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Curando a la facu

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La Facultad de Ciencias Médicas de Rosario. Damián Verzeñassi es el responsable de que los médicos se reciban luego de hacer su práctica final relevando la salud de los pueblos santafesinos. Así, sistematizaron las enfermedades que se expanden al ritmo del modelo agrotóxico. Las consecuencias.

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Algo del paisaje que rodeaba a esa escuelita rural del sur de la provincia de Santa Fe llamó la atención de Damián Verzeñassi. Era la primera vez que el Campamento Sanitario de la Facultad de Ciencias Médicas de Rosario se realizaba como práctica final de la carrera de Medicina, y el sitio acordado fue la comuna de Santa Isabel, un pueblo de casi 5 mil habitantes. El comienzo no pudo ser mejor: el grupo académico llegó a la escuela del paraje de Runciman en medio de un recibimiento con fuerte aroma a asado.

Verzeñassi vislumbró la postal.

Soja, soja, soja, soja, una escuela, soja, soja, soja, soja.

Y una gran cantidad de chiquilines con lesiones en la piel.

-¿Che, qué te pasó acá? –preguntó, temiendo un caso de maltrato familiar.

-Me lastimé.

-¿Cómo te lastimaste?

-Me rasqué.

-Tenés que rascarte fuerte para cortarte así.    

-Sí, porque me pica y me pica.

No era sólo un caso. El 90 por ciento de los chicos tenía las mismas lesiones. Verzeñassi salió del aula, caminó hasta el alambrado que a 10 metros separaba la escuela del campo infinito, observó la fumigación y asoció: “Estos son problemas de lesiones en piel en función a esta exposición”. Metieron a todos los chicos adentro del aula y le preguntaron a la directora si esa escena era usual. Les respondió que sí.

En medio del calor insoportable de diciembre, el grupo de la facultad detuvo al hombre que no paraba de fumigar. Estaba en cuero.

-Esto no hace nada –respondió el hombre-. Estoy tirando matayuyo.

Eran agroquímicos.

Raras y nuevas

Damián Verzeñassi, subsecretario académico de la Facultad de Ciencias Médicas de Rosario y responsable académico de la materia Práctica Final de la carrera de Medicina, ya no se sorprende con lo que encuentra en su campo de batalla: las comunidades. “En la comuna de Acebal, en el sur de la provincia, nos encontramos con gente que padecía síndromes raros, que no son frecuentes, que en las estadísticas registran un caso cada millón de habitantes, uno cada 300 mil, uno cada 250 mil o uno cada 20 mil habitantes. En una población de 4 mil, encontramos cuatro juntos. Son enfermedades que no era frecuente encontrar 15 años atrás”.

Con este panorama construido a partir de diagnósticos evaluados y confirmados por alumnos, alumnas y docentes en el marco de los Campamentos Sanitarios, el grupo académico comenzó a preguntarse por qué en diversos pueblos de menos de 10 mil habitantes estaban ocurriendo los mismos problemas de salud con las mismas frecuencias. “En la fundamentación de los Campamentos hablamos de la construcción de una herramienta de análisis epidemiológico de las comunidades que viven en la región, porque es ahí donde la facultad tiene su radio de acción y de donde provienen el 85 por ciento de los estudiantes que vienen acá”, señala.

Y apunta: “Nosotros nunca fuimos a buscar los problemas de salud de los agrotóxicos”.

La carpa polémica

La facultad vivió en el año 2007 un viraje político. Verzeñassi había sido presidente del centro de estudiantes y, junto a otros compañeros y compañeras, creó la cátedra de Salud Pública, a comienzos de la década. Años después, inauguraron la materia Salud Socioambiental, desde donde construyeron su trinchera. En 2007 esa corriente universitaria ganó el decanato de la facultad, entre otros puestos clave. A partir de ese momento, entre otras medidas, esa conducción modificó la política de ingreso a las carreras de Ciencias Médicas. La lógica: no más exámenes eliminatorios, sino módulos inclusivos, que no serían condición obligatoria para cursar las materias de las carreras, pero sí para rendir finales.

Dentro de ese proceso de cambio, Verzeñassi fue designado como responsable académico de la Práctica Final de Medicina. Su idea fue ponerla patas arriba. “Era hora de darle otro sentido a la formación final”, dice.

¿Por qué?

El último año equivale al 30 por ciento de la carrera en carga horaria. La mayoría es práctica. “El estudiante no puede recibirse en la universidad pública sin tener, al menos, una experiencia que le deje absoluta claridad y certeza de que obtuvo su título gracias al aporte que hicieron 40 millones de argentinos que pagaron sus impuestos, y no resultado de una cuestión individual. Recibirse es un esfuerzo colectivo, y teníamos la posibilidad de hacerlo real, pero no sabíamos cómo”.

Algo tenían en claro: no querían pensar la graduación en los términos de examen de egresos tradicionales, sino realizar una evaluación final integradora que entienda el proceso de formación de los futuros profesionales como resultado del trabajo colectivo. “En ese contexto nace el campamento sanitario, que permite nuclear, en un mismo tiempo y lugar, una lógica de evaluación que no es eliminatoria, que evalúa a la universidad y permite vincular al estudiante y a la facultad con la comunidad. Y, además, que este proceso pueda, a la vez, generar datos científicos; en este caso, estadística epidemiológica. Ahora sé cuáles son los problemas de salud de la región y qué es lo que no me puede faltar en mi cursado, porque el médico que se reciba va a estar trabajando ahí”.

Stop.

Una cátedra como trinchera, una filosofía de graduación distinta, una práctica innovadora, campamentos que ponen a las y los estudiantes cara a cara con los pueblos, la producción de datos científicos para la comunidad y no para engordar carpetas personales, un cursado que se reformula en base a los problemas reales que presentan las poblaciones.

Falta algo.

Verzeñassi advierte “¿Viste? Nuestros propósitos no tenían nada que ver con agrotóxicos”.   

Orgías y gitanos

La modalidad de los campamentos sanitarios se aprobó en 2009, y se topó con una fuerte resistencia del grupo académico que había perdido las elecciones dos años antes. “Argumentaron que no iban a dar su voto para aprobar ´algo que se iba a transformar en una gran orgía colectiva o en un campamento gitano´”, recuerda Verzeñassi. “Lo peor de todo es que el que dijo eso hoy está siendo investigando porque se robó la plata de la cooperadora de la facultad”.

Las reacciones, sin embargo, no solamente se produjeron en el núcleo docente, sino también estudiantil. Hicieron movidas y pegaron carteles por toda la facultad con la cara del grupo docente que, apuntaban, quería desvirtuar lo que significaba “ser médico” para obligarlos a estar en una carpa sin baños y apretados. Finalmente, para aflojar las tensiones, acordaron que el primer campamento sería voluntario, mientras que los restantes comenzarían a ser obligatorios para la graduación final.

Uno de los insurgentes fue César Dib. Un día irrumpió y paró una de las clases de Verzeñassi para exigir explicaciones sobre la nueva modalidad. “Cuando este grupo político asume en 2007, muchos del bando opositor tenían ocupados espacios áulicos y se ocupaban de bastardear la cabeza de los estudiantes en contra de las medidas que se adoptaban. Así fue todo el proceso de formación de mi generación: te instaban a pensar sobre la validez que podía llegar a tener ese título manejado por un grupo de improvisados”. Dib no quería asistir al campamento voluntario, pero algunos compañeros que se habían anotado terminaron por empujarlo, aunque escépticamente, a conocer esa nueva experiencia. Y reconoce, incluso, que muchos estudiantes iban con la idea de boicotearla o pudrirla. “Cuando llego, no sólo me doy cuenta de que no era un grupo de improvisados, sino que la herramienta de evaluación era totalmente innovadora y superadora de cualquier otra”, reconoce Dib, que hoy es subsecretario de Bienestar Estudiantil de la Facultad y uno de los docentes de la Práctica Final. Y afirma que el suyo no fue un caso aislado, sino que esa es otra de las virtudes de los campamentos.

Transforma.

Pueblos fumigados

El primer campamento se puso en marcha en 2010, en Santa Isabel. “Ahí nos encontramos que la principal causa de muerte en este pueblo no es la principal a nivel nacional, y que aparecen enfermedades como hipotiroidismo que no aparecen en los registros nacionales, y que, acá, era la tercer causa de enfermedad crónica”, recuerda Verzeñassi.

Raro, pensaron.

Debe ser el pueblo.

Fueron al segundo.

Encontraron lo mismo. “Puede que sea porque están en el mismo departamento”, dijeron.

Fueron a otro.

Lo mismo.

El tercer campamento fue en simultáneo, en dos localidades distintas. “Mismo perfil”, dice Verzeñassi, que remarca que las diferencias en los resultados estaban dadas en función de las cercanías de las residencias de las personas relevadas a silos o acopiaderos. Y así, no sólo en Santa Fe: los campamentos realizados en pueblos de Córdoba, Entre Ríos y Buenos Aires presentaron las mismas características. “Empezamos a ver que lo que aparecía como enfermedad hace 15 años no es lo mismo que lo que aparece ahora”, señala el docente. A partir de esa realidad, surgió una pregunta: ¿qué es lo que está pasando?

La respuesta, elabora el grupo docente, no tiene una relación de causa/efecto como la que puede brindar un laboratorio. Pensaron el siguiente teorema: si el ciclo vital de un sujeto se construye a partir de una cantidad de elementos que se relacionan entre sí -y con distintas fuerzas- a lo largo de su vida, y esos elementos son los que le producen más o menos problemas de salud, ¿qué elementos hay de común entre los pueblos?

Lo que tienen en común es los siguiente:

Todos están en medio de áreas de producción agroindustrial de eventos transgénicos dependientes de agrotóxicos.

Entre el 89 y el 70 por ciento de la población vive a menos de mil metros del área de fumigación.

Los cambios se han dado en los últimos 15 años a raíz de la modificación del modelo productivo.

“Elaboramos la hipótesis de que es muy probable que la modificación del modelo productivo en esa región esté teniendo alguna implicancia o una fuerza importante en el desarrollo de los problemas de salud de las personas”, sintetiza Verzeñassi.

Respuestas

Ana Zamorano, otra de las docentes de la Práctica Final, recuerda cuando le preguntaron a un vecino de uno de los pueblos cuáles eran las causas de muerte de su comunidad. “Lo único que sé es que no se mueren más de viejos”, le contestó.

Dice Zamorano: “A eso hay que darle una respuesta. Los libros que estudiamos son de Europa, Estados Unidos, tienen otra epidemiología y están escritos hace más de diez años. Los perfiles de nuestros pueblos han cambiado a medida que cambió el modelo productivo. Y que en la universidad podamos discutir ese modelo con los estudiantes que se están recibiendo de médicos es muy importante, porque estamos instalando muchos temas, incluso el de la soberanía alimentaria, como una prioridad”.

El pato

La Facultad de Ciencias Médicas de Rosario ya lleva realizados 17 campamentos sanitarios en tres años de implementación, más de 90 mil vecinos y vecinas involucradas y alrededor de 2.000 personas graduadas. Con estas cifras, el grupo docente subraya que ya no hay margen para que sigan calificando a la experiencia como “campamentos gitanos” o, como sucedió luego de los sorprendentes resultados, generadora de “conflicto social”.

Claro: con estos resultados sobre la mesa, los pueblos comenzaron a reclamar.

Verzeñassi: “Si a vos te tiran arriba de la mesa algo que tiene dos patitas, que tiene membranas, tiene plumas, tiene alas, tiene un pico cuadrado y hace cuak, lo más probable es que sea un pato. Está bien: no lo sometí a un estudio genético para ver si tiene la genética del pato, pero tenemos muchas herramientas para pensar que es un pato”.

¿De qué pato estamos hablando en este caso?  Según los relevamientos de los campamentos sanitarios a los que tuvo acceso MU tiene los siguientes rasgos:

Los casos de cáncer o tumores en varias comunas de Santa Fe llegaron a triplicarse y hasta cuadruplicarse en los últimos años.

Si se tiene en cuenta que el promedio nacional en 2008 era de 206 casos cada 100 mil habitantes, en la localidad de María Teresa, entre 2007 y 2011, se registró un equivalente a casi 2 mil casos cada 100 mil habitantes. Esa cifra duplicaba los casos ocurridos en esa misma comunidad entre 2002 y 2007.

De acuerdo a los dos mismos quinquenios, en la localidad de María Susana las enfermedades se cuadruplicaron: treparon hasta un equivalente a casi 2.500 casos cada 100 mil habitantes.

¿Cuál es la respuesta de las autoridades con el pato arriba de la mesa? Simple: argumentan que ahora se descubren más casos porque hay mejores métodos de diagnóstico.

Verzeñassi: “Supongamos que es por eso, igual hay un problema para confirmar esa hipótesis: no tengo más casos que antes de los mismos tipos de cáncer. Tengo otros que antes no tenía: linfomas, leucemias, cáncer de tiroides, páncreas, testículos, mamas. ¿La Universidad puede callarse esto? ¿Puede hacerse la distraída? ¿Puede echarle la culpa a los agrotóxicos? No, pero decimos: esto está pasando. Veamos qué puede haber pasado para que hayamos tenido semejante transformación en las formas de morir en estos lugares que, además, no coinciden con la media nacional argentina registrada. Y este dato que aporta la Universidad sometámoslo a un intercambio con los registros oficiales y construyamos uno más completo”.

En ese sentido, el cuerpo docente afirma que otro de los problemas del sistema de salud son los registros. Esto es: los pueblos denuncian problemas de cáncer, las autoridades responden que eso no sucede y que los casos son pocos.

¿Alguien miente?

Si no es así, ¿qué sucede para que haya una diferencia tan notable -y vital- entre ambas posiciones?

“Entre el 40 y el 60 por ciento de las poblaciones que hemos entrevistado no se atienden en los sistemas de salud locales. Entonces esos casos no quedan registrados en ningún lado, los perdés como dato. Ahí identificamos una diferencia importante que puede tener que ver con la información sesgada que da el sistema estadístico oficial”, explica Verzeñassi.

¿Qué es la salud?

El campamento sanitario es la etapa final de nueve meses intensivos, en los que los grupos rotan por emergencias intra y pre hospitalarias, centros de salud y hospitales. El cierre que representa la Práctica Final, entonces, propone pasar cinco días en una de las comunidades, caminando, encuestando, relevando, preparando informes y durmiendo poco, en clubes, polideportivos o galpones. La cantidad de estudiantes varía: pueden ser 50 ó 120, y el número depende de la capacidad del lugar gestionado por los responsables académicos de la Práctica Final.

Un dato: los campamentos se realizan en comunidades de no más de 10 mil habitantes. “Es muy difícil permanecer indiferente. Estás cinco días en una comunidad, que se preocupa, que te da de comer, que te pregunta si tenés frío o no, que te abre las puertas de su casa y, encima, te cuenta sus problemas de salud”, advierte Ana Zamorano.

Ahí está la clave de la transformación subjetiva que viven los estudiantes. “Todavía quedan muchos docentes que trabajan la cabeza del estudiante con la vieja medicina, que consideran la práctica como algo representado por el médico inmaculado, de guardapolvo blanco, detrás de un escritorio”, apunta César Dib. El campamento rompe con esa concepción.

Javier Albea, 30 años, docente y tutor, agrega: “Un amigo me dijo que, con esta experiencia, le habían vuelto las ganas de ser médico: se había perdido entre los papeles y los libros y se había olvidado la conexión con la gente”. Federico Podestá, otro de los coordinadores, enfatiza: “El campo de acción del médico es mucho más amplio que un hospital o una guardia”.

Zamorano, que siente la experiencia de los campamentos como un espacio clave de construcción política, subraya que hay muchos estudiantes a quienes les cuesta describir qué entienden por salud, más allá de las definiciones académicas o de los organismos internacionales. “En una comunidad fuimos a entrevistar a un señor que era como la atracción del pueblo: corría maratones. Le preguntamos qué era la salud para él. Y dijo: ´Todo lo que a mí me permita correr´. Y se rió, y notamos que le faltaba toda la dentadura de arriba. Según la Organización Mundial de la Salud, ese hombre estaba enfermo porque no tenía dientes”.

Tonada del libre albedrío

Verzeñassi apunta que no sufrieron presiones de las corporaciones del agro. “Para que levanten el teléfono tienen que saber que alguien los va atender”, resume. Sin embargo, sí hubo cortocircuitos con Miguel Ángel Cappielo, ex ministro de Salud de Santa Fe durante la gestión de Hermes Binner. “Cuando trajimos los resultados, nos pidió que nos calláramos la boca. Le dijimos que no, que como universidad pública nos debemos a la gente y no a las autoridades de turno, y que no lo estábamos culpando de nada, pero íbamos a decir que algo estaba pasando”, recuerda Verzeñassi. El diálogo se cortó, y la presión del ex ministro sobre algunas comunas, afirma el cuerpo docente, impidió el relevamiento de los campamentos sanitarios aun en aquellos pueblos que ya habían aprobado la práctica. “Es riquisito nuestro no ir a ningún lugar sin la aprobación del presidente comunal o el intendente, para evitar conflictos”, explican.

Hay más: el Ministerio provincial pidió que la universidad realizara un juicio académico al cuerpo docente de la Práctica Final. No prosperó.  “Hasta los que no coincidían con nosotros ideológicamente salieron a decir que era una barbaridad. ¿Cómo vas a sancionar a un docente por difundir datos de una investigación?”, pregunta Verzeñassi, que remarca que el contacto con los funcionarios provinciales se recuperó con la actual gestión de Antonio Bonfatti.

El otro actor que le bajó el pulgar a Verzeñassi fue el Conicet. “No me acreditaron la postulación para investigador por estar políticamente donde estamos, bajo el argumento de que no tengo un posgrado aprobado y no tenía ninguna investigación científica validada para justificar que quería entrar en la carrera. La verdad es que no me preocupó. Es en la Universidad donde quiero desarrollar mis investigaciones. Son las reglas del juego: se la hicieron a Andrés Carrasco, que fue presidente del Conicet, ¿no se la van a hacer a una cucaracha del sistema como yo?”.

El futuro

«Hay una canción de Silvio Rodríguez sobre algo que decía Ernesto Guevara: ´Ningún intelectual debe ser asalariado del pensamiento oficial´. Y yo sostengo eso. Nuestros científicos tienen que exponerse”, afirma tajante Miguel Ángel Farroni, 58 años, decano de la Facultad de Ciencias Médicas de Rosario. “Exponerse en el sentido de jugarse por la comunidad en la que están insertos. No hacer solamente una investigación que tenga que ver con el metabolismo del calcio, sino trabajar en función de las necesidades sociales, de por qué se enferman, por qué hay más hipotiroidismo y cáncer de mama. Exponerse como lo hizo Andrés”.

Andrés es Andrés Carrasco, el científico que en 2009 confirmó los efectos devastadores del glifosato y acompañó y formó parte de la resistencia de los pueblos fumigados al avance de las corporaciones, fallecido a comienzos de mayo. “Dios se quiere llevar a los grandes para tenerlos a su lado”, dice Farroni citando a su madre. Un dato: la Facultad estableció el 16 de junio como Día de la Ciencia Digna en homenaje a Carrasco: es el día de su cumpleaños.

Andrés Carrasco solía referirse a la Universidad Nacional de Río Cuarto y a la Facultad de Ciencias Médicas de Rosario como el “futuro digno” de la ciencia argentina. Sus investigaciones son citadas por Verzeñassi como material que utiliza en los seminarios y tutorías para potenciar la formación de los profesionales. “Lo que Carrasco confirmó en un laboratorio, nosotros lo vimos en los territorios”, dice. Y le responde a las corporaciones: “Si quieren discutir en serio, les reclamo que me presenten una prueba seria de que los agrotóxicos son inocuos para la salud humana. Yo tengo respaldo: tengo las investigaciones de Carrasco y de otras tantas universidades del país y del mundo. No existe ninguna discusión racional éticamente sostenible que pueda justificar la muerte en función de ganancia alguna”. Y concluye: “Quizás estas experiencias nos permitan contar con profesionales que puedan entender que los problemas de salud que las personas tienen y manifiestan en sus cuerpos están relacionados con formas de organización de la sociedad, en función de las lógicas que hoy imperan: las del mercado. Si la Facultad de Ciencias Médicas de Rosario, que es la encargada de formar a los profesionales, no puede hacer un aporte para rediscutir qué tipo de sociedad queremos, no es necesario que estemos acá”.

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