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Y la nave va: viaje a la vida en el delta
Mientras el gobierno nacional privatiza la principal arteria navegable del país (o hidrovía), con un nivel de tráfico comercial gigantesco y opaco, quienes habitan el delta advierten sobre el impacto a la vida, al humedal, a la biodiversidad, y a una soberanía que se pierde río abajo. Primera escala de navegación de MU desde el bajo delta bonaerense, para conocer y escuchar a isleños, productores, docentes, ambientalistas y vecinos que resisten otra avanzada sobre un territorio en disputa.
Por Francisco Pandolfi
Fotos Juan Valeiro/lavaca.org

El río Luján divide dos universos: el continente y las islas.
A partir de ahí hay cuatro pasos, inevitables.
1: salirse de la tierra conocida.
2: navegar.
3: silencio.
4: contemplar el delta bonaerense.
Vamos.
No hay publicidad. No hay veredas, no hay asfalto, ni cemento. No hay vidrieras que hablen de ningún mundial, ni carteles luminosos. El pasto escarchado por el frío, la gente emponchada esperando en sus muelles. Los botes rodeados por los camalotes y sus raíces flotantes. Cientos, miles de álamos, sauces, casuarinas, nogales, cipreses calvos, rojizos, casi bordó. Verdes que parecen más primaverales que invernales. Estilos de vida sujetos a los ciclos de esa naturaleza que lo abarca todo. Una lancha colectiva que zarpa a las 8.30; si la perdés, la próxima es a las 10. El tiempo fluye distinto, a otro compás, un par de marchas menos.
Otro aire, otros modos, otras formas. Otros ritmos.
Agua. Humedad. Pantano. Mucha agua. Islas.
Silencio. Ausencia de sonidos urbanos. Sonidos del monte, del viento y del agua.
El estilo de la garza mora, cuello erguido, plumaje colgando como moño, bellísima. La niebla que vira a helada. El frío más frío, el de las 7, 8 de la mañana. Los perros que ladran cuando algún visitante rompe la paz. Los juncos que iniciaron las islas (“la llanura del junco”, como lo inmortalizó Haroldo Conti, “que cuanto más se corta, más crece”). Los boyeros, negros de pico blanco, ojos de fuego, canto agudo, variado y ladino, inigualable.
Un paraíso. Un paraíso no fiscal.
A la primera sección del delta –partido de Tigre–, y la segunda –San Fernando– las divide el Río Paraná de las Palmas, el último brazo del Paraná antes del encuentro con el Río de la Plata.
Los contrastes entre estas partes del bajo delta son evidentes: en ruido, en turismo, en cantidad de gente, en guita.
En el delta de Tigre todo está más cerca y contaminado por las luces, las sombras, los ruidos y el ritmo de la ciudad. Y por un negocio inmobiliario en esplendor manifestado en despropósitos: muchas casas y en algunas zonas muy cerca entre sí, como si no hubiera espacio para habitar; casas con rejas, como si las hubieran removido de algún barrio porteño e instalado frente al río; mansiones ostentosas, incluso algunas con piscinas, exóticas, difíciles de asimilar.
En la segunda sección todo está más alejado de la influencia urbana. Para llegar hasta aquí se recorre mínimo una hora y media de lancha colectiva. Quienes viven acá van menos al “continente”, y eso lo cuentan con orgullo. Se ven vacas, caballos, cabras y algunas ovejas, esa ganadería a retazos antes tan común; viviendas abandonadas, viviendas más espaciadas, varias tipo inglesas de una aristocracia –no sólo inglesa, también francesa, alemana– de otro siglo, de otra época. Barcazas repletas de troncos recién cortados, que alguna vez fueron vida. Pavas de monte, gallinetas y otros cientos de pájaros como banda sonora junto al viento. Cada tanto, el ruido de algún motor.
El río Paraná se extiende, imponente, envuelto por la verde soledad, llevando sus aguas hacia el litoral y fluyendo hacia el sur hasta llegar al Rio de la Plata y luego el Mar Argentino. No es casualidad: Paraná, en guaraní, significa pariente del mar.

De Fernández a Milei
Nos trae acá una noticia.
El río Paraná acaba de recibir otra trompada. Una más en las últimas tres décadas. Una que dolerá 25 años, como mínimo: el gobierno nacional firmó la privatización del río por un cuarto de siglo y con opción a otros cinco años al consorcio belga conformado por las empresas Jan de Nul y su socia argentina Servimagnus, que ya había ganado la licitación menemista de 1995. El concesionario de la denominada Hidrovía Paraná-Paraguay realizará tareas de mantenimiento, dragado y balizamiento, y a cambio cobrará el peaje: las embarcaciones pagarán un 13.5% menos. El Estado argentino sólo tendrá el rol de control si es que decide ejercerlo.
Es el segundo río más largo de Sudamérica después del Amazonas, y la vena abierta argentina que más sangra hoy. Atraviesa siete provincias –Formosa, Misiones, Chaco, Corrientes, Santa Fe, Entre Ríos y Buenos Aires– y en sus márgenes viven más de 12 millones de personas. Casi un tercio de la población del país está cerca del Paraná.
Por este corredor natural fluyen el 75% de las exportaciones nacionales y el 95% de las importaciones.
Lo atraviesan entre 4.500 y 6.000 embarcaciones al año (90% de bandera extranjera) que trasladan unos 125 millones de toneladas de producción industrial y agropecuaria.
Las exportaciones argentinas en 2025 fueron de 87 mil millones de dólares anuales, sin contar el contrabando que se escurre por la falta de controles.
Síntesis: quien maneja el Paraná, maneja las riquezas argentinas.
O como sentenció Manuel Belgrano: “Toda nación que deja hacer por otra la navegación, que podría emprender ella misma, disminuye sus fuerzas reales en favor de sus rivales”.
El Paraná está en manos extranjeras desde el 1º de mayo de 1995, cuando la ola privatizadora menemista le cedió el río a la compañía Hidrovía S.A., fusión de la empresa belga Jan De Nul y su par argentina Emepa S.A. En 2010, la entonces presidenta Cristina Fernández prorrogó la concesión hasta el 30 de abril de 2021. El gobierno del Frente de Todos encabezado por Alberto Fernández tuvo la oportunidad de recuperar el Paraná para el Estado nacional pero, pese a las promesas de estatización –así como de dragar el Canal Magdalena para tener autonomía y no depender del puerto de Montevideo–, el gobierno retrocedió. A Javier Milei le bastó patear con el arco libre: le otorgó el río a Jan de Nul, compañía radicada en la guarida fiscal de Luxemburgo y de estrecha relación con Estados Unidos.
La noticia fue el motor para navegar el Paraná y hablar en distintas notas con quienes lo habitan desde el delta bonaerense, la mesopotamia hasta el nordeste argentino.
Ahora, arrancamos por el sur.
Zarpamos.

Zona de sacrificio
«El otro día estaba acá y pasó un barco a una velocidad que no sabés la ola que hizo, casi nos da vuelta. Que entren barcos más grandes y a más velocidad hará que no podamos vivir en las márgenes del río. Será un tsunami para nosotros”.
Mariano tiene 49 años y vive en el delta desde hace seis junto a su familia. Habla sobre la inmensidad del Paraná y de lo que es la vía fluvial, entre dos boyas –una roja y otra verde–, por donde transita el comercio exterior argentino.
“Lo que llaman hidrovía tiene solo un solo objetivo: el comercial, de autopista y no de lo que efectivamente es, un río. No se registra a la población en la toma de decisiones, no incluye nuestras formas de vida, el impacto en quienes vivimos acá. Si a la cordillera y a otros lugares del país se los denomina zona de sacrificio por ser objeto del saqueo o expoliación, el delta es una más”.
La exportación nacional se realiza en grandes barcos denominados Panamax (diseñados para ajustarse al canal de Panamá; cargan entre 60 mil y 90 mil toneladas), pero ya existen los Gran Panamax (hasta 120 mil toneladas). Para su circulación, claro, se necesita ampliar el dragado del río: del actual en 34 pies (poco más de 10 metros) a 44 (más de 13 metros de profundidad).
Martín Nunziata es un referente histórico de la Asamblea Delta y Río de la Plata; “un activista del ambientalismo”, como se autodenomina. Allí vive sobre el río Carapachay desde 1978. Su casa está llena de papeles, anotaciones, documentos que recuerdan distintas luchas del pasado y del presente. Está por cumplir 79 años con una vitalidad juvenil. Artesano, piloto de aviones, entusiasta de “vivir día a día, como si fuese el último”.
“La hidrovía es un despropósito. Es un disparate hacer un calado a 44 pies sólo por un tema económico. Es convertir al Paraná en una canaleta y eso aumentará la velocidad del río. Hace un tiempo pasó un barco y por la oleada nos puso en tierra, ¿entendés? Nos sacó del río. Esta trama del delta es una maraña de aproximadamente 350 ríos y arroyos, y muchos de ellos se secarán porque el agua será succionada. Estamos presenciando la destrucción del humedal”.


Malvinizar el Delta
El Paraná presta servicios ecosistémicos enormes e invisibles en términos economicistas. Es el gran surtidor de agua dulce de la ciudad de Buenos Aires, del conurbano bonaerense y de todas las ciudades a la vera de la larga ribera paranaense. Al deterioro ambiental, se le suman dos caras de la misma moneda: la soberanía y la economía. La pérdida, para sus habitantes, es en todos los sentidos posibles.
“Mientras en el sur las empresas pagan regalías por la extracción de petróleo, acá no existe ningún retorno para el territorio ni coparticipación alguna. De acá, incluso, se saca la arena de sílice fina para Vaca Muerta. Hacen mierda todo y se llevan toda la guita también”, dice Nunziata, que habla de esa usina de vida, el delta, con un amor que no comprende ninguna licitación millonaria.
La lucha histórica de Nunziata y todo el colectivo vecinal le dejó a delta conquistas concretas que se resumen en 5 puntos:
1) Mantener la insularidad: no se pueden hacer puentes, túneles ni transbordadores entre las islas.
2) Garantizar la inundabilidad, que hace a la vida del humedal.
3) Respetar la transparencia hidráulica, que el agua pueda fluir libremente: no pueden hacerse terraplenes, ni diques, ni rellenos.
4) La conservación de los fondos de islas: dejar liberado monte adentro para que se desarrolle la diversidad biológica de flora y fauna.
5) La prohibición de barrios privados en la isla.
Nunziata plantea una idea para este presente: “Malvinizar el delta”. Lo piensa por ser un territorio diferenciado, autónomo por la condición de humedal, de insularidad y de proveedor de agua. “Requerimos de muchos cuidados especiales, de todo tipo. Por ejemplo, recibimos la contaminación de 18 municipios del conurbano bonaerense. Pero al contrario, perdimos la soberanía completa del Paraná por la privatización y porque la mayoría de los puertos están extranjerizados. Como las Malvinas, debemos recuperarlo”.
Derrame cero
Andrés Asiain es economista y lo que más valora de vivir desde el 2016 sobre el arroyo Esperita, en la primera sección del delta, es llegar a su casa por el agua. Y algo más: cuando las crecidas cambian el paisaje. “Renueva la vista sin que vos te muevas. Eso no pasa en otro lado”.
Hay cosas que no se cambian: “La hidrovía es un circuito que no derrama nada a los habitantes de la isla, sólo vemos pasar los barcos con las riquezas argentinas al exterior”. Mientras, cuenta Andrés, hay altos niveles de pobreza en las zonas más rurales, de la segunda y sobre todo en la tercera sección, pasando el Paraná Guazú –hacia el norte, límite entre Buenos Aires y Entre Ríos–. “La vida cotidiana sigue sin que a nadie le toque su granito de cereal”.
Asiain propone que parte de la recaudación vaya a un fondo para las zonas que bordean el Paraná: “Hay una disociación entre una actividad económica tan importante para el país, que mueve mucha plata, y un territorio que la ve pasar. Debería vincularse con el desarrollo local, fomentar políticas de viviendas sociales y formalizar actividades productivas, por ejemplo”.
Como una pintura del entramado social-económico de la isla, dice que en la primera sección hay una mezcla de isleños y de venidos del conurbano –toda clase trabajadora popular y mano de obra del turismo, de las casonas o los pocos countries instalados en la isla; laburantes de la construcción, cortadores de pasto, servicio de limpieza, remiseros de lancha–, con personas de clase media que escaparon de la ciudad. De la segunda sección, todo es mucho más rural: cuidadores de casas, pescadores, junqueros, mimbreros, algún laburito con la madera y productores de miel o de otros oficios. Y no mucho más. Descripción: “A la gente más aislada la veo más cagada de hambre”.

La sublime
Para el mundo isleño no es Rubén Sejenovich, sino “el ruso”, a secas. Fundador y quien preside Origen Delta, cooperativa que nuclea a más de 40 pequeños productores artesanales y agricultores familiares del Delta del Paraná, que rescatan viejos oficios tradicionales de la región y se especializan en materias primas cultivadas y recolectadas en las islas. Su lema: habitar y producir en equilibrio con el humedal.
Recibe a MU en el muelle público del Arroyo Segunda Hermana, donde espera a la lancha almacén para comprar la comida de la semana. Tendría que haber llegado hace más de una hora, pero así son las cosas acá.
Al ruso no le preocupa esta espera, sino otra, más profunda. “Dragarán sin haber hecho un estudio de impacto ambiental sobre el bajo delta. Nadie nos informa los efectos que traerá en el movimiento del suelo. ¿La erosión hacia dónde irá? ¿Qué harán con toda esa tierra? ¿Nos afectará o no? ¿Cuánto? No sabemos, porque la hidrovía todavía no tiene ningún estudio ambiental”.
Se dedica a hacer trabajos con la caña de bambú, sobre todo cerramientos. Su casa, incluso, está hecha de esta planta de tallos fuertes que crece rápido. “Es sustentable; vos cortás un bambú y nace otro. En el primer año y medio ya tiene altura, y a los tres está maduro. El álamo, por ejemplo, pasan 7 años y no tenés nada”.
A mediados de la década pasada Rubén creó La Bambusita, un almacén de productos regionales, que en pandemia viró a la cooperativa Origen Delta. “Funciona bien, con asambleas mensuales, dos locales en el Puerto de Frutos y uno en la fluvial de Tigre”. Allí venden productos de un montón de rubros: formio, mimbre, junco, bambú –él hace los mates–, mermeladas, hongos, conservas, diseño textil, joyería, cosmética, cerámica. “Somos de las pocas cooperativas que duramos en la isla. Es un momento de grave crisis financiera, de hecho tuvimos que cerrar dos días en la fluvial porque no podemos pagarles a los vendedores”.
El deterioro económico lo sintió desde la pandemia y se agudizó en el último año y medio. Lo nota en su alimentación: “Antes compraba tapa de asado, ahora alita de pollo”; en sus ventas: “De 100 metros cuadrados de bambú por mes, pasé a vender 12, 14, como mucho 20”; en su facturación: “Si antes ganaba lo que hoy equivale a 2 millones de pesos, ahora no llego a los 700 mil. Pasé a la línea de indigencia”.
La lancha almacenera La Sublime llega a las 17:30. Una hora y media después del horario “habitual”. “¿Pusiste la comida del gato, no?” grita, ya encaminado a su casa de bambú.
“Vivir en la isla no es para cualquiera. Hay bajantes, hay subidas. Tenés que cargar la garrafa porque no hay gas; llevar y traer bidones porque no hay agua potable”, describe. Hasta diciembre de 2023, AySA –hoy en camino a la privatización– les llenaba bidones gratis a las familias isleñas. Una de las primeras medidas del gobierno de Milei fue arrancarles ese derecho.
Sin embargo, el ruso dice: “Vivir acá tiene todas sus ventajas, como salir a remar con el solcito a la mañana mientras otro está en el auto esperando en un semáforo, en medio del quilombo. En cambio, yo espero en mi muelle, tranquilo”.
Atardece en ese paisaje que parece haberse detenido, como dormido en un pleno silencio.

¿Quieres ser millonario?
Un cartel chiquito anuncia que llegamos: reserva de flora y fauna.
Dentro, está la casa de Sandra –sobre el arroyo Paycarabí, alejada de todo barullo externo, en la segunda sección deltaica–. Sandra es, además de mamá de León y Olmo, apicultora, docente, reservista y reidora.
Sandra se ríe. Se ríe mucho.
A mediados de los 90 fue a un encuentro en la Sociedad Argentina de Apicultores y quedó maravillada con el mundo abejas. Hoy produce miel, polen, propóleo y otros derivados de las obreras y las reinas. “El regalo de la apicultura es que te hace estar todo el tiempo mirando la naturaleza, dentro y fuera de la colmena”.
Tiene cuatro perros, un par de gatos, dos gallos, once gallinas. Y, claro, miles de abejas. Para ella, este momento del año es de éxtasis visual: “Cuando arranca el invierno lo que empieza a florecer es la primavera, lo ves en las plantas, en los árboles cada día más verdes, en los insectos que empiezan a salir”.
La producción de miel es de septiembre a noviembre y por colmena saca un promedio de 10 kilos. El año pasado produjo alrededor de 600. “Antes en el campo se sacaba entre 70 y 120 kilos, porque era pura flor”. ¿Qué cambió? “La soja y el glifosato”.
Sandra goza de un privilegio: el agua que consume la junta de una zanjita a metros de su casa. “Pasa por las raíces de las plantas, que hacen todo su trabajito y el agua sale limpia”. Así funciona el humedal, como una gran esponja y filtro natural.
Algo pone en riesgo ese circuito: hace unos meses empezó a construirse un emprendimiento privado –Vistas al Paraná, Ciudad Náutica– fuera de toda legalidad por desarrollarse dentro del área protegida “Biósfera de San Fernando”. En la segunda sección viven alrededor de 5 mil personas (la mitad de quienes habitan la primera), no hay cloacas ni recolección de basura, ni ningún servicio básico excepto la electricidad. Allí pretenden instalar 400 lotes.
Sandra y otros vecinos, denunciaron el tema y, por ahora, lo frenaron: “Un día aparecieron dos carteles con imágenes de un hotel, canchas, cemento, yates con palmeras, donde no está permitido rellenar el humedal. Acá no hay nada para el poblador, pero sí todo dado para el negocio inmobiliario”.
Dice que es una pena. Que el delta podría ser una serie de campos hermosos, produciendo todo lo que se precisa. “Pero bueno, se ve que no es la idea de los que gobiernan, me cuesta entender que no vayamos hacia ese lado”.
También explica que, junto a sus dos hijos saben sembrar (cultivan lo que comen: tienen una enorme variedad de frutas y verduras). Saben pescar (sábalo, boga, tararira, bagre, carpa, dorado). Están rodeados de una flora reluciente (anacahuita, canelón, ceibo, espina de bañado, chalchal, mataojo, blanquillo, sauces) y de una fauna maravillosa (carpinchos, ciervos, jabalí, lobitos de río, nutrias, gatos monteses).
Entonces llegan a una conclusión: “Somos millonarios”.
Y vuelve a reír.

Siembra de cabañas
Una isleña investiga desde hace años el turismo en el delta. Es antropóloga –además de kayakista– y en 2023 publicó un libro cuyo título resume la transformación en el modelo de desarrollo: Antes sembrábamos frutales, ahora sembramos cabañas. El título surge de una frase del carpintero y cantautor, también isleño, Eduardo Cameli.
Martina Halpin se especializa en economía política y alternativas como el cooperativismo y la economía popular, y aborda la desagrarización y la turistificación de la zona. Una de las imágenes que la llevó a estudiar lo que pasaba en el delta fue el contraste entre casas ricas y pobres. Y casonas enormes venidas abajo. Y ciclos: si la primera mitad del siglo XX primó la fruticultura (impulsada por Domingo Faustino Sarmiento), después fue la forestación y hoy se impone el turismo.
Para Martina el delta paranaense siempre fue un lugar de refugio. Para los indígenas, como barrera a la sed de conquista española. Post dictadura, como espacio de libertad para la comunidad LGBT, que ya venía de los años 30 pero se consolidó en los 80. Hoy lo percibe en quien busca escapar de la urbanidad: “No es señal de buena salud estar adaptado a un sistema enfermo. Si te adaptás a la isla es porque no te encontrabas bien en la ciudad”.
Nota una lógica repetida y preocupante en ese proceso. “Venir al delta, hacerse una cabañita para vivir y otra para alquilar, como forma de escapar al capitalismo… pero el capitalismo te vuelve a atrapar porque una no te alcanza, entonces ponés otra e igual cuesta llegar a fin de mes. Así te das cuenta que ese espacio tranquilo donde querías vivir, ahora es un monocultivo de cabañas”.
Para Martina, la planificación es “en función de los turistas y no de los residentes locales”. Da varios ejemplos: los recorridos de la lancha colectivo –que van y vienen desde la estación fluvial de Tigre– se definen por el turismo; el trazado eléctrico se establece donde es más rentable; la red de Internet se amplía para que el wifi llegue a las cabañas por venir. “La nueva ruralidad quiere seguir viendo Netflix, se desconecta pero no tanto”.
Lo define como un proceso de colonización de la ciudad a la isla. Y una muestra son los ostentosos restaurantes: “Ningún dueño vive acá; es igual a lo que pasa con lo que llaman hidrovía, somos un territorio del que se extraen recursos paisajísticos, ambientales, pero nada derrama. O sí: cantidad de accidentes que provocan los turistas pasando a toda velocidad, llevándose por encima a las lanchas isleñas”.
Suma otra arista: “Venden al turismo como la industria sin chimeneas, cuando después de un fin de semana largo los arroyos son pura basura. Existe un proceso de construcción de atractividad para potenciar la turistificación, que soslaya al pantano, al barro, a la identidad territorial”.
El marketing: “Para vender lujo, paseos en catamaranes, en las fotos le cambian el color marrón del agua y la hacen celeste, con palmeras alrededor para atraer a esa gente que no baja de los barcos, que no tiene conexión con el poblador local. Estamos cansados de las migajas del turismo y de la contaminación, por eso digo que la historia es movimiento, cambio, crisis, adaptación, pero es fundamental la adaptación en resistencia”.
La luna aparece, de repente.
Un paréntesis en la charla.
Unos segundos de silencio antes de seguir viaje.
Hacer docencia
Persona con la que hablamos, persona que nos dice que la docencia es una pieza clave en el entramado social de la isla, por el rol de la escuela como principal lugar de encuentro.
Claudia es docente, tiene 52 años y desde hace 22 que vive en el delta. Recién el año pasado hizo el clic que le cambió la forma de mirar, cuando pasó a dar clases de la primera a la segunda sección “donde cambia la idiosincrasia, el ritmo baja y la vulnerabilidad sube”. Argumenta: “La comunidad escolar toma otro valor. Por eso, aunque el clima a veces no lo permite, por la niebla por ejemplo, hacemos todo lo posible para llegar y que la escuela nunca esté cerrada. El comedor debe estar abierto, lo educativo queda en un segundo lugar”.
Las familias tienen otra escalas de prioridades, como no poder comprar zapatillas porque necesitan arreglar el motor de la lancha, al vivir de la caza y la pesca. “Acá hay muchas enfermedades y poca asistencia médica. No hay agua potable, se toma directamente del río, lleno de glifosato”.
El viajar unos kilómetros hacia el norte y traspasar el Paraná, le permitió a Claudia entender que el río no es únicamente una ruta para la mercancía. “Lo vi bien clarito desde acá: un mayor dragado modificará los accesos a los arroyos, donde justamente viven un montón de las familias más pobres y también más solidarias. No podrán trasladarse, lo que significa el abandono del territorio y el cierre de escuelas. Una comunidad sin transporte es una comunidad que se muere”.
Debate en la biblioteca
Otro punto de encuentro en la segunda sección es la biblioteca popular Genoveva. Un espacio cultural donde suceden charlas, talleres, proyecciones, recitales, repleto de libros y con su propio grupo de teatro comunitario. Una isla dentro de la isla. Nos reciben cinco de sus integrantes: Gaby, Rudy, Mariano, Juan y Vicki. La charla arranca por el lado del Paraná como ruta de exportación.

“La hidrovía es imprescindible” suelta Rudy, 74 años de edad y 74 años navegando el río.
“La ecología es un tema que para mí ya está. Perdimos. El mundo se va a transformar y no va a desaparecer, no se va a morir todo, lo único que quieren hacer es profundizar el río un poco más. El asunto es que se haga con el menor daño colateral posible, porque daño habrá y siempre se impone el más poderoso. Hay cosas que son necesarias, no pueden evitarse” dice con cierta resignación.
Un dragado mayor del río ¿no altera las corrientes y todo el alrededor?
El nivel del río no va a cambiar, porque el nivel lo da el mar, así que ese no será un problema. Pero hoy justo me decían que van a dragar el arroyo Fredes. Y pensaba: mi casa también quizá se va a ir a la mierda. ¿Tengo que hacer algo? No sabemos dónde van a dragar, falta información. Es verdad que han dragado muchísimos arroyos en el delta y muchísimas casas se fueron a la mierda.
¿No es injusto que le pase a tu casa?
Yo no quiero que pase eso. Podrían darnos un crédito, un subsidio para hacer una estacada, por ejemplo. No sé cómo lo voy a solucionar, pero el arroyo en estas condiciones va a terminar desapareciendo.
La charla sigue por otros canales: las formas de habitar el territorio, las dificultades de organizarse en la insularidad, el valor de la biblioteca; habrá tiempo para que vuelva a su cauce.
Juan cuenta que la biblioteca Genoveva es un lugar inmejorable para la defensa y el desarrollo de la cultura isleña. “Un orgullo, es difícil estar navegando e imaginar que detrás de los árboles existe algo así”. Gaby dice que es glorioso: “Lo que años atrás lo sentía impensado, hoy me permite resistir, crear y persistir en esa creación y resistencia”.
Son muchas y enormes las trabas para que la comunidad habite este espacio y cualquier otro que signifique reunirse en el delta. Sobre todo, el acceso. Lo explican en un ir y venir de pensamientos que construyen en conjunto. De esto, también –y sobre todo–, dicen que se trata la biblioteca.
Vicky: “El bote que está en las casas es para ir a laburar, es difícil que esté disponible para venir a jugar a la pelota o a hacer teatro”. Acá no existe el ‘voy a la plaza a jugar’. Y a eso hay que sumarle la marea, la lluvia, todas las adversidades que te puedas imaginar, porque un sábado puede estar todo bárbaro y el otro es un desastre”.
Juan: “Acá manda la naturaleza, lleva tiempo entenderlo; podés planear algo, pero subió el agua y no se hace. Te cambia la brújula y estás sensible a cosas mucho más sencillas, como de qué lado sopla el viento. Ya no decidís lo que pasa mañana, estás sujeto a lo que pase con el ambiente”.
Rudy: “La naturaleza y nosotros somos solo uno. En la ciudad mirás el clima en la tele y a partir de lo que dice te ponés o no un pullover”.
Mariano: “Vivir en las islas es una condición muy singular. Caminando no llegás como sucede en otros territorios. En lo insular, en el estar acá, hay algo de escapar de otros modos de vida”.
Gaby: “A quienes nacieron en el delta y a quienes vinimos nos une un punto en común: somos bandidos rurales o linyeras emocionales que decidimos retirarnos de algún lugar”.
El intercambio vuelve al lugar desde donde partió: la hidrovía.
A Gaby le duele que este paraíso se vaya a modificar con un mayor dragado, porque removerán sedimentos y metales pesados que contaminarán aún más el agua.
A Juan le duele la pérdida de soberanía, que no exista otro país en el mundo que tercerice a manos extranjeras el curso de una vía navegable. “Y además, estoy seguro que nos van a pasar por arriba con los barcos que más guita pongan, y esa guita se la van a llevar como sucede desde hace décadas”.
Ya es de noche en el delta. Los mosquitos, por ahora, no proliferan. Y los pájaros ya duermen.
Todo es silencio, aunque una frase de Sandra –apicultura, reidora–, resuena en la penumbra de los ríos y arroyos que serpentean: “Aun en medio de tantos problemas, hay algo que a mí me da ánimo: y es que siempre, siempre, siempre, la naturaleza se la rebusca para prevalecer”.
Esta historia continuará;
un poquito más al norte
del Río Paraná.
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Putamadre: un biodrama del presente
La obra Putamadre muestra los mandatos, la soledad de las mujeres que crían solas, y una sociedad que las juzga antes de escucharlas. Lejos de la maternidad romántica, humor, amor y la historia real de una madre con su hijo todavía preso: ambos en escena, él a través de una filmación desde la cárcel. Lo que puede el arte para derrumbar prejuicios.
Por Evangelina Bucari

Carolina Fernández: actriz, escritora y periodista con un hijo preso.
La maternidad rompe, y además nos rompe. Porque vivimos cagadas de miedo», describe con absoluta crudeza la actriz, periodista y escritora Carolina Fernández.
Ese miedo no es una abstracción: es descubrir que el amor no alcanza para proteger a quien más se ama; es ver sufrir a un hijo; convivir con una adicción que irrumpe en la casa y la convierte en un “campo minado”; soportar la mirada de una sociedad que culpa antes de escuchar; y también es, un día, encontrarte cruzando el portón de una cárcel para visitar al hijo que pariste y cuya felicidad dejó de estar entre las preguntas posibles.
“No puedo creer lo liviano que es ser madre cuando la cosa sale bien y lo enloquecedor y lo letal que es cuando la cosa sale mal” resume Carolina.
Todo eso es Putamadre, un biodrama que se estrenará en septiembre en el teatro Dumont, en el que ella le pondrá el cuerpo a su propia historia de “supervivencia entre los escombros”. La obra es una adaptación del libro homónimo, escrito por Carolina y editado por Sudestada en 2024, en el que cada página busca derribar el “paredón de fusilamiento” social e institucional que juzga a las madres cuando la vida rompe el estereotipo de la maternidad romantizada.
El salto del libro al escenario planteó otro desafío: que la historia dejara de pertenecer solo a una persona para convertirse en una experiencia colectiva. En esa búsqueda fueron decisivas la guionista y escritora Teresa Donato y la directora Felicitas Kamien. Ninguna llegó para suavizar el relato. Ambas eligieron ir todavía más hondo. Y coincidieron en que debía mantenerse la idea original del libro de un diálogo a dos voces madre-hijo.
El resultado es un dispositivo escénico donde Carolina convive con su hijo Santiago, de 24 años, preso desde los 19, quien desde la Unidad 48 de la cárcel de José León Suárez, irrumpe en una pantalla con una voz que contradice, discute y borra cualquier intento de ficción.
A partir de esa historia íntima, la obra amplía el foco y pone en escena los mandatos que todavía pesan sobre las maternidades. La idea de que una buena madre nunca se equivoca, nunca se cansa, nunca desea otra vida y siempre puede salvar a sus hijos sigue siendo una carga que pesa sobre la mayoría de las mujeres. También los prejuicios que recaen sobre la forma de criar y la soledad a la que muchas se enfrentan. En Argentina, el 16% de los hogares son monoparentales y la mayoría está encabezada por mujeres. Además, más del 60% de las madres que crían solas no reciben cuota alimentaria. Ahí donde el abandono paterno se vuelve regla y el sistema parece preferir, como dice Carolina, “a los hijos presos o muertos”, la maternidad deja de ser un idilio para convertirse en una trinchera política.

Santiago, el hijo de Carolina: tiene 24 años, está preso desde 2019, y participa en la obra a través de una filmación.
Dos desquiciados
Cuando el productor Claudio Plano le propuso llevar Putamadre al teatro, Carolina pensó enseguida en otra actriz y Sofía Gala era la imagen que tenía de esa madre. Pero había un problema imposible de resolver: “Ningún actor está a la altura de mi hijo. Con los pliegues, con la mirada, con esa belleza que por momentos da miedo”, asegura. Y si nadie podía ser Santiago, tampoco nadie podía ser ella.
Carolina adelanta que el biodrama comienza donde su vida se rompe: el allanamiento, las esposas, el hijo que se llevan. Desde ese día, confiesa que “dejó de ser la madre que había sido hasta entonces y Santiago dejó de ser el hijo que conocía”. Lo que siguió fue otra cosa: una maternidad atravesada por la cárcel, la salud mental, la culpa y “una simbiosis” de supervivencia. “Somos dos desquiciados tratando de sobrevivir en un vínculo que nos hace mierda, pero sin el cual que no podemos vivir”, admite con honestidad brutal.
En escena tampoco intenta suavizar nada. Todo lo contrario. “A esta madre en el escenario la vas a ver aún más rota, más loca y más dañina. Y a mí eso me hace bien”, reconoce.
No busca compasión ni absolución. Busca justicia. “No nos podemos creer tan omnipotentes. Somos personas que estamos tratando de vivir y acompañar la vida de otro ser”, asegura.
El nacimiento de Sofía, hoy de 11 años, le permitió entender que no hay una única maternidad posible y que también puede ser una experiencia hermosa.
La obra discute una sociedad que convierte a las madres en responsables absolutas del destino de sus hijos y que prefiere mirar para otro lado cuando las cosas no salen como se esperan. “El sistema prefiere a los hijos presos o muertos y a las madres avergonzadas y calladas”, afirma Carolina.
Ella sabe de silencios desde mucho antes. A los 7 años fue víctima de un abuso sexual por parte de un vecino. Cuando se lo contó a su madre, la respuesta fue una orden: callarse. “Desde ese día que me dijeron que no diga nada, entendí que no era por ahí. Entonces, desde ahí grito, grito y rompo prejuicios todo el tiempo”, explica.
La presencia de Santiago en la obra no es solo un recurso teatral, es una decisión política. Su voz contradice, discute y complejiza el relato de su madre. Para lograr un registro casi documental, el trabajo audiovisual quedó a cargo de Gonzalo Zapico. En las escenas filmadas dentro del penal también fue clave Lola Berthet, madrina de Santiago, que lo acompañó y lo asesoró durante todo el proceso. “Santi se abrió, se entregó a esto. Es medio como yo, que no sabe mentir, que no sabe ocultar. Entonces, contó todo”, detalla Carolina, aunque asegura que no fue nada fácil todo ese camino.
Los dos siguen construyendo una historia en la que no hay héroes ni finales reparadores. “Santi es el ser más amoroso, más generoso, más tierno, y es la persona que también más me cuidó en la vida”, describe Carolina con orgullo.
Pero sostener ese vínculo tiene un costo. “Las maternidades, las madres –explica–, estamos muy cansadas. Y eso se nos mezcla todo el tiempo con la pérdida del sentido. En este contexto, donde tenemos que trabajar mucho más, donde tenemos que reparar en muchas más cosas, tenemos que dar una batalla extra, que es conectar con el sentido de vida, porque se nos escapa”.
Nada de lo que ocurre en Putamadre ofrece respuestas tranquilizadoras. Ni siquiera el arte alcanza para cerrar las heridas. Después del rodaje en el penal, Carolina pasó días enteros sin poder levantarse de la cama. El biodrama, dice, duele porque está vivo. Pero justamente ahí encuentra su sentido.

La maternidad mochila
Para que el torrente visceral de Carolina encontrara una estructura dramática, hizo falta la mirada de Teresa Donato. Pudo aportar una perspectiva que es, al mismo tiempo, externa y profundamente empática: la de quien no transitó la maternidad, pero decidió abrazarla desde un lugar despojado de sentencias.
Esa distancia, dice, la convirtió en refugio de confesiones que muchas madres no se animan a hacer por miedo al juicio ajeno. “No teniendo hijos, yo me transformo en una mujer no juzgadora. Muchas madres amigas me dicen cosas a mí que no les dirían a otros”, reflexiona.
Desde esa escucha, Teresa desarmó la maternidad de propaganda para mostrar una experiencia mucho más compleja. Para ella, el vínculo con los hijos no es una “cruz”, sino algo más cotidiano y difícil de soltar: “Los hijos son para siempre, en las buenas y en las malas. Es una mochila, quiero llamarla mochila y no quiero llamarla cruz”. Esa “constante difícil y áspera” fue la que intentó traducir al lenguaje teatral, consciente de que la historia que tenía entre manos era, como ella misma dice, “infumable”.
Pero el gran hallazgo de la adaptación –que hizo junto a Carolina– fue poner en escena el mecanismo del prejuicio. Teresa advirtió enseguida que Carolina cargaba con una condena adicional: la de no parecer una madre sufriente. “Hay una discriminación por ser rubia, alta, bonita… Es como que si salís una noche despampanante, ¿no te duele tu hijo?”, cuestiona. Y pone sobre la mesa algo que muchas veces se pasa por alto: la sociedad parece exigir que una mujer con un hijo preso o que transite cualquier problema lleve el dolor escrito en el cuerpo, que renuncie a la sexualidad, al deseo, incluso a cualquier gesto de disfrute.
Esos estereotipos también organizan las responsabilidades. Mientras las madres quedan bajo sospecha permanente, casi nadie se pregunta por los padres.
Teresa también eligió introducir humor allí donde la tragedia amenaza con volverse insoportable. No para alivianarla, sino para volverla más incómoda. Para obligar a reconocerse a un público que suele creer que este tipo de derroteros siempre le ocurren a otros. “La obra es incómoda porque no tiene blancos y negros. A mí lo que más me gusta de la vida es el gris”, asegura la guionista.
De hecho, mientras trabajaba en Mi vida anterior, la obra que escribió junto a Denis Smith sobre la historia de Ana María Careaga, Teresa también contó otra maternidad fuera del molde: la de una mujer que eligió la militancia revolucionaria aun siendo madre y que también fue juzgada por esa decisión. Para ella, ambas historias dialogan porque muestran mujeres que desobedecen el ideal de la “buena madre” y cargan con el peso del juicio social.
En ese territorio ambiguo, donde una madre intenta sostener una vida propia en medio de una “vida infernal”, Teresa busca algo que también se niega con facilidad: el perdón. “Me gusta con las obras lograr el perdón, unos perdones que a mí misma no me doy”, plantea.

Mujer sexual/sufriente
Felicitas Kamien nunca había dirigido un biodrama. De hecho, se define como una directora “fanática de la ficción”. Pero cuando Carolina le envió el manuscrito, algo la atravesó antes incluso de terminar de leerlo. “Dije: esto lo quiero hacer. Supongo que me interpeló como mujer y como madre”, asegura. Por eso, decidió no avanzar con la novela y trabajar primero sobre la adaptación. “Yo tengo que ir al cuerpo primero. Lo que a mí se me tiene que revelar primero es la presencia”, explica.
Lo que encontró fue un material que, según reconoce, supera lo teatral. “Hay algo político y hay algo emocional que excede el hecho artístico”, asegura. Como madre, admite que fueron precisamente la maternidad y los prejuicios de clase media los temas que más la movilizaron.
Ese proceso creativo la llevó a una imagen que resume toda la puesta: “Es como si estuviéramos trabajando con el hueso”. Sacar todo lo accesorio hasta encontrar lo esencial. Porque en escena ya no hay solo un personaje: está el cuerpo de Carolina y también la presencia de Santiago. “Acá hay un cuerpo. A Carolina la ves. Y a Santiago lo ves. Entonces, ahí cambia mucho”, explica la directora de la obra.
Felicitas encuentra en ese relato una humanidad hecha de contradicciones. “La cosa de la mujer sexual con la madre sufriente”, explica, sigue siendo difícil de aceptar para una moral que todavía las piensa como mundos separados, incluso en tiempos donde el discurso parece haber avanzado.
La historia también la obligó a mirar su propia maternidad. “Es una cosa de locos, es como un barril sin fondo”, confiesa. Madre de un hijo de 11 años, habla de ese miedo permanente a no estar haciéndolo bien, a hacer daño sin querer, a preguntarse si los hijos podrán ser felices o desplegar quiénes son. “Somos muy importantes para los hijos y no sé cuán aptos estamos para lograrlo”, se pregunta.
Quizá por eso rechaza cualquier intento de convertir la obra en una bajada de línea. Su apuesta es otra: que el cuerpo llegue antes que el discurso y que la emoción preceda a cualquier explicación. “A mí me gusta trabajar apelando al corazón”, resume, y asegura: “La verdad de ese pibe y esta mujer tiene una potencia que arrasa”.
Locura y belleza
«Hacemos las cosas como el orto, pero con todo el amor del mundo”, asegura Carolina. Y pide que dejemos de “tapar bajo la alfombra lo que nos pasa”, aunque sepamos que no es fácil nombrar lo que duele, lo que tantas veces queda oculto detrás de la culpa, la vergüenza y los mandatos.
Quizás el primer paso sea reconciliarnos con la idea de que la maternidad también puede ser contradictoria, ambivalente e imperfecta.
Tal vez por eso, cuando se le pregunta qué espera que ocurra con quienes salgan de la sala, el deseo de Carolina es sencillo: “Espero que salgamos con la vara un poquito más baja en relación a juzgar y que entendamos que estamos en un mundo enloquecedor, y que aún en lo más horrible hay belleza y hay arte”.
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La dictadura en el delta: los sonidos de El Silencio
La quinta El Silencio fue un centro clandestino en el que la dictadura escondió en 1979 a 40 personas secuestradas. ¿Cuánto se sabía y cuánto se callaba entre las islas y ríos del Delta? Un viaje a ese paisaje y a esa realidad: la alianza entre una vecina y una historiadora, lo que cuentan los sobrevivientes, los barcos de la muerte y la investigación de chicos de la zona, con sus preguntas y sus grabadores, para entender el pasado y mucho del presente.
por Lucas Pedulla
Fotos: Sebastián Smok/lavaca.org

Alguna vez el escritor y periodista Roberto Arlt habló de la “pasión por la libertad bucólica” para sobrevivir en las islas del Delta. Su colega Rodolfo Walsh dijo –antes de que los asesinos le reventaran la casa y lo desaparecieran– que el Delta era su “método de trabajo”.
Por algún recreo de estos 14.000 kilómetros cuadrados, ubicados en una longitud de 320 kilómetros, el escritor y poeta Leopoldo Lugones bebió cianuro y se despidió: “No hay sino lodo, lodo y lodo”. Su colega Jorge Luis Borges conjeturó que aquí, al fin y quizá, haya sentido que estaba libre “del misterioso deber de buscar metáforas, adjetivos y verbos para todas las cosas del mundo”. Quizá, también, haya sido ese lodo elevado al cubo, o las profusas raíces de las casuarinas, o aquellos muelles abandonados entre otras cabañas de cuento, lo que al creador de El Aleph lo llevó a confesar: “El Tigre me dio imágenes, quizás erróneas, para las escenas malayas o africanas de los libros de Conrad”.
Es un lunes helado y entre paisajes bucólicos y una paz difusa, la tracker blanca de Chicha navega hacia el apocalipsis now que este archipiélago guardó por tanto tiempo. Es el tercer viaje en lancha. El primero duró 50 minutos y fue lúdico: un aire que rompe el encierro de la ciudad contaminada. El segundo fue de 40 minutos y hostil: el destino era la casa de María del Carmen Ricciardo –Chicha–, 72 años, una isleña crucial por ser la persona que sabía dónde quedaba ese lugar que hoy se anuncia en la estación fluvial de Tigre. Este tercero dura una media hora y es denso, por saber hacia dónde se va.
“Llegamos”, dice Chicha.
Señala una cabaña de las tantas que hay en estas islas del Delta bonaerense, y es solo la señalización lo que distingue un simple lugar de descanso de un centro clandestino de detención. “Aquí –apunta– había quince personas encerradas en un espacio poquito más grande que esta lancha”.
Al lado hay otra casa, un muelle y un cartel que, como pensó Borges sobre Lugones, no precisa metáforas, adjetivos ni verbos: “Quinta El Silencio”.

De la Curia a la marina
Fue el lugar donde la Marina escondió a 40 detenidos-desaparecidos de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) en septiembre de 1979 ante la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) para investigar las denuncias de familiares y organismos. Está sobre el arroyo Tuyuparé, en la segunda sección de las Islas del Delta del río Paraná, perteneciente al municipio de San Fernando. Primero fue propiedad de la Curia de Buenos Aires, que la dejó en herencia al Obispado porteño. Una sociedad formada por monseñor Emilio Grasselli –secretario del Vicariato General Castrense– la compró y la vendió en enero del ‘79 a los marinos mediante documentos falsos de un exdetenido de la ESMA. La quinta se convirtió en una de las casas operativas usadas por la Armada como centros clandestinos anexos y paralelos. Todo está contado en un libro impresionante: El silencio. La dictadura en el Delta, de la historiadora Marisa González de Oleaga.
El centro funcionó en una plantación de álamos con dos casas de madera construidas sobre pilotes –típicas del Delta– separadas entre sí por un puente precario para cruzar un riacho. La primera se llamó Casa Grande: allí trasladaron a 26 personas que realizaron trabajo esclavo cortando madera y formio. A la segunda, Casa Chica, llevaron a otras 15 que estaban en Capucha –uno de los principales espacios de reclusión de la ESMA– y las mantuvieron esposadas, engrilladas y encapuchadas en un espacio sin adjetivos –3×3, y una altura que no superaba el metro y medio–, tiradas en el suelo de barro.
Esa es la casa que señala Chicha desde la lancha: todavía se ven los ventanucos que los militares cegaban con papeles pegados. De ese grupo solo sobrevivieron cinco: los demás siguen desaparecidos.
Los sobrevivientes describieron El Silencio en los juicios y la buscaron sin éxito durante años, hasta que Marisa y Chicha la encontraron.
Uno de esos sobrevivientes fue –es– Carlos Sueco Lordkipanidse.
¿No se sabía?
El apodo no tiene que ver con su apellido, sino con el lugar al que se fugó. Carlos militaba en Montoneros y lo habían reintegrado a la Juventud Peronista (JP) al momento de su secuestro, el 18 de noviembre de 1978. Tenía 26 años. Estuvo dos años y medio en la ESMA hasta que pasó al régimen de “libertad vigilada”. Gracias a la ayuda del Premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel, se exilió en Suecia con su familia.
Cuando Marisa le dijo que había encontrado la casa, el Sueco contactó a otros tres sobrevivientes: “Fue un viaje al pasado. La casa estaba exactamente igual”. Fue el 25 de mayo de 2013. Un sereno no los dejaba pasar. “Somos del tribunal, de la querella ESMA”, le dijo el Sueco: en ese momento se desarrollaba el mega juicio ESMA III.
“En la Casa Grande seguían los mismos muebles: una cocina de leña, un armario copero de ángulo. Había vivido gente, pero no le habían metido una mano de pintura, nada”. Uno de los que reconoció Casa Chica fue Osvaldo Barros. El Sueco mueve la cabeza: “Ahí no podía haber sobrevivido nadie un mes. No te podías parar porque el techo, lo que venía a ser el piso de arriba, te daba en la cabeza. Abajo directamente era barro, porque está el río al costadito”.
Lograron que ese hallazgo se incorporara a la causa judicial.
El Sueco vuelve con sus recuerdos a 1979: no saber dónde iban, dónde estaban (los habían trasladado desde el puerto de San Fernando), pensar que los matarían a todos (“sabíamos que un método de eliminación de los cuerpos era arrojarlos al agua”), y hasta haber ideado planes de fuga.
También recuerda que veían algo más o menos parecido a una vida que seguía: “Del otro lado del canal había una casa. Los ‘verdes’ decían que vivía un policía. Nosotros veíamos pasar a una mujer con el nene. Se dio una vez que alguien entró en la Casa Chica, viniendo a campo traviesa, y salieron todos los oficiales con los fierros. Lo que nos enteramos por el libro es que, para no ser exagerado, el 50% de la población sabía que eso estaba ahí. El tipo que venía a buscar los álamos que cortábamos se daba cuenta de que no éramos trabajadores de la madera. Al lado teníamos una casa donde íbamos a robarles naranjas para los que estaban en Capucha: el dueño se daba cuenta porque dejábamos los árboles pelados. Son simples detalles que hacen entender que la gente sabía. ¿Cómo eso logró imponerse silenciosamente durante todos esos años?”.
Esa pregunta –la pregunta– es el libro de Marisa.

El secreto del oído
«En el Delta, ver no sirve para nada porque a dos metros tenés el monte. Lo fundamental en el Delta es que el oído funcione, y el oído se entrena”, es lo primero que dice Marisa, 65 años, catedrática del Departamento de Historia Social y del Pensamiento Político de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED), de España.
Es argentina, vivió en Villa Lynch (San Martín, conurbano) y cuando tenía 15 años su familia –que había huido del franquismo durante la Guerra Civil española– decidió exiliarse en Asturias ante el peligro de la Alianza Anticomunista Argentina (Triple A), antes del golpe de Estado. Otro de sus libros se llama, precisamente, Transterradas-El exilio infantil y juvenil como lugar de memoria.
Regresó a un país que encontró devastado. El recuerdo de las tardes de infancia en la casa de una tía en el Tigre la llevó a elegir ese lugar como trinchera, y cuando se enteró de que esa geografía escondía a plena luz un campo de concentración ya había comprado un terreno sobre el arroyo Caracoles. Su vecina resultó ser Chicha, esa isleña que había criado sola a cuatro hijos, tenía un taller de cortinas de junco –una pionera– y quien sabía la ubicación de ese lugar tenebroso. Marisa empezó su investigación en 2011 y la publicó en 2024.
¿Cómo se escucha el silencio?
-Como algo muy pesado. Una presencia omnipresente en el Delta, a través del lenguaje gestual. Cuando la persona salía al muelle, el lenguaje físico era siempre el mismo: los hombros se encogían hacia adelante, la mirada y la cabeza iban hacia el suelo, y decía “no me acuerdo”, “eso pasó hace mucho tiempo”, “lo pasado, pisado”, “yo no estaba acá”. Toda una serie de enunciados repetitivos para decir: “no quiero hablar”, que en realidad es un “no puedo”. Ese silencio no es la falta de palabras: es una presencia, otra forma de hablar. En mi experiencia, las mujeres han sido las que se aventuraron más y lo conjuraron. Los varones necesitan una seguridad, como si el objetivo fuera encontrar. Y en nosotras creo que el objetivo de la búsqueda está en dignificar la memoria de los que no están. Ojalá encontremos, pero lo importante es seguir buscando.
Al vivir ahí, Marisa entendió algo: “Lo saben todo de todos. Es un lugar muy paradójico porque la gente va al Delta para aislarse, pero al mismo tiempo sabe perfectamente quién se acuesta con quién, qué lancha pasó a las 3 de la mañana. Allí empieza el trabajo con los isleños. Me preguntaba: ¿cómo vivieron esto?, porque es como si de repente en el salón de tu casa se instala un campo clandestino”.
Dimensiona que no se trató solo de un mes –septiembre del 79–, sino que un año antes y un año después ese lugar fue refaccionado por lo que la Armada llamó “la perrada”, secuestrados que sabían hacer tareas manuales y que fueron utilizados para refaccionar las casas a las que trasladaron a los prisioneros.
Gracias a Chicha encontró la quinta y fue la llave para llegar a otros vecinos. Pero en octubre de 2015, cuando Mauricio Macri ganó las elecciones presidenciales, Marisa percibió “un nuevo silencio”, a saber: “La gente ya no contestaba ni respondía a los llamados, como sabiendo que acá se venía una…”.

Tambores y barcos negros
Así surgió una estrategia metodológica notable: el trabajo en escuelas, con maestras y directoras como aliadas. “Me daba la impresión de que desde el progresismo había una tendencia a hablar de la dictadura como me habían contado la historia de San Martín: algo dado, sacralizado, y me parecía que era un problema, no de contenido sino estratégico.
Entonces les dije a los chicos que, en vez de contarle lo que hicieron en la dictadura, ¿por qué no lo investigamos juntos? Les expliqué cómo hacer una ficha, les entregué grabadores, les hablé del respeto al testimonio del otro, del anonimato, la importancia no de decir quién hablaba sino qué”. Esos chicos fueron con los grabadores a sus casas.
Algo brotó: “Era importante no por la información en sí misma, porque mucho ya se sabía, sino porque empezaron a entender la complejidad de la dictadura y cómo los había afectado a ellos, aunque no tuvieran detenidos-desaparecidos en sus familias. Empezaron a ver el Delta de otra manera”.
Ejemplos: “Un chico de secundaria contó cómo su padre le dijo que lo habían obligado a ayudar a meter gente en tambores para fondearlos en el Delta. Otros chicos contaron de barcos llenos de gente sedada. Los llamaban ‘barcos negros’, porque pasaban sin luces a las tres de la mañana”.
Los testimonios coinciden con otra de las prácticas de la maquinaria genocida: los tambores hallados en el canal de San Fernando con restos óseos de desaparecidos. “No solo se tiraba gente desde los aviones en los vuelos de la muerte, sino que en el caso del Delta toda la gente que entrevisté me hablaba de helicópteros, no de aviones, y sobre todo de lanchas que fondeaban”.
A Chicha, como isleña, esta investigación fue algo que le urgía: “Mucho tiempo de cosas raras que yo necesitaba saber”. Cuenta que, durante la dictadura, vivió unos años con su familia en Mendoza –allí nació–, y luego volvieron. Una imagen la persiguió por décadas: “Cuando vivíamos en el arroyo Pescadores, mis hermanos iban a pescar. Ellos vieron helicópteros que tiraban, como si fuera una ristra de chorizos, bolsas al Río de la Plata”.
Marisa cuenta en el libro que al llegar a la quinta con los sobrevivientes, Chicha les pidió perdón: “No supe nada, nada… estaba todo el día metida en los fondos de la quinta o en el río”, cita la autora. Y agrega: “Siempre tuve la impresión de que esa necesidad de justificarse no era una coartada sino una forma indirecta de acusación hacia los que sí sabían perfectamente lo que pasaba puertas adentro de su casa y habían decidido mirar a otro lado”. Sin Chicha, Marisa reconoce que esta investigación no hubiera sido posible.
Ahora, en este lunes helado, en la lancha estacionada frente a la Quinta, el compañero de MU Mariano Randazzo –está trabajando con Marisa la edición de El Silencio en formato podcast– cita un dicho del Delta: “Cada diez casuarinas, dos ojos”.
Chicha coincide: “Acá sabían todos que algo pasaba”.

Massera y lo cotidiano
Hoy la quinta está señalizada. Para el Sueco Lordkipanidse, sería importante que se convierta en un sitio de la memoria que explique el aparato represivo en el Delta, incluso como parte de lo que llama “Circuito ESMA”, con el resto de las casas operativas como las propiedades de Del Viso (localizadas por Marisa), la quinta de Don Torcuato y la de Pacheco. Esta última pertenecía a la familia del represor Fernando Peyón, cerca de donde había cumplido arresto domiciliario el almirante integrante de la Junta Militar Emilio Massera, amo y dueño de la ESMA: también la encontró Marisa, pero desde España, atando cabos y buscando por Google Earth, haciéndose pasar por una inversora para que la inmobiliaria le pasara fotos.
El Sueco cuenta que la quinta El Silencio le pertenece a un uruguayo que se comprometió a no tocarla: “La compró de buena fe. Lo único que requirió es el uso de un dormitorio con una cama, una cocina a gas, lo necesario para que sea un lugar habitable”.
Cuando fuimos, no respondió nadie. Le decimos al Sueco que no nos imaginamos a alguien viviendo ahí después de todo esto, y devuelve: “Lo mismo me pasa en la ESMA: nunca imaginé gente trabajando en un lugar donde fue el séptimo infierno, teniendo una vida cotidiana, yendo con mochilas. Hay que tener muy mala suerte. La diferencia con este hombre es que, entre comillas, no sabía lo que había pasado cuando compró”.
Hay muchísima información que sigue irradiando El Silencio –como lugar bucólico, como método de investigación, como lodo o como un apocalipsis que sigue gritando ahora– y que esta comunidad de Marisa, isleños y sobrevivientes sigue desentrañando: fondeos, posibles enterramientos, nuevos testimonios. Por eso Marisa pide que pongamos su correo electrónico porque siempre, desde la publicación del libro hasta hoy, le llega algún mail de alguna persona que quiere aportar algo nuevo.
Cumplimos: m.r.oleaga@gmail.com.
Dice el Sueco: “Me deja tranquilo que, a pesar del paso del tiempo, surgen Marisas. Esto no se corta porque me vaya yo o se vaya Marisa, porque siempre hay alguien que encuentra una chispita de iluminación que enciende una fogata. Es lo que robustece y saca del lugar de consigna a la memoria y la justicia, y hace realidad que no va a haber ni olvido ni perdón ni reconciliación. Eso me deja toda esta historia como enseñanza, y como esperanza”.

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El «Woodstock ambiental» contra los agrotóxicos: De película

Alarmados por los pesticidas y sus efectos de contaminación ambiental y humana, estudiantes y un maestro de una escuela pública cordobesa empezaron a componer canciones. Convocaron tímidamente a artistas, y se sumaron más de 300. Ya hicieron tres discos y un recital en el campo. Una canción para mi tierra es el film que relata esa aventura que empezó en una comunidad, siguió por decenas de escuelas y tiene contagios en defensa del ambiente y la vida desde España hasta el Amazonas.
Por María del Carmen Varela
«Imagínense un escenario en el medio del campo con estos niños y niñas cantando juntos”, soñó Ramiro Lezcano, el profesor de música de la escuela rural Los Corralitos, en Justiniano Posse, un pueblo de menos de diez mil habitantes ubicado al sudeste de la provincia de Córdoba. Un niño con guardapolvo blanco señala a Los Corralitos: “Esta es mi escuela”, luego su dedo se extiende hacia un vasto territorio en el que abunda el verde y cuenta que en ese lugar se llevará a cabo un show musical. El recital ocurrió en noviembre de 2023 y representa la materialización de un deseo que si bien surgió del impulso de Ramiro, se convirtió en un sueño colectivo que sumó corazones y voluntades de toda una comunidad. Lo que disparó esta historia iniciada hace casi diez años tenía como sello la urgencia de proteger a las infancias del flagelo de las fumigaciones con glifosato a metros de las escuelas. La película de Cactus Cine Una canción para mi tierra estrenada a fines de abril en el cine Gaumont registró durante dos años un proceso que incluye composiciones musicales, lucha ambiental, aprendizaje, perseverancia, tropiezos y un grito infantil a viva voz: “Queremos salir al campo y respirar ¡aire puro!”.

La verdad del Milanés
Durante una clase de música lxs alumnxs contaron al profe Ramiro que un avión fumigador solía sobrevolar la zona. ¿Efectos? Dolor de cabeza, ardor en la nariz, picazón en la garganta, todxs al aula y se quedaban sin poder jugar un picado.
Alarmado por esta situación, Ramiro se cuestionó seguir entonando el Himno a Sarmiento y pasó a otra instancia pedagógica. Volvió con una propuesta que entusiasmó a lxs chicos y chicas: componer temas que contaran lo que sucedía en lo cotidiano. Así fueron asomando las canciones con letra y música de este profesor de filosofía que asumió el rol de enseñar el arte de cantar porque las escuelas rurales de la zona así lo requerían. “Para escribir una canción, ¿qué necesitamos? Poesía”. Con los aportes de lxs alumnxs y la frescura de sus voces el proyecto musical encontró su destino: cantar esa realidad en un concierto al que Ramiro bautizó como “un Woodstock ambiental”.
Con un puñado de canciones listas se les ocurrió convocar a artistas reconocidos para que las cantaran con ellxs. La apuesta apuntaba a darle visibilidad a la temática y lograr que el concierto tuviera mayor impacto. Un alumno sugirió invitar al cantante cubano Pablo Milanés, ya que en una clase anterior habían aprendido a cantar algunos de sus temas. Ramiro dudó y explicó que no era su amigo, que probablemente no podrían llegar a él. Después se arrepintió de su vacilación. ¿Por qué no intentarlo?
En la clase siguiente grabaron un videíto pidiéndole que cante una de las canciones y se lo enviaron por Facebook. A la semana, Milanés respondió, prometió grabar la canción en La Habana y hacérselas llegar. La construcción del sueño iba juntando sus primeros ladrillos.

Del León a La Renga
En 2012 el productor de Cactus Cine, Sebastián Carreras y el director Mauricio Albornoz Iniesta tomaron contacto con información relacionada al glifosato. Durante un tiempo trabajaron junto a un periodista en un proyecto que no prosperó. Sebastián: “Era un dilema de los dos lados de la grieta. Nadie quería hablar de eso y era muy difícil de financiar. ¿Cómo podemos hacer algo con esto? Era una necesidad, pero quedó medio parado porque no terminábamos de darle forma”.
A fines de 2018 Ramiro estaba buscando productora para filmar un video con una de las canciones y envió un mensaje a Cactus. Sebastián y Mauricio estaban en Río Cuarto y aprovecharon la cercanía para ir a conocer a Ramiro. “Nos quedamos charlando como tres horas, fuimos a ver unas clases, grabamos, nos volvimos a Buenos Aires y ya empezamos a pensar en hacer una película. Mauri quería que fuera un documental de observación, de seguimiento, donde tenés que atravesar el proceso de creación de una canción, de ver cómo los chicos se involucran, cómo hacen la letra, la música, nos mandamos con todo a experimentar lo que se vivía en esas aulas”.
Ese registro aparece en Una canción para mi tierra y lxs espectadorxs se convierten en testigos de cómo surgieron las composiciones, del asombro de los chicxs cuando escucharon la guitarra eléctrica del profe que viste remeras rockeras y se sube a una silla para tocar los primeros acordes, del entusiasmo de la maestra Silvia Ghio y de toda la escuela por juntarse a grabar canciones con León Gieco, Chizzo Nápoli de La Renga y Teresa Parodi, entre tantxs otrxs y la expectativa por el concierto en el medio del campo, “en el interior del interior”, como dice Ramiro.
“Seño, seño, mirá el avión”, la voz infantil con el grito de alarma da inicio a Carancho de metal, la forma que encontraron para nombrar al avión fumigador: “acechas desde el cielo/carancho de metal, no tires más veneno” dice la canción.
La primera composición fue Juguemos en el campo mientras Monsanto no está, inspirada en Diablo, ¿estás?, de la inolvidable María Elena Walsh. “Que vuelen muchas abejas / y polinicen tu flor / Que a mi escuelita del campo / no la fumigue un avión”. Fue escrita y grabada antes de que un tribunal popular reunido en La Haya en 2017 encontrara responsable a la multinacional transgénica Monsanto de ecocidio, de violar derechos en salud, ambiente y de entorpecer la libre investigación científica sobre estos temas.

Cambiar las cosas
Estas dos páginas de MU no alcanzarían para mencionar a la cantidad de artistas que pusieron sus voces, sus instrumentos, sus conocimientos técnicos para que Canciones urgentes para mi tierra, La última trinchera y Mensajes de tierra adentro, los tres discos producidos hasta ahora sonaran con altísima calidad. Las canciones fueron grabadas en diferentes estudios del país y también en Colombia, Chile, Rumania, Brasil, Estados Unidos, Alemania, España e Italia.
En el tema Agua va cantan Marcelo Moura, Leo García, Benito Cerati y Ulises Butrón toca la guitarra acústica. En La tierra que soñamos, ponen voces María Rosa Yorio, Dyango, Víctor Heredia y la murga uruguaya La Buchaca, entre otrxs.
Participaron además once escuelas de Marcos Juárez, Saira, Monte Leña, San Marcos Sud (Córdoba) y Bouquet (Santa Fe) y otras tantas escuelas invitadas. Cuenta Ramiro que hace días tuvieron una reunión virtual con una escuela de España que se quiere sumar. “Es maravilloso que se sigan contagiando, este proyecto dejó de pertenecernos, es mucho más amplio y plural donde entran en juego muchos otros actores y eso lo celebramos”.
La película sigue en cartelera a más de dos meses del estreno. Antes giró por festivales internacionales y ganó más de una veintena de premios, como el de Mejor Película Ambiental del año, otorgado por la Green Films Network en Emiratos Árabes Unidos. Recibió el Premio del Público y una Mención especial del Jurado en el Festival de Biarritz Cinema et Cultures d’Amérique Latine, en Francia. En Argentina ganó como Mejor Película en la Competencia de Graduados del Festival Internacional de Cine de la UBA.
Mauricio: “No hubo reacciones así con películas anteriores. Conectás con esas personas que trabajan en lo cotidiano para cambiar las cosas. Cuando conocimos a Ramiro supimos que teníamos que dar a conocer esta historia”.
Desde el principio Ramiro confió en la potencia de este proyecto en defensa de la vida: “Estamos en un momento de mucha alegría. Desde que comenzamos con la primera canción hace casi diez años nunca el proyecto había tenido tanta visibilidad como ahora con la película. Ha sido el puente sensible que conectó una realidad con un público al que de otra manera no hubiéramos llegado. Todo eso hoy se plasma en la página web y en la película que son parte de este gran sueño”.
¿Por qué un “Woodstock ambiental”? Ramiro explica que el nombre que le asignó a esta aventura de organizar un concierto con las canciones creadas en las clases de música no tiene que ver con “una cuestión de grandilocuencia en cuanto a la masividad, sino desde un lugar político, social, para mostrarles a lxs alumnxs que en ese concierto había una declaración de intención y que la música iba a estar cargada de contenido. Queríamos tocar y cantar en vivo, con cien pibes en el escenario, invitar a artistas. La filmación de toda esta historia fue un gran motor”.
Ramiro proyectó en la escuela imágenes del Woodstock de 1969. “No solo fue un concierto, sino que levantó las banderas de la utopía, de un paradigma que se venía cayendo después de la Segunda Guerra Mundial. Los jóvenes empiezan a tener voz en una sociedad que les daba la espalda, aparecen en Estados Unidos los hippies y Woodstock fue una manifestación que nadie se esperaba. Un millón de personas levantando las banderas de la paz, repudiando la guerra de Vietnam. Una cuestión política, que surgía desde el arte”.
En el documental le preguntan a Ramiro cómo pensaba armar la logística del recital en los términos en los que él lo planteaba. Su respuesta fue: “Ah bueno, después vemos”. Y no era despreocupación o negligencia sino un impulso vital. “Tiene que ver con animarse a soñar y dejar que las cosas fluyan. Yo nunca me imaginé que Pablo Milanés iba a sumarse al proyecto. Pasaron dos meses y estaban él y 40 artistas más. Las cosas tendrán que caminar, me dije, y tendremos que invitar y tendremos algunos no, pero muchos sí. Y cuando se filmó la película ya teníamos 300 artistas que habían grabado las canciones. Artistas que nunca hubiéramos imaginado, como Billy Bond, Jairo, Rubén Blades y tantos otros. Era un desafío, algo casi impensado, y se hizo gracias a la voluntad de muchas personas”.

La Amazonía y la mariposa
En un pueblo rural como Justiniano Posse, en el que la mayoría de la gente vive del campo, no fue fácil llevar adelante el proyecto. Hubo oposición y amenazas. La tenacidad y las ganas de Ramiro y sus alumnxs fue clave para no desistir y la red de colaboradorxs que no dudaron en brindar su apoyo tuvo un enorme peso en la concreción de esta maravilla sostenida en el tiempo.
El concierto del 12 de noviembre de 2023 reunió a más de 7.000 personas y se hizo, tal como Ramiro había soñado, en el medio del campo. Sebastián confiesa que cuando se instaló la idea de que lxs alumnxs cantaran las canciones en vivo pensó en una fiesta de fin de curso en el colegio. “Pero Ramiro empezó a hablar de un Woodstock y pasaba las imágenes en la escuela, con miles de personas y yo pensaba: uy, nosotros somos productores de cine, armar un espectáculo musical es otra cosa”.
Hubo muchas complicaciones y por momentos perdían la esperanza de poder concretarlo. Muchos sugerían hacerlo en Córdoba Capital, en Villa María o en Rosario. Ramiro se opuso porque sentía que cambiaba el sentido del concierto y, como explica Sebastián, “la gente de las zonas rurales siempre va a otros lugares, acá es al revés, los artistas van al campo”.
Una vez subido al escenario junto a sus alumnxs, en ese día tan esperado, con remera de Los Beatles y campera roja, Ramiro dijo al micrófono: “Recién un medio me preguntó si esto es contra el campo. ¿Cómo va a ser contra el campo si nosotros somos el campo? Esas que están allá son las escuelas rurales. Somos productores también pero producimos canciones, arte, desde un lugar hermoso que es el campo”. Y el “Woodstock ambiental” arrancó.
Mauricio y Sebastián filmaron durante dos años e iban a Justiniano Posse cada 15 o 20 días. El tiempo transcurrido hizo que establecieran un vínculo con lxs niños y una vez finalizado el concierto y la filmación, decidieron seguir yendo una vez al mes. Mauricio: “Distintos integrantes de la productora vamos a dar talleres de cine. Tienen muchas cosas para decir y hacen sus propios cortos, son realizadores audiovisuales. Hicieron un corto de ficción y un documental que proyectaron en el pueblo, todos se acercan a ver lo que hicieron, ellos cuentan y responden preguntas”.
Varixs de lxs alumnxs ya están en la escuela secundaria, otrxs terminando la primaria. Ramiro: “Están comprometidos con lo que está pasando con la película, ven que sus canciones se empiezan a escuchar, recuerdan los conciertos a los que nos invitaron a cantar, como el de La Renga, Divididos. Es revivir estos diez años. En muchas escuelas están componiendo canciones con lo que les pasa, el proyecto es faro para otra realidad y eso es maravilloso. Si la película se proyecta en algún lugar y por la logística no podemos llevar a niños de acá hasta allá, van niños del lugar, aprenden la canción y cantan con nosotros. Siguen siendo las infancias las que cantan las canciones. El proyecto no depende solamente de los alumnos que grabaron y está bueno que así sea”.
Las fumigaciones disminuyeron un poco y en algunos lugares avisan antes de que pase el avión. “En otros lugares cercanos –reconoce Ramiro– sabemos que es complicado porque hay un modelo productivo y somos rehenes. La película nos interpela sobre el mundo en el que vivimos y en el que vamos a vivir. Este tema es tabú en estas regiones y es importante que se generen debates sobre el modelo productivo, ojalá la película sea el disparador. Está declarada de interés nacional, está bueno que venga de esos espacios porque ahí es donde se toman las decisiones”.
Sebastián, Mauricio y Ramiro adelantan que están trabajando en la segunda parte de la película. “Estamos en una etapa temprana de desarrollo, la idea nace porque conocimos al grupo de rock Aterciopelados, que quedaron fascinados con Rami y los chicos y nos dijeron: tienen que venir a hacer un Woodstock ambiental en la Amazonía colombiana” cuenta Mauricio. Por supuesto que se preguntaron ¿por qué no?, y el proyecto es que Ramiro y Héctor Buitrago, de Aterciopelados, recorran comunidades indígenas de Colombia, Brasil, Perú y que lxs niñxs compongan una canción colectiva por la selva y celebren un concierto que, en esta oportunidad, será en la triple frontera entre dichos países.
Los tres discos que ya llevan editados junto a textos e ilustraciones pueden escucharse y disfrutarse en la web cancioneurgentesparamitierra.com. También hay una galería de fotos que documentan el recorrido de este grupo de personas que se animaron a soñar en grande. Con la ternura intacta, la mirada confiada y la capacidad de acción, regalan muchas cosas, incluida esta:
“Somos la voz que viaja / ligera por los caminos, / despertando la conciencia, / forjando un nuevo destino / Cuidamos la flor, / el agua y la mariposa, / pobre de aquel que no entienda / que la vida no se negocia”.

La escuela, el asombro, las sonrisas. La posibilidad del arte para cambiar una realidad.
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