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Me contó un pajarito

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El lenguaje tuitero. Cómo es la relación entre medios tradicionales y los tuiteros. Qué aportan a la política y qué a la revolución. Un análisis que revela los límites y ventajas de las nuevas tecnologías que convierten a las personas en el eje del poder mediático.


La serie inglesa Black Mirror, en su primer capítulo, pone en tensión algunos síntomas propios de la era 2.0 a partir de una trama efectiva y convencional: en Inglaterra secuestran a una princesa mediática y piden como recompensa que, esa misma tarde, el Primer Ministro salga en la televisión pública, en vivo y en directo, teniendo sexo con un chancho. El ministro recibe el insólito pedido a través de un video y lo primero que pide a sus asistentes es que lo oculten. El problema, le informan, es que el video lo tomaron de YouTube, y por más que pudieron darlo de baja nueve minutos después de su aparición, ya se había reproducido por la web y visto por millones de personas. No voy a cometer el delito de contar la resolución del capítulo, permítanme detenerme sobre algunas cuestiones.
El éxito de la operación ¿terrorista?, proclama esta serie, se debe esencialmente al modo en que ha hecho circular la información: todos están al tanto de lo ocurrido y es imposible ocultar o manipular el material, porque no hubo intermediarios entre el video y la gente. Dicho de otro modo, el mensaje se masificó (en términos 2.0, se viralizó) sin la intervención de la prensa, que ha recibido y acatado órdenes de no dar la noticia. Ese es el panorama que presenta Black Mirror: el mundo entero, a través de las redes sociales, está hablando de algo que los medios, inútilmente, ocultan. El silencio se hace, así, insostenible.
La presión de la opinión pública pone al Primer Ministro en una encrucijada atroz. Si se rehúsa a hacer lo que pide el secuestrador, la princesa morirá por su culpa y, por lo tanto, se convertirá en un cobarde, incapaz de hacer sacrificios en un país en el que todos son sacrificados por los ajustes que el Primer Ministro dictamina como único remedio para la crisis. Ahora bien: ¿qué pasará con su carrera política luego de que el mundo entero lo tenga como protagonista del espectáculo de masas más grotesco que jamás se haya visto?
Así, el brillante plan del secuestrador lo que pone en funcionamiento es una maquinaria articulada sobre la relación sincrónica entre tres formas de poder que, como nunca, se encuentran en igualdad de saberes: todos han visto el video de la misma manera; todos saben lo mismo. Así queda claro el juego actual entre:
1) El poder social: manifestado en las redes sociales como opinión pública.
2) El poder mediático: históricamente sostenido sobre la concentración de la información y, por lo tanto, trunco y obsoleto frente al poder descentralizado y asimétrico del primero.
3) El poder estatal, desnudo como nunca, obligado a ceder frente a la presión social.
Black Mirror llevó de esta manera al extremo los fenómenos que aún resultan volátiles a la hora de pensar la era 2.0.
Twists y gritos
En su artículo titulado La revolución no será tuiteada, el sociólogo y periodista canadiense Malcolm Gladwell analiza el caso de los levantamientos populares en Irán y desmitifica la idea de que las redes sociales jugaron un papel preponderante durante la revuelta. Enfrente mío, el docente y periodista Pascual Calicchio, responsable de organizar la primera movida tuitera local, a la que bautizó A dos twitts, es quien analiza el mismo caso: “Lo que pasó fue que algunos periodistas, que ni siquiera habían estado en el lugar de los hechos, decían que la revolución había sido gracias a Twitter. Hablaban concretamente de una revolución tuitera. Si bien es verdad que se habló mucho de ese tema en las redes, la mayoría de tuits estaban escritos en inglés, y en Irán, claro está, no se habla ese idioma”.
Pascual cuenta que en Egipto también ocurrió algo similar. “El referente de uno de los grupos revolucionarios trabajaba en Google, por lo tanto tenía bastante claro cómo manejar las herramientas tecnológicas. Pero tenían organizaciones previas que existían en la sociedad, que usaban las redes sociales, pero con una organización de base sólida”. Su conclusión: “Creo que el mito de la revolución tuitera lo creen los que no quieren organizarse, porque es más fácil hacer todo por Internet”.
El filosófo argentino Alejandro Piscitelli dice que los hashtags tuiteros (palabras clave acerca de un tema de terminado) son un termómetro de lo que se está hablando en el mundo. ¿Abona esa teoría?
Twitter puede ser usado como termómetro de opinión pública, pero no cumple esa función. Puede ser una herramienta que ayude a medir, pero es un microclima. El hashtag es algo muy volátil y está relacionado con los medios. Eso no quiere decir que tenga que ver con lo que pasa en la sociedad.
Compruebo: lo que se está hablando en los medios es lo que más repercute en los hashtags. Los que tienen más seguidores son famosos mediáticos: Rial y Lopilato tienen más de un millón, Cristina tiene más de dos millones. Ahí hay una relación directa entre los medios y las llamadas redes sociales.
Boca de urna
Valentina Noblia, lingüista y docente especializada en análisis del discurso, encuentra otra relación entre el twitter y los medios tradicionales de comunicación: “No hay nada más parecido a un tuit que un titular de diario, por eso creo que tiene tanto éxito en el discurso político y en el mediático. Cada tuit puede ser un titular o una condensación fácil de extraer para los medios. Twitter, además, es sinérgico con otros medios. Los dos millones de seguidores que tiene una cuenta no es su valor real, sino cuando eso lo agarran la televisión, la radio y los diarios, y multiplican la cantidad de destinatarios de manera exponencial. Esa sinergia permite estar en contacto con una audiencia masiva por el efecto multiplicador de los otros medios”.
El primero que supo usar exitosamente Twitter como herramienta electoral fue Barack Obama en las últimas elecciones de Estados Unidos. Desde allí, en distintos países se empezó a explotar la herramienta como medio de comunicación política. Y con lógica electoral.
Valentina: “En Argentina, durante la campaña de las últimas elecciones presidenciales, Twitter explotó y realmente se instaló como una herramienta para la política. Se instaló como género, porque vehiculiza y hace circular el discurso político”.
Pascual: “Antes de las elecciones, los que vieron el potencial fueron los kirchneristas. Frente a medios que eran hostiles con el gobierno, encontraron en los blogs un lugar donde difundir determinadas ideas. Había una sensación de que el kirchnerismo había copado la web y eso se veía en Twitter. En ese momento, los hashtags estaban muy ligados a la política y a lo que proponía el kirchnerismo. Cuando Twitter se masificó, empezaron a llegar a otros sectores y aparecieron más pibes. Los hashtags empezaron a cambiar: se fueron más hacia lo que es la cultura juvenil, y el kirchnerismo a su vez empezó a ganar muchísimo lugar en los medios tradicionales.
Valentina encuentra en el uso de Twitter una relación curiosa entre la política y la farándula: “Por su corta extensión, el tuit es el discurso antiargumentativo. En Twitter se puede valorar o bajar línea sobre un tema sin necesidad de justificar. En estos casos, los tuits, por la fragmentariedad y la descontextualización, son fácilmente neutralizables. Por eso creo que tienen un fin altamente persuasivo y no argumentativo. Buscan generan empatía y mantener la disputa política en un terreno sumamente ágil y continuo, permite tener contacto con la agenda, continuamente, sin la necesidad de tener que pensar en articular un discurso”.
Y continúa: “Otra cosa notable es cómo se van cruzando los roles institucionales con los personales. Cuando no hay temas complicados aparecen los perros de Cristina o cosas por el estilo. Si lo pensás como un discurso político, ves ahí una complejidad de roles, porque se ve al político no solamente como líder, sino como persona, como madre, con una cercanía de la vida cotidiana. Es una humanización del candidato, donde la vida privada ingresa en ese espacio que aparentemente es institucional. Eso se cruza mucho con el uso que hacen las vedettes o los artistas del espectáculo”.
Mercado libre
Valentina sostiene también que las redes sociales han logrado disciplinar, a través de una plataforma, las relaciones sociales cotidianas: “Es como si en esta especie de interacción, lo que se hace es reconstruir eso con un fin que uno sabe que no es exclusivamente social, sino comercial. Tanto Facebook como Twitter son empresas y las transformaciones que hacen en las plataformas, por más que la gente proteste, tienen que ver con las necesidades de las empresas para lograr una mayor circulación de mensajes, porque el mensaje es la mercancía. Cuanto más producción de texto, más usuarios circulan, más mensajes se generan, más publicidad vende”, explica.
Es cierto que las tecnologías 2.0 han presentan desafíos interesantes en relación a la circulación de información, la sociedad y los medios. La revolución tuitera como proyecto de cambio social suena tan simpática como inconsistente. Me pregunto qué pasará #ElDíaQueSeCorteInternet.
Como siempre en estos casos, queda en ustedes, lectores, la respuesta.
 

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