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Mu59

Por una cabeza

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La mochila de los prejuicios pesa. Siempre. En ocasiones el tonelaje tiene que ver con las consecuencias morales. En otras, con la mirada oblicua, con el estrabismo analítico de eso inasible llamado Realidad.

Viaje. Un sábado a la tarde, lleno de luz y calorcito (así, con diminutivo jardineril) hice el siguiente recorrido: colectivo, tren, subte, tren y taxi. A la vuelta igual. Cinco horas de viaje (una vuelta por Mar del Plata). Venime a decir que África queda cerca y te bajo los dientes.
Muchas veces he criticado al ferrocarril Roca y ha llegado la hora del desagravio, del ajuste de cuentas con la Justicia Transporteril. Apenas un poco de mugre consistente; vagones pintarrajeados por afuera con una delicadeza artística algo cuestionable que hace que las ventanillas queden tapadas, lo que lo convierte en un simpático nicho sobre ruedas; algún guarda apuñalado; algún retraso sin aviso. Poca cosa.
Es cierto que la estabilidad de la formación (que va a medio kilómetro por hora) parece depender de la voluntad de alguna divinidad borracha. Es cierto que el concierto de crujidos escalofriantes (y soy un curtido viajero ferroviario) y alaridos del hierro preludian el fin del calendario maya. Es cierto que recordé al reportero imbécil que después de la masacre de Once le preguntó a un pasajero si había escuchado algún ruido raro en el Tren. Hay vida afuera del auto, marmota.
Pero subir al Mitre, ramal Retiro–Tigre es otra cosa.
Retiro, puro hierro y cabreadas anonadantes, corazón de la bestia, se abre con un abrazo hipócrita y teatrero. Sobre una orilla amenaza desbordarse la Villa 31 . Sobre la otra, la indiferencia vigilante de Libertador y sus torres vanas. Después tendrá verde aristocrático, edificios de College o School, nunca escuela. No es un viaje a Luxemburgo, pero tampoco a Glew.
Personajes. En el Roca el desfile de vendedores es interminable e invencible. Pero la más horrible subespecie es la que anda con un radio reproductor y unos parlantes a cuestas, ofreciendo lo peor (¿o era lo mejor?) de una música que es responsable del crimen de Santa Cecilia. Merecen cruzar la Laguna Estigia pero con una moneda en el culo y Caronte haciéndolos escuchar el Requiem de Bach. Se quedan larguísimos minutos pasando a un volumen torturante sus productos (a los que han agregado últimamente DVDs de pésimos contadores de chistes) por lo que es imposible: a) dormir; b) conversar; c) hablar por teléfono; d) leer (salvo en los casos de psicosis controlada); e) pensar; f) escuchar otra música.
Una vez más, abrir fuego es la opción adecuada.
En el bamboleante, crujiente y concheto (venido a menos) Mitre hay otros ritmos. Dos pibes con un bongó y una guitarra eléctrica, un pequeño equipo de audio… ¡con micrófono! Y la interpretación en bossa, a medio volumen, afinada, de El Día que me Quieras y Amándote (Jaime Ross). Una pasada discreta tirando la manga y a otra cosa. No hay nada que hacer: los negros del Sur no aprendemos de la Gente Bien diría mi abuela, la fascista.
Tal paraíso de todas maneras se ve invadido por un trío de señores que han tenido una ingesta de alcohol dionisíaca y que, a los gritos, hacen reflexiones sexuales acerca de eventos que recientemente los habían tenido como protagonistas (o, al menos, lo imaginaban). No escatiman detalles, sobreabundados con deliciosas interjecciones, algún eructo y un demoledor uso del boludo como prefijo, sufijo y plazo fijo. Una mancha de petróleo en la blancura oceánica. Una señora con un enorme perro negro de pañuelo al cuello baja escandalizada, posiblemente preocupada por la educación del melenudo cuadrúpedo.
Destino. En mi vida había pisado un hipódromo. De pibe escuchaba por radio, en medio de los programas deportivos, un micro a toda velocidad con los resultados de las carreras, que para mi oído infantil, era una jerga paquistaní. Después, ya grandecito, lo asocié con una ¿actividad? de ricos, de ellos.
San Isidro es un predio inmenso, arbolado en su periferia, recostado sobre un barrio en el que no podré ni querré vivir nunca. Es un hipódromo que es solo eso, sin maquinitas tragamonedas o calesita para los nenes. Hipódromo nomás. Entrada a 5 pesos para la tribuna oficial (la más cara). La popular vale 2. La apuesta mínima, 2.
Caramba con mis prejuicios.
Adentro, una construcción antigua, amplia, negligentemente cuidada, salvo algunos jardines muy bonitos, sin lujos, más bien severa como las heladeras Siam con manija o la cara de la senadora Estenssoro. Tribunas techadas, confiterías, vendedores de café y garrapiñada. A esta hora (casi las 15) poca gente, mayoría indiscutible de veteranos, segmento masculino. Se conversa en la antigua jerga paquistaní de mi infancia, se viste de manera sobria y sencilla. Niños correteando, alguna madre tras los prófugos, un parque al costado de la pista con césped verde inglés y bancos de plaza al sol. Nos acercamos con mi compañera a un pelado para preguntarle un par de cosas de las carreras. El fulano, un clásico de “la cátedra”: lapicera en mano, con la revista de los datos, estudiando el asunto. Cordial, nos cuenta sin petulancia que es dueño de caballos, que va a San Isidro desde los 17 años (tenía 60 seguro) y le pasa a mi compañera un dato. En la Tercera, el Uno. Que pruebe que los nuevos y neófitos tienen suerte. La petisa traduce rápido el paquistaní y sale disparada a la ventanilla, apuesta y por supuesto pierde, pero por muy poquito. El Uno salió segundo a medio cuerpo. Mierda.
Las carreras se largan desde un punto muy lejano. Podrían venir en moto que no me entero. A unos 200 metros de los competidores los sigue una ambulancia, lo cual está bien pero… es como si la casa velatoria te siguiera mientras escalás una montaña. Un poquito cuervo el asunto.
El clima es muy tranquilo hasta los últimos 100 metros (realmente electrizantes) de cada carrera donde se grita a lo barra brava y la tribuna explota al mejor estilo futbolero. Puteadas, festejos en una ráfaga que se calma en segundos. Caballitos bellos, nerviosos, musculosos, arreglados como para ir a un casamiento y jockeys que parecen chicos de quinto grado por su tamaño y señales de tránsito por el color de su vestimenta.
Natalia se aburrió en seguida. Yo tardé unos 5 minutos más. No había oligarquía evidente a la que prenderle fuego; no había lujos y costos obscenos sobre los que pudiera volcar mi ira setentista; no había minas garcas para atacarlas a la garganta por motivos sexuales o políticos. Aunque seguro que había pero me jodieron: no las vi.
Sí vi a un joven papá jugando con su nene con una pelota. El papá tenía puesta una camiseta de fútbol de un rojo furioso con la sigla de la URSS en el pecho y la hoz y el martillo junto a su corazón.
Sí vi al pelado asesor-propietario de caballos en la estación del ferrocarril cuando veníamos de regreso, esperando el mismo tren.
¿La oligarquía muta?¿Es otra?¿Me están jodiendo?
Mejor tiro la mochila. No vaya a ser que mirando al sur, me empomen por el norte.

Mu59

La mala vida

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