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Mu58

La esquina insegura

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Crónicas del más acá.

¿Usted puede ir a la reunión de la esquina? La voz de mi vecina me sorprendió justo cuado entraba a casa. ¿¡A dónde!?, pensé. Un retorno a la infancia, intercambio de figuritas, mirar correr el agua de los cordones, pelar la cáscara de la corteza de un plátano o simplemente no hacer nada: eso era la esquina para mí.
Un pelotudo el tipo.
La vecina me despabiló y fui prolijamente informado acerca de una reunión del Comité de Seguridad Municipal porque, según la versión de mi vecina, Lomas de Zamora era una orgía de delitos, muerte, crimen y sangre chorreando por las paredes, todo lo cual es sintetizado maravillosamente con el blumbergriano término de “inseguridad”.
Hasta ese momento vivía tranquilo, pero comencé a percibir una mirada siniestra en la viejita del 535 de mi calle. Dije que sí, por supuesto, cómo no, mientras en mi interior pensaba: ni mamado. Suelo hacer esas cosas: decir que sí cuando estoy pensando que no.
Así me va.
Esta vez tuve mi castigo: mi curiosidad y mi condición de mamerto irrecuperable me empujaron dos horas después a la esquina de mi barrio.
Mi barrio es un barrio de casas y chalecitos coquetos que conviven con alguno que otro desvencijado. Es decir, es un ícono del extraordinario mito que habla de la existencia de la clase media, pocas calles empedradas, veredas amplias y arboladas, cerquita de la monstruosa Avenida Hipólito Yrigoyen, una de nuestras conexiones con la Babilonia porteña. La mentada esquina de la reunión está coronada por un enorme colegio religioso que garantiza protección parapolicial divina, cuya guardia de corps está formada por un grupo de monjas prontas a reunirse con el arpa.
Dos horas después de ser invitado, estaba paradito en la esquina junto a 5 señoras cuya edad era una metáfora o una ironía; un gordo inmenso, muy alto, siempre cordial y siempre con una semisonrisa que no sé si es un tic o algo peor; dos veteranísimos sacados de una postal de cancha de bochas y el que suscribe, casi un adolescente con 55 pirulos encima. ¿Vamos viendo el panorama de edades convocadas, no? En total, nueve combatientes por la Voluntad General de Rousseau.
Las monjitas no vinieron. Dios tampoco.
Llegó una camioneta municipal, llena de luces que deben ser muy útiles porque están encendidas todo el tiempo, japonesa, 4 x 4 (¿en la ciudad?) inevitablemente enorme, flamante (no haré comentarios acerca de a donde se va la guita del pago de impuestos), de la cual bajó un señor delgado, morochazo, amable, que nunca dejó de fumar y comenzó la reunión explicando que el barrio iba a estar protegido por ciertos dispositivos (dijo así), pero quería hablar con los vecinos (o sea, nosotros) para que le dijeran qué hacer.
¿Democracia directa en el conurbano bonaerense? ¿Volvemos al estado asambleario? En realidad me pareció que ya lo tenía decidido.
Está lleno de pibes fumando, dijo sin mayores precisiones una de las señoras, posiblemente influida por la campaña de Libre de Humo
La otra tarde…, arrancó otra de las damas que no se privó de dar ningún detalle de la vida ajena hasta que, al fin, fue al grano del día: le habían afanado la billetera cuando iba a hacer los mandados.
El gordo no decía nada y sonreía.
Yo miraba temiendo lo peor.
Y ocurrió. Uno de los veteranos dijo que el problema es que la plata se gastaba “en la Bonafini”.
El fascistómetro empezó a crujir.
Que los pibes son todos vagos, que hay que matarlos a todos, que salen por una puerta y entran por la otra (o al revés)… Afirmaciones tajantes, despojadas de la angustia de Kierkegaard y de la duda cartesiana, afirmaciones que hubiesen incendiado el INADI y sus alrededores, de un rico perfil conservador reaccionario a la carta.
Comencé a evaluar, como tantas veces, un asesinato múltiple. Total, un delito más no se iba a notar. El Gordo, muzzarella y semisonriente.
El fascistómetro había estallado.
El delegado retomó el timón del navío discursivo, definitivamente extraviado, y dijo que estaba por llegar el oficial Navarro, el encargado de la seguridad en la zona. Y empezó a contar (casi a recitar una oda) acerca de la valentía y las acciones decididas del oficial Navarro, una suerte de paladín contra el delito.
En mis fantasías saturadas de Cinecanal y Sábados de Súper Acción me empecé a imaginar al susodicho.
Me equivoqué, por supuesto.
Navarro apareció montado sobre una oxidada motocicleta. Una suerte de corcel mecánico, pero con el linaje de un burro y en un estado cercano al colapso.
Desmontó de su cachivache y saludó cordialmente. No más de 1,65, delgado, chueco hasta el aplauso, correntino según su declaración jurada y con una mirada planetaria: un ojo de mirada frontal y otro distraído hacia el Este. Una suerte de cruzado con estética sudaca y la posibilidad de una puntería inquietante.
Mientras todos saludábamos a Navarro (tal vez valeroso y buena persona), en otro cacharro llegaba el infaltable Gordo de la Bonaerense. Otro ¿oficial?, con un ligero sobrepeso de unos 50 kilogramos, era, según se nos informa, algo así como la mano derecha de nuestro Cid Campeador. Ellos iban a organizar ejecutivamente la cosa.
Ajá. Hacía frío.
La corte de distinguidos ciudadanos que me rodeaba asentía con la cabeza ante las generalidades del delegado municipal, en medio de un silencio velatorial. A sus espaldas el conductor de la gigantesca camioneta dormía con dedicación estatal, ajeno a las horribles amenazas que nos acechaban y a la épica popular que se construía allí para enfrentarlas.
Con esa actitud, no vamos a ninguna parte.
Uno de los vetustos sacados de la cancha de bochas reemprendió la arenga contra Las Madres (que parecían ser muy culpables, se ve que leo poco), pero sólo lo escuchaba su socio. Y no parecía demasiado atento. ¿Desacuerdo político o sordera?
Con la discreción de los antiguos punguistas, me fui retirando del ágora esquinero. Cuando entraba a mi casa nuevamente la voz de mi vecina: ¿Y? ¿Cómo fue?
Mi primer pensamiento fue del tipo “por qué no fuiste vos la repu…”, pero sigo siendo un caballero así que contesté:
-Quédese tranquila que ya está organizada la seguridad en el barrio.
La venganza es un plato que se come frío…

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