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Volver al futuro

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El investigador Andrés Ruggieri analiza el modelo autogestivo que ya reúne 311 experiencias. Fuerzas, debilidades y posibilidades.

Volver al futuro

Andrés Ruggeri, del Centro de Documentación de Empresas Recuperadas de la UBA. Foto: Lina Etchesuri/lavaca

“Si hay algo que define a una empresa autogestionada, y más precisamente una recuperada por los trabajadores, es que rompe con el molde de la empresa capitalista que se plantea como única finalidad acumular capital”, dice el antropólogo Andrés Ruggeri.

La pregunta, entonces, es la misma que titula su flamante libro: ¿Qué son las empresas recuperadas? Autogestión de la clase trabajadora. Ruggeri responde: “Son las que forman un movimiento social inédito, que está mostrando la posibilidad de una sociedad y una economía sin patrones gestionada por los trabajadores, en la que ellos mismos no son un número más. Y la finalidad no es maximizar las ganancias, sino trabajar, preservar las fuentes de empleo”.

El argumento va más allá: “El sistema sigue reproduciendo circunstancias para que haya empresas como éstas. Si uno mira el capitalismo mundial, permanentemente se va precarizando el trabajo. Y en esa frontera entre el viejo trabajo estable y el surgimiento del nuevo modelo precarizado, hiperexplotado, aparece la autogestión como una opción de futuro”.

La tendencia

Pese a que la historia ubica la eclosión de las fábricas y empresas recuperadas en los alrededores de la crisis del 2001 -que sumaban 161 en 2004, la invisible novedad es que el proceso continuó: 63 son las nuevas experiencias de trabajadores haciéndose cargo de los medios de producción que se sumaron desde 2010 hasta fin de 2013. El total ya involucra a 311 ERT: empresas recuperadas por los trabajadores.   

El libro de Ruggeri se presentó en el Bauen Hotel y se imprimió en Chilavert, otra recuperada. Este antropólogo de 47 años viene estudiando y acompañando el tema desde 2002, a través del programa Facultad Abierta, de Filosofía y Letras de la UBA.

La investigación revela que en total esas 311 ERT ocupan a 13.500 personas. Y en los últimos años fueron capaces de generar 6.000 nuevos puestos de empleo, sumando a las nuevas recuperadas las incorporaciones que realizaron las que ya venían trabajando. “En términos macroeconómicos la incidencia no es tan importante como sí lo es en términos simbólicos, al demostrar que los trabajadores son capaces de gestionar empresas sin los patrones”. Podría agregarse al propio Estado. “Esto es algo que parecía imposible para el mundo entero en los años 90, y sin embargo está funcionando”.

El 42% de las ERT son metalúrgicas o manufactureras, 19% del ramo de la alimentación y el 22 % se reparten en salud, educación y hotelería. La mayoría puede ser categorizadas como Pymes, con un promedio de 30 miembros cada una. 

Damocles no se rinde

La mayor parte de las ERT viven una condena perpetua: la propiedad. En la medida en que la situación no se resuelve mediante la expropiación definitiva (muy pocos casos, como el de Zanon y Textiles Pigué son mencionados en el libro) o incluso la compra por parte de la cooperativa cuando eso es posible, todo queda en una nebulosa legal que absorbe fuerzas y genera incertidumbre. “La propiedad no soluciona los problemas de la autogestión, pero no contar con ese tema resuleto es la mayor dificultad para que las empresas se consoliden y profundicen su experiencia. Con eso las tienen agarradas”, resume Ruggeri, que en su trabajo describe cómo el Estado prefiere desentenderse del tema para no entrar en zonas donde se pone en cuestión la propiedad privada o la seguridad jurídica que reclaman los lobbys del capital, siempre favorecidos por el mismo Estado con recursos, subsidios y créditos.

En esa incertidumbre, la espada de Damocles sigue oscilando sobre la cabeza de los trabajadores, como si el Estado pateara la cuestión hacia un futuro en el que Ruggeri percibe una “probable derechización de la escena política argentina”, posibilidad que simboliza otra amenaza sobrevolándonos.

Ventajas y contras

La lógica del trabajador y la del patrón son diferentes. “No tener la visión empresaria de maximizar las ganancias es una ventaja y un problema a la vez para los trabajadores. Crean puestos de trabajo, recuperan toda una red de relaciones económicas, que incluye a proveedores, clientes, comercios cercanos. Hay toda una cuestión de lo solidario, de la creación de espacios de cultura, comunicación, bachilleratos populares -explica Ruggeri-, pero las ERT funcionan dentro el mercado. Entonces, uno puede producir algo bien, en un mercado capitalista que avanza, genera cambios tecnológicos que pueden ser innecesarios, pero se imponen. Y vos te quedaste con la tecnología de hace 20 años y no tenés cómo sobrevivir en ese marco de competencia”.

Las ERT tienen una parte visiblemente sana: no buscan la explotación del trabajador como forma de acumular capital. “Pero tampoco tienen el incentivo del capitalista. Faltaría asimilar una idea: hay que crecer. El desafío es cómo crecer a partir de lógicas que no sean las del capitalista”.

Ningún dilema se resuelve con facilidad, teniendo en cuenta que el propio cooperativismo tradicional y estas nuevas cooperativas de trabajo suelen no entenderse siempre, aunque suene paradójico. Las ERT tienden -plantea Ruggeri- a una gestión colectiva, con tendencia a lo asambleario como punto de encuentro y debate de los temas más importantes del grupo. “Para el sector más tradicional se trata de experiencias que perciben poco estructuradas. Incluso hay una diferencia de identificación. Los tradicionales se definen como cooperativistas, pero en las ERT es muy fuerte la identificación con lo sindical”. Nada de eso plantea un antagonismo, sino lógicas diferentes ante procesos tan novedosos. Ruggeri cree fundamental seguir la evolución de la situación en el Bauen. ¿Por qué? En el libro plantea que las empresas han demostrado no ser un fenómeno pasajero, ni un invento argentino, ya que la experiencia interesa y se contagia en países europeos, sacudidos por la crisis. Tampoco es una versión desprolija del viejo cooperativismo: “Es un proceso cuya potencialidad y consecuencias muestran un camino alternativo a la economía capitalista, una posibilidad que todavía tiene hilo en el carretel y habrá que ver hasta dónde llega. Seguro, mucho más de lo que consiguieron hasta ahora y de lo que muchos imaginan”.

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