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Cabo suelto: Crónicas del más acá

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Cabo suelto: Crónicas del más acá

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La Kalo: drag, antifascista, y la pelea contra la tristeza

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Es actriz, performer, canta, baila y agita en las calles y en las redes para combatir al fascismo y a la política tibia. Es drag y “vieja bruja”. Habla sobre dopamina, lucha de clases, therians, cultura, haters y kiosqueros. Historia y terapias para pelearle a la tristeza.

Por Franco Ciancaglini

Nació en Morón con un nombre (y un género) que ella define como “muerto”. Hoy se llama (y en su DNI figura) Milena Kalo y, como drag, le agregó el “la” a su apellido. Milena para los amigos, La Kalo para el mundo.
De familia adventista, militó en la izquierda hasta los 15; fue echada de la casa a los 18; y ahora que tiene 33, ya no vive en el oeste sino en Capital Federal.
Tiene su estudio y base de operaciones en el barrio de Once, donde reparte su tiempo entre su taller de drag y su rol de marketing de la empresa Medusa Colores.
Pasa música, desfila, actúa, canta.
Acaba de sacar un tema llamado Politizate, y prepara un disco.
Ah, y también se va a estrenar una película con su vida.
Bienvenides a La Kalo.

Método Kalo

La conocimos en la Asamblea Antifascista del Parque Lezama, un espacio que brotó como respuesta al discurso de odio de Milei en Davos, y que tal vez sea la primera semilla de un cambio silencioso que ya está en marcha. Un cambio que, como La Kalo, le escapa a los binarismos políticos, a las internas y a la tibieza de turno.
Dijo ese día La Kalo, micrófono en mano ante miles de personas que buscaban en esa marcha una brújula: “Reconozcamos algo: no es que un día nos despertamos y nos estaban gobernando los fascistas. Esto fue un proceso y ese proceso tiene responsables. No nos olvidemos ahora quiénes se pintaron la carita con glitter para la foto. Esto no nos sorprendió, pero sí nos descolocó. Necesitamos entonces volver a nuestro eje. Como vieja bruja que soy les digo: elijan las batallas que hay que dar. No se dejen llevar por la agenda de los fachos. Esto no es solo contra nosotres. Esto es una lucha de clases. Esto es contra los jubilados, contra la universidad y la salud pública, contra la cultura, contra los derechos humanos. Y con todas esas personas tenemos que estar en la calle hoy. Si queremos que nos acompañen, tenemos que acompañar”.
Ese día, también, se gestó lo que luego fue la marcha antifascista y antirracista que llenó las calles del Congreso el 1° de febrero de 2025. Fue la primera gran marcha contra este gobierno. Ese llamado se repitió este febrero, con menor convocatoria, pero igual potencia. Un año después, La Kalo ya estaba parada en el lugar de una referente de la comunidad. Dijo ese día La Kalo a lavaca: “En los barrios de todo el país se están organizando, se están uniendo y se están creando otras formas de hacer política. Ahí hay que estar y eso hay que escuchar. Lo que yo veo en la política partidaria es mucho viejo cansado, mucho viejo gastado a los que hay que decirles gracias. Ahora, dejanos. Y a partir de ahí nos tenemos que poner a hacer un reconocimiento: vernos las caras, escuchar, entender qué les pasa a las personas y a partir de ahí saber con qué contamos. Y es una tarea que hay que hacer barrio por barrio de todo el país. Bien federal. Hasta construir una flecha que atraviese todo transversalmente, una real comunión de personas: esa es la fuerza electoral que necesitamos”.
Tal vez La Kalo represente precisamente esa flecha en permanente movimiento, y esa fuerza. ¿Por qué?

La Kalo: drag, antifascista, y la pelea contra la tristeza
La Kalo en la segunda Marcha Antifascista y Antiracista, en la cual fue parte de la organización. Sus claves: mantenerse en movimiento, generar economías circulares, e ir de frente.


A brillar mi amor

Hay algo energético en su figura que llena de energía y claridad en tiempos de apatía e incertidumbre. Algo que, de movida, desencaja con su maquillaje que brilla en la oscuridad, pero que no evade tampoco al discurso político y los temas coyunturales. Y además, porque en tiempos de fachos ella es especialista en molestar.
En sus redes los libertarios la han elegido como blanco de todo lo que odian: mujer trans, drag, morocha del conurbano, pobre. Por su lengua partida en dos, el retoque en sus ojos y sus tatuajes la acusan de todo y hasta de satánica, pero ella se ríe: como un golpe de kung fu usa ese odio para hacerse conocida. “Los mayores haters de mi vida fueron mi familia, así que nadie lo va a superar jamás”. Lo importante, dirá, es no pasar desapercibida. “Siempre estuve inconforme con el género, digamos, y con la performatividad que uno muestra. Y de chiquita siempre fui muy mariconcita, y me lo marcaron toda la vida. A escondidas me montaba con una toalla, o sábana, o lo que tenga. Y de grande tuve que aprender a sacarme esas capas para volver a esa feminidad nuevamente, y el drag me ayudó muchísimo”.
Para Milena el drag fue una herramienta que le permitió de alguna manera transicionar y convertirse en la mujer travesti trans que es hoy. Y desde esa transformación y el acercamiento político a ese universo de la transformación, como una mujer maravilla trans, cuenta la potencia que hay en el juego de disfraz: “Drag es la personificación interna sacada al exterior: todos los deseos y las necesidades artísticas y performáticas que tiene el ser. El drag, la drag, le drag se construye desde su propia base: lo que le gusta, lo que le interesa, lo que quiere sacar. Es muy personal: es una creación de un personaje único y personal, que no es cosplay; no estás copiando a…, sino que vos te estás construyendo en base a tu deseo. Y La Kalo nace así. La Kalo es mi propia fantasía hecha realidad”.
Otro concepto que la define es la de freak, una identidad que ella saca del closet de lo peyorativo para apropiarse: explica, tiene que ver con la modificación corporal no hegemónica, con su retoque en los ojos, su lengua cortada, los tatuajes, lo alternativo y darky. “En la oscuridad me siento re bien”, sintetiza y plantea que muchas personas niegan la oscuridad porque no pueden enfrentarla. “Esas que están todas santas, ‘viva la luz’, no, amor, no te creo. Son las primeras que después te ponen el pie”, plantea. “Yo soy frontal: si está todo bien lo vas a saber, y si está todo mal también”.
De lo performativo y de la expresión de una identidad, La Kalo hizo de ser drag y ser freak, su trabajo. Porque, aparte de ser drag, también es hija de dos personas que tuvieron seis hijos: “Mi mamá, que no se pudo jubilar; mi papá, que le cortaron una pierna y trabaja desde los 10 años”, cuenta y sigue:

“Soy hija de las políticas públicas que no llegaron a distintos lugares.
Soy parte de ese 20% de pobreza que nunca se solucionó.
Soy parte de esa generación que no fue a la universidad.
Soy el resto que sobra de un montón de victorias que muchas se han puesto en los hombros,
¿Me entendés?”.

Esa es La Kalo.
Y esto es Argentina 2026.
Vuelve a la necesidad de autocrítica, para entender dónde estamos parados y proyectar a dónde ir: “Milei es un proyecto que nació también como contracara de un pseudopopulismo… y bueno, ahora ha llegado a la derecha, y yo siento que son espejos, como los binarismos: bueno y malo, Dios y el diablo, peronismo y antiperonismo, Milei y anti Milei…”.
La Kalo salta por arriba a todo eso. Y con su tema Politizate tira una flecha que atraviesa todo. Ella lo tiene claro: eso que atraviesa lo define no como la identidad, sino como clase. “Si vos me ponés a mí al lado de Flor de la V y me ponés al lado de un kiosquero, yo tengo más en común con el kiosquero, seguramente. Porque tomamos tal vez el mismo bondi, porque podemos contar historias bastante parecidas, actuales”.
¿Y si el kiosquero votó a Milei? “De hecho me pasó hasta tener cosas en común con gente que votó a Milei, porque no divido en buenos y malos: ‘votaste a Milei y sos malo’, ‘votaste al otro y sos bueno’. Para nada. Entiendo la frustración y el enojo de cómo se generó todo esto y cómo se llegó acá, y empatizo también. No le voy a decir fascista a la pobre persona que está intentando, que no está feliz”.

Vos decís “quieren que estemos tristes”. ¿Cómo peleamos contra eso?
Yo hago terapia hace un montón. No soy evangelista del psicólogo pero sí creo que tenés que hacer algo: drag, terapia, un soporte… algo que te genere dopamina. La comida de mierda que comemos, la harina, el azúcar… te hacen re mal. Y todo es re químico en el cerebro. Yo como persona hormonadísima –tomo hormonas hace seis años– entendí que la felicidad es un proceso químico. Tenés que buscarla para que no te mate. Porque no te voy a negar que tuve intento de suicidio, pensamientos suicidas todo el tiempo, y a la vez es lo que quieren. Entonces también es identificar qué te hace estar como estás. Cambios chiquitos y concretos todos los días.

¿Cómo ves lo colectivo en este momento?
Cuesta más. Cuesta porque también pasa esto: hacemos una marcha y después todos quedan enojados. “Ah, al final la marcha fue al pedo, que no hicimos nada”. ¿Y qué querés hacer? Si vos a mí me preguntás: “Me encantaría agarrar una piedra y que seamos 3000 tirando piedras”, pero no pasa. Yo no voy a ser carne de cañón para que otros estén contentos también. Y por otro lado: no siento que estemos en un contexto en donde la violencia hacia la policía sea la solución. No significa que no esté enojada por lo que hacen los miércoles las policías con los viejos. Pero Patricia Bullrich tiene el monopolio de la violencia y además tiene mucho presupuesto para meter presos a todos. Está muy fea la cosa.

¿Y cómo manejás esa ansiedad, la tuya y la de las que te rodean, de ver cambios urgentes?
El arte. Yo soy artista: el drag me salva siempre. El paraguas siempre es el arte. Y es el mío.
Después cada quien tendrá que tener sus herramientas. Porque otra de las maniobras que hacen, aparte del proceso de deshumanización, es eliminarte el alma: chuparte la alegría. Quieren que estemos tristes. Y la tristeza y el miedo son las armas de manipulación más grandes que hay. Porque en cambio la ira y el enojo es movimiento: hace que lo que está apretado salga. En cambio el miedo y la tristeza te meten adentro, te hacen chiquito. Y yo siento que tenemos que luchar contra eso también. Y yo, como travesti, no te voy a decir que alguna vez pensé que el mundo estaba bien: jamás. Sí, está peor, seguro. Pero también, así como está peor, mi carrera me está yendo mejor que nunca.

Danos algún truco…
Moverse. Y, también, nosotras sabemos generar, hacemos economías circulares. Mi ropa la compro en ferias o a mis amigas que tienen emprendimientos. No compro afuera. Y eso hace que la economía circule entre esa gente. El otro día conocí a una trava que hace la olla popular de Once, La Emperatriz, y estoy tejiendo con ella para ayudarla con la olla. Y a mí esas cosas me mantienen viva, me mantienen en movimiento y me mantienen diciendo: “No, no me van a comer”. Las travas tenemos esa especie de superpoder marginal tercermundista de convertir la basura en belleza. Antes las drag se hacían las plataformas con cemento, o rallaban ladrillo para usarlo de maquillaje: de la basura hacemos el negocio. Eso es lo más anticapitalista que hay. Porque, aparte, soy zurda: yo creo en otro mundo. Mientras sostengan que el capitalismo es el sistema que nos va a hacer felices, yo te voy a decir que no. Porque el sistema de competencia –lo dicen en la misma definición– necesita al pobre para que haya un rico. Y yo nunca voy a estar a favor de eso, porque históricamente nos toca el lugar del pobre, el del que tiene que intentarlo.

¿Cómo hacer para que el imaginario no sea Flor de la V 2.0?
Yo no quiero que haya una nueva: quiero que todas podamos tener carreras y casas, sobre todo. Es necesario volver a retomar la discusión de la casa como base: techo y trabajo. Corta. Y después se quejan de que los pibes quieren ser therians, que quieren ser perros. ¿Y cómo no? Si ser humano no da más. ¿Qué tiene para ofrecerle a estos pibes? Fascismo por un lado, neonazis nuevos… por otro lado la progresía que te dice “estábamos mejorando”. Cómo: ni uno ni otro. Prefiero ser un perro.

¿Cómo te ve hoy tu familia, como Kalo y como Milena?
Para la película que se viene tuve una charla que yo nunca la había tenido con mi vieja. Está grabada, y cuando la volví a ver me shockeó. Ahí entendí el valor de algo que no solo me pasa a mí y que es parte de la historia que nos pasa a muchas: ¿cuántas pudieron tener una charla con su mamá diciendo “¿por qué me echaste?”, y la madre diciendo “yo estaba sin herramientas”? Ahí te das cuenta de que es lo mismo: somos las dos víctimas de un sistema de mierda: un sistema que presiona a una madre a echar a su hijo porque es diferente y presiona a una hija a odiar a su madre porque no la apoya. Y yo no quiero jugar ese juego: lo miro desde arriba. Entiendo que mi vieja no es el problema, mi papá no es el problema. Pueden perpetuar el problema, pero no son ellos: es más grande el enemigo. Y todo eso está ahí. Ahora ellos cambiaron, y me aman. Mi mamá es re fan de La Kalo. Una vez me monté en General Rodríguez y le mostré a La Kalo. Y ella estaba como: “Wow, no puedo creer”. Sos otra persona”. Y le digo: “No, mamá: soy La Kalo”.

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Tierra del Fuego: Renacer es posible

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Fue la fábrica Aurora Grundig, la del televisor “caro, pero el mejor”. Colapsada tras el menemismo, sus trabajadoras y trabajadores organizados en cooperativa la recuperaron para resistir el abismo del desempleo. Hoy enfrentan más de lo mismo. Pero son 133 personas, crearon un bachillerato, consiguieron 60 viviendas. El industricidio visto desde la óptica de quienes logran llevar adelante lo que la patronal hundió: otra forma de crear y sostener trabajo, en una isla que el gobierno busca despoblar.

Por Francisco Pandolfi. Fotos: Juan Valeiro/lavaca.org (Enviados especiales a Tierra del Fuego)

La asamblea la empieza el presidente de la cooperativa, René Mamani. Dice simple, sin preámbulos ni monopolización de la palabra: “Si alguien tiene alguna propuesta, levantemos la mano y acordamos entre todos”.
Al día siguiente se vota en la Cámara de Diputados la ley de modernización de la explotación laboral. La asamblea definirá sumarse al paro con movilización por las calles de Ushuaia, pero antes plantea visibilizar el reclamo cortando la calle en la puerta de la fábrica.
Una fábrica que tiene toda una historia.
La Cooperativa Renacer, antes de ser recuperada por las y los trabajadores en agosto de 2003, llevaba como nombre Aurora Grundig y se dedicó –desde su apertura en 1983– a la producción y venta de electrodomésticos. En la memoria colectiva quedaron sus originales avisos publicitarios y su slogan (“Grundig, caro pero el mejor”), pero no su desenlace: la liberación de los productos importados en el menemismo y la desindustrialización como política de Estado quebraron en 1996 a la empresa que llegó a tener 1.500 empleados. Los laburantes, sin indemnización, tomaron los talleres para evitar su vaciamiento. Primero como sociedad anónima y luego como cooperativa –forma que se sostiene hasta el día de hoy– nació Renacer.

Culito con culito

La cooperativa arrancó como prestadora de servicios de otras electrónicas en la isla, hasta que produjo sus propios microondas, televisores, aspiradoras. “Poco a poco se fue confiando en nuestro trabajo, que no solo era puertas adentro: la prioridad era mantener el empleo, pero no podíamos quedarnos solo en eso”, recuerda Mónica Acosta, que tiene 55 años e ingresó a Aurora en 1993. Fueron por más. Por un lado, la tierra: lograron que el Instituto Provincial de la Vivienda les entregara 60 casas para quienes necesitaban una solución habitacional. Por otro, el estudio: armaron un bachillerato popular para completar el secundario.
Inés es una de las fundadoras-recuperadoras y pisa este suelo fabril desde hace 38 años. Cuenta que cuando empezaron a pensar la toma tenían en contra al gobierno provincial, al sindicato y también a gran parte de la población. “Nadie daba dos mangos por nosotros, decían que estábamos locos, que éramos ignorantes y vagos, que no sabíamos ni leer”. No hubo estigma ni violencia que los frenara. “Sufrimos amenazas de muerte, amenazaron a nuestras familias, pero aguantamos. No podíamos quedarnos sin trabajo y para eso había que poner de pie a este monstruo”.
El monstruo tiene 24 mil metros cuadrados divididos en tres plantas. Es un laberinto que parece no tener fin, donde conviven distintas áreas de la línea de producción: clasificación de materiales, soldadura, carpintería, tornería, molienda, inyección de plástico, reciclado, ensamble, reparación, inspección, administración, etcétera, etcétera. “Haber conseguido la expropiación de la fábrica fue un gran juego de ajedrez, de estudiar el pensamiento de los políticos que nos querían joder. Aprendimos a gestionar para sobrevivir con una receta que nos sigue acompañando: estar juntos los trabajadores, siempre ‘culito con culito’”.
Ahora es marzo de 2026 y parte de la historia se repite: apertura de importaciones e industricidio a gusto y piacere del gobierno de Javier Milei. “Día a día nos golpea el plan económico de apertura indiscriminada de importaciones, el contexto de fuga y de patín económico de divisas. Mientras, se aprueba una reforma para que el costo laboral sea cada vez más ínfimo y tenemos el peor salario de la región”, dice Mónica, dos veces presidenta de esta cooperativa que tiene como condición la rotación de cargos. Ahora está en la administración. Y le toca administrar el caos: “Esta es la peor de todas las crisis, no recuerdo una de mayor magnitud ni en la provincia ni en el país, por el descarte total de la industria y la velocidad que va descomponiendo todo”.
Todo no, en realidad.
Contará Mónica dos proezas cooperativas para recomponer lo esencial: la solidaridad en tiempos mileianos:
1) “Sostenemos una regla: donamos el 10% de lo que producimos a alguna institución que lo necesite”.
2) “A los mayores que fundaron la fábrica les pagamos una complementación de su salario, porque con la jubilación mínima no podrían sobrevivir”.

Macri, Fernández y Milei

Inés arranca el recorrido por la fábrica emplazada en la capital de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur. “Esta es la parte del armado de las plaquetas, que terminará en el empaquetado del televisor”. Seguirá el área de soldadura y el de control de calidad. Si hay un defecto, vuelve para mejorar la puesta de estaño; si no, continúa la línea de producción hacia el área de inspección como segunda instancia de verificación. “Nos fijamos si tienen algún cortocircuito, si vienen materiales levantados y hacemos la prueba de la plaqueta, porque a veces a simple vista no se distinguen ciertas fallas. De acá va a un sector donde insertan el chip y se conecta a 220”, describe Mayra, que traza un paralelismo entre el adentro y el afuera.
Adentro: “Trabajamos en paz. Si nos pasa algo, hay un área de recursos humanos que entiende. Somos operarios, pero también somos familia, conocemos lo que están atravesando nuestros compañeros; sabemos quiénes son madres solteras o sufren por la enfermedad de algún familiar”. Afuera: “Como toda crisis económica tiene repercusiones en la vida social y personal. Se agudiza cuando no te alcanza para vivir y repercute en el día a día de la fábrica”.
Gerardo tiene 58 años y entró cuando tenía 21. Ahora trabaja donde se ensamblan los televisores para luego embalarlos. “De acá salen listos al consumidor final, en su caja adecuada para la exportación”. Los “listos” y las “cajas” se redujeron exponencialmente. “En estos últimos años la industria electrónica fue para atrás y, como ya nos pasó en los 90, no hay manera de competir con la mano de obra baratísima de China y otros países, con los impuestos que acá son muchos más caros. En un país tan grande como Argentina, de 48 millones de habitantes y con tantas posibilidades para producir, no podemos vivir de lo importado como sí subsisten naciones más chicas”.
Los problemas para la industria provincial no empezaron con Javier Milei. El gobierno de Mauricio Macri eliminó en febrero de 2017 los aranceles a la importación de notebooks, netbooks y computadoras (del 35% a 0%) para, en teoría, bajar los precios. “Esa era la idea, pero los precios no bajaron porque en Argentina no bajan los precios por abrir importaciones. Ahora está pasando lo mismo con los celulares. O sea, se destruye la industria con conocimiento de causa para darles beneficio a los importadores, que nunca pierden”.
Otro obstáculo se originó en el gobierno de Alberto Fernández. Renacer era la primera productora de microondas, fabricando lo propio y haciendo trabajos para terceros. Subraya Mónica: “Hasta que nos vimos interceptados cuando Matías Tombolini –secretario de Comercio– no garantizó la ley antidumping (para evitar la competencia desleal de importaciones). Y cuando asumió Milei nos sepultó definitivamente con un decreto que erradicó la medida. A partir de allí, 11 fábricas dejamos de producir microondas y nosotros fuimos los más afectados”.

Despoblar la isla

enacer lleva adelante una osadía: mantener en la era libertaria un plantel de 133 personas. A principio de mes cada uno obtiene como retorno 750 mil pesos por trabajar 6 horas por día –de 6 a 12– de lunes a viernes. La cooperativa necesita entre 120 y 140 millones al mes para sostener los gastos de estructura y el pago de salarios. Un dato: antes de Milei, pagaban un millón y medio de luz. Ahora, seis millones, con una fábrica al 40% de lo que producía antes. Otro dato: más de dos millones y medio de agua. Y otro más: 3 millones de gas.
“Debimos reducir las jornadas de trabajo. Hay un parate recesivo de economía y no vendemos, laburamos a costos esclavos que no nos permiten la planificación de nuestras vidas. La apertura de importaciones logra que la inversión del capital privado, en lugar de generar el valor agregado en nuestro país, se vaya a otro lado, como China o Brasil”, analiza Mónica.
Y plantea una hipótesis: “Estas medidas tienen como objetivo despoblar la isla. En Río Grande hace poco cerró una fábrica que fabricaba celulares. Y así sucesivamente”. El “así sucesivamente” no es una frase al aire, sino una descripción del industricidio que azota a una provincia que tiene en la ciudad de Río Grande un parque industrial enorme donde los edificios vaciados, cerrados y abandonados aumentan a la par de la suba del desempleo. En los últimos dos años bajaron las persianas ocho fábricas: 6 textiles y 2 metalúrgicas. ¿Los motivos? A la liberación de importaciones se suma la quita de aranceles (bajaron del 16% al 8% en 2025 y desde enero de este año al 0%) que liquida a la producción local de celulares.

Cómo reinventarse

Para sostenerse en el tiempo la cooperativa debió reinventarse y diversificarse. Además de televisores y microondas, están fabricando sillas de plástico y baldosas con material reciclable. “Desde septiembre de 2025 nos metimos en la industria del reciclado, que transformamos en una materia con valor agregado”, dice Gerardo mientras muestra espacios de la fábrica hasta hace un tiempo vacíos y que ahora, por la necesidad de ampliar la producción, se ocupan con máquinas y cuerpos en acción. “Probamos permanentemente. Si no funciona algo, no nos quedamos, seguimos porque la cooperativa no puede parar”, y señala una matriz en la que figura el respaldo de una silla: “Estamos mejorando la butaca para hacerla más dura y resistente, con polipropileno. Hasta ahora la veníamos haciendo con polietileno, con esas bolsitas de nylon comunes que tenemos en nuestras casas. Nuestras sillas son 99% de material reciclado”.
La máquina inyectora de plástico transforma materias primas sólidas en piezas tridimensionales. Ella fue la responsable de ir más allá de lo conocido: “Dijimos, ‘che, tenemos la inyectora, ¿por qué no hacemos una silla duradera, y no esas que están en el mercado y tenés que sentarte arriba de tres para no caerte?’”.

¿Cómo es hacer autogestión en el fin del mundo?
Gerardo: “No es fácil en ningún lado la autogestión y menos a 3.000 y pico de kilómetros de los centros industriales del país, con un frío de 10 o 20 grados bajo cero. Nos costó un montón sostener esta fábrica desde 2003 y la clave fue el reinventarnos, aunque no siempre fue fácil”.

En la pandemia, Renacer propuso hacer un concentrador de oxígeno, aparato que produce el 94% de oxígeno puro. “Pero no tuvimos la ayuda necesaria. A las fábricas autogestionadas siempre nos toca la más difícil”.

Sobre corazones y cabezas

El edificio de Renacer se encuentra frente a un paraíso: el Canal de Beagle, ese espejo de agua que conecta los océanos Atlántico y Pacífico.
Una vista que da calma ante tanta turbulencia, interna y externa: a menos de 3 kilómetros se emplaza el puerto de Ushuaia, recientemente intervenido por el gobierno nacional.
La cooperativa sostuvo durante muchísimos años una producción de 1.000 unidades diarias, entre microondas y televisores, algo lejano en estos tiempos de encargos esporádicos, como los 600 televisores que están produciendo para una fábrica de San Luis: “No pasa todos los meses, es una cuestión excepcional porque estamos en un año de mundial de fútbol”, explica Mónica.
El trabajo fijo que hoy sostiene a la cooperativa es la fabricación a fasón (una empresa terceriza la producción a otra) de entre 8 mil y 10 mil placas de aire acondicionado para la empresa Newsan. Agrega: “Para sostenernos como necesitamos, debemos volver a la productividad de mil unidades por día, aunque hoy estamos muy complicados. Los que queremos seguir perteneciendo a la isla y la hemos defendido siempre tenemos una doble obligación: acá nacieron nuestros hijos y acá tenemos nuestro hogar. Resistiremos como ya es costumbre, no será una tarea sencilla despoblarnos de un plumazo”.
Inés escucha y su mente se va hacia los años noventa. “Yo siempre le decía a Mónica: ‘corazón frío y cabeza caliente’ para pensar, porque si no, no salíamos. Y ahora es lo mismo. Esta cooperativa es mi sueño, el de mis compañeros y el de los hijos de mis compañeros. Por eso no quiero jubilarme, acá voy a seguir estando hasta que tenga salud”, dice inmersa en su guardapolvo azul, con su pelo crespo y brilloso.
A Inés se le llenan los ojos de lágrimas, de cooperativa de trabajo, de fábrica recuperada. “Mi marido siempre me dice: ‘Yo te admiro, a vos y a tus compañeros. Siempre tienen proyectos, plan A, plan B. Hacen y no se cansan nunca”. Hace un silencio. Y vuelve a decir: “Mi marido se llama Luis Quintana y es un excombatiente de Malvinas. Fue uno de los soldaditos que tenían 18 años cuando los mandaron a la guerra”. Otro silencio y entonces finalmente dirá Inés:
–Mi marido siempre me dice: “Si las hubiéramos llevado a vos y a toda la gente de la cooperativa, no tengo dudas de que ganábamos la guerra”.

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El bordado: Beatriz Blanco, la “jubilada patotera”

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Fue agredida por un policía y cayó de nuca al asfalto durante una manifestación de jubilados. La escena se hizo viral como símbolo de la represión de cada miércoles. Beatriz pensó que había muerto pero sobrevivió al golpazo. Una causa instruida por la jueza Servini de Cubría avanza para condenar al policía que la atacó. Fue acusada por Bullrich de “jubilada patotera” y ella lo lleva con orgullo en una remera creada por sus hijas. Tiene 83 años, sigue yendo a la Plaza con su bastón y hace bordados para reflejar cosas alegres.

por Lucas Pedulla

Beatriz Blanco está de pie.
Se presenta como jubilada, 83 años, con problemas en la cadera, en el fémur, con “toda una historia” en sus huesos, con “aportes a la Patria” desde sus 14, un hijo, tres hijas, ocho nietos y con gente que la quiere, lo cual “no es poco”, se ríe, pensando en que un filósofo contemporáneo describió que el poder es que la gente te quiera.
Y a Beatriz la gente la quiere.
La abrazan.
Le piden fotos.
Beatriz, ergo, tiene poder, y es también una sobreviviente del 12 de marzo de 2025, el día en que el inspector de la Policía Federal Nicolás Emanuel Céspedez la golpeó y la tiró al suelo.
Ese día las hinchadas de muchísimos clubes del fútbol argentino se habían autoconvocado para apoyar la protesta de jubilados y jubiladas por el recorte de sus haberes. Dos semanas antes la policía había reprimido a Carlos Dawlowski, el famoso jubilado de Chacarita, por lo que al miércoles siguiente fueron hinchas del equipo de San Martín a apoyarlo. También los reprimieron. Ese hecho desató un efecto en cadena que provocó una convocatoria extraña que el Gobierno temió por varios motivos:

  • 1. Por lo insólito, ya que las hinchadas salían del radar de cualquier plataforma partidaria;
  • 2. Por lo masivo;
  • 3. Por lo solidario, porque hinchas de polos tan opuestos como de Boca y de River, de Racing y de Independiente, o de Almirante Brown y Chicago iban a verse abrazados con abuelos y abuelas que el Gobierno reprimía con violencia todas las semanas.

Ese tríptico entró como alerta en el Ejecutivo, que tomó la decisión de desatar la represión muy temprano, cuando la plaza recién se iba llenando. Para tener una idea, las marchas de jubilados eran a las 15.30, la convocatoria ese día estaba prevista para las 17, y el golpe a Beatriz fue a las 16.10.
Beatriz cayó de nuca. La imagen paralizó corazones, porque esa caída que se replicó por millones de visualizaciones en redes, en televisión y en cualquier soporte de época no presagiaba nada bueno: esa señora cayó seca y no se movía. “En ese momento, me desmayé. No sentí dolor. Lo que sentí, cuando estuve en el piso, es que había una señora que me agarraba las manos. Creí que había muerto, porque no veía nada. ¿Será la forma de morirme?, pensé. Y bueno, soy feliz, porque no sufría”. Esa persona, esa ángel de la guarda, se llama Mabel, y la acompañó en la ambulancia del SAME hasta el Hospital Argerich. “Siempre creí que estaba en el cielo. Si me lo merezco o no, no lo sé”.
Lo que sí sabe Beatriz es que la jueza federal María Servini pudo describir con precisión esa imagen surreal de ensoñación y de muerte en el auto de procesamiento de Céspedez:
Ni el llamado inspector ni ninguno de los otros policías intentaron ayudarla.
Beatriz fue rociada con gas pimienta y luego empujada “sufriendo un traumatismo cefálico en la región de la nuca (occipito-parietal derecha/izquierda) que derivó en el diagnóstico de traumatismo encefalocraneano sin pérdida de la conciencia con herida cortante en región occipital”.
“El imputado hizo uso desmedido, desproporcionado y exagerado de la fuerza contra una mayor de 82 años de edad, indefensa que no presentaba peligro para la autoridad, lesionándole y apartándose así de la normativa vigente que rige en la materia”.
Servini encuentra probado que existió en Céspedez “dolo directo, o sea este tuvo la voluntad de atacar físicamente a la Sra. Beatriz Blanco, y habiendo tenido tiempo para reaccionar con otra conducta no lo hizo”.
“Sobre la especial calidad del sujeto activo que prevé la fórmula legal, corresponde indicar que: ‘El fundamento es que no solo se atenta contra la vida humana, sino que además el autor omite cumplir con el deber de otorgar seguridad y protección a los ciudadanos, defraudando así las expectativas depositadas en el correcto desempeño de su cargo o función’”.
Cabe destacar que, para la justicia, el delito se agrava cuando el hecho se comete “abusando de su función o cargo, cuando fuere miembro integrante de las fuerzas de seguridad, policiales, o del Servicio Penitenciario”.
Y por si quedaran dudas, concluye Servini: “Todo ello me permite concluir que las lesiones sufridas por Beatriz Blanco, derivadas de la conducta del imputado que se juzga en este acápite, efectivamente implicó una acción totalmente arbitraria por parte de Céspedez y en un claro abuso de su función, en carácter de miembro de una fuerza de seguridad”.

A Beatriz, sin embargo, otras personas con otros apellidos y cargos le dijeron otras cosas. El entonces jefe de Gabinete, Guillermo Francos (hoy miembro del directorio de YPF con sueldos de 80 millones de pesos), opinó que “la señora se cayó sola”, mientras que la entonces ministra de Seguridad (hoy senadora) Patricia Bullrich describió que Beatriz le dio “diez bastonazos a un policía hasta que él se dio vuelta y la señora se cae”. Bullrich también la convirtió en un símbolo e inició el mito, solo al decirle: “Señora patotera”.
Esa señora se ríe: “¿Cómo le voy a pegar diez bastonazos si apenas puedo manejar el bastón? ¡Apoyo mal y me caigo!”. A la semana del ataque, Beatriz volvió con un ejército de ángeles que la acompañaron con una remera que tenía como dibujo un bastón ortopédico frenando una tonfa policial, sintetizado por una frase y una bandera argentina: “Jubilada patotera”. Beatriz dice que todos le decían que estaba loca por volver a ir: “Pero me sentí con más fuerza. Con otra actitud. Muchos me decían Norma Plá”.

Cosas alegres

Esa jubilada patotera con lo que cobra, vive. A los 14 años empezó a trabajar en una tejeduría. Luego, en una cooperativa de fletes, que cerró por el terror económico en la dictadura. Ya en democracia, trabajó en una villa: ayudaba a los chicos en las tareas de la escuela y con los vecinos hacían tapices que salían a vender. Cuenta que trabajó más de 60 años e hizo todos los aportes, pero su jubilación mínima arranca en marzo en $369.600, a lo que se suma un bono extraordinario (nombre un poco pomposo) de $70.000. Beatriz le agrega, apenas, una pensión de viudez. “Vivo raspando, me ayudan mis hijas”, dice, como una de las tantas razones por las que ese 12 de marzo eligió marchar, y como una de las tantas razones por las que a su edad, miércoles a miércoles, sigue marchando. Empezó a ir hace seis años, cuando una señora le dijo que le iba hacer bien no estar sola, sino con otra gente. Y Beatriz va, sigue yendo, a veces acompañada, muchas veces sola, como una más: “No voy a dejar de venir hasta que me muera”, afirma, seria. Muy seria.
Piensa entonces qué le diría al oficial Céspedez que la atacó: “Le diría que, por su edad, tiene que tener padres como yo. Que piense en ellos. Que pague por lo que hizo”. Beatriz recuerda con puntualidad ese día: “Estaban como envenenados. No puedo concebir a quien tenga ese espíritu de matar”. El mismo espíritu se repitió muchos miércoles más, desde ese 12 de marzo hasta el cierre de esta edición. Por qué, entonces, seguir yendo: “A veces veo que nos siguen pegando, y pienso: ¿nos gusta que nos peguen?, ¿somos masoquistas? Pero nos ven con otra cara, no nos ven con amor, con cariño, con respeto. Con nada”.
Beatriz tiene dos pasiones. Una es el tango. Si bien por problemas de salud no está bailando, es habitué de El Pial, en la calle Ramón Falcón. Le encanta Pugliese y su clásica Yumba. Su otro amor es el arte del bordado: hay ornamentaciones en varios puntos del departamento del barrio de Congreso. Algunos tienen 20 años. “Trato de hacer cosas alegres, nunca tristes. Hago un punto y paro para ver e imaginar qué imagen poder representar. Me gustaría bordar los miércoles en la plaza. Bordaría mucho cielo. También bordaría una banderita de papel en la Antártida, que diga: ‘Acá vivió Argentina’”.
Beatriz, de pronto, decide revelarnos un método.
Puntada y parar, para ver e imaginar.
Puntada y parar, para ver e imaginar.
Así, hasta lograr puntada a puntada el bordado que queremos.
¿Qué le diría a Pablo Grillo si pudiera verlo?
Beatriz borda una sonrisa: “Le diría que no sufra. Que se puede sentir libre. Que va a tener una recompensa, porque todo el mundo lo conoce y lo siente. A todos nos dolió lo que le pasó. Ojalá nos podamos ver pronto para alentarnos y brindar porque seguimos vivos”.

El bordado: Beatriz Blanco, la “jubilada patotera”
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