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La postal del modelo

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Un viaje de Darío Aranda por los pagos de Rodrígez Saá, Irsa y Monsanto. La concentración de tierras, los campos experimentales con nuevos agrotóxicos, el turismo depredador y los planes sociales para maquillar el desempleo.


“Bienvenido al soja tour”, resume Fernando Frank, de la Asociación Campesina del Valle de Conlara, mientras arranca la F100 azul, modelo 1975. La camioneta zigzaguea unos 150 metros en el campo y sale a la ruta. Las montañas rodean el valle y el asfalto lleva hacia la llanura. A lo lejos se observa la tonalidad uniforme y verde. A medida que se dejan atrás las montañas, el paisaje se altera. Una suerte de robots futuristas, de finos hierros blancos: los llaman “pivotes” y conforman el sistema de riego de los campos del pool de siembra de Cresud, uno de los grandes actores del agronegocio, denunciado por avanzar sobre la vida campesina y fumigar a las familias rurales.
En San Luis también está el modelo. Y también hay campesinos que resisten.
Llegaron los grandes
Veinte minutos en rutas puntanas, doble mano, perfectas y desiertas. Es la Autopista 55. La Ford deja el asfalto, dobla a la izquierda en un camino ancho de tierra, soja en todo el margen izquierdo, casas campesinas y monte del lado derecho. Curva y contracurva, otra recta y una casa pequeña, amarilla, techo a dos aguas, paredes de adobe. Despensa de campo. Paraje Santa Martina, noreste de San Luis. “Mi padre vino a una fiesta hace setenta años. ¡Y no había vino! Enseguida agarró una jardinera (carreta) y fue hasta el pueblo en busca del vino. Y ya se quedó. Hizo el rancho, puso el almacén. ¡Y luego dicen que el vino hace mal!”, sonríe Ramón Omar Arias, alias Coco, 56 años, 92 hectáreas.
Jueves por la tarde. El patio del almacén es amplio, un árbol generoso cobija con sombra y una cerveza fría anima la ronda. Gregorio Goyo Arias, 31 años, siembra y cría animales en 30 hectáreas y tiene vecinos poderosos: Cresud y Monsanto. Completan la ronda Gustavo Andrada, 23 años, también vecino, y José Ismael Arias, 19 años, sobrino de Goyo. “Cuentan los viejos que esto era todo monte. Se vivía tranquilo”, recuerda Goyo Arias, morocho, barba de pocos días, cabello por los hombros, enrulado.
Gustavo Andrada es trabajador de campo, 1,70 metros, cara redonda, ojos achinados: “Hace unos doce o trece años cambió todo. Llegaron estos grandes y voltearon todo el monte. Ya no volvimos a vivir tranquilos”.
Los “grandes” son Cresud y Monsanto, la multinacional líder del agronegocios, que alquila campos en San Luis, para experimentar con nuevas semillas transgénicas y agrotóxicos.
El monstruo
Cresud cuenta con explotaciones en San Luis, Córdoba, Buenos Aires, La Pampa, Entre Ríos, Catamarca, Chaco y Salta. Solo en Argentina tiene 465.000 hectáreas. Reconoce controlar “un millón de hectáreas en América del Sur”.
Forma parte del Grupo Irsa, del empresario Eduardo Elsztaine. Se autodefine como una empresa inmobiliaria líder de Argentina. Propietaria de trece shoppings en todo el país (Abasto Shopping, Alto Palermo, Paseo Alcorta y Córdoba Shopping, entre otros) y hoteles (Llao Llao, Intercontinental y Sheraton); también controla el 30 por ciento del Banco Hipotecario.
En los agronegocios Irsa tuvo un geométrico crecimiento en los últimos 20 años:

  • En 1994 tenía 20.000 hectáreas.
  • En junio de 2012 declaró 473.000 hectáreas: un crecimiento del 2.300%.
  • Dos décadas atrás tenía 20.000 cabezas de ganado vacuno. En la actualidad tiene 75.000 cabezas.

 
En el noreste de San Luis cuenta con las estancias Santa Bárbara y La Gramilla: 7.072 hectáreas. Los campesinos aseguran que son más: unas 12.000 hectáreas. También tiene el feedlot Cactus S.A.
 
“Eran como siete topadoras. Voltearon 7.000 hectáreas en dos meses. Se escuchaba el ruido las 24 horas”, recuerda Goyo.
 
La “plena” ocupación
 
Durante casi treinta años la provincia fue gobernada por los hermanos Adolfo y Alberto Rodríguez Saá (desde 1983 hasta 2011). Hace dos años dieron paso a un ahijado político, Claudio Poggi. Siempre enfrentados al kirchnerismo, cuando a nivel nacional se aplicaba el plan social Jefes y Jefas de Hogar, en San Luis se aplicaba el Plan de Inclusión Social, que subsidiaba a toda persona desempleada. El plan aún se mantiene (840 pesos por mes) y sus beneficiarios son obligados a desfilar (con sus pecheras flúo) en los actos de gobierno.
 
La provincia considera “ocupado” a todos el que cobre un plan. Resultado mágico: en San Luis no hay desocupación.
 
En San Luis está vigente, desde octubre de 2008, la Ley de Preservación y Restauración Ambiental del Sector Minero (nunca reglamentada), que prohíbe el uso de sustancias químicas contaminantes en todas las etapas de la minería metalífera. Sin embargo, la Dirección de Minería de San Luis avanza con la exploración de oro en las Sierras Centrales (también norte provincial) con doce proyectos mineros. En ese cordón montañoso nacen las vertientes que proveen el 80 por ciento del agua que se utiliza en la provincia.
 
En 1990 se sembraron en San Luis solo 200 hectáreas con soja. Diez años después se llegó a 10.000. La campaña 2012 abarcó 170.000 hectáreas.
 
El maíz también tuvo un avance importante: pasó de 57.000 hectáreas en 2002, a 155.000 en 2011. “El modelo de agronegocios se traduce en territorios desmontados”, explica Fernando Frank, agrónomo e integrante de la organización campesina. Y aporta datos concretos: entre 2006 y 2011 se desmontaron 55.300 hectáreas.
 
José Ismael Arias apunta a un actor aún no mencionado: “Los políticos son empresarios y piensan como empresarios. Entonces ven el monte y quieren voltearlo para meter soja. En eso no parecen muy diferentes el gobernador y la Presidenta”.
 
Rodeados
 
La Asociación de Campesinos del Valle de Conlara nació en 2002. Abarca el noreste de San Luis, zona de cría de ganado, siembra de pasturas, cultivos forrajeros, hortícolas y frutales para autoconsumo.
 
Las comunidades campesinas que forman parte de la Asociación son de tres zonas: la llanura del Valle del Conlara, las llamadas Sierras Centrales y las Sierras de los Comechingones. Enfrentan el avance de la agricultura industrial (donde Cresud es una referencia, pero no el único actor), el desmonte y las fumigaciones. También se defienden de la arremetida de grandes ganaderos, el avance del turismo, las urbanizaciones y el agotamiento de las fuentes de agua.
 
Un tríptico de presentación resalta los valores del modelo campesino: “El desarrollo de la economía campesina redunda en claros beneficios para la sociedad local, con ocupación de mano de obra en actividades productivas económicas y ambientalmente sustentables, producción de una gran diversidad de alimentos de alta calidad a precios poco fluctuantes, conservación del campo natural con uso racional del acuífero y ocupación territorial”.
 
La organización cuenta con carpintería, fábrica de alimento balanceado, carnicería y mercado concentrador, y comenzó con una escuela campesina en la que se trabaja de manera teórica y práctica la formación sobre el acontecer del campo, de métodos de producción y comercialización colectivos, hasta el cuidado del monte nativo y la lucha contra los agrotóxicos.
 
Modelos
 
La cuarta cerveza circula en el patio del almacén. Una hora de charla y el grabador ya no intimida. Coco Arias, el anfitrión, cuestiona el modelo que representa Cresud, pero no lo rechaza por completo. Dice que la soja crece aunque haya sequía, y que algunos agroquímicos de ahora “no son tan malos como antes”.
 
Le sale al cruce su vecino Goyo (de mismo apellido, pero no pariente), respetuoso pero tajante: “Será menos malo, pero sigue siendo malo. Te mata igual los animales, te quema los cultivos, es un modelo al que sólo le importa la plata. No sirve”.
 
Goyo Arias es un cuadro campesino. Mezcla de picardía, sencillez y lectura política. Recibió el campo de su madre y en 30 hectáreas cría chanchos, gallinas, siembra hortalizas y elabora una miel de primera calidad. El año pasado se sumó a la chacra su sobrino José Arias, apodado El Jefe. Cuenta Goyo que un vecino, ingeniero agrónomo de Río Cuarto (Córdoba), alquiló el campo para que Monsanto experimente nuevas semillas y agrotóxicos. Goyo lo planteó en la organización y no anduvieron con vueltas: lo denunciaron ante la Policía. Así comenzó Eun altercado que aún no tiene fin.
 
Recuerda que, semanas atrás, el vecino llegó hasta su casa. Le pidió que levantara la denuncia, argumentó que los campesinos estaban mal asesorados, que en millones de hectáreas se producía con transgénicos y agroquímicos. “Soy agrónomo, te puedo asesorar, podés tener tu campo mejor”, le ofreció a Goyo Arias. El retruco no tardó en llegar. “Le pregunté qué sabía de mi campo. ‘Yo produzco alimentos’, le dije”, recuerda Goyo. El vecino-agrónomo le respondió que él también cosechaba alimentos. Entonces Goyo le preguntó: “¿Cuántos días al mes comés de lo que sacás de tu campo?”.
 
Silencio del agrónomo socio de Monsanto.
 
Así comenzó la clase de soberanía alimentaria, del campesino al agrónomo: “No necesitamos de multinacionales ni gobiernos, tenemos autonomía, eso les molesta a los políticos. Le dije que a ellos sólo les importa acumular dinero, ahora tienen, pero sus hijos y nietos no podrán vivir en esos campos”.
 
Sin patrón
 
Viernes al mediodía. Chacra de Goyo Arias, paraje Santa Martina. Cielo azul, larga llanura que finaliza en montañas lejanas. Asado y tinto.
 
Diez personas. Sobresale la voz de Don Lalo Loyola. “Soy de una generación privilegiada, conocí lo que era el campo”, se presenta. Abuelo de 66 años, paraje El descanso, cosechador de maíz (desde los 17 años) en campos de Córdoba y Santa Fe, cosechador de uva en Mendoza, alambrador, hachero, trabajador de obrajes. Y parte de la Asociación Campesina.
 
Don Lalo habla y los comensales hacen silencio. Recuerda cómo se cosechaba el maíz de manera manual. Describe cada paso. Parece contar una película, hipnotiza al narrar la historia.
 
Tiene 11 hectáreas, siembra maíz, zapallo, sorgo y cría animales. “Allá por 2003 llegó un día el Nahuel (Churín). Nunca había llegado nadie al paraje. Y encima era técnico del INTA (Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria). ¡Y más le desconfiamos todavía!”, recuerda y arranca carcajadas de todos los comensales.
 
Es común que algunos integrantes de las organizaciones campesinas sean al mismo tiempo técnicos del INTA, del Ministerio de Agricultura, de dependencias estatales. En general, saben de las limitaciones de las instituciones gubernamentales (no aspiran a hacer la revolución desde el Estado), pero también son grietas para aportar a luchas de las organizaciones.
 
Don Lalo retoma el cuento: “El Nahuel no parecía del INTA. Hasta se le entendía lo que decía”. Eran los primeros pasos de lo que luego sería la Asociación Campesina del Valle de Conlara. Inédito para el lugar.
 
La sobremesa se vuelve bullicio. Todos recuerdan anécdotas. Alguna amenaza, una denuncia, peñas, trabajos colectivos para obras comunitarias, cortes de alambre, festivales. Los recuerdos brotan desordenados. Pero en todos se percibe lucha colectiva y alegría. “Antes estábamos solos y no hacíamos nada, pero ahora estamos juntos”, celebra Don Loyola. Y, siempre en tono de abuelo contador de historias, avisa: “Estamos para apoyar a cualquier compañero en cualquier paraje”.
 
Momento de despedida. Ya todos de pie. El periodista celebra en voz alta la rareza de un asado en día de semana, poco común para la lógica de la ciudad. Don Lalo sonríe y mira a la otra generación campesina, a Goyo Arias, quien toma la posta, levanta el vaso de tinto, propone un brindis y devela un secreto que interpela las bases mismas del sistema (y de paso permite comprender por qué un asado de viernes al mediodía es posible): “Somos campesinos. No tenemos patrones. Somos libres”.

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