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MU 211

Pablo Grillo: Salvar la vida

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¿Qué le salvó la vida al joven fotógrafo atacado por la Gendarmería? La gente que lo ayudó tras el disparo, la que lo atendió cuando se preveía que lo suyo era quedar en estado vegetativo. A un año del ataque que sufrió, compartimos aquí la nota publicada en la nueva MU: los familiares y amigos y la red que estuvo en los momentos más difíciles y armó un mapa de cuidados para salir con solidaridad y energía de la violencia y la oscuridad. Detalles de casi un año destinado a volver a ver esa sonrisa. La recuperación continúa: la vida le ganó a la muerte.

Por Lucas Pedulla

Fotos: Lina Etchesuri

Todo lo que le salvó la vida al fotógrafo Pablo Grillo es lo que hoy está en juego. Juntos configuran lo que algunos llamarán tejido social, comunidad organizada o pueblo –a secas–, pero todo lo que transcurrió en este año desde la granada de gas lacrimógeno disparada por el gendarme Héctor Guerrero hasta la picardía de Pablo en la rehabilitación en su casa, cobró la vida por la que el joven luchó desde aquel 12 de marzo:

  • La amistad, la verdadera red social que fue apoyo y sostén de la familia (Fabián, el papá; Mary, la mamá; y Emiliano, el hermano), con festivales todos los meses y semaforazos en Remedios de Escalada todos –todos– los viernes, sostenidos como un rezo pagano por los vínculos amorosos que Pablo sembró: el barrio, el club Villegas, Independiente, el Hospital Evita de Lanús.
  • La militancia, entendida también como un saber hacer social.
  • La salud pública –hoy desfinanciada–, por la intervención del Hospital Ramos Mejía.

“Hay una cuarta punta primordial: la plaza llena”, dice Nicolás Chiarini, 34 años, uno de los ángeles de Pablo ese día. “Sin esa masividad no hubiésemos podido atender a Pablo, porque hubo gente que hizo un cordón para cuidar la escena y que se defendió mientras la Gendarmería seguía disparando. Si no hubiera ocurrido eso, la policía habría avanzado y Pablo estaría muerto, y quién sabe quién más”.

El otro ángel se llama Jorge Taranto, 37 años, su amigo: “Hay algo del principio de solidaridad que también quieren atacar. Surgió espontáneamente en la plaza: personas, como Nico, que se acercaron a sacarlo sin que lo conocieran. Eso sucede cuando la gente está motivada por algo. Lo humano. Y eso, en la comunidad, surge enseguida”.

Ambos no se conocían. Se vieron los ojos por primera vez arriba de la ambulancia del SAME que trasladó a Pablo al hospital. Lo que sigue entonces puede entenderse como un homenaje, una valorización de todo ese amor o tan solo como el mapa de acción que Pablo nos reveló en este año tremendo, sobre qué significa sobrevivir y ganarle a la muerte.
El método Pablo.

La hora dorada

Jorge y Pablo se encontraron sobre Hipólito Yrigoyen, en la esquina de la Asociación Madres de Plaza de Mayo. Pablo tenía la cara roja por los efectos de los gases: había estado fotografiando la represión, ya desatada. En un momento Jorge dejó de verlo. Cuando lo ubicó, lo vio caer. Eran las 17:18 del 12 de marzo de 2025. Por la brutalidad de la herida pensó que eran balas de plomo. Se organizó con otros para sacarlo. Dos lo llevaban de los pies, dos de las manos, con una sensación: “Pensamos que estaba muerto”. Como la cabeza colgaba, Jorge tomó una primera decisión fundamental: “Vamos a dejarlo acá”, dijo, y lo apoyaron sobre el asfalto. Él salió corriendo por Virrey Cevallos a buscar desesperado una ambulancia.

En ese momento entró Nico. Había llegado desde 9 de Julio con su camiseta de Temperley. Sabía, por represiones anteriores, que las fuerzas apuntaban a los ojos y se resguardó detrás de una línea de árboles. Allí vio a un grupo cargando un cuerpo. Sabe de primeros auxilios porque a los 16 años entró a los bomberos voluntarios, siguiendo a su tío y a su papá: “Alguien, con una remera, había tapado la herida. En primeros auxilios, eso se llama presión directa: lo primero que se pone en la herida para cohibir la hemorragia no se saca. Después, se removerá en quirófano. Le pongo entonces la mano para contener. Alguien decía vamos, pero no: había que conseguir una tabla y una ambulancia”.

Pablo Grillo: Salvar la vida
El momento posterior al disparo criminal del gendarme Guerrero.

Lo primero fue asegurar la escena. “Significa que se pueda trabajar y que no le pase nada a quien esté atendiendo”, dice Nicolás.Pero del otro lado seguían disparando, y la escena se aseguró con toda esa solidaridad de militantes y fotógrafos que arriesgaron su vida. “Héroes anónimos”, los llaman. A todo esto, Jorge había corrido por Cevallos, doblado en Alsina y vuelto a meterse en la plaza por Saénz Peña gritando a todo el mundo por una ambulancia. Ninguno puede determinar quién de todas esas personas entendió la urgencia y efectivamente la llamó y la encontró, pero la ambulancia llegó. Nicolás le explicó a la médica la situación y dispuso la forma de subir a Pablo al móvil y cómo atenderlo. Nunca le soltó la cabeza. Hay un saber que da el estudio, otro que da la calle, y la combinación de ambos es lo que ocurrió esa tarde. La médica estaba nerviosa y es entendible: no es una situación común cargar una persona con fractura de cráneo mientras escucha el repiqueteo de las balas sobre la carrocería de una ambulancia. Nico indicó cómo poner el oxígeno. Allí notó que había una persona con la camiseta de Independiente con él.

Era Jorge. Ambos se fueron en el móvil, que no pudo doblar por Solís porque había un cordón de efectivos. Nico le preguntó a Jorge el nombre de este chico que aun en la camilla no soltaba su cámara de fotos, para informar en los grupos de derechos humanos que conoce y milita. “Pablo Grillo”, le dijo. El nombre empezó a correr y, con las horas, el video de La Tribu, donde se ve el momento del disparo. Luego, las fotos de Kaloian Santos y la reconstrucción del Mapa de la Policía ubicarían el nombre del que disparó: el cabo de Gendarmería Héctor Guerrero, cuyo procesamiento fue confirmado por la justicia.

La distancia al hospital es de aproximadamente 10 minutos en vehículo. Nico: “Se cumplieron dos conceptos importantes. Uno son los ‘10 minutos de platino’ que tiene el socorrismo de actuar en el lugar, subir al paciente en la ambulancia y que se vaya. Y, después, ‘la hora dorada’, desde el momento en que pasa la lesión grave y entra al quirófano”. Nico le sostuvo la cabeza hasta que Pablo entró en el shockroom: “Ahí recién lo solté, me corrí y me fui diciendo en shock: Llegó con vida, llegó con vida, llegó con vida”.

Al entrar, Jorge llamó a Fabián, el papá de Pablo: “Le dije que estaba lastimado y que viniera al hospital, que ya lo estaban atendiendo”. No dio más detalles. Al llegar, le tuvo que explicar la gravedad. “El panorama era pésimo. Nos decían que, con suerte, iba a quedar en estado vegetativo. La doctora nos decía que era como si hubiera tenido mil ACV juntos”. Jorge se quedó acompañando a la familia y, hasta bien entrada la noche, Fabián fue el encargado de entrar y salir para informar sobre el parte médico.

Lo último que dijo es que Pablo seguía con vida.

Pablo Grillo: Salvar la vida
Jorge Taranto y Nicolás Chiarini oficiaron como ángeles de carne y hueso: “El pueblo en la calle fue lo que le salvó la vida a Pablo”.

Las buenas noticias

En sus casi 30 años de servicio en el Hospital General de Agudos Ramos Mejía, la médica de terapia intensiva Fabiana Robert recibió una “incontable” cantidad de pacientes con traumatismo de cráneo, por razones tan diversas como tremendas. Por esa experiencia, cuatro pisos arriba de esa calle –Urquiza al 600– que de a poco se iba llenando de periodistas, jubilados y vecinos que querían saber el estado de salud de ese fotógrafo, la forma de atender a Pablo fue acorde a un caso de traumatismo agudo de cráneo grave, es decir: “Con urgencia, con premura y poniendo todo a disposición y lo que está a nuestro alcance, independiente de que el panorama era crítico, oscurísimo y con muy poca expectativa”.

De las 400 camas del hospital, 16 están en terapia, y de ellas Pablo era quien estaba más al límite. Fabiana: “Era el más agudo. A la familia le dijimos la verdad: la situación era crítica, las posibilidades eran muy pocas y el cuadro era desesperante”. La acompañó Ángeles Casale, 34 años, médica de neurocirugía con siete años en la institución: “Ingresó descompensado hemodinámicamente. No solo la parte neurológica estaba inestable, sino otros signos vitales. Hubo que estabilizarlo y hacerle la tomografía rápido. Tenía pocos reflejos vitales, que son los que determinan si hay que operar o no, porque sangró mucho. El reflejo de las pupilas no lo tenía, y eso habla a veces de un peor pronóstico. Lo operamos. El primer momento es muy crítico: no se sabe cómo va a evolucionar después”.

Fabiana apunta: “No se sabe, y si una se tiene que basar en lo que está diciendo, en ese momento tiene que decir que no tiene sentido hacer nada porque va a evolucionar mal. Aun así, una hace todo lo posible, siempre pensando que todo va a tener un buen resultado, que va a salir bien”. Ángeles: “Si te soy sincera, de los pacientes que llegan en un estado como el suyo, el porcentaje que se recupera es muy poco. Hay que agarrarse de eso y hacer todo”. Fabiana: “Ahí empezó un largo camino. A las familias les decimos que, en casos tan graves, las buenas noticias vienen despacio. La noticia que viene rápido es la mala”.

El equipo estuvo conformado por mujeres: Fabiana lo recibió y Ángeles lo operó asistida por una residente, las instrumentadoras y las anestesistas. La neurocirujana describe la violencia que ocasionó el disparo de Guerrero bajo las órdenes de Patricia Bullrich: “El procedimiento se llama craniectomía descompresiva, que es sacar la mitad del cráneo para que el cerebro, inflado y edematizado por el traumatismo, se pueda expandir a través del espacio que el hueso no deja. También se le hizo una limpieza, porque había fragmentos de hueso que pueden lesionar algún vaso sanguíneo”. Al día siguiente, la operación se repitió del lado izquierdo, porque un hematoma que habían visto chiquito en un comienzo, había aumentado. Todo lo posterior requirió nuevas intervenciones –como las dos placas impresas en 3D que le colocaron en ambos hemisferios–, pero la buena noticia, como dijo Fabiana, se fue construyendo: a la semana Pablo le dijo a su papá las primeras palabras (“hola, viejo”) y 83 días después recibió el alta para iniciar su rehabilitación en el Hospital Manuel Rocca. El subdirector del Ramos Mejía, Juan Pablo Rossini, aclaró en el alta: “La gravedad fue mucho más allá de lo que decían los medios. Pablo estuvo cerca de la muerte”.

¿Cómo describen ese saber que se llama salud pública?
Fabiana:
Esfuerzo, sobre todo.
Ángeles: También, ganas de trabajar en equipo.
Fabiana: La salud pública es un paciente que entra en una situación desesperada y crítica y que, en cuestión de minutos, ya está recibiendo todo el tratamiento que necesita, sin que importe de dónde viene ni qué tiene.

Pablo Grillo: Salvar la vida
Las médicas Ángeles Casale y Fabiana Robert.

El hospital es un símbolo. Ocupa dos manzanas, sus laberintos recorren su complejidad y capacidad, tiene un parque precioso, y su primera versión data de 1868 como una respuesta a la epidemia del cólera en Buenos Aires. Al principio era un lazareto de adobe en una antigua quinta. La calle, en ese momento, se llamaba Caridad. Pasada la epidemia, brindó alojamiento para pacientes que no tenían cama de internación en otros lugares. En 1871 fue el abrazo ante otra crisis: la fiebre amarilla. Una década después, en 1883, la Municipalidad crea el Hospital San Roque, luego rebautizado Ramos Mejía. Sus 240 camas de entonces eran exclusivas para hombres. Tres años después, la atención empieza a ser mixta. Este hospital, que por ubicación intervino en otras tragedias como Cromañón y Once, es el que resume un saber que salvó a Pablo Grillo.

Ángeles sonríe, y antes de volver al agitado día de trabajo, dice con sus ojos: “Los casos como los de Pablo son por los que una piensa que todo el esfuerzo vale la pena”.

El símbolo

Tres días después del disparo –15 de marzo– Jorge le dijo a lavaca, sentado en las escalinatas del hospital, mientras esperaba un nuevo parte: “Tengo una certeza, algo instintivo por así decirlo, y es que no lo veo saliendo de acá al cementerio. Lo veo saliendo de acá, en el tiempo que tenga que ser. Pero bien”.

Todavía se acuerda de esa frase: “Hay una alegría muy grande porque mi amigo sigue acá. Sigue habiendo ese tufo a dolor, a bronca, porque cómo puede ser que la decisión de quien hoy nos gobierna trastoca la vida de alguien para siempre”. Se ríe Jorge al recordar el video que filmamos con Pablo, en el que con mucha lucidez dice: “Qué decirte, Bullrich. Sos una re compañera, te hago los dedos en V, te saludo. Acá estamos en el barrio con la cabeza intacta”, mientras se levanta su gorro Piluso.

Jorge: “Me pone contento porque se lo tomó como esperaba. Nunca lo traté a él como un pobrecito, como una víctima. Entendí que era lo que tenía que hacer como amigo. Y le decía: el día que te hagan una entrevista, hacele a Bullrich un corte de manga. En una situación cargada de dolor, Pablo le vuelve a poner eso que él tiene. Esa luz que te llena, aun cuando todo sigue siendo injusto. Generaron un símbolo en contra suyo, que les juega en contra. Es Pablo siendo Pablo, su esencia: molestando y buscando molestar”.

¿Qué simboliza?
Jorge:
La resistencia, inclusive, ante la muerte. Se quedó acá. Gracias a todos. Al humanismo de esas personas en levantarlo en la calle, a los que lo atendieron como Nico, a que hubiera recursos para que llegáramos rápido y lo operen. Después, para cada uno simboliza algo más. Pero es la satisfacción de tenerlo, de que no es un mártir. Y que más allá de todo lo que hicimos, el que más le puso fue él.
Nico: Tenemos que hacer las buenas lecturas. Estamos bajoneados por todo, pero hay que sacarse el agua del hidrante y mirar bien: a Pablo le salvamos la vida colectivamente. Como pueblo. Le salvamos la vida todos. A mí me tocó hacer eso, pero me protegieron y me cuidaron y me tocó la suerte de que no pasó lo que le pasó a Darío Santillán, que fue a socorrer a Maxi Kosteki y le costó la vida. Ese 12 de marzo yo era un encapuchado, importante decirlo para el momento en que hoy son malos, feos e infiltrados. Son cuestiones que hacen que maduremos como pueblo, no sólo en la calle sino con respuestas más profesionales. Estamos muy mal a nivel representantes, pero las cosas por abajo no vienen saliendo tan mal. Pablo me llevó a entender que me la tengo que creer: empecé los estudios de Enfermería, por ejemplo. Cuando decimos que los derechos se construyen en la calle, a veces suena abstracto, pero acá lo abstracto se fue al carajo: acá es totalmente concreto. El pueblo en la calle fue lo que le salvó la vida a Pablo.
Jorge: Los milagros quizá suceden, pero lo ayuda esa construcción del pueblo. La organización vence al tiempo.
Nico: No fue un milagro: fuimos nosotros.

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El aguante: Jonathan Navarro, herido durante la represión

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Un oficial de Prefectura le disparó a la cabeza durante la manifestación de hinchadas y jubilados, la misma en la que tiraron al piso a Beatriz Blanco e hirieron a Pablo Grillo. Perdió la visión del ojo izquierdo para siempre. Jonathan Navarro fue aquel día a la calle convocado por hinchas de su club, Chacarita, e indignado porque a su papá le habían sacado el acceso gratuito a los medicamentos. Hoy está desocupado. “Pero no me arrepiento de haber ido”. LUCAS PEDULLA

Jonathan Navarro está de pie.

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¿Qué le salvó la vida al joven fotógrafo atacado por la Gendarmería? La gente que lo ayudó tras el disparo, la que lo atendió cuando se preveía que lo suyo era quedar en estado vegetativo. Los familiares y amigos: la red que estuvo en los momentos más difíciles y armó un mapa de cuidados para salir con solidaridad y energía de la violencia y la oscuridad. Detalles de casi un año destinado a volver a ver esa sonrisa. La recuperación continúa: la vida le ganó a la muerte. LUCAS PEDULLA

Todo lo que le salvó la vida al fotógrafo Pablo Grillo es lo que hoy está en juego. Juntos configuran lo que algunos llamarán tejido social, comunidad organizada o pueblo –a secas–, pero todo lo que transcurrió en este año desde la granada de gas lacrimógeno disparada por el gendarme Héctor Guerrero hasta la picardía de Pablo en la rehabilitación en su casa, cobró la vida por la que el joven luchó desde aquel 12 de marzo:

  • La amistad, la verdadera red social que fue apoyo y sostén de la familia (Fabián, el papá; Mary, la mamá; y Emiliano, el hermano), con festivales todos los meses y semaforazos en Remedios de Escalada todos –todos– los viernes, sostenidos como un rezo pagano por los vínculos amorosos que Pablo sembró: el barrio, el club Villegas, Independiente, el Hospital Evita de Lanús.
  • La militancia, entendida también como un saber hacer social.
  • La salud pública –hoy desfinanciada–, por la intervención del Hospital Ramos Mejía.

“Hay una cuarta punta primordial: la plaza llena”, dice Nicolás Chiarini, 34 años, uno de los ángeles de Pablo ese día. “Sin esa masividad no hubiésemos podido atender a Pablo, porque hubo gente que hizo un cordón para cuidar la escena y que se defendió mientras la Gendarmería seguía disparando. Si no hubiera ocurrido eso, la policía habría avanzado y Pablo estaría muerto, y quién sabe quién más”.

El otro ángel se llama Jorge Taranto, 37 años, su amigo: “Hay algo del principio de solidaridad que también quieren atacar. Surgió espontáneamente en la plaza: personas, como Nico, que se acercaron a sacarlo sin que lo conocieran. Eso sucede cuando la gente está motivada por algo. Lo humano. Y eso, en la comunidad, surge enseguida”.

Ambos no se conocían. Se vieron los ojos por primera vez arriba de la ambulancia del SAME que trasladó a Pablo al hospital. Lo que sigue entonces puede entenderse como un homenaje, una valorización de todo ese amor o tan solo como el mapa de acción que Pablo nos reveló en este año tremendo, sobre qué significa sobrevivir y ganarle a la muerte.
El método Pablo.

La hora dorada

Jorge y Pablo se encontraron sobre Hipólito Yrigoyen, en la esquina de la Asociación Madres de Plaza de Mayo. Pablo tenía la cara roja por los efectos de los gases: había estado fotografiando la represión, ya desatada. En un momento Jorge dejó de verlo. Cuando lo ubicó, lo vio caer. Eran las 17:18 del 12 de marzo de 2025. Por la brutalidad de la herida pensó que eran balas de plomo. Se organizó con otros para sacarlo. Dos lo llevaban de los pies, dos de las manos, con una sensación: “Pensamos que estaba muerto”. Como la cabeza colgaba, Jorge tomó una primera decisión fundamental: “Vamos a dejarlo acá”, dijo, y lo apoyaron sobre el asfalto. Él salió corriendo por Virrey Cevallos a buscar desesperado una ambulancia.

En ese momento entró Nico. Había llegado desde 9 de Julio con su camiseta de Temperley. Sabía, por represiones anteriores, que las fuerzas apuntaban a los ojos y se resguardó detrás de una línea de árboles. Allí vio a un grupo cargando un cuerpo. Sabe de primeros auxilios porque a los 16 años entró a los bomberos voluntarios, siguiendo a su tío y a su papá: “Alguien, con una remera, había tapado la herida. En primeros auxilios, eso se llama presión directa: lo primero que se pone en la herida para cohibir la hemorragia no se saca. Después, se removerá en quirófano. Le pongo entonces la mano para contener. Alguien decía vamos, pero no: había que conseguir una tabla y una ambulancia”.

Pablo Grillo: Salvar la vida
El momento posterior al disparo criminal del gendarme Guerrero.

Lo primero fue asegurar la escena. “Significa que se pueda trabajar y que no le pase nada a quien esté atendiendo”, dice Nicolás.Pero del otro lado seguían disparando, y la escena se aseguró con toda esa solidaridad de militantes y fotógrafos que arriesgaron su vida. “Héroes anónimos”, los llaman. A todo esto, Jorge había corrido por Cevallos, doblado en Alsina y vuelto a meterse en la plaza por Saénz Peña gritando a todo el mundo por una ambulancia. Ninguno puede determinar quién de todas esas personas entendió la urgencia y efectivamente la llamó y la encontró, pero la ambulancia llegó. Nicolás le explicó a la médica la situación y dispuso la forma de subir a Pablo al móvil y cómo atenderlo. Nunca le soltó la cabeza. Hay un saber que da el estudio, otro que da la calle, y la combinación de ambos es lo que ocurrió esa tarde. La médica estaba nerviosa y es entendible: no es una situación común cargar una persona con fractura de cráneo mientras escucha el repiqueteo de las balas sobre la carrocería de una ambulancia. Nico indicó cómo poner el oxígeno. Allí notó que había una persona con la camiseta de Independiente con él.

Era Jorge. Ambos se fueron en el móvil, que no pudo doblar por Solís porque había un cordón de efectivos. Nico le preguntó a Jorge el nombre de este chico que aun en la camilla no soltaba su cámara de fotos, para informar en los grupos de derechos humanos que conoce y milita. “Pablo Grillo”, le dijo. El nombre empezó a correr y, con las horas, el video de La Tribu, donde se ve el momento del disparo. Luego, las fotos de Kaloian Santos y la reconstrucción del Mapa de la Policía ubicarían el nombre del que disparó: el cabo de Gendarmería Héctor Guerrero, cuyo procesamiento fue confirmado por la justicia.

La distancia al hospital es de aproximadamente 10 minutos en vehículo. Nico: “Se cumplieron dos conceptos importantes. Uno son los ‘10 minutos de platino’ que tiene el socorrismo de actuar en el lugar, subir al paciente en la ambulancia y que se vaya. Y, después, ‘la hora dorada’, desde el momento en que pasa la lesión grave y entra al quirófano”. Nico le sostuvo la cabeza hasta que Pablo entró en el shockroom: “Ahí recién lo solté, me corrí y me fui diciendo en shock: Llegó con vida, llegó con vida, llegó con vida”.

Al entrar, Jorge llamó a Fabián, el papá de Pablo: “Le dije que estaba lastimado y que viniera al hospital, que ya lo estaban atendiendo”. No dio más detalles. Al llegar, le tuvo que explicar la gravedad. “El panorama era pésimo. Nos decían que, con suerte, iba a quedar en estado vegetativo. La doctora nos decía que era como si hubiera tenido mil ACV juntos”. Jorge se quedó acompañando a la familia y, hasta bien entrada la noche, Fabián fue el encargado de entrar y salir para informar sobre el parte médico.

Lo último que dijo es que Pablo seguía con vida.

Pablo Grillo: Salvar la vida
Jorge Taranto y Nicolás Chiarini oficiaron como ángeles de carne y hueso: “El pueblo en la calle fue lo que le salvó la vida a Pablo”.

Las buenas noticias

En sus casi 30 años de servicio en el Hospital General de Agudos Ramos Mejía, la médica de terapia intensiva Fabiana Robert recibió una “incontable” cantidad de pacientes con traumatismo de cráneo, por razones tan diversas como tremendas. Por esa experiencia, cuatro pisos arriba de esa calle –Urquiza al 600– que de a poco se iba llenando de periodistas, jubilados y vecinos que querían saber el estado de salud de ese fotógrafo, la forma de atender a Pablo fue acorde a un caso de traumatismo agudo de cráneo grave, es decir: “Con urgencia, con premura y poniendo todo a disposición y lo que está a nuestro alcance, independiente de que el panorama era crítico, oscurísimo y con muy poca expectativa”.

De las 400 camas del hospital, 16 están en terapia, y de ellas Pablo era quien estaba más al límite. Fabiana: “Era el más agudo. A la familia le dijimos la verdad: la situación era crítica, las posibilidades eran muy pocas y el cuadro era desesperante”. La acompañó Ángeles Casale, 34 años, médica de neurocirugía con siete años en la institución: “Ingresó descompensado hemodinámicamente. No solo la parte neurológica estaba inestable, sino otros signos vitales. Hubo que estabilizarlo y hacerle la tomografía rápido. Tenía pocos reflejos vitales, que son los que determinan si hay que operar o no, porque sangró mucho. El reflejo de las pupilas no lo tenía, y eso habla a veces de un peor pronóstico. Lo operamos. El primer momento es muy crítico: no se sabe cómo va a evolucionar después”.

Fabiana apunta: “No se sabe, y si una se tiene que basar en lo que está diciendo, en ese momento tiene que decir que no tiene sentido hacer nada porque va a evolucionar mal. Aun así, una hace todo lo posible, siempre pensando que todo va a tener un buen resultado, que va a salir bien”. Ángeles: “Si te soy sincera, de los pacientes que llegan en un estado como el suyo, el porcentaje que se recupera es muy poco. Hay que agarrarse de eso y hacer todo”. Fabiana: “Ahí empezó un largo camino. A las familias les decimos que, en casos tan graves, las buenas noticias vienen despacio. La noticia que viene rápido es la mala”.

El equipo estuvo conformado por mujeres: Fabiana lo recibió y Ángeles lo operó asistida por una residente, las instrumentadoras y las anestesistas. La neurocirujana describe la violencia que ocasionó el disparo de Guerrero bajo las órdenes de Patricia Bullrich: “El procedimiento se llama craniectomía descompresiva, que es sacar la mitad del cráneo para que el cerebro, inflado y edematizado por el traumatismo, se pueda expandir a través del espacio que el hueso no deja. También se le hizo una limpieza, porque había fragmentos de hueso que pueden lesionar algún vaso sanguíneo”. Al día siguiente, la operación se repitió del lado izquierdo, porque un hematoma que habían visto chiquito en un comienzo, había aumentado. Todo lo posterior requirió nuevas intervenciones –como las dos placas impresas en 3D que le colocaron en ambos hemisferios–, pero la buena noticia, como dijo Fabiana, se fue construyendo: a la semana Pablo le dijo a su papá las primeras palabras (“hola, viejo”) y 83 días después recibió el alta para iniciar su rehabilitación en el Hospital Manuel Rocca. El subdirector del Ramos Mejía, Juan Pablo Rossini, aclaró en el alta: “La gravedad fue mucho más allá de lo que decían los medios. Pablo estuvo cerca de la muerte”.

¿Cómo describen ese saber que se llama salud pública?
Fabiana:
Esfuerzo, sobre todo.
Ángeles: También, ganas de trabajar en equipo.
Fabiana: La salud pública es un paciente que entra en una situación desesperada y crítica y que, en cuestión de minutos, ya está recibiendo todo el tratamiento que necesita, sin que importe de dónde viene ni qué tiene.

Pablo Grillo: Salvar la vida
Las médicas Ángeles Casale y Fabiana Robert.

El hospital es un símbolo. Ocupa dos manzanas, sus laberintos recorren su complejidad y capacidad, tiene un parque precioso, y su primera versión data de 1868 como una respuesta a la epidemia del cólera en Buenos Aires. Al principio era un lazareto de adobe en una antigua quinta. La calle, en ese momento, se llamaba Caridad. Pasada la epidemia, brindó alojamiento para pacientes que no tenían cama de internación en otros lugares. En 1871 fue el abrazo ante otra crisis: la fiebre amarilla. Una década después, en 1883, la Municipalidad crea el Hospital San Roque, luego rebautizado Ramos Mejía. Sus 240 camas de entonces eran exclusivas para hombres. Tres años después, la atención empieza a ser mixta. Este hospital, que por ubicación intervino en otras tragedias como Cromañón y Once, es el que resume un saber que salvó a Pablo Grillo.

Ángeles sonríe, y antes de volver al agitado día de trabajo, dice con sus ojos: “Los casos como los de Pablo son por los que una piensa que todo el esfuerzo vale la pena”.

El símbolo

Tres días después del disparo –15 de marzo– Jorge le dijo a lavaca, sentado en las escalinatas del hospital, mientras esperaba un nuevo parte: “Tengo una certeza, algo instintivo por así decirlo, y es que no lo veo saliendo de acá al cementerio. Lo veo saliendo de acá, en el tiempo que tenga que ser. Pero bien”.

Todavía se acuerda de esa frase: “Hay una alegría muy grande porque mi amigo sigue acá. Sigue habiendo ese tufo a dolor, a bronca, porque cómo puede ser que la decisión de quien hoy nos gobierna trastoca la vida de alguien para siempre”. Se ríe Jorge al recordar el video que filmamos con Pablo, en el que con mucha lucidez dice: “Qué decirte, Bullrich. Sos una re compañera, te hago los dedos en V, te saludo. Acá estamos en el barrio con la cabeza intacta”, mientras se levanta su gorro Piluso.

Jorge: “Me pone contento porque se lo tomó como esperaba. Nunca lo traté a él como un pobrecito, como una víctima. Entendí que era lo que tenía que hacer como amigo. Y le decía: el día que te hagan una entrevista, hacele a Bullrich un corte de manga. En una situación cargada de dolor, Pablo le vuelve a poner eso que él tiene. Esa luz que te llena, aun cuando todo sigue siendo injusto. Generaron un símbolo en contra suyo, que les juega en contra. Es Pablo siendo Pablo, su esencia: molestando y buscando molestar”.

¿Qué simboliza?
Jorge:
La resistencia, inclusive, ante la muerte. Se quedó acá. Gracias a todos. Al humanismo de esas personas en levantarlo en la calle, a los que lo atendieron como Nico, a que hubiera recursos para que llegáramos rápido y lo operen. Después, para cada uno simboliza algo más. Pero es la satisfacción de tenerlo, de que no es un mártir. Y que más allá de todo lo que hicimos, el que más le puso fue él.
Nico: Tenemos que hacer las buenas lecturas. Estamos bajoneados por todo, pero hay que sacarse el agua del hidrante y mirar bien: a Pablo le salvamos la vida colectivamente. Como pueblo. Le salvamos la vida todos. A mí me tocó hacer eso, pero me protegieron y me cuidaron y me tocó la suerte de que no pasó lo que le pasó a Darío Santillán, que fue a socorrer a Maxi Kosteki y le costó la vida. Ese 12 de marzo yo era un encapuchado, importante decirlo para el momento en que hoy son malos, feos e infiltrados. Son cuestiones que hacen que maduremos como pueblo, no sólo en la calle sino con respuestas más profesionales. Estamos muy mal a nivel representantes, pero las cosas por abajo no vienen saliendo tan mal. Pablo me llevó a entender que me la tengo que creer: empecé los estudios de Enfermería, por ejemplo. Cuando decimos que los derechos se construyen en la calle, a veces suena abstracto, pero acá lo abstracto se fue al carajo: acá es totalmente concreto. El pueblo en la calle fue lo que le salvó la vida a Pablo.
Jorge: Los milagros quizá suceden, pero lo ayuda esa construcción del pueblo. La organización vence al tiempo.
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El bordado: Beatriz Blanco, la “jubilada patotera”

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Fue agredida por un policía y cayó de nuca al asfalto durante una manifestación de jubilados. La escena se hizo viral como símbolo de la represión de cada miércoles. Beatriz pensó que había muerto pero sobrevivió al golpazo. Una causa instruida por la jueza Servini de Cubría avanza para condenar al policía que la atacó. Fue acusada por Bullrich de “jubilada patotera” y ella lo lleva con orgullo en una remera creada por sus hijas. Tiene 83 años, sigue yendo a la Plaza con su bastón y sus reclamos por una vida digna, y hace bordados para reflejar cosas alegres. LUCAS PEDULLA

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