Derechos Humanos
Estela, 95 años y 140 nietos recuperados: ¡que los cumplas feliz!
Hoy cumple 95 años Estela Barnes de Carlotto, actual presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo. Su utopía era la de una vida normal. No pudo ser: la directora de escuela “antiperonista y aburguesada” sufrió el secuestro de su marido primero (liberado tras el pago de un rescate a los grupos de tareas) y más tarde el de su hija Laura, que parió en cautiverio y luego fue fusilada por la espalda. Para Estela comenzaba otra historia. Desde los gritos ante la Rosada, los cumpleaños simulados y las búsquedas insólitas, hasta el hallazgo de 140 vidas e identidades. ¿Qué simbolizan Abuelas? Modos posibles de ser y de hacer, frente a lo peor, y sin odio. Acción más que los discursos. Carácter, eficiencia y alegría. El efecto Milei y un consejo abuelístico. La nota publicada en MU, como humilde homenaje a una mujer. Y al Estilo Estela. Por Sergio Ciancaglini.

Tal vez sea una persona rara: no odia a nadie.
Esta señora que hoy cumple 95 años va a contramano del agujero negro cultural, político y mediático que ha convertido al odio en un lugar común, una guerra cotidiana. Le han dado sobrados argumentos para odiar, pero no hay caso. “No me sale”, dice sonriendo. De pronto se pone muy seria, señala la mesa y me ordena abuelísticamente: “Te dije que te comas esa bola de fraile”.
Aquí se narran algunas aventuras y desventuras de esta señora, de un grupo insólito de mujeres y de una tecnología que les permitió:
actuar en momentos de desquicio,
sin ninguna ideología, doctrina o tutorial que las guiase,
en la peor de las situaciones imaginables o inimaginables,
y descubrir pese a todo formas de acción con logros que ya son parte de ciertas hazañas de la historia humana.
Golpe y mafias
Enriqueta Estela Barnes, clase 1930, fue siempre la Ñata para su familia. Infancia feliz en Villa Sauce, La Pampa, con su papá como jefe de Correos. Familia amorosa, dos hermanos, regreso al universo bonaerense y platense, y ella se convirtió en docente y luego directora en Brandsen de una de las llamadas Escuelas Láinez, de zonas marginales. “Los años en esa escuela fueron de una felicidad enorme para mí” dice la señora. Ñata se casó con el joven Guido Carlotto que tenía una pequeña fábrica de pinturas en Avellaneda y luego en La Plata. Pareja con proyecto utópico: “Queríamos una vida normal y tranquila. Tener nuestros hijos, con el tiempo jubilarnos, y cuidar nietos en una familia en la que no hubiera sillas vacías”.
Parió Estela dos varones y dos nenas. La mayor era Laura, nombre inspirado en una película de amor y suspenso de Otto Preminger protagonizada por Gene Tierney. La vida en los 70 se politizó al infinito. “Guido y yo votábamos a los radicales, a Ricardo Balbín, que encima era vecino nuestro en La Plata. Pero no me interesaba nada la política, y era muy antiperonista, muy esa cosa aburguesada”. Al revés, los Carlotto Jr., se lanzaron a la militancia en la Juventud Peronista.
En 1973 los jóvenes celebraron el triunfo de Héctor Cámpora contra el candidato de sus padres, pero sobre todo contra la dictadura que proscribía al peronismo. Luego festejaron el triunfo del propio Juan Perón también contra Balbín. En 1976 se produjo el golpe. “Estábamos asustados por nuestros hijos. Laura estaba en prensa de Montoneros. Queríamos que se fuera del país. Lloraba porque desaparecían sus compañeros, pero no quería irse. Les respetamos a nuestros hijos siempre sus proyectos y decisiones”. El trasfondo: no se educa para que los hijos hagan lo que quieren los adultos, sino para que sean libres de hacer sus propios proyectos.
Pero el primer desaparecido de la familia no fue de la rama juvenil, sino papá Guido, el conservador votante de Balbín, el 1º agosto de 1977. El amor y el suspenso se hicieron realidad. “Laura le había pedido la camioneta para una mudanza. Allanaron la casa de la que se había mudado, mi marido fue a buscarla y allí lo secuestraron”. Los militares lo intentaron con la propia Estela pero ella no estaba en su casa: “Por eso no fui yo también una desaparecida”. La propia idea de la desaparición era impensable entonces: “Yo creía que debían estar detenidos en alguna parte”.
Pidió licencia en la escuela y empezó la primera de sus búsquedas. Estuvo en el arzobispado platense, apareció un contacto en nombre de un profesor de la ultraderechista Concentración Nacionalista Universitaria (CNU) llamado Recalde Pueyrredón “que andaba siempre con un perro de policía”. Extorsionaron a Estela pidiéndole 40 millones de pesos (80.000 dólares negros, hoy “blue”, de aquellos tiempos), lo que demuestra cómo la represión que iba a salvar a la Patria era en realidad un negocio mafioso. Estela corrió a pedir préstamos para completar esa cifra y pagó. Habló con el general Reynaldo Bignone que luego sería comandante del Ejército y presidente de este extraño país. A los 25 días, no se sabe si por el dinero o por los contactos, Guido fue abandonado vivo en un basural de Lanús. “Estaba hecho un espectro, pesaba 15 kilos menos. Nunca se recuperó del todo”. Lo peor: “Contó cómo policías y militares torturaban personas para sacarles información, las inyectaban hasta desmayarlas o matarlas, y después las metían en bolsas que se llevaban. El horror”. El objetivo militar: la aplicación de un plan económico ultraliberal a cargo de José Alfredo Martínez de Hoz, la llamada “patria financiera”, con miles de obreros secuestrados y desaparecidos y visitas frecuentes de miembros de la hoy mentada perrunamente Escuela Austríaca a la Bolsa de Comercio y encuentros con el dictador Jorge Videla.
En noviembre de ese 1977 fue secuestrada Laura junto a su marido, Walmir Montoya. Los Carlotto no sabían que estaba embarazada. Estela salió a buscar a esa hija esfumada. Un secretario de monseñor Plaza fue contacto para la nueva extorsión de Recalde Pueyrredón en nombre de policías y militares. La ironía panadera anarquista del siglo XIX convertida en terror cotidiano, con esa madre desesperada y el país sometidos a vigilantes y bolas de fraile. Esta vez le exigieron 150 millones de pesos, que el matrimonio logró reunir y pagar. Ella volvió a ver a Bignone en el comando en jefe del Ejército. “Estaba como loco, con una pistola arriba del escritorio, gritando. Le dije que si Laura era culpable la juzgaran, pero no que la mataran. Me dijo: ‘En Uruguay tienen presos a los Tupamaros y es peor, convencen a los guardias. Acá hay que hacerlo’. Eso quería decir: acá hay que matarlos”. Ella respondió: “Si ya la mataron, devuélvanme el cuerpo, no quiero volverme loca buscando en las tumbas NN de los cementerios”.
Estela pudo saber por una liberada que Laura estaba embarazada. Que quería que su hijo se llamase Guido si era varón. Seguía recorriendo comisarías hasta que su consuegra Nelba Falcone, madre de María Claudia Falcone (estudiante secundaria de 16 años que reclamaba el boleto escolar y fue una de las seis adolescentes asesinadas tras su secuestro en la Noche de los Lápices, en 1976) le dijo: “No estés sola. Hay otras abuelas que buscan”. Así conoció al grupo Abuelas Argentinas con Nietitos Desaparecidos, primer nombre de Abuelas de Plaza de Mayo. En 1978 la convocaron de la Comisaría 9ª y le dijeron: “Su hija ha fallecido”. Atinó a responder: “Asesinos”. No quiso ver el cuerpo. Tramitó su jubilación como docente: “Ya no iba a poder estar en esa escuela que amaba”. Se dedicó literalmente con alma y vida a buscar con las Abuelas a cada uno de los bebés secuestrados por la dictadura, tarea que en ese momento parecía totalmente absurda.

Gritar ante la Rosada
Estela posa para las fotos en la sede de Abuelas de Plaza de Mayo: “Nunca hay que perder la sonrisa”, dice. Retoma la historia. “En Abuelas no queríamos que vinieran nuestros maridos. Para los malditos los hombres eran peligrosos y las mujeres éramos unas bobas, que no servimos para nada. Se equivocaron feo, ¿viste? La primera vez que fui a la Plaza me llevaban de la mano entre otras dos Abuelas. Yo tenía miedo. Era impresionante. Todavía no se hacían rondas. Nos acercábamos a la Rosada y gritábamos: ‘salgan, digan dónde están’. Los asesinos no abrían la ventana, y nos sacaban fotos desde arriba”.
Difícil imaginar mayor muestra de valentía que el de ese puñado de madres y abuelas desafiando a los gritos desde la calle a una dictadura sangrienta. Para hacerlo, además, ignoraron a partidos políticos y organismos de derechos humanos que, por lo que fuera, eran de los que planteaban que hacer eso era una locura, que derivó en el mote de “locas de Plaza de Mayo”.
En esa escena de las mujeres frente al poder militar absoluto, ¿dónde estaba la locura y dónde la racionalidad? ¿Dónde estaba el coraje y dónde la cobardía? Las protagonistas: “Algunas éramos docentes, otras ni habían podido hacer la primaria, otras profesionales, jubiladas. Pero todas abuelas impecables” cuenta sobre esas señoras hasta entonces dedicadas al hogar, los teleteatros, sus trabajos, votando a Balbín o como me confesó una de las emblemáticas fundadoras y anterior presidenta de Abuelas, Chicha Mariani: “La verdad es que yo lo había votado a Paco (Francisco) Manrique” (militar que intervino en la Revolución Libertadora).
Las mujeres no sabían qué hacer: “Nos decían que un chiquito en una escuela podía ser uno de los nietos que buscábamos, porque lo llevaban con custodia. Una se escondía detrás de un árbol con una máquina de fotos, otra hacía como que esperaba un nene. Era una tontería, una fantasía de que así podríamos verlos. Pero al menos hacíamos algo. Veíamos a jueces que nos mentían, o nos maltrataban”. Por ejemplo, la jueza Delia Pons, del Tribunal de Menores de Lomas de Zamora, les dijo: “Solo sobre mi cadáver van a obtener la tenencia de esos niños”. Hablaban por los viejos teléfonos en clave: el señor Blanco era el Papa, y se referían a sus nietos desaparecidos como “flores” o “cacharritos”. Se encontraban en la porteña confitería Las Violetas para poder hablar pero simulaban un cumpleaños y cambiaban de tema cuando se acercaba un mozo. “Nos acompañábamos, también peleábamos, pero todas hicieron un trabajo increíble” dice Estela. En 1985 el cuerpo de Laura fue exhumado por el Equipo de Antropología Forense: “Vi sus huesitos, su pelo, las balas. Le habían disparado por la espalda, a la cabeza, a 30 centímetros. Por la pelvis se demostró que había tenido un hijo. Allí hice el duelo”. Su otro duelo fue en 2001 cuando falleció Guido, su marido.
El resultado más visible de lo hecho por Abuelas hasta hoy tiene una cifra: 140 nietos y nietas con una historia recuperada. Uno de ellos es Ignacio Montoya Carlotto.

Consejo para nietas
La charla y la experiencia de Abuelas son técnicamente infinitas. Estela salta al presente y define a Milei. “Me indigna por su falsedad, por todo lo que tiene tan feo como persona. Su proyecto es dejar un país diezmado y arrasado. Insultar y humillar. Creo que hay cada vez más gente arrepentida. Ni hablar con la corrupción que ya se sabe que hay. Cuando ganó yo estaba con dos de mis nietas adolescentes. Les dije: ‘No lloren más. Acá empieza la lucha. Hay que pelearla. No lloren, chicas, todo pasa en la vida. La vamos a pasar mal, pero no es para siempre. Hay que seguir haciendo cosas como hicimos toda la vida, respetando, y sin ofender a nadie”. El diagnóstico: “Milei me resulta un hombre increíblemente malo”. Dice que nunca fue de insultar: “No le deseo la muerte a nadie, solo me sale pensar que ojalá les cambie el cerebro y actúen distinto. Si alguien es un asesino no digo que es, perdón, un hijo de puta: con decir que es un asesino, ¿qué hay peor? Soy tranquila. Me gusta decir la verdad sin ofender, y si es necesario, ofendo pidiendo disculpas”.
Por esas cosas las Abuelas son un caso de autoridad. También de investigación e inteligencia, capacidad de trabajo, acciones más que discursos, paciencia, voluntad, decisión, todo construido a base de desesperación por la vida, amor y guapeza. El amor para ellas no es una gesticulación con los dedos ni un emoji en las redes.
Simbolizan la dignidad, la identidad, los derechos, la memoria. ¿Cómo sería una persona sin esos atributos? Tal vez un zombi o un fantasma. Se estima que lo mismo le puede pasar a una sociedad.
Son mujeres que han llorado, pero nunca lloriquearon ni fueron quejosas, teniendo muchos más motivos que gran parte de los quejosos en loop.
Pudieron actuar juntas porque las unía un proyecto, no una discusión teórica o doctrinaria. Siempre hablaron poco e hicieron mucho, al revés que gran parte de ese conjunto estrafalario denominado “dirigencia”.
Si tuvieron miedo, no las paralizó, y lo superaron haciendo cosas juntas. Actuaron con sentido común, entendido como pensamiento, sentimiento y acción. Estuvieron siempre llenas de ideas, pero no dan sermones ni venden conferencias. Transmiten serenidad y lograron una eficiencia inédita. Hablaron y hablan mirando a los ojos. Nunca quisieron hacer justicia por mano propia. Jamás propusieron la violencia. No postulan la venganza sino la reparación del daño. Tienen un carácter fuerte que ha sabido plantársele a criminales de Estado, a líderes mundiales, a obispos mudos o corruptos, a jueces impresentables, a la política zombi. Pero ese carácter es alegre. La potencia de la alegría de las Abuelas debería ser un tema de estudio, aprendizaje y contagio para imaginar cómo crear otros horizontes.
Sin alardear de nada resolvieron problemas de una complejidad inconcebible y siempre hicieron verdadera política sin funcionar como panelistas mediáticas. No les interesan la fama ni los seguidores. No hablan de cambiar el mundo, pero sembraron el mundo con la certeza práctica de que las cosas pueden cambiar. El proyecto parece modesto: Estela dice que le gusta lograr cosas que sean “buenas, útiles, sanas y positivas”. Los resultados son asombrosos.
Ya no hay facturas sobre la mesa. Estela cuenta: “Lo que me hace feliz es seguir encontrando nietos. Es un triunfo maravilloso de la vida”. Un auto espera para llevarla a su casa de Tolosa. “Me voy a descansar un poco pero ya te dije: no es que soy vieja, sino que tengo mucha juventud acumulada”.
Nota
Se confirmó el procesamiento del gendarme Guerrero por el ataque al fotógrafo Pablo Grillo

El gendarme Héctor Guerrero será procesado por el ataque que hirió gravemente en la cabeza al Pablo Grillo el 12 de marzo pasado (la foto de portada muestra a Pablo durante su recuperación, que aún continúa). La Sala II de la Cámara Federal porteña ratificó la decisión de la jueza María Servini que había sido apelada por el acusado. Además, pidieron investigar las posibles responsabilidades de quienes estuvieron a cargo del operativo. Presentamos aquí la información del diario Tiempo Argentino, uno de los integrantes de la Unión de Medios Autogestivos.
La Sala II de la Cámara Federal de Apelaciones confirmó el procesamiento del gendarme Héctor Guerrero por las lesiones gravísimas producidas al fotógrafo Pablo Grillo y por el abuso de armas en otras cinco oportunidades durante la manifestación de los jubilados del 12 de marzo pasado.

El gendarme Héctor Guerrero el día de su declaración ante la jueza María Servini.
El fallo de la Cámara lleva las firmas de los jueces Eduardo Farah, Martín Irurzun y Roberto Boico. En su voto, Boico además, exigió que se profundice la investigación por las eventuales responsabilidades de las autoridades a cargo del operativo.
La situación del gendarme Guerrero había llegado a la cámara de apelaciones luego de un planteo de la defensa del acusado en la que pidió revocar el procesamiento como presunto autor del disparo con una pistola lanza gases contra Pablo Grillo, quien sufrió heridas gravísimas durante la represión policial a aquella protesta de jubilados en el centro porteño.
El planteo de la defensa se produjo en el contexto de varias resoluciones judiciales polémicas que se dieron durante en la semana posterior al triunfo electoral de La Libertad Avanza (LLA), que tuvieron como principales beneficiarios a Mauricio Macri y Javier Milei, y como principales perjudicados a Cristina Kirchner y Guillermo Moreno. Sin embargo, el oportunismo no funcionó y este viernes los tres camaristas le dio un revés al gendarme al entender que el acusado debe ir a juicio.
Guerrero, asistido por los abogados Martín Sarubbi y Claudio Nuncija, solicitó revertir el procesamiento que oportunamente había sido dictado por la jueza federal María Servini. La defensa sostuvo que no está acreditado que el gendarme haya sido el autor del disparo y afirmó que su conducta se ajustó a los protocolos vigentes para el uso de armas lanzagases.
En tanto, el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), que interviene como querellante, respaldó la resolución de Servini y la validez de las medidas de prueba, entre ellas el relevamiento en el lugar del hecho, un informe balístico de la Policía de la Ciudad y la reconstrucción denominada “Mapa de la Policía”, elaborada por realizadores audiovisuales y peritos forenses.
Por Claudia Acuña
La CIDH en su informe anual de 1987 lo sintetiza así:
“ La Corte Suprema de Justicia de Argentina falló el primer caso llevado a la más alta instancia judicial en ese país y otorgó la tenencia de Laura Ernestina Scaccheri a la familia natural, con quienes vive desde marzo de 1986. Los padres de Laura desaparecieron después de su detención y su paradero aún hoy se desconoce. En 1985, las Abuelas de Plaza de Mayo ubicaron a Laura viviendo con una familia que la había recibido en julio de 1977. En marzo de 1986, un juez federal ordenó la restitución a los parientes consanguíneos. La familia apropiadora apeló y la Cámara Federal de la Plata revocó ese fallo; sin embargo los parientes de sangre presentaron recurso extraordinario ante la Corte Suprema la que falló a su favor en forma definitiva el 29 de octubre de 1987”.

Foto Julieta Escardo para el libro Mujeres y violencias/ libros Noveduc
La noticia de la muerte de Eva Giberti me llevó directo a aquel día y me obligó a buscar los datos más precisos en mi archivo, aunque los otros, los importantes, son imborrables. En aquellos años el periodismo me había permitido investigar algunas de las desapariciones de esas infancias secuestradas y por ese motivo había establecido una relación profesional con Leopoldo Schiffrin, por entonces secretario penal de la Corte Suprema.
Uno de esos días de la recién recuperada democracia me citó en su despacho y me pidió algo concreto: había llegado el primer caso de restitución y tenía un pequeño margen para completar la investigación que heredaba de las instancias judiciales anteriores. Lo que necesitaba, concretamente, era la opinión de una persona experta que pudiera analizar si la restitución beneficiaba o perjudicaba a la criatura. Lo dijo así y no fue necesario que pusiera esa afirmación en el contexto de la época: la mayor autoridad internacional en psicología infantil, la francesa Francoise Dolto, había manifestado públicamente su oposición y aunque años después pidió disculpas por su ignorancia –también lo dijo así– en aquel momento se transformó en un argumento de prestigio citado por quienes defendían a los apropiadores.
No tuve dudas en quien era la persona adecuada para la tarea. Había leído el libro de Eva sobre adopción, donde analizaba de manera profunda y sin maquillaje las preguntas y respuestas sobre la identidad que sembraba ese vínculo entre hijos, hijas y padres y daba un paso más allá: ponía bajo la lupa del psicoanálisis, la antropología y la filosofía el tema de la crianza en tiempos en los que nadie creía que los bebés tenían ni memoria ni sentimientos.
Con la facilidad que otorga el periodismo a las citas entre personalidades y desconocidos, la llamé. Fue la primera vez que iba a su coqueto piso de la calle Uruguay. No se sorprendió cuando le revelé la verdadera causa del encuentro, tampoco se maravilló. Simplemente me dijo: “Hay que trabajar mucho y en serio”. Así lo hizo.
No volví a ver ni a Schiffrin ni a Eva así que ignoro cómo fue el proceso que implicó su participación, pero cuando finalmente accedí al resultado lloré. Eva describía escena por escena el saqueo genocida que produjo las desapariciones. Luego se detenía en la situación descripta por lo apropiadores al encontrarse con la beba, que por entonces tenía dos meses. Estaba sola en una sillita arriba de la mesa de la cocina y debajo de una lámpara desnuda: del cable solo colgaba una bombita de luz. Los apropiadores eran vecinos que fueron convocados por la patota para que les den información sobre la pareja que vivía en esa casa. A cambio le ofrecieron “llévense lo que quieran”.
Se llevaron a la bebé y una garrafa.
En su declaración judicial la apropiadora narró que durante días y días la beba no paró de llorar. Agotada, tuvo una idea: ponerla en la misma situación que la encontró. La colocó entonces en su sillita arriba de la mesa de la cocina, justo debajo de la lámpara, pero recién cuando quitó el artefacto que la decoraba y dejó la bombita desnuda la beba paró de llorar. Eva dictaminó que esa lámpara era su mamá. Probó así que los bebés de dos meses tenían memoria y sentimientos. Dimensionó la herida que le produjo la desaparición de sus padres: era enorme, como ese llanto continuo e inconsolable.
Obviamente no fue lo único que evaluó la Corte para otorgar la restitución, pero sí lo que mejor describe el método Giberti: ser sensible es ser inteligente. Ser trabajadora “mucho y en serio” es ser profesional.
Podría recordar también a la Eva periodista, porque ese fue su origen –comenzó en el diario La Razón en los 60; en los 90 fue una de las diez aportantes que permitió fundar la revista El Porteño, donde también escribió- o resaltar la importancia que tuvo para la generación de padres y madres que se crio escuchándola en las tardes de Sábados Circulares, el legendario y ultra popular programa de televisión conducido por Pipo Mancera. La mía anotaba todo lo que decía Eva.
Pero para despedirla prefiero recordarla como mi psicoanalista. Recurrí a ella tiempo después de aquel primer encuentro, cuando ya tenía un trabajo de cierta jerarquía en Página 12, un diario que me hacía llorar la maternidad. La sesión era en su departamento a donde me esperaba con pañuelos descartables, un delicioso té servido en tazas de porcelana y masitas de diseño: la terapia perfecta para una madre agotada y una trabajadora maltratada. Un día, en un alto de mis lamentos, me señaló el retoño de un gingko biloba que crecía en su balcón. Me contó que es una especie milenaria que nació antes que los dinosaurios, que fue capaz de acumular experiencias para transformarlas en delicados mecanismos de defensa hasta convertirse en la única que sobrevivió a la bomba de Hiroshima: no solo volvió a brotar, sino que fue capaz de dar semillas para expandirse como símbolo de resistencia y esperanza. Además es hermosa.
Me quedo con eso.
Derechos Humanos
A 40 años de la sentencia: ¿Qué significa hoy el Juicio a las Juntas?
Este martes 9 de diciembre se cumplen 40 años de la lectura de la sentencia del Juicio a las Juntas Militares. Habrá un acto en la Corte Suprema de homenaje a los jueces Carlos Arslanián, Ricardo Gil Lavedra, Guillermo Ledesma y Jorge Valerga Aráoz (fallecieron los otros dos integrantes de aquella Cámara Federal: Andrés D’Alessio y Jorge Torlasco).
Testigo privilegiado de muchas de las audiencias por su cobertura para el diario La Razón, Sergio Ciancaglini, actual periodista de MU y coautor del libro Nada más que la verdad (junto a Martín Granovsky) repasa escenas, revelaciones y el contexto de una experiencia inédita en el mundo en la que por primera vez se juzgó un crimen masivo cometido desde el Estado por una dictadura.
Los testigos, los alegatos, las sorpresas, la ubicación de la locura y de la cordura. Los gestos de Videla, Massera y Viola. Los testimonios de las mujeres sobre los ataques y violaciones que sufrieron. El antisemitismo militar. El peso desde el cual los médicos calculaban que era factible torturar. El sitio de lo impensable, y la proyección de aquella historia pensando en los derechos humanos del presente.
Por Sergio Ciancaglini


ActualidadHace 2 semanasItuzaingó: los trabajadores ocupan la fábrica de ascensores Cóndor y proyectan una cooperativa

Derechos HumanosHace 4 semanasA 40 años de la sentencia: ¿Qué significa hoy el Juicio a las Juntas?

ActualidadHace 4 semanasMendoza en caravana hacia la capital provincial contra el proyecto minero San Jorge

ComunicaciónHace 2 semanas19 y 20 de diciembre: La crónica que nos parió

NotaHace 1 semanaMatar por matar: la violencia policial porteña y el crimen en Lugano de Gabriel González



























