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Sex o no sex

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Franco Rinaldi. Periodista y licenciado en Ciencias Políticas, acaba de editar su primera novela, El niño del año, una crónica bella e irreverente que mezcla biografía y fantasía.

Sex o no sexEn uno de los tantos cursos que Franco hizo en su vida, un curso literario, el profesor Santiago Vega, o Washington Cucurto, le dijo sobre una crónica de un desencuentro amoroso que había imaginado Franco con una joven de senos grandes y cola redonda, que quizá existió y quizá no:
-Cogetelá.
Franco imaginó entonces el encuentro carnal, vivo, real con aquella joven. Fue un consejo literario, el de Cucurto, y fue la página cero del primer libro de Franco, El niño del año: “Entendí que la literatura era eso: poder hacer lo que no hice, y poder evitar hacer lo que en verdad sí hice”. El libro, así, tiene algunos parches sobre su propia vida y otros momentos que directamente hacen volar al personaje (literal y metafóricamente) hacia el fino andarivel entre la autobiografía y la ficción. Franco no dice la verdad ni miente. En todo caso, no importa.
Un premio
Franco Rinaldi obtuvo en 1992 el Premio Persona en la categoría de Niño del Año. Entre la consideración del premio y el premio mismo (una computadora nunca entregada) caben al mismo tiempo:

  1. a) lo bizarro: Franco así lo recuerda hoy, entre risas;
  2. b) la verdad: la osteogénesis imperfecta que padece hace de sus huesos los más frágiles del mundo, hecho que Franco resume en una frase: “Nada me resultó más fácil en la vida que fracturarme”.

El premio, entonces, es para Franco el de todos los días: un saludo en la radio, cogerse una chica, escribir un libro. Entre estos detalles y no tanto se va la primera parte del libro, entremezclando escenas eróticas con las propias de aquel inocente niño de 12 años que supo ganar el premio haciendo de cronista: Franco andaba y anotaba dónde no había bajada de cordón, dónde había pozos, roturas, en fin, dónde Salta se le hacía imposible de transitar con su silla de ruedas. Cuenta esto y vuelve a reírse como si no se hubiera dado cuenta antes: hacía de cronista.
Casualmente o no, hoy Franco es periodista y mantiene un programa en radio UBA los mediodías; es, además, licenciado en Ciencias Políticas y, desde agosto, escritor. Vuelve a mirar hacia atrás: “Entonces hacía como de cronista, aunque estaba muy incentivado a criticar al intendente, eso sí, y no me daba cuenta. Y ése es un hallazgo que encontré cuando escribí esa historia”. ¿Y de qué otras cosas te diste cuenta escribiendo? Franco: “Más que darme cuenta de otras cosas sobre mí, me di cuenta del beneficio de la creación, de crear una historia”. Y ahí cuenta la anécdota de Cucurto: cogetelá.
El suceso del Premio Persona parece más ficticio que la descripción de la voluptuosa Alfonsina y sus pechos grandes, tomando whisky un mediodía, ante los ojos atentos de un Franco (y del lector) pleno de hormonas. “Las escenas eróticas del libro podrían ser las de cualquiera, y por eso decidí ponerlas”, arranca Franco. “Es una parte imprescindible de cualquier literatura, y más de la literatura de este tiempo. Pero me parecía que además de ponerle un poco más de picante a la historia, completaba la vida del personaje”. Franco parece mirar su respuesta, la piensa, y enseguida, casi que corrige toda esa larga explicación: “A mí me gusta leer literatura donde los personajes de los libros cogen”.
Caerse y levantarse
Dicen que uno escribe lo que gustaría de leer. Así, el Franco lector se fue puliendo al ritmo de Fogwill, Borges y Rodolfo Walsh. Su formación académica fue destilando en un estilo directo, libre, coloquial y amigo del castellano: su fuerte es la crónica; su lugar, la primera persona. El proceso fue, sin embargo, lento e incómodo, como cuando se caía y fracturaba en plena cita con una amiga: “Siempre pensé que lo primero que iba a escribir iba a tener un aspecto autobiográfico, porque era una historia interesante para dar a conocer, pero no sabía cómo contarla”.
Hasta hace dos años, confiesa, no sabía que iba a escribir un libro, o mejor, que lo que estaba escribiendo decantaría en libro. Las experiencias sexuales –reales y de las otras– le sirvieron para soltarse y leerse y gustarse. Se preguntó luego cuándo empezaba su vida: en el momento de la entrega del Niño del Año. Desde allí iba a contarla (y a titularla) a pesar de remontarse años antes, a sus primeros, cuando salió del vientre de su madre llorando por días enteros: los médicos se dieron cuenta tarde de que sufría dos fracturas producto del parto. No cambió mucho la nueva droga experimental traída de no sé donde para fortalecer sus huesos; eso cuenta en la segunda parte, entre visitas a 25 médicos y nueve operaciones. “El número es irrelevante, lo puse simplemente para que cuando vos lo leas no te molestes en pensar cuánto fue mucho”.
La amistad entre Franco y las palabras, empezó naturalmente: “No tenía la posibilidad de divertirme tanto con la actividad física, pero no tengo la certeza de que de haber tenido la normalidad física capaz seguía otro camino”.
Poco a poco, pero rápido, fue construyendo el mensaje que lo identificaba y que vomitó primero en aquel programa radial salteño: “Lo que hice fue tratar de visibilizar que una persona con discapacidad tiene una capacidad disminuida, pero no una incapacidad total. Ahora, la discapacidad es un tema en todos lados. Pero es un tema en el sentido de que es un problema. Cuando la sociedad entre en un proceso irremediable de adaptación –de entender, aceptar e incluir a las personas con discapacidades– , dejará de serlo”.
El Franco del libro se mueve unas veces cómodo, otras va bien, pero ¡zas! se cae y fractura y al hospital de nuevo, acompañado por la familia, una amiga, una novia, una mirada. Franco va siempre acompañado, mejor o peor: “Los momentos en los que me permito cierta ironía o incluso humor son cuando puedo dar cuenta de cómo los otros se relacionaban conmigo. Siempre, en todas las notas, en los trabajos, en la radio, hasta en el día de la entrega del Premio Persona sentí que otros me contaban a mí… que yo era narrado. No como venganza, pero sí para completar esa escena, el libro intenta contar cómo son ustedes”.
La propia biografía de Franco va en este envase literariamente moldeado y minado de guiños para quien se interese en buscarlos: el Florida Garden como homenaje a Fogwill, dice, cierta concordancia de nombres con alguna serie televisiva… Y no develaremos más. Queda para el lector hacer el propio esfuerzo de andar la novela y anotar dónde están los pozos, las veredas rotas, las bajadas de cordón.
 

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Loncopué, Neuquén: Elecciones de vida

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Loncopué quiere votar “No a la minería”. A 300 kilómetros de la capital de Neuquén, los vecinos se organizaron para resistir el desembarco de un proyecto minero chino. Comenzó con una maestra, un cura y un abogado y terminó reuniendo en asamblea a políticos oficialistas y opositores, estancieros y sindicalistas.

Texto: Sergio Ciancaglini
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Oración de la Virgen Barbie

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Ya no quiero ser la Virgen Barbie.
Ya no quiero ser la patrona del racismo
ni la protectora del capitalismo.
No quiero ser la Virgen Barbie.
No quiero enseñar a las niñas
a odiar sus cuerpos morenos.
No quiero ser nido
de prejuicio, insultos y complejos.
No quiero ser la Virgen administradora
y santificadora de privilegios.
 
No quiero hacer milagrosos matrimonios
ni encontrar príncipes azules
tiranos, celosos y violentos
para mujeres ilusionadas,
ingenuas y equivocadas.
No quiero ser perfecta, ni virtuosa
No quiero ser modelo de belleza,
No quiero mirar la vida
desde arriba de un altar.
No quiero juzgar a nadie
ni tampoco tener el derecho de perdonar.
 
No quiero ser yo.
Quiero ser otra distinta.
Alegre, amiga, defectuosa,
imperfecta y amante…
pisar con mis pies el piso,
pasear por la ciudad,
bailar en las calles.
 
Que detrás de mí
el capitalismo se derrumbe
y pierda hasta los dioses
y las vírgenes que lo sustentan.
Que detrás de mí
se desmorone el racismo
y el color blanco que lo sustenta.
Que los úteros de las mujeres blancas
puedan parir hijas morenas.
Que las morenas tengan hijos rubios.
Y que el amor y el placer nos mezcle
y nos mezcle y nos mezcle.
Hasta diluir todas las estirpes de nobles,
de patrones y de dueños del mundo.
 
No quiero ser la madre de dios,
de ese dios blanco civilizado y conquistador.
Que dios se quede huérfano
sin madre ni virgen.
Que se queden vacíos los altares
Y los púlpitos.
Yo dejo este altar mío.
Los abandono por decisión libre.
Me voy, lo dejo vacío.
Quiero vivir, sanarme de todo racismo,
de toda condena, de toda dominación.
Quiero sanarme yo misma
y ser una mujer simple.
Ser como la música que solo sirve
para alegrar los corazones.
He descubierto que para ser feliz
solo hay que renunciar a tus privilegios,
a tus virtudes y perfecciones.
 
Proclamo la inutilidad de los privilegios.
La tristeza de los altares.
La muerte del capitalismo.
 
 
 

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Flor de jardín

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Mi mamá trabaja, la guardería de Mujeres Creando. Una escuela feminista que enseña a no confundir regalos con afecto ni cariño con violencia. Abierto de 7 a 23, para madres que trabajan, estudian o se divierten.
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