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Reciclar la vida

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Waldemar Cubilla es casi sociólogo, estuvo preso y en la cárcel aprendió a estudiar y a crear. En su barrio, la villa La Carcova, construye una biblioteca popular para que los chicos compartan sueños y lecturas. Mejor promedio de su carrera en la Universidad de San Martín, trabaja pensando en que los observados por la sociología puedan convertirse en observadores.

¿Quién es El Otro?
Tanto el sindicato de filósofos como el de las ciencias sociales han debatido el tema, aunque no siempre tuvieron la gentileza de aclararnos sus conclusiones a Los Otros. Para los europeos El Otro es el no europeo, de ser posible sudaca y mejor aún africano. Para los norteamericanos depende de la temporada: árabes en otoño, vietnamitas en los 60, comunistas en liquidación, hay ofertas de afganos, colombianos, iraquíes o mexicanos para toda estación. Durante buena parte de la historia (incluyendo la autodenominada Modernidad), la Mujer fue algo así como La Otra, ubicada debajo o detrás de El Hombre.
Para Borges El Otro era él mismo más joven, en un sueño, aunque tal vez ese joven era quien lo soñaba a él.
En Argentina El Otro puede ser, por ejemplo, Waldemar Cubilla. Lo conocí en la cárcel, donde fue hospedado durante 9 de sus 30 años de vida, la última vez por robo a mano armada. Ahora estamos en la villa La Cárcova, construida sobre los basurales de José León Suárez, y distinguida por Canal 13 como “la villa más temible del conurbano bonaerense”, según un autodenominado “informe” que compite con los mejores momentos de Peter Capusotto y sus videos.
Waldemar enumera quién es El Otro: “Negro, transa, villero, trapito, puto, chorro, preso, zurdo, rastrero, inmigrante, delincuente, boliviano, bolsero, drogadicto. Lo que te imagines. Todo lo malo lo tiene el otro”.

¿Qué es una biblioteca?

Waldemar empezó a estudiar Sociología en la cárcel. Salió en noviembre de 2011. Volvió a la villa en la que nació, que los vecinos llaman Carcova y no Cárcova (el apellido del pintor de un clásico de todos los tiempos: Sin pan y sin trabajo). Se reunió con su compañera Gisela y su hijo Eros, 3 años, rulos negros, cachetes HD.
El 22 de enero de 2012, tras una serie de recorridas y charlas con los vecinos alrededor de la canchita del barrio, Waldemar se puso a construir un rancho de unos 3 metros por 2, junto a su amigo Mosquito, quien venía de varias temporadas de prisión por sus iniciativas en la piratería del asfalto y las salideras bancarias. Cada vez más flaco, Mosquito.
Waldemar construía el rancho buscando maderas, aglomerados, chapas, alfombras viejas. “Lo que hace vivir al barrio: la basura”, dice. Lo empezaron a rodear los chicos de la villa.
-Negro, ¿qué estás haciendo?
-Una biblioteca.
-¿Qué es una biblioteca?
-Un lugar donde hay libros.
Los chicos reían y corrían a contarles a sus mayores. “Los chabones adultos medio que tampoco sabían qué es una biblioteca” (como ocurre, en esencia, con la mayoría chabona que vive en urbes, countries & afines). Waldemar: “Muchos creían que quería instalarme a vivir ahí. Pero yo ya había hablado con los vecinos y con Carlos, que tiene hace nueve años el santuario del Gauchito Gil y San La Muerte. Me puse al lado suyo para hacer la Biblio. Nuestro proyecto era alfabetizar adultos, como hacíamos en la cárcel con muchos de los cumpas. Pero estábamos todo el tiempo rodeado por los pibitos: El Pelado, Héctor, Kevin. Nos miramos con Mosquito y dijimos: laburemos con los chicos”.
Otra decisión compleja; dónde poner la puerta. Podían hacerla del lado de la calle de tierra, o del lado opuesto, hacia ese corazón del barrio que es la canchita “La hicimos mirando a la cancha, mirando al barrio. Vinieron de un diario y sacaron una foto desde la calle. Ni siquiera entendieron que la puerta estaba del otro lado. No ven nada”.

Violines & mechas

Los ex convictos y estudiantes de Sociología buscando en los basurales de José León Suárez los materiales para construir una biblioteca en la villa: podría tratarse de una gesta estrambótica, o de un bello ejemplo de promoción social con violines de fondo en el noticiero del mediodía.
Pero no.
“Nosotros elegimos estudiar Sociología sabiendo que nació como una herramienta de dominación, una disciplina de las élites en Europa para entender a los negros que empezaban a gritar, para aprender a manejarlos, a controlarlos. Lo mismo que Antropología. ¿Pero qué pasa si un pibe se forma en la Sociología desde el otro lado, desde el lugar del observado que observa al observador? ¿Por qué no estudiar Sociología desde los márgenes? Nosotros lo que queremos es hacer de la realidad algo distinto”.
Otro detalle: nada de lo que plantea Waldemar sobre su tarea en el barrio está teñido por palabras como “solidaridad”, “abnegación” y otras igualmente cristianas. Todo surge del interés y el entusiasmo por hacer algo: “No puedo quedarme quieto. No me voy a instalar delante de un televisor, o ir solamente a trabajar. Eso me hace sentir muy vacío. Lo que quiero es estar acá en la cancha, y hacer cosas, encender mechas”. La cancha es el mundo y es la vida, donde siempre se juega un partido tenso con la muerte.

Desaparecido en la basura

En José León Suárez el paisaje es de basurales históricos. Siempre puede leerse a Rodolfo Walsh y su Operación Masacre sobre los fusilamientos de peronistas en 1956. Actualmente el CEAMSE deposita 17.000 toneladas diarias de basura porteña y bonaerense que forman cordilleras de unos 18 metros de altura.
Todos los días, unas 1.000 personas son autorizadas a correr hasta allí para cirujear y salir a vender lo que se encuentre. En marzo de 2004 un chico de 15 años, Diego Duarte, andaba por allí con su hermano, fuera de horario. La policía lo detectó. El chico se escondió entre la basura. Como no podían llegar hasta donde estaba, ordenaron que una topadora volcase basura sobre el lugar donde se había ocultado. Así, sumergido en la basura, Diego se convirtió en otro desaparecido en democracia: nunca pudieron encontrar su cuerpo.

Teoría de la flor de loto

Para Waldemar no fue difícil leer a Foucault: “Yo leía Vigilar y Castigar adentro de la cárcel, loco. Habla del panóptico (las torres de vigilancia) y yo lo tenía ahí adelante: las prácticas de dominación sobre nuestros cuerpos”. Mosquito sostenía que los desaparecidos actuales son los presos. Por eso el Centro Universitario San Martín (CUSAM), creado por la Universidad de San Martín, bautizó su centro de estudiantes Azucena Villaflor, por la fundadora de Madres de Plaza de Mayo.
Cuando todavía estaba en la cárcel, en 2009, Mosquito había explicado a MU su propuesta académica: “Antes que estudiar Derecho y ser abogado, prefiero seguir siendo chorro: los abogados roban almas. Se puede construir de otro modo. Siempre pienso esto que hacemos como la flor de loto, que es capaz de crecer del barro y de la basura”.
Mosquito tenía HIV. Salió de la cárcel en 2011, fue uno de los fundadores de la Biblio en 2012 y se convirtió en asador oficial del grupo. “No sé qué miércoles hacía, de qué vivía, iba y venía”, dice Waldemar. Mosquito pudo ver la flor de loto que ayudó a cultivar, pero murió en abril de 2012: “Atragantado por el catarro”, explica Waldemar. Uno de los chicos escucha de quién hablamos, y dice: “Aguante Mosquito”.

Un cuento

Ahora forman parte del grupo de chicos –todos entre 7 y 10 años– Héctor, Mati, Andrés, Kevin, Jaqui, Dilan, Joaquín, tres Dani, dos Braian, Naiara, Sheila, Sofía, Milagros, Mica y El Pelado, que es uno de los cuenteros: participa del taller de la Biblio cuyo cuentero mayor es José Luis Gallego. Mientras Waldemar atiende a una vecina, y los chicos dibujan con lápices viejos de colores, relata El Pelado:
“Había una vez un hombre que tenía una gallina. Tenía varias. Pero a ésta la maltrataba. Entonces la tiró, y la agarró un vecino que la trataba bien. Y después la agarró de nuevo el primero, y después el otro. Al final la gallina puso un huevo de oro con el que la trataba bien. Pero como los vecinos se peleaban todo el tiempo, vino la policía, se llevó la gallina y el huevo de oro. El cuento lo hice porque hay que aprender a compartir. Si no, vienen los de afuera y nos comen fritos”.

2020 tumbero

Waldemar mira a su barrio: “Donde no hay más nada, estamos nosotros. Donde termina el asfalto, el tren, el agua, el gas, ahí empieza nuestro territorio. La basura. La villa se formó arriba de la basura”.
Le pregunto cómo empezó todo. “Yo de chico trabajaba con mi viejo que era chapista. La bronca era que el único día libre que tenías era el domingo, íbamos al centro de San Martín, y estaba todo cerrado. Después no sé, yo tenía 8 años en el 90. En el 95 salí a la cancha, como decimos nosotros, pistola en mano, a ver qué pasaba del otro lado de la avenida Márquez, del otro lado de la Panamericana o de la General Paz. Íbamos allá también por un código: no hacer eso acá”.
¿Es el tema de la necesidad, del hambre? “También es un hecho cultural. Un pibe crece en la villa y parece que es hombre sólo si es chorro. Las pibas quieren andar con el chorro. Te chocás con alguien cuando vas a bailar a Rescate o a Tropitango, y en seguida te dice: ‘Ojo que ando robando’, como para que lo respetes. Entonces con la política de mandarnos a los negros al fondo de la ciudad, se terminó armando una identidad cultural. ¿No viste que podés mensajear al ‘2020 Tumberos’ para que te enseñen cómo hablan los chorros? El pibe crece con otros valores, distintos al tipo del asfalto. Lo que es bueno y es malo depende de esos valores”.
Waldemar ríe: “Yo pude entrar a trabajar a la Secretaría de Extensión Universitaria de la Universidad de San Martín, pero venís de la villa, vas al baño a la UNSAM, y te querés quedar a vivir ahí. Corremos los mingitorios, ponemos la cama y nos quedamos. Se te hace un quilombo en el bocho”.

Prisión perpetua

¿Qué significó la cárcel?
Es re loco que lo diga, pero fue importante para mí. Siempre me gustó leer, estudiar. Pude hacerlo por estar preso. Y al estudiar se te abren ideas y conceptos. Por ejemplo, la diferencia entre ser y estar. Uno dice: soy un preso. Pero después entendés: no somos, sino que estamos presos. Había compañeros con prisión perpetua: un día pensé que la prisión perpetua puede depender de donde uno nazca. Lo veo acá en la villa: un pibito de 4 a 14 años parece que tiene el camino marcado. La carencia, criarte arriba de la basura, el patrullero en la esquina, la madre cirujeando.
¿Pero hay posibilidad de revertir eso?
Sí. A través del arte, la educación, la expresión, la creación. Es la única manera de conocerse a uno mismo. Si no, voy a seguir siendo el negro villero, transa, chorro. Lo que ves aquí es que los pibes vienen, leen, juegan, y empiezan a sentir que hay otras formas de pensar, y otros valores. No van a quedar caratulados para siempre.
Nuevamente, la diferencia entre ser y estar.

Breve historia

El CUSAM nació del contacto de obreros de fábricas sin patrón, como Ernesto Lalo Paret, de la Cooperativa Unidos por el Calzado, la ex Gatic, con el rector de la Universidad de San Martín, Carlos Ruta.
Para Lalo la frontera entre el lado de adentro y el de afuera de la cárcel es porosa. “Adentro podía estar tu primo, tu papá, tu hijo”. La iniciativa fue la de generar fuentes de trabajo en la cárcel que canalizaran parte de la producción de la Cooperativa, junto a un proyecto para reciclar envases plásticos. Los contactos favorecieron la creación de la biblioteca Juan Gelman, en la Unidad 48. Las lecturas y talleres derivaron en Ondas de Hiroshima, libro que reúne los poemas de varios procesados. Terminó creándose el CUSAM en el que no sólo cursan los presos, sino también los guardiacárceles. Waldemar: “De golpe sos compañero de estudios del tipo que te vigila. Eso va cambiando el modo de convivir dentro de la cárcel”.
De ese espacio nació también el grupo de teatro Revolucionarte. Waldemar dirigió a dos de sus compañeros (José Castiglione y Ángel Iñíguez) en la obra El Acompañamiento, de Carlos Gorostiza, que se presentó en la propia Universidad. Y se creó luego el grupo musical Rompiendo Sistemas cuyo nombre mutó a Rimas de Alto Calibre, que este año presentó su primer disco en el Hotel Bauen.
Lo más importante para Waldemar fue otra cosa: “Nosotros estudiábamos Sociología, pero había muchos cumpas que ni sabían leer y escribir. Recibían papeles de sus causas y no entendían lo que decía. Ahí fue que nos pusimos a hacer alfabetización con ellos. Era un modo de hacer algo útil. Un día, ya afuera, me encontré con uno de los pibes que también había salido. Me iba a agendar en su celular y me dice ‘No, escribir Waldemar es muy difícil, tanto no aprendí’, pero lo que yo veía era el agradecimiento del chabón. Ahí me di cuenta de que valía la pena. Para mi alfabetizar es hacer sociología en serio”.
Mosquito y su teoría de la flor de loto.

Cámaras y seguridad

Los ojos de cada persona son órganos de transmisión de un ejercicio complicado: cómo se miran las cosas. Sostiene Waldemar: “Prendo el televisor. Donde el cronista ve un trapito peligroso, yo veo un pibe sin trabajo. Donde ven robo, uno ve una alternativa, una salida. O exclusión y marginalidad. Y donde ven inseguridad… para mí no hay lugar más seguro que la villa”.
Waldemar se pregunta si no es inseguridad que un chico esté pidiendo en el tren, o que otro muera enterrado en la basura. “¿Ves? Para eso me sirvió la Sociología. Para leer de otra manera lo cotidiano. Acá vinieron funcionarios del municipio. Juntaban a la gente, a los pibes. Y rifaban pelotas. Había 100 pibes, daban 10 pelotas. Yo veo al funcionario y digo: ¿qué hace este pelotudo? Está alimentando una relación de dominación. ¿Cómo rompo con eso? Con la Biblio, que nunca se me hubiera ocurrido sin hacer ese estudio. No hubiese podido ver eso de que ningún pibe nace para chorro o ninguna piba nace para puta”.

Ojota

Waldemar ya ha tenido oportunidad de participar en foros sobre seguridad, en la propia Universidad: “Voy a reuniones con funcionarios de la provincia o del municipio. Y hablan de nosotros, los villeros, los negros, desde afuera de nosotros. Por eso meten a la Gendarmería, cuando ven que la Policía Bonaerense ya no sirve para nada. El concepto es sitiar a las villas con la Gendarmería. Y la otra era que hablaban de poner más patrulleros y más cámaras apuntando a las villas. Y yo les decía: ‘¿Les parece que la seguridad pasa por ahí?’ Porque cualquiera sabe que el primer allanamiento que hay que hacer es en las comisarías. Pero el chabón del municipio me dice: ’vos no podés decir que no es necesario que haya más patrulleros y seguridad’. Le expliqué que hablamos de otra cosa. Esto que hacemos con la Biblioteca es seguridad. Si los pibes tienen otra posibilidad de acceso a espacios, el objetivo es que aunque sea uno de los chicos no caiga en cana. Y si uno de estos pibes no cae en cana, es un hecho de inseguridad menos”. Lo dice alguien que sí cayó.
A 20 metros, nos miran los gendarmes. “Es medio jodido. Uno no sabe para qué están. Se supone que cuidan el camión del Ministerio de Salud, que por lo menos acerca algunos médicos. Pero no sé. Hay una cosa de controlarte. En general el problema con el Estado es que muchas veces te viene con soluciones impuestas. No te pregunta. Vos tenés frío y te trae una ojota”.

La fórmula

Nena es tía de Waldemar, manzanera, y una de las promotoras de la merienda en la Biblio, con leche chocolatada que se calienta en una olla renegrida sobre un fogón de ramas y hojas: “Si los chicos vienen, no están en la calle. Usted ve. Juegan, leen, estudian. Otra vida”.
Waldemar: “Es un lugar alternativo a la esquina. O complementario, no sé”. El argumento no es moral sino práctico: “Todos van contra el transa, pero nuestra realidad es otra, el transa es vecino mío y amigo de áquel, es parte de la comunidad, y al apuntarnos acá no solucionan nada. ¿Por qué no se concentran en la Capital y en los delivery de drogas? Eso ni lo tocan”.
Mati me trae un dibujo colorido de una casa. Gritan un gol en la canchita. Waldemar habla de otra cosa: “Lo que nosotros buscamos es que el pibe diga: hay faso, hay pastillas, hay merca, pero también está la posibilidad de estudiar y de orientar el futuro para otro lado. Después se verá qué rumbo elije cada uno. Pero mientras más espacio tenés, más libertad de elegir tenés”.
Para ponerlo en una fórmula:
Espacio Físico
+ Mental
+ Cardíaco
= Libertad de Elección.

¿Quién te define?

Todo muy lindo. Pero ¿es suficiente? ¿Puedo ejercer esa libertad de elección? (La paradoja del propio Waldemar, que pudo estudiar porque estuvo preso, pero tal vez no hubiera podido hacerlo en libertad, aunque hubiese tenido el deseo).
“Lo que estamos viendo es cómo hacer que los propios chicos pasen a ser formadores de otros chicos, pero con un reconocimiento oficial y académico que les permita también que sea una salida laboral, una fuente de ingresos. Si no, lo seguiremos haciendo todo en el barrio, pero te quedás en lo de siempre, haciendo las cosas entre nosotros mismos. Queremos romper también esa frontera”.
La sociología, entendida como lo hace Waldemar, es otro modo de romper fronteras: “Las discusiones sobre nosotros las dan los doctores. Entonces hay que tener voz en ese lugar donde están hablando y decidiendo sobre nuestra vida. Para que te escuchen parece que tenés que ser doctor. Bueno, nos van a escuchar. Porque hay una cosa del licenciado, del doctor, de creérsela, te doy mi ensayo, te elogio el tuyo: una paja mental”.
Según este razonamiento “ahí se legitima quién está en condiciones de hablar de los demás. En nuestro caso, la sociedad moderna lo hace a través de la religión primero, y la filosofía y la ciencia después. Me da vueltas hace mucho esa tensión entre la heteronominación (ser definido por los demás) y la autonominación. El otro te dice ‘sos subversivo’, y vos decís que no. Te dicen ‘sos puto, transa, zurdo’. La tensión entre el que te quiere catalogar y lo que vos decís. La validez del discurso la tiene la academia, pero yo la veo cada vez más lejos de lo real, encerrada en sí misma. Pero como tiene el discurso, nuestra voz tiene que ser siempre por un acto violento, un piquete, una marcha, una toma, un robo: es otro instrumento discursivo, amigo”.
Walde quiere aclarar algo: “Yo agradezco a la UNSAM estar laburando en un lugar que permite llevar adelante cosas como estas aunque todas las actividades de la Biblio las hacemos en tiempo voluntario”.

CONABIP o biblioteca

La Biblioteca La Cárcova viene piloteando una situación levemente paradójica con la Conabip (ente que regula las bibliotecas populares): “No cumplimos requisitos, no somos bibliotecarios, no tenemos los metros cuadrados, ni el piso de cemento. Pero somos una biblioteca popular”, dice Waldemar, como si hubiera que aclararlo. Acompañan el trabajo estudiantes de otras universidades, como Alexandra, Florencia, Daniela, Gallego, Paula, Facu, Sofía, Julián Mariana, Marcelo. Nena no estudia pero abre la Biblio cada día, y reparte buena leche, chocolatada.

Vidi y Eros

Waldemar es uno de los mejores promedios de la carrera, posibilidad por la que nadie hubiera apostado cuando le decían Vidi en el barrio: “El apodo era porque me la pasaba en los videos, re vicio”. Se nota que los chicos le tienen un gran respeto, cosas de la trayectoria, y mucho afecto. Waldemar juega con ellos, les pasa la mano por la cabeza, hay una cuestión de afecto explícito: “Con los pibes hay una relación de amistad medio mezclada con lo paterno. Aquí hay violencia, los pibes se agarran a piñas a full. Pero con la Biblio se va generando confianza. Y yo soy afectuoso con los pibes. Conozco a las familias. Y además abrazarnos, saludarnos, es la comunicación”.
Otro ejemplo: “Hay que levantar la basura y nadie quiere. Empiezo yo, y los pibes se prenden. No es un imperativo. Lo que decís lo acompañás con lo que hacés. No es lo mismo que te diga que sos mi amigo, que si vengo y te doy un abrazo”.
Llega corriendo Eros, con esa cara de tipo serio que ponen los señores de 3 años. “El nombre lo elegí yo, porque en la cárcel estaba leyendo El Banquete, de Platón, donde cuenta todo el debate sobre el amor, Eros, el impulso por la vida. Todo eso me despertó la idea de llamar así al nene”.
Dice que lo mejor que aprendió de la universidad es que hay otros modos de ganarse la vida. “Si en algún momento hubo gente que pudo agarrar fierros y salir a la cancha, ahora hay que ver el empuje que podemos tener a través del conocimiento. Para ver cómo se sale de que no te dejen pasar fronteras. Están haciendo un mundo de paredes electrificadas, como en La Cava al lado del country”.

Quiénes somos nosotros

Reaparece Mosquito en la charla, con esa inquietante parábola de haber muerto una vez en libertad. Le recuedo que Mosquito decía: Nosotros somos todos.
Waldemar: “Claro, porque lo que charlábamos era que hablar de ‘nosotros’ implica un ‘ellos’. Yo también lo puedo reproducir diciendo que aquellos son unos chetos de mierda. Pero decir que Nosotros somos todos primero, supera al yo, el creerte el centro de mundo. Y de ahí saltamos a que no había que diferenciar con un ‘ellos’, porque nosotros somos todos”. ¿Será así? En ese caso, saldríamos del laberinto de El Otro, para encontrar lo que es común a todos. Es difícil saber si semejante sueño es posible. Habrá que verlo en la cancha.
Waldemar ha sido y es muchas cosas. Alfabetizador, Vidi, director de teatro, preso por robo a mano armada, músico, bibliotecario de hecho, amigo, papá. Tal vez lo crucial en la actualidad sea su dedicación exclusiva a un extraño oficio insinuado por Italo Calvino en su libro Las ciudades invisibles, que consiste en “buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio”.
 

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