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Arte y confección

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casaBrandon. Lograron zurcir un espacio propio para la cultura LGTB. Ahora encabezan el reclamo por una legislación que reconozca a los centros culturales de la ciudad.

Amor, visibilidad y respeto se escribe en sus paredes. Su estética resalta. En la misma cuadra conviven comercios, edificios de varios pisos y una sede del PRO. Lobos marinos, rostros, máquinas de juegos sobre un fondo rosa y turquesa, dejan entrever la esencia de la casa: el pluralismo, la diversidad, la diversión, la cultura, la libertad. La casaBrandon porta su nombre como recordatorio de un crimen por odio: el de Brandon Teena, un joven transexual norteamericano que fue violado y asesinado hace 18 años por sus amigos cuando descubrieron que su identidad de género no correspondía con lo asignado al nacer. Quienes vieron Los muchachos nunca lloran recordarán.
A pesar de la brutalidad de la historia, en este pequeño rincón Jorgelina y Lisa, con otros amigos, combinan distintas expresiones para dar forma a un multiespacio creativo donde se puede encontrar música, poesía, talleres de canto, teatro, defensa verbal… ¿Defensa verbal? Explica Jorgelina: “Para aprender a desarmar la agresión sin violencia”.
“Éste es un club que funciona como un centro cultural, es decir, que tiene muchas actividades artísticas variadas”. Lisa continúa. “Lo hacemos con un grupo al que llamamos ´lxs brandonamigxs´, que es gente que nos viene acompañando desde hace 11 años, con la idea de que este espacio sea un lugar de encuentro y un motor, un generador de actividades, de nuevos proyectos, para que las personas se sienten a ver algo y se vayan con alguna inquietud, con alguna pregunta que no se habían hecho. Aunque no está en nuestro afán dar una respuesta, sino lo contrario”.
¿Qué preguntas surgen? Lisa responde: “Nos dimos cuenta de que estamos muy acostumbradas a manejar ciertos términos y conceptos relacionados con el activismo LGBT, pensando que todo el mundo entendía. Pero ahora, por ejemplo, que acompañamos la lucha por la Ley de Identidad de Género (en Diputados se comenzaron a discutir los diversos proyectos el 18 de agosto) nos damos cuenta de que dentro mismo de la comunidad mucha gente no sabe de qué se habla. Y cuando se habla de identidad todas las preguntas que se abren son muy interesantes”.
El despegue
En Brandon hay talleres, presentaciones de libros, revistas, fanzines. Allí viven, también, El show de Rosita Stoned, una suerte de programa de tv con invitados y el ciclo de cantautoras Blancas, Negras y Redondas y el recital Poemario transpirado, de Susy Shock. Un sábado al mes hay un encuentro de masculinidades trans, otro de femmes queers, diálogos críticos del feminismo lésbico, y está por comenzar uno de feminidades trans.
Antes de ser la casaBrandon, que está por cumplir su sexto año en estos días, las chicas comenzaron a concretar su idea allá por el año 2000 con eventos itinerantes. “Empezamos con fiestas porque las propuestas que había para la noche LGBT nos parecían un embole y creíamos que estaba bueno hacer algo nuevo”, resume Jorgelina. La oferta que había en esos días eran bares, boliches, discotecas. Además, todos esos ámbitos “están bastante ceñidos a un ´mercado de la carne´, de levante”.
Las fiestas comenzaron en espacios chicos, con una propuesta musical alternativa, con teatro, performances, lecturas y poesía. “Siempre hicimos fiestas con DJs, es decir, con gente que creaba para la fiesta, y empezamos a sumarles obras de teatro y otras intervenciones antes de que comience la parte festiva”, relata Jorgelina. En esa etapa cada convocatoria se realizaba con el título Brandon Gay Day, “como para que invitara explícitamente, porque en el resto de los lugares te tenías que enterar o tenías que preguntar. No existían las guías ni Internet. Queríamos, entonces, hacer algo explícito, trabajando otra estética. Después, nos propusieron hacer un ciclo de cine en un espacio en San Telmo, relacionado con lo gay- lésbico, queer. Lo planteamos por dos o tres meses, pero terminó durando dos años. Así nos dimos cuenta de que había más espacios para explorar”, cuenta Lisa.
La primera sede fue la página web y “eso le dio un cuerpito a Brandon, otro volumen, otra entidad”. Al tiempo ocurre Cromañón. “Ahí nos quedamos medio en bolas —cuenta Lisa— y empezamos a pensar en un lugar propio. Buscamos durante 7 meses, sabíamos que se venían las inspecciones a full, y cada vez que veíamos un lugar que podía ser, íbamos con un tipo que sabía de habilitaciones para saber si estaba en condiciones. Encontramos éste y, con ayuda de mi vieja, lo alquilamos. Pudimos así resumir acá todo lo que fuimos haciendo suelto por ahí”.
Habilitaciones
El tema de las habilitaciones, inspectores y otras delicias de la burocracia de la ciudad las convirtió en expertas en un intríngulis que nadie sabe explicar. Ese enredo Lisa lo sintetiza así: “La reglamatación actual te limita la posibilidad de publicar los eventos. Es difícil de explicar, pero tiene que ver con lo público y privado. Si uno publica el aviso de una fiesta o show tiene que tener un permiso especial. Hay una persecución con el baile y la música en vivo que todavía no entendemos porque, ¿qué peligro implica bailar? Nadie nos lo sabe explicar. Esto, entre otros, es un problema que tenemos todos los espacios culturales”. En la ciudad de Buenos Aires no existe una figura para habilitar un centro cultural y social, bajo una norma que contemple realmente las características y las necesidades de estos lugares. Por eso casaBrandon impulsó el Movimiento de Espacios Culturales y Artísticos (MECA) que nuclea a varios emprendimientos que son acosados por la actual reglamentación. “Metimos dos proyectos en la Legislatura, uno que trata el tema de la habilitación y el otro que prevé, además de asesoramiento a los espacios, una línea de subsidios. Queremos que el Estado acompañe estas iniciativas culturales. Nosotras estamos trabajando a nivel ciudad, pero hay proyectos a nivel nacional. El problema es que cada provincia tiene una especificidad. Es un trabajo largo”. Aun así, Lisa sabe que todo depende de la voluntad. “La responsabilidad es nuestra, de juntarnos, proponer, exigir”.
Tropezones que no son caída
A lo largo de todos estos años las dificultades económicas se presentaron en numerosas ocasiones, pero no fueron las únicas piedras en el camino. “A veces, las actividades que proponemos son difíciles de comprender. Llaman y nos preguntan si somos un boliche y la verdad es que no: es un lugar donde podés participar”, dice Jorgelina. No fue fácil que la propuesta echara raíces. “El golpe duro fue cuando abrimos. Pensamos que iban a llegar un montón de propuestas de gente que estaba esperando un lugar así y tuvimos que salir a buscar nosotras. Además, soportamos un raid de inspecciones”, recuerda Lisa.
Después de 11 años de caminata, y de tan arduo trabajo, las chicas cuidan cada logro. “Nos costó tanto tener todo en regla que no estamos dispuestas a arriesgar nada en este sentido. Cuidando el espacio, a la gente también le estamos brindando seguridad, aunque a veces no se dé cuenta”, sostiene Lisa. Ella y Jorgelina están abocadas de lleno a la Casa y eso las llevó a aprender de todo. “Nos morimos de placer haciendo lo que hacemos, es un desafío todo el tiempo, súper creativo. Nos encanta ese estilo de vida, ir descubriendo cosas y a la gente que quiere hacerlas junto a nosotras”.

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