Nota
24 de marzo: el día en que el mundo es un pañuelo
Una multitud desbordó Plaza de Mayo para reafirmar Nunca Más y convertir en histórica una marcha donde los protagonistas fueron las niñas y niños que sus padres llevaron a upa, a babucha y de la mano, con carteles, pañuelos y una decisión: enseñarles así qué es la democracia.
Elena lleva su pañuelo blanco en la cabeza, como siempre. Pero Elena no es una sub-100 o sub-90, como las Madres y Abuelas. Tiene 5 años, y su pañuelo exhibe cuatro flores bordadas, una por cada 24 de marzo que ha marchado a Plaza de Mayo. Francisco, el padre treintañero, la lleva sobre los hombros y dice: “Estar aquí es parte de la educación de la nena”. Nos rodea una multitud, el estruendo de bombos y altoparlantes, el aroma a hamburguesas. Elena sonríe, saluda a la gente. Francisco agrega algo que nunca escuché en años de venir a la Plaza, no sé cuántos (eso pasa por no tener pañuelos con flores bordadas). “Vengo con mis hijos porque esto es un acto de la familia, por eso vas a ver miles de personas con sus chiquitos”.
Detrás hay un poster con fotos de Roberto Santoro, Gustavo Cortiñas, Carlos Mugica y Victoria Walsh, hecho por La Poderosa. Francisco alza a Juliana, su otra hija, que tiene dos flores bordadas en el pañuelo.
La Pirámide de Mayo, con su imagen de la Libertad en la punta, está tapada con lonas porque parece que la están refaccionando. Por ahora es un monumento amorfo, azul y enigmático.
En este lugar y sus alrededores, hace 41 años sólo había militares y policías armados, y la desgracia asumiendo el control del país. Hace casi 40 años, el 30 de abril de 1977, había 14 mujeres.
Esas mujeres tuvieron el grado suficiente de coraje, desesperación, o amor –o todo eso junto- como para plantarse frente a los balcones rosados a reclamar por sus hijos desaparecidos.
La que convocó aquel encuentro de 1977 fue Azucena Villaflor de De Vincenti. Tiempo después fue secuestrada y desaparecida junto a otras dos madres: Esther Careaga y Mary de Bianco, y otro grupo de personas en la Iglesia de la Santa Cruz. Fueron víctimas de los valerosos integrantes de la ESMA, y engañadas por Alfredo Astiz, que se hacía pasar como hermano de un desaparecido. Las cenizas de Azucena están bajo una placa junto a la Pirámide tapada de lonas azules, que en este extraño 2017 está rodeada por Elena, Juliana, Francisco y cientos de miles de personas convocadas por ideas de las que dependen demasiadas cosas: memoria, verdad y justicia.
Salió Viva
Desde Congreso a Plaza de Mayo las paredes mostraban afiches con una propuesta económica y cultural: “No compre Clarín”. Los trabajadores de Artes Gráficas Rioplatenses (AGR), la imprenta del diario, tomaron la planta en enero para evitar casi 380 despidos, y acaban de publicar su propia versión de Viva -la revista dominical del diario- en la que explican cómo los despidos masivos se dan en medio de ganancias multimillonarias de la empresa.
Los trabajadores instalaron tres carpas a lo largo de la marcha, vendiendo cada ejemplar de su revista a 50 pesos como aporte al fondo de huelga. Carpa del Congreso, al mediodía: “Ya vendimos como 300”, relatan con sonrisas cautelosas. Dato: “Clarín está imprimiendo sus revistas afuera, incluso en Chile. Lo que buscan es romper la resistencia para precarizar a los trabajadores”.
La multitud se movía lentamente desde Congreso hasta Plaza de Mayo, incluyendo las calles adyacentes y las dos diagonales. Se veían signos de anteriores movilizaciones: convocatorias a la marcha docente, la de la CGT, o pintadas como “macho = facho”.
Lelia con rulos canosos: “Marcho porque no hay que olvidar, y siento que este gobierno está mandando para atrás cosas que se han conseguido”. Hubo diferentes convocatorias para el acto, de organismos de derechos humanos, partidos, sindicatos y miles y miles de organizaciones sociales de todo tipo. Lelia: “Todo es muy válido, pero yo vine por mi cuenta”.
Desde el escenario principal se leían cataratas de adhesiones, se exigía a los gritos que un grupo no arrojara bengalas, se avisaba por chiquitos perdidos, se reclamó una y otra vez contra la arbitraria detención de Milagro Sala en Jujuy, y se pudo escuchar algo que acaso sea un himno: Los Dinosaurios, de Charly García. Había muchas organizaciones con las banderas altas para que se vieran desde el palco y las cámaras, como suele suceder.
Subió al escenario un ex combatiente, quien aclaró que la única guerra que libraron los militares fue la de Malvinas, con los vergonzosos resultados conocidos. Recordó a figuras como Alfredo Astiz y Jorge Acosta (a) El Tigre, que fueron encarnizados secuestradores de mujeres y hombres y niños indefensos en su propio país, en lo que no fue una guerra sino un genocidio. Pero esos mismos militares se rindieron con alto grado de velocidad y eficiencia durante Malvinas.
En la carpa de AGR de Plaza de Mayo pasan otro dato, con un pulgar arriba: “Hasta ahora, vendimos más de 1.000”.
Manzanas y flequillos
Un poco más allá, dos jóvenes, Andrea y Eliana comen manzanas. Andrea: “Yo vengo siempre. Para mí es una sola convocatoria. No es una cuestión de qué bandera llevás”.
Algunos funcionarios argentinos han puesto en duda la cantidad de desaparecidos, en algo que se ha dado en llamar negacionismo. Eliana: “Yo lo llamaría pelotudez atómica. Es como en Europa, donde los neonazis quieren desmentir el genocidio judío. Es como justificar lo injustificable”.
Sobre las internas y trifulcas en el movimiento de derechos humanos, dice Andrea: “No cambia mi idea de venir a la marcha. Me da una pena tremenda que haya peleas internas que además se hacen públicas, pero bueno”. Eliana: “Estamos en democracia, la internas son válidas. Tampoco vas a estar con quien no querés estar”.
Eduardo, arquitecto, agrega: “Pero si Bonafini piensa que Carlotto es una traidora, y se le ocurre decirlo justo el día antes de una movilización tan importante, ¿qué hace? ¿Suma o resta? ¿A quién le sirve? ¿Y qué hay que hacer? ¿Empezar a preguntarle por Sueños Compartidos?”. Maggie, su mujer, también arquitecta: “¿Por qué vine? Porque aquí hubo un genocidio de Estado programado y planificado con muerte, exilio, desapariciones, terrorismo. Y nos conmueve esto. Y estamos felices por la masividad de esta marcha”.
Sobre Avenida de Mayo una mujer ve pasar la columna de Madres Línea Fundadora y no puede dejar de llorar. Se llama Leticia: “Veo a esas mujeres que iniciaron todo esto, y es muy fuerte. Es una emoción absoluta. Esto va a seguir sin parar, es una herida que no cierra”. A su lado Fernando propone: “Hay que estar en la calle, y juntos. Más en esta época”.
Micaela llegó con su flequillo violeta y un cartel en el que se lee “Son 30.000” de un lado y “Nunca más” del otro, con la letra A mayúscula rodeada con un círculo: el símbolo anarquista. Pero Micaela usa otra palabra, como acostumbra Osvaldo Bayer: “Soy libertaria y apartidaria. Vengo porque las plazas hay que llenarlas más allá de las diferencias partidarias que tengamos. Lo que digo es que somos todos lo mismo, hay que pelear por la justicia, y por la sangre derramada que hay en este piso. Hubo mucha gente que dio su vida para que tengamos el poder de la palabra. Lo que apoyo es que tengamos todos los mismos derechos, creo que hay que repartir lo que tenemos, disfrutar todos de lo mismo, de los derechos básicos. No hablo de asistencialismo, sino de avanzar hacia una sociedad mejor que ésta”.
Soledad y Santiago llegaron con su bebé de 6 meses, Vicente, que observa muy atento todo lo que se mueve alrededor. Les cuento de la pequeña Elena y su pañuelo bordado. ¿Estarán naciendo las niñas y niños de Plaza de Mayo? Soledad: “Sería buenísimo. Yo vengo siempre. Pero ahora además tengo que educar a mi hijo. La educación en serio es desde la cuna. Hoy Vicente es chiquito pero me gusta que nos acompañe. Porque eso también significa que nos estamos comprometiendo nosotros. No como militantes ni nada especial: como personas comunes y corrientes”.
Nada es común ni corriente. Mamá Sol nació el día que terminó la guerra de Malvinas. Su pareja, Santiago: “Venimos a acompañar. Pero no como ovejas, sino como parte de un colectivo. Y el colectivo no es un partido: somos todos los que estamos acá”. Pasa alguien con una pancarta escrita a mano: “Macri = Martínez de Hoz”.
El tren
Mariana tiene 36 años y una señorita llamada Frida en brazos, de 3 meses: “La traje porque está bueno que desde chica ella sea también parte de nuestra historia. Van a ser la nueva generación”.
Volviendo por 9 de Julio, en otra carpa de AGR informan: “Acá, más de 3.000”. Así en cada puesto, y todavía faltaba un buen rato para el cierre de la jornada.
Una columna lleva la bandera de los Trabajadores Migrantes, pero en realidad no es una columna sino que hacen un trencito bailando bolivianas, colombianas, brasileñas, chilenas, peruanas, paraguayas. Cartel: “Migrar no es delito, discriminar sí”. Y un canto: “Olé olá, soy inmigrante, no criminal, y tu decreto lo vamos a derogar”.
Explica el boliviano Juan Vázquez: “El decreto de necesidad y urgencia número 70 de Macri precarizó la situación de los migrantes. Por eso estamos preparando un Paro Migrante para el 30 de marzo, cuando se recuerdan 11 años de la muerte de 6 personas en un incendio de un taller textil”.
Para Juan hay también una cuestión de memoria: “Estamos recordando que durante la dictadura argentina desaparecieron 9 colombianos, 42 bolivianos y 15 paraguayos, por lo menos. También nosotros hemos participado en ese proceso de búsqueda de la transformación social”. El Paro Migrante incluirá industria textil, ladrilleros, y producción frutihortícola que tiene amplio porcentaje de participación familias migrantes. “El nuestro es un tema de derechos humanos, te pueden deportar en 5 días armándote una causa de la cual ni siquiera fuiste informado. Destrozan vínculos familiares y persiguen a quienes intentan procesos organizativos para defendernos”.
Sigue el trencito y la gente, las familias y las organizaciones empiezan la retirada.
El gran escenario no fue el que se armó cerca de la Pirámide. El gran escenario fue la calle.
El mundo es un lugar crecientemente indefinido e incierto, pero en días como hoy -24 de marzo de 2017- si se escucha y se intenta comprender, algo parece real: el mundo es un pañuelo.
Nota
MU 215: Sin chamuyo



Viaje a la vida en el Delta: Y la nave va
Mientras el gobierno nacional privatiza la principal vía navegable del país con un nivel de tráfico comercial gigantesco y opaco, quienes habitan el delta advierten sobre el impacto a una forma de vivir, al humedal que provee biodiversidad, y a una soberanía que se pierde río abajo. Viaje en barco de MU desde el bajo delta bonaerense, para conocer y escuchar a isleños, productores, docentes, ambientalistas y vecinos que resisten otra avanzada sobre un territorio en disputa.
Por Francisco Pandolfi

Gonzalo Giles, pensador y comunicador «disca»: Error en el sistema
Gonzalo Giles, activista del movimiento disca que resiste el ajuste.
Es mudo pero logra hacerse oír. Humor, creatividad y política:
“Necesitamos menos caudillos y más gente que construya”.
Es escritor, activista y referente de una generación que convirtió la experiencia de la discapacidad en una potencia de comunicación y acción. Ahora prepara un espacio propio para intervenir en política. Una conversación sobre prejuicios, salud mental, amores, liderazgo, y “lo disca” como una categoría desde la cual pensar –y reconstruir– un país.
Por Sergio Ciancaglini

La dictadura en el delta: Los sonidos de El Silencio
La quinta El Silencio fue un centro clandestino en el que la dictadura escondió en 1979 a 40 personas secuestradas. ¿Cuánto se sabía y cuánto se callaba entre las islas y ríos del Delta? Un viaje a ese paisaje y a esa realidad: la alianza entre una vecina y una historiadora, lo que cuentan los sobrevivientes, los barcos de la muerte y la investigación de chicos de la zona, con sus preguntas y sus grabadores, para entender el pasado y mucho del presente.
Por Lucas Pedulla

Violencia policial en Constitución: La ley y el orden
La Policía de la Ciudad asesinó a Víctor Vargas (foto) disparándole tres balazos por la espalda. Intentó ocultar la verdad del crimen pero la investigación judicial detectó a los culpables y se abrió una causa sobre la relación entre la venta de drogas y la complicidad policial. ¿Quién era Víctor? Constitución como tierra de nadie y la violencia institucional contra prostitutas, travestis y quienes tratan de sobrevivir a la crisis de cada día.
Por Claudia Acuña

El «Woodstock ambiental» contra los agrotóxicos: De película
Alarmados por los pesticidas y sus efectos de contaminación ambiental y humana, estudiantes y un maestro de una escuela pública cordobesa empezaron a componer canciones. Convocaron tímidamente a artistas, y se sumaron más de 300. Ya hicieron tres discos y un recital en el campo. Una canción para mi tierra es el film que relata esa aventura que empezó en una comunidad, siguió por decenas de escuelas y tiene contagios en defensa del ambiente y la vida desde España hasta el Amazonas.
Por María del Carmen Varela

Un biodrama del presente: Puta madre
La obra Putamadre muestra los mandatos, la soledad de las mujeres que crían solas, y una sociedad que las juzga antes de escucharlas. Lejos de la maternidad romántica, humor, amor y la historia real de una madre con su hijo todavía preso: ambos en escena, él a través de una filmación desde la cárcel. Lo que puede el arte para derrumbar prejuicios.
Por Evangelina Bucari

La Cogolla: Flor de cultivo
Yael Frida Gutman mezcla cabaret, transformismo, música y humor para hablar de cannabis, autogestión y libertad: una obra que crece desde hace cinco temporadas y convierte cada función en una celebración, una conversación y una invitación a pensar.
por María del Carmen Varela

Desentendimiento: Fingir demencia
Sabemos lo que pasa, pero no hacemos nada. La filósofa eslovena Alenka Zupančič escribió Desentendimiento-Una forma perversa de la razón en la crisis permanente, sobre ese rasgo que no es el “negacionismo” y que consiste en eso que llamamos “fingir demencia” (o normalidad). Las fake, el oscurantismo, y los que se creen por encima de la gente.
Por Franco Ciancaglini

Crónicas del Más Acá: Parlantes
Por Carlos Melone
Nota
MU 214: Mujer maravilla

Ella y sus dos hijos llevan glifosato en su sangre, al igual que muchos y muchas en
Pergamino, localidad contaminada por el agronegocio donde dieron batalla y hoy
protagonizan un juicio histórico contra productores y funcionarios. ¿Será justicia?

Ganar la vida: La historia de (no) ficción de Sabrina Ortiz
Su hijo Ciro tenía 120 veces más agrotóxicos que lo “admisible”. Su hija Fiamma, 100 veces más; ella, 58. Viven en Pergamino, llamada “la capital del veneno”, donde se encontraron pesticidas hasta en el agua de red. Bajo amenazas de muerte Sabrina inició una denuncia convertida en un juicio histórico que está por tener sentencia buscando terminar con la impunidad. La acompaña una abogada de lujo: ella misma se recibió como parte de su lucha, porque nadie se atrevía a representarla. No es una película sino un retrato de la Argentina actual: un modelo de contaminación, enfermedad y muerte, frente a la lucha de las comunidades que no se resignan a un presente tóxico.
Por Francisco Pandolfi

La calle criminalizada: El derecho a la protesta en la era Milei-Bullrich
El teatro antidisturbios del presente: descontrol de las fuerzas represivas, cientos de heridos, detenciones arbitrarias, armado de causas, y un proceso judicial que poco tiene de justicia. Los casos de Milton Tolomeo y Eneas Gallo, aún detenidos por protestar el día de la Ley de Reforma Laboral, hablan de la impunidad con la cual se maneja el gobierno con aval de jueces y fiscales. Lo cuentan ellos, sus familiares y defensas en esta investigación especial.
Por Lucas Pedulla

Década perdida: Marta Montero, mamá de Lucía Pérez
“Estamos como el día 1”. La frase de la madre de la joven asesinada en 2016 remite a aquel año: cuando denunciaron que dos narcofemicidas habían abusado y asesinado a su hija, hasta hoy, dos juicios después, pues la impunidad sigue consagrada. De motivar el Primer Paro Nacional de Mujeres a la decisión que tomó Marta ahora: estudiar abogacía. La injusticia como una tortura y la lucha como un tejido social que sigue en Mar del Plata, con un centro cultural, un bachillerato y un movimiento que no se amilana.
Por Evangelina Buccari

La Cordobaza: 3J y el Ni Una Menos en la provincia de Agostina
La undécima edición del Ni Una Menos llegó a Córdoba con una herida abierta y reciente: el femicidio de Agostina Vega, de 14 años, ocurrido días antes en la ciudad. La convocatoria no necesitaba más argumento que ese flequillo y esa mirada. La gente salió a la calle bajo la lluvia once años después del grito que fundó esta fecha, con la misma urgencia y con la misma pregunta sin respuesta. Cómo se busca justicia.
Por Bernardina Rosini

El modelo Redondo: El Indio Solari y la autogestión
¿Qué explica que una banda que rechazó las reglas de la industria se haya convertido uno de los fenómenos culturales más masivos de la Argentina? Desde la producción de sus discos hasta la organización de sus recitales, desde el vínculo con su público hasta la construcción de una comunidad capaz de sobrevivir a su propio fundador, la historia del Indio Solari y sus grupos también es la historia de una forma de crear, pensar, sentir y organizarse, con la autogestión como herramienta y filosofía de vida.
Por Francisco Pandolfi, Mariano Randazzo y Franco Ciancaglini

Mundo Chueco: Jorge Chueco Romero, sacerdote de Ciudad Oculta
Es cura en Ciudad Oculta. Todos los miércoles acompaña el reclamo de jubilados en el Congreso, donde aguanta los palazos y el gas pimienta. No cobra la asignación de la Curia, sino que vive de su trabajo como obrero y albañil. Una “camicharla” entre los murales del barrio: qué hacer con la vida, Bergoglio, el Indio, el peronismo, y una lista de cosas importantes.
Por Sergio Ciancaglini

El trava power: Las Simbióticas
Nacidas en las sierras cordobesas, mezclan cumbia, humor travesti y compromiso político. Entre canciones, risas y reflexión, sus integrantes reivindican la construcción de redes, la diversidad y la alegría como forma de resistencia.
Por María del Carmen Varela

Ser de luz: Nina Suárez
Acaba de sacar el disco El lado oscuro, donde enfrenta algunos fantasmas y ausencias familiares y amorosas, acaso dos versiones de lo mismo. Lo hizo con un power trío que se suena todo. Ella compone, canta y toca la guitarra de una manera conmovedora y que remite inevitablemente a su madre, Rosario Bléfari. Breve semblanza de una artista capaz de brillar con la oscuridad.
Por Franco Ciancaglini

Crónicas del más acá: GPS
Por Carlos Melone
Nota
La marcha en Córdoba: detrás de los ojos de Agostina

Córdoba llegó a la undécima edición del Ni Una Menos con una herida abierta y reciente: el femicidio de Agostina Vega, de 14 años, ocurrido días antes en la ciudad. La convocatoria no necesitaba más argumento que ese flequillo y esa mirada. Córdoba salió a la calle bajo la lluvia este 3J, once años después del grito que fundó esta fecha, con la misma urgencia y con la misma pregunta sin respuesta.
Por Bernardina Rosini
El trole que recorre los barrios del oeste de la ciudad viene casi lleno faltando dos horas para la marcha. El parabrisas anticipa el motivo: el rostro pequeño de Agostina Vega, 14 años. Era fácil intuir que será una marcha que desbordará una ciudad que expresa hartazgo. Nadie mira los barrios de Córdoba, nadie atiende a su gente. Los que ocupan los sillones más mullidos de las oficinas del poder local sobrevuelan las veredas estalladas, no las caminan. Los cordobeses respondieron muy bien a los discursos contra la casta porque describe con precisión algo que ya conocen de cerca: un Estado que administra con diligencia donde hay recursos e influencia, y que llega tarde, mal o nunca adonde no los hay.

El flequillo y los ojos de Agostina. Fotos: lavaca.org.
Lo que no se puede creer
Son las 18 horas y comienza excepcionalmente puntual la undécima edición del 3J. Llueve, llueve, llueve, como si la meteorología comprendiera mejor de duelos que quienes toca narrarlos. Miguel y Elizabeth, los abuelos de Agostina, encabezan la multitud. De frente, el arco de cámaras y cronistas. Un grupo de sikuris hace una ofrenda a las víctimas de la fecha, queman hierbas y hacen sonar su música. Recién entonces todo empieza. Tres horas llevará recorrer las diez cuadras dispuestas a paso lento y apretado, bajo paraguas que cubren a propios y ajenos. Una mujer contempla desde el cordón y llora desconsolada: «Es la primera vez que vengo. Es la primera vez en una marcha. Yo no puedo creer lo que hicieron con esa niña.» Está junto a su hija de 19 años y no sabe si sumarse al recorrido. Llora y llueve. Desde una mesa que intenta protegerse del agua se reparten lienzos con los ojos serigrafiados de Agostina. Los ojos y su flequillo de nena.
Varones
Hay varios hombres presentes: padres con sus hijas, grupos de amigos, novios. «Con los pares que no tienen sensibilidad al tema, la conversación se vuelve muy estratégica, hay que evitar el choque frontal. Mi método es a través del interrogante, que puedan encarnar la pregunta», comparte Gonzalo, de 41 años.

Acompañando la marcha y una percepción sobre los varones: «Reconocer la miseria propia es difícil». ¿Cómo es el camino para llegar desde allí, al reconocimiento del problema? Fotos: lavaca.org
«Para cualquiera reconocer la miseria propia es difícil. El problema es que el varón no asimila. Pero si asimila, reconoce; si reconoce, cuestiona; si cuestiona, suelta; y si suelta, lucha. Son muchos procesos por delante». Un grupo de docentes toma esa misma dificultad para reclamar por la ESI. «Es un cambio que requiere tiempo, pero tenemos que empezar en serio hoy, y la ESI es la mejor herramienta para trabajarlo con los chicos. Insisten con diluirla, como mínimo», se lamenta Graciela, maestra de nivel inicial en una escuela de barrio Juniors.

La familia encabezando la marcha en Córdoba. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org
La marcha se detiene frente a grandes mosaicos fotográficos que vuelven a traer los ojos de Agostina. Su mirada se despliega ocupando todo el ancho de la calle. Todos quedan detrás de ella. Ya no existe la división entre quienes la conocían -y hablaban de su risa y sus anhelos- y quienes aventuraban, con violencia, sentencias sobre su sexualidad. Todos detrás de sus ojos. Todos debajo de la lluvia.
Dónde está Delicia
Se grita al cielo preguntando dónde está Delicia Mamaní Mamaní, la joven de 25 años desaparecida desde noviembre pasado, cuando salió de su hogar en el paraje rural Punta de Agua, Malagueño, con destino a la Escuela Normal Superior Dr. Alejandro Carbó en el centro de Córdoba, donde cursaba el segundo año del profesorado de Educación Primaria. También en este caso los primeros obstáculos surgieron en las propias dependencias estatales. La mamá de Delicia intentó hacer la denuncia en medio de una profunda barrera lingüística -el aymara es su lengua materna- y ninguna Unidad Judicial de la zona la recibió durante los primeros días clave. Ante la desidia, fue la comunidad educativa del Carbó la que asumió un rol activo: organizó movilizaciones, consiguió el patrocinio ad honorem de abogadas y logró judicializar la causa una semana más tarde. También en este caso, justicia a fuerza de organización y de calle.
Paula, del barrio Portal de Córdoba, lleva un maquillaje de lágrimas rojas. No lágrimas: llanto rojo, angustioso. Levanta un cartel que recuerda que hace once años el padre de su hija abusó de la niña. Su lucha nació en las mismas fechas que esta marcha, y también la falta de respuesta. «No sucedió nada. Hice denuncias, peritajes, pero él está recorriendo Europa y ya ves dónde estoy yo«.
Justicia sin apellido
Del otro lado del cartel, el nombre de una amiga: «Jessica Barrera, presente.» Una vecina a quien el ex novio mató metiéndose por la puerta trasera de su casa. Ella había hecho la denuncia. Tenía custodia policial en ese mismo momento. Luego buscó su nombre en los padrones de femicidios y no lo encuentro. A Paula la acompaña una amiga: «Me llevó toda la noche hacer la denuncia. Me dieron un botón antipánico y a mí me sirvió. Pero es cierto que estás ocho, diez horas esperando y quién sabe qué va a resultar después.»
Lo narrado por el fiscal Garzón en la conferencia de prensa días atrás no le resultó ajeno a nadie que alguna vez haya tenido que sentarse a esperar justicia sin apellido que lo respalde.
La marcha empieza a dispersarse, pero no hay un momento claro en que finalice. Simplemente ocurre, como todo lo que se sostiene once años: porque alguien decide seguir. No hay documento, no hay escenario al que llegar. Es con las de al lado, es detrás de los ojos de Agostina, es debajo del reparo ofrecido. Once años de marchar.

Las mujeres de Córdoba ganando las calles, pese a la lluvia, y pese a todo. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org
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