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Fortuna

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Crónicas del más acá

Buenos Aires tiene un encanto especial de noche. Ignoro si los porteños lo saben pero seduce como una caricia distraída. Buenos Aires es una ciudad pretenciosa, sucia, pedante y que no nos quiere a los africanos. Pero no hay nada que hacerle: es linda de noche. Y de noche caminé las cuadras de Congreso a Corrientes rumbo a un destino terrible.
Lovercraft era un escritor de ciencia ficción que tenía un talento fantástico para hacerte sentir que lo horrible, lo espantoso, está ahí sin que lo veas, sin que sepas de qué se trata. Como las pesadillas en las que algo ominoso te acecha en la esquina, detrás del placard, en el descanso de la escalera. Ni él podría haber descripto el horror que sentía.
Tratando de pasar de incógnito, estilo Inspector Clouseau, me acerqué a la ventanilla del Teatro Premier a retirar mi entrada asignada a “Prensa” (esa secta oscura y temible), como quien retira su pasaporte a un rito satánico.
Acto 1. Descubro que la función empieza media hora más tarde que mis previsiones, pero la voz de la ventanilla lo niega con reiterado desgano. Insisto que hay un cartelito que dice que sí, se acerca un señor Gordo, Petiso y Pelado (a partir de ahora GPP), me mira indolente y dice: “La vieja de mierda se equivocó”. Arranca sin más el cartel que daba lugar a la confusión, me mira y se va.
La voz de la ventanilla sigue clavada a una computadora mientras su expresión de Homero Simpson me deja desolado.
Salgo a la civilización, me cruzo al San Martín y descubro en el hall a dos pelados, guitarra y piano, tocando de forma bella y ajustada tangos de Plaza y Piazzola.
No soy tanguero, pero me quedo.
Eso tiene esta puta ciudad: en los Pagos de la Magdalena no encontrás estos pelados ni flotando en el Riachuelo.
Realizo una compleja operatoria, celular en mano y logro rescatar a Natalia, mi compañera, que, parada junto al Obelisco, no encontraba la avenida Corrientes (sí… es cierto).
Acto 2. Vuelvo al Premier y hago una confusa cola de invitados, el triple de larga que la de entradas comunes. No éramos muchos, pero aún así, era un caos. En la entrada principal (o algo así) había vallas esperando a la estrella del espectáculo y unos 60 tarados alrededor de ellas. Yo, con Natalia y su asombro de “hay gente para todo” y la sombra rumiante y malhumorada de Lovercraft, esperando, mientras GPP organizaba la fila sin éxito y con pésimo humor. Me hace pasar, finalmente, a donde una dama me da un papelito verde de canje y me manda… ¡A hacer la cola de nuevo! Y, por supuesto, GPP me manda al fondo, que seguía siendo corta y caótica.
Al costado nuestro, tevé, cámaras, los tarados de siempre, más el que suscribe tratando desesperadamente de pasar desapercibido. De repente GPP me hace pasar con cara de indiferencia y la voz de la ventanilla me da las entradas. Y me manda a hacer la “otra cola”. La reput… Ahí me avivo de que estábamos todos de garrón. Eran los mismos que en la cola anterior, nuevamente en el caos.
La Estrella no llegaba y estaba muy claro que no entrábamos al teatro porque debía verse un simulacro de multitudes para cuando llegara. Éramos 100 y parecíamos 10 mil. Dos adolescentes detrás mío, posiblemente fugadas de alguna institución de rehabilitación de algo, comentaban histéricamente por celular si la Estrella venía o no venía.
No venía.
De pronto la fila se empezó a mover (¡milagro!) y… ¿quién cortaba los boletos?… ¡gpp!
Como Dios, en todas partes.
Nos sentamos en cuarta fila, la gente se sacaba fotos como si estuviera en el zoo, gritaba entre sí, poco más de la mitad del teatro estaba vacía y el clima se parecía a un asado de ex compañeros de secundaria. Un aullido breve de las afueras indicó que la Estrella había llegado. Con media hora de atraso, la función empezó.
Fortuna. Con Ricardo Fort y otros ejemplares sudamericanos.
El fantasma de Lovercraft se sentó a mi izquierda y estaba pálido.
Creo que tenía miedo.
Acto 3. Seré breve por pudor y por si esta revista cae en manos de menores. Lo que siguió fueron dos horas increíbles, muy fuertes.
El teatro es una de las Bellas Artes.
Enfrente está el San Martín.
No hay derecho…
La función fue tan mala que aun con la sala vacía era una falta de consideración para con la condición humana.
Guión inexistente, realzando el chocolate Fort, las condiciones amatorias y derrochonas del (gordito y retacón) Ricardito o el niño Ricardo, chistes de notable visibilidad popular (por lo obvios), un público que actuaba como si jugaran Flandria y Atlas, gritando, puteando, piropeando –es una forma de decir–, chiflando, riéndose cuando no pasaba nada, actores tan malos que Adriana Salgueiro –sólo por ser algo prolija actoralmente– parecía Norma Aleandro.
Natalia cada vez se agarraba más fuerte de mi brazo, no sé si para soportar lo que veíamos o para tratar de dormir. Que de todas maneras era imposible porque cuando no gritaban los actores, lo hacía el público. Y Ricardito que transpira y transpira y transpira en escena, respira mal, está todo el tiempo agitado, tiene la ductilidad de un Pokemón y la versatilidad de un Power Ranger.
Hace de sí mismo.
Y lo hace mal.
Encima canta. No desafina, ése es su mérito. Su expresividad romántica cuando interpreta a Sandro me hace acordar a la iguana que tenía mi tío Juan José.
Final. Corrientes zapatea orgullosa y soberbia, su borrachera de sábado a la noche. El fantasma de Lovercraft me mira incrédulo y desvalido. Como orgulloso hijo de África, vuelvo en una cascarrienta combi a los Pagos de la Magdalena, mientras sonrío el suave placer de venganza.

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