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Mu68

Clases con altura

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Crónicas del más acá.

Ver para entender, entender para ver. Una ecuación interminable, un juego de palabras con palabras que juegan con nosotros.
La Paz es una ciudad impredecible, cautivante, inhóspita y amable. Enclavada en la aridez de un valle a casi 4.000 metros, solo es acompañada arriba (si, más arriba) por El Alto, otro poblado, extenso e intenso, de historia y tradición combativa que vigila a la serpenteante Capital. Toda de un pagano color ladrillo (en general no revocan el exterior de las casas), se trepa en los cerros hormigueando sobre las laderas, imposibilitada de encontrar un llano que permita dos pasos sin escalones.
Mi reino por una molécula de oxígeno.
La ingesta industrial de coca no impedía que cepillarme los dientes fuese una tarea extenuante. Al caminar, en cada esquina, decepcionantes subidas y esperanzadoras bajadas.
No veo villas, todos construyen casitas. No veo gente tirada bajo puentes o pidiendo en las calles, apenas algún maldecido por los Dioses, algún paria de la Era del Consumo.
La Paz hierve de vendedores de lo insólito en millones de puestitos que serían el insomnio de la AFIP. Todos te venden algo. La palabra Polirrubro para los paceños sería un sinsentido, una obviedad como el camello en el desierto o el león en la pradera.
Nada tiene precio fijo. El regateo es la norma, la regla de intercambio, el diálogo comercial. Perdí como en la guerra, pero no por una actitud estafadora de mis interlocutores: perdí porque no sé regatear. Atado a las rigideces del valor establecido, del precio consumado por el Dios Mercado, mi incapacidad para negociar llenó de alegría los bolsillos de los pocos beneficiados con mi impericia transaccional.
La Paz tiene en cada esquina una sorpresa colonial, un paisaje urbano de cientos de cables que cruzan las calles (el hombre araña moriría o por la altura o por quedar acogotado en los cables), de limpieza europea en su microcentro, de publicidades de hombres y mujeres blanquísimas mientras cholas oscuras y pequeñas, hijos e hijas de la era preincaica, son los dueños de las veredas y de los destinos collas, sus portadores, sus intérpretes.
En La Paz se celebraba el levantamiento de Murillo, ocurido hace más de 200 años, y la controversia flotaba porque Evo decía que Murillo sólo había defendido sus intereses de clase, mientras que el Alcalde de la Ciudad, no, que es un héroe, etc. etc.. Y entonces, estaban meta desfile y desfile, mientras discutían la cuestión. Porque la política es Evo. Para putearlo, amarlo, discutirlo. Pero es solo Evo.
Les encantan los desfiles. Desfila todo el mundo, civiles, militares, oficina de agrotóxicos, maestros, empleados de mesa de entradas, organizaciones civiles, guardianes del zoológico. Todos se disfrazan y en una parada escolar, desfilan empilchaditos, felices y los espectadores a los costados de las calles festejan, aplauden, piden folletos como niños, completamente candorosos.
Mi horrible escepticismo me hace sentir viejo, seco, cínico, de gusto amargo.
La puta que los parió.
Isabel debe haber pasado los 40 y nos lleva a recorrer La Paz. Isabel no cree que La Paz sea bella y a cada comentario de admiración nuestra (mientras buscamos la maldita molécula de oxígeno) nos mira como elefantes en una misa. Cuando nos explica cuestiones culturales-religiosas, usa la palabra que está de moda: sincretismo. Una definición que busca unir las tradiciones religiosas prehispánicas con el poderío católico, ahora disputado por las crecientes corrientes evangélicas.
No me parece. Conviven en paralelo, apenas se tocan. Pachamama y la Virgen María ocupan espacio en el corazón de le gente, pero no se juntan. Como algunos matrimonios.
Natalia dice que el catolicismo, con la sarta de santos mediadores con la divinidad, es idólatra y que por eso no hay mayores conflictos con el panteísmo nativo. Lo dice como quien ve llover.
En la combi se hace un silencio pesado como los muros incas.
El tránsito paceño desafía las leyes de la física. Todos van pegaditos, a centímetros uno de otro, imperturbables, hiératicos, nadie afloja un tranco de pulga, pero sin histerias. Nadie putea. Millares de minivan, pequeñitas (nada que ver con nuestras combis), hacen las veces de colectivos y en cualquier esquina (o en cualquier lado), un morocho se asoma y anuncia a los gritos el destino del transporte mientras el chofer toca bocina para reforzar el mensaje.
Hay que revisar esto de la cultura del silencio.
En tierra de aymaras y quechuas veo al pasar en una plaza, la Loba Romana y a Rómulo y Remo chupando la teta.
En Bolivia.
¿Esto también será sincretismo?.
Aderlis tiene 22 años. Flaco hasta la desesperación, se viste con un equipo Adidas y tiene tres piercing en la cara. A través de su dentadura blanquísima y su rostro tallado en tierra y piedra, ya lejos del bello caos capitalino, navegando el Titicaca, cuenta la leyenda del origen del Imperio Inca. Aderlis, impasible, manda información, comentarios y también toneladas de fruta, como dar por hecho histórico irrefutable y comprobado el mito del nacimiento del Imperio Inca en la Isla del Sol.
Lo miro tratando de saber si está convencido o si me está gastando. No lo logro.
Mastico coca como para despertar el interés de la DEA mientras sigo buscando aire y me pregunto cómo la altura no mató a los gallegos de mierda que vinieron a saquear estas tierras. Natalia no dice nada porque está maravillada por lo que ve, interesada por lo que escucha, enojada por los bolazos de nuestro guía y muy preocupada por sobrevivir a la falta de aire y los 10 millones de escalones que llevamos transitados.
Al día siguiente caminamos los comedores comunitarios de Copacabana, una pequeña y coqueta ciudad boliviana a orillas del Titicaca, nada que ver con su “o mais grande” homónima. En los comedores la gente se organiza por grupos familiares para compartir alimento, discutir sobre cuestiones de interés común, organizarse…
Algo pasa en Bolivia, se siente y se nota.
Nos acompaña María, chiquita, morochísima, madre de dos varones, amable hasta la irritación. Se ve que es socia de la frutería de Aderlis, porque en la Iglesia, ante mi pregunta por quién era un santo, me tira “es Moisés…”
Okey. ¿No estarán exagerando?
Acá también hay desfile. Y desfilan Marinos. Porque en Bolivia hay Armada. En la Argentina también hay una Gobernación de Islas Malvinas, Georgias y Sandwich del Sur. Así que los comentarios ácidos me los mastico con cuidado junto a la coca, y me compro una campera hermosa que tres cuadras más arriba me salía la mitad.
Necesitaba quedarme más en Bolivia. Necesitaba ver para entender y entender para ver a esos collas silenciosos y charlatanes a la vez, que entre ellos hablan quechua, y que aún en castellano los misterios del lenguaje lograron que tuviese dificultades para comunicarme.
Mi DNI dice argentino. Puede ser. Pero soy del Conurbano, nací en Lomas, soy rioplatense y africano. Entonces…
Así partí para el Machu Picchu, rodeado de gringos y de dudas. Pero esa es otra historia.

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El lado mapu de la luna: Puel Kona estará con Roger Waters

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Puel Kona es una banda conformada por jóvenes mapuches que acaba de ser elegida por Roger Waters como telonera en sus conciertos del 6 y 10 de noviembre en el Estadio Único de La Plata. Conocé su historia en esta nota que les realizamos en MU: «Desde chicos participaron en recuperaciones y conflictos territoriales. Son voceros de las comunidades que enfrentan al fracking. Ska, rock y fiesta como medio de comunicación». Por Sergio Ciancaglini.
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Territorio fracking

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Darío Aranda recorre con la comunidad mapuche la zona donde YPF comenzó a preparar la extracción con fracking. Cómo son las obras, qué reclaman y cómo. El almuerzo interrumpido por los funcionarios que presionan. Lo que se ve y se escucha en esas tierras que hoy son escenario de una batalla geopolítica clave: comunidades vs. corporaciones.
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Lo original de lo originario

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Libros que revisan la historia para entender el presente, películas que muestran realidades ocultas dirigidas por una comunidad. Son apenas dos ejemplos de una expresión de estos tiempos de una cultura originaria con voz propia.
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LA ÚLTIMA MU: MARICI WEW

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