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En la piel de un gilet jaune

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Cinco chalecos amarillos dan sus testimonios de por qué se manifiestan, qué respuestas reciben del Estado y porque lo que sucede en las calles de Francia ya puede pensarse como una revolución. Del conservadurismo a la izquierda, sin partidos políticos y con reclamos bien precisos, las y los franceses se comparan con el 89 y hablan de un «hartazgo mundial» contra las élites. Los impuestos, la jubilación, la educación, los inmigrantes y el combustible. Crónica y fotoreportaje de algo más que una manifestación. Por Lucas Barreña. Fotos de Julia Portanier.
Aurelie Yoann camina de la mano de su hija por las calles de Limoges, un distrito ubicado en el centro de Francia. A través de información que pudo ver en distintos grupos de Facebook, se unió a protestar pacíficamente por una profunda crisis que, en palabras de ella, se remonta mucho tiempo atrás. Para Alexandre, un manifestante de la ciudad costera Charente-Maritime, “hay que retroceder 40 años hasta llegar a la muerte del general De Gaulle, donde todo comenzó”. El aumento de la gasolina y el diesel fue la gota que rebalsó el vaso de una sociedad que viene protestando por los bajos salarios y las altas tasas de desempleo (alrededor del 10%).
Yoann aclara que los gilets jaunes (chaleceos amarillos) son un grupo “heterogéneo y apolítico”, organizado por ciudadanos franceses y no por los partidos, algo clave para entender el ambiente variopinto de los que hoy están reclamando. En edad, profesión, región e incluso ideologías, todos parecen venir de distintos ambientes. La diversidad de los protestantes encuentran su punto en común en, según el joven Romain, “la unión en favor de una cosa: la Francia de la libertad, igualdad y fraternidad, que no es realmente lo que hay hoy”.

Foto: Julia Portanier


Pese a esta aparente organización sin líderes que se la rebusca para salir en conjunto a las calles, como sucedió el pasado 17 de noviembre cuando 300.000 chalecos amarillos coparon las calles de París, Caroline reconoce que intentan estructurarse con representantes en cada región, aunque es una tarea difícil de configurar porque hay personas que no confían en las demandas personales de los demás. Sus declaraciones se dan de hecho en el anonimato, porque asegura que “ya no tenemos ningún derecho sobre el derecho a hablar”.
El impuesto sobre el combustible, el desprecio por parte presidente Macron y el sufrimiento de la gente para terminar el fin de mes con dificultad fueron algunas de la causas que cree que desataron la escalada del movimiento, aunque también sabe que “muchos están protestando no solo por lo del combustible, sino también por un aumento en el SMIC (salario mínimo) y en las pensiones que afectan a nuestros jubilados pobres que incluso después de haber trabajado toda una vida tienen que seguir pagando más y más”. En este punto, Romain, estudiante de servicios medioambientales, explicó la reacción del gobierno francés, que desde las revueltas en París decidió anunciar tanto la eliminación de los impuestos para los hidrocarburos y las pensiones como incrementar € 100 en el SMIC: “El 70% de los franceses no le cree”, dice sobre Macron. “¿De dónde sacará este dinero un país en déficit?”.

Foto: Julia Portanier


Los levantamientos que ocurrieron en simultáneo en varios puntos del país, impulsados principalmente desde los sectores rurales, se muestran por televisión como el evento más violento desde la Revolución Francesa. El Arco del Triunfo no se deja ver por los gases de la batalla y los rebeldes parecen querer prender fuego cada esquina de Les Champs-Élysées. Tiran bombas de humo y combaten ferozmente contra la policía. Sin embargo, las cuatro muertes de chalecos amarillos y las más de 1.700 detenciones en las manifestaciones muestran la otra cara: la violencia institucional que reciben como respuesta a manifestarse.
“Los manifestantes estaban allí para reclamar sus derechos y proteger sus finanzas, y la policía estaba allí para quebrar al manifestante”, reveló el parisino Julen Sudrie, que justamente trabaja como agente de seguridad. Los testimonios coinciden en la paz en la que se movían de los gilet jaunes. Aunque no se puede pasar por alto la cantidad de autos quemados y saqueos en la capital francesa, Aurelie no duda en decir que muchos matones se cuelan entre los chalecos amarillos, mientras que Caroline se estremece al contar que a la policía no le importó reprimir por más que estén caminando, sentados en el suelo o cantando la Marseillaise: “Es horrible, ya no tenemos derecho a nada”.

Foto: Julia Portanier


Los impuestos, la jubilación, los estudiantes y los inmigrantes son otras de las banderas que preocupan a Romain, quien dice que este último ítem recobró importancia tras el atentado terrorista en Estrasburgo que dejó tres muertos el pasado martes. El joven de 18 años, que dista de la ideología de Macron, cree que con Marine Le Pen en el poder algunas las cosas habrían cambiado. “Ella habría hecho que no se corrompa más la imagen de Francia en el extranjero, aunque para ser realista, nuestro país sobrevive gracias a los turistas”, confió en un análisis que evidenció su postura conservadora: “Todo esto se detendrá si todos los problemas de Francia dejan de pagarse con ayudas sociales. Ese es nuestro principal problema: el que no trabaja y tiene cuatro hijos gana más que una persona que sí trabaja y tiene un solo hijo”.
Que el discurso de Romain sea tan diferente al de otros chalecos amarillos es otra muestra de la diversidad ideológica del grupo, pero que comparten, como expuso Caroline, una común desesperación: “Pasamos nuestras vidas trabajando, ¿para qué? Para pagar. Estamos cansados de sobrevivir en lugar de vivir”. La muchacha difiere que todo ese dolor de décadas no habría encontrado la alternativa en Le Pen, y algo coincide con Alexandre Beauvais-Chiva, ex candidato a elecciones legislativas en Charente-Maritime y opositor tanto de Macron como de Le Pen, quien concluyó en que “ninguno de los dos ofrecen una solución real, pues el desprecio de nuestra élite y las decisiones económicas de años son responsables de todo esto”.

Foto: Julia Portanier


Las encuestas coinciden en que alrededor del 70% de la población francesa está de acuerdo con los reclamos y las formas de manifestarse. Sin embargo, en el 20% restante están incluidos el presidente, la mayoría de la cúpula de gobierno y la clase alta, que son quienes realmente deciden el futuro de Francia. El político entrevistado de 37 años es quien más hincapié realizó en el desprecio y la incomprensión de las élites, pues “sin la consideración de lo humano no puede haber una verdadera democracia y estos sectores, puedo asegurarlo por mi frecuencia en ellos, están totalmente desconectados, incluso el campo que protesta por la suba del combustible”. En este aspecto, cabe destacar la decisión de Emmanuel Macron, tildado de “gobernar para los ricos”, de reducir impuestos a quienes tengan más ganancias, medida que se sumó a la burbuja de malestar que explotó el pasado 17 de noviembre.
1789 o 1968 son apenas algunos de los años que marcaron un carácter revolucionario en el ADN francés. Tanto los burgueses como los estudiantes se manifestaron ante un orden que les incomodaba. La historia, y ahora el presente, parece poner siempre a Francia a la vanguardia de los reclamos sociales, casi como si estuviese destinado a ser la sociedad pionera en revelarse antes de contagiar las rebeliones a otros puntos del planeta que también sienten algún tipo de injusticia.

Foto: Julia Portanier


Caroline asegura que “otros países están empezando a unirse al movimiento, la gente está harta. La gente no abandonará nada, esto vencerá por los derechos a la supervivencia”. La insatisfacción de las personas de todo el mundo se ha transformado en la norma en este siglo XXI, motivo por el cual habría que estar atento de la posibilidad de estar presenciando el inicio de un nuevo orden mundial. La desconfianza a una democracia que cada vez atiende menos las necesidades de la gente y la brecha cada vez más extensa que separa a ricos y pobres son argumentos más que sólidos para que el cansancio social se transforme en revolución.
De hecho, Alexandre es uno de los chalecos amarillos que espera a que haya un cambio de paradigma en la política global, aunque sinceramente cree en el poder de las democracias. Mucho más terrenal y probable es la sugerencia de Caroline, que propone solicitar un referéndum de iniciativa ciudadana para despedir a Macron, aunque su compatriota Julen Sudrie le baja el pulgar: “Solo el Senado puede destituir al presidente”.

Foto: Julia Portanier


Por más que se haya dado marcha atrás con el impuesto a los hidrocarburos, los giles jaunes seguirán invadiendo las calles de Francia para protestar. El origen de la demanda se ha extendido a reclamos que van desde el estilo autoritario de gobernar hasta reclamos contra sus programas de reformas fiscales y laborales. Una canción que se popularizó en las últimas semanas en el país galo que llama a la renuncia de Macron («¡Macrón, dimision!» canta el rapero y se canta en las calles) se ha convertido en un éxito por el sentimiento compartido por gran parte de la sociedad.
Dice así:

He querido poner nafta: es demasiado caro

He pagado los impuestos: es demasiado caro

Hay que cotizar por aquí: es demasiado caro

Hay que cotizar por allá: es demasiado caro

Estamos hartos, estamos hartos

Voy a manifestarme, por lo tanto, yo me pongo mi chaleco amarillo.


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Las calles y el peligro

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Los incidentes insólitos, los anarquistas, el G20, los barrabravas, los golpes de Estado, el narcomenudeo, la policía, los nombres de calles, el marxismo, el periodismo, los atentados, Falcón, Maldonado, vegetarianos, progresismo, matanzas de estadistas,  peligros agitados. Todo esto y mucho más es lo que hilvana este trabajo realizado por Christian Ferrer: Sociólogo, especialista en filosofía de la técnica, profesor de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, autor de libros como Barón Biza, el inmoralista; Cabezas de tormenta. Ensayos sobre los ingobernables; El entramado. El apuntalamiento técnico del mundo; y La amargura metódica. Vida y obra de Ezequiel Martínez Estrada. Es, además, anarquista, y en este ensayo propone una mirada diferente sobre hechos y personajes sobre los que no conocemos la historia, los matices ni la realidad. Un modo de salir de las caricaturas y comprender la trama de violencia y distorsiones de la que están hechas muchas historias que creemos que sabemos. Por Christian Ferrer. (más…)

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Las 4 fantásticas: compañía teatral Piel de Lava

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Cuatro actrices, directoras y dramaturgas. Una retrospectiva de sus quince años, más una obra nueva sobre machismo y extractivismo. Un cuerpo colectivo que capta la sensibilidad de una época. Trayectoria y futuro del nuevo teatro argentino. Esta nota fue publicada en la edición 122 de MU. ▶ LUCÍA AÍTA
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Murió Osvaldo: la épica del antiprócer

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La noticia es breve, y tremenda: murió Osvaldo Bayer. Tenía 91 años. Fue un libertario, un amigo, un intelectual, un compañero. Cerebro y corazón. Un hombre lleno de humor, generosidad y esa cosa tan rara llamada compromiso llevada sin ostentaciones, como un ejercicio cotidiano. De las muchas charlas e intercambios que tuvimos con él desde lavaca, elegimos esta nota, tapa de Mu, una recorrida increíble por su vida, una vida que merece como pocas una frase: para la libertad. 
Por Sergio Ciancaglini.

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