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Belleza y realidad

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José Celestino Campusano. Crónica de un viaje hasta el hombre que recibió el premio al mejor director por Fango, una película sin guión y con un gran protagonista: el territorio bonaerense.

Nunca fui a Mar del Plata y, como siempre, llego armado de mis prejuicios y mi ignorancia, que acaso son lo mismo, por eso de entrada presiento lo peor: Buenos Aires pero con playa, la muchedumbre insaciable, decadencia ochentosa, el reino de la farándula. Para qué seguir, si basta con un par de días para darse cuenta de que Mar del Plata es una ciudad sobria, amable, sin la artificialidad narco de Punta del Este ni la voracidad de Buenos Aires, con el vértigo urbano de toda metrópolis pero olor a pueblo, edificios que respiran gracias a esa ley que prohíbe determinados carteles publicitarios, calles todavía libres de cámaras de seguridad, gitanas con la destreza suficiente como para marear a un porteño desconfiado, como aquella que me dice que voy a tener mucha suerte –me saca veinte pesos–, que lo que vine a buscar se me va a dar –me da un llavero de plástico– y que tenga mucha fe, mientras la cumbia suena en la rambla, y recuerdo a esa señora marplatense que alguna vez me explicó, con esa naturalidad de quien cree estar diciendo una obviedad, que el principal problema de Mar del Plata es la llegada de toda esa gente del Gran Buenos Aires durante la temporada de verano.
Festivales
Pasa un helicóptero. Aterriza en el imponente Hotel Provincial que se convierte así en escenario de un acto presidencial. Apenas me acerco ya puedo ver las vallas cortando el paso, el unánime cordón policial, las calles colmadas por miles de personas, bombos y banderas, muchos chicos y chicas jóvenes, otros no tanto, el calor que exalta el fervor popular y a mí se me está haciendo tarde. Llega un puñado de personas que parece tener un comportamiento diferente al de los demás. Recién cuando me acerque lo suficiente me voy a dar cuenta de que es un grupo de gente mayor y bien vestida, que se zambulle en el mar de banderas, golpean cacerolas con entusiasmo orgásmico y esgrimen sin pudor unas pancartas diseñadas a mano que rezan frases como Ni Cuba ni Venezuela, Basta de inseguridad en mi país, Señora deje de insultar nuestra inteligencia, Basta de injusticia y sobervia (sic), y completan la performance con detalles memorables, como ese señor que lleva una “K” tachada con marcador en su reluciente pelada, o aquella señora rubia, de lentes negros y aros dorados –podría ser mi abuela–, con una bandera celeste y blanca enroscada al cuello, que se rasca y gime como un gorila –por suerte no es mi abuela– en respuesta a los cánticos que la mencionan como parte de esa especie también conocida como la del Gran Simio. Hay mucha expectativa, algunos insultos, intervención policial, picos de histeria, denuncias al viento de fraude electoral y dictadura, una ciudad empastada por ese pasquín inusual que ocurre a lo largo de cuatro o cinco cuadras.
Pero me tengo que ir.
Porque en realidad vine a otro espectáculo, el Festival de Cine Internacional, a encontrarme con José Celestino Campusano, el cacique metalero de las profundidades del conurbano sur, que en esta edición estrena su tercera película, Fango.
El bonaerense
Campusano primero va a dar una charla, por eso sube al escenario con su inexorable uniforme negro, tan negro como la melena negra y los ojos negros, empuña soberanamente el micrófono y comienza: “Vengo de la provincia de Buenos Aires. Es un lugar que tiene más tierra cultivable que toda Europa y posee el segundo conglomerado urbano más grande de Latinoamérica. Es un territorio sumamente rico y diverso por donde se lo mire, pero hoy en día no tiene representatividad artística. Necesitamos urgentemente buscar una identidad audiovisual”.
Campusano ya es una figura reconocida dentro del mundo del cine en general y del Festival de Mar del Plata en particular, pero en esta oportunidad viene con un objetivo diferente: presentar y difundir los proyectos de Clusters audiovisuales, junto a Miguel Ángel Rossi, representante del cluster audiovisual de Bariloche, y Pablo Almirón, responsable del de Corrientes-Chaco. Campusano explica: “El cluster es una figura administrativa muy fácil de instalar, que no tiene el peso burocrático de un sindicato o una cámara, y permite la interacción y cooperación entre distintos agentes del sector audiovisual para tener mayor visibilidad y representatividad. El problema es que la mayor cantidad de subsidios y beneficios está concentrada en unas pocas manos dentro de Capital Federal y los procesos burocráticos impiden que muchos realizadores puedan mostrar su obra. Los clusters convocan gente del sector de diseño, servicios, movilidad, directores: son sumamente heterogéneos e inclusivos. No sólo se trata de subsidios, sino de tener peso frente a la Ley y poder intercambiar insumos y equipos entre nosotros, y de ese modo complementarnos. Esto no lo hacemos como un alimento al ego, sino como una forma de allanarle el camino a las nuevas generaciones, y por correspondencia con la sociedad. Vos tenés que hacerte cargo de quién sos, y quién sos depende del fruto de tu visión. Nuestra visión nos lleva a creer que mejor que crecer por separado es crecer juntos”.
Militante visual
Continúa Campusano: “Yo soy militante del área social y ecológica del conurbano y me di cuenta que intervenir no es lo mismo que esperar a que otros te digan lo que está pasando. Además, hoy en día no hay excusa para no hacer. Las cámaras están en la calle y son de fácil acceso, las locaciones están, los contenidos inundan la calle. Si hay tantos contenidos, ¿Por qué el cine no los ve? Yo vivo en una zona donde cada persona es un manantial de contenidos ¿Qué es lo que obstaculiza la mirada? Tenemos que democratizar la mirada, porque si no, siempre estamos frente a un discurso monótono que no es para nada provechoso y nos deja fuera de lugar a nosotros, que no hemos tenido acceso a esos presupuestos tan holgados y a esa frecuencia de producción, por eso estamos en notable desventaja. Todo nuestro trabajo tiene que ver con diversificar la mirada”.
Termina la charla y nos juntamos en el bar del Teatro Auditorium, sede central del festival. Afuera, en la calle, la gente ya se dispersó y las cosas parecen estar tranquilas. Campusano me explica que la industria audiovisual en los últimos años creció más que la de servicios y proporcionalmente más que la energética. “Estamos en un mundo cada vez más audiovisual, pero te aseguro que no hay ningún especialista. Si alguien te dice que la tiene clara es porque no sabe nada. El gran problema de este medio es que nunca ha circulado abiertamente la información, y eso lo estamos cambiando”, razona Campusano mientras devuelve el saludo de unos periodistas que pasan por ahí, y luego me confiesa que hace ocho meses pudo dejar de trabajar en el rubro de la construcción para dedicarse de lleno al cine. Me revela algunos periplos del sistema: “Si querés entrar a un festival de cine grande, tenés que tener sí o sí un vendedor o representante internacional. Entonces, como no queda otra, firmás un convenio. El tipo más o menos te pide que le des las gracias por permitirte entrar. Además, ese contrato dice que se va a quedar con 40 mil euros por gastos de representación. Nosotros vendimos nuestra película anterior, Vikingo, a Francia, Estados Unidos e Inglaterra, pasamos por muchísimos festivales, y lo que te puedo asegurar es que de esa plata todavía no vimos un peso. Es necesario compartir esta experiencia con otros realizadores. Ahora vengo acá, y gracias a la información que circula en estos lugares, me entero de que la gente de Farsa Producciones, unos chicos que hacen cine de género, están subiendo su material a Internet y que Youtube les da aproximadamente 2 mil dólares por mes, según la cantidad de visitas. Es un posible camino a seguir, y creo que nadie está lejos de eso”, explica.
El límite
Campusano me invita a la última función de Fango: sala llena, gente de todas las edades, y no hace falta mucho más para entender que el de Mar del Plata es un festival popular que, en su diversidad, ofrece productos lúcidos e incluso innovadores sin resignar la posibilidad de llegar a un público masivo, porque está claro que una cosa es tan importante como la otra.
Fango es una película sin guión y sin actores profesionales, que transcurre en el conurbano sur, con una narración en donde los códigos barriales están por encima de los cinematográficos, y no a la inversa. Campusano tiene un objetivo: diluir la noción de director ¿Cómo? Poniendo la oreja para que el barrio y la gente sean los voceros de su propia historia. “Yo lo que hago es coordinar ese potencial, no escribí una sola línea que no esté antecedida por las imágenes, ellas por sí solas iban reclamando lo que seguía”, comenta. En Fango hay un par de metaleros maduros sin demasiado talento, pero con mucho corazón, mujeres que se juegan la vida a partir de su sexualidad, y guían la acción con intervenciones cada vez más drásticas, como esa protagonista impredecible, Nadia, que parece la versión barra brava de Cumbio, y así, de a poco y cada vez más, Campusano incomoda y pone a prueba al espectador: no existe el límite entre lo dramático y lo grotesco, entre lo romántico y lo porno, entre la persona y el personaje; por eso lo sutil es tan disfrutable como el despelote. El límite que hay que borrar, dirá Campusano, es el que existe entre lo bello y lo verdadero.
Gracias totales
«Estas películas son portales para entender que todo lo que ese otro cine ha considerado ilegal acá tiene su lugar. Y la gente con la que filmo se da cuenta de que la valoro por lo que es. Si no fuera por ellos no existirían mis películas, estoy absolutamente admirado y agradecido. Trabajo con la gente del barrio, y pienso que ningún cuerpo es igual a otro, hay cosas de los rostros y del lenguaje corporal que no se pueden evitar, y lo que busco es dejar ese documento. Porque si no, el producto es efímero. Y más cuando se trata de un oportunismo político o se busca algún beneficio concreto. Lo que busco hacer es un cine imperecedero”.
Campusano me invita a la entrega de premios. Otra vez hay vallas y un cordón de seguridad, pero ahora para recordarnos que en el mundo hay dos grupos de personas: los que caminan por la alfombra roja y los que no.
Campusano, curiosamente, ganará el premio a mejor director de la competencia argentina. Subirá al escenario con su inexorable uniforme negro, tan negro como la melena negra y los ojos negros y dedicará el premio a toda la comunidad de la provincia de Buenos Aires. Confesará también que si no fuera por ellos no existirían sus películas. En definitiva, el cacique metalero del conurbano sur, sabe que el premio a mejor director no es más que el símbolo de un logro compartido.

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