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Qué memoria

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Un resumen de las causas que le ponen fin a la impunidad de la dictadura y un repaso de las lecciones de la Mesa de Escrache Popular, para recordar por qué los medios comerciales usan ahora ese término para hablar de otra cosa.

La noticia es simple: durante todo el año 2012 así como el anterior y este que recién se inicia se está llevando a cabo en Argentina un proceso histórico. Los juicios que condenan los delitos de lesa humanidad representan, lenta y sostenidamente, el triunfo de la condena social por sobre la impunidad institucional. La dimensión de esta noticia no puede sintetizarse en meras cifras, pero al menos dan una idea de lo que se consiguió:
Hay 13 juicios orales y públicos en proceso en diferntes lugares del país: Salta, Jujuy, Mendoza, San Juan, Corrientes, Tucumán, Rosario, Paraná, Santa Fe, Córdoba, San Martín, Ciudad de Buenos Aires y Mard del Plata.
300 causas se encuentran esperando que terminen su etapa de instrucción o fecha para el juicio oral.
Hay 923 procesados en diferentes causas.
370 genocidas ya fueron condenados.
Participar de esta instancia histórica es muy sencillo: hay que ser mayor de 18 años y presentarse en el tribunal correspondiente con el DNI, pasaporte o cédula.
También es sencillo participar de la construcción de justicia: sólo hay que apagar la televisión y salir a la calle. Así se encontrarán a quienes hoy están luchando contra la violencia institucional. Reclaman a fuerza de consignas, arte y festivales que no queden impunes los crímenes de hoy. Algunas llevan la cara de Julio López, testigo clave de la causa que condenó a reclusión perpetua al ex comisario Miguel Etchecolatz y sus secuaces. López, un albañil jubilado, desapareció de su casa de Los Hornos el 18 de setiembre de 2006, el mismo día en que se tenía que dar lectura al fallo condenatorio a la patota que lo había secuestrado en octubre de 1976. Hasta el dia de hoy continúa desaparecido, sin que haya habido en estos 6 años ninguna investigación seria para dar con su paredero.
En la calle de Choele Choel están quienes reclaman por Daniel Solano, el joven que llegó desde su Tartagal natal hasta el valle de Río Negro para trabajar en la cosecha de manzanas. Su desaparición, ocurrida el sábado 5 de noviembre de 2011, dejó al descubierto la trama de complicidades entre empresas, el grupo represor Bora y la justicia local. Su padre Gualberto se encadenó ante la fiscalía para reclamar justicia. Su tenaz luha, acompañada por jóvenes y docentes del lugar, logró la detención de 7 de los policías denunciados, y la disolución del grupo Bora. Sin embargo, todavía no sabe dónde está su hijo Daniel, quien sigue desaparecido.
No es casual que en este contexto algunos medios de contrainformación como Clarín estén ligando expresiones de violencia verbal con la palabra “escrache”. Fue justamente esa herramienta la que, en tiempos de impunidad consagrada con leyes de olvido, permitió construir lel impulso que terminó movilizando la justicia: la condena social.
Los integrantes de la Mesa de Escrache Popular siempre nos recuerdan que el grupo había logrado sistematizar una metodología: el escrache al represor era el último paso de un largo trabajo que insumía meses de trabajo en el barrio.
Lo primero que hacía la Mesa de Escrache era conectarse con las organizaciones sociales barriales. Les informaba y les pedía colaboración para mapear el barrio: escuelas, centros culturales, plazas, comercios. A partir de alli y durante todo el tiempo que fuera necesario hasta recorrer todos los puntos señalados, la Mesa se abocaba a difundir la información relacionada con el represor impune y abrir espacios de debate sobre el por qué de esa impunidad. Una o dos veces por semana volanteaban el barrio, pintaban murales y señalizaban la zona: “A 200 metros vive un represor”, indicaban con un cartel que imitaba la estética de las señales de tránsito. Todos sabían qué día y a qué hora sería la marcha que culminaría en la puerta del represor. Y ese todos incluía, por supuesto, a la policía que se encargaba de custodiar la vivienda.
El día señalado, la marcha comenzaba a varias cuadras. Y era festiva. Con ritmo de murga o rap (recuerden que las legendarias integrantes de Actitud María Marta nacieron como soporte de las acciones de HIJOS), nunca menos de 200 personas y hasta 5.000 en el caso del escrache a Jorge Rafael Videla, siempre encabezados por Madres e HIJOS, caminanban por el barrio al ritmo de la consigna: “Memoria, Verdad, Justicia”.
¿Qué buscaban lograr en esos momentos? “Que la panadera se niegue a venderle el pan, por ejemplo”, sintetiza Julieta. Buscaban algo pequeño y a la vez inmenso: restituir el vínculo entre las víctimas y la sociedad. Buscaban romper el silencio cómplice de los medios comerciales convirtiéndose ellos mismos en un medio de comunicación.
Y así, sostenida y pacientemente, el escrache se convirtió en una herramienta capaz de construir poder, desde abajo y con los pies.

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Qué medios

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La tendencia es clara y global: los medios gráficos están atravesando un profundo proceso de transformación. Hay quienes auguran su muerte. Y hay quienes auguramos su resurrección.
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Qué empresarios

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La asamblea que faltaba: Soldati (foto centro) y la señora Techint, entre otros privilegiados argentinos participan de la consulta que objeta el proyecto del empresario argentino Eduardo Constantini en Laguna Garzón. Dicen defender el “Uruguay Natural”. En tanto, proyectos mineros se afianzan en toda la costa uruguaya.
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Qué patrón

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Algo hizo click en la historia judicial argentina cuando el juez Fernando Poviña, de Jujuy, procesó a Carlos Blaquier como cómplice primario de la dictadura.
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