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Thriller en La Cava

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Laura Zapata. Hip hop más cumbia más Pachamama: la fórmula que hace bailar y, además, fusiona arte y trabajo social.

Thriller en La Cava
Los cuerpos están recostados sobre el asfalto. Toman vida de a poco. Se mueven, vibran, danzan. La base parece cumbiera, aunque también suena un charango y se perciben reminiscencias raperas. Alguien canta: “Latinoamérica y el mundo, todo es un todo, los colores y la sangre chocan, hacen terremoto. Plástico, adorno, imperialismo infeccioso, lo real son mis palabras que guardo y atesoro”. A mover el esqueleto: Big Mama está sonando.
Laura Zapata, voz y alma de Big Mama, cuenta que todo comenzó cuando un amigo le dijo: “Mirá a este tipo. Te morís”. Así fue como conoció a Michael Jackson y desde entonces no paró. “Cuatro horas en mi cuarto todos los días. Aprendí sola, sin darme cuenta, técnicas de popping y otros estilos de baile que mucho después entendería cómo se llamaban. Copiaba, trataba de hacer todo lo más parecido posible. Era fascinante, desde la música hasta la danza”.
Laura, que hoy tiene 28 años, nació en San Fernando, pero sus primeros recuerdos son del barrio San Cayetano, asentamiento de San Isidro, cerca de La Cava. Había demostrado una tendencia desde muy chiquita: a los 5 años se paraba frente a la televisión y decía que quería estar allí, bailando. A los 9 se metió en una escuela de danza jazz y cuando a los 13 pensó que todo se terminaba porque sus padres ya no podían pagar las clases, descubrió el Centro Cultural Crear Vale la Pena, a pocas cuadras de La Cava, una de las villas bonaerenses más populosas. “Se me abrió un mundo muy importante. Podía tomar gratuitamente todos los talleres de danza que yo quisiera”, relata. La adolescencia fue en los talleres, y el entusiasmo creció cuando comenzaron a generar producciones. “Salimos de La Cava a Recoleta. Hicimos un par de presentaciones. Yo tenía 18 años, y terminamos yendo a una residencia que se hacía en Hamburgo, Alemania, de diferentes grupos que venían de la India, Sudáfrica, Trinidad y Tobago, Irak. Fue una experiencia re zarpada: dos semanas de intercambio con esas culturas”.
Cómo empezar de cero
¿Qué carajo quiero?”, se preguntó Laura, sin vueltas, a fines de 2011. La sangre hirviendo, bien latina, necesitaba ser volcada en los conductos exactos para desatar una maquinaria que, con tanto bagaje, ni siquiera ella sabía descifrar qué tipo de energía podía llegar a desatar. Tenía noción del voltaje, de la materia prima, de los movimientos, del cuerpo. ¿Pero cómo lograr una síntesis propia? Siempre había tenido sus bandas: soul, funk, fusión. Pero sentía que no lograba llegar al corazón puntual de su creación. “Entonces me dije: empecemos todo de cero”, recuerda. ¿Y cuál fue el punto de partida? No vacila: “Empecé desde mí”.
La revelación la llevó a comprarse una computadora y a estudiar informática en San Cayetano: “Me puse a hacer unas pistas y ahí empezó Big Mama”. Las pistas eran para armar maquetas y bajar las ideas que volaban en su cabeza. Pero pronto se convirtieron en su vitrina. Se presentó en un estudio de grabación y conoció al que sería su músico y productor, Diego Monk. Todavía el proyecto no tenía nombre.
“Big Mama viene de la Pachamama”, explica Laura. “Las Big Mamas son las abuelas, las figuras sagradas en las familias negras. Y como en un principio fusionábamos hip hop, un ritmo que es re foráneo, pensé en la Pachamama, que es lo más autóctono y latinoamericano. Son dos extremos que tratamos de unir. Eso también es una cuestión política”. Si bien tenía una leve idea de cómo encarar el proyecto, el grupo nació con una base rapera y ancló en la cumbia. Fue Monk quien brindó la pata folklórica a la banda. “Seguimos en la búsqueda de sonidos. Es un laboratorio”, dice Zapata.
Big Mama Laboratorio, en ese sentido, aporta a la regionalización del hip hop. Así como el rap nació en las comunidades afroamericanas de barrios populares neoyorquinos y anclaba en bases funk, soul, dub y disco, Big Mama le aporta la experiencia de las villas de Buenos Aires y abreva en las raíces precolombinas, cumbieras y folklóricas de América Latina. “Es tan flexible que va a donde quiera ir. Es como una alquimia”, resume Zapata.
Alquimia. Otra pieza de Big Mama que expresa todo lo que hace Laura: canta, baila, dirige y diseña coreografías y, también, trabajo social. “Por lo general, hay un prejuicio: pareciera que si algo está encarado para lo social, tiene menos calidad artística. Cuando hicimos la primera presentación de Big Mama, cayó una chica del diario La Nación, una copada, pero en un momento me dice: ´¿Esto vos lo pensás orientar al ámbito del espectáculo o siempre va a ser social? Y yo respondí: ¡Las dos cosas!”.
Laura se plantea el trabajo social desde los talleres y la banda no sólo como una manera de darles a las y los jóvenes del barrio la oportunidad que ella tuvo de expresarse, sino también como una herramienta de esperanza y fortalecimiento. “Si no te permitís soñar, estás complicado. Es el motor que hace que todos los recursos lleguen. Yo veo en los pibes del grupo que esto los está cambiando, que empiezan a desear y tener aspiraciones. Les da como una nafta para hacer, para activar, para crear. El arte transforma: lo ves en la práctica”.
El arte transforma. Otra pieza de Big Mama.
Las letras también juegan un papel de transformación. La crítica y la denuncia están presentes, pero expresadas en cantos al amor y la esperanza. Es decir, están construidas a partir de la felicidad y de la búsqueda de alternativas. “El amor también es paciencia”, reflexiona Zapata. En esa dialéctica impacta ver a la banda: jóvenes de barrios populares que ejercen la autonomía de sus cuerpos y movimientos, y se construyen a partir de una liberación artística personal, que también es colectiva.
“La danza siempre fue importantísima para que los seres humanos conecten con el todo. Es un ritual, es chamánico. Es como el sexo: visceral. Y no importa de qué clase social vengas”, dice Laura.
Las últimas piezas están ahí: ritual, chamánico, visceral. ¿Qué es entonces Big Mama Laboratorio? La respuesta está en el rompecabezas completo. Y lo que es mejor: hay más de una forma de armarlo.
 

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