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Nota

Recuerdos de la Esma

Esta semana y en Tucumán se proyectará el documental Sonata en si menor, dirigido por Patricio Escobar sobre una investigación periodística de lavaca. Las actividades tienen una características especial: estarán presentes los protagonistas de la historia, sobrevivientes del secuestro y cautiverio en el centro clandestino ESMA durante la dictadura.

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Esta semana y en Tucumán se proyectará el documental Sonata en si menor, dirigido por Patricio Escobar sobre una investigación periodística de lavaca. Las actividades tienen una características especial: estarán presentes los protagonistas de la historia, sobrevivientes del secuestro y cautiverio en el centro clandestino ESMA durante la dictadura. La película toma esta historia para analizar el rol que tuvo la prensa. Jaime Dri llega desde Panamá, Rosario Quiroga y sus hijas, desde Venezuela. En Tucumán se suman a Miguel Ángel Estrella, quien los invitó especialmente a su concierto del 9 de julio. De regreso a Buenos Aires, el debate y la proyección con la presencia de los protagonistas será en Mu.Punto de Encuentro, el próximo miércoles 16 de julio, a las 18.30, con entrada libre. En esta nota contamos su historia.

Hacer historia

La primera noticia sobre el secuestro y traslado clandestino de un grupo de argentinos que estaba en Montevideo me llegó en forma casual, revisando el archivo en una editorial donde comencé a trabajar cuando agonizaba la dictadura. Yo era cronista y sentado a mi lado tenía al redactor especial Luis Castellanos, un petiso pelado y de anteojos, como George, el amigo de Seinfield, pero canchero y borracho. Poco después me enteré de que era uno de los periodistas que más frecuentaba la Esma.
Para conjurar ese asco que no tuve entonces porque “no sabía” (justamente yo, que venía de los bordes de la General Paz donde la dictadura era un retén cotidiano, un amigo chupado, un vecino metido a golpes en un baúl, un grito de auxilio ahogado en la madrugada), comencé a investigar esa noticia que no era noticia.
Recuerdo que me parecía obvio que había algo más. Recuerdo que las primeras en denunciarlo fueron las sobrevivientes de la ESMA que declararon en Francia en 1979 e incluso mencionaron a Castellanos como colaborador militar. Y recuerdo también que me pareció obvio que todo, al fin, había sido revelado en Recuerdos de la muerte, el libro de Miguel Bonasso, publicado en 1984.

Dri

Jaime Dri, el protagonista de Recuerdo de la Muerte, hoy. Vive en Panamá, tiene un hijo de 4 años y da clases de contabilidad en la universidad


Si la retomo ahora es porque no me parece obvio analizar qué rol jugó el periodismo en ese operativo que implicó secuestro, tortura, cárcel, muerte y desaparición forzada de 5 mujeres, 5 hombres y 5 niñas. Ellas, en especial, estuvieron en mí todos estos años, no sé si como un peso o un motor.
Fue Bonasso, entonces, el primero que nos dijo, como antes Walsh:
-Hay un fusilado que vive.
Nos contaba así la historia de Jaime Dri, el militante montonero que había sido secuestrado en Montevideo, trasladado al ESMA, sometido a “préstamo” al grupo de tareas que operó en la Quinta de Funes, bajo el mando del nefasto Galtieri en la periferia de Rosario, y devuelto a los sótanos de la Marina; él único que había logrado fugarse de allí y vivir para contarlo.
Dri es el muerto que habla en Recuerdos de la muerte, el Livagra de Operación Masacre.
Ahora que lo tengo enfrente, que lo he visto reírse a carcajadas y llorar con mocos, se lo digo con todas las letras y él se queda mirándome fijo, unos segundos eternos. Entiendo por qué.
Si retomo esta historia es porque tampoco parece obvio analizar qué valor tiene un sobreviviente del terrorismo de Estado. Digámoslo entonces rápido y claro: son la respuesta al grito de “Aparición con vida”. Son también el motor que encendió la justicia, la principal prueba, el dedo acusador. En la jerga judicial son testigos. En la historia social, son las víctimas que se ponen de pie y dicen “Yo acuso”. ¿Se puede entonces pedirles explicaciones sobre por qué están vivos?
Se puede.
Lo que no sabe el que los interroga es que la respuesta está en la pregunta: sobrevivir, nos interpela sobre cómo vivir después de una dictadura; pero fundamentalmente, sobre cuándo es ese después y cuánto su fin depende de nosotros.
Depende, nada menos, no del peso de nuestras preguntas, sino del motor que enciende nuestras respuestas.
La mía, ahora, es abrazar a Dri.
madre e hijas

Dos de las hijas de Dri -María Virginia y María Paula- junto a su madre Rosario Quiroga. Todas fueron secuestradas en Montevideo y trasladadas ilegalmente al centro clandestino. Un día después, Astiz entregó a las nenas a una tía monja. Rosario fue una detenida-desaparecida hasta enero de 1979, cuando sus captores le permitieron viajar a Caracas, donde hoy viven todas.

Las personas

Jaime Dri, nacido en Chajarí, Entre Rios, 14 hermanos, uno cura, cinco monjas, hijo de un sobreviviente de los bombardeos del 55, padre de Vanesa y Fernando, que fueron secuestrados el de 10 enero de 1977, cuando tenían 6 y 4 años; posteriormente liberados y enviados a Panamá, de donde era oriunda su entonces compañera, Olimpia Díaz. Dri fue elegido diputado provincial por el Chaco, cargo que ejerció hasta el día del golpe y era responsable de la columna nordeste de Montoneros. Viajó a Montevideo, vía Concordia-Salto, para reunirse con su responsable político, Alejandro Barry, a quien sólo conocía por su apodo: El Sopita.
Alejandro Barry había llegado a Montevideo junto a su compañera, Susana Matta, y su hija, Alejandrina, de 4 años. A Susana, Dri la llamaba La Pelada y a su hijita, La Peladita.
Rosario Quiroga, sanjuanina, familia devota, tía monja (ya veremos qué milagro provocó). Trabajaba en la biblioteca de la Universidad de San Juan hasta que fue cesanteada por la Ley de Seguridad del Estado sancionada por la dictadura para perseguir activistas. Su primer compañero y padre de sus tres hijas fue José Luis Herrero, desaparecido en Mendoza el 9 de marzo de 1976. Formó pareja luego con Oscar De Gregorio, a quien todos llamaban El Sordo, responsable de otra de las columnas montoneras. Oscar tenía un hijo, Juan Manuel, por entonces de 7 años, y una compañera del movimiento. Cuando decidió separarse fue sancionado por la conducción: perdió su jerarquía en la organización, aunque no sus responsabilidades. Oscar y Rosario habían escapado de Argentina cuatro meses antes, esquivando la represión. Viajaron a Brasil y luego a Montevideo, donde alquilaron una casa en la zona céntrica, a pocas cuadras de la avenida 18 de julio y a dos del jardín de infantes a donde enviaron a las nenas: María Paula, de 5, María Elvira, de 4 y María Virginia, de 3.
Miguel Ángel Estrella, tucumano, nieto de árabes, pianista virtuoso, discípulo de la francesa Nadia Boulanger (ya veremos qué milagros provocó), joven viudo, padre de 2 hijos -Javier, de 11 años, y Paula, de 8- exiliado en Montevideo luego del golpe. En su chalet del coqueto barrio de Carrasco le dio refugio a una joven pareja que huía de la persecución de los militares argentinos: Jaime Bracony y Luisana Olivera. Otra joven estudiante entrerriana, Raquel Odasso, lo ayudaba cuidando a sus hijos.
María del Huerto Milesi y Rolando Pisarello habían llegado días antes, huyendo con su hija María Laura, por entonces una bebé de 4 meses.

nenas en la ESMA

1977, ESMA: foto tomada por el represor Jorge Tigre Acosta. Las nenas fueron secuestradas en Uruguay en un operativo del Plan Cóndor.

Los hechos

Esta historia comienza igual y para todos.
Y comienza con fe.
Primero como católicos, luego como militantes, finalmente como montoneros, cada mujer y cada hombre enredado en este ovillo siguió el hilo que tejía su tiempo y su convicción.
Esta historia no comienza con un secuestro sino con una militancia que hoy recuerdan con orgullo y autocríticas. Cuando llegó la tiniebla del golpe, la mayoría tenía responsabilidades en su militarizada organización y eso los sometió a rígidas disciplinas y aún más rígidas medidas de seguridad. Así llegaron a Montevideo, con documentos falsos y haciendo política clandestinamente.
Lo que comienza, entonces, el 16 de noviembre de 1977 es el horror.
Ese día Oscar De Gregorio regresaba de Buenos Aires a Montevideo. En el puerto de Colonia lo esperaba su compañera, Rosario, que había dejado a las nenas al cuidado de una vecina. Lo vio bajar a las 13.30 del aliscafo y caminar rumbo a Inmigraciones, donde lo detuvieron. Las versiones siempre hablaron de que le habían encontrado una granada dentro de un termo, pero Rosario no cree que sea cierto. Su hijo Juan Manuel me dice ahora que un funcionario del ministerio de Defensa de tiempos de Tabaré Vázquez le contó otra versión: en la guardia había un oficial que sospechó del nombre -Manuel del Corazón de Jesús Mántara, demasiado largo y complicado- y le pasó el documento a otro que, mala suerte, era experto en falsificación.
Rosario vio cómo se llevaban a Oscar hacia otro lado del esperado y decidió no perder tiempo. Tomó un micro, llegó a su casa y le confesó a su vecina la verdad: quién era y qué pasaba. La mujer la ayudó a levantar la casa y cargar a las nenas. Cuando volvimos a Montevideo este abril, buscamos sin suerte la casa. Rosario tenía la esperanza de encontrar a la vecina y agradecerle todo. Especialmente que no le haya preguntado nada.
Luego, se instaló en un 3 ambientes con jardín que alquiló en la zona balnearia de Lagomar, distante a sólo 22 kilómetros de Montevideo, y buscó contactarse con sus compañero. Fue entonces cuando visitó el coqueto chalet de Miguel Ángel Estrella.
Ellos no lo sabían, aunque todos los vecinos se los habían advertido: el chalet de Estrella estaba vigilado. Me lo cuenta ahora un cincuentón amable, que actúa incluso el diálogo que tuvo con Estrella en los días previos a la redada:
– Yo siempre estaba acá, sentado en este muro con mi mate, joven al cuete, cuando lo veo pasar Estrella y le digo: `Están dando vueltas unos tipos raros desde hace días. O te vienen a buscar a vos o me vienen a buscar a mí, así que hay que tener cuidado”.
Estrella recuerda el diálogo y sonríe. “Si hasta mis hijos me abrazaban y decían: ´no quiero perderte también a vos papá´. Por eso estábamos levantando la casa, con la idea de irnos a Europa aprovechando unos conciertos que tenía ya pactados”. La parsimonia de Estrella en medio de este clima de persecución no es solo producto de su filosofía tucumana, que también, sino de su lejana pertenencia a la organización que en esos días parecía ser el único objetivo de la represión. Parecía, pero no.

Estrella y Dri

El abrazo de Dri con Estrella fue en la residencia del embajador argentino en Uruguay, donde compartieron desayuno y recuerdos.

El intento de fuga

Fue Martín Gras, otro detenido-desaparecido en la ESMA, hoy funcionario de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación, quien declaró ante un juez uruguayo que fue trasladado clandestinamente a Montevideo y obligado por sus represores a reconocer a quien ilegalmente habían detenido. La declaración de Gras coincide con lo que le contó el funcionario de Tabaré a Juan Manuel, el hijo de De Gregorio: Gras llegó junto al represor argentino Antonio Pernía a un galpón que tenía el cuerpo de Fusileros Navales (FUSNA) en el puerto de Montevideo, donde lo recibió el capitán de navío Jorge Troccoli, un represor uruguayo que escapó a Italia y eludió un pedido de extradición, hoy prófugo de la justicia Ahí se enteró que minutos antes, Oscar había salido con unos militares en auto a marcar una cita. Pernía se puso furioso porque imaginó lo que vendría. Lo que sigue es el relato de Gras: “Pernía salió a buscarlos y en una calle reconoció el coche de los uruguayos sin nadie adentro. Escuchó un disparo: De Gregorio le había pegado al oficial uruguayo; escapó, corrió, entró a un zaguán y ahí el uruguayo le pegó un tiro. En el momento en que Pernía llegó al zaguán, el oficial iba a rematar a Oscar, que ya estaba malherido. Pernía se le tiró encima para evitarlo. El chofer casi le dispara también a él, que estaba de civil”.
Oscar fue trasladado al Hospital Militar en la mañana del 18 de noviembre de 1997. La bala le había perforado los intestinos y el bazo, que le terminaron extirpando, según consta en el parte médico de ese hospital y que forma parte de los documentos que le entregó la Armada uruguaya al presidente Tabaré Vázquez en setiembre de 2005.

Plan Cóndor en acción

Cuando fue al chalet de Estralla, Rosario no sabía que el secuestro de Oscar había puesto en marcha esa tenebrosa maquinaria llamada Plan Cóndor. El pianista estaba de viaje y la recibió Jaime Bracony y Luisiana Olivera, que la pusieron en contacto con Alejandro Barry. La cita fue en un restaurante céntrico y reunió a la mayoría de los protagonistas de esta historia. Dri, que había llegado a Montevideo ese día, María del Huerto y Rolando Pisarello, también recién llegados, más Rosario y Alejandro, que era el máximo responsable político del grupo. Fue él quien decidió que el matrimonio Pisarello y su bebé fueran a vivir con Rosario, porque le parecía segura esa casa de Lagomar, que el caído Oscar desconocía. También ahí se arregló que Dri iría a la casa que los Barry habían alquilado en Atlántida, aunque nadie en el grupo sabía en ese momento dónde vivían. Rosario partió con la pareja a Lagomar, Dri fue caminando con Rolando hasta la casa de Estrella, que tampoco estaba, y regresó a su hotel a esperar que llegue otro día y su cita: quedó en encontrarse con El Nariz en ese mismo restaurante a las 2 de la tarde.

La redada

El operativo comenzó el 15 de diciembre de 1977 y a las 8 y pico de la mañana, cuando Rosario y Rolando salieron de la casa de Lagomar y caminaron hasta la ruta. Rosario siempre creyó que habían sido 2 cuadras, pero son más de 500 metros los que separan la casa con 3 cuartos, jardín y patio trasero de la Avenida Giannattasio. Ahora que estamos allí, conversando con los vecinos de la época, nos enteramos que desde la noche anterior un grupo de militares uruguayos, de civil y armados, había obligado a la señora de enfrente a esconderlos, para vigilar desde allí los movimientos de la casa. Le dijeron que era una cuestión de drogas y la señora sospechó lo peor: no podía ser verdad porque ella había visto en el jardín jugar a las nenas.
A pocos metros de la parada del colectivo con el que pensaban llegar a Montevideo escucharon un grito. Alto. Comenzaron a correr, pero detrás del refugio de la parada se asomaron otros hombres armados. A Rosario la agarraron de los pelos, la encapucharon y la tumbaron en una camioneta, al igual que a Rolando.

Mu 55

La tapa de Mu 55, junio 2012

La emboscada

A las 2 de la tarde de ese mismo 15 de diciembre Jaime Dri se encontró con Alejandro Barry en la puerta del único restaurante que conoció en Montevideo. Subieron a la Mehari roja y cuando comenzaron a andar, Jaime cerró los ojos tal cual lo indicado: nadie podía ni quería ver el trayecto que lo llevaba a la casa de un compañero. “Habrá pasado un rato largo, una media hora quizá, cuando escuché el grito de El Nariz”, me dice ahora que está parado en el exacto lugar donde volcó la Mehari, emboscada por un auto al frente y otro atrás, que le dio el topetazo. “El Nariz me pasó por encima y yo salí como pude, corriendo hacia allá”. Señala en dirección a una esquina que en un primer momento lo desorienta porque hoy la ruta es doble mano, el terreno está levantado y él no recuerda haber tropezado con nada en la estampida, pero también por evocar la intensidad y el vértigo que tuvo aquel momento. Dri busca, necesita encontrar, la casa a la que entró en su desesperada fuga. “Era chiquita, precaria y en lugar de una puerta trasera me topé con una ventana chiquita y enrejada”. Ahí está, al fin, parado al lado de la ventana que le cerró la retirada, en la casa chiquita que hoy tiene adosada otra habitación, donde vive la nieta de la mujer que aquella tarde alcanzó a decirle solamente “Por favor, váyase de acá”, que era exactamente lo que ansiaba Dri. Esa señora, nos cuentan ahora, era la curandera del barrio.
Dri recibió en ese umbral dos tiros en las piernas, pero nunca menciona esas heridas ni tampoco da detalles de las torturas que padeció luego de que lo llevaran desde allí y a la rastra, en el piso trasero de un auto.
Las versiones indican que Alejandro Barry fue asesinado ahí mismo. Dri no lo supo hasta tiempo después y todavía se pregunta, parado en la ruta, para dónde habrá corrido El Nariz, como si el destino hubiera empujado a su compañero en dirección errada. Y a él no.

Dri con Patricio Escobar y  Damián, director y director de fotografia del documental, en Uruguay

Dri con Patricio Escobar y Damián Finvarb, director y director de fotografia del documental, respectivamente, en Uruguay

Operativo Estrella

Esa misma tarde del 15 de diciembre Raquel Odasso volvía de comprar bizcochos, cuando a dos cuadras de la casa donde trabajaba cuidando a los hijos de Miguel Ángel Estrella la interceptó un auto. Los vecinos recuerdan ahora que era un Wolksvagen del que bajaron dos hombres que la tomaron de los pelos y la llevaron. La hija de Estrella estaba jugando en la casa de unas amigas, a pocos metros, y escuchó los gritos. Los bizcochos quedaron en el piso, desparramados.
Por los techos de la casa del vecino trasero irrumpió al chalet de Carrasco el grupo de tareas que se llevó a la rastra a Jaime Bracony y Luisana Olivera, mientras dejaba una guardia adentro, esperando la llegada de Estrella. Todo el tiempo que dura esa espera, el hijo de Estrella lo pasó en su habitación, enfermo y aterrado.
Alertada por los vecinos, llegó hasta la puerta del chalet una amiga del pianista. Llevaba un traje de cura y otro de mujer. “Pensó que así podía escaparme”, sonríe Estrella ahora, mientras unta una tostada del desayuno que sirve, sin ruido, la empleada de la embajada argentina en Uruguay. Estamos ahora en la residencia oficial, donde ayer, 25 de mayo, Estrella ofreció un recital que transformó las sonatas de Listz en un acto político.
Estrella tiene una forma especial de hablar. Cada palabra es una tecla con la que intenta tocarnos algo: un sentimiento, una sonrisa, una mirada. Cada pieza que ejecuta tiene un cuento de introducción. El de este día que se dice de la patria comienza con la historia de su secuestro en Carrasco. Lo está escuchando, sentado detrás de él, el presidente José Mujica que estuvo prisionero en el mismo penal al que fue a parar Estrella. En la platea hay más ex presos de la dictadura y referentes de derechos humanos que funcionarios. Está, además, la amiga que quiso disfrazarlo. Lleva bastón y renguea. Dice que todavía le duelen las manos por la picana que recibió cuando la llevaron, junto a Estrella, al Castillo de Carrasco. Ella es la única de todos los que estuvieron allí capaz de identificar donde queda ese centro clandestino de detención a donde llevaron a las mujeres, los hombres y las niñas secuestrados aquel 15 de diciembre.

Lagomar y después

Ninguno de los sobrevivientes sabe por qué llegó Susana Matta con Alejandrina a la casa de Lagomar, pero todos suponen que fue porque ni su compañero Alejandro Barry ni Jaime Dri llegaron el 15 a su casa. Tampoco saben porque se quedaron allí, tras la desaparición de Rosario y Rolando. Lo cierto es que en la madrugada del 16 de diciembre, cuando irrumpió la patota, ahí estaban durmiendo, en un cuarto las madres, Susana y María del Huerto, junto a su bebé de 4 meses, y en otro las 4 nenas: Alejandrina, la hija de los Barry, y las de Rosario: María Paula, María Elvira y María Virginia.
Fue María Elvira la que en su adolescencia tuvo un ataque de pánico que pudo conjurar cuando entendió su origen: había estado en una casa de verano y durmiendo en una habitación en la que se colaba en la noche una luz fuerte a través de una ventana. Recordó, así, que aquella madrugada las había sorprendido una luz similar (¿focos? ¿linternas?) que precedió el grito que despertó a los vecinos: “Salgan o disparamos”.
María del Huerto salió con su beba en brazos.
Susana Matta fue a la habitación de las niñas.
Las versiones cuentan que allí se tomó la pastilla de cianuro. Dri me dirá después que calcula que fueron 600 los militantes que cumplieron con la orden de Montoneros de tragar el cianuro antes de caer.
Ahora, la menor de las hijas de Rosario recuerda algo más: que Susana intentó vomitarla. También recuerda ahora que tuvieron que pasar por encima del cuerpo de Susana para salir de la habitación. Y que las taparon con unas mantas a cuadros que había en la habitación.
Solo eso.
Lo que pasó después, para las tres y desde entonces y hasta hoy, funde a negro.

Rezar a los gritos

Miguel Ángel Estrella es el único que habla, en su delicado tono, de lo que pasó después. A todos –las 4 mujeres, los 3 hombres y las 5 nenas- los llevaron al mismo lugar: el que ellos llaman el Castillo de Carrasco. “No sé si eran un castillo, pero parecía. El sótano donde fuimos a parar tenía paredes como esas que se ven en las películas”, dice Estrella. Todas y todas recuerdan el ruido del paso de aviones y autos, por eso hablan de Carrasco, el barrio donde está el aeropuerto de Montevideo.
En ese sótano, Estrella y Dri –que no se conocían- compartieron las sesiones de tortura. Colgados boca abajo, atados de las manos y encapuchados. Submarino y picana. “Había una mujer especialmente cruel, que se ensañaba especialmente con darme picana en el miembro. En un momento, no sé cuánto tiempo había pasado desde que llegué, pude hablar con ella. Le dije cómo me la imaginaba. Como un hembrón, de larga cabellera y buen escote. ¨Nada que ver¨, me contestó. ¨Soy bien fea¨. Me contó que vivía en un cantegrill, que era prostituta y que así había conocido a un milico que una vez le propuso: ´¿querés venir a ver algo que puede llegar a excitarte?´. Y ahí empezó. Ahora le pagaban, me decía, por torturar y le pagaban más cuándo más hija de puta era”.
Estrella cuenta que rezaba a los gritos mientras pensaba en su maestra, la francesa Nadia Boulanger. “No sé por qué, pero se me venía su imagen en esos momentos”. Nadia, justamente, fue una de las primeras en organizar una campaña mundial para denunciar el secuestro de Estrella.
Dri lo escucha en silencio, como lo escuchaba cuando vociferaba el padrenuestro en aquel sótano. Acaban de encontrarse en Montevideo, en la residencia del embajador, en ese comedor y en ese desayuno con tostadas. Acaban de estrujarse varias veces en varios abrazos y de decirse muchas más “Hermano querido”.

Represores negociando

Cuatro días calculan que pasaron en el Castillo de Carrasco, pero fueron 5, según consta en un informe “secreto e interno” firmado por director del Servicio de Información de Defensa, general Amauri E. Prantl, donde menciona a la totalidad de los secuestrados. El parte está en el Archivo de la Dirección Nacional de Información e Inteligencia, en la Caja 8-2-1 y lleva la siguiente nomenclatura: “Parte de Información Nº 13/77”.
El dato es importante por lo que pasó ese quinto día.
Cuenta Dri: “Me sacan la capucha y delante de mí tengo a un grupo de hombres. Tiempo después pude identificar a tres de ellos, todos argentinos: el oficial del Ejército apellidado Coronel –luego supe que su nombre es Julio César, y lo apodaban Maco-; el miembro de la Prefectura Naval Héctor Febres, apodado Selva, y el integrante de la Armada Raúl Enrique Scheller, apodado Mariano o Pingüino. Uno de ellos me dijo: `Quedate tranquilo, ya pasó lo peor. Nosotros te vamos a tratar mejor que los uruguayos, te vamos a trasladar a Argentina´”.
El grupo de tareas de la ESMA había llegado hasta el Castillo luego de una negociación con la Armada uruguaya. Un documento oficial, con membrete de la Presidencia de la República Oriental del Uruguay, fechado el 2 de julio de 2003 informa que esa negociación fue bautizada “Cónclave de Solís” y que implicó que “el Comandante de la Armada” apruebe la entrega de Oscar De Gregorio a las autoridades argentinas.
El funcionario de Tabaré Vázquez que se entrevistó con el hijo de Oscar le contó que la negociación fue dura. “Los militares uruguayos se dieron cuenta de que tenían un pez gordo y no lo querían entregar así nomás. Los argentinos se impacientaron y amenazaron con sacarlo del Hospital Naval, donde estaba internado, a sangre y fuego. Se lo llevaron, pero a cambio les pidieron los 3 autos y el helicóptero en el que habían venido y el control de los uruguayos secuestrados en suelo argentino”, cuenta Juan Manuel que le contó el funcionario.
La negociación determinó también el destino de los secuestrados en el Castillo de Carrasco. Todos los detenidos en el chalet de la familia Estrella fueron legalizados. Esto es, sometidos a la justicia militar, que tras un simulacro de juicio, los condenó a prisión en el penal de Libertad. Allí fueron, entonces, Miguel Ángel Estrella, Jaime Bracony, Luisiana Olivera y Raquel Odessa.
El resto fue desaparecido. Esto es, trasladado ilegalmente a la ESMA en avión.
Allí fueron, entonces, Rosario Olivera, Jaime Dri, María del Huerto Milesi, Rolando Pisarello y la bebé de la pareja de 4 meses. Allí fueron también las tres hijas de Rosario: María Paula, María Elvira y María Virginia.
Para Alejandrina Barry los militares argentinos tenían otro destino.

La prensa terrorista

Sin duda, la campaña internacional que denunció el secuestro de Estrella y que llegó a mover influencias al embajador británico y hasta a la reina de Suecia, obligó a legalizar a todos los secuestrados en su chalet.
Sin duda, también, fue el vínculo entre el abuelo Barry y José Alfredo Martínez de Hoz, con quien compartía una cátedra universitaria, el que salvó a Alejandrina.
Sin embargo, lo que me interesa señalar en este punto de la historia es que en la misma instancia en la que se sella la suerte del grupo –quién va preso, quién desaparece- se urde la operación de prensa.
Esto es lo paradigmático de este caso: deja en claro cómo funcionó la máquina represiva, pero además cómo la prensa formó parte de ella.
La Armada uruguaya emitió sobre estos hechos cinco comunicados que fueron reproducidos por todos los diarios locales y varias agencias internacionales. Esos cables fueron publicados en la prensa argentina por lo menos en dos diarios: La Opinión y La Nación, en sus ediciones del 23 de diciembre de 1977.
En los días posteriores, los diarios uruguayos publicaron las fotos de los detenidos, las del asesinado Alejandro Barry y su esposa, Susana Matta. También las fotos de la Mehari emboscada, la casa de Lagomar y las supuestas armas encontradas y que nadie allí tenía. Publicaron además, muchas fotos de Alejandrina. Jugando con muñecas, sentada, parada, con un saquito de lana, sin el saquito de lana y un titulo: “Esta inocente está sola y quiere encontrar a su familia”.
El 29 de diciembre de 1977 el comunicado Nª 1380, emitido por “las Fuerzas Conjuntas” uruguayas informa que la pequeña Alejandrina “fue entregada en el puerto de Montevideo a sus abuelos paternos en presencia del Juez Militar de 2do. Turno”. En realidad, según la crónica publicada por el diario La Mañana en su edición del 30 de diciembre, la entrega se hizo en medio de una conferencia de prensa a la que fue expuesta la niña hasta que una mujer uniformada la cargó en brazos y la subió al barco donde la esperaban sus abuelos. La última foto de Alejandrina publicada por los diarios uruguayos es esa: en brazos y en la escalera.
En esta orilla, las fotos tomadas durante el operativo formaron parte de una operación de prensa que tuvo la Editorial Atlántida como escenario privilegiado.

  • La revista Somos muestra la foto de Alejandrina junto a la de la Mehari acribillada. También da cuenta de la detención de Miguel Ángel Estrella de una manera especial. Dice textualmente: “pianista tucumano, 33 años, homosexual”.
  • La revista Gente tituló: “Alejandra está sola”. Muestra fotos de la casa donde se produjeron los secuestros y de un supuesto botín de guerra, con grandes ametralladoras, “que se encontraba a pocos metros de la cuna de Alejandra”.
  • La revista Para Ti la presenta jugando con su muñeca, cabeza gacha. El título: “A ellos no les importaba”.

Las tres notas publicadas en los medios de Editorial Atlántida son posteriores a este parte oficial, pero ignoran el hecho de que Alejandrina ya estaba con su familia y en cada nota está escrita de acuerdo al estilo de cada publicación y todas persiguen lo mismo: según mi hipótesis, están destinadas a cortar los lazos de solidaridad o simpatía que podían ayudar a ocultar o escapar a los militantes montoneros de las garras de la dictadura.
Ni los medios uruguayos ni los argentinos mencionan al resto de los secuestrados.

Postales de la ESMA

La vecina de la casa de Lagomar cumple años. Es domingo y está esperando a la familia para dar inicio a la raviolada. Mira a las tres mujeres que están paradas en su puerta y las abraza, una por una. Las invita a sentarse, a charlar, a mirarlas. No pregunta qué pasó después de aquel operativo que conmocionó a todo el brrio. Le alcanza con verlas hoy sonriendo. “Hace años que me quedó una pregunta clavada en el corazón: ¿qué pasó con esas niñas? Porque cuando vi que el diario hablaba de una sola, me di cuenta que algo terrible les había pasado a las otras”. Ese comentario es lo que se llevan de regalo María Paula y María Virginia de su visita a la casa de Lagomar.
No pudieron entrar a la casa, como querían, porque ahora está viviendo un militar, que acaba de llamar a un patrullero para espantarnos.
Me cuentan que llegaron hasta ahí con la ilusión de que les pase los mismo que a María Elvira. Que querían despertar esa noche con alguna sensación, algo, que les permitiera recordar lo olvidado. No tienen ni una imagen del operativo, del Castillo, del vuelo clandestino, de nada. Lo único que recuerdan es el momento en que las llevaron a ver a Oscar De Gregorio. Ya estaban en la ESMA. “Lo vi tan flaco, tan lastimado que pregunté qué le había pasado –me cuenta María Paula- El hombre que nos acompañaba me contestó: ´se cortó con un vidrio¨. Me quedé fija en esa imagen: pensando cómo habría sido de grande el vidrio que lo había rebanado así”.
Oscar De Gregorio padeció una larga agonía de torturas que lo dejaron desquiciado. Rosario lo vio morir el 25 de abril de 1978 en la ESMA. Su cuerpo nunca fue entregado a su familia, aunque a Rosario le dijeron en la ESMA que había sido cremado y sepultado como N.N. en la fosa común del cementerio de la Chacarita. Formalmente, es todavía un desaparecido.
Rosario me muestra la foto que El Tigre Acosta les sacó en la ESMA a las nenas. Están sentadas en un sillón. María Paula, en el medio, sonríe. No es una sonrisa de alegría: es un desafío.
Fue Acosta, también, el que le dijo a Rosario que en la ESMA no podían quedarse niñas de esa edad. Ella pensó en su madre, pero vivía en San Juan y se negaron a llevarlas. Recordó, entonces, que su tía monja estaba en un convento del barrio del Belgrano. Hasta allí las llevó Alfredo Astiz.
Rosario volvió a reunirse con sus hijas cuando la dejaron salir de la ESMA, el 19 de enero de 1979 y con destino a Caracas, donde hoy viven.
Le pregunto a María Paula qué piensa de esta historia y lo resume con una carcajada que apunta a su madre: “Que estaban todos muy locos”. María Virginia elige las lágrimas, que contiene con fuerza. Dice simplemente: “Mis padres son mi héroes”.
Recuerdo ahora el final de Operación Masacre y de esas palabras que ahora hago mías: puedo sentarme a escribir porque ya he hablado con sobrevivientes, viudas, huérfanos, héroes anónimos. Me pregunto, entonces, si contar esta historia vale la pena, si la sociedad en que uno vive necesita realmente enterarse de cosas como éstas. La diferencia con Walsh es que tengo una respuesta.
Se comprenderá, de todas maneras, que haya perdido algunas ilusiones en lo que alguna vez fue mi oficio, y que gracias a vos, lector, aún lo es.
Entonces puedo sentarme, porque ya he hablado con sobrevivientes, viudas, huérfanos, héroes anónimos.

Fotos de Lina Etchesuri y Julieta Colomer

Nota

7ma marcha contra los travesticidios, transfemicidios y transhomicidios, y una pregunta que es bandera: ¿Dónde está Tehuel?

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En vísperas de una nueva marcha que exigirá el fin de los crímenes de odio y políticas efectivas para una comunidad históricamente vulnerada, lavaca habló con la fiscal del caso que sigue la desaparición del joven trans Tehuel de La Torre. Por qué está caratulada como homicidio agravado por odio, aun sin haber encontrado el cuerpo. En qué está la búsqueda. Qué (no) dijeron los acusados. El juicio sin fecha. El pedido de información al RENAPER. Los nuevos indicios. Los rastrillajes. La falta de apoyo del gobierno. Estas son sus respuestas:

Mañana, 28 de junio, cuando se marche desde Plaza de Mayo al Congreso por séptima vez contra los travesticidios, transfemicidios y transhomicidios, Tehuel de la Torre llevará 474 desaparecido.

La última vez que se lo vio con vida fue el 11 de marzo de 2021, hace más de un año, cuando salió de su casa en San Vicente, provincia de Buenos Aires, a las 7 de la tarde, para encontrarse con Luis Alberto Ramos (37 años) quien, presuntamente, le había propuesto un trabajo de mozo para un evento.

Tehuel nunca volvió y Ramos está detenido junto a Oscar Alfredo Montes (46 años), quien se sospecha que el día de la desaparición estuvo también junto al joven. Una selfie encontrada en el celular de Montes avala esta hipótesis.

Recién ocho meses después de la desaparición, en noviembre de 2021, cuando encontraron una mancha de sangre en la pared de la casa de Ramos, la fiscal Karina Guyot, de la UFIJ-San Vicente pidió el cambio de carátula a “homicidio agravado por odio a la orientación sexual e identidad de género”.  Cuatro meses después, en marzo de este año, el juez de Garantías N°8 de La Plata, Martín Rizzo, pidió la elevación a juicio. 

Cuando Rizzo resolvió la elevación a juicio también resolvió desdoblar el expediente para que la búsqueda continúe. “La causa principal fue elevada a juicio. Y lo que tengo es el desdoble de la búsqueda”, dice a lavaca la fiscal Guyot. “En el desdoble de la búsqueda estamos pidiendo información al Registro Nacional de las Personas (RENAPER), para que nos informen en toda la provincia qué datos hay de gente desaparecida que sean NN. Estamos con oficios con ese tema, para ver si podemos hacer cotejos de ADN con esas personas que no han sido identificadas por nadie”. 

¿Cree que se puede encontrar el cuerpo de esa manera?

Yo lo estoy buscando, si lo voy a encontrar o no ojalá lo supiera. La búsqueda no se va a desactivar hasta que no aparezca, hasta que no aparezca va a estar abierta esa causa, por tiempo indefinido. Dios quiera que podamos encontrar algo, es el deseo. Hay dos situaciones: por un lado la búsqueda de la verdad y la justicia, que es lo que se pretende con la causa elevada a juicio, y la búsqueda del cuerpo. Si lo vamos a encontrar yo no lo puedo garantizar, depende de lo que hayan hecho los imputados con el cuerpo, que no lo dijeron. 

Durante meses se negaron a declarar, ¿lo hicieron?

La primera vez se negaron a declarar, la segunda declararon pero por supuesto que nada dijeron al respecto. 

¿Están elevados a juicio por homicidio aun sin cuerpo?

Por supuesto. Homicidio agravado por odio. 

¿Hay fecha para el juicio?

No, termina la etapa de instrucción y pasa a la etapa intermedia, el fiscal de juicio ahora tiene que prepararlo. No puedo dar fecha porque la desconozco. 

¿Y en la causa de la búsqueda además del pedido de información al RENAPER, qué más se está haciendo?

Hay varias cuestiones, no podemos comentar todo. Estuvimos haciendo nuevos rastrillajes en sectores más pequeños porque se habían hecho en lugares muy amplios, estamos sectorizando la zona, porque es muy grande y de descampados. Estamos profundizando sectorizado. 

Con lo que se hizo, ¿hay nuevos indicios?

Quedó pendiente una información que surgió de la causa que detectó la antena del teléfono en cercanía a la casa de Ramos. Y estamos trabajando sobre eso, que fue la noche que desapareció Tehuel. Fue entre las 4 y las 6 de la mañana, la antena detecta el teléfono de Ramos. 

¿Se sabe a quién llamo?

No hubo una llamada, hubo apertura de antena, en una zona donde no se acostumbraba a abrir el teléfono de Ramos, menos a esa ahora. 

¿Y en esa zona se hicieron rastrillajes?

Ya los hicimos y ahora los estamos profundizando más sectorizado. Yo tengo que agotar todos los recursos y hago lo que me gustaría que hagan si fuera un familiar mio: que sigan buscando. 

¿Es posible la desaparición durante más de un año sin complicidades territoriales? ¿Sin entramados en el barrio que lo permita?

Hay cosas que no puedo comentar. 

¿Se está recibiendo apoyo del Gobierno provincial en la búsqueda?

Si me pedis opinión te diría que no: en el rastrillaje último vinieron menos personas de las que esperaba, como los últimos rastrillajes. Esperaba más participación del Ministerio de Seguridad y la verdad es que es bastante escueto, más allá de que sigue en pie lo de la recompensa. Se debería enfatizar un poco más en la recompensa y en la búsqueda.

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Darío y Maxi: 20 años es todo (video)

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Se cumple este 26 de junio el vigésimo aniversario del asesinato de Darío Santillán (foto de portada, tenía 21 años) y Maximiliano Kostecki (22), producto de la represión oficial del gobierno encabezado por Eduardo Duhalde al creciente movimiento de trabajadores desocupados: los piqueteros.

Aquel oscuro día, las organizaciones movilizadas reclamaban no solo planes sociales (se exigía pasar de 150 a 300 pesos) sino que reivindicaban el apoyo para sus propios proyectos en los barrios: productivos, educativos y de salud. Por eso en ese momento no se hablaba de “planes sociales” sino de “planes de trabajo”.

En muchos sectores del movimiento piquetero (y Santillán era un claro referente), lo que se buscaba lograr era generar una situación de autonomía para evitar la cooptación –por parte del Estado y/o partidos políticos– de esa potencia social que planteaba el trabajo y el cambio social como foco de sus reivindicaciones. Ya no eran el peronismo ni el sindicalismo ni la izquierda quienes expresaban los reclamos, sino un sector social por nadie tenido en cuenta, que intentaba encontrar su propio camino, su propia voz.

La responsabilidad política por los homicidios sigue sin juzgarse, pese a que (o debido a que) incluye nombres como Eduardo Duhalde, Felipe Solá, Alberto Atanasof (ex jefe de gabinete) y todo un oscuro entramado de funcionarios y –como es habitual– servicios de inteligencia.

Los dos condenados a perpetua fueron los autores materiales de los homicidios, los policías Alfredo Fanchiotti y Alejandro Acosta. Aquel 26 J hubo además cientos de detenidos y heridos con balas de goma, y 32 heridos con balas de plomo que por casualidad no llegaron a elevar la nómina de muertes.    

Aquellos crímenes, las cooptaciones que finalmente han sido obvias, la inercia de un sistema laboral cada vez más precarizador y expulsivo, el desempleo, la desigualdad, la masificación del asistencialismo, entre otras ciénagas, le han ido dando forma, cristalización y a veces descomposición, al actual escenario.

A 20 años de esa tragedia habrá actos en el lugar del crimen (la antigua estación Avellaneda del Roca) el sábado desde las 10.30, con el objetivo de reclamar justicia completa: el juzgamiento de los responsables políticos. El domingo realizará grupos encolumnados en la izquierda harán su propio acto.

Pero el propio sábado por la tarde, en la vigilia habitual antes de cada 26 J, el director Patricio Escobar hará una presentación de media hora de lo que será la segunda parte de su notable documental La crisis causó 2 nuevas muertes. En esta secuela Escobar busca describir el tema de las responsabilidades políticas, y logró entrevistar a Eduardo Duhalde (ex presidente), Felipe Solá (entonces gobernador bonaerense), Juan José Álvarez (ministro de Justicia, Seguridad y Derechos Humanos) y Jorge Matzkin (era Ministro del Interior).

Como antecedente, y para quien quiera conocer o recordar la realidad de lo ocurrido, volvemos a incluir La crisis causó 2 nuevas muertes, que refleja no solo los sucesos, sino también las trampas a las que está sometida una sociedad que se presume democrática por parte de los llamados “medios de comunicación” que en realidad (y el 26 J fue un fiel reflejo) se han convertido sistemáticamente en plataformas de operaciones políticas, económicas y de inteligencia. El título del documental es el mismo del diario Clarín aquella vez, cuando culpaba a “la crisis” (como han aprendido a hacerlo diferentes gobiernos) por desastres y crímenes cometidos por personas y sistemas institucionales concretos.

Para ver La crisis causó 2 nuevas muertes:

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Dai, la jugadora eterna

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En este perfil especial que es parte de una cobertura colaborativa de tres medios cooperativos, el Club Atlético Lilán de Laprida recuerda -y extraña- a la joven que apareció muerta en una comisaría de la ciudad, a la espera de conocer la verdad de qué pasó. Sus compañeras de equipo y el entrenador relatan anécdotas de afuera y adentro de la cancha que reflejan, acaso, lo mismo: «Ponía mucha garra y sacrificio”.

Segunda entrega de la cobertura colaborativa entre Perycia, Revista Cítrica y LAVACA.

Por Bernardita Castearena

Fotos: Mauro Arias

El día después de cada partido, el tendal de la casa de las Arias-Abregú estaba todo ocupado con las camisetas albirrojas del equipo de fútbol femenino del Club Atlético Lilán de Laprida. Incluso cuando el lavarropas estaba roto, Daiana Soledad ponía música en el parlante del living y se dedicaba a cepillar durante horas las medias de cada jugadora para recuperar el blanco que tenían antes de entrar a la cancha.

 —Si hay que seguir lavándolas, vamos a hacerlo nosotras por ella —dice Morena. 

De las once jugadoras del plantel, tres son hermanas de Daiana Soledad: Morena, Sheila y Kiara. Hasta el día en que perdieron a “La Sole”, como ellas la nombran, cada sábado a la noche empezaban los preparativos para el encuentro del día siguiente.

Lilán es uno de los clubes más grandes de Laprida, una ciudad de 12.000 habitantes ubicada en el centro-sur de la provincia de Buenos Aires. Fundado en 1936, hoy se dan clases de fútbol, hockey, cestoball, tenis, natación, patín y pádel. 

“¿Quién va a alentarnos ahora?” se preguntan desde el domingo en el que Daiana Soledad Abregú murió en el calabozo de la Estación de Policía Comunal en condiciones que todavía se investigan. La versión oficial aportada por la policía habla de suicidio, pero la familia, les abogades y los organismos de derechos humanos creen que puede haber sido víctima de violencia institucional. 

Desde el martes posterior a la muerte, día por medio, familiares, amigues y vecines se movilizan por el centro de Laprida para pedir justicia.

Jugadora en todos los frentes

Como desde la cantina visitante del Club Atlético Lilán no se pueden ver los partidos, Daiana Soledad convencía a sus compañeras durante toda la semana para que la dejaran atender la local. Un tiempo atrás, las chicas del equipo de fútbol femenino se habían organizado para tener responsabilidades en el club, y ella se encargaba de todo. Un día pidió prestada una máquina de coser y la devolvió con un bolso para guardar todas las camisetas del fútbol femenino que había hecho con sus propias manos.

En las fotos aparece Daiana Soledad con un equipo que le sobra por todos lados: ni el talle más chico podía ajustar su cuerpo flaquito y sus “patas de tero”. Los botines esperaban antes de cada partido en uno de los primeros estantes de la repisa donde los utileros del club tienen ordenado por talle el calzado que les jugadores donan a la institución cuando les van quedando chicos. Nadie sabe de quién eran los que ella usaba, pero probablemente los botines 35 de una edición limitada de Messi, con tres nudos en uno de los cordones, antes habían hecho feliz a un niño de las inferiores del club. 

“Las dos calzábamos lo mismo”, dice Morena, que cuenta una anécdota por cada lugar del club que recorre: “Ella era nuestra fan número uno, va a costar mucho no escucharla cada vez que salimos a la cancha”.

Gritaba cuando un conocido jugaba en primera, cuando creía que los árbitros cobraban algo mal, se escapaba de la cantina para alentar y volver. Arengaba al grito de “¡VAMOS LILÁN, CARAJO!” antes de salir a la cancha. 

Era la que más alentaba, y la tribuna empezaba a gritar detrás de ella. 

El último partido

Cuando el entrenador vio que no corría ninguna pelota y que de a ratos se tocaba las piernas, la sacó. A fines del 2021, Daiana se fracturó la rótula después de haber chocado contra otra jugadora y, aunque un yeso le inmovilizó la pierna, no paró: se subía a la tribuna para ver a las compañeras, dejaba que la levantaran a upa cuando ganaban, atendía la cantina mientras el resto le escondía las muletas. Esta vez le dolía la otra, la que todavía tenía sana. 

Por primera vez, ese 29 de mayo, aceptó el cambio sin quejarse y se comprometió a descansar para poder recuperarse bien antes de volver a jugar. Cuando el resto de las chicas terminaron y no había nada más para hacer en el club, cruzó como podía las dos cuadras que separan su casa de la cancha de Lilán, agarró la bici y fue a que la revisaran. 

Por cada minuto que esperaba en la guardia del Hospital Pedro Sancholuz, la rodilla se le hinchaba y le dolía cada vez más, hasta que en un momento encaró para el consultorio y obligó al médico a que la atendiera antes que al resto de la gente. El día siguiente lo pasó tirada en el sillón riéndose con su familia de cómo el médico de guardia la había tratado de hinchapelotas por no esperar su turno.

 —Ella era muy espontánea, si te tenía que decir algo, te lo decía. Y si tomaba una decisión, la ejecutaba —dice Inés, a quien Dai había apodado Tilín. Ahora, desde el vestuario visitante, se acuerda de las tardes que pasaron riéndose al sol y de la cantidad de temas que podían charlar en los 60 km que separan Laprida de General La Madrid cada vez que viajaban en colectivo. 

“Hacete unos mates, Tilín”, era la frase ritual cuando terminaban de jugar un partido.

Jugaron por ella

Cuando Agustín “Peye” Harismendi cumplió años, recibió una remera de parte del plantel con una dedicatoria de Dai que decía: “Gracias por enseñarme a patear”. El profesor se hizo cargo del equipo a principios de 2021, pero la conoció recién en mayo, cuando faltaba una jugadora para completar el plantel y Morena la animó para que se acercara a entrenar. Antes de formar parte del equipo, Dai pasaba tardes enteras jugando con sus hermanas en la plaza. 

Los primeros días se iba enojada de todos los entrenamientos porque le pegaba a la pelota con toda su fuerza y no podía levantarla del piso. Agustín le caía bien, y él lo sabía. Entonces le enseñó a jugar con las dimensiones de una cancha, y le puso la camiseta número 8 para que pudiera correr de un lado al otro durante todo el partido: “Dai no era de las más grandotas ni de las más fuertes físicamente, pero tenía mucha garra, mostraba la pasión por el club con sacrificio”, dice Peye, como lo apodan las jugadoras.

El día después de recibir la noticia, Agustín se acercó a la casa de la familia de Daiana Soledad para darles un presente y le dijo a las tres hermanas que decidieran a lo largo de la semana si iban a querer jugar o no en la fecha siguiente. Todavía no saben si jugar fue la mejor opción, pero lo hicieron, y con el ánimo por el piso perdieron contra Club Atlético Platense de Laprida por 3 a 0. 

“Ese domingo fue bravísimo, pero jugamos porque era un partido que ella estaba esperando”, dicen sus compañeras. Durante toda la jornada, todas las categorías de Lilán se sacaron la foto previa al partido con una bandera que decía “Es imposible no estar triste…su ausencia duele!! Pero tu recuerdo nos hará sonreír. Dai Presente”. Esa bandera ahora forma parte de la colección de trapos que todos los domingos dan la vuelta al alambrado del club. 

El caso

Daiana Soledad Abregú llegó a la comisaría de Laprida en las primeras horas del domingo 5 de junio por una contravención en la vía pública. Doce horas después, cerca de las seis de la tarde, dos oficiales tocaron la puerta de la casa de su familia diciendo que la joven de 26 años se había suicidado. A partir de ahí, una serie de sucesos hicieron que la familia empezara a sospechar que la policía escondía algo. 

La autopsia confirmó que Daiana murió por asfixia mecánica, pero eso no significa que solamente pueda haberse ahorcado. 

La Comisión Provincial por la Memoria intervino como Mecanismo Local de Prevención de la Tortura y pidió que la causa se investigue exhaustivamente, teniendo en cuenta que Daiana murió mientras estaba al cuidado de la Policía Bonaerense en una comisaría que no estaba habilitada para recibir detenides en sus calabozos. 

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La última Mu: Tenete fe

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