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El amor después del amor

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Una crónica sobre el día después de la eliminación argentina. Conversaciones, cuentas, viajes, broncas y esperanzas. Las ceremonias de despedida de los argentinos del Mundial y de Rusia. 

Por Ariel Scher desde Kazán

Un cincuentón enfundado con la camiseta de River mira la mezquita Qul Sharif, dice “qué maravilla, qué maravilla”, se calla porque registra el eco de su teléfono móvil y, después, ya no dice “qué maravilla, qué maravilla” porque lo que dice es “¿a cuánto abre mañana el dólar?”. Un cuarentañero que jamás falta a los mundiales y jamás hace faltar a su remera de Maradona de los mundiales descubre que la palabra “Kazán” viene de la palabra “cazuela”, se asombra bastante y conjetura: “La vida sería perfecta si uno pudiera estar todo el tiempo de viaje, todo el tiempo en los mundiales y ojalá que con Argentina adentro”. Un treintañero argentino que llegó al Mundial desde su casa en un pueblo de España todavía hace fuerza para que la última pelota de los octavos de final frente a Francia no esté perdida, afirma que la Catedral de la Anunciación figura entre lo más lindo que vio en el mundo y, con una seguridad idéntica, vuelve a acordarse del fútbol y promete: “La próxima vez será”.
Un poquito más de mil años tiene Kazán y es difícil sacar la cuenta de cuántos domingos suma su historia. Fácil, en cambio, es concluir en que en ninguno de sus domingos de más de mil años tuvo tantos argentinos. “Yo me voy a Helsinki”, anuncia uno que, en la peatonal del Centro, enseguida consulta: “¿Está buena Helsinki, no?”. “Yo tengo una entrada para Uruguay-Francia. ¿Quién se prende conmigo?”, invita otro que, aun sin la Selección Argentina, conserva inquietud por el campeonato. “Helsinki me tienta poco, me voy un día a Budapest o a Praga. Tengo 25 años, qué se yo cuándo voy a poder viajar de nuevo”, devuelve una muchacha vestida con la 10 de Messi que ruega que no le charlen sobre la cotización argentina de los billetes verdes, que no necesita que le repitan que, al empezar sus planes de mundial, esos billetes se pagaban a cierta distancia de los 30 pesos. “El miércoles vuelvo a ser bancario”, se sincera uno que evidencia que su futuro laboral en el microcentro porteño lo entusiasma bastante menos que enfocar a la Torre de Soyembika, torcida y emblemática de Kazán.
Si Fito Páez escribió sobre lo que ocurre con el amor después del amor, los argentinos en Kazán, con el recuerdo inmediato de la frustración de su equipo frente a Francia en los octavos de final, con sus entradas en las valijas como documento triste pero documento al fin, protagonizan lo que sucede con la derrota después de la derrota. “En el Mundial de Brasil tuvimos más suerte que acá”, mide un neuquino que ya durmió en la mitad de los hostels de Rusia y que promete aprender tres palabras en tártaro dado que anda en tierra tártara. “¿Cuál fue la última vez en que no dependimos de la suerte?”, le replica un hincha protegido por una camiseta histórica de San Lorenzo (de las que se abotonan adelante) que elige cerrar su Mundial tomando sol en los bordes del lago Monasterio. Lo explica ese hincha (lo de depender de la suerte, no; lo del sol explica): “Aprovechemos ahora. Allá, en Buenos Aires, en julio, el sol no calienta nada y la que está caliente, con razón, es mucha gente”.
Como si los bares de Kazán fueran los de Mataderos o los de una esquina rosarina, los argentinos y las argentinas desovillan razones y sinrazones de la actuación de su equipo sobre los pastos rusos. Sin embargo, el fútbol de este tiempo suele ser pariente de la fugacidad: ese eje temático les dura poco. Más que eso, conversan sobre cómo disfrutar de las horas o de los días que les quedan lejos de casa y de las tensiones nacionales que circundan a cada una de sus casas. Contra cualquier mito, a muchos y a muchas no es correcto ubicarlos entre las minorías acaudaladas del país. Muchas y muchos y ahorraron mango tras mango y pasión tras pasión para estar con los ojos expectantes sobre Messi y sus compañeros. Por eso, aceptando que esa mirada ya no será posible, se generan diálogos como este
-Perder en los octavos no es como irse en la primera rueda, pero da un cachito de bronca. Una bronca que se va rápido.
-Esta bronca se va rápido. Hay otras broncas con las que nos vamos a encontrar allá que, más que irse, llegaron para quedarse.
“Hay que refundar el fútbol argentino, viejo. Somos histéricos y exitistas, una mierda”, declara, porción de pizza en mano, otro cordobés, erudito en sierras y en chistes, novato en los misterios de Kazán. “¿Refundar o refundir?”, le devuelve otro cordobés, también erudito en chistes aunque no es en chiste lo que comenta ¿sobre el fútbol o sobre la Argentina? 
En las orillas del lago Kabán, con las pestañas orientadas hacia el estadio estratosférico en el que a la Argentina se le esfumaron sus esperanzas de Mundial, uno, cinco, veinte argentinos ensayan sus ceremonias del adiós al campeonato y a Rusia. En el atardecer miran, a veces con indiferencia y a veces con avidez, los goles de Rusia y de España. Es una zona encantadora en la que vuelan de fondo músicas irreprochables. Ahora, por ejemplo, Paul McCartney canta “Yesterday”.
Yestarday, el Mundial.
Vaya a saber qué pasará mañana.

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