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Vivir y morir en el Satélite: la ejecución del modelo

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Todo lo insoportable que grita el asesinato de un adolescente del conurbano por una policía de la Ciudad en Moreno. La tragedia de chicos jóvenes que crecen en barrios como el Satélite, donde salir a robar es “ser alguien”. La violencia policial desatada. La droga que acecha. Las familias destrozadas. Y cómo se organizan buscando encontrar algo cercano a la justicia. Por Lucas Pedulla.

Vivir y morir en el Satélite: la ejecución del modelo

El retrato de Santi en las manos de su madre

La casa de Santiago Beltrán, una construcción que su mamá Daniela armó con paciencia y amor con créditos de la Asignación Universal por Hijo (AUH), está ubicada en un barrio llamado Satélite, a media hora en colectivo de la estación de Moreno, far west conurbano, y a menos de quince minutos en auto del barrio Trujui donde el presidente Javier Milei cerró el acto de campaña de las elecciones legislativas bonaerenses y perdió por 30 puntos.

Daniela tiene 41 años y dice que no le interesa la política porque ella tiene que salir a trabajar igual, gane quien gane y esté quien esté. Es profesora de danzas folklóricas, integrante del ballet municipal y administrativa en un centro odontológico a pocas cuadras de esta casa. Despliega una mesa con mate y torta fritas deliciosas donde también se sienta su papá, José, un santiagueño de 74 años que llegó hace más de cuatro décadas a Moreno cuando la cosecha de algodón se vino a pique, y dos amigas y un amigo de su hijo. Hace muy poco, por primera vez Daniela participó en una actividad pública en Plaza de Mayo, con otros familiares como ella. Contó, entre miles de lágrimas, que a su tercer varón lo había asesinado una policía el 29 de junio de este año electoral. 

Ese día fue domingo, cuenta, y Santiago estaba en su casa. Lo vinieron a buscar unos amigos a las 4 de la tarde. Una hora después volvió. Le pidió que le pusiera agua para bañarse. Tenía su rutina: si no se bañaba en su casa, lo hacía en la de su papá. Están separados hace diez años. Santiago agarró su campera, sus guantes y salió. 

“Esa tarde estaba horrible –recuerda Daniela–. A la hora que pasa eso, me pongo a descolgar la ropa, y mientras descolgaba sentí un frío que me congeló el alma. Presentí que algo no estaba bien. Entré, tiré la ropa arriba de la mesa y le dije a mi hijo mayor que lo iba a buscar. Tuve la intuición de ir a buscarlo a la plaza. No había nadie. Me venía caminando, me cruzo a un chico a tres cuadras, y entonces veo a mi hijo que pasa corriendo. Mami, me dice, vamos, porque dicen que a Santi le dieron un tiro. Me vuelvo corriendo a mi casa. Vengo a buscar mi DNI, me voy hasta la casa del padre, no estaba, y fuimos para el hospital. Estuve casi media hora: mi hijo nunca entró como herido de bala, ni óbito, ni nada. Alguien me dice que vaya para la comisaría. Voy y me hacen pasar. ‘Mamá, decime lo que sabés de tu hijo’, me dice el oficial que me atendió. Le cuento todo esto que te dije. Me dice: ‘¿Querés un cigarrillo?’. Y me dice: ‘Mamá, lo siento mucho’. Se asoma hasta la puerta, la cierra y me mira: ‘Mamá: a tu hijo te lo mató una policía de la Ciudad’”.

Daniela frena. Repite la frase. “No me dijo que murió en un enfrentamiento, ni que fue a robar y que fue abatido. Que salga eso de la voz de un oficial para mí es un montón”.

Muchas horas después, Daniela vio la cobertura de Crónica TV. Mostraban en loop un video de una cámara de seguridad en una calle cerca de la autopista Acceso Oeste, a unos seis kilómetros de su casa. En las imágenes aparece una mujer caminando. Una moto que pasa a su lado. Y, al instante, se oyen dos detonaciones, seguidas de ladridos de algunos perros. La cámara no toma el momento de los disparos porque la tapa una casa. 

Los conductores y panelistas del programa televisivo hablaron de “motochorros”, mostraron los posteos de despedida de sus amigos y amigas, se rieron de las faltas de ortografía, culparon a la mamá del “chico muerto” y exhibieron chats del whatsapp del canal donde supuestos televidentes celebraban que hubiera muerto “una rata”. Lo mostraban así al aire. “Era ella o él”, decían.

Dice Daniela: “Dijeron que éramos narcotraficantes. Lo único que puedo traficar son las gallinas de mi papá. Dijeron que en el velorio hubo disparos. Todas mentiras. Sí te puedo decir que fue tan invasivo, lleno de policías por todos lados que ni al jefe de la mafia ni al narco le arman tanto circo barato. No quiero más casos como el de mi hijo. Por hache o por be, los pibes están en una muy mala situación. En el barrio hay un chico, Dylan, que cayó en depresión porque falleció el hermano: se terminó ahorcando. Tenía la misma edad que mi hijo. ¿Cuántas cosas más tenemos que soportar?”.

La pregunta, que une el caso de Santiago con un suicidio, es tan compleja porque conecta la violencia de estos barrios con los destinos de miles de chicos y chicas que los habitan.

Santi tenía 15 años. 

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La mamá de Santi, de blanco, junto a familiares y amigos del joven baleado.

Matar con chapa

Hay dos testigos incorporados al expediente que la fiscalía a cargo de Verónica Pitella entrevistó en el lugar. Una joven dijo que tres personas en moto intentaron robar a una chica que gritó “alto policía”, escuchó disparos y vio que dos huyeron. El otro es un señor que también escuchó el “alto”, las detonaciones y cuando se asomó vio a un varón en el suelo y una mujer al lado. La mujer es Romina Soledad Gerez, oficial 1ª de la Policía de la Ciudad, que estaba yendo de civil a tomar el colectivo para ir a trabajar. El acta de procedimiento ubica la hora a las 19.45. El varón era Santiago. Cuando la ambulancia número 49 del SAME llegó ya estaba muerto: el disparo de la Pietro Beretta calibre 9 mm le entró al joven por el mentón. “La bala quedó alojada en el cuellito polar que tenía”, describe Daniela. En la escena secuestraron dos vainas servidas 9 mm y una llave francesa cromada de 20 cm. A Santiago le hicieron la pericia toxicológica de sangre: salió negativo para alcohol y drogas. 

Daniela se sumó a la Coordinadora contra la Represión Policial e Institucional (Correpi), una organización que representa y acompaña a las familias, además de sistematizar la violencia estatal. Desde la asunción de Javier Milei en diciembre de 2023 Correpi ha denunciado 600 casos: más de 120 corresponden a situaciones de gatillo fácil. Cada uno de ellos son historias, destinos, mamás, papás, hermanos, abuelas, sueños.

La organización analiza ese contexto bajo la gestión de Patricia Bullrich en el Ministerio de Seguridad: “Se intensificó la tendencia después de la publicación del nuevo Reglamento General para el empleo de las armas por parte de los miembros de las fuerzas federales de seguridad que habilita a disparar, incluso sin identificarse ni dar voz de alto, para lograr una detención, para impedir una fuga, dentro de una cárcel o comisaría para ‘mantener la seguridad y el orden’, y todo ello, aunque la persona esté desarmada o esté huyendo, pero el agente interviniente ‘presuma’ que podría tener un arma”.

La abogada María del Carmen Verdú es la referente de Correpi y explica: “Caracterizamos esta etapa como un cambio de régimen con destrucción de derechos y garantías y con una reestructuración normativa en el ámbito represivo”. Los años de trayectoria no le quitan a Verdú algunas sorpresas sobre el ámbito judicial. En este caso: que la oficial no haya sido siquiera indagada: “Hace mucho que no pasaba y eso es por los vientos que corren”.

Daniela describe esos vientos como un “mayor abuso de autoridad” en el barrio, y vuelve con sus recuerdos a la comisaría, cuando le dieron la noticia. “Hablaban de una policía que se había mandado una cagada, como si fuera algo normal” y se pregunta: “¿Ellos tienen chapa y pueden matar a cualquiera? Si hubiera sido al revés mi hijo estaría preso”.

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Benjamín, Priscila y Micaela exigiendo justicia por su amigo.

Shakespeare y el verdugueo 

Santiago. El budín de pan de la abuela, la polenta con tuco y salchichas, la cocacola. Futbolero. Salía a la calle con un pantalón de Boca y buzo de River y no le importaba: “Es ropa”, decía. Categoría 2010. Jugó de lateral derecho en el club barrial Los Halcones con chicos más grandes que él. Le decían El Hacha: una vez pasabas, dos no. Una sonrisa enorme, hermosa, que todos recuerdan, y unas pestañas que le envidiaban sus amigas. Le decían Chiwá. Bailaba y quería aprender colombiano. Escuchaba al chileno Jairo Vera, quería ser bombero y le gustaban los dibujitos: Up y El expreso polar eran sus películas favoritas. También amaba las motos. En la cobertura de Crónica sospechaban de una imagen de Santiago en una BMW. “Se la prestó un turista en la Costanera para que se saque una foto”, dice Daniela. También le adjudicaban causas previas por haberse robado una moto. “Que la fiscal me presente las pruebas de todo lo que dice”, dice Daniela y suspira. 

Sigue. “En el barrio hubo muchos casos de pibes a quienes mató la policía. Siempre hablábamos. ‘Santi, ¿vos querés eso para vos? Entonces dejá de andar en la calle’”. Santiago era el tercer hijo varón que Daniela crio con esa preocupación. ¿Por qué? “Porque la calle está muy jodida. Se estaba juntando con gente que no se tenía que juntar. ‘Santi, esto es fácil’, le decía. ‘Lo que fácil viene fácil se va’. No hay mucha lógica. ‘A mí no me podés mentir porque voy a saber dónde fuiste, de dónde viniste, hasta el número de patente que te trajo. ¿Querés terminar preso o en un cajón?’, le decía. ‘¿Qué encontrás en la calle?’. Estaba desfasado en el colegio e iba a una secundaria para adultos en una capilla. Justo el viernes antes de que lo maten habían avisado que el lunes empezaban: estuvieron casi seis meses sin clase porque nadie tomaba el cargo”.

Dos amigas y un amigo escuchan. Micaela tiene 19 años y un hijo de 3, que va al jardín frente a la plaza a la que iba Santiago. “Me ayudaba con mi hijo, jugaba. Era re bueno. Hay unos chiquitos que paran ahí que tienen casa, pero se la pasan en la calle. Santi les compraba comida. Era cuida, siendo más chico. Sabía que había pibes que andaban en cosas raras”.

Micaela explica con naturalidad las “cosas raras”: “Se dejan llevar. Tienen todo más fácil”. ¿La crisis empuja la situación? La joven duda: “A muchos no les falta nada. Tienen techo, un plato de comida, ropa de marca”. ¿Por qué lo hacen? “Para cancherear. Ser alguien”.

Priscila, 17 años: “Se creen más vivos que otros. Si uno no roba, le dicen mamipapi”.

La plaza a la que iba Santi todos los días queda a ocho cuadras de la casa. La calle se llama Shakespeare, como si hiciera falta enfatizar esta tragedia conurbana. En la esquina todavía hay cenizas de fuegos que los chicos hacen a la noche. Enfrente está el jardín. Es una plaza con algo de verde, pero muy gris. Aparecen y se van amigos de Santiago. Algunos hablan, otros no quieren, y otros miran con desconfianza a la prensa. Tienen razón. Vuelve la idea del verdugueo a los chicos. Alguien dice: “El que lo llevó en moto a Santi ese día siempre lo cargaba porque nunca iba con él. Lo hacía menos. El pibe los envolvía a todos diciendo que él hacía la plata así, pero nunca se bajaba de la moto y siempre mandaba a otro”. 

Cuentan de otro chico que el 29 de enero quiso robarle a un automovilista. El hombre era un ex gendarme y lo mató de un disparo. Las notas ubican el hecho a más de treinta cuadras de esta plaza, en el barrio Las Catonas, y dicen que el ex gendarme trabajaba como remisero en una app. La foto del joven muerto apareció en una cuenta de redes sociales que se llama “Me reí de tu fiambre” y se vanagloria de los chicos asesinados. Las imágenes del perfil son ratas con alas de ángel y los comentarios son del mismo tono que los que mostraba Crónica en la cobertura del caso de Santiago. “La cana es la que filtra esas fotos, ¿quién si no?”, razona alguien. La crueldad, referenciada en la política, está en la época.

Ante una realidad que abruma y te agita mamipapi, otra voz joven cuenta: “Mi hermano subía canciones y lo cargaban. ‘¿Qué te hacés, vos?’, le decían. Hasta que un día quiso salir a robar. Le conté a mi mamá y lo agarró de las mechas. Tiene 13 años. Mi papá nos quiere sacar del barrio”. Otra voz: “Hay un tema ahí porque a las chicas les gustan esos chicos”. Otra más: “Tenés un transa por cuadra”. La última: “Veo pibes y pibas de 12 años que están vendiendo”.

Silencio. 

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Matías mostrando el tatuaje: un ala, una cruz, la fecha, y el nombre de su hermano.

Una cruz, un ala

De regreso a la casa, ante preguntas e intentos de reflexiones que nunca alcanzan para dimensionar esta tristeza, Daniela sintetiza: “Esto te cuesta la vida o terminás preso. Son dos opciones: más que esas no tenemos. Esa es la única verdad que existe”.

Matías es uno de los hermanos de Santi y tiene 19 años. Es el hijo del medio. Se tatuó en el lateral derecho del cuello la fecha del asesinato de su hermano, una cruz y un ala. Trabaja pintando paredes. “Siento que él está con nosotros, que sigue con nosotros, que está en la casa, pero como que no lo podemos ver, ¿me entendés? Espero que se haga justicia. Todo está en veremos”. El veremos lo tramita el juez de garantías Gabriel Alberto Castro –del Juzgado de Garantías 2 de Moreno-General Rodríguez– y la fiscal Pitella. 

Daniela sostiene el retrato de su hijo para la foto de esta nota. 

Agradece, abraza y despide: “Quiero justicia”.

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