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Barriolandia tevé

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La televisión comunitaria persiste desde hace 23 años desafiando la legislación, hasta la reciente Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. El recorrido muestra experiencias múltiples. ¿Alcanzan para que un día la caja boba deje de serlo?

¿Qué hace falta para crear tu propia televisora? Agarrá lápiz y papel y anotá la receta:
Un mezclador de video, otro de audio.
Una cámara y una computadora para crear la imagen.
Para emitir sólo por Internet es necesario otra computadora con capturadora de video y para sacar la señal al aire; un transmisor.
 
A esta lista sólo hay que agregarle el corazón, el núcleo de todo esto: levantarse del sillón y pasar de ser espectador a productor. Las personas que lo experimentaron dicen que muy pronto la magia de la televisión deja de encandilar. Es que se van descubriendo sus trucos, y eso no es poco…
Ahora, ¡que las cámaras me acompañen porque vamos a ver cómo algunos ya cocinaron su receta y otros están preparando su propia exquisitez!
El viejo canal ilegal
Una de las primeras experiencias de televisión comunitaria en nuestro país surgió en 1987 con la fundación de Canal 4 de Alejandro Korn. La especialista María Cecilia Fernández da cuenta, en un artículo publicado en diversos medios digitales, de que la emisora fue el resultado de la experimentación técnica. Durante tres años Ricardo Leguizamón, uno de los vecinos del barrio, se dedicó a la autoconstrucción de un transmisor de televisión de bajo costo. La experiencia no tardó en multiplicarse por todo el país. En los inicios de los años 90 existían 250 canales nucleados en la Asociación Argentina de Teledifusoras Comunitarias (aateco). La entidad agrupaba a todo tipo de iniciativas –comerciales, políticas, barriales– en pos del reclamo de legalidad. En ese momento, la Ley Nacional de Radiodifusión N° 22.285 prohibía expresamente a las organizaciones sin fines de lucro (sindicatos, asociaciones culturales, cooperativas) ser titulares de licencias de radios o canales de televisión. Esta norma fue establecida por la última dictadura militar en el año 1980 y estuvo vigente hasta la sanción de la nueva Ley de Servicios Audiovisuales, en octubre de 2009. Durante este mes está prevista la reglamentación del texto y recién entonces la legislación se habrá puesto al día con la democracia.
Imágenes de la utopía
Fabián Pierucci es documentalista y clasifica su tarea dentro del rubro “oficios”. Fundó el grupo de cine Alavío y es uno de los responsables de llevar adelante la emisora Ágora TV que transmite solo por Internet. Fabián participó -como director del informativo- de una de las experiencias “más potentes de la televisión comunitaria”: Canal 4 Utopía. La televisora comenzó a transmitir en 1991 desde un departamento ubicado en el porteño barrio Caballito. Su antena apuntaba hacía el noroeste de la Ciudad de Buenos Aires. La zona de influencia la conformaban Flores, Floresta, Devoto y Liniers. “En el año 91 comencé a rodar mi primera película Viejos son los trapos sobre la situación de los jubilados y me invitaron a estrenarla ahí, y luego me propusieron ser el responsable del noticiero”, resume Fabián.
Para él la palabra poderosa que le daba título define la experiencia de Utopía, lo cual implicaba cosas bien concretas. Una de ellas –quizás inesperada para una televisión comunitaria– era medir su impacto en términos de audiencia. Lo hacían contabilizando los llamados, que a veces saturaban las líneas telefónicas, con las convocatorias a debates y asambleas y hasta con las denuncias que presentaba el dueño de Canal 2, Eduardo Eurnekian, quien insistía en judicializar la situación ilegal de Utopía TV. También se corría el rumor de que en algunos barrios los índices de audiencia de la emisora privada no superaban los de la comunitaria.
¿Qué hacía tan atractiva a Utopía TV?
Violaba la propiedad privada todo el tiempo. Teníamos una consecuente política de estrenos de películas: si nos caía en las manos la última producción de Hollywood, la pasábamos. No nos importaba nada. ‘Si quiere ver Batman, lo puede hacer gratis’, anunciábamos. También había una frescura que todavía no era muy común en la televisión. A la vez, aglutinaba a todos los sectores que peleaban contra el neoliberalismo. Todas las expresiones tenían su espacio, desde la Central de Trabajadores Argentinos (cta) hasta grupos que tenían una política de clandestinidad. Nos desafiaban: “Mirá que vamos y aparecemos encapuchados”. “Ningún problema”, decíamos nosotros. Y ellos mismos se sorprendían. El canal también era un organizador político. Por ejemplo, dos hijas de desaparecidos convocaron a sus pares a reunirse y lo plantearon desde lo afectivo. Luego de esas reuniones, se constituyó la agrupación HIJOS de Capital. Otra experiencia linda fue con los presos de Devoto que nos conocían porque la señal les llegaba muy bien. Nos invitaban a los campeonatos de fútbol que se jugaban dentro del penal. Íbamos todos y hacíamos asambleas, charlábamos con los detenidos. Entonces, decidimos que cada vez que un preso llamara al canal y quisiese salir al aire para decir que los estaban golpeando o que extrañaba a su familia, lo podía hacer. Interrumpíamos los programas y salía el mensaje. Todo esto se dio con un montón de discusiones internas y contradicciones. A esto hay que sumarle la persecución del Estado, los allanamientos, el secuestro de equipos y la judicialización de los trabajadores del canal.
Poco tiempo después la historia comienza a agotarse. Fabián cuenta que decidieron resistir uno de los allanamientos junto a los vecinos. Se aguantó, pero quizá por la repercusión pública, dentro del grupo surgieron dos preguntas fundamentales: ¿Qué significaba la forma de funcionamiento ilegal? ¿De quién era el canal? Y los cuestionamientos derivaron en un concepto: el canal es de todos.
El saldo chocaba con la realidad, pues Utopía tenía un dueño, que era el militante de izquierda Fabián Moyano. Entonces, los trabajadores decidieron formar una mutual para exigir la legalidad de Utopía TV. En un lapso de 2 años –calcula Fabián– surgieron otras dos preguntas casi antagónicas: ¿para qué queremos la legalidad? y ¿para qué formamos este colectivo de personas? Un grupo, integrado entre otros por nuestro entrevistado, se retiró del canal comunitario hacia 1995. Sin embargo, éste siguió transmitiendo hasta el 97, año en el que se quedó sin aire.
Ahora, Fabián Pierucci está inmerso en la experiencia de Ágora TV, que transmite solo por Internet. “Eso tiene de positivo que puede ser visto en todo el mundo y de negativo, lo difícil que es incorporar en las agendas de las organizaciones sociales el concepto de tener medios de comunicación propios”. En 2006 el documentalista sugirió la idea de hacer un canal y transmitir desde el recuperado hotel Bauen, aprovechando la altura de su terraza y los recursos existentes. Pero el proyecto no prosperó. La mayoría de los trabajadores consideró que tener una emisora comunitaria sumaba “otra ilegalidad” a la situación precaria de la cooperativa, de la cual pende cíclicamente la posibilidad de ser desalojada. El argumento esgrimido por Fabián también tiene forma de pregunta: ¿la televisión no podría convertirse en una herramienta para impedir el desalojo?
La mención a ese debate fallido trae a la charla otro enigma: ¿cómo lograr que la ilegalidad no contamine de marginalidad la propuesta? ¿Es posible no quedarse refugiado en un lenguaje que entienden sólo los amigos de la causa? Fabián responde: “Creo que con respecto a la comunicación no hay que tener prejuicios desde el punto de vista de la percepción. Hay que confiar. Si la gente descubre que hay posibilidades de que otro tipo de expresiones tenga la palabra, muy probablemente un sector marginado de la opinión pública puede convertirse en interlocutor. Y la posibilidad de interlocución significa que un medio, que por definición es unidireccional, puede transformarse en otra cosa. Y ese cambio sólo es posible con la participación de los vecinos. Ahí, con ellos, estás haciendo un medio comunitario y en ese intercambio se rompe eso de ‘los de izquierda hablándole a los despolitizados’. Los medios populares o comunitarios deberían ser como una autopista donde haya lugar para los que van lento, los que van a cien y los que van a 300. Porque se tiende a censurar a los acelerados y a menospreciar al más lento. Y la verdad es que todos, en algún momento, pueden cambiar de carril.”
¿A dónde va esa autopista?
A una forma de organización social en la que nadie cague a nadie. A una sociedad comunitaria.
Anarcotransmisión
Antena Negra TV funciona desde hace un año y medio en la Asamblea del Cid Campeador en Caballito. La televisora está formada por varias organizaciones sociales vinculadas a la comunicación. Parte de sus 30 integrantes participó de otras experiencias similares, como el Canal 4 Darío y Maxi, en Avellaneda, y las transmisiones itinerantes de eventos políticos.
Martín Sande es mecánico y electricista y comenzó esa experienca en su etapa nómade. Explica que tomaron el desafío de dejar de ir de acontecimiento en acontecimiento para sostener un proyecto de comunicación a largo plazo. Y aclara que habla de un proyecto no comercial, lo cual implica “empezar a ensayar lo que para nosotros debe ser un medio de comunicación, lo que imaginamos en otro contexto, en otro mundo, hace que nos relacionemos con otras lógicas. Entonces pensamos que Antena Negra debe ser autogestiva desde el punto de vista de las finanzas. Por eso creemos necesario que las organizaciones sociales banquen estos medios porque no se debe mercantilizar el espacio de aire”.
 
¿Te interesa que el vecino de enfrente vea el canal?
No. Me gusta más que venga y participe. Nosotros nunca salimos a hacer publicidad del canal por el barrio. Sí invitamos a los vecinos a actividades concretas, a que se sumen a construir otra forma de comunicar.
¿Y cómo le hablás para que se sume?
En teoría no tengo ni idea. Creo que como me sale. Acá todo es práctica pura. Intentamos hacer, pero siempre aparece uno que sabe y dice: “Fijate que si hacés así es mejor…”. Aprendimos a hacer preguntas, a preparar entrevistas. Pasamos de tener mucha voluntad de comunicar a encontrar la vuelta de cómo comunicar. Creo que no nos salió todavía.
 
Lo que si les salió es generar la confianza para que las organizaciones sociales se apropien de la herramienta televisiva. Simplemente, ellos manejan las cámaras y los micrófonos. Así fue como un grupo que lucha contra los desalojos en la Ciudad de Buenos Aires armó su programa Articulo 14 VIP. Otro caso más extraño es el de los empleados de CableVisión, que llegaron un día a trabajar al edificio donde funciona la televisora comunitaria y terminaron produciendo un programa de rock llamado Soy de la Eskina.
También pudieron multiplicar la posibilidad de la palabra. En marzo de este año convocaron a un taller de armado de transmisores de radio. Juntaron plata para los materiales y se comprometieron a armar 63 de estos aparatos para Frecuencia Modulada. Las condiciones para participar del taller: que no fuera un proyecto comercial y que cada radio mandara a una o dos personas a trabajar en el armado. “En una semana, el espacio donde funciona la TV y la terraza lo ocupó una especie de fábrica de transmisores. Llegaron 120 personas de todo el país y en siete días cada uno se llevó su propio transmisor para su radio. Fue un delirio porque la gran mayoría no tenía idea de electrónica. También era un delirio pensar en armar esa cantidad de transmisores en tan poco tiempo. Y el tercer delirio era que funcionen. Y funcionan.
Con todo esto, ¿qué va construyendo Antena Negra?
Un colectivo sólido de comunicación que tiene intereses, más o menos claros, de participar en todo aquello que quiera hacer de esta sociedad algo distinto.
Ser parte de la cosa
Faro Televisión Comunitaria comenzó a transmitir en diciembre de 2009. Nació de una iniciativa de la cooperativa de trabajo audiovisual Chisperos del Sur. Se concretó a través de una convocatoria que, en poco tiempo, reunió a 50 personas con experiencia en talleres barriales de comunicación, algunos profesionales y vecinos. En tanto, para la antena hubo aportes de diferentes organizaciones sociales y políticas. Colaboraron particulares y también el Banco Credicop.
Ariel Tcach es realizador, militante de la agrupación Barrios de Pie y coordinador del sector Contenidos de la televisora. Explica que las entidades y particulares que sostuvieron el inicio del proyecto no los condicionaron, porque desde el principio aclararon que ese dinero no compraba ningún derecho en Faro TV. En ese sentido, Ariel especifica que no se alquilan los espacios, sino que se busca que la gente se involucre, que “sea parte de la cosa”.
 
¿Cómo se integró a la gente sin experiencia en lenguaje televisivo?
Durante tres meses hubo talleres de formación con distintas personalidades del medio. Además. funcionamos en asamblea. Ése es el espacio donde se define cuáles son las necesidades de la televisora, qué tipo de programa falta poner al aire. En la primera reunión había un montón de ideas y pudimos concretar y llevar adelante 13 programas.
¿Qué criterio estableció Faro TV en lo político?
Aquí tienen lugar todas las expresiones dentro del progresismo. Nuestra televisora es participativa, comunitaria y popular. Es decir, que los integrantes de la comunidad deben apropiarse del espacio. No es una televisión mala ni de improvisados. Tiene muchos más matices y profesionalismo, incluso, que la TV privada. A la vez, da la posibilidad de experimentar y de ser creativo. Y algo muy importante: no es una contradicción que una televisora comunitaria sea masiva.
¿Y en cuanto a lo financiero?
La TV tiene la potencialidad no explotada de armar circuitos de economía diferente –no basada en la publicidad– sino en el intercambio. Entonces ahí radica el interés que hace que exista determinado tipo de programación para desarrollar economías locales. Por ejemplo, un programa sobre tejido debería ser costeado por todos los tejedores interesados en desarrollar esa actividad. Y así deben financiarse proyectos como esta televisora.
¿Cuáles son los desafíos de la televisión comunitaria en el marco de la nueva ley?
Lo que debería establecer la ley es un fomento en equipamiento y en capital, para medios comunitarios y ninguno de los dos ejes están contemplados. Así las cosas, como en cualquier emprendimiento extragubernamental, su destino no tiene que ver con la ley, sino con la propia capacidad de convocatoria, organización y finanzas.

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