transgénica. Las escuelas también tuvieron que ser evacuadas por los venenos: monocultivo vs. comunidad.

El hombre de al lado

A las 21:16 del miércoles 6 de noviembre de 2019, la Delegación de Prevención Ecológica y Sustancias Peligrosas de San Martín le tomó declaración a la hermana de Verónica Garri. Textual: “Que en el día de la fecha y siendo la hora diecisiete observó la presencia de un fumigador autopropulsado comúnmente llamado mosquito para la aplicación de agroquímicos, que dicha aplicación se extendió por un lapso de dos horas y media y durante y posterior a la aplicación percibió un olor nauseabundo, seguido de urticaria ocular y nasal finalizando con un gusto extraño en las papilas gustativas”.

La denuncia la hicieron ante la Delegación de San Martín porque nadie en el Municipio los atendió. Por si fuera poca toda la situación de angustia e incertidumbre que estaban atravesando, se sumó una complejidad más. “A partir de ahí empezaron los problemas con los vecinos”, cuentan Verónica y Walter. 

En enero apareció por la casa el hombre que alquila el campo. Según la Municipalidad, no estaba en ningún registro. Verónica: “Dijo que quería trabajar tranquilo, que con la denuncia no puede fumigar, que así no le rinde, que cómo puede ser que estuviéramos enfermos si él trabajó toda su vida y estaba bien. Le dije que nosotros queríamos vivir tranquilos, que no es un capricho. Le contamos de Corina, de nuestro caso. Como muchos, te tratan de mentirosa, de loca. Nos dijo: ‘Levanto esta cosecha de soja y me voy’. Le contesté que era bueno que tuviera esa posibilidad, porque a mí me deja una mochila enorme por el resto de mi vida”.

Nunca más lo volvieron a ver. 

Censos & pelucas

A mediados de 2019, y abrumadas por las noticias, comentarios y rumores en los barrios Esperanza y San José, dos vecinas armaron planillas y salieron a visitar los hogares de la zona. Nuevamente, ante la inacción del Estado, fueron las propias comunidades, como en Ituzaingó Anexo (Córdoba), San Nicolás (Buenos Aires) o San Salvador (Entre Ríos), las que se movieron para conocer la situación.

Los resultados:

De 280 casas visitadas (30 manzanas) se constataron enfermedades relacionadas con fumigaciones en 94 de ellas.

En algunas familias, más de uno de sus integrantes estaba enfermo.

45 casos de cáncer detectados, 28 fallecidos. Entre ellos, cuatro menores. 

La situación es angustiante. Verónica y Walter cuentan que el Club de Leones local, como no tiene sede propia, organizó una charla sobre cómo prevenir el cáncer infantil en la sede de la propia Sociedad Rural. La sala estaba llena. Había madres, abuelas, familiares de chicos con enfermedades o fallecidos. “La que hablaba era una doctora de Capital, que no tenía idea de los casos. Las familias se sentaron y escucharon toda la charla. Cuando terminó, le preguntaron por qué nunca habló de agrotóxicos. Ella dijo que no había mucha información. Entonces, le empezaron a contar: ‘Mi nieta murió de a los 3 años de cáncer’, ‘Mi hija…’, ‘Mi hermana…’. Salimos todas llorando. Las únicas personas que escuchamos la charla, las afectadas, fuimos las que nos sentimos como insultadas”. 

Hablaron cosas insólitas. Patricia: “Enseñaban a cuidar el pelo para donarlo y hacer pelucas. Y hasta en un momento dijeron que las familias se dejaban estar, porque llevaban a sus hijos al hospital cuando ya estaban enfermos. Imaginate decir eso cuando hay casos de chicas a las que, después de la quimio, el tumor les creció el doble. Cuando hay tantas enfermedades. Cuando hoy hay una joven que está haciendo rifas para pagar un tratamiento costoso de cáncer de útero”. 

Esa joven es Evelyn Maglioni. Todos los fines de semana en Exaltación se hacen bingos para juntar fondos. Patricia es clara: “No hay respuesta. No hay información. Ya no quiero reuniones: quiero hechos. Porque el desastre es tremendo, y la respuesta es nula”. 

La cura

Verónica y Walter recuerdan que Exaltación era conocido por sus tambos, pero hace cuatro años se fue el último que quedaba. La soja fue ganando terreno, y la tierra también comenzó a ser un bien preciado de competencia por los countries. Desde la asamblea explican a MU que el municipio firmó un acta acuerdo con la Red Nacional de Municipios y Comunidades que Fomentan la Agroecología (RENAMA) para convertirse en el decimoquinto distrito del país en impulsar otro tipo de producción. Si bien sostienen que Exaltación tiene las posibilidades de constituirse en un polo productor de alimentos sanos y de cercanía, aún aguardan  acciones concretas. “Hace 20 años sembraban lino”, recuerda Walter. “Todos los campos celestes. Y rotación de cultivos: trigo, maíz, girasol. La tierra te agradecía. Hoy es todo soja, soja, soja. O maíz, también transgénico”. 

La escuela está rodeada: salvo la entrada, que linda con la ruta de tierra, a sus alrededores hay soja o maíz. El patio, donde el colegio tenía una huerta, está separada de las plantaciones solo mediante un alambrado. La misma escena se repite en la cancha de fútbol, al lado del silencioso monocultivo.

“El problema sigue existiendo y si no somos nosotros, es el de al lado”, dicen. “¿Sabés lo que hacían en la escuela? Fumigaban de madrugada. Terminaban a las 3 de la mañana. A las 8 ya están entrando todos los chicos: van entre 70 y 80 niños, jornada completa, de 8 de la mañana a 4 de la tarde. Una vecina se dio cuenta. La directora llamó al Municipio: le dijeron que había sido un movimiento de tractores. ¡Mirá si no vamos a darnos cuenta que es un mosquito! Cubren todo, y nosotros seguimos así. Mientras, te meten temor. No es que no queremos que siembren más soja: queremos que lo hagan sin agrotóxicos. Está demostrado que hay otras formas de producir el campo”.

Corina corre por el patio, se trepa a la hamaca, escala el tobogán como una montaña. Verónica tiene la idea de comenzar con talleres de huerta y agroecología en la escuela para buscar otra concientización. “Nos atraviesan muchas sensaciones con todo lo que nos pasó. Desde hablar con la gente, con cada vecino, con cada compañero de laburo, hasta sentirnos culpables de lo que le pasa a Cori. Sentís que la culpa es tuya porque vos te contaminaste con este veneno, y no sabés para dónde correr, para dónde gritar. Pero también nos pasa de querer luchar para que esto se termine”.

Verónica y Walter están activos, como Corina, que no deja de correr y sonreir. “Nos dijeron que tenemos dos formas de curar esto. O nos mudamos, como si fuera sencillo, o que dejen de tirar este veneno. Nosotros vamos por que dejen de tirar esta porquería. No por nosotros: por todos”. 

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