Protesta social
Punto de inflexión

Pese al frío, la lluvia y la violencia policial que dejó al menos 12 detenidos y más de 1.500 personas heridas y lastimadas, se realizó este jueves 6 de agosto la movilización revista contra la “Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada”. El gobierno había eliminado el miércoles solo un capítulo sobre extranjerización de la tierra ante la falta de votos. La movilización mostró un espíritu que se percibe estas semanas, con la bandera “Las Malvinas son argentinas” como disparador intelectual y emocional de muchas causas, enfrentado a políticas del gobierno que no resuelven problema social alguno, agravan los anteriores, y borran horizontes. La política de Estado más coherente, volvió a verse, es la represiva: un posible síntoma de su propio fracaso.
Por Lucas Pedulla y Francisco Pandolfi
Fotos: Juan Valeiro y Manuela Mendiondo/lavaca.org
Las islas Malvinas están en todos lados en la movilización en el Congreso. En banderas, remeras, gorritos –de lana o pilusos–. En pines, en parches, en buzos, en las sonrisas, en las miradas cómplices de miles de personas que decidieron lanzarse a las calles pese al frío, la lluvia y la permanente amenaza de violencia gubernamental, que parece ser una de las pocas formas del Estado presente en estos años.

La historia puede haber comenzado antes, cuando un grupo de amigos del barrio porteño de Villa Luro agarró una sábana en un cuarto de hotel en Atlanta, Estados Unidos y escribe “Las Malvinas son Argentinas”.
No podían saber que estaban empezando a provocar un efecto mariposa.
A menos de un mes de aquel 15 de julio –en que uno de los amigos se mete la sábanabandera en sus partes íntimas, pasa los controles, la lanza al campo de juego una vez consumado el triunfo de Argentina ante Inglaterra y Giovani Lo Celso la despliega para que la viera el mundo– la sábanabandera es ahora emblema en la concentración masiva que le espeta a los senadores y al gobierno nacional una aspiración:
- “Argentina no se vende”.
Y que, horas después, terminará en una represión desmedida –1.500 heridos según la Comisión Provincial por la Memoria (CPM)– en un intento del gobierno nacional por evitar una movilización mayor.
¿Lo logró?

Las Malvinas por todos lados
Dentro del Congreso se trata la que denominaron Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada, impulsada por el Ministro de Desregulación Federico Sturzenegger. Antes de empezar el debate a las 14.15, el gobierno ya había recibido su primera y principal derrota: este miércoles debió recular al quedarse sin el apoyo de gobernadores aliados y bajaron el capítulo que habilitaba la compra ilimitada de tierras por privados extranjeros.
La otra derrota fue lo que generó en la gente: un hartazgo que fue creciendo con el correr de los días y que hoy llegó al límite cuando se conoció que el libertario Joaquín Benegas Lynch es director de una empresa que se dedica a gestionar, justamente, ventas de tierras a extranjeros. Un hartazgo que se vio afuera del Congreso.

Afuera: una movilización futbolera. Cánticos de cancha: “el que no salta es un inglés”, “no se vende, la patria no se vende”. Baile, tambores, alegría y mucha juventud en una concentración bien malvinera. El merchandising está en todas las veredas: las banderas de «Las Malvinas son argentinas» se venden a $15.000, las remeras a $10.000.
Desde el escenario montado de espaldas al Congreso y de frente a la gente, un ex combatiente de Malvinas dice que cuando las islas se ponen en agenda, la discusión política se mejora, porque se pone arriba de la mesa el tema de la soberanía.

Gladys y Jorge llevan una de las tantas telas blancas y sencillas. Son docentes de La Plata, en contexto de encierro en una cárcel de mujeres. Dicen que la bandera que mostraron los futbolistas fue el impulso, que ahí nació un gen. Un motor. Y que antes funcionó el “coraje” de los pibes que la entraron a la cancha.
–Fue el fosforito que necesitábamos. El puntapié para animarse. Para animarnos.


La chispa que encendió
Un papá y un hijo llevan una remera con el mismo diseño. Tres estrellas estampadas en el pecho por los mundiales obtenidos, y al lado, las Islas Malvinas. El papá se llama Fabián y el hijo se llama Pablo. Pablo Grillo: fotógrafo que recibió en la cabeza un proyectil de gas lacrimógeno disparado por el gendarme Héctor Guerrero y casi lo mata en marzo de 2025. Hoy Pablo está entre nosotros.
–Fue una chispa esa bandera. Hizo más que la Cancillería argentina en los últimos 40 años. Despertó algo, para dentro y fuera, un sentimiento que está en el pueblo y que emergió –dice Fabián, y señala a la multitud.
–El fútbol mueve mucho de lo que siente el pueblo y eso se ve hoy acá. Lo otro que se ve es que la gente está hinchada las pelotas –dice Pablo.

Graciela Daleo es sobreviviente de la ESMA y camina sorprendida de la cantidad de gente que ve. “Se tocó un resorte colectivo, algo similar a lo que pasa los 24 de Marzo. El pueblo argentino me sorprende siempre, a veces para mal, pero hoy no es el caso. Me gustaría que ese sentimiento se despertara no por el efecto de un mundial, sino por el cuidado de nuestra soberanía”.
Cuando comienza la sesión, la plaza ya rebalsa.
Y son, recién, las dos y media de la tarde.

Ideas jóvenes
“¡En-so-brados!, ¡en-so-brados!”.
El grito hecho cantito es de jubilados y jubiladas, los mismos y las mismas que están todos los miércoles en el Congreso, dirigido a los senadores que ingresan en autos negros y con vidrios polarizados al Senado. No son las tres de la tarde y esa actitud ya marca una constante que se verá durante el resto del día, a pesar de la lluvia: un gesto de lucha. Algo, también, de irreverencia, como esos muchachos que se subieron al tacho y descolgaron la bandera estadounidense del Hotel Savoy, sobre Callao. Abajo, cientos de personas que pasaban los aplaudían.
La convocatoria de los gremios y centros de estudiantes, sumada a artistas que también aportaron lo suyo desde lugares impensados –desde Tini hasta Dante Spinetta, desde Niki Nicole hasta Emilia Mernes–, multiplicó el efecto mariposa esparcido a nivel mundial. En Ushuaia, Río Grande, en Córdoba capital, en San Salvador de Jujuy, en Bariloche –Fito Paéz se grabó marchando: “La argentina no se vende, man”–, en Mendoza, en Chubut, en todo el país. En CABA, por Avenida de Mayo, por Rivadavia, por Hipólito Yrigoyen, las calles explotaban de gente. Mucho –muchísimo– piberío, gracias a la convocatoria de las coordinadoras estudiantiles.
Catalina, presidenta del centro de estudiantes del Cortázar, es una de ellas. Tiene tan solo 15 años y mucha lucidez. “Se nos juega como jóvenes el simple hecho de que vendan algo que nos pertenece como país. Somos un pueblo que fuimos una colonia, en el colegio estudiamos cómo nos independizamos, y es una falta de respeto que eso se cuestione”.
Rubén, su compañero del centro, también tiene 15 y piensa el efecto mundial: “Que personas tan influyentes como Messi hayan visibilizado el luchar por estas tierras es un tremendo orgullo”. Catalina piensa su escuela: “El último día previo a la final pusimos la Marcha de Malvinas, el himno y fuimos todos los jóvenes. Muchos dicen que la juventud está en cualquiera, pero eso lo hicimos los propios adolescentes”.
–También se habla de una crisis de representatividad: ¿cómo se habla de política con jóvenes de 15 años si no hay ningún dirigente que les represente?
Catalina: Esa crisis es complicada. Los jóvenes sentimos esa falta de “algo”. Quizás nuestros viejos crecieron con otros referentes. Me parece que la manera que estamos teniendo de construir tiene que ver con que todos juntos seamos nuestros propios referentes. En la cotidiana del día a día somos nosotros, con nuestras ideas. La referencia está en nosotros mismos construyendo la nueva política.
Milagros tiene 21 años y lleva un cartón en la mano que además de decir que la tierra no debe venderse, tampoco debe quemarse. La Ley que el Senado debatió hoy genera un retroceso en el cuidado ambiental: transforma la ley de manejo del fuego, reduciendo protecciones y permitiendo construir sobre tierras incendiadas. Además, acelera desalojos y limita la capacidad del Estado para expropiar.
–Todo el proyecto se debería haber caído. Lo único que ve y le importa a este gobierno son dólares, aunque para eso estén vendiendo nuestros recursos estratégicos.

Reprimir para vaciar la masividad
La lucidez de la juventud dialoga con la plaza que se fue llenando con el correr de las horas. Quizás eso mismo también detectó el gobierno al comenzar la represión sobre Callao y Bartolomé Mitre, por temor a que la plaza se siga llenando con los que salían del trabajo. Unos minutos antes, periodistas y artistas llevaron desde MU una bandera de doce metros con consignas que mandaron de todo el país dirigidas a senadores y senadoras:
- “No traicionen, no se vendan”.
- “Cuiden la patria”.
- “Ni olvido ni perdón”.
- “No regalen el país”.
Y alguno con otro tipo de vuelo poético:
- “¿Por qué no te vendés el orto?”.

Fue la propia gente la que ayudó a colgar esa bandera sobre la valla de Callao y Mitre. Algunos empezaron a dejar sus propios mensajes. Media hora después, desde los handies de Gendarmería se escuchó la orden de reprimir. Empezaron con hidrantes y gases lacrimógenos que, ayudados por el viento, quemaban los ojos, la garganta y la piel. Pero la gente no se iba. Esa actitud con la que los jubilados le gritaban “ensobrados” a los senadores era la que esta esquina estaba empezando a irradiar.
“¡Cipayos unitarios”, gritó un joven con barba y lentes.
“¡Traidores vendepatria”, gritó una quinceañera con aparatos.
“¡No son argentinos!”, gritó un joven con piercing en la nariz.
“¡Andá a Malvinas, la puta que te parió”, gritó una cuarta voz, y esa orden prendió como un mantra que se transformó, al instante, en canción.

Y la canción, minutos después, en una represión feroz que comenzó minutos antes de las 17 con un camión hidrante tirando agua, siguió con gases lacrimógenos –insoportables que quemaban los ojos, la garganta– y balazos de goma. La barbarie del gobierno –a través de Gendarmería, Prefectura y Policía Federal– duró más de tres horas y se extendió a varias cuadras del microcentro porteño, con escenas que no eran de película: otro hidrante avanzando por 9 de Julio, cortes de la policía sobre Corrientes, efectivos disparando entre colectivos y taxis cerca del Obelisco. Uno de los balazos le pegó en la ceja derecha, a milímetros del ojo, a Lautaro: “Estábamos protestando pacíficamente y nos empezaron a provocar y a reprimir”, le dice a lavaca.
El SAME trasladó a una fotógrafa que recibió un impacto en la cabeza, por detrás. Una integrante de la Comisión Provincial por la Memoria (CPM) dijo que era un “traumatismo de cráneo, estaba mareada y le sangraba el oído”. Desde el Sindicato de Prensa de Buenos Aires (SiPreBA) y la Asociación de Reporteros Gráficos de Argentina (ARGRA) informaron que se encuentra «estable» en el Hospital Argerich y permanecerá en observación toda la noche.
La CPM informó: “1.500 personas heridas en una de las represiones más salvajes del último tiempo”.
Pero la gente siguió devolviendo los gases lacrimógenos a patadas o agarrándolos a mano pelada para arrojarlos del otro lado de la valla.
La gente seguía.
Y, a las 21, salió a cacerolear. En muchos sentidos, todo está empezando.

Protesta social
Marcha de jubilados: la heladera terrorista

Otro miércoles protagonizado por jubiladas y jubilados, que tuvo como novedad la noticia de que Patricia Bullrich y el gobierno bajaron el capítulo de venta de tierras a extranjeros en su turbia Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada. Un triunfo de la movilización de estos días, pero de todos modos se mantendrá la marcha prevista para este jueves. La aparición de jóvenes del radicalismo. Las banderas y carteles y los mensajes sobre el presente de la levotiroxina y de ciertos electrodomésticos.
Por Lucas Pedulla Fotos: Tadeo Bourbon/lavaca.org

Antes de bajarse de la línea B del subte porteño en Callao y Corrientes, o de tomarse el ferrocarril San Martín desde su conurbana Bella Vista, incluso antes del primer matecito de la mañana, lo primero que Ana Tapia hace todos los miércoles, porque en verdad lo hace todos los días, es tomar levotiroxina, un medicamento para la tiroides.
–Yo tenía nada más que dos nódulos, pero desde que me gasearon por primera vez hace dos años, todo lo que me metieron en la cara me provocó muchísimos más ganglios, más nódulos. Ahora me cambiaron la medicación para ver si voy a cuchillo o se va solo.

Tiene 73 años, el pelo cano coloreado de un tono lila, y un cuerpo que ha soportado balazos de gomas por las fuerzas federales que el gobierno dispone en cada marcha de jubilados y jubiladas. Aquel día de hace dos años el bautismo represivo fue con el gas.
–Me vaciaron un cargador.
La atacaron por detrás –“como cada vez que me atacaron”– mientras llevaba una bandera palestina. “Cuando ponés el cuerpo es algo que puede pasar”, se repite como un mantra, y se da fuerza –junto a sus compañeras y compañeros de la organización Jubiladxs Insurgentes– para seguir cada miércoles, con lluvia furiosa o sol inclemente, en la plaza.

Cada quince o veinte días le suma, entre los semaforazos en Callao y Corrientes y la marcha en el Congreso, una caminata de siete cuadras hasta la calle Mitre a buscar medicamentos para uno de sus seis nietos, que tiene parálisis cerebral.
–Me jubilé a los 68 años como trabajadora en discapacidad. Lo que me llevó a ese trabajo, tristemente elegido, es mi nieto. Yo era transportista: manejaba una camioneta por barrios de zona noroeste, como Las Catonas (Moreno), Pacheco o Luján, desde las cinco y media de la mañana y, a veces, hasta las doce de la noche, porque llevaba chicos a la universidad.

Ana trabajaba con amigos y familiares. No les gustaba llamarlo “empresa”, porque no se consideraban “empresarios”, y todo lo que entraba por la facturación a las obras sociales se repartía equitativamente. Al jubilarse, a ninguno de sus tres hijos varones les sorprendió que mamá siguiera militando, ahora por sus haberes: Ana es una de las infaltables en cada ronda de Madres de Plaza Mayo, todos los jueves a las 15.30, frente a la Casa Rosada. También milita en la comisión de sobrevivientes, familiares y compañeros de Campo de Mayo, uno de los centros clandestinos de detención en la última dictadura argentina.

–Tuve muchísimos compañeros desaparecidos. Como vivía en Villa Martelli (partido bonaerense de Vicente López), lo más posible es que se encuentren en Campo de Mayo. Todavía nos faltan entre cinco mil y siete mil compañeros que pasaron por allí. Estamos luchando por un espacio de memoria y que se investigue y se rastrille, porque esa tierra tiene mucho que contar. Para eso, que se vayan los militares de ahí es fundamental.
Por esos reciclamientos de la política argentina, hoy podría pasar como una “terrorista disfrazada”, tal como definió recientemente el presidente Javier Milei a los sectores críticos –nombró particularmente a “estudiantes”, “periodistas”, “profesores” e “investigadores”–, y como ya fue gaseada y baleada en varias oportunidades, el mote no sería extraño.
–Somos la generación del setenta. Nos tocó esa: te persiguen, te quieren matar o desaparecer. Mis nietos ya saben toda la realidad porque la viven. A veces me acompañan a las marchas. No tengo algo que me llene más que la militancia, porque en verdad lo que está mal es este sistema. Todo lo que involucra una lucha que tenga una injusticia me marca el lugar en el que tengo que estar. Es una enseñanza de Norita Cortiñas.

Ana cobra la jubilación mínima –un haber de $419.827 más un bono de $70.000– y a veces hace changas como remisera –“llevo solo mujeres”– o ayuda en una parrilla familiar en General Rodríguez los viernes, sábados y domingos. En la plaza, todos los miércoles, se pone la pechera de la comisión Campo de Mayo, sus pins de Palestina y de Floreal Avellaneda –estudiante de 15 años desaparecido en 1976 en ese campo de concentración cuyo cuerpo fue arrojado al Río de la Plata por los vuelos de la muerte–, su pañuelo por el aborto legal, su cadenita con el símbolo de las Madres, y una bandera wiphala, entre otros accesorios políticos. Hoy también lleva dos carteles:
- “Las Malvinas son argentinas, las jubiladas también”.
- “La deuda es con el pueblo, no con el FMI”.
La marcha comienza. Se canta que al gobierno lo va a “echar” una huelga general y que “la patria no se vende”: durante la caminata llega la noticia de que la senadora Patricia Bullrich ordenó el retiro del capítulo de venta de tierras sin límite a extranjeros que iba a votarse este jueves con la Ley de Inviolabilidad de Propiedad Privada, pero todos refuerzan la necesidad de sostener la manifestación convocada para este jueves al mediodía. Un jubilado lleva un cartel con la bandera argentina que dice:
- “Juraron defenderla, no venderla”.
En otro cartel se lee, como respondiendo a Milei y sus acusaciones a quienes lo cuestionan como “terroristas”:
- “Heladera vacía sin trabajo es terrorismo de Estado”.

Alrededor marchan chicas y chicos con boinas blancas: son de la Juventud Radical de CABA. “Vamos los radichas”, los reciben y saludan jubilados de todos los colores. ¿Otro signo de estos tiempos?
Ana espera que la gente se despierte.
–Nos estamos quedando sin país, lo están rifando. Están quemando el futuro de nuestros nietos. Lo único que les vamos a dejar como herencia es aprender a luchar. Lo único que espero es que mañana no tengan los votos. Nada se consigue si no es con lucha.

Protesta social
Marcha de jubilados: “Un plan para eliminar viejos”

Banderas recordando que “Las Malvinas son argentinas” con réplica a las exhibidas por la Selección y los hinchas en EE.UU, pancartas pidiéndole perdón a Lula por ciertas visitas que recibió Brasil, jubiladas que además de marchar bailan durante la manifestación, policías que acompañan filmando todo, otro cartel que plantea “La soberanía de la Patria no se negocia, la tierra argentina no está en venta” (al revés de las políticas oficialistas que intentan votar el 6 de agosto el Senado). La marcha de jubilados sumó concurrencia y el entusiasmo de estar en la calle haciendo algo por cambiar las cosas. El recuerdo de una nieta a su abuelo sobre La Noche de los Bastones Largos.
Por Lucas Pedulla

Fotos: Juan Valeiro para lavaca.org
De todas las noticias de este miércoles que tanto le remueven la memoria, Ricardo Magliavacca se queda con el mensaje de su nieta.
Por la televisión pasaban el sismo de magnitud 7,1 en Japón, los desaguisados del presidente Javier Milei en Brasil apoyando la candidatura de Flávio Bolsonaro y los allanamientos en Fuerte Apache en busca de un adolescente acusado de matar a un policía, pero fue su nieta la que lo conmovió al escribirle:
“60 años de la Noche de los Bastones Largos”.

Fotos: Juan Valeiro para lavaca.org
Hace sesenta años Ricardo tenía 29 y se estaba por recibir de Contador en la Universidad de Buenos Aires (UBA). El 29 de julio de 1966, su profesor de Derecho Constitucional le dijo de ir a la Facultad de Ciencias Exactas y Ciencias Naturales para “defenderla”. El dictador Juan Carlos Onganía, que un mes antes había derrocado al radical Arturo Illia, había intervenido las universidades con la excusa de “combatir al enemigo comunista”. De esta forma no sólo violaba la autonomía de las casas de estudio (y se produciría la llamada “fuga de cerebros”, con científicos y profesionales que se exiliaron del país), sino que estrenaba la entonces Doctrina de Seguridad Nacional propuesta por Estados Unidos (el foco era perseguir el “enemigo interno»), un nombre que volvió a resonar en la agenda política argentina: hace diez días, el secretario de Estado norteamericano, Marco Rubio, convocó en Washington una cumbre contra el “resurgimiento del terrorismo político”, agitando fantasmas por “la violencia de la extrema izquierda”, según sostuvo. Allí participaron delegaciones de 61 países, entre ellas Argentina, y el funcionario estadounidense habló de “reeditar lo que se había hecho décadas anteriores en la lucha contra los movimientos de izquierda”.

Fotos: Juan Valeiro para lavaca.org
La cabeza de Ricardo sabe qué significan ese tipo de definiciones. En 1966, la policía ocupó su Facultad, ubicada a metros de la Plaza de Mayo (hoy es la Manzana de las Luces), y formó hileras para desalojar y apalear a los profesores, estudiantes y graduados que salían. “37 puntos de sutura”, sintetiza el palazo y todo un país que le sigue resonando.
Hoy tiene 89 y una jubilación que apenas pasa el millón de pesos, cuya mayor parte se va en el alquiler y en las expensas. “Estoy bastante apretado, pero fundamentalmente vengo por una cuestión de dignidad. Nos están metiendo la mano descaradamente: es un plan sistemático y diabólico tendiente a eliminar viejos. Aparte nos tratan de viejos meados. No lo viví nunca y no hay que permitirlo. Si me cruzara al presidente me tendrían que agarrar entre varios, porque lo quiero fajar, aunque me lleven en cana”.

Foto: lavaca.org
Ricardo camina todos los miércoles las catorce cuadras que lo separan del Congreso de la Nación con un andador que cubre con una bandera argentina. También tiene pegada una calcomanía de Pablo Grillo, el fotógrafo que sobrevivió a un disparo en la cabeza de un gendarme en una represión a una marcha como la de este miércoles. Por eso, cada vez que ve un cordón policial, Ricardo les dice algo, les habla cara a cara, como la semana pasada cuando se cruzó a un pelotón y les gritó: “Viva mi Patria querida, carajo”.

Ricardo marcha todos los miércoles con su andador, su boina y su bandera de Argentina. Fotos: Juan Valeiro para lavaca.org
Hincha de Boca (“de qué otro podría ser siendo tan pasional”), amante del tango y del folklore, Ricardo crio tres hijos y una nieta, Simone, que hoy le escribió y lo emocionó. Le respondió que no soñaba que sesenta años después su nieta se iba a acordar de esa fecha. Y le contó que, “con renovada fe”, iba a marchar como siempre al Congreso. Ella le agradeció porque seis décadas después sigue defendiendo sus derechos.
Y se despidió: “Cuidate, abu. Y salí abrigado. Te amo mucho”.
Ricardo se enjuaga los ojos: “Fue mi mejor noticia del día”.
Se acomoda la boina, agarra el andador con las dos manos y se mete en la movilización.
Protesta social
La vuelta a la anormalidad

Terminó el Mundial pero los reclamos siguen intactos, con respuesta represiva. Nunca frenaron las marchas de jubilados en estos días futboleros (lo que cobran alcanza cada vez para menos) y este miércoles se sumaron organizaciones sociales (el gobierno caducó el programa Volver al Trabajo) y la CGT con las dos CTA (cuestionando el ajuste y en defensa de la seguridad social). Todo vuelve a la normalidad cada vez más anormal de estos tiempos. ¿Qué se percibe de la realidad desde la marcha? Lo que se come y lo que no, la “inteligencia emocional” y lo que gasta el gobierno en reprimir, como volvió a ocurrir.
Por Francisco Pandolfi y Lucas Pedulla
Fotos: Juan Valeiro/lavaca.org
Postal 1: miércoles 10 am
La calle se llama Obreros de La Negra. El nombre llama la atención para ojos poco habituados al sur conurbano: se refiere al frigorífico La Negra, un emblema de lo que alguna vez se llamó industria, fundado en 1885, escuela de dirigentes sindicales, protagonistas del 17 de octubre de 1945 y cerrado a mediados de la década del setenta. Hoy solo conserva el arco de entrada, como gesto histórico, que da pie a lo que se convirtió: un Carrefour.
Enfrente hay una estación de servicio Shell, punto de encuentro de varias de las organizaciones sociales que este miércoles marchan en Puente Pueyrredón, municipio bonaerense de Avellaneda, e inician un día de protestas que seguirá más tarde en el Congreso con los gremios de la CGT y la ya histórica marcha de jubilados y jubiladas de cada semana. Otras organizaciones vienen directamente desde la estación del tren Roca, que tiene otros dos nombres históricos: Maximiliano Kosteki y Darío Santillán, militantes piqueteros asesinados aquí mismo en junio de 2002 por la Policía Bonaerense.

Fotos: Juan Valeiro para lavaca.org
El reclamo se da en el marco de una jornada nacional de lucha contra la decisión del Ministerio de Capital Humano, a cargo de Sandra Pettovello, de cerrar el programa Volver al Trabajo (antes “Potenciar Trabajo”), que perjudica a más de 900 mil familias. Las organizaciones de la Unión de Trabajadorxs de la Economía Popular (UTEP) lograron una medida cautelar para frenar la medida, pero la Cámara Federal de San Martín la revocó.
“El Gobierno dice que elimina nuestro salario para darnos ‘inserción laboral’. Sus propios números lo desmienten”, denunciaron desde la organización, y precisaron:
- El supuesto programa, llamado “Formando Capital Humano”, alcanzó sólo a 172 personas en todo el país.
- “De casi un millón de laburantes, el Estado confiesa que apenas 5.783 accedieron a alguna prestación este año”.
- Algunos de los “cursos fantasma” que proponen desde el Ministerio tienen nombres como “Inteligencia emocional para el ámbito laboral” o “Estrategias de ahorro en la cocina: ahorrar y comer bien es posible”.

Fotos: Juan Valeiro para lavaca.org
Inteligencia emocional y el costo de la represión
Eugenia (47) mide su inteligencia emocional desde sus dos hijas y una nieta de dos años. Vino con sus compañeras del Movimiento Teresa Rodríguez (MTR) desde Villa Argentina, en Florencio Varela, con quienes alimentan a 45 familias dos veces por semana en el comedor del barrio. Está desocupada hace dos años (es asistente terapéutica) y dice que no consigue nada: “Nada”.
Su pareja tampoco está trabajando: tiene tuberculosis (enfermedad que registró un aumento de 71,6% en comparación al 2020) y no lo toman de ningún lado: “Nada de nada”.
Por eso, estas mujeres son algunas de las miles de esta movilización que tranquilamente podrían dictar cualquier curso sobre estrategias de ahorro o financiamiento, porque el monto de su programa social (que les quieren quitar) es de solo 78.000 pesos por mes.

Fotos: Juan Valeiro para lavaca.org
“Me tengo que repartir –cuenta–. Con eso pago Internet y busco ofertas para comprar dos kilos de carne picada a 10.000 pesos, que raciono. En mi casa se come una vez al día, a la tarde noche; el resto del tiempo estamos a mate. Voy al canje a intercambiar ropa usada por mercadería: jeans o zapatillas por fideos, maple de huevos, morrón o tomate. Una o dos veces al mes voy a Capital a cirujear. Siempre encontrás ropa, alguna cartera, entonces la lavo y la llevo al trueque para sustentarme. Hoy en la cuenta me quedan 7.000 pesos y estamos a 22 de julio”.

Fotos: Juan Valeiro para lavaca.org
Eugenia, sus compañeros y las miles de familias que vinieron a Avellaneda no pueden llegar hasta el Puente porque un enorme operativo policial lo impide: hay oficiales de la Policía Federal, de la Prefectura, con motos y un hidrante que avanza sobre la avenida Hipólito Yrigoyen. Según el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), el Ministerio de Seguridad informó que gastó 2.087 millones de pesos en 43 operativos para reprimir las marchas de jubilados en 2025: el monto equivale a más de 5.500 jubilaciones mínimas.
Este miércoles no fue la excepción: cuando las organizaciones comienzan con la quema de gomas, las fuerzas avanzan y gasean. “El gobierno no piensa en los pobres”, dice Eugenia. “¿Tenemos que venir a luchar y que nos repriman porque nos sacaron los alimentos frescos del comedor? El Municipio ya no nos da pollo, papa o cebolla porque dice que no tiene presupuesto. El hijo de mi amiga está desnutrido y no recibe ayuda de nadie”.
¿Qué esperás?
–Que tengamos una propuesta buena. ¿Nos quieren sacar el plan? Ok, pero que nos den trabajo.
Postal 2: miércoles 3 pm
La geografía de los alrededores del Congreso Nacional no tiene nada que ver con la de los últimos miércoles. Como no pasaba hace varios meses, el conjunto de organizaciones de jubiladas y jubilados, esta vez, no reclama en soledad contra el gobierno de Javier Milei.

Fotos: Juan Valeiro para lavaca.org
Hoy sienten compañía.
La Confederación General del Trabajo (CGT) junto a las dos CTA, la UTEP y distintos movimientos sociales, se unieron a los jubilados como reinicio de un plan de lucha post-mundial. La segunda acción en conjunto, según comunicaron, será el 7 de agosto, en la peregrinación a San Cayetano, de Liniers a Plaza de Mayo.
Pablo Morán tiene 51 años, integra el gremio ATILRA (Asociación de Trabajadores de la Industria Lechera de la República Argentina) y es trabajador de la empresa Danone desde 2007.
Es delegado de los repositores de la Ciudad y el Gran Buenos Aires, cuenta que la situación de los lecheros está bien pese a Milei. Dice que no fue magia, sino un sindicato que desde hace 20 años actualiza sus ingresos mes a mes, según la inflación. Son una rara avis. “Nuestro básico es de dos millones y lo logramos luchando. Antes pertenecíamos al sindicato de Comercio, que hoy tiene su base en menos de un millón”, y agrega que están acá, en esta plaza, porque es una obligación mirar hacia el costado. “Y a nuestro costado está todo mal. Por eso los miércoles tenemos que estar siempre con los jubilados, no sólo hoy”.
Pablo define a este gobierno con una palabra: horrible.

Fotos: Juan Valeiro para lavaca.org
“De toda la que dicen que se ahorraron, no tiró nada a la calle, para los trabajadores, para los jubilados”.
Resalta: “Nada”.
¿Cómo sigue esto?
–Juntos, unidos, sin dar un paso atrás. Y sin mezquindades. Pero algunos sindicatos no mueven, no están acá, no avanzan. Y el peronismo, que es el que nos permitió solidificar nuestra base, hoy encima está peleado, cagado a palos.
Se queda pensando. Necesita decir algo más: “Me preocupa mucho porque este tipo (por el actual presidente), pese a todo lo que está haciendo, tiene chances de ganar las elecciones que vienen. No la estamos viendo. Y no podemos seguir haciendo la vista gorda. La gente la está pasando mal… lo tenemos que frenar”.
Postal 3: miércoles 3.30 pm
Zulema Palavecino tiene 75 años, un pin con la bandera de Palestina, otro con el rostro de Floreal Avellaneda (estudiante de 15 años secuestrado por la dictadura en 1976) y un pañuelo verde del aborto. Como muchas de las personas en este día de movilizaciones y luchas, tuvo presencia completa: a la mañana en Puente Pueyrredón y a la tarde, como todos los miércoles, con sus compañeros y compañeras de Jubiladxs Insurgentes.
Trabajó en el gremio telefónico durante 25 años. Era operadora en el Centro de Conmutación Internacional de la Empresa Nacional de Telecomunicaciones (ENTel), cuando el servicio estaba a manos del Estado. Fue parte de la organización que luchó para declarar ese empleo como insalubre y recuperar la hora de trabajo que la dictadura les había agregado.
Vivió la privatización menemista en 1990 y el impacto en números concretos: “De 40.000 trabajadores quedamos 20.000”. Se jubiló en 2004 y, desde entonces, acompaña la lucha que encabezó, entre otras, la histórica dirigente Norma Plá: “El triunfo depende de que los jubilados podamos sobrevivir. Están arrasando con un sector importante, que formó la riqueza del país, y este gobierno quiere que desaparezcamos”.
Zulema no vive a dos cuadras del Congreso, sino en el municipio de Burzaco, sur conurbano, a más de 25 kilómetros de esta plaza. Si tiene suerte, se toma el 266 hasta la estación del ferrocarril Roca, pero como pasa poco, camina quince cuadras hasta la avenida, se sube a cualquiera de los que vienen de Quilmes, y ya en la estación viaja hasta Constitución. De ahí, cualquier ómnibus que la deje en Congreso. A la vuelta, lo mismo.

Fotos: Juan Valeiro para lavaca.org
Su hipótesis es que la CGT tiende a los fuegos artificiales. “Lo que necesitamos es que nos juntemos todos. Cuesta visualizar cómo coordinar esa unidad: nos tenemos que poner de acuerdo en las necesidades como clase, no como sector”.
¿Esta plaza es un intento? “Hubiera sido un intento si convocaban a medio paro para que vengan los que están trabajando. No esperamos nada de la CGT: lo que necesitamos es parar el país. Con la Ley de Tierras directamente quieren destrozarlo. Como jubilados no podemos proponer la fuerza, pero sí la postura con la que hemos resistido: la constancia. Lo que se necesita es un plan de lucha que sea constante, y no algo de una vez y listo”.
Zulema cuenta por qué cada miércoles espera el 266 que no pasa, por qué no falta nunca al Congreso: “Sentimos que no podíamos hacer otra cosa más que resistir, porque quedarnos en casa era morir de todos modos. Nos encontramos con jubilados que no conocíamos pero tenían la misma actitud. Vivimos la década del setenta y fuimos una generación que creció pensando que había que luchar para cambiar el sistema. Cruzado por un conformismo o posibilismo, muchos abandonaron los sueños, pero cuando nos dimos cuenta que estábamos viejos y nos habían quitado todo, esos sueños son los que nos dieron fuerza”.
No gana la mínima y, “por suerte”, no gasta en medicamentos: “Quizá es por el cuidado naturista que me viene desde mi mamá”, dice, y aclara que tampoco pasa mucho tiempo en casa. La Agencia lavaca da fe: donde hay una marcha o un reclamo, Zulema y sus compañeros están allí. Llegado el caso que no pueda ir, se organizan para que alguien pueda estar.
Fruto de estos tiempos, realiza otro trabajo: es una masajista de alto vuelo. Empezó hace 20 años, después de jubilarse. No apunta a un público empresarial, dice: “Me dedico a que se recuperen los trabajadores que luchan porque, si están mal o doloridos, no pueden luchar”.
Mientras los gremios se van –en su mayoría rápido, sin ni siquiera dar una vuelta entera a la plaza– y queda la radio abierta de jubiladas y jubilados, esas palabras de Zulema resuenan con el comienzo del día, ante el frigorífico La Negra decorando un Carrefour: el desafío de recuperar el cuerpo y los sueños para luchar, antes de descubrir que nos han quitado todo.

Fotos: Juan Valeiro para lavaca.org
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