Nota
Cuando la cancha canta
¿De dónde vienen los cantos futboleros contra Mauricio Macri? ¿Ocurren por el fútbol o por la política? ¿Qué dicen quienes lo cantaron? ¿Es cierto que lo arrancaron las barras? Entre tanto ruido mediático, Ariel Scher indaga estos interrogantes con teoría, historia y voces. Los antecedentes contra Onganía, las dictaduras uruguayas y argentinas, e incluso los antecedentes contra Macri. Los libros que analizan el tema de la trampa de la apolitización del fútbol y cómo es que «el opio de los pueblos» puede convertirse en una forma -más- de rebeldía.
Por Ariel Scher* para lavaca.org
Carlitos ya no está en edad de ser Carlitos pero canta con unas ganas parecidas a las de las horas en las que era Carlitos. Andaba por los diecipocos calendarios el día de 1967 en el que en el estadio de Racing, su casa en muchos sentidos, miles y él entre esos miles transformaron a ese estadio en una caja de silbidos en contra de Juan Carlos Onganía, dictador, militar forjado en la Caballería, dueño de una biografía distante del fútbol e inoportuno habitante de ese recinto de goles en la final de la Copa Intercontinental contra el Celtic escocés. Anda por los sesenta y nada ahora, en el verano de 2018, siempre en la cancha, siempre con Racing, siempre Carlitos a pesar de los almanaques que avanzan, y canta, canta con otros miles, contra otro presidente.
«Algo es bien diferente: aquél llegó por un Golpe de Estado y a éste lo votó la gente. Y algo es igual: tengo y tenemos bronca. Cuando la cancha habla, hay que escucharla», resume Carlitos mientras comienza a desplazar su atención desde la política hacia la suerte deportiva de Racing frente a Cruzeiro en la Copa Libertadores y mientras, además, certifica que los gritos y los saltos contra Mauricio Macri, en pleno entretiempo, le dejaron los músculos más como Don Carlos que como Carlitos. «En el fútbol -apunta, con las pulsaciones rumbo a cierta normalidad- siempre se suelta lo que no nos gusta».
Como muchísimas cuestiones, los lazos entre la política y el fútbol fueron objeto de frecuentes miradas lineales. Cerca de Carlitos y en la noche de Avellaneda, alguien que lo oyó insultar al presidente argentino susurró, con disgusto, el clásico «no hay que mezclar estas cosas», en una versión contemporánea de lo que el investigador francés Jean Meynaud llamó «apoliticismo deportivo». Analista temprano de un fenómeno que las ciencias sociales tardaron en atender, Meynaud explicó en su libro El deporte y la política. Análisis social de unas relaciones ocultas (1972) que el presunto «apoliticismo deportivo», o sea el discurso de que la política y el deporte juegan o deben jugar en estadios diferentes, es una toma de posición -precisamente- política. Tesis sencilla la del «apoliticismo»: el deporte es «limpio, puro y une a las personas» y la política enloda todo lo que roza. Con ese pretexto, por ejemplo, la FIFA que el empresario brasileño Joao Havelange encabezó entre 1974 y 1998 pateó afuera a las protestas contra los horarios tórridos del Mundial mexicano de 1986 que levantaron jugadores como Sócrates, Jorge Valdano y Diego Maradona («Usted, cállese y juegue», proclamaba el mandamás de la pelota, socio de las autocracias latinoamericanas) o el titular semieterno de la AFA, Julio Grondona, desarticuló la posibilidad de que los equipos de Primera salieran al césped con banderas de apoyo a las luchas de los docentes argentinos durante el menemismo. Veterano en sufrir proscripciones, Carlitos asocia estos y otros hechos con el intento de prohibir los coros contra Macri que esbozó Guillermo Marconi, ex árbitro y secretario de Trabajo de la Nación justo en los días de Carlos Menem. «Eso sí que no cambia: cuando no les gusta para qué usás la boca, siempre te quieren cerrar la boca», apostrofa.
La otra réplica del gobierno nacional (o de los núcleos comunicacionales que son sus aliados) consistió en atribuir la multiplicación de cantos sin amor por Macri a una maniobra articulada por barras bravas. «El sector de la barra fue el último que cantó. Surgió desde la otra popular y se repitió en las plateas», asegura Tomás, un experto en las entrañas de Independiente, que indagó y desmenuzó por qué en las tribunas rojas de Avellaneda, durante el partido con Banfield, las gargantas ardientes dedicadas al jefe de Estado retumbaron y mucho. Un poco después, el presidente del club, Hugo Moyano, figura protagónica de la movilización callejera contra las políticas de ajuste en la misma semana, declaró, sobre los ecos que brotan de esas gargantas, al programa Rojos de pasión: «No se pueden controlar. Uno no los comparte aunque no tenga simpatía con el presidente. Pero es inevitable». Aunque nunca haya pisado los dos enormes estadios de Avellaneda, Meynaud casi coincidiría con Moyano. Y hasta añadiría que, en esos sitios, «la multitud se inflama más allá de todo control».
Sin embargo, Meynaud y otros teóricos que se inquietaron por la dimensión política del fútbol parpadearían asombrados con la parábola que expresa el caso de Macri. Es que en la interpretación de esos estudios, el fútbol funciona como un posible instrumento de control social, una herramienta que ayuda más que lo que complica a quienes están en el poder. Jean-Marie Brohm, otro francés que se aplicó al tema, habló en su Sociología política del deporte (1976) de la «alienación deportiva». «El deporte es utilizado como medio de compensación con fines de canalización inofensiva», sentencia. El propio Meynaud manifiesta que el deporte es capaz de «desviar la atención de los ciudadanos de una situación política fastidiosa o de problemas a los que los gobernantes no son capaces de hacer frente». Abundan los ejemplos que podrían abonar esas teorías. No obstante, quizás el mismísimo Macri, con los tímpanos inquietos luego de registrar cómo hinchadas diversas entonan música popular con su apellido, no les pondría la firma. ¿Quién se atrevería a sostener que tanta gente que confluye en un canto construye sólo una canalización inofensiva y, menos aún, un desvío de la atención de los ciudadanos? ¿Quién se animaría a negar que en las tribunas argentinas está ocurriendo algo que acelera exactamente en la dirección contraria?
https://www.youtube.com/watch?v=H94M5l9yEuk
«Voté a Macri en el 2015, pero canté contra él en el Monumental porque el gobierno, además de otras cosas que no me parecen correctas, hace todo a favor de Boca», revela Fabio, morador infaltable de la popular de River. «Nunca votaría a Macri, pero voy a siempre a la cancha y sé que no hubo nada armado cuando fuimos los primeros en putearlo. Si ahora, en otros clubes, se organizan para cantar y putear, me parece fenómeno. Y algo importante: el canto nuestro no empezó en el epicentro de la popular local que ocupa la barra. Se largó en la otra popular después de una expulsión y se propagó a la Platea Sur, llena de socios», evalúa Jorge, el alma y el cuerpo en San Lorenzo, cuya gente popularizó el hit que sacude las orejas presidenciales durante un domingo de furia y perjuicios arbitrales frente a Boca. Macri creció como un hombre del poder económico y le añadió poder político a ese poder económico a partir del triunfo electoral que, en el cierre de 1995, lo instaló como titular de Boca, lo que implica que el fútbol, como sucedió con otros individuos, lo puso en carrera. Paradoja o no tanto, ahora el fútbol -y el peso de Boca en el fútbol- se le presenta como un gol en contra. Más allá de cualquier tentación simplificadora, la vida política suele dejar interrogantes sin respuestas: ¿hubiera sido posible que Macri se tornara presidente sin su desfile por Boca?, ¿sería igualmente insultado Macri en el ámbito del fútbol si su pertenencia deportiva no remitiera a Boca?
Inconveniente adicional para quienes se envuelven en la seducción de las simplificaciones: las palabras no dicen siempre lo mismo. Y los cantos, tampoco. Jorge, el de San Lorenzo, informa que el cantito de esta época es un reestreno o una herencia: «En el 2011, Macri era jefe de gobierno de la Ciudad y había dicho que existía el uno por ciento de chances de que volviéramos a Boedo. En el fin de semana siguiente, surgió la reacción con esa música y con esa letra». En 2011 y en 2018, ¿música y letra repetidas tienen significado idéntico, emparentado o diferente?
«La fórmula ‘pan y fútbol’ ha sido aplicado un tanto mecánicamente», escribió el catalán Manuel Vázquez Montalbán, ensayista y novelista fabuloso, en 1974, en un artículo en la revista Triunfo, al que rotuló «Barca, Barca, Barca» y en el que, desde la izquierda y aún entre los pliegues represivos del franquismo, fue pionero en desmantelar la idea de que, en lo político, el fútbol actuaba sólo como un adormecedor de las masas. El propio Barcelona, como las instituciones deportivas vascas, representó un guardián de identidades y de resistencias en los años de extensa dictadura española. Por ese entonces, Vázquez Montalbán estaba lejos de Buenos Aires. De haber venido, futbolero como era, hubiera puesto los ojos en alguna hinchada. Acaso en la de Boca, nada menos que en la de Boca, que trinó ese año, en más de una ocasión, contra el ministro de Bienestar Social, José López Rega, quien recién fugaría de su cargo y de otras cosas en la mitad de 1975. «López Re, López Re, López Rega/la puta que te parió» sonaba el breve canto, según evocan, todavía afinados, los hinchas con buena memoria.
Aquel señalamiento de Vázquez Montalbán vulnera las posturas demonizadoras de lazo entre política y deporte, se parece más a los abordajes modernos de los estudios sociales sobre la cuestión y ayuda a decodificar por qué los acordes de los hinchas, en muchos rincones de la Tierra, no sólo convalidan las necesidades de los sectores de poder. Desde Uruguay, el periodista Fermín Méndez recuerda que, en 1998, cuando murió Jorge Pacheco Areco, el presidente que abrió las puertas a la dictadura en ese país, recibió puteadas y no silencio de parte del público de Nacional en el estadio Centenario cuando se pretendió homenajearlo. Pacheco Areco censuró al diario Época, conducido por Eduardo Galeano, un lúcido detector de que el fútbol despabila la codicia de los dominadores pero también representa una oportunidad de expresión para los que pelean para no ser dominados. Otro periodista uruguayo, Juan Aldecoa, detalla que, en 1994, en días hegemónicos de los partidos tradicionales en su tierra, grupos de hinchas de Peñarol aprovecharon el aire del Centenario para sacar banderas del Frente Amplio y apoyar la candidatura de Tabaré Vázquez, dirigente del club Progreso que arribaría a la primera magistratura una década más tarde. «Se va a acabar, se va a acabar» vocearon sobre su dictadura los uruguayos durante el Mundialito de comienzos de 1981 y «se va a acabar, se va a acabar» bramaron muchos argentinos en más de un escenario deportivo en los meses que siguieron a la derrota de Malvinas. Anticipo certero: ambas se acabaron.
Un gol victorioso de su equipo y veinte esfuerzos vocales contra Macri le regalaron a Daniela, a pleno de Huracán, una afonía que persiste desde el sábado, cuando su equipo venció a Estudiantes y su hinchada acompasó el canto de otras tantas. «Los medios más poderosos -musita como puede- están todos con el gobierno. De algún modo, tenemos que hacernos oír. En nuestro caso, se cortó la luz en el estadio. Otra cosa en la que te jodés, otra cosa que no funciona. Ahí, primero cantamos contra San Lorenzo porque son del fútbol y después contra Macri por cosas que no lo son».
https://www.youtube.com/watch?v=RBHLlWt8Ho0
¿Será así? ¿Será que lo que se tapa en un pozo brota en otro pozo? ¿Será que, una vez más, para reflexionar sobre política, poder y deporte hay que enfocar hacia la industria de la comunicación, poder entre los poderes de esta era? Lo que emite Daniela afónica remite a lo que planteó el experto en medios Martín Becerra en El zapping de los huérfanos: «El derecho a expresarse, que en la Argentina estuvo y está limitado al derecho a opinar de una élite con acceso a redacciones y micrófonos, tiene el renovado desafío de superar el monocromo oficialista que descompensó la posibilidad de hallar perspectivas disonantes en medios con potencia junto con una estructura concentrada y dependiente de las señales de la conducción estatal». Lo que emite Daniela afónica tira paredes con la advertencia que, hace años, lanzó la lingûista Leila Gándara en Las voces de la cancha: «Estas no son voces aisladas sino de decenas de miles de personas cada domingo. Tal vez por eso sea importante oírlas y tenerlas en cuenta como emergentes de una realidad social».
De lo deportivo a lo político, de lo inorgánico a lo orgánico y a todo lo que cabe en el medio en materia de organización formal o difusa, de lo espasmódico a lo sistemático. O, quién sabe, al revés: de lo político a lo deportivo, de lo orgánico a lo inorgánico y a todo lo que cabe en el medio, de lo sistemático a los espasmódico. No existe un auricular social, político y deportivo que explore de manera integral por qué en las cancha suena lo que suena y suena contra Macri.
Pero suena.
Por eso Carlitos canta. Canta y no deja de cantar.
Ariel Scher es periodista y escritor. Su especialidad es el cruce entre literatura y fútbol. Lleva escritos una decena de libros; el último, Deportivo Saer. Además, dicta un recomendable curso de Literatura y deporte del que se puede obtener más info escribiendo a deporteyliteratura@gmail.com
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MU 215: Sin chamuyo



Viaje a la vida en el Delta: Y la nave va
Mientras el gobierno nacional privatiza la principal vía navegable del país con un nivel de tráfico comercial gigantesco y opaco, quienes habitan el delta advierten sobre el impacto a una forma de vivir, al humedal que provee biodiversidad, y a una soberanía que se pierde río abajo. Viaje en barco de MU desde el bajo delta bonaerense, para conocer y escuchar a isleños, productores, docentes, ambientalistas y vecinos que resisten otra avanzada sobre un territorio en disputa.
Por Francisco Pandolfi

Gonzalo Giles, pensador y comunicador «disca»: Error en el sistema
Gonzalo Giles, activista del movimiento disca que resiste el ajuste.
Es mudo pero logra hacerse oír. Humor, creatividad y política:
“Necesitamos menos caudillos y más gente que construya”.
Es escritor, activista y referente de una generación que convirtió la experiencia de la discapacidad en una potencia de comunicación y acción. Ahora prepara un espacio propio para intervenir en política. Una conversación sobre prejuicios, salud mental, amores, liderazgo, y “lo disca” como una categoría desde la cual pensar –y reconstruir– un país.
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La dictadura en el delta: Los sonidos de El Silencio
La quinta El Silencio fue un centro clandestino en el que la dictadura escondió en 1979 a 40 personas secuestradas. ¿Cuánto se sabía y cuánto se callaba entre las islas y ríos del Delta? Un viaje a ese paisaje y a esa realidad: la alianza entre una vecina y una historiadora, lo que cuentan los sobrevivientes, los barcos de la muerte y la investigación de chicos de la zona, con sus preguntas y sus grabadores, para entender el pasado y mucho del presente.
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Violencia policial en Constitución: La ley y el orden
La Policía de la Ciudad asesinó a Víctor Vargas (foto) disparándole tres balazos por la espalda. Intentó ocultar la verdad del crimen pero la investigación judicial detectó a los culpables y se abrió una causa sobre la relación entre la venta de drogas y la complicidad policial. ¿Quién era Víctor? Constitución como tierra de nadie y la violencia institucional contra prostitutas, travestis y quienes tratan de sobrevivir a la crisis de cada día.
Por Claudia Acuña

El «Woodstock ambiental» contra los agrotóxicos: De película
Alarmados por los pesticidas y sus efectos de contaminación ambiental y humana, estudiantes y un maestro de una escuela pública cordobesa empezaron a componer canciones. Convocaron tímidamente a artistas, y se sumaron más de 300. Ya hicieron tres discos y un recital en el campo. Una canción para mi tierra es el film que relata esa aventura que empezó en una comunidad, siguió por decenas de escuelas y tiene contagios en defensa del ambiente y la vida desde España hasta el Amazonas.
Por María del Carmen Varela

Un biodrama del presente: Puta madre
La obra Putamadre muestra los mandatos, la soledad de las mujeres que crían solas, y una sociedad que las juzga antes de escucharlas. Lejos de la maternidad romántica, humor, amor y la historia real de una madre con su hijo todavía preso: ambos en escena, él a través de una filmación desde la cárcel. Lo que puede el arte para derrumbar prejuicios.
Por Evangelina Bucari

La Cogolla: Flor de cultivo
Yael Frida Gutman mezcla cabaret, transformismo, música y humor para hablar de cannabis, autogestión y libertad: una obra que crece desde hace cinco temporadas y convierte cada función en una celebración, una conversación y una invitación a pensar.
por María del Carmen Varela

Desentendimiento: Fingir demencia
Sabemos lo que pasa, pero no hacemos nada. La filósofa eslovena Alenka Zupančič escribió Desentendimiento-Una forma perversa de la razón en la crisis permanente, sobre ese rasgo que no es el “negacionismo” y que consiste en eso que llamamos “fingir demencia” (o normalidad). Las fake, el oscurantismo, y los que se creen por encima de la gente.
Por Franco Ciancaglini

Crónicas del Más Acá: Parlantes
Por Carlos Melone
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MU 214: Mujer maravilla

Ella y sus dos hijos llevan glifosato en su sangre, al igual que muchos y muchas en
Pergamino, localidad contaminada por el agronegocio donde dieron batalla y hoy
protagonizan un juicio histórico contra productores y funcionarios. ¿Será justicia?

Ganar la vida: La historia de (no) ficción de Sabrina Ortiz
Su hijo Ciro tenía 120 veces más agrotóxicos que lo “admisible”. Su hija Fiamma, 100 veces más; ella, 58. Viven en Pergamino, llamada “la capital del veneno”, donde se encontraron pesticidas hasta en el agua de red. Bajo amenazas de muerte Sabrina inició una denuncia convertida en un juicio histórico que está por tener sentencia buscando terminar con la impunidad. La acompaña una abogada de lujo: ella misma se recibió como parte de su lucha, porque nadie se atrevía a representarla. No es una película sino un retrato de la Argentina actual: un modelo de contaminación, enfermedad y muerte, frente a la lucha de las comunidades que no se resignan a un presente tóxico.
Por Francisco Pandolfi

La calle criminalizada: El derecho a la protesta en la era Milei-Bullrich
El teatro antidisturbios del presente: descontrol de las fuerzas represivas, cientos de heridos, detenciones arbitrarias, armado de causas, y un proceso judicial que poco tiene de justicia. Los casos de Milton Tolomeo y Eneas Gallo, aún detenidos por protestar el día de la Ley de Reforma Laboral, hablan de la impunidad con la cual se maneja el gobierno con aval de jueces y fiscales. Lo cuentan ellos, sus familiares y defensas en esta investigación especial.
Por Lucas Pedulla

Década perdida: Marta Montero, mamá de Lucía Pérez
“Estamos como el día 1”. La frase de la madre de la joven asesinada en 2016 remite a aquel año: cuando denunciaron que dos narcofemicidas habían abusado y asesinado a su hija, hasta hoy, dos juicios después, pues la impunidad sigue consagrada. De motivar el Primer Paro Nacional de Mujeres a la decisión que tomó Marta ahora: estudiar abogacía. La injusticia como una tortura y la lucha como un tejido social que sigue en Mar del Plata, con un centro cultural, un bachillerato y un movimiento que no se amilana.
Por Evangelina Buccari

La Cordobaza: 3J y el Ni Una Menos en la provincia de Agostina
La undécima edición del Ni Una Menos llegó a Córdoba con una herida abierta y reciente: el femicidio de Agostina Vega, de 14 años, ocurrido días antes en la ciudad. La convocatoria no necesitaba más argumento que ese flequillo y esa mirada. La gente salió a la calle bajo la lluvia once años después del grito que fundó esta fecha, con la misma urgencia y con la misma pregunta sin respuesta. Cómo se busca justicia.
Por Bernardina Rosini

El modelo Redondo: El Indio Solari y la autogestión
¿Qué explica que una banda que rechazó las reglas de la industria se haya convertido uno de los fenómenos culturales más masivos de la Argentina? Desde la producción de sus discos hasta la organización de sus recitales, desde el vínculo con su público hasta la construcción de una comunidad capaz de sobrevivir a su propio fundador, la historia del Indio Solari y sus grupos también es la historia de una forma de crear, pensar, sentir y organizarse, con la autogestión como herramienta y filosofía de vida.
Por Francisco Pandolfi, Mariano Randazzo y Franco Ciancaglini

Mundo Chueco: Jorge Chueco Romero, sacerdote de Ciudad Oculta
Es cura en Ciudad Oculta. Todos los miércoles acompaña el reclamo de jubilados en el Congreso, donde aguanta los palazos y el gas pimienta. No cobra la asignación de la Curia, sino que vive de su trabajo como obrero y albañil. Una “camicharla” entre los murales del barrio: qué hacer con la vida, Bergoglio, el Indio, el peronismo, y una lista de cosas importantes.
Por Sergio Ciancaglini

El trava power: Las Simbióticas
Nacidas en las sierras cordobesas, mezclan cumbia, humor travesti y compromiso político. Entre canciones, risas y reflexión, sus integrantes reivindican la construcción de redes, la diversidad y la alegría como forma de resistencia.
Por María del Carmen Varela

Ser de luz: Nina Suárez
Acaba de sacar el disco El lado oscuro, donde enfrenta algunos fantasmas y ausencias familiares y amorosas, acaso dos versiones de lo mismo. Lo hizo con un power trío que se suena todo. Ella compone, canta y toca la guitarra de una manera conmovedora y que remite inevitablemente a su madre, Rosario Bléfari. Breve semblanza de una artista capaz de brillar con la oscuridad.
Por Franco Ciancaglini

Crónicas del más acá: GPS
Por Carlos Melone
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La marcha en Córdoba: detrás de los ojos de Agostina

Córdoba llegó a la undécima edición del Ni Una Menos con una herida abierta y reciente: el femicidio de Agostina Vega, de 14 años, ocurrido días antes en la ciudad. La convocatoria no necesitaba más argumento que ese flequillo y esa mirada. Córdoba salió a la calle bajo la lluvia este 3J, once años después del grito que fundó esta fecha, con la misma urgencia y con la misma pregunta sin respuesta.
Por Bernardina Rosini
El trole que recorre los barrios del oeste de la ciudad viene casi lleno faltando dos horas para la marcha. El parabrisas anticipa el motivo: el rostro pequeño de Agostina Vega, 14 años. Era fácil intuir que será una marcha que desbordará una ciudad que expresa hartazgo. Nadie mira los barrios de Córdoba, nadie atiende a su gente. Los que ocupan los sillones más mullidos de las oficinas del poder local sobrevuelan las veredas estalladas, no las caminan. Los cordobeses respondieron muy bien a los discursos contra la casta porque describe con precisión algo que ya conocen de cerca: un Estado que administra con diligencia donde hay recursos e influencia, y que llega tarde, mal o nunca adonde no los hay.

El flequillo y los ojos de Agostina. Fotos: lavaca.org.
Lo que no se puede creer
Son las 18 horas y comienza excepcionalmente puntual la undécima edición del 3J. Llueve, llueve, llueve, como si la meteorología comprendiera mejor de duelos que quienes toca narrarlos. Miguel y Elizabeth, los abuelos de Agostina, encabezan la multitud. De frente, el arco de cámaras y cronistas. Un grupo de sikuris hace una ofrenda a las víctimas de la fecha, queman hierbas y hacen sonar su música. Recién entonces todo empieza. Tres horas llevará recorrer las diez cuadras dispuestas a paso lento y apretado, bajo paraguas que cubren a propios y ajenos. Una mujer contempla desde el cordón y llora desconsolada: «Es la primera vez que vengo. Es la primera vez en una marcha. Yo no puedo creer lo que hicieron con esa niña.» Está junto a su hija de 19 años y no sabe si sumarse al recorrido. Llora y llueve. Desde una mesa que intenta protegerse del agua se reparten lienzos con los ojos serigrafiados de Agostina. Los ojos y su flequillo de nena.
Varones
Hay varios hombres presentes: padres con sus hijas, grupos de amigos, novios. «Con los pares que no tienen sensibilidad al tema, la conversación se vuelve muy estratégica, hay que evitar el choque frontal. Mi método es a través del interrogante, que puedan encarnar la pregunta», comparte Gonzalo, de 41 años.

Acompañando la marcha y una percepción sobre los varones: «Reconocer la miseria propia es difícil». ¿Cómo es el camino para llegar desde allí, al reconocimiento del problema? Fotos: lavaca.org
«Para cualquiera reconocer la miseria propia es difícil. El problema es que el varón no asimila. Pero si asimila, reconoce; si reconoce, cuestiona; si cuestiona, suelta; y si suelta, lucha. Son muchos procesos por delante». Un grupo de docentes toma esa misma dificultad para reclamar por la ESI. «Es un cambio que requiere tiempo, pero tenemos que empezar en serio hoy, y la ESI es la mejor herramienta para trabajarlo con los chicos. Insisten con diluirla, como mínimo», se lamenta Graciela, maestra de nivel inicial en una escuela de barrio Juniors.

La familia encabezando la marcha en Córdoba. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org
La marcha se detiene frente a grandes mosaicos fotográficos que vuelven a traer los ojos de Agostina. Su mirada se despliega ocupando todo el ancho de la calle. Todos quedan detrás de ella. Ya no existe la división entre quienes la conocían -y hablaban de su risa y sus anhelos- y quienes aventuraban, con violencia, sentencias sobre su sexualidad. Todos detrás de sus ojos. Todos debajo de la lluvia.
Dónde está Delicia
Se grita al cielo preguntando dónde está Delicia Mamaní Mamaní, la joven de 25 años desaparecida desde noviembre pasado, cuando salió de su hogar en el paraje rural Punta de Agua, Malagueño, con destino a la Escuela Normal Superior Dr. Alejandro Carbó en el centro de Córdoba, donde cursaba el segundo año del profesorado de Educación Primaria. También en este caso los primeros obstáculos surgieron en las propias dependencias estatales. La mamá de Delicia intentó hacer la denuncia en medio de una profunda barrera lingüística -el aymara es su lengua materna- y ninguna Unidad Judicial de la zona la recibió durante los primeros días clave. Ante la desidia, fue la comunidad educativa del Carbó la que asumió un rol activo: organizó movilizaciones, consiguió el patrocinio ad honorem de abogadas y logró judicializar la causa una semana más tarde. También en este caso, justicia a fuerza de organización y de calle.
Paula, del barrio Portal de Córdoba, lleva un maquillaje de lágrimas rojas. No lágrimas: llanto rojo, angustioso. Levanta un cartel que recuerda que hace once años el padre de su hija abusó de la niña. Su lucha nació en las mismas fechas que esta marcha, y también la falta de respuesta. «No sucedió nada. Hice denuncias, peritajes, pero él está recorriendo Europa y ya ves dónde estoy yo«.
Justicia sin apellido
Del otro lado del cartel, el nombre de una amiga: «Jessica Barrera, presente.» Una vecina a quien el ex novio mató metiéndose por la puerta trasera de su casa. Ella había hecho la denuncia. Tenía custodia policial en ese mismo momento. Luego buscó su nombre en los padrones de femicidios y no lo encuentro. A Paula la acompaña una amiga: «Me llevó toda la noche hacer la denuncia. Me dieron un botón antipánico y a mí me sirvió. Pero es cierto que estás ocho, diez horas esperando y quién sabe qué va a resultar después.»
Lo narrado por el fiscal Garzón en la conferencia de prensa días atrás no le resultó ajeno a nadie que alguna vez haya tenido que sentarse a esperar justicia sin apellido que lo respalde.
La marcha empieza a dispersarse, pero no hay un momento claro en que finalice. Simplemente ocurre, como todo lo que se sostiene once años: porque alguien decide seguir. No hay documento, no hay escenario al que llegar. Es con las de al lado, es detrás de los ojos de Agostina, es debajo del reparo ofrecido. Once años de marchar.

Las mujeres de Córdoba ganando las calles, pese a la lluvia, y pese a todo. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org
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