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Piedra libre: Maia Debowicz, periodista y escritora
Acaba de publicar Por más escondida que esté, libro incómodo, triste y genial que habla de una cirugía que fue un quiebre: vital y literario. La excusa perfecta para hablar de miedos, deseos, animales, amistades, el amor, la pesadilla y los sueños. Y la vida que nos rodea, cuando merodea la muerte. Por Carlos Ulanovsky.

Chica especie obra de arte andante, Maia Debowicz cultiva con originalidad búsquedas y coloridos, su natural condición de personaje. “No es algo artificial –dice–, me visto con los colores que me gustan. No tengo una belleza clásica. Por años tuve complejos hasta que un día (la actriz y performer) Charo López me enseñó que a las deformidades no había que taparlas sino manifestarlas e incluso exacerbarlas”.
Formada en artes visuales, guiada al principio por las manos del maestro Guillermo Roux y después especializada en diversos talleres, residencias, clínicas de plástica y de cine. Es periodista, ilustradora y escritora. A principios de noviembre, rodeada por el escritor y dramaturgo Santiago Loza y la actriz Paula Grinszpan y frente a una claque afectuosa presentó su novela Por más escondida que esté un libro incómodo y triste porque se refiere a las zonas más frágiles de las personas; y crudo porque informa con mucha dureza y detalle sobre un serio trastorno físico. En este caso, el de una mujer en la flor de la edad que, de un momento para el otro, se verá entre la vida y la muerte.
Cuando quien esto firma terminó de leer el libro, desconocía que el personaje protagónico, una tal Roberta Perchik, no era sino la dramática voz autobiográfica de Debowicz. La Perchik (apellido real de la abuela materna de la autora) que está postrada, hecha percha, por un grave disturbio uterino, era también la pobre Maia. “Antes, mi mayor miedo a una cirugía podía ser, como mucho, una apendicitis. Pero se ve que el cuerpo se anticipó y decidió por mí”, cuenta ella, quien padeció durante días una tormenta de contracciones, cruentos dolores, el temor a lo desconocido, ataques de pánico, hemorragias que parecían dispuestas a dejarla sin una gota de sangre. “Tuve mucho miedo –le cuenta a MU–; rogaba para que, por lo menos, pudiera llegar al quirófano”. Y en ese no lugar adonde, cuando nos toca todos llegamos en bolas y sin documentos, quedó en manos de la ciencia. “Recién, en ese momento pude abandonar el control, dije ya está”. Confía quien en ese instante crucial alcanzó a preguntarle al cirujano: “Prometeme que no me voy a morir”.
Sigue aquí, pudo contarlo, así como completó este relato que mezcla horror y esperanza y es, sin exagerar, la puesta en valor de un duelo trascendente. Sin útero a los 40 años recién cumplidos, sabe que nunca más va a menstruar y tampoco podrá tener hijos biológicos. “Si hoy me encontrara con Roberta Perchik, primero le agradecería haberme prestado su identidad para entender un poco más la mía. Y también decirle que con su ayuda pude transformar el espanto en literatura”.
Coincidir los originales
Uff. Fue difícil, doloroso incluso leerlo. Tanto, como ahora, transformarlo en crónica. Ya volveremos al libro.
Mientras tanto regresemos a la periodista, crítica de cine, descubridora de tendencias, colaboradora de los suplementos digitales Soy y Las 12, editados por Página 12, de la revista Acción, de La Agenda Revista y columnista del programa Todo Pasa, por la FM Urbana Play. Por más escondida que esté es su cuarto libro. Los anteriores, son los ensayos Cine en piyamas (2017) y Alf, costumbres de otro planeta (2020) y las novelas Los ruidos vienen de la cocina y la que motiva esta crónica.
Explica que el título de su nueva novela viene de su afición por las películas de terror. En una llamada Candyman, de 1992, la protagonista dice eso, “Por más escondida que esté, Candyman siempre me va a encontrar’” Refiere: “Tomé esa frase para meterme en el libro. Pude introducirme en el horror y, así, salir del escondite”. Título con algo de paradoja porque la Roberta de su libro –o sea, ella misma– no oculta nada, se expone y abre hasta los mínimos detalles.
Ilustradora de libros, historietista, participante en los salones nacionales en el Palais de Glace, en el año 2010 hizo en el Centro Recoleta una instalación inspirada en el lenguaje de la industria farmacéutica y especialmente centrada en una crítica a los remedios psiquiátricos. En esa ocasión expuso un Prozac con forma de goma de borrar, una pastilla de Valium gigante como un adorno de pared y la palabra Exit (salida, en inglés) armada con pastilleros. Un modo de exorcizar la relación con su mamá, hasta hoy caracterizada por más idas que vueltas.
“Vivir, convivir con animales, siempre y cuando no se los obligue a comportarse como humanos, es una aventura permanente y salvaje, alegre y triste”, desarrolla quien en su departamento comparte espacio con once conejos. “Sí –confirma Maia–, son once y muy distintos entre sí”. Describe a machos y hembras que tienen reconocimiento, personalidad y nombres, como Bruce Lee, Beavis and Butt Head y She-Ra (la hermana de He-Man, ilustra) y que, en estado doméstico, bien cuidados, bien educados (como son los suyos, aprecia) pueden vivir hasta diez o doce años. “Los conejos se limpian solos, como los gatos, y hacen sus necesidades en una bandeja sanitaria sobre piedritas especiales. Que los conejos solo comen zanahorias es un mito de los dibujos animados. También les gustan algunas hojas verdes, alfalfa, heno y alimento balanceado marca Conejín. Los conejos son como mi familia, pero no mis hijos”, concluye su clase práctica.
El duelo y después
Mas allá de la celebración que significa terminar un libro y verlo editado (en este caso por La Crujía), para la autora es la posibilidad de dar cuenta de lo que le pasó, de seguir enfrentando el duelo y la presentación de una nueva identidad. “Lo que me pasó me condujo a un replanteo de gustos e intereses. Antes creía que ya lo sabía todo; ahora son muchas las cosas que no sé”, confiesa. Para desdramatizar, en la presentación lució un vestido estampado con motivos marinos y en la cabeza una llamativa corona de corales artificiales (hechos de resina y alambre) diseñada por la artista Luisa Vega. Cada asistente recibió un recuerdo ad hoc: miniaturas en acrílico de especies marinas.
La parte central de la novela relata ese tsunami que fueron sus días de internación. En esos días estuvo rodeada por algunos ángeles de Maia –en el libro presentados con nombres de fantasía– que la acunaron y protegieron. Empezando por Ciro, su pareja (en la vida real, el historietista Fer Calvi). “No me soltó la mano desde el inicio, el desarrollo y el fin de la pesadilla. Soportó todo, como el gran compañero que es. Pero también se rompió: terminó con hipertensión, con diabetes”. También está Iván siempre dispuesto a la distensión, al chascarrillo que distraiga y a la bromita para cambiar de tema. “Él es mi mejor amigo, Lucas Fauno, periodista y activista LGBT”. El retrato de la enfermera Elsa, con quien cada tarde ya en el posoperatorio, seguían un teleteatro, es impecable. “Sin ella y sin su sinceridad brutal todo hubiera sido mucho peor. Una enfermera está en todos lados. No solo es la que pone un vendaje: es el vendaje. La extraño. Cada tanto pienso en ella”. En el libro a su médico lo llama el cirujano-galán y piensa, con algo de razón: “El cirujano me conoció cómo soy por dentro, y yo no sé nada de él”.
Le gusta pensar que el “equipo de salud” que la atendió sea el gran protagonista, en especial por el momento que vivimos con un gobierno que destrata y castiga a la salud y sus profesionales. La lista de agradecimientos del final es extensa, más de 25 nombres, entre otros los de Flor, La Rusa, Marisa, su papá. De vez en cuando Roberta arma listas que expresan deseos, propósitos, recuerdos, cuestiones futuras.
Por ejemplo: “Rutinas de la infancia, cosas que haré si sobrevivo a la cirugía, lo que ya no me pasará”. “Fueron surgiendo –detalla– como si fueran bancos de arena dentro del océano que es el libro, para que los lectores y yo podamos respirar”.
Durante la entrevista, elaboró una nueva lista, especial para MU. Eligió cinco cosas que se guarda para su vejez: “Hacer un curso de caligrafía; tener una pileta de natación para meter los pies de noche; teñirme el pelo de colores fantasía; ir a una playa nudista; comprar un lavarropas para dejar de lavar a mano”.
Bien lejos de la anestesia y del bisturí, Maia asegura sentirse bien. “El libro, a la manera de un closet, se abrió para que pudiera hacer pública mi mutilación”. Detrás de esa voluminosa y llamativa cabellera color negro azulado, indica: “El libro fue mi necesidad de que no me vean como un electrodoméstico fallado. Tengo imposibilidad de gestar, pero puedo maternar. ¿Adoptar? Es un deseo, pero no lo siento urgente: ahora estoy disfrutando de otras cosas”.
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