#NiUnaMás
Mujeres mapuche: la resurgencia
Melisa Cabrapan Duarte es cantante, iba a ser diseñadora pero es doctora en Antropología, hija de un militar y una maestra. El crimen de Rafael Nahuel en 2017 la hizo “salir del clóset” y reconocerse como mapuche. Hoy integra la Confederación Mapuche de Neuquén, que enfrenta la invasión del fracking en Vaca Muerta. El concepto de “resurgencia”. Las mujeres mapuche frente al machismo y los abusos internos. El significado de vivir en comunidad. El ambiente y la gente. La construcción de otros horizontes y en qué cosas tener confianza frente a un 3J. Por Sergio Ciancaglini.

Melisa Cabrapan Duarte es y hace mucho de lo que enfurece al gobierno.
Mujer, mapuche, cantante, antropóloga, trabajadora, feminista, morocha-morena-marrón, intelectual, inquieta, investigadora, amante de la vida comunitaria, alborotadora, doctora, independiente, no cobra coimas, no evade impuestos, no es resentida, no estafa con criptos, no explota gente ni territorios y además los defiende en términos prácticos, no agrede a personas discapacitadas, no especula con el carry trade ni es racista, ni endeuda, y tiene la sonrisa que le fluye como una energía.
Vive en Neuquén, donde había una vez una vaca que murió y se convirtió en referencia de una zona que hoy es una tierra bombardeada por el fracking, no para producir riqueza sino para extraerla y malvenderla (para más info puede leerse el RIGI, Régimen de Incentivos para las Grandes Inversiones).
Por eso interviene en todos los desbarajustes y agresiones a los que son sometidas las 70 comunidades que integran la Confederación Mapuche de Neuquén. Eso incluye conflictos territoriales muy concretos, nada virtuales, que del otro lado presentan una constelación oscura formada por corporaciones, gobiernos, fuerzas de seguridad, jueces reversibles y exmedios de comunicación, entre otros jugadores de un partido demasiadas veces sin árbitro ni VAR.
Meli es kona (significa integrante y también “valiente”, y “guerrera”) del lof Newen Mapu, en las afueras de la capital neuquina, un espacio de resistencia y creatividad para pensar una vida más vivible para la gente y las comunidades.
Curiosidades: hija de un militar, no se asumía como mapuche. Estudió diseño pensando en hacer moda, saltó a antropología y se transformó en la primera mujer egresada de la Universidad de Río Negro. Hizo algo así como salir del clóset al asumirse mapuche. Le cambió la vida. Escribió un libro sobre prostitución y extractivismo, tiene una hija, cultiva en el lof y es apenas el comienzo. Armó la banda Weway, nombre que significa “vencerá”, con temas potentes, rítmicos, contagiosos. Más allá de sus títulos dice que cortar la ruta a las petroleras es de lo más lindo que le pasó en la vida y participa en una movida indígena para investigar el primer genocidio ocurrido en estas extrañas tierras en las que las mujeres, mapuches, cantantes, comunidades y otros etcéteras contagiosos suelen enfurecer al gobierno.

Trineo y salesianos
Está siempre atenta a Liq, 2 años, la hija que cría junto a su pareja Lefxaru Nawel, werken (vocero) de la comunidad Newen Mapu (ver MU 206). “Yo no tenía ese deseo de ser madre –explica Meli–, al contrario, siempre fui muy crítica, tal vez porque somos siete hermanos. Pero haber tenido a Liq es una experiencia y un proyecto maravilloso”.
También la tienen en alerta las novedades de la comunidad Xi Pañiku que habita la zona del lago Mari Menuco, que abastece de agua a la capital neuquina entre otras zonas, y que intenta ser perforado –sus alrededores y el propio lago– por YPF. Los mapuches ya han detenido cuatro intentos de la petrolera en esas tierras comunitarias, pero con la riqueza bajo sus pies han aprendido que las extrañas procesiones de trabajadores petroleros, fuerzas de seguridad y escribanos pueden reaparecer en cualquier momento.
Planea además las presentaciones de Weway donde es voz y guitarra, junto con Ivy Puel Catriel y Yuli Nawel Paredes que hacen toda la magia de coros y percusiones con toda clase de instrumentos mapuches. Uno de los temas, Kvpam, tiene una música fuerte, que fusiona desde el rock y el soul hasta todas cosas que nada tienen que ver con una versión caricaturesca de la música indígena. Dice en el estribillo: “Soy yo y soy todas, soy pasado, presente y futuro”. Tal vez la charla permita eso, que leamos el pasado y el futuro como presente. O al revés. O como cada quien prefiera.
Nació en Bariloche, en la parte urbana de Los kilómetros, como llaman a la zona oeste de la ciudad. Segunda hija de papá César, suboficial del Ejército, y mamá Stella Maris docente. “No me asumía mapuche, mi familia tampoco. Era una nyc (nacida y criada) aunque ese nyc es re-polémico. Bariloche es una sociedad durísima, jerarquizada. Siempre nos decían que nuestro apellido era mapuche”.
El apellido paterno Cabrapan se pronuncia con acento aunque no se lo escribe. “Teníamos una bisabuela que estaba en el campo y hablaba mapuzungun (idioma mapuche) pero teníamos una distancia espacial y temporal con ella. Me acuerdo que un Día de la Raza, o de la Diversidad le decían, una maestra dice ‘y acá tenemos a los hermanos Cabrapan’ y nos presentó como indígenas. Mi mamá enseñaba en esa escuela y estaba incómoda y molesta con eso. Y crecés vos también con esa incomodidad que te marcan, de no entender muy bien quién sos, o creer una cosa y sentir algo distinto”.
¿Qué hay detrás de esa historia de un 12 de octubre? “Venimos de poblaciones arrasadas, despojadas, violentadas. Luego esas personas y familias tuvieron como camino, como movilidad, ir haciendo cosas, trabajos, para que las generaciones nuevas sufran un poco menos. Desde ahí pienso que la formación de mi mamá como maestra y de mi papá como militar, nada menos, son actividades a las que accedió gente de sectores populares pensando: ‘les voy a tratar de dar una mejor vida a mis hijos que la que yo tuve y la que tuvieron mis padres’. Algo así como sacarnos de la discriminación. Y parte de eso era no considerarse mapuche, aunque hubiera abuelas o abuelos por ahí”.
Creció Meli cerca de un lago, de una montaña, podía andar en bicicleta. “Ahora todo está estallado por desarrollos inmobiliarios, pero nosotros nos íbamos a tirar en trineo a nuestro cerrito. Lef me jode, me dice que soy una cheta, pero mi familia era el estereotipo de gente de clase media profesional. Siempre pienso qué hubiera pasado si nacía en otra zona. Cómo hubiera sido distinta mi vida”. Estudió en colegio salesiano. “Veía que todos tenían la comunión, la confirmación, y no entendía; mis padres no nos mandaron ahí por lo religioso, pero la situación te formatea como para que sientas esa falta”. Hizo la catequesis y todo lo que no la convirtiera en alguien distinto. “Mucho después una mujer que conocí me hizo dar cuenta de algo: cuando decía mi apellido, lo hacía en voz baja, bajando la cabeza. Era un gesto que le llamaba la atención. Te lo cuento y todavía me angustia, porque fue algo que hice muchos años, sin entender lo que significaba”.
En la escuela tuvo otro terremoto cuando le hablaron de la dictadura, los desaparecidos, las violaciones a los derechos humanos. Meli reconoce que quedó espantada, llegó a su casa y se lanzó a interpelar a su padre. “Fui a preguntarle si era un asesino. Era muy fuerte que te cuenten eso, y más en una escuela pegadita al barrio militar. Con el tiempo también entendí a la maestra que lo planteó” cuenta riéndose. “Mi padre recién había empezado su carrera en el 85 más o menos, quedó afuera de lo de la dictadura. Pero tenía otra historia. Mi abuela sufría situaciones de violencia de mi abuelo Ernesto. Mi padre entonces quería formarse como suboficial, pero sin estar lejos demasiado tiempo para no dejarla sola”. La vida seguía inundando a Meli de preguntas.

Todo x 10 centavos
Salto hacia adelante. “Me gustaba coser, hacer cosas con las manos, era creativa y me gustaba transformar ropa de mi abuela, reciclar, leía la revista Cosmopolitan o hacía zapping y veía una pasarela en Francia. Cosas que se te cruzan de piba. Y pensé: voy a estudiar diseño”. La familia pudo mandarla a Buenos Aires a seguir esa carrera. Era 2007, estudiaba en Ciudad Universitaria, alquilaba en el centro y trabajaba de moza para completar algo de ingresos. “Yo valoro mucho la permanencia en un territorio. Pero creo que es bueno también tomar distancia, ver otros ambientes, salir de tu lugar conocido”. (A los seres urbanos, por ejemplo, les/nos resultaría ilustrativo compartir la experiencia de vivir sobre el lomo de las vacas muertas, por poner apenas un ejemplo).
En Buenos Aires Meli seguía aprendiendo. “Yo era una más en esa diversidad porteña, no aparecía tanto esa marca de qué soy, pero sentí también el racismo, el desprecio. Me acuerdo una mujer muy coqueta que me dejó una propina de 10 centavos, que era como un insulto. Le pedí que se la llevara. Lo bueno fue que empecé a sentir que podía enfrentar esas cosas”.
La bocharon en una materia y entró en crisis. “Me pareció injusto, una valoración subjetiva, algo re desmotivador. En el CBC me había enganchado con Antropología, y me inscribí en Puan (por la Facultad de Filosofía y Letras). Fue otro impacto, andaba desorientada, no me encontraba”.
Volvió a Bariloche con sensación de fracaso, sus padres consideraron que eso de la antropología era un tanto delirante. Pero se creó la Universidad de Río Negro, Meli se anotó en Antropología, y unos años después se recibió y fue la primera egresada mujer de esa Universidad. “Fue una experiencia movilizadora, con acceso a discusiones y materiales donde me sentí muy pichona, aprendiendo. Y seguía con una incomodidad: todos mis profesores y profesoras de antropología estudiaban el tema mapuche. Daban ejemplos, material para leer, hablábamos de etnografía y me acordaba de mi familia, de mi abuela, de gestos, palabras, formas de hablar y contar, comidas, que son mapuche aunque no lo asumas así. Después me involucré con proyectos de mujeres tejedoras de fibra de guanaco y era como estar con tu familia. Pero yo seguía diciendo mi apellido en voz baja, como para que nadie me escuchara”.

Balas al clóset
La antropóloga ya había sido contagiada por el feminismo. “Fue lo que más me movilizó y politizó. Es muy iluminador eso de ‘mujer no se nace, se hace’. Muy de feministas europeas blancas, pero fueron bases fundamentales para deconstruir lo biológico, entender lo social. Después conocí a las feministas chicanas, mestizas, tercermundistas e indígenas. Mujeres que hablaban desde otros lugares. Ahí está lo que nombro al hablar de feminismo. Al mismo tiempo, siempre fui muy sociable pero estaba sola en el sentido de qué es lo que alienta tu proceso de identidad. Y creo que es importante disputar esa soledad, la de una sociedad que te va encerrando”.
En 2015 obtuvo una beca doctoral en México. “Seguía en eso de buscar entornos para desafiarme, no como algo individualista. Cuando voy a México me decían que no parecía argentina, porque los argentinos eran blancos, los de las publicidades o los que hacían promoción en la puerta de los shoppings. Buscando dar una explicación yo decía que descendía de mapuches, que mi abuelita… pero entonces, ¿dónde empieza y dónde termina esa transferencia de identidad? ¿Cuándo dejás de “descender” y te empezás a posicionar desde el ‘yo soy’?”. El tema quedó en suspenso. Su trabajo sobre la prostitución fue incluido en Comercio sexual y discurso sobre trata en México, libro coordinado por la antropóloga Marta Lamas.
Volvió Meli a Argentina y tomó como investigación la situación de las mujeres migrantes (dominicanas, colombianas, venezolanas) y su relación con el contexto petrolero neuquino. “Existía el Bariloche Center, lugar de prostitución, sex shops, baile erótico, mercados sexuales mientras había cierres por la Ley Antitrata. El efecto fue persecución y las mujeres aparecían en destinos que tenían como punto en común la actividad petrolera. Así fui a Rincón de los Sauces en un autito modelo 2000 para conocer a esas mujeres y entender cómo funcionaba su vida en el extractivismo, donde a veces la prostitución ha tenido un lugar muy constitutivo de las sociedades petroleras convertidas en madres, esposas y a veces hasta fundadoras silenciadas de pueblos”.
Siguió luego su doctorado en Buenos Aires hasta que se rompió eso que Meli ha pensado tantas veces como su propio clóset: “Ahí pasó todo con total fuerza. Era 2017, me sentía cada vez mejor pero seguía todo ese proceso de incomodidad, de no encajar. Un día de noviembre me puse los auriculares, fui caminando a encontrarme con una amiga y pasé por Congreso. Había una movilización por el asesinato de Rafael Nahuel en Mascardi. Alguien me dio un volantito, que decía algo así como ‘el pueblo mapuche vive’”.
(Historia breve: Rafael Nahuel tenía 22 años. Estaba en Villa Mascardi por un conflicto de tierras. Intervino Patricia Bullrich cuando era de la casta macrista, después de la delarruísta y antes de la mielísta. Mandó al grupo Albatros de la Prefectura Naval (?). Los prefectos declararon después que hubo un “enfrentamiento” con los mapuche, aunque se demostró que eran un puñado de jóvenes para colmo desarmados. Así mataron a balazos a Rafael, por la espalda. Cinco de los albatros fueron condenados. Nunca nadie condenó de modo alguno a quien ordenó el operativo, trató de encubrir el crimen y ahora se postula para senadora).
La joven se quedó mirando el volantito, con los auriculares haciendo ruido, rodeada de un vértigo de gente en la movilización. “Y dije: wow. Estoy recibiendo un volante de un pibe porteño, seguramente un compa súper comprometido, pero, ¿no tendría que ser yo la que reparte el volante? Me quedé ahí, me impactó todo. Lloraba. No conocía a nadie pero me quedé escuchando a todos conmocionada. Terminó el acto, fui para Callao y Corrientes a encontrarme con mi amiga y lo que me acompañaba era el llanto. Mi amiga me preguntó qué me pasaba y no podía explicarle. Yo sabía que habían asesinado a Rafa pero tuve una sensación de dolor, de impotencia, terminé con un ataque de asma tremendo y a partir de ahí dije: nunca más voy a callarme. Ya sé cuál es el lugar”.
Doctora con pala
Reconoce un sueño: “Empecé a imaginarme poder participar de algo más grande, que no tuviera solo que ver conmigo sino con lo colectivo. Empecé a estudiar mapuzungun. Una amiga me invitó a la ceremonia que hacen las comunidades mapuches junto al volcán Lanín en 2018”. El Gejpun es un encuentro mapuche dedicado a su relación con la naturaleza, cosa de la cual varios winkas (no mapuches) deberíamos aprender, si entendiéramos mejor cómo funciona el universo.
Melisa quedó asombrada. “Volví un tiempito a México para terminar de escribir mi tesis con una amiga que también tenía que escribir la suya. Tenía la posibilidad de ir a San Luis de Potosí donde hay mucha resistencia de pueblos originarios contra la mega minería, pero apliqué para venir a Neuquén porque había una investigación posdoctoral para estudiar extractivismo y resistencias mapuche. Le decía a mi amiga: tengo ese impulso de estar en la lucha con otros”.
Volvió a Neuquén, donde había estado primero con sus investigaciones sobre prostitución en zonas petroleras, y después junto al silencio conmovedor frente a un volcán. Empezó a sumarse a los trabajos comunitarios del lof Newen Mapu. Confesión de la doctora: “Ya era la pandemia de 2020 y estaban tendiendo los caños de agua. Había un proyecto de cultivar plantas medicinales para recuperar ese tipo de saberes, pero primero teníamos que hacer pozos acá en la meseta que es durísimo. Nunca había usado tanto una pala”.
La cuarentena que encerraba, a ella la abría al conocimiento de Newen Mapu. Jorge Nawel, referente de la Confederación, le mostró los libros con actas de todos los parlamentos, lo que sería el clímax de cualquier antropólogo o historiador. Meli lo tomó como parte de un aprendizaje y también de un vínculo que tuvo otro paso cuando las bromas, los trabajos, los silencios y otros desafíos derivaron en su relación con Lefxaru.
Mujeres conversando
La tesis de Meli al doctorado fue presentada en su libro Mujeres de la noche y trabajadores petroleros-tránsitos entre economía, sexualidad y afectos. Su papá militar conoció a Lef. “No te voy a decir que mi papá es facho, pero tiene ideas estructuradas, de plantear que una persona como Milei puede llegar a hacer las cosas bien. Lef le habla con total calma de la mentira del usurpador mapuche, de la política racista, de la defensa legítima del territorio, mi papá lo escucha y hasta le dice ‘tenés razón’. Lef le regaló también el trarilonco (charilonco) la vincha, digamos entre comillas, que usan los varones. Mi papá lo puso con los trofeos que ganó compitiendo en bicicleta, y junto a un disco de Puel Kona (conjunto de rock mapuche en el que interviene el propio Lef). Y cuando hubo una ceremonia por mi hija Liq, mi papá vino con su trarilonco y lo usó por primera vez”. Nunca conviene subestimar el poder de ciertas conversaciones.
Lo mismo descubrió Meli sobre lo que ocurría en varias comunidades: muchas conversaciones de mujeres. “Toda la efervescencia del feminismo en los últimos años influyó para que las mujeres empezaran a crear espacios propios para hablar de temas que antes no se mencionaban. Los abusos, por ejemplo, incluso contra la infancia. Fue decir: ‘Encontrémonos a hablar cosas que no hablamos en los trawn (encuentros) mayores’. Porque estás disputando tu territorio con el avance del fracking, o con los terratenientes apañados por Milei, pero puertas adentro tenés algunas situaciones de violencia de género, abuso infantil, y no se hablan. Tenés el patriarcado también entre la comunidad. Había lognkos que modelaban a su gusto las comunidades. Quiénes participan, quiénes no. Quiénes iban a ceremonias, o no. Se discutía la violencia de afuera, pero la de género era una violencia más. Me acuerdo cuando compartí que mi abuelo abusaba de su hermana, mi tía abuela, que se escapó para siempre de aquí. Otra mujer dijo: “Tal persona me perseguía por el campo y yo corría y corría para que no me agarrara”. Otra dijo: “Tuve en mi casa a tal persona, le estaba dando refugio, y abusó de mi hijo’”.
El contagio de conversaciones sobre la verdad terminó provocando que un lognko fuera expulsado de la comunidad Kinxikew por violencia y abuso contra mujeres e infancia, y reemplazado por la lognko Amancay Quintriqueo. Y que cinco de catorce comunidades del Consejo Xawvn Ko estén conducidas por mujeres, con un crecimiento de la participación hacia otras formas de autoridad política. “Igual hay muchas mujeres que prefieren no decirse feministas. Es difícil la articulación incluso con los feminismos más decoloniales, cuando nosotras tenemos problemáticas concretas como la de las presas políticas o la machi Betiana. Por eso decimos por qué no vienen a Vaca Muerta, por qué no ven la resistencia, la creatividad, la creación por parte de las mujeres y las comunidades frente a eso. Y todo lo digo sin caer en el esencialismo de que solo las mujeres defienden los territorios, esa cosa mujeril, que ignora que es la comunidad entera la que está en la pelea”.
Tal vez no resulte sencilla de captar toda esa dinámica pero dice: “Yo también trataba siempre de entender todo, era como una máquina registradora de lo que pasaba en la comunidad, pero un día me dijeron: ‘estás tratando de entender, y no estás sintiendo’. Meli empezó a ecualizar así una armonía de cerebro y corazón.
La resurgencia
No ha hecho un estudio antropológico para entender a los indígenas occidentales y modernos, pero dice: “Salir de la comunidad, ir a Neuquén o a Buenos Aires, a veces parece una ficción donde se ve una mirada individualista, de sobrevivir el día a día, donde no importa lo demás. Como un mundo formado por muchos mundos que no se entienden. O a lo sumo, si voy al centro y me ven con la vestimenta mapuche, me piden sacarse una selfie, cuando en verdad somos la mayoría en la provincia aunque muchos no lo asuman”.
Cree Meli que estamos ante un presidente al que define con una palabra: “Odiante”. Si el nombre de la banda Weway significa vencerá, ¿qué es lo que vencerá? “Nuestra lucha, sueños, lo bueno, lo justo”. Me cuenta otra vieja novedad: “Entre organizaciones mapuche de Puelmapu, la Confederación Mapuche de Neuquén, la Coordinadora Mapuche-Tehuelche de Río Negro y Organización Identidad Territorial Malalweche de Mendoza, hace dos años retomamos nuestra articulación. Buscamos construir una demanda colectiva por genocidio del Pueblo Mapuche contra el Estado Argentino”.
En el acto después de la represión a los mapuche la doctora dijo sobre Vaca Muerta : “No es una suerte estar ahí. No es riqueza. Es una miseria, una lucha, afrontar todos los días para sostener la vida”. Y señalando a la casa de gobierno neuquina: “¿Querían un Rafita Nahuel en esa esquina de mierda donde creen que tienen el poder?”. Terminó su intervención ante 10.000 personas con un canto o grito ululante que explica en los tímpanos el significado de la palabra newen.
Se hace siempre una pregunta: “¿Es la defensa del territorio ambienal lo que hace que la gente resurja como mapuche, o es lo colectivo y la cosmovisión lo que hace ver que también hay que defender agua, aire, tierra, newen? ¿Qué es primero?”. En todo caso, cree las mujeres son las que mejor entienden que el cuidado de las personas no se divide del cuidado del territorio y la naturaleza.
Hay una palabra que le gusta: resurgimiento. “Me gusta más decirle resurgencia. Si los sistemas de opresión afectan nuestras relaciones, y la pandemia fue un gran ejemplo, entonces reconstruir las relaciones entre los seres es algo muy importante”.
Hace un tiempo Meli dijo que cortar la ruta de las petroleras es lo más lindo que te puede pasar en la vida. ¿Por qué? “Es hermoso porque interrumpís la rutina extractiva, haces que la industria pierda, como nos acusan, aunque sabemos que nosotres perdemos mucho más con ellos. Molestás al poder y sus intereses. La visibilización que ofrecen estas acciones es único. Transmitís un mensaje: existimos, estamos acá, no nos van a pasar por encima. Y lo que reclamamos es lo justo y lo legal”.
¿Qué es lo mejor de vivir en comunidad en términos prácticos? “Me gusta sentir comunidad. Saber que con mi vecina, que es mi ñaña, con mi lamgen, mi cuñado, con los picikece, niñes que juegan con mi hija, tenemos un proyecto común, de hacer la vida más digna y bella a pesar de toda la destrucción humana que nos rodea. Y lo práctico seria: contar con el otro/la otra, que el otro cuente conmigo, sentirte segura, ¡y saber que en cualquier momento podes ligar tortafritas!”
¿En qué confiar hacia adelante? “Queremos que nuestros varones no sean machistas, violentos, que puedan crecer de otra manera. Que las generaciones adultas puedan transformarse y dedicarle tiempo a estas cosas que se consideran no políticas y quedan últimas en la agenda. La resurgencia no es pensar en grandes eventos y acontecimientos, sino en micro situaciones, micro transmisiones, pequeñas prácticas que preparan el terreno para las resurgencias grandes. Y confío en romper el silencio, el enorgullecerse de identidades que fueron menospreciadas, perseguidas, asesinadas. En recuperar hasta la belleza, y el potencial de reconstituirnos pese a tanto daño”.
Se queda pensando antes de zarpar a ensayar para un recital en el salón Los Desafíos. Y suma propuestas hacia el futuro: “Imaginar nuestro territorio verde y con árboles que nos den sombra, con aire puro. Que nuestra gente silenciada vuelva a ser mapuche, que seamos miles, como les que somos. Que el Estado argentino reconozca el genocidio mapuche. Que eso sea una revolución para la memoria social e histórica. Y que la familia, la comunidad y el pueblo le demos herramientas a mi Liq para que sepa enfrentarse a todo lo injusto”.

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#NiUnaMás
Del dicho al hecho: Los crímenes de odio baten récords

En 2025 se produjeron 227 crímenes de odio contra personas de la comunidad LGTBIQ+: 60% más que el año anterior. En la Argentina mileísta, cada 38 horas una persona es atacada a causa de su orientación sexual o identidad de género. El combustible: la violencia y discriminación desde el gobierno, empezando por el Presidente, y el desmantelamiento de políticas públicas. La precarización de la vida privada y lo que ocurre cuando el Estado se retira.
Por Evangelina Bucari
En la Argentina mileísta, cada 38 horas una persona es atacada a causa de su orientación sexual o identidad de género. En Cañuelas, un hombre le prendió fuego a la casa de una pareja de lesbianas. En Recoleta, dos mujeres, de 26 y 24 años, caminaban de la mano cuando un hombre las frenó y las increpó: una terminó con la nariz fracturada; la otra, con lesiones en la mano. En Palermo, un joven gay fue brutalmente golpeado y le rompieron la mandíbula. En Neuquén, Azul Mía Natasha Semeñenko fue asesinada, sin haber podido “ser Azul del todo” porque no recibió su hormonización.
Ninguno de estos hechos violentos de 2025 fue excepcional. El año pasado se registraron 227 crímenes de odio contra personas lesbianas, gays, bisexuales, trans (travestis, transexuales y transgéneros) y otras identidades disidentes. Según el informe anual del Observatorio Nacional de Crímenes de Odio LGBT+, fue el año más violento desde la creación de este organismo, con un crecimiento de más del 60% respecto de 2024, cuando se habían registrado 140 casos. Se trata, dice el relevamiento, de un aumento “abrupto, excepcional y cualitativamente distinto a la progresión observada en los años anteriores”.
La violencia por odio hacia el colectivo LGBT+ se intensificó en un contexto de desmantelamiento de políticas públicas, vaciamiento de organismos de protección, paralización de la agenda legislativa en materia de derechos y consolidación de discursos fascistas que estigmatizan a la diversidad.
Para María Rachid, titular del Instituto contra la Discriminación de la Ciudad de Buenos Aires e integrante de la Federación Argentina LGBT+ (FALGBT), el drástico aumento de estos crímenes en Argentina no puede separarse de los discursos de odio que provienen del gobierno nacional. “Tanto el presidente como funcionarios y allegados se expresan de manera violenta y discriminatoria hacia la comunidad LGBT en general y, principalmente, hacia la comunidad trans”, describe Rachid. “Y eso –agrega– genera mayor violencia y discriminación en la vida cotidiana. Esos discursos terminan legitimando, avalando y fomentando la violencia hacia nuestra comunidad”.
Esa realidad se percibe en lo cotidiano. Ayito Cabrera, director y fundador de la organización Espacio Tolomocho –que nuclea a personas trans con discapacidad–, advierte que el aumento no se limita a los casos visibles, sino que se expresa en formas más silenciosas y estructurales de violencia, atravesadas por la precarización económica y el desfinanciamiento.
“Los pedidos de ‘apañe’ de personas trans se multiplicaron considerablemente”, resume. Ese crecimiento, explica, tiene directa vinculación con la dificultad de acceder a un trabajo que permita sostener condiciones básicas de vida: comer cuatro veces al día, estudiar y alquilar. Cientos de personas travestis, trans y no binarias perdieron sus empleos en ámbitos estatales y muchas se quedaron sin acceder a medicamentos o tratamientos.
RADIOGRAFÍA
El informe elaborado por la FALGBT y las Defensorías del Pueblo de la Ciudad y de la provincia de Buenos Aires permite visibilizar la violencia cotidiana y su naturaleza.
Más de un tercio de los casos corresponde a ataques contra el derecho a la vida, que incluyen asesinatos, suicidios o muertes vinculadas a condiciones estructurales, mientras que casi dos tercios son agresiones físicas que no terminaron en muerte. Rachid aclara que hay un subregistro, “porque hay casos donde no se desarrolla ninguna línea de investigación relacionada a la posibilidad de un crimen de odio”.
En ese punto aparece uno de los datos más significativos del período: las agresiones físicas se duplicaron en un año y pasaron de 73 a 147 casos, un incremento del 101,4%.
Las muertes vinculadas a crímenes de odio se mantienen altas y con un patrón sostenido. En 2024 se registraron 67 casos (17 asesinatos, 44 muertes por violencia estructural y 6 suicidios), mientras que en 2025 la cifra ascendió a 80 (16 asesinatos, 53 muertes por violencia estructural y 11 suicidios), es decir, un aumento del 19,4%. Ese crecimiento incluye un dato especialmente preocupante: los suicidios casi se duplicaron en un año.
Las mujeres trans siguen siendo las más afectadas y concentran el 62,56% de los casos registrados. En segundo lugar se ubican los varones gays (22,03%), seguidos por varones trans (7,93%), lesbianas (5,73 %) y personas no binarias (1,76%).
Pero el documento advierte algo más: es un fenómeno que se expande. Entre 2024 y 2025, los ataques contra varones trans pasaron de 5 a 18 casos. Y las agresiones contra personas no binarias, que ni siquiera aparecían en registros anteriores, se duplicaron.
Ayito Cabrera describe con crudeza cuando además hay intersección de violencias. “Quienes somos personas trans con discapacidad vivimos una doble vulnerabilidad y una discriminación estructural histórica”, advierte. En ese contexto, señala, la falta de políticas públicas agrava condiciones ya precarias y profundiza el abandono.
Para el fundador de Espacio Tolomocho, las identidades trans –en especial, las transmasculinidades– se convirtieron en blanco de discursos que buscan deslegitimar derechos conquistados. “En esta intersección, nuestra identidad se ha convertido en chivo expiatorio de una campaña internacional de las derechas globales. En nuestro territorio, eso se traduce en necesidades básicas –salud, vivienda, trabajo– gravemente afectadas: las hormonas se han vuelto prácticamente inaccesibles, la atención sanitaria se deteriora y la falta de empleo impide sostener una vivienda”, detalla Ayito.
En este sentido, las cifras no pueden interpretarse de forma aislada, sino como parte de un entramado de violencias estructurales, simbólicas e institucionales que impactan de lleno en las condiciones de vida.
Otro tema preocupante es un crecimiento sostenido de agresiones en comisarías y establecimientos penitenciarios, junto con un dato que marca un punto de quiebre: la participación de fuerzas de seguridad pasó de 17 casos en 2024 a 64 en 2025. Esto consolida a la violencia institucional como uno de los principales vectores de agresión, en especial contra la población trans y, en particular, contra las mujeres trans.
Rachid señala que esto no resulta sorpresivo. “Cuando aparecen o se instalan gobiernos de derecha, las fuerzas de seguridad se sienten más avaladas para ejercer su violencia hacia los grupos vulnerados en general y la población LGBT en particular”, explica.
LA ANTIAGENDA
El hecho de que el registro más alto de toda la serie histórica del Observatorio se produzca durante el gobierno de Javier Milei es un dato cargado de sentido. Desde que comenzó su mandato, siguiendo la agenda de ultraderecha de su amigo Donald Trump, el presidente argentino promovió discursos que cuestionan derechos, deslegitiman identidades de género diversas y contribuyen a habilitar formas más intensas de violencia contra las personas LGBT+, como quedó demostrado durante su intervención en Davos en enero de 2025.
Esa violencia simbólica vino acompañada de la eliminación de programas, organismos y dispositivos estatales que cumplían funciones centrales en la prevención de la violencia y el acompañamiento de las víctimas. La disolución del Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (INADI), por ejemplo, dejó a la población LGBT+ sin un canal institucional específico para denunciar actos discriminatorios. El informe lo sintetiza en una frase que funciona como advertencia: “Allí donde el Estado se retira, el odio encuentra condiciones para expandirse”.
Esa relación entre discurso y violencia también aparece en la experiencia cotidiana de las organizaciones. Para María Rachid, los informes no solo marcan un aumento de los crímenes de odio, sino que evidencian su vínculo con los discursos que circulan desde el poder.
Agrega que, a partir de expresiones públicas de funcionarios y del propio Milei, se produjo un cambio perceptible: crecieron las denuncias, las consultas y también la violencia cotidiana. “Hay evidencia de esa relación directa. Lo muestran los informes, pero también se puede ver en las redes sociales de cualquier organización LGBT”, plantea Rachid.
Ocurre que cuando esos discursos provienen de una voz de autoridad como lo es el Poder Ejecutivo Nacional, el impacto es concreto. No solo habilitan la violencia, también la legitiman.
Desde el Espacio Tolomocho explican que lo que antes circulaba como insulto marginal hoy es retomado por funcionarios y medios, ampliando su alcance y su legitimidad social, y habilitando agresiones físicas, institucionales y discursivas con mayor impunidad.
Las consecuencias de ese proceso también se observan en el acceso a derechos básicos, como la ley de cupo laboral. Los despidos en la administración pública y la falta de implementación efectiva de estas normativas profundizaron la exclusión de la población trans y empujaron a muchas personas a situaciones de extrema precarización.
En este contexto, espacios como Tolomocho adquieren otro sentido y se transforman en redes de contención y cuidado, un recurso fundamental en tiempos hostiles. “Somos personas trans con discapacidad profesionales en nuestras áreas, editamos libros, hacemos muestras de arte, damos clases, trabajamos en accesibilidad. Apostamos a la educación y al arte como formas de construir otra sociedad”, explican.
En un clima social marcado por el ascenso de los discursos de odio, la discriminación y el individualismo, la respuesta vuelve a ser colectiva. La organización, la denuncia y la presencia en las calles se tornan fundamentales ante una avanzada antiderechos que tiene en el propio Estado nacional a uno de sus impulsores.
Nota
La marcha en Córdoba: detrás de los ojos de Agostina

Córdoba llegó a la undécima edición del Ni Una Menos con una herida abierta y reciente: el femicidio de Agostina Vega, de 14 años, ocurrido días antes en la ciudad. La convocatoria no necesitaba más argumento que ese flequillo y esa mirada. Córdoba salió a la calle bajo la lluvia este 3J, once años después del grito que fundó esta fecha, con la misma urgencia y con la misma pregunta sin respuesta.
Por Bernardina Rosini
El trole que recorre los barrios del oeste de la ciudad viene casi lleno faltando dos horas para la marcha. El parabrisas anticipa el motivo: el rostro pequeño de Agostina Vega, 14 años. Era fácil intuir que será una marcha que desbordará una ciudad que expresa hartazgo. Nadie mira los barrios de Córdoba, nadie atiende a su gente. Los que ocupan los sillones más mullidos de las oficinas del poder local sobrevuelan las veredas estalladas, no las caminan. Los cordobeses respondieron muy bien a los discursos contra la casta porque describe con precisión algo que ya conocen de cerca: un Estado que administra con diligencia donde hay recursos e influencia, y que llega tarde, mal o nunca adonde no los hay.

El flequillo y los ojos de Agostina. Fotos: lavaca.org.
Lo que no se puede creer
Son las 18 horas y comienza excepcionalmente puntual la undécima edición del 3J. Llueve, llueve, llueve, como si la meteorología comprendiera mejor de duelos que quienes toca narrarlos. Miguel y Elizabeth, los abuelos de Agostina, encabezan la multitud. De frente, el arco de cámaras y cronistas. Un grupo de sikuris hace una ofrenda a las víctimas de la fecha, queman hierbas y hacen sonar su música. Recién entonces todo empieza. Tres horas llevará recorrer las diez cuadras dispuestas a paso lento y apretado, bajo paraguas que cubren a propios y ajenos. Una mujer contempla desde el cordón y llora desconsolada: «Es la primera vez que vengo. Es la primera vez en una marcha. Yo no puedo creer lo que hicieron con esa niña.» Está junto a su hija de 19 años y no sabe si sumarse al recorrido. Llora y llueve. Desde una mesa que intenta protegerse del agua se reparten lienzos con los ojos serigrafiados de Agostina. Los ojos y su flequillo de nena.
Varones
Hay varios hombres presentes: padres con sus hijas, grupos de amigos, novios. «Con los pares que no tienen sensibilidad al tema, la conversación se vuelve muy estratégica, hay que evitar el choque frontal. Mi método es a través del interrogante, que puedan encarnar la pregunta», comparte Gonzalo, de 41 años.

Acompañando la marcha y una percepción sobre los varones: «Reconocer la miseria propia es difícil». ¿Cómo es el camino para llegar desde allí, al reconocimiento del problema? Fotos: lavaca.org
«Para cualquiera reconocer la miseria propia es difícil. El problema es que el varón no asimila. Pero si asimila, reconoce; si reconoce, cuestiona; si cuestiona, suelta; y si suelta, lucha. Son muchos procesos por delante». Un grupo de docentes toma esa misma dificultad para reclamar por la ESI. «Es un cambio que requiere tiempo, pero tenemos que empezar en serio hoy, y la ESI es la mejor herramienta para trabajarlo con los chicos. Insisten con diluirla, como mínimo», se lamenta Graciela, maestra de nivel inicial en una escuela de barrio Juniors.

La familia encabezando la marcha en Córdoba. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org
La marcha se detiene frente a grandes mosaicos fotográficos que vuelven a traer los ojos de Agostina. Su mirada se despliega ocupando todo el ancho de la calle. Todos quedan detrás de ella. Ya no existe la división entre quienes la conocían -y hablaban de su risa y sus anhelos- y quienes aventuraban, con violencia, sentencias sobre su sexualidad. Todos detrás de sus ojos. Todos debajo de la lluvia.
Dónde está Delicia
Se grita al cielo preguntando dónde está Delicia Mamaní Mamaní, la joven de 25 años desaparecida desde noviembre pasado, cuando salió de su hogar en el paraje rural Punta de Agua, Malagueño, con destino a la Escuela Normal Superior Dr. Alejandro Carbó en el centro de Córdoba, donde cursaba el segundo año del profesorado de Educación Primaria. También en este caso los primeros obstáculos surgieron en las propias dependencias estatales. La mamá de Delicia intentó hacer la denuncia en medio de una profunda barrera lingüística -el aymara es su lengua materna- y ninguna Unidad Judicial de la zona la recibió durante los primeros días clave. Ante la desidia, fue la comunidad educativa del Carbó la que asumió un rol activo: organizó movilizaciones, consiguió el patrocinio ad honorem de abogadas y logró judicializar la causa una semana más tarde. También en este caso, justicia a fuerza de organización y de calle.
Paula, del barrio Portal de Córdoba, lleva un maquillaje de lágrimas rojas. No lágrimas: llanto rojo, angustioso. Levanta un cartel que recuerda que hace once años el padre de su hija abusó de la niña. Su lucha nació en las mismas fechas que esta marcha, y también la falta de respuesta. «No sucedió nada. Hice denuncias, peritajes, pero él está recorriendo Europa y ya ves dónde estoy yo«.
Justicia sin apellido
Del otro lado del cartel, el nombre de una amiga: «Jessica Barrera, presente.» Una vecina a quien el ex novio mató metiéndose por la puerta trasera de su casa. Ella había hecho la denuncia. Tenía custodia policial en ese mismo momento. Luego buscó su nombre en los padrones de femicidios y no lo encuentro. A Paula la acompaña una amiga: «Me llevó toda la noche hacer la denuncia. Me dieron un botón antipánico y a mí me sirvió. Pero es cierto que estás ocho, diez horas esperando y quién sabe qué va a resultar después.»
Lo narrado por el fiscal Garzón en la conferencia de prensa días atrás no le resultó ajeno a nadie que alguna vez haya tenido que sentarse a esperar justicia sin apellido que lo respalde.
La marcha empieza a dispersarse, pero no hay un momento claro en que finalice. Simplemente ocurre, como todo lo que se sostiene once años: porque alguien decide seguir. No hay documento, no hay escenario al que llegar. Es con las de al lado, es detrás de los ojos de Agostina, es debajo del reparo ofrecido. Once años de marchar.

Las mujeres de Córdoba ganando las calles, pese a la lluvia, y pese a todo. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org
#NiUnaMás
El 3J porteño: Vamos

Por Claudia Acuña
Fotos: Juan Valeiro
Muchas: eso fuimos. Muchísimas más que la última vez y ojalá que menos que la próxima, o mejor: que no sea necesario una próxima. Que al fin podamos descansar y dedicarnos a otra cosa en lugar de escribir con marcador en un cartón: “Ayer estaba viva. Hoy mi hermana es la foto de este cartel” o salir del trabajo donde estamos paradas ocho horas por dos pesos para sumarnos últimas, con lágrimas regando las mejillas y la convicción de exigir justicia por la compañera que acuchilló su novio hace dos días, en ese femicidio que en la tele informaron como resultado de “una infidelidad”. Con esa orfandad de sensibilidad y respeto, que abona el permiso social para carnear mujeres están hablando en los medios de Noelia, 30 años, de Temperley, la compañera de este grupo de chicas que no pueden decir dónde trabajan porque la firma se los prohibió. “Ella ya lo había denunciado porque sufría su violencia, se había separado y ese día iba a sacar sus cosas de la casa. Él le dijo que no iba a salir viva de ahí, la tomó de rehén y ella pidió ayuda al 911, la policía demoró y cuando llegó no supo cómo intervenir: fue peor”, cuentan temblando. Masacradas primero, criminalizadas luego, silenciadas después, lo que queda es estar ahí con los carteles escritos a las apuradas y el llanto incontenible, al final de la concentración que un grupo decidió que no sea marcha ni disponer de lugar donde el dolor de las familias descanse (aprendan de Córdoba, orgas porteñas), pero no importa porque no es lo importante.

Foto: Juan Valeiro/ lavaca.org
A pocas cuadras y sobre Hipólito Yrigoyen están las madres de Brenda y Morena, dos de las tres masacradas en el triple narco femicidio agradeciendo que la multitud las abrace y sin esperar –ni ellas ni la multitud– ser referente de nada ni vocera de nadie: ser una más es ser Ni Una Menos.

Foto: Juan Valeiro/ lavaca.org
A metros del cine Gaumont no es la casualidad sino la fuerza de esta marea la que hace chocar a la actriz Laura Paredes con Teresa Laborde. Laura interpretó a su mamá –Adriana Calvo– en la película Argentina, 1985. Teresa es lo que allí se contó: la nena que nació en un Falcon Verde, hoy una bella y luchadora mujer: su sonrisa es el símbolo de una victoria social y el abrazo entre ambas es la postal de la inquebrantable alianza entre el arte y la memoria. De ese caudal abreva esta marea. Somos las hijas y las nietas de la batalla por la justicia.

Foto: Juan Valeiro/ lavaca.org
“Estoy en contra de todo gobierno que quiera sacarme mis derechos” enarbola una chica con capacidad para sintetizar lo que este movimiento expresa políticamente.
“Faltan 10 femicidios para que empiece el Mundial” es el mensaje impreso en una hoja A4 que reparte una señora.

Foto: Juan Valeiro/ lavaca.org
“Merecemos vivir sin miedo”, gritan ambos carteles que traen desde Avellaneda Luna, 9 años, y Tatiana, 18, sobrina y tía, mientras caminan la Avenida de Mayo de la mano y cuentan que esta es su primera vez. “Hablamos ayer con mis hermanas. Nos escuchamos. La verdad es que este gobierno se está pasando de la raya con este tema. Yo le conté que todos los días camino por la calle con un ojo en la espalda. Ninguna queremos que ella crezca así. y decidimos que teníamos que estar. Ellas trabajan y no podían venir, pero decidimos que nosotras sí y ahora están pendientes del teléfono para saber si estamos bien. Y estamos bien porque hay mucha gente por suerte”.

Foto: Juan Valeiro/ lavaca.org
Mucha gente, sí. Muy joven en su gran mayoría, más varones que otras veces, también y pocas columnas de organizaciones, la mayor parte ocupando la primera fila de lo que calculan el foco de las cámaras. El ancho resto, que desborda la plaza y riega Avenida de Mayo hasta la 9 de Julio, está poblada por las incontenibles gotas de esta marea que emerge con el grito que transforma el dolor y la tristeza en organización y rebeldía.
Quizá no sea una suerte, pero casi.
Quizá eso que grita Ni Una Menos sea la providencial expresión de un acto de fe en ese nosotras que nos impulsa a salir a las calles de todo el país sin especular con que esté garantizado de antemano para acudir: vamos.

Foto: Juan Valeiro/ lavaca.org
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