Nota
Ronda de Pensamiento Autónomo. ¿Luchar o ser visible?
“¿Acaso somos un holograma?” La pregunta de un asambleísta harto de los anuncios sobre la muerte de las asambleas, marcó un debate que sigue teniendo la originalidad de ser uno de los pocos ámbitos que reúnen a piqueteros y asambleístas. Las prácticas, las experiencias, los obstáculos, las diferencias entre luchar y ser visible.
Ser o no ser. Esa fue la cuestión de la última Ronda de Pensamiento Autónomo, llevada a cabo el primer sábado de agosto. Durante dos horas, cuarenta personas de distintas agrupaciones debatieron sobre la existencia y la vigencia de la práctica y el pensamiento asambleario. Esta vez, el escenario del encuentro no fue Roca Negra, sino las instalaciones de una aceitera quebrada de Bernal que el MTD de Solano ocupa desde hace ocho meses. El lugar fue rebautizado como “Las Peceras”, porque allí el movimiento de desocupados práctica, de manera incipiente, la cría de peces a través del método conocido como permacultura. Las bases de ocho antiguos silos se convirtieron en piletones. Por ahora albergan a mojarritas y plantas, que ya tejen en la superficie un prolijo tapiz verde. A un costado y bajo los tibios rayos que el sol entregaba a cuentagotas, comenzó a circular la palabra por la Ronda.
“¿Acaso somos un holograma?”, interrogó con cierto fastidio Roberto, un asambleísta de Carapachay, para iniciar el debate. La pregunta venía a cuenta de un e-mail que había escrito a los ronderos Patricio, de El Grito. Una parte de aquél texto señalaba: “Las hijas dilectas de aquellos días (el 19 y 20) fueron, sin duda, las asambleas. Pero no existen más, nos decíamos, consternados, el otro día en la ronda. Los asambleístas las abandonaron”.
A modo de respuesta, Alejandra -también de zona norte- enumeró un tanto exasperada una decena de asambleas que trabajan en Munro, Carapachay, Vicente López, Florida y aledaños. “Somos 200 personas”, aseguro y advirtió: “Si nosotros mismos negamos nuestra existencia, puede pasarnos cualquier cosa. Más ahora que vemos crecer un clima represivo”. Su vecina Stella también salió en defensa del existencialismo asambleario y propuso realizar la próxima ronda al norte de la General Paz para que haya un acercamiento directo al trabajo que realizan. “Seguimos siendo asambleas porque seguimos haciendo cosas juntos”, sentenció.
“¿Por qué tanto deseo en defenderse?”, preguntó Karla desde otro sector de la Ronda. “Si estamos acá -argumentó- es porque existimos. Tal vez las asambleas no tengan la vida de entonces, pero la discusión es de qué manera se aplica en distintos espacios la experiencia asamblearia”. Néstor, otro rondero de la zona norte, ejemplificó con la murga de su barrio, que destituyó a la dirección y comenzó a funcionar de manera horizontal.
Cuando las medialunas horneadas por los anfitriones ya habían comenzado a alimentar la ronda, Roberto volvió a tomar la palabra: “La asamblea es una práctica, no una organización. En todos los colectivos no es igual. Pero se podría decir que es una forma de pensamiento horizontal y no representativo. En las organizaciones tradicionales, que a veces también tienen asambleas, se discute sólo lo que trae un dirigente. Estas nuevas asambleas implican romper con muchas cosas con las que fuimos formados. Y aunque muchos vecinos ya no vengan a las reuniones, el pensamiento asambleario se sostiene. Hay una expansión silenciosa”. A esta altura nadie se animaba a firmar un acta de defunción de las asambleas, ni siquiera el propio Patricio. “Estamos mejor que antes, se recuperó el pensamiento político. Lo que vale oro es que más allá del activismo, el común de la gente razona de manera asamblearia. La toma de la comisaría en La Boca es una muestra de ello. La gente está más desobediente, se cansó de esperar”, se explayó.
La Ronda de Pensamiento Autónomo es uno de los pocos espacios que aún reúnen a exponentes del piquete y de la cacerola. Neka, del MTD de Solano, fue la primera trabajadora desocupada que habló. Comparó los cambios de la experiencia asamblearia con la de los piqueteros. “Vamos andando, nada es estático. Nada es igual que el 19 y 20. Pasa en las asambleas y pasa en los piquetes. Todo se presenta y se consume como un espectáculo. Así parecen definirse nuestras prácticas. Pero no es eso lo más importante, sino lo que construimos detrás, que es más valioso que el espectáculo”, subrayó.
La palabra volvió a Patricio: “Tengo un optimismo insoportable. Si el país se planta frene al FMI no es porque el activismo sea constitutivo de este presidente, sino porque hay un estado de emoción social abajo que hace agitar arriba. Esta forma de juntarnos, un fenómeno de laboratorio, es más interesante que las asambleas: aquí hay un intento de generar un pensamiento colectivo. Esta manera de reunirse es superadora de obstáculos”.
Sin darle tiempo al silencio, Alejandra volvió a salirle al cruce con el ceño fruncido. “Este espacio existe por la práctica que lleva cada uno. No creo que sea más importante que lo que cada uno hace en su lugar, si no hiciéramos nada en nuestro territorio, la Ronda no existiría”.
“Perdón, pero yo soy pesimista”, agregó Karla y desde ese momento los oradores se dividieron entre los que se sentían como ella y los que compartían el optimismo de Patricio. Cada uno, entonces, antes de hablar describía su estado de ánimo. “Lo que sucede -amplió Karla- es de manera tan difusa que cuesta sentirse acompañado. Tal vez sea verdad que esa forma de pensamiento asambleario esté extendida, pero sin conciencia. Los activistas muchas veces nos sentimos solos. ¿Cómo hacemos para tener articulaciones más visibles para nosotros mismos? La Ronda es un poco eso. Pero también es algo inasible. Siempre pienso si no va a dejar de existir en el próximo encuentro”.
Alejandra seguía atenta y retrucando. Manifestó que no se siente sola y que el planteo de Karla trae intrínseco una contradicción con el pensamiento asambleario. “En la zona norte pensamos que está bien que cada uno trabaje en su territorio y que existan estos espacios de intercambio, pero no nos interesa una centralización”, aclaró. Y Stella completó: “Se habla de la existencia de puntos de contacto entre la zona norte y la sur. Eso puede volver estático algo que es muy dinámico. Mientras existan nuestras prácticas, existirá esta Ronda. Son complementarias. Nunca una será más que la otra, necesitamos práctica y pensamiento”.
Fue en ese momento cuando se sumó al debate Alberto, un asambleísta barbado de Corrientes y Medrano. “Yo soy optimista”, aclaró antes de comenzar su exposición. “La gente ya no acepta mediaciones: va y quema comisarías”, dijo y después lanzó una catarata de preguntas: “¿Tenemos que ir hacia algún lado? ¿O tenemos que refugiarnos en lo que hacemos? ¿Seguimos cargando como una pesada mochila a la asamblea en la espalda o bien nos diluimos en los demás?”
Un puñado de neoyorquinos seguía con atención la charla y pedía que no los salteen en la ronda de mate. Estaban al lado de Hernán, un asambleísta de Scalabrini Ortíz y Córdoba, que comenzó a describir qué quedó del 19 y 20 en su barrio. “Somos muy pocos, con una visión nostálgica de aquello. Ya no somos un grupo de vecinos autoconvocados, sino un grupo de activistas organizados que vivimos en un barrio. Y para nosotros, ese territorio es impenetrable”, describió y a continuación opinó: “Lo urbano dificulta muchísimo. Tratamos de reconstruir lazos en un lugar donde la mayoría de nuestras prácticas son individuales. En espacios comunitarios o rurales debe ser más fácil”.
Daniel, de Saavedra, continuó con esa línea de pensamiento. Aseguró que la necesidad de subsistencia en el mundo urbano sólo puede resolverla el mercado. “No podemos autogestionarnos, el espacio te limita”, sostuvo.
Y fue otra vez Karla quien se paró en el opuesto. “No acuerdo con la negatividad intrínseca de lo urbano. Lo rural tiene otras dificultades, como la distancia. Los espacios se abren tanto en la ciudad como en el campo si uno quiere”, sentenció.
Un joven de la zona norte introdujo la variable del miedo. “A un integrante de la clase media le cuesta desarraigarse de su vida segura. Por eso no es lo mismo un chico de 20 años que una persona de 40. Sería bueno integrar la vida cotidiana a la militancia, como lo hacen los movimientos de desocupados. Nosotros, en cambio, tenemos vidas paralelas”.
Fue Alberto, del MTD de Solano, quien intentó suavizar la autocrítica asamblearia. “En Capital es distinto que acá, que podés colgarte de la luz. Los tiempos, la presencia del poder, las políticas de contrainsurgencia hacen muy difícil la permanencia de los colectivos”, argumentó. Después puso la discusión en contexto. Describió la situación como una guerra, intensificada a partir del 19 y 20 de diciembre de 2001. “El sistema -expresó- genera resistencias a lo subversivo, y las asambleas son subversivas, porque reconstituyen un territorio. Duhalde dijo claramente que con asambleas no se puede gobernar. Ellos trabajan para destruir y cada día ensayan nuevas técnicas. A Solano, que cumplió ocho años, también nos dan el certificado de defunción. Mejor, porque podemos trabajar más tranquilos. Parece que luchar sólo es ser visible. Y a veces, es difícil renunciar a aparecer en televisión. Pero no siempre ganás. La lucha consiste en darle fuerza a la resistencia, para eso hay que afianzarla, profundizarla, crecer. Y para todo eso hace falta tiempo. Este es un fecundo silencio. También hay que saber esperar. No hay democracia que se banque 20 millones de pobres”. Y antes de terminar toreó a los que invisibilizan a su movimiento:
“Yo no sé si los que ahora están tirando y tirando se van a bancar la que viene, con palos, cárcel y represión”.
La pregunta quedó flotando en el aire mientras la ronda se dispersaba.
Protesta social
Marcha de jubilados: medias, bochinches y ningún dólar en las orejas

Un miércoles tranquilo en la ronda de jubilados en Congreso, que despierta dudas ante la necesidad de hacer “un poco más de bochinche”. Como homenaje al Día del Jubilado (domingo pasado) hubo un puesto de hamburguesas y choripanes de la UTEP. “El hambre es desesperante” dijo una de las mujeres que servía a esa cola ampliada con gente de la calle en busca de qué comer. Historia de cómo sobrevivir a una jubilación hiper mínima (porque encima se arrastra una deuda). Los alfajores, las medias, y la salud encontrada en el gesto de movilizarse.
Por Lucas Pedulla Fotos Juan Valeiro/lavaca.org
A sus 76 años, Luis Relinque tiene que vender medias para llegar a fin de mes.
–Si no trabajo, no como.
Y para comer tiene que trabajar, aunque hace once años que está jubilado. El único día que no sale a vender por la zona de Once es el miércoles, cuando camina las diez cuadras que separan su casa –Remedios de Escalada, sur del conurbano bonaerense– de la parada del 37 que lo deja en el Congreso de la Nación.

El dato, que solo en esta Argentina pareciera naturalizarse, lo explica fácil:
–Soy jubilado de la mínima. Cobro $400.000 limpios, justos. El mismo día de cobro pago la luz, el gas, el agua y con todo lo que tengo me quedan limpios, justos, $210.000. Si no trabajara, son $7.000 por día hasta el mes siguiente. ¿Cómo hacés?
La pregunta flota mientras alrededor se dispone la movilización de cada miércoles. La Rama de Trabajadoras y Trabajadores de Espacios Públicos de la UTEP (gremio de la economía popular), llamada “Lxs Parrillerxs”, puso un puesto para regalar choripán y hamburguesas por el Día del Jubilado, que fue el domingo. Se sumó mucha gente de la calle: “El hambre es desesperante”, dice una señora mientras corta el pan. Sobre la vereda se acomodan trabajadoras y trabajadores de la ANSES, que denuncian una “sangría por goteo” en el organismo encargado de las jubilaciones y pensiones: el Gobierno abrió un plan de retiros voluntarios, el segundo del año. Un trabajador dice a lavaca: “En el anterior se fueron más de 1.000 personas. Muchos agarran porque están muy endeudados. La idea es que quede un ANSES chico, si es que queda”.

Por su parte, Luis tendría que estar cobrando un poco más: en septiembre la mínima llegó a $498.633,20, contando el bono de $70.000, congelado hace 30 meses: según el Centro de Economía Política de la Argentina (CEPA), si fuera por movilidad Luis y cinco millones de jubilados y jubiladas más tendrían que percibir un bono de $223.148. Pero Luis cobra solo $400.000 limpios porque está endeudado: hace ocho años sacó un crédito.
–Se me cayó un árbol del fondo de casa en la cabeza. Tuve derrame cerebral. También me hizo pelota la rodilla: hoy tengo una prótesis. Mirá vos, es la misma rodilla que la policía me reprimió en una marcha el año pasado: la tengo peor. Me queda este año de crédito, así que espero para fin de año terminar de pagarlo y poder cobrar un poquito más.

Por eso todos los días –salvo los miércoles– sale a vender tres pares de medias a $1.000: camina mirando a todos lados para que los “parásitos con uniforme” no le decomisen la mercadería, como viene ocurriendo en la ciudad de Buenos Aires bajo la gestión de Jorge Macri. Antes Luis vendía alfajores y podía hacerle algún regalo a su nieta de 13 años, o darse un gustito como ir al teatro. Pero los alfajores subieron tanto que ya no es negocio. Cuenta que la idea de las medias le llegó mirando la televisión.
–Veía a tanto operador político en la tele que pensé: si las medias me salen lo mismo que un chupetín, quizá la salida a esta crisis sea chupar medias, en serio te digo.
Luis habla y piensa con mucho humor, pero siempre aclara que lo dice en serio. Cuenta que fue la primera persona que puso un boliche gay en provincia de Buenos Aires – “Chelovecos, en 1974”–, que también tuvo una tanguería y que por muchos años se dedicó a cocinar en su casa para geriátricos o centros de jubilados. Como siempre trabajó por su cuenta, pudo jubilarse con una parte de aportes y otra de moratoria.

–Hoy el Gobierno la cortó, pero la moratoria ayudó mucho. Conozco gente que nunca aportó y ahora te dice: “Cristina chorra”. Bueno, entonces devolvé la jubilación o donala a un comedor.
A diferencia de lo que dijo el presidente Javier Milei tras su discurso en Naciones Unidas en Nueva York, a Luis –como argentino– no le salen dólares por las orejas. Es una de las tantas razones por las que no se pierde ningún miércoles.
–Hace unos años me quedé viudo. Me pasaron todas, pero yo le aconsejo a la gente mayor que venga a la marcha. No sólo como protesta, sino porque es bueno para uno. Es una cuestión de salud. A mí me ayudó mucho porque me olvidé de mí: me acuerdo más de la madre de Milei que de mí. En serio, te digo. Algunos jubilados me dicen: “No, mejor me voy a hacer un estudio al médico”, pero es como un coche en el mecánico: algo siempre te van a encontrar. No digo que esté mal, ojo, pero hay gente que está todo el día en la casa mirándola por televisión y pensando en sí mismo. Con hacer un cartel o pensar alguna cosita, ya la cabeza se me despeja.

La semana pasada, Luis trajo el “Desodorante Javo”, con una característica premium: “Te deja seco las 24 horas”. ¿Qué significa ese humor en la lucha de cada miércoles?
Luis es crítico:
–Yo vengo porque la jubilación me alcanza nomás para diez días. Me gustaría que hagamos un poco más de bochinche. Acá nos encerraron. Venimos y damos una ronda: no tenemos nada para festejar pero damos la vuelta olímpica como si fuéramos campeones. Luego, a casa. Hay que ir al Obelisco, a Corrientes. Acá no nos ve nadie. No estoy en contra, porque nos encontramos, pero haría un poco más de calle. Lo único que falta es que nos pongan mesas y nos hagan jugar a las damas: para eso voy a la plaza de mi barrio. En Lanús me preguntan: “¿Luis, no marchan más?”.
La marcha –la ronda a la que Luis pide más bochinche– está por empezar.
¿Qué espera?
–Mirá, el día que no pueda caminar más ni vivir a medias, me amenazo al Presidente así me vienen a buscar: ya averigué que no me sacan la jubilación, me llevan en cana, y al menos tengo una lamparita para leer algún libro y amigos que me traerán algún sanguchito de miga. Lo mismo que haría en casa lo hago allá. En serio, te digo.
¿Hay opción B?
–Que cambie el Gobierno. Eso daría un poquito de esperanza. La primera medida tendría que ser darnos un aumento. De mínima. Esta lucha que hacemos va a pasar a la historia como algo que era necesario hacer. El que no labura ni lucha, no come.
Hincha de Independiente y fanático de Manal, Luis se despide y se mete a la marcha.
Revista Mu
MU 216: Qué, cómo y cuándo cambió todo


Ley de Tierras y después: Cambio de tema
Durante meses el gobierno logró imponer los temas, los tiempos y las preguntas. Hasta que una discusión sobre la tierra parió otra cosa. Lo que apareció detrás y después de ese debate no es –solo– una disputa jurídica ni económica, sino una pregunta más profunda sobre la soberanía, la identidad y el futuro. De César Aira a Peter Thiel, una lectura de la actualidad para crear lo que falta.
Por Claudia Acuña

Viaje a la vida en el Paraná II: En modo Costa Pobre
Los incendios y el dragado que rompen el ecosistema, los countries ocupándolo todo, el extractivismo de arena para el fracking, las privatizaciones, la contaminación masiva, la indolencia estatal: el Paraná debería ser un río de todos, pero parece un río de nadie. Navegación desde Escobar hasta las Lechiguanas, pasando por Costa Pobre, barrio popular amenazado, que simboliza mucho de esta historia. Voces e imágenes de quienes siguen defendiendo la vida del aire, el suelo, el agua y la justicia.
Por Francisco Pandolfi
Fotos: Juan Valeiro/lavaca.org

Atanor condenada por contaminación: La odisea
Más de 200 muertes en seis manzanas del Barrio Química, la contaminación probada del agua, aire y suelos, y el “daño irreversible” al Paraná en San Nicolás ratificado por la Corte Suprema bonaerense. La sanción económica es mínima para una multinacional (equivalente a dos camionetas) pero está por comenzar la causa penal a sus ejecutivos. Lo que cuentan el barrio y el abogado Fabián Maggi sobre este viaje de más de una década para que no haya impunidad.
Por Lucas Pedulla
Fotos: Sebastián Smok/lavaca.org

Agroecología en Misiones: El libro de la selva
Una cooperativa agroecológica de quince familias produce alimentos sin químicos en medio de la selva misionera y muestra cómo cultivar de un modo sano y rentable. Unión Campesina, los secretos de la tierra, la casa de las semillas, y una decisión: hacer mucho y hablar menos. El método del Fukuoka misionero. ¿Cuál es la rueda que está girando?
Por Francisco Pandolfi
Fotos: Juan Valeiro/lavaca.org

Delia Tedín, decoración, política y clases altas: Mucho gusto
Con tupido árbol genealógico y privilegios de cuna, aprendió el valor de la diversidad y la rebeldía frente a un ambiente que “olía a odio”. Eligió su propia vida como decoradora, sin perder nunca de vista el contexto social. Sus pasiones: fomentar el trabajo y la creatividad del país, y combatir la idea de que las personas tienen la culpa si les va mal en estos tiempos. Conversación sobre bombas, estupidez, poder, Nerón y el arte de mantener los ojos abiertos.
Por Sergio Ciancaglini
Fotos: Juan Valeiro

Carne de cañón: las víctimas travestis-trans de la dictadura
A 50 años del golpe de Estado, el Archivo de la Memoria Trans reunió en un libro testimonios individuales, relatos colectivos y el registro del Juicio Brigadas, el primero que toma como víctimas del terrorismo de Estado a mujeres travestis trans. El libro no habla solo de violencia, sino también del humor, la amistad, la resistencia y las formas que ellas inventaron para poder seguir vivas. Pistas sobre dónde encontrar claves para el futuro.
Por Evangelina Bucari

El libro La nueva oligarquía: Tecnopoder
¿Quién gobierna el mundo? ¿Qué transformaciones y deformaciones de la democracia se están intentando? ¿Qué pasa con la soberanía? ¿A quién hay que vigilar? Temas de La nueva oligarquía, del sociólogo argentino Ariel Goldstein y editado por Marea. Aquí, fragmentos que invitan a su lectura para bucear varios dilemas del presente.

Zoe Hochbaum: Comerse el mundo
Actriz, bailarina, escritora, productora: 27 años, una nueva película y un programa de radio. Zoe puede oscilar entre la comedia con flamenco, los monstruos literarios y la reconstrucción de los vuelos de la muerte. El homenaje al radioteatro, y el ejercicio de la amistad como salvavidas para los tiempos en los que la realidad parece querer fagocitarnos.
Por María del Carmen Varela
Fotos: Juan Valeiro/lavaca.org

Crónicas del Más Acá: Rambo al sur
por Carlos Melone
Nota
La marcha en Córdoba: detrás de los ojos de Agostina

Córdoba llegó a la undécima edición del Ni Una Menos con una herida abierta y reciente: el femicidio de Agostina Vega, de 14 años, ocurrido días antes en la ciudad. La convocatoria no necesitaba más argumento que ese flequillo y esa mirada. Córdoba salió a la calle bajo la lluvia este 3J, once años después del grito que fundó esta fecha, con la misma urgencia y con la misma pregunta sin respuesta.
Por Bernardina Rosini
El trole que recorre los barrios del oeste de la ciudad viene casi lleno faltando dos horas para la marcha. El parabrisas anticipa el motivo: el rostro pequeño de Agostina Vega, 14 años. Era fácil intuir que será una marcha que desbordará una ciudad que expresa hartazgo. Nadie mira los barrios de Córdoba, nadie atiende a su gente. Los que ocupan los sillones más mullidos de las oficinas del poder local sobrevuelan las veredas estalladas, no las caminan. Los cordobeses respondieron muy bien a los discursos contra la casta porque describe con precisión algo que ya conocen de cerca: un Estado que administra con diligencia donde hay recursos e influencia, y que llega tarde, mal o nunca adonde no los hay.

El flequillo y los ojos de Agostina. Fotos: lavaca.org.
Lo que no se puede creer
Son las 18 horas y comienza excepcionalmente puntual la undécima edición del 3J. Llueve, llueve, llueve, como si la meteorología comprendiera mejor de duelos que quienes toca narrarlos. Miguel y Elizabeth, los abuelos de Agostina, encabezan la multitud. De frente, el arco de cámaras y cronistas. Un grupo de sikuris hace una ofrenda a las víctimas de la fecha, queman hierbas y hacen sonar su música. Recién entonces todo empieza. Tres horas llevará recorrer las diez cuadras dispuestas a paso lento y apretado, bajo paraguas que cubren a propios y ajenos. Una mujer contempla desde el cordón y llora desconsolada: «Es la primera vez que vengo. Es la primera vez en una marcha. Yo no puedo creer lo que hicieron con esa niña.» Está junto a su hija de 19 años y no sabe si sumarse al recorrido. Llora y llueve. Desde una mesa que intenta protegerse del agua se reparten lienzos con los ojos serigrafiados de Agostina. Los ojos y su flequillo de nena.
Varones
Hay varios hombres presentes: padres con sus hijas, grupos de amigos, novios. «Con los pares que no tienen sensibilidad al tema, la conversación se vuelve muy estratégica, hay que evitar el choque frontal. Mi método es a través del interrogante, que puedan encarnar la pregunta», comparte Gonzalo, de 41 años.

Acompañando la marcha y una percepción sobre los varones: «Reconocer la miseria propia es difícil». ¿Cómo es el camino para llegar desde allí, al reconocimiento del problema? Fotos: lavaca.org
«Para cualquiera reconocer la miseria propia es difícil. El problema es que el varón no asimila. Pero si asimila, reconoce; si reconoce, cuestiona; si cuestiona, suelta; y si suelta, lucha. Son muchos procesos por delante». Un grupo de docentes toma esa misma dificultad para reclamar por la ESI. «Es un cambio que requiere tiempo, pero tenemos que empezar en serio hoy, y la ESI es la mejor herramienta para trabajarlo con los chicos. Insisten con diluirla, como mínimo», se lamenta Graciela, maestra de nivel inicial en una escuela de barrio Juniors.

La familia encabezando la marcha en Córdoba. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org
La marcha se detiene frente a grandes mosaicos fotográficos que vuelven a traer los ojos de Agostina. Su mirada se despliega ocupando todo el ancho de la calle. Todos quedan detrás de ella. Ya no existe la división entre quienes la conocían -y hablaban de su risa y sus anhelos- y quienes aventuraban, con violencia, sentencias sobre su sexualidad. Todos detrás de sus ojos. Todos debajo de la lluvia.
Dónde está Delicia
Se grita al cielo preguntando dónde está Delicia Mamaní Mamaní, la joven de 25 años desaparecida desde noviembre pasado, cuando salió de su hogar en el paraje rural Punta de Agua, Malagueño, con destino a la Escuela Normal Superior Dr. Alejandro Carbó en el centro de Córdoba, donde cursaba el segundo año del profesorado de Educación Primaria. También en este caso los primeros obstáculos surgieron en las propias dependencias estatales. La mamá de Delicia intentó hacer la denuncia en medio de una profunda barrera lingüística -el aymara es su lengua materna- y ninguna Unidad Judicial de la zona la recibió durante los primeros días clave. Ante la desidia, fue la comunidad educativa del Carbó la que asumió un rol activo: organizó movilizaciones, consiguió el patrocinio ad honorem de abogadas y logró judicializar la causa una semana más tarde. También en este caso, justicia a fuerza de organización y de calle.
Paula, del barrio Portal de Córdoba, lleva un maquillaje de lágrimas rojas. No lágrimas: llanto rojo, angustioso. Levanta un cartel que recuerda que hace once años el padre de su hija abusó de la niña. Su lucha nació en las mismas fechas que esta marcha, y también la falta de respuesta. «No sucedió nada. Hice denuncias, peritajes, pero él está recorriendo Europa y ya ves dónde estoy yo«.
Justicia sin apellido
Del otro lado del cartel, el nombre de una amiga: «Jessica Barrera, presente.» Una vecina a quien el ex novio mató metiéndose por la puerta trasera de su casa. Ella había hecho la denuncia. Tenía custodia policial en ese mismo momento. Luego buscó su nombre en los padrones de femicidios y no lo encuentro. A Paula la acompaña una amiga: «Me llevó toda la noche hacer la denuncia. Me dieron un botón antipánico y a mí me sirvió. Pero es cierto que estás ocho, diez horas esperando y quién sabe qué va a resultar después.»
Lo narrado por el fiscal Garzón en la conferencia de prensa días atrás no le resultó ajeno a nadie que alguna vez haya tenido que sentarse a esperar justicia sin apellido que lo respalde.
La marcha empieza a dispersarse, pero no hay un momento claro en que finalice. Simplemente ocurre, como todo lo que se sostiene once años: porque alguien decide seguir. No hay documento, no hay escenario al que llegar. Es con las de al lado, es detrás de los ojos de Agostina, es debajo del reparo ofrecido. Once años de marchar.

Las mujeres de Córdoba ganando las calles, pese a la lluvia, y pese a todo. Fotos: Nany Palazzini /lavaca.org
- Mu208Hace 5 días
Tres pueblos: a un año del narcofemicidio de Lara, Brenda y Morena
- AgroecologíaHace 3 semanas
Jairo Restrepo: Elogio de la mierda
- Revista MuHace 4 semanas
MU 216: Qué, cómo y cuándo cambió todo
- autogestiónHace 2 semanas
Piazza, café sin patrón: una empresa recuperada en Congreso para chuparse los dedos
- Ciencia y ambienteHace 2 días
Virginia Aparicio, científica del INTA: perseguida y censurada por investigar efectos de los pesticidas en humanos y el ambiente

































