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El boom de la desigualdad

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A Thomas Piketty lo bautizaron rock star, pero es economista. Bate récords de venta en los Estados Unidos, pero es francés. Raúl Zibechi cuenta de qué se trata su libro: El Capital del siglo XXI.

«Los conservadores están aterrorizados”, escribe con inocultable satisfacción Paul Krugman, Nobel de Economía, en el diario The New York Times. “Thomas Piketty, sin duda el mayor especialista del mundo en desigualdad de rentas, hace más que documentar la creciente concentración en las manos de una pequeña elite económica. También presenta un argumento poderoso de que estamos en el camino de retorno a un capitalismo patrimonial, en el cual los altos escalones de la economía son dominados no sólo por la riqueza, sino por la riqueza heredada, en la cual el origen tiene más importancia que el esfuerzo y el talento”.

El temor al que alude Krugman es consecuencia de un trabajo sólido que desnuda una realidad que sentimos, pero que Piketty consigue demostrar con una montaña de datos en los que trabajó durante quince años. Analiza, por ejemplo, los datos fiscales sobre veinte países y desde el siglo 18, entre ellos Estados Unidos, Francia, Alemania, Reino Unido y Japón, con el objetivo de echar luz sobre patrones económicos y sociales, a menudo invisibles.

Argumenta que la desigualdad no es un accidente sino la característica central del capitalismo, que sólo puede ser revertido por medio de la intervención estatal. Lo más estremecedor, empero, es que sostiene que si el capitalismo no es reformado, la democracia estará amenazada. Y propone  cómo hacerlo: imponer una tasa anual del 2 por ciento sobre la riqueza, combinada con un impuesto a la renta progresivo de hasta el 80 por ciento.

Según Krugman, el libro de Piketty puede ser “el más importante de la década”. Considera que su autor transformó el discurso económico y que no se volverá a hablar de desigualdad en los términos anteriores, que ignoraban la performance de los más ricos entre los ricos.

Piketty enuncia que lo que se vive en el capitalismo actual es algo “radicalmente nuevo”: los supersalarios. Mientras el salario real en los Estados Unidos casi no se movió desde los años 70, los salarios del 1 por ciento más rico crecieron 165 por ciento. Un dato más escandaloso: los del 0,1 por ciento más rico crecieron un asombroso 362 por ciento. En ese nicho está la clave de la desigualdad.

Un trabajo monumental

El “economista rock star” como lo ha definido el diario británico The Guardian, ha sido director de la Escuela de Altos Estudios Sociales y presidente de la Escuela de Economía de París. Especializado en la desigualdad económica desde una perspectiva histórica, en 2002 recibió el premio al mejor economista joven de Francia. Tiene 42 años y es cercano al Partido Socialista.

Su libro El Capital en el Siglo 21 salió a la venta el 10 de marzo en los Estados Unidos, seis meses después de ser publicado por la editorial Seuil, en París. En pocas semanas trepó a tope de las ventas pero, sobre todo, instaló un debate político con titulares en los principales diarios.

La obra está organizada en cuatro partes. En la primera aborda la relación entre ingresos y capital; en la segunda estudia la dinámica de la relación entre capital e ingresos a lo largo de 200 años; la tercera parte está dedicada a la estructura de las desigualdades, y en la última establece la necesidad de regular el capital en el actual siglo, desgranando sus principales propuesta consistentes en “un impuesto mundial al capital”, además de un paquete de impuestos progresivos.

En la larga Introducción, la única sección accesible en Internet (en francés), Piketty se pregunta: “¿La dinámica de la acumulación de capital privado conduce inevitablemente a una concentración cada vez más fuerte de la riqueza y el poder en algunas manos, como creía Marx en el siglo 19?”. O bien, como sostenía el historiador económico Simon Kuznets, ¿el crecimiento, la competencia y el progreso técnico actúan como fuerzas equilibradoras que conducen espontáneamente hacia una reducción de las desigualdades y a “una armoniosa estabilización en las etapas avanzadas del desarrollo?”.

Desde el comienzo adelanta algunas de sus conclusiones: “El crecimiento moderno y la difusión de conocimientos permitieron evitar el apocalipsis marxista, pero no modificaron las estructuras profundas del capital y de las desigualdades, o al menos no tanto como podíamos imaginar en los decenios optimistas posteriores a la Segunda Guerra Mundial”.

Apuesta a un debate abierto y general del problema de las desigualdades, porque el reparto de la riqueza, dice con un dejo de ironía, “es demasiado importante como para dejarlo sólo a los economistas, sociólogos, historiadores y otros filósofos”.

Midiendo las diferencias

Si el propósito de Piketty de generar un amplio debate en la sociedad se está cumpliendo, se debe en gran medida a que llega en el momento más adecuado, cuando la opinión pública empieza a mostrar señales de indignación ante la obscena concentración de la riqueza.

Días después de la publicación de El Capital en el Siglo 21, la Federación Norteamericana del Trabajo y el Congreso de Organizaciones Industriales (AFL-CIO, por sus silgas en inglés), difundieron un estudio que asegura que los ejecutivos ganan 331 veces más que un empleado medio. En números, los ejecutivos de 350 empresas relevadas ganaron en 2013 un promedio de 11,7 millones de dólares frente a 35.293 del empleado medio. Si la relación se establece entre los ejecutivos y los que perciben el salario mínimo, la diferencia se multiplica hasta 774 veces.

Otra investigación publicada también en abril, señala que si se toman en cuenta a los ejecutivos de las cien mayores empresas de los Estados Unidos, los ingresos son aún superiores, alcanzando 13,9 millones de dólares en promedio. Esta cifra debe ser contrastada con otra: el 21 por ciento de los estadounidenses no están pudiendo acceder a suficientes alimentos, según un estudio difundido por Bloomberg.

Las cosas no hacen sino empeorar. En 1950 los salarios de los directores de las corporaciones eran veinte veces mayores que los de los trabajadores. Incluso en 1980, antes de las políticas neoliberales de Ronald Reagan (1981-1989), los directores ganaban 42 veces más que los trabajadores. La cifra actual coloca a los Estados Unidos como el país con mayor desigualdad de Occidente. “Piketty muestra que la desigualdad actual estadounidense es mayor que la que tenía Europa en 1900”, escribe Lobe.

Por eso el libro de Piketty se convirtió en un best seller. Lo que años atrás pasaba desapercibido, hoy es vivido como escándalo y escarnio. “Los beneficios por jubilación del presidente de Yum Brands, propietaria de KFC, Taco Bell y Pizza Hut son de más de 232 millones de dólares, luego de impuestos. Es muy obsceno para una corporación que emplea mano de obra barata”, dijo Sarah Anderson, del Instituto de Estudios Políticos de Washington.

¿Qué democracia?

El informe Riesgos Globales del Foro Económico Mundial, reunido en Davos este enero, afirma que la creciente desigualdad es el mayor riesgo para la estabilidad mundial en la próxima década. Incluso la directora del FMI, Christine Lagarde, se muestra preocupada por la desigualdad. Son discursos que, al parecer, no tienen mayor repercusión que las intervenciones del Papa Francisco, también preocupado por los temas sociales.

La respuesta de los conservadores, como señala Krugman en su artículo The Piketty Panic, se limitan a tachar a estos disidentes de “marxistas”, vocablo que utilizan para dar cuenta de “cualquier persona que considera la desigualdad de la renta y la riqueza como un cuestión importante”. Para este sector, aglutinado en torno al Partido Republicano, no se debe hablar de “ricos”, como hace el movimiento Occupy Wall Street, sino de “creadores de empleo”. Sin embargo, Krugman nos recuerda que algunos destacados conservadores aseguran que el trabajo de Piketty debe ser refutado, porque de lo contrario “se extenderá y remodelará el paisaje económico en el que se librarán en el futuro todas las batallas políticas”.

Piketty pone en evidencia uno de los mitos de los Estados Unidos: los méritos del trabajo son los que permiten amasar fortunas. Su libro demuestra, por el contrario, que la fortuna heredada y no el trabajo es la clave de la riqueza actual. O sea, las dinastías familiares. La reacción de la sociedad estadounidense que convirtió en cuatro semanas un denso libro de economía en récord de ventas muestra, como señala Krugman, que aunque el dinero sigue pesando en la balanza, “las ideas importan mucho, dando forma tanto a lo que hablamos en la sociedad como, eventualmente, a lo que hacemos”.

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