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A 50 años del golpe

Crecer bajo el terror: Infancias y dictadura

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Un grupo de hijos e hijas de desaparecidos comenzó un proceso judicial para que el Estado reconozca que la violencia ejercida sobre esas infancias también constituyó un delito. Es un proceso inédito que llega luego de un análisis y reconstrucción de testimonios sobre cómo funcionó el terrorismo de Estado en sus operativos, cautiverios y crímenes. Una investigación crucial que reúne los testimonios de Teresa Laborde, María Lucía Onofri, María Eva Basterra Seoane y Dafne Casoy. (En la foto de portada, Teresa ,a la izquierda, junto a sus hermanos Martina y Santiago, y su mamá, Adriana Calvo).

Por Evangelina Bucari

Nacer en el asiento trasero de un Falcon verde rumbo al Pozo de Banfield. Tener dos meses y que te amenacen con una picana en la ESMA. Que te secuestren dos veces y crecer en cautiverio. Quedar sentada a upa de un casero maniatado mientras un operativo se lleva a tu familia y deja detrás un vacío imposible de reconstruir. Pasar hambre, frío. Que te violenten de todas las formas posibles, te abandonen en casas vacías o como NN en instituciones, o crecer vigilado durante años después de recuperar la libertad.
Son muchas las infancias que no fueron apropiadas pero sí víctimas directas del terrorismo de Estado durante la última dictadura cívico militar en Argentina. ¿Cómo es sobrevivir al horror? ¿Por qué es necesario ponerlo en palabras y lograr justicia? ¿Qué significa seguir visibilizando estas historias frente a la campaña negacionista del gobierno de Javier Milei?
“Las violencias ejercidas sobre las infancias no fueron episodios azarosos ni daños colaterales, sino el resultado de decisiones específicas tomadas por los grupos represivos sobre qué hacer con esos niños y niñas”, señala la socióloga Florencia Urosevich. Investigadora y una de las coordinadoras del área de infancias del Observatorio de Crímenes de Estado (OCE) de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires (UBA), Urosevich explica que “las fuerzas represivas actuaban con inteligencia previa y sabían que había niñas y niños en las casas durante los operativos, tomando resoluciones específicas sobre su destino”.
Durante décadas, esas experiencias quedaron fuera del centro del relato sobre el terrorismo de Estado. La sociedad argentina logró identificar con claridad el robo y la apropiación de bebés –gracias a la lucha incansable de Abuelas de Plaza de Mayo y de los organismos de derechos humanos–, pero hubo otros cientos de infancias atravesadas por formas menos reconocidas y visibilizadas de violencias.
Si bien ya desde el Juicio a las Juntas aparecieron en los testimonios de hijos e hijas de desaparecidos, lo hacían como contexto, como parte de la escena: los expedientes registraban los hechos, pero no los nombraban como víctimas del proceso represivo ilegal que también los tuvo como protagonistas. A 50 años del golpe genocida, solo algunos lograron que se los reconozca como casos judiciales, más allá de ser testigos de lo que vivieron sus madres y padres, que en muchos casos continúan desaparecidos.

“Los que estaban ahí”

Dafne Casoy tenía diez meses cuando un grupo represivo secuestró a su padre, Claudio Casoy, y a su madre, Eva Ullman, militantes montoneros, en una quinta de La Reja, en abril de 1977. A ella no se la llevaron: la dejaron llorando a upa del casero de la casa, atado a una silla. Lo que ocurrió después nunca pudo reconstruirse del todo. No sabe cuánto tiempo pasó hasta que volvió con su familia ni quién los ayudó.
Como muchas hijas e hijos de militantes perseguidos y desaparecidos, Dafne creció sin pensarse desde una perspectiva de víctima. “Me costaba verme así. Sentía que había chicos a los que les había pasado algo mucho peor”, relata. Cuando declaró en 2017 en el juicio ABO III, del circuito Atlético-Banco-Olimpo (ABO), ante el Tribunal Oral en lo Criminal Federal (TOF) N° 2 de la ciudad de Buenos Aires, lo hizo para testificar por el caso de su mamá, que fue llevaba al Atlético y continúa desaparecida. “Mi padre nunca llegó y nunca apareció, entonces su caso nunca fue juzgado. Es otro de los vacíos judiciales que hay”, detalla.
Recién entonces ocurrió algo inesperado: la fiscal Gabriela Sosti les hizo a esos adultos que contaban sus experiencias de niños una pregunta que abrió otras: “Y a usted, ¿qué le pasó?”.
“Con esa pregunta la fiscal dio un lugar a esas narrativas, a lo que vivieron esas infancias, que no las habíamos podido escuchar de otro modo”, recuerda Urosevich, que seguía los testimonios de cerca. Esas declaraciones judiciales mostraban algo que durante décadas había pasado inadvertido: los operativos represivos no ignoraban la presencia de niños.
Fue así como desde el OCE –que dirige el sociólogo Daniel Feierstein– y los equipos de los sitios de memoria de ABO se propusieron reconstruir los testimonios presentados en los juicios ABO I, II y III y rastrear cada referencia a infancias presentes en operativos de secuestro: qué ocurrió con esos niños y niñas, y qué decisiones tomaron los grupos represivos sobre ellos.
El relevamiento permitió reconstruir 133 casos de niñas, niños y adolescentes que atravesaron operativos del circuito ABO y sufrieron diversas trayectorias represivas: abandono, cautiverio, institucionalización, violaciones, amenazas o vigilancia posterior; múltiples violencias que no culminaron en su apropiación. Lejos de tratarse de daños colaterales, el estudio publicado en “Somos los invisibles, los no vistos”, del libro Infancias Sobrevivientes (Cooperativa La Minga, 2025), demuestra la existencia de decisiones sistemáticas sobre qué hacer con esas infancias.
En ese proceso, a partir de 2019 comenzaron a organizar encuentros con quienes habían sido esas chicas y chicos. Allí apareció otra dimensión: las historias se repetían. Eran casi 30 personas compartiendo recuerdos fragmentarios, imágenes corporales, sueños persistentes ligados a los operativos y una incomodidad común frente a la palabra víctima. Lo que parecía una experiencia individual empezó a leerse como algo colectivo y como parte de un patrón represivo más amplio.
De esos encuentros surgió la propuesta de hacer una querella colectiva impulsada por hijas e hijos del circuito ABO, acompañada por el Observatorio y el Ministerio Público Fiscal, a cargo de la fiscalía de María Ángeles Ramos. Ellos mismos prepararon los casos. “Hicimos un trabajo de investigación y recopilación junto con el equipo del OCE y los sitios de memoria ABO. Ya pasó más de un año desde que lo presentamos a la justicia y estamos a la espera de la respuesta del juez (Daniel) Rafecas”, cuenta Dafne, en referencia a un proceso que continúa atravesado por dilaciones judiciales.
Si bien no todas las personas involucradas eligieron el camino judicial, el reclamo comparte un objetivo común: que el Estado reconozca que las violencias ejercidas sobre esas infancias también constituyeron delitos. Nombrarlo, dicen, es una forma de reparación. “En la justicia muchos fuimos tratados como objetos, que estaban simplemente ahí, a los que no les pasó nada. Entendimos que teníamos que reclamarlo, que quedara escrito que no fueron hechos aislados”, asegura Dafne.

Crecer bajo el terror: Infancias y dictadura
Dafne Casoy: tenía 10 meses cuando secuestraron a sus padres.

La vida es bella

María Lucía Onofri tenía un año y medio; su hermano Luis, apenas once meses. El 16 de agosto de 1977 salieron con su madre, Ana María Soffiantini, a hacer compras por la zona de Juan B. Justo y Fragata Sarmiento, en la ciudad de Buenos Aires. No llegaron a la esquina. Un grupo de tareas los rodeó en plena calle, golpeó a su madre, la separó de ellos y los subió a dos autos Ford Falcon. Lloraban mientras escuchaban sus gritos alejarse cuando la encapuchaban. Su padre había sido secuestrado unos meses antes.
María Lucía tiene un recuerdo propio que sobrevivió al terror que sintió ese día: unas naranjas moviéndose en una verdulería, deformadas por el miedo y la velocidad del secuestro. Esa imagen, chiquita, mínima, fragmentaria, quedó como marca inaugural de su historia. Ese fue el primer secuestro de los hermanos Onofri.
Durante días nadie supo dónde estuvieron. Según reconstrucciones posteriores, los niños habrían permanecido cautivos en un lugar aún no identificado, posiblemente vinculado al circuito represivo de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), el centro clandestino al que habían llevado a su madre. Luego fueron entregados a sus abuelos maternos en la localidad bonaerense de Ramallo. Llegaron en silencio, sin hablar, profundamente retraídos. De ese viaje, María Lucía recuerda ver a su hermano “en pañales y peinado a la gomina sentado en la parte de atrás de un Falcon, comiendo pochoclos”.
Su abuelo falleció pocos meses después. Las amenazas eran permanentes: “No denuncien, no hablen”. Al año siguiente, volvieron a buscarlos. Esta vez, los militares los llevaron a una casa de Munro utilizada como espacio satélite de la ESMA, donde funcionaba una carpintería en la que su madre permanecía detenida bajo régimen de trabajo esclavo y libertad vigilada. Allí los niños fueron utilizados para simular una vida familiar “normal” mientras estaban en cautiverio.
De ese tiempo Luis tiene una escena grabada: un dedo que cae al suelo cuando Ricardo Coquet –otro de los secuestrados, que luego sería pareja de su madre y su “padre de corazón”– se accidenta trabajando en el taller. Un perro pasa y se lo lleva. María Lucía recuerda que, aun así, su madre y “Ñeco” (Ricardo) intentaban protegerlos: “Era como la película La vida es bella. Nos inventaban siempre aventuras, porque todo el tiempo había personas extrañas”.
La familia permaneció bajo vigilancia estatal hasta 1981, y se quedaron en Ramallo. Su padre, Hugo Luis Onofri, continúa desaparecido.
Como ocurre con otras infancias sobrevivientes, la violencia no terminó con la liberación. “Nací en cautiverio y en un estado de clandestinidad que duró mucho tiempo, muchísimo tiempo, con una historia que no podía nombrarse públicamente y que la sociedad prefería olvidar”, asegura Luis.
Recién en 2004 sintieron un quiebre. “El 24 de marzo, cuando Néstor Kirchner pidió perdón, fue muy reparador. A mí me cambió la vida subjetivamente. Hasta ese momento nos pedían que nos olvidáramos, que era la mejor manera de pacificar”, recuerda Luis.
Durante años, su historia no fue considerada un caso judicial propio, pero el relato de Ana María, su madre, fue escuchado y, en el marco de la causa ESMA, se comenzaron luego a investigar formalmente los delitos cometidos contra ellos: “Tormentos, sustracción, retención y ocultamiento de menores”.
En agosto de 2023 declararon ante el TOF N° 5 de la Capital Federal, y en 2024 se conoció la sentencia: el exoficial de inteligencia de la Armada Jorge Luis Guarrochena fue condenado a prisión perpetua por crímenes de lesa humanidad en la ESMA, entre otros hechos, por el delito de “sustracción, retención u ocultación de menores de 10 años en forma reiterada”: fueron 45 hechos, entre ellos, el de los hermanos Onofri y el de María Eva Basterra Seoane. Junto a las 400 víctimas que integraron el objeto procesal, este juicio tuvo la particularidad de haber incluido secuestros de niños y niñas privados de su libertad con sus padres. La sentencia aún no está firme porque fue apelada.
Para ambos, declarar significó una transformación profunda. “Que te pregunten por qué te secuestraron, cómo impactó eso en tu infancia, sobre las vejaciones que sufriste, sentir que podía aportar algo”, destaca Luis. María Lucía lo nombra de otro modo: “Yo me sentía invisible”. Durante décadas, explica, fueron tratados como un apéndice de la historia adulta. “Éramos como un anexo a nuestros padres, como si no tuviéramos sentimientos. Pero yo ya era una personita, tenía emociones, pensaba”. Luis completa: “Éramos personas que habían sufrido más allá de lo que les pasó a nuestros padres”.
El juicio produjo algo difícil de nombrar. “Fue muy liberador. En un momento, me desarmé, pero sentí que pude hacer un moñito, cerrar una etapa”, asegura Luis.
Porque, como resume la investigadora Florencia Urosevich, “ningún niño es responsable de ninguna violencia que el mundo adulto le haga”.

Crecer bajo el terror: Infancias y dictadura
María Lucía y Luis Onofri vieron el
secuestro de su madre.

Sobrevivir a la ESMA

María Eva Basterra Seoane tenía apenas dos meses cuando el 10 de agosto de 1979 fue secuestrada junto su madre, Dora Laura Seoane, y su padre, el obrero gráfico y militante peronista Víctor Basterra. Separados, fueron llevados a la ESMA. Ellas permanecieron cautivas durante una semana, su padre hasta casi entrada la democracia.
Eva no conserva recuerdos conscientes de ese tiempo, pero algo quedó. Durante años, soñó con una pared alta y una pequeña ventana. No sabía de dónde venía esa imagen hasta que, ya adulta, visitó el centro clandestino por primera vez. Cuando bajó al sector en el que estuvieron detenidos, reconoció el espacio: la cocina donde habían permanecido tenía exactamente esa ventanita. “Fue una imagen que me acompañó siempre, en algún lugar del inconsciente”, cuenta.
Durante su estadía, los represores prohibieron que la llamaran por su nombre: las personas secuestradas que la cuidaban comenzaron a decirle Cepillito, por el pelo parado de bebé. “Qué hermosa beba, lástima que le cagaron la vida con el nombre”, llegó a decir un militar.
Otra marca apareció en la infancia, mucho después de la liberación. Al caer la tarde, mientras jugaba en casas de amigos, sentía un miedo inexplicable: la certeza de que sus padres no volverían a buscarla. “Pensaba que me iban a dejar ahí”, recuerda. El terror al abandono persistió durante más de un año. No era un recuerdo narrado: era una sensación física.
A diferencia de otras infancias sobrevivientes, Eva no recuerda un momento preciso en el que se reconoció como víctima. En su familia la historia siempre se contó en plural. “Nunca dije ‘soy víctima’. Siempre fue ‘nos pasó esto’”, explica. Desde muy chica supo que habían sido secuestrados, que la habían separado del pecho de su madre, que habían amenazado con torturarla delante de su padre. La violencia formaba parte del relato familiar, no de un descubrimiento posterior.
Décadas después, ya adulta y embarazada, declaró en los juicios de lesa humanidad. En la sentencia del TOF N°5 de la ciudad de Buenos Aire se incorporaron casos de niñas y niños que fueron secuestrados junto a sus madres o padres en sus casas y llevados a la ESMA, como los hermanos María Lucía y Luis Onofri. Testimoniar fue, dice Eva, una experiencia “conmovedora”: aportar su voz a la condena de los responsables significó inscribir su propia experiencia en la historia colectiva.
“El testimonio escribe la historia”, afirma. Su identidad –cantora, feminista, militante sindical, madre– también se construye desde ahí: la militancia como continuidad de una memoria que no quedó detenida en el horror sino en la idea de transformación colectiva. “Nadie es más que nadie”, repite, como enseñaba su padre. Y agrega: “Yo voy a seguir esa lucha hasta el último día”.

Crecer bajo el terror: Infancias y dictadura
Eva Basterra: la infancia en la ESMA.

Nacer en un Falcón verde

«Fui víctima directamente yo de la dictadura y mi familia. Siempre fui Teresa, la que nació presa. Pero, a decir verdad, si hubiese nacido presa, hubiese tenido mejores condiciones, pero la verdad es que nací desaparecida y torturada”. Así empezó Teresa Laborde su declaración el 29 de marzo de 2022, en el día 60 del juicio “Brigadas”, en una sala virtual del TOF N° 1 de La Plata, en el que también dieron sus testimonios su hermana Martina y su hermano Santiago.
Nació el 15 de abril de 1977 en el asiento trasero de un Falcon verde. Su madre, Adriana Calvo, estaba secuestrada, esposada y con los ojos vendados mientras era trasladada desde otro centro clandestino de detención hacia el Pozo de Banfield.
Teresa llegó al mundo en movimiento, sobre el piso del auto, todavía unida por el cordón umbilical a su madre, que ni siquiera pudo sostenerla ni ponerla en su pecho. Quedó tirada en el piso, lloraba. Sádicamente, los represores se reían. El testimonio de su madre fue el primero del Juicio a las Juntas, y volvió a conmover al mundo al ser representado en la película Argentina, 1985.
Durante quince días, ambas permanecieron juntas en ese lugar del horror, luego fueron liberadas.
Sin embargo, por muchos años no se pensó como víctima. Creció convencida de que quienes habían sobrevivido eran sus padres. Ella, en cambio, sentía que había tenido suerte: no la apropiaron, salió en brazos de su madre, tuvo una familia. “En un momento, yo pensaba que la había sacado barata”, recuerda. El reconocimiento llegó mucho después, cuando comenzaron las leyes de reparación y entendió algo que nunca había nombrado: ella también era sobreviviente.
El cuerpo había guardado lo que la memoria consciente no podía recordar. El dolor persistente en la espalda –producto del parto violento–, la sordera de un oído asociada a la desnutrición durante el embarazo, el miedo a dormirse sola, los temblores repentinos de frío que la acompañaron desde la infancia y que ella vincula con lo que su madre le contó del cautiverio: era un lugar helado. “Las memorias las guardamos en el cuerpo”, dice hoy.
También quedaron huellas más difíciles de explicar. Años después, mientras ensayaba una obra de teatro, escuchó una canción popular que nunca había oído y se quebró en llanto sin saber por qué. Esa noche, tarareó en su casa El Carbonero y su madre apareció pálida desde otra habitación: “Me abrazó, nos pusimos a llorar y me dijo: te la cantaba Patricia cuando estabas en el cautiverio”. Teresa recuerda esa escena y su voz se entrecorta. “Me acuerdo de ese abrazo y me emociono”.
Para ella, reconocerse víctima fue un proceso político, emocional y colectivo. Las mujeres que la cuidaron y defendieron en cautiverio siguen desaparecidas. Por eso, cuando intenta definirse, no habla primero del horror sino de lo que permitió sobrevivir: “Soy el resultado de la solidaridad que tenemos en el ADN, eso que quisieron destruir y no pudieron”. Recuerda algo que también contó en el juicio: un día, esas compañeras de celda formaron una muralla humana para que no se la llevaran. “En mi imaginario –asegura– siento que me criaron como lobas. Y esa solidaridad es para mí lo más importante, y es lo que nos quisieron robar”.

Crecer bajo el terror: Infancias y dictadura
Teresa Laborde, a la izquierda, con su mamá Adriana Calvo y sus hermanos Santiago y Martina.


A 50 años del golpe

Memoria, verdad, justicia y Norita

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Nora Irma Morales de Cortiñas, alias Norita, cumpliría hoy 96 años. Una mujer que eligió la libertad, el pensamiento, el sentimiento, la resistencia cotidiana y la alegría. A dos días de los 50 años del golpe, un homenaje a un ejemplo que no tiene fecha de vencimiento.

Nora como copilota de auto, y su agenda infinita. Nora, el clítoris, y su número de DNI. La pelopincho y la justicia. La inteligencia, el feminismo, el cannabis, la sensibilidad, y su teoría de las endorfinas. Su propuesta sobre qué hacer frente a la crisis actual. Y su respuesta a una consulta: ¿qué pasará con Madres el día que no haya más Madres? Esta fue la nota que publicamos como homenaje cuando Nora se instaló en el infinito. Historias para recordar a una persona maravillosa y su frase de cabecera: «Ven-ce-re-mos».

Por Sergio Ciancaglini

Hace unos meses, ante acontecimientos electorales (a)narco capitalistas que son de público conocimiento, alguien le comentó a Nora Cortiñas: “Qué desastre lo que está pasando, ¿qué vamos a hacer frente a todo esto?”.

En lugar de hablar de lucha, resistencia, desobediencia civil, coraje y otras cosas que podían esperarse que salieran de sus labios ante semejante desafío, ella contestó, desde su silla de ruedas: “Una fiesta”.

Dio detalles: “En un barco, bailando y cantándole al río”.

Y se rio. Todo lo demás estaba sobreentendido. Ella sabía, tal vez desde siempre, que las cosas hay que concretarlas más que anunciarlas, y que la rebeldía debe aprender a alimentarse también de la celebración, el encuentro. La fiesta.

Es lo primero que se me ocurre recordar sobre Nora. Ante la muerte la memoria fragmenta las imágenes, como cuando se mira a través de unas ventanas o de unos ojos empapados. Perdón entonces por el estado de mis ventanas: estos son algunos fragmentos de lo que alcanzo a ver en la memoria, y que quisiera contar desordenadamente antes de olvidarlo.

El DNI

Una tarde en la sede de Madres Línea Fundadora. Nora revisa su cartera en la que lleva el pañuelo blanco, el verde por el aborto, crema de cannabis medicinal para su rodilla, una lata de sardinas y la agenda en la que anota sus hiperactividades cotidianas, entre otros secretos. Su agenda fue siempre el mejor mapa para comprender la conflictividad social argentina. Las luchas por la vida.

En la cartera está también su DNI: 0.019.538. “Fui de las primeras en la cola para sacarlo. El otro día, por un trámite, los empleados de un banco me dijeron que la máquina no podía interpretar un número tan bajo”.

La ayudé a cerrar la sede de Madres ese día mientras me apuraba: “Dale, dale, que tengo mucho que hacer”. Se puso el ponchito de barracán, agarró la cartera, el bastón, apagó la luz y cerró con llave. Al cerrar esa puerta, da media vuelta y abre un mundo. Nora se transforma en Norita, que en lugar de ser un diminutivo resulta un aumentativo, una clave, un código de acción.
Sale Nora de Madres y entra Norita a la calle, las plazas, las ciudades, los pueblos, las rutas, las fábricas, la naturaleza, los conflictos.
Entra a sus verdaderos lugares de acción: lo público, los espacios donde ocurren las cosas, o donde las cosas se manifiestan escapando de los encierros y del silencio. 

Memoria, verdad, justicia y Norita

La foto de portada: Martín Acosta. La que se ve sobre estas líneas, Alejandro Carmona. Ambas para la cobertura colaborativa. Enero 2024

Los sí y los no

Vi su DNI por primera vez en 2012, en Tribunales, cuando presentó un hábeas corpus por su hijo Carlos Gustavo Cortiñas, desaparecido el 15 de abril de 1977 a las 8.45 en la estación Castelar, cuando iba hacia su trabajo en el INDEC.

Aquel 10 de diciembre de 2012 fue también la primera y única vez, en décadas, que la vi llorar. Como cronista de lavaca, me tocó ser el único periodista presente en ese momento. Acompañaba a Nora Ana Careaga, desaparecida durante la dictadura, embarazada, a los 16 años, hija de Esther Careaga, una de las tres madres desaparecidas en diciembre de 1977. También estaba con Nora Adolfo Mango, del equipo de Derechos Humanos de la Iglesia de la Santa Cruz, epicentro de la desaparición de la propia Esther, Mary Ponce de Bianco y Azucena Villaflor de Devincenti, además de las monjas francesas Alice Domon y Leonie Duquet, tras la infiltración realizada por el marino genocida Alfredo Astiz.

Nora me explicó que su idea con el hábeas corpus era lograr que se abran los archivos sobre qué pasó con cada persona desaparecida, incluso su hijo: “Claro: nosotros no torturamos a los militares para que hablen. Depende de ellos. Y no hablan porque es parte de su culpabilidad y la demostración del crimen que cometieron. Lo mío es una pregunta sencilla y de madre. No tiene ninguna otra intención que saber dónde está mi hijo”. Como siempre, tenía la foto de Gustavo colgada del cuello, junto al corazón.

Durante la espera repasaba algunos no y algunos sí que plantearía ese mismo día al recibir el Doctorado Honoris Causa de la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA: “No a la Ley Antiterrorista. No a Clarín ni a ningún tipo de monopolio. No a la megaminería a cielo abierto. No al glifosato, no a Monsanto. No a la discriminación a los pueblos indígenas. No al pago de la deuda externa inmoral, impagable y odiosa. Sí a la Justicia. Sí a la verdad. Sí a la memoria. Sí al apoyo a los juicios hasta que se condene al último genocida. Sí a la recuperación de la identidad para todos los jóvenes que fueron niños apropiados por el terrorismo de Estado. Sí a la reivindicación de la lucha de nuestras hijas, hijos, y del pueblo”.

La llamaron del despacho del juez Ricardo Warley y la secretaria Miriam Halata. Me pidió que fuese con ella. Le preguntaron la causa del hábeas corpus: “Es que sigo sin saber qué le pasó a mi hijo. Y yo quisiera que él, de algún modo…” La emoción la hizo callar. Me miró con los ojos inundados haciendo un gesto con su mano, tipo “no puedo”. Hubo unos segundos de silencio. Se repuso: “Quisiera que él sepa que siempre lo buscamos”.

El cine, la onda verde y los pelotudos

Una de nuestras salidas en los últimos años fue al cine, en 2022, para ver Argentina 1985. La pasé a buscar por el Congreso, el mismo en el que hoy se decide –o no– el posible remate del país, sobre el que ella tanto advirtió. Bajó con una persona que la acompañaba, plegamos en el baúl del auto la silla de ruedas que ya le resultaba inevitable y allí fuimos hacia el infierno de Puerto Madero. En el cine no pidió nada en especial, ubicaron su silla un pasillo, y vio conmovida la película. Saludó al director Santiago Mitre y a Dolores Fonzi con afecto y me dijo: “Vamos a comer algo”. Salió del cine, impermeable a los flashes y las celebridades. No sabía qué pensar de la película, que la había sacudido. La emocionaron muchas cosas, le pareció que faltaban otras: esta historia es tan infinita que siempre falta algo o mucho por contar.

Comimos con Marisa, su asistente, y con Claudia Acuña. Nora saludaba y conversaba con la gente de las mesas cercanas en ese restaurante de Avenida de Mayo. La llevamos a su casa de Castelar. Iba como mi copilota, era la una de la madrugada: “Mirá, ya lo tengo estudiado. Si agarramos la onda verde, no nos para nadie hasta la General Paz. ¿Sabés cuál puede ser el único problema?”.

La miré de reojo y replicó: “Los pelotudos”.

Arrancamos. Cuando algún auto o colectivo hacía una maniobra indescifrable, Nora saltaba: “¿Ves lo que te digo? Lo que hay que hacer es esquivar a los pelotudos, y así se llega bien a donde uno quiere”.   

Empezar a romper

La primera vez de las Madres en Plaza de Mayo fue el sábado 30 de abril de 1977. El 15 había desaparecido Gustavo. Militaba en la Juventud Peronista. Flaco, sonriente, bigote setentista, pelo largo.
En la casa de Nora hay una foto en la que se lo ve mirando a los chicos de la Villa 31, en la que militó con el padre Carlos Mugica. “Tiene un gesto que me parece dolorido y comprometido con lo que está viendo. Pero fijate los chiquitos: son iguales a los que ves hoy en las villas”. Se queda pensando: “Nuestros hijos luchaban por la justicia social. Pero hoy la brecha entre ricos y pobres es todavía mayor que cuando se tomó esta foto”. Para esa mujer que había tenido que amoldarse al rol de ama de casa y profesora de alta costura, la desaparición del hijo representó el fin de muchas cosas. “Fue dejar la casa y salir a buscarlo. Y fue para todas igual. Mujeres comunes que no éramos de la academia, ni de los grupos de pensamiento. Pero hoy entiendo que ahí ya fuimos feministas. Ahí empezamos a romper”.

Relata Nora que los varones y esposos no intervenían en las rondas porque el horario de las 15.30 era de trabajo. “Pasaba otra cosa. Al ver a los milicos algunos padres decían ‘yo le dije a mi hijo que no se metiera’ y cosas así. Entonces eso no servía. Las madres no hacíamos esas cosas”. Confrontaban. El lugar común indica que el dolor enceguece, pero Nora piensa distinto: “El dolor nos hizo ver. Nos fortaleció, y nos ayudó a ser claras”.
Empezó a entender algunas charlas que había tenido con su hijo: “Una vez me dijo: ‘¿Sabés que te pasa, mamá? Te falta calle’. Aprendí. Ahora me pasé de calle. Más que en los libros, la concientización está en la calle. Esto significa moverse siempre. Y no pensar dos veces ”.

Mínima, vital y móvil


Más fragmentos.

Desde que cumplió 82 años se definió como mínima, vital y móvil.Mínima: Nunca escondió la edad, pero ocultaba su estatura.
“Ni a mis nietos se los digo”. En el jardín de su casa hay una pequeña piscina
de dos metros de largo y uno de profundidad. Me la mostró y me guiñó un ojo: “Me
meto con salvavidas”.

Vital: Parece inagotable, aunque no lo es. Hace años sufrió
un ínfimo ACV. “Hablé dos horas después de eso en un acto, y parada. Ni yo lo
puedo creer. Pero es un compromiso con nuestros hijos y nuestras hijas. No es
un sacrificio para nada. Cada día es estar donde hay una injusticia”.

Móvil: Sus idas y vueltas a Castelar en micros, trenes
y subtes fueron durante décadas una especie de gesta cotidiana en medio de la
multitud. Un día me contó: “El otro día bajaba del tren. En el medio del gentío,
un chico que iba a subir me vio, tenía un chocolate, me dijo ‘gracias por todo
lo que hacés’, me lo dio y subió. Me quedé en el andén con el chocolate
llorando de emoción. Ni sé el nombre. Solo sé que era un chico del oeste”.

Cómo posar en una foto

Nora estuvo en la inauguración de la anterior y de la actual sede de lavaca: nuestra madrina. Siempre llegaba con flores. Allí, y en todas partes, la gente siempre le pidió fotos. Cuando le reclamaban sonrisas con el clásico “digan whisky”, Nora replicaba: “Digan clítoris”.

Un día me dijo: “La magia no nace porque sí. La tenés que crear con tu espíritu. El espíritu de ver el lado bueno de la vida. Si no hacés magia con lo que te pasa, es imposible sentir que lo que hacés está bien, que te genere alegría porque no estás entre los mafiosos”.

Me contó también que su biznieta Camila, a los 9 años, le dijo que los besos y los abrazos contagian gérmenes. “Pero el abrazo y las caricias estimulan las endorfinas que son lo que dan ganas de vivir. Cuando alguien está enfermo, lo acariciás, le das la mano y eso es terapéutico por las endorfinas. Así que en eso sí que tengo partido: soy partidaria de los besos y los abrazos”.Defendió siempre la democracia, por eso desconfiaba de los políticos. Varias veces votó metiendo un papel en el sobre, con estas palabras: “30.000 detenidos desaparecidos. No al extractivismo. No a la persecución a las comunidades indígenas. No a la deuda externa impagable, inmoral y odiosa. Me lo habrán anulado. No importa, saben que estuve ahí”. 

En la Plaza, antes y hoy

Plaza de Mayo, jueves, 15.30.
Las Madres están partidas desde 1986, pero allí están. Girando siempre en sentido inverso al de las agujas del reloj, como para recuperar el tiempo detenido por el terror. Cada uno de los dos grupos (Asociación y Línea Fundadora) en el extremo opuesto de ese círculo alrededor de la Pirámide de Mayo que culmina con una estatua que representa a la Libertad. La libertad está inmóvil, mientras la memoria, la verdad y la justicia rondan alrededor. Esa vez ocurre en tiempos de Mauricio Macri. Al final de la marcha circular Nora toma un micrófono, presenta a gremialistas, a asambleístas anti mineros, a maestras de escuela, a familiares víctimas de femicidios, denuncia la deuda externa y eterna, y anticipa lo que vino desde entonces hasta hoy, “porque hay gente que se queja en la verdulería, pero no entiende que lo que le pasa es consecuencia de que se están llevando los dólares y las riquezas, y cada dólar se paga con hambre en nuestro país”. 

Repaso lo que dijo aquel día, como si lo estuviese diciendo hoy. Dice que el gobierno (¿aquel gobierno?) es “negacionista, inmoral y ladrón”, y cuenta lo que está sintiendo. “Hoy no hay buenas noticias para dar, la buena noticia fueron esos chiquitos que vinieron de Lugano”.
Agrega: “No nos volvamos locos. Cada día me acuesto pensando ¿qué mal van a hacernos mañana? Es como que con cada acción, con cada decisión, quieren humillar. No lo logran, porque nos tienen que resbalar las cosas que dicen y hacen”.
Mira a la gente: “Siento que esta Plaza es mágica. Me siento feliz aquí. Me da pudor decirlo, con tantos desastres que pasan, pero es lo que siento viendo que tantas personas vienen, se encuentran, se abrazan, se reconocen”.

Salto a esta época en la que mis compañeras y compañeros de lavaca resolvieron reforzar el acompañamiento a cada marcha, cada vez con menos Madres, que sienten que lo que está en juego es seguir. Les debemos eso: acompañarlas en un momento así. Nora fue varias veces este año. Otros jueves empezó a no poder. Se organizó una cobertura fotográfica colaborativa de cada una de esas rondas. En esos giros vimos el nacimiento de Hermanxs (hermanos y hermanas de personas desaparecidas) y lo más nuevo: Nietes. Norita alcanzó a fotografiarse con esos grupos que fermentan el futuro. Hizo volar su frase de siempre: «Ven-ce-re-mos».

Memoria, verdad, justicia y Norita

Nora puño en alto, Elia Espén, y Nietes. Foto: Lucía Prieto para la cobertura colaborativa. Abril 2024.

Me llegan mensajes de hoy. Lina y Francisco están en Misiones, cubriendo el conflicto provincial. «Le dimos la noticia a la asamblea y acampe docente, le brindaron un aplauso. Fue muy emotivo». Claudia: «Fue muy fuerte estar en la ronda hoy, y verla a Elia Espén, y que transmitía tan claro y con el cuerpo que sabía, y nos miraba a los pocos que éramos, y decía ‘griten más fuerte’, y temblaba. Pedía que no dejemos de ir. Le agarré las manos y le dije que se quede tranquila, que íbamos a seguir». Lucas: «Por cada lágrima se me vienen mil sonrisas porque así iluminabas todo. No sólo por tu Gustavo, que llevabas siempre a la altura de tu corazón, sino en una calle conurbana que pedía a gritos la aparición de un pibe desaparecido por la Bonaerense, en una asamblea de algún pueblo fumigado, en cualquier marcha feminista, en cada fábrica recuperada. Decías: todo daño que nos hacen transformémoslo en amor». Franco: «Norita era magia subidora, sonrisa y puño en alto, se fue para no aguantar más a este gobierno, y estará más que viva que nunca».

Se me ocurrió hace tiempo preguntarle a Nora: ¿Cómo imaginar esa ronda cuando ya no queden Madres?

“Yo no me imagino nada. Nunca digo que esto va a ser así o asá. Lo que creo es que siempre hubo etapas con determinadas personas que vivieron y luego murieron. Es la ley de la historia, y de la vida. Ojalá nunca más tenga que haber Madres porque hay genocidios y represiones. Pero en nuestro caso, de algún modo estaremos en la Plaza. Y entonces habrá que ver qué es lo que nace”.

Me lo dijo sin miedo y sin nostalgia, haciendo bailar esa sonrisa alimentada en la calle con abrazos y resistencia, besos y valentía, magia y endorfinas.

Su última salida pública fue para ver el show de Susy Shock: una noche de alegría.

Hay tanto para contar, y tan poco para decir en esta noche triste, que tal vez solo alcance con repetir la palabra que le dijo aquel chico del Oeste que le regaló un chocolate en un andén, y que la emocionó: gracias. Mientras la imagino ahora mismo en un barco, bailando y cantándole al río.

Memoria, verdad, justicia y Norita

Nora en la Cooperativa Lavaca, en la inauguración de nuestra trinchera. Año 2016.

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A 50 años del golpe

Nietes: tomar la posta

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Los derechos humanos en tiempo presente. Nietes Es un grupo conformado por jóvenes que sigue una filiación histórica en el movimiento de derechos humanos en Argentina. Aporta una potencia y una frescura urgentes y esperanzadoras en la continuidad por las banderas de Memoria, Verdad y Justicia, esta vez a casi 50 años del golpe de 1976. Los orígenes, el linaje militante de algunas historias y el acercamiento de otras. La búsqueda de piezas en el rompecabezas familiar. Las charlas en los colegios. Y las discusiones del presente en un contexto de negacionismo oficial y deshumanización política. Una nota, que también es una búsqueda, escrita en primera persona por un nieto y sobrino de desaparecidos.

Por Lucas Pedulla.

(Publicada originalmente en MU 192)

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Foto: Lina Etchesuri
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